Capítulo XXX
Don Demóstenes
Luego que estuvieron solos don Demóstenes y el cura, le dijo
éste:
Usted tuvo la atención de venir a comunicarme ese
ignominioso documento de Tadeo, para que yo tomara mis medidas a
fin de salvar mi reputación. En gratitud por su bondad, separé esta
carta a tiempo que estábamos leyendo en voz alta todos los demás
papeles, porque me parece que usted la debe leer a solas.
Don Demóstenes tomó la carta, vio que la firmaba don Matías
Urquijo, y que decía así:
La Hondura, junio de 1856
Mi estimado compadre: La vieja Claudia me entregó la favorecida
de usted fecha de ayer, y con ella le contesto sin pérdida de
tiempo. El plan de usted me parece magnífico. Las cartas de la
señorita Celia a don Demóstenes, que me remite, son como usted dice
muy bien, documentos preciosos porque prueban la intolerancia de
ese feroz verdugo del pueblo. No deje de ver cómo se hace llegar a
oídos de esa señora que don Demóstenes vive en esta parroquia
entregado a toda clase de libertinaje. Creo que valiéndose de don
N. se pudiera conseguir este objeto, y el de desbaratarle el
casamiento. Yo he averiguado ya quién es esa señora, y sé que es
hija de un hacendado muy rico de la Sabana. No hay que dejarlo
casar, porque una vez que esté rico puede hacer más daño a la causa
de la libertad. En cambio de su plan le comunico este otro: la
vieja Víbora ha averiguado que Dámaso estaba celoso de don
Demóstenes, como lo estuvo Celestino, el novio de Rosa de
Malabrigo. Es menester apurarle los celos a ese majadero, a ver si
por medio de él salimos de ese aristócrata. En lo que si nos
pelamos fue en haber seguido la causa de Manuela con José Fitatá;
es lástima de todas esas declaraciones perdidas, porque si en lugar
del indio ponemos el nombre del cachaco, la cosa ya estaba hecha.
Mire que el viejo Dimas y el viejo Elías son manuelistas: no se fíe
de ellos, ni se deje ver de ese par de bribones, a quienes tenemos
que echar a un presidio apenas salgamos del cachaco.
Reciba muchas memorias de su comadre y de todos los de esta
casa, y ocupe con satisfacción a su afectísimo compadre que verlo
desea.
Matías Urquijo
¡Oh, este es el colmo de la maldad! exclamó don
Demóstenes, levantándose lleno de rabia. ¿Qué dice usted de eso,
señor cura?
¡Qué he de decir, don Demóstenes! Muy mala idea he tenido
de esa gente desde hace tiempo y por muchos motivos.
Puesto que quieren matar a pesadumbres a Manuela, como
mataron a Rosa, mi deber es alejarme para quitarles pretextos. Me
voy mañana para Bogotá, señor cura. ¿Qué le parece a usted?
Mucho sentiré su ausencia; pero no puedo menos que
aprobarle esa determinación. Si en principios políticos no estamos
acordes, sé, desde que lo conocí, que en principios de honradez y
delicadeza, sí, somos copartida nos. Hace usted muy bien en
irse.
Pues prepare sus órdenes, porque mañana vendré a caballo
a recibirlas.
Mis órdenes como usted las llama, o mi súplica como yo la
llamaré es muy sencilla. Usted ha hecho en la parroquia un estudio
más provechoso que el que hizo en los Estados Unidos. Allá vio
usted cómo es un pueblo
extraño; aquí ha visto como es nuestro pueblo. Allí vio usted qué
civilización se debe imitar; pero aquí ha visto qué vicios hