Capítulo IV
El lavadero
No hay pasión que tenga más alternativas ni peripecias que la de la
caza. ¡Qué singularidades no encuentra el cazador en los bosques,
en las pampas, a orillas de los arroyos, al pie de los peñascos y
entre las grutas escondidas! La cornamenta de un venado puesta en
los pilares de un corredor; el ave que adorna la mesa de un tirador
de escopeta; la sarta de cráneos puesta en la choza de un calentano
cazador de cafuches, ¿no son la historia de las más singulares
aventuras?
Pero ninguno, exceptuando el iniciado en los misterios de la
profesión, conoce aquellos momentos de abatimiento en que regresa
el cazador con armas al hombro, triste por la esperanza burlada,
después de tantas fatigas invertidas, de tantos goces malogrados en
la infausta jornada. Como si cruzase entre los sauces del
cementerio de Bogotá, andaba don Demóstenes entre los dindes y los
michúes obscurecidos en parte por las bejucadas de carare y tocayá,
siguiendo una trocha de madereros, en busca de cualquier ave aunque
fuera un
|firigüelo, cuando llegó a sus oídos un canto del
lado de la quebrada. Aunque la voz no era de los pájaros que
buscaba, le llamó la atención; y con mil trabajos y agazapándose
como el gato que se apronta para saltar sobre el incauto pajarillo,
atravesó el enmarañado bosque hasta que se puso en un punto donde
pudo ver perfectamente el ave que cantaba. Vio que era una joven
lavandera que divertía su soledad, soltando sus pensamientos y su
voz, mientras concluía su tarea. Los pies desnudos entre el agua,
el pelo suelto, y cubierta con unas enaguas de fula azul que
bajaban desde los hombros hasta las rodillas (traje que en los
valles del Magdalena y en los del bajo Bogotá se llama
|chingado) y el cuerpo doblado para sumergir la ropa entre el
agua; tal era el espectáculo que divisó don Demóstenes desde su
rústico observatorio.
Los golpes del lavadero y la tonada del bambuco que despertaban
los ecos del monte, causaron tal impresión en el aburrido cazador,
que se quedó electrizado oyendo estos versos, acompañados por los
golpes:
- Los golpes del lavadero
- Acrecientan mis pesares,
- Haciendo brotar del alma
- Suspiros por centenares.
-
- La espuma del lavadero
- Representa mis suspiros,
- Que el aire los desbarata
- En sus revueltas y giros.
-
El sitio era pintoresco, y se había acercado el cazador todo lo
necesario para observarlo bien. Las ondas azules matizadas por la
espuma de jabón, como el cielo por las estrellas en una noche de
diciembre, se movían en arcos paralelos desde el lavadero hasta la
barranca, de la cual colgaban verdes helechos. Se veían las sombras
de las tupidas guaduas que circundaban el chorro, con sus cogollos
atados por las bejucadas de gulupas y nechas, cuyas frutas y flores
colgaban prendidas de sus largos pedúnculos como lamparillas de
iglesia en tiempo de aguinaldos.
Extático se hallaba don Demóstenes, y aunque tan adicto a la
cacería, no se resolvió a hacer fuego sobre dos guacamayas, que por
la caída de las frutas se hicieron sentir sobre el racimo de una de
las cuatro palmas que con sus arqueadas hojas formaban la cúpula de
aquel soberbio templo de la naturaleza.
Don Demóstenes hubiera tenido tiempo hasta de dibujar el cuadro
entero en su cartera; mas parecía que era en el alma que quería
grabarla porque los instantes se le pasaban mirándolo, sin sentir
el jején ni los voraces zancudos. Por otra parte lo tenía indeciso
el miedo de hacerla huiro avergonzarse por razón del traje tan de
confianza que llevaba. Sin embargo, la indecisión terminó por una
tomineja, que cruzó haciendo levantar los ojos dulces, negros y
afables de la joven, que estaban en consonancia con los demás
atractivos de su rostro. Mas el cazador tuvo la dicha de notar que
su presencia no era molesta. Se acercó cuanto pudo, y como la
urbanidad lo requería, tuvo que saludarla.
¿Qué haces, preciosa negra?
Lavando, ¿no me ve? le contestó ella con muy afable
tranquilidad;... usted?
Cazando.
¿Y las aves?
La suerte no me ha favorecido hoy, pues la guacharaca que
maté se me ha ocultado, como si la tierra se la hubiese comido.
Pues se busca hasta ver.
¡Cuando Ayacucho no pudo!... Yo me vine porque ya no
había ni esperanzas.
El cazador y el enamorado no pierden nunca las
esperanzas.
¿Y tú sabes de eso?
Por lo que uno oye a ratos a los demás.
¿Nos has querido, pues, a ninguno de estas tierras?
Ni menos de otras; porque como dice la
|canta:
- El amor del forastero
- Es como cierto bichito,
- Que pica dejando roncha,
- Y sigue su caminito.
-
Bien picarona que serás tú... y ¿dónde vives?
Con usted.
¿Conmigo?... ¡Sería una dicha!
¿Y qué se suple, aun cuando así sea?
¡Oh! seria mi mayor fortuna.
¿Luego usted no es el bogotano que está posado en mi
casa?
No te he visto allí
y ¿cómo te llamas?
Manuela, una criada suya.
Soy quien debe servir... Estoy recordando haber oído tu
nombre en un baile de la parroquia, y aún haber visto tu sombra, tu
bulto, tu semejanza, o no sé cómo diga, allá entre la oscuridad,
entre las nubes del polvo y el humo de los cigarros; pero en la
casa no recuerdo haberte visto en los cuatro días que hace que
estoy en la parroquia.
Es porque he estado muy ocupada en la cocina... y
¿sabe?... vergüenza que le cogí desde el domingo a la
madrugada.
¿A la madrugada?... ¿Qué hubo a la madrugada?
¡Ave María! ¡que tuve tanto susto cuando di contra su
hamaca... y tan cosquillosa como soy yo!... ¿Qué pensó usted que
era?
Yo estaba dormido; sentí el estrujón en efecto, y como
percibí las ondulaciones de la ropa, creí que sería algún huésped
perdido de su cama; o alguna lechuza que huyéndole al día se
encaminaba para su guarida.
¡Válgame!
Hoy me alegro de conocerte para darte las gracias por tus
cuidados en los días que he estado en tu casa... y ahora sabiendo
que tus manos
¿Lavan la ropa?
Pues, francamente, es por lo que menos, pues yo no soy
del parecer de Napoleón, que decía que la ropa sucia no se debía
lavar afuera, sino que me parece que se debe lavar muy lejos, y
creo que tú no debes ocuparte de ella. Me bastan tus cuidados, me
basta que tus preciosas manos se ocupen de mi mesa; yo lo que deseo
es tu amistad...
¿Y luego su
|catira que tiene en Bogotá?
¿Yo?
¡Ni nada!...
|catira, y con un lunar sobre el labio
izquierdo, que le pega como trago en día de San Juan.
¿Has ido a Bogotá por acaso?
¡Ni soñando!
¿Ella ha venido?
Con el pensamiento, quizás.
¿Te han magnetizado?
¿Pero quién? Cuando don Alcibíades trajo esa imprenta a
la parroquia, yo no me dejé; con Marta no logró dormirla, y eso
cuando no había nadie mirando. Puede ser que a misiá Juanita, la de
la Soledad, la hubiera magnetizado; yo no supe por fin. Buen
cachaco que era don Alcibíades, mejorando lo presente; aunque
ingrato, según dicen.
Hay, pues un misterio entre manos.
Pues adivine.
Me doy por vencido, Manuela.
¿Se da por vencido y por corrido?
Todo, todo, Manuela: lo que quiero es que me saques de la
duda cuanto antes.
¡Pues vea! le dijo entonces la lavandera, señalándole un
retrato en miniatura.
¡Qué gracia!... En el bolsillo lo encontrarías, entre mi
cartera.
Y un escudito: tómelo... y vi una trencita de pelo
catire, y una cintica y otras cositas.
Un descuido del indio; pero ya me la pagará. Suponte
¡echar la ropa sin registrar los bolsillos...! así es que si tú
fueras otra...
Mientras que don Demóstenes acomodaba otra vez el retrato dentro
de la cartera, se hundió Manuela de un brinco en el charco para
salir en la otra orilla, botando un buche de agua, y golpeando las
ondas cristalinas con sus manos preciosas.
¿Y usted no se baña? dijo a su huésped: está el agua muy
sabrosa.
Muchas gracias, Manuela: estoy sumamente agitado.
¡Es mucha lástima!
Pero allá mando mi repuesto, le dijo don Demóstenes, haciendo
consumir en el charco al tremendo Ayacucho, sólo con botarle una
piedra después de haber escupido en ella.
Eso lo hago yo también, dijo Manuela, con aire de
burla... Eche el escudo y lo verá usted.
¿Lo sacas?
¿No le digo?... Pera coja su perro, no vaya y se eche al
pozo. ¡Huy, tan lanetas!...
Don Demóstenes cogió el perro con su pañuelo de seda, y en el
acto se consumió Manuela en las aguas, para volver al cabo de dos
minutos, mostrando el escudo en su boca, como el cuervo, que en las
amarillentas aguas del Funza clava la cabeza y se hunde para
reparecer río abajo, mostrando el pescado que acaba de prender; y,
nadando hacia la orilla, se fue a entregárselo a su dueño, que tuvo
a bien regalárselo por la gracia que en su presencia acababa de
hacer.
Pero lo que don Demóstenes admiró más de su linda caserita, fue
la prisa con que se vistió al lado de una piedra, pues cuando menos
acordó ya estaba atándose las enaguas; bien es que todo su vestida
constaba de unas enaguas de cintura hechas de bogotana y de otras
azules de fula igualmente de cintura; de una camisa de percal fino,
de un pañolón encarnado que ella se puso por debajo de su negro y
rizado pelo, con los hombros a medio cubrir. Roció las piezas de
ropa que dejaba enjabonadas, y cogiendo en la mano una gran totuma
con el jabón y los peines, dijo a su huésped:
¿Nos vamos?
¿Juntos? le respondió él, con más contento que
admiración, por cierto.
¿Y eso qué le hace
? Sola o acompañada nadie me ha
comido hasta el presente.
¿Y lo que dirán en la parroquia de verte ir de los monte,
con un cachaco?
¿Allá en su Bogotá no van acompañadas las niñas que
vuelven del río de lavar o de bañarse?
No, Manuela, ellas no van al río sino las peonas que
llaman lavanderas.
¿Y las señoras no van a bañarse?
Se bañan en sus paseos de familia, sin que al tiempo de
estar en el pozo o río,
|
se acerque hombre ninguno; otras se
bañan en sus casas. Ni creas que una señorita salga sola sino hasta
después de casada.
¡Conque al revés de nosotras, que solteras tenemos la calle por
nuestra, y el camino, y el monte, y los bailes, y cuanto hay
después de casadas, nos ajustan la soga!
¡Oh! ¡las costumbres que varían tanto, según lo estoy
viendo!... ¡Cuándo en Bogota caminábamos los dos así viniendo del
río de San Agustín o del Arzobispo!
Es decir que cuando yo vaya allá, ¿no saldremos juntos a
la calle?
Pues tal vez no, Manuela.
¿Y sale usted con una señorita?
Con una señorita y la familia, sí; pero con la señorita
sola, no. Ahora con una parienta, con una señora casada, sí es
admitido en nuestra sociedad. Pero en los Estados Unidos puede un
galán llevar en un carruaje a una señorita sola. Yo me acuerdo de
haber llevado una señorita al teatro, y haberla devuelto otra vez a
su casa, con tanta confianza como si hubiera sido mi hermana.
De todo esto lo que sacamos en limpio, dijo Manuela, es
que usted en Bogota no andará conmigo, y tal vez ni aún hablará
conmigo.
La sociedad, Manuela, la sociedad nos impone duras leyes;
el alto tono, que con una línea separa dos partidos distintos por
sus códigos aristocráticos.
Es decir que usted quiere estar bien con las gentes de
alto tono, y con nosotras las del bajo tono; ¿y yo no puedo ni aún
hablar con usted delante de la gente de tono?
Ni sé qué te diga.
Pues me alegro de saberlo, porque desde ahora debemos
tratarnos en la Parroquia, como nos trataremos en Bogotá; y usted
no debe tratarnos a las muchachas aquí, para no tener vergüenza en
Bogotá, porque como dice el dicho, cada oveja con su pareja.
Eso sería intolerancia, Manuela.
Yo no sé de intolerancias: lo que creo es que la plata es
la que hace que ustedes puedan rozarse con todas nosotras cuando
nos necesitan, y que nosotras las pobres sólo cuando ustedes nos lo
permitan y se les dé la gana.
El camino por donde tenían que andar Manuela y su compañero, era
estrecho, ya por las piedras, ya por algunos troncos de palos
gruesos. Don Demóstenes con toda la galantería del alto tono,
instaba a su casera que siguiera adelante
Ni lo piense, le decía ella, manteniéndose parada con la
mano en la cintura.
Es el uso, Manuela: para entrar al comedor, o las salas,
para pasar un estrecho que no da cabida más que para uno solo, la
señora ha de ir adelante. Y al caballero, lo mismo, hay que
comprometerlo a que siga adelante en señal de atención. ¡Si vieras
tú las disputas que se ocasionan!
¡Hay veces que la comida se enfría mientras que en la puerta se
pelea por no entrar primero.
Pues aquí es al revés, a lo menos en esto de ir adelante en las
angosturas y en todos los camino de montaña. El hombre va adelante,
y con su palo o su cuchillo, aparta la rama, o la culebra venenosa;
y en los puentecitos se asegura si están firmes o no están; la
mujer va detrás
|escotera o con su maleta, con el muchacho
cargado entre una mochila. Ni tampoco les consentimos el que vayan
detrás, porque casi siempre hay rocío o barriales, y según el uso
de las trapicheras, vamos alzando la ropa con una mano adelante por
no ensuciarla; o tal vez porque el uso nos agrada, porque según me
han contado hay pueblos en que ninguna se alza la ropa aunque se
embarre hasta el tobillo, y si mal no me acuerdo, Ambalema es uno
de ellos.
¿Conque no sigues adelante?
¿No le digo que no?
Tal vez no era un punto de política lo que hacia porfiar a don
Demóstenes por ir detrás, sino por ver caminar a Manuela, que tenía
gentileza en su andar, belleza en su cintura y formas, que a favor
de su escasa ropa se dejaban percibir como eran, como Dios las
había hecho.
Pasaban por debajo de un elevadísimo cámbulo, que en cierto mes
del verano, cambia de la noche al día su color verde por colorado,
de fuego, sustituyéndose los ramos de hojas por ramos tupidísimos
de flores, no quedando más puntos verdes que las brillantes
tominejas, que como esmeraldas flotantes revolotean en el afán de
extraer con su fino pico la miel de cada una de dichas flores. En
un gajo reposaba un pájaro, mayor que una paloma, blanco por debajo
y con las puntas de las alas pardas, de una cabeza enorme y de pico
corvo y pequeño. Iba a tirarle con Demóstenes, pero Manuela le bajó
el brazo, diciéndole con precipitación:
¡Es pecado!
¡Cómo!
Porque se come las culebras. Vea más adelante el nido.
¿Pues sabe que cada vez que trae que comer a sus hijitos es una
culebra? y enseguida se para en ese gajo y canta ese
|¡cao! ¡cao!
¡cao! tan seguido que usted habrá oído.
¡La naturaleza es tan sabia!... En efecto, se haría un
mal a la sociedad matando ese bravo exterminador de lo reptiles
venenosos.
¿No le digo que es pecado?
¡Pero presentarme con las manos vacías es una vergüenza
grande! la fortuna que nadie nos ve... ¡es un lugar tan corto la
parroquia!
¿No dicen que en los lugares cortos es donde se repara
todo?
También es cierto, Manuela. Bogotá es una montaña donde
cada uno anda como quiere, y sin que nadie lo repare.
Pero andando uno bien, ¿qué hay con que su pasos sean
bien vistos de todos?
Dices bien, Manuela.
Así conversando, entró el cazador en la calle de la parroquia
sin llevar ni un pajarito de los mas comunes. Era día de trabajo, y
no se veía más gente que un hombre de ruana colorada, parado en su
puerta tajando una pluma, sin mirar a parte ninguna.
¿Quién es ese literato? preguntó don Demóstenes a su
honrada lavandera.
El viejo Tadeo, la
|cócora de todos nosotros.
¿Cómo?
Que es el que más sabe aquí: y al que coge entre ojos se
lo come crudo en menos que se lo digo.
A los tontos, quizá.
¿Si?... Ya veremos.
¿ Veremos?... ¡Ja! ¡Ja!
Pues descuídese, y no le ande con muchas atenciones, y
verá hasta dónde le da el agua... A mí me tiene
|aburrida ese
viejo: yo le contaré eso despacio. ¿No lo ve que se parece al gato
colorado de casa.
Don Demóstenes entró, sonriendo, en la posada.
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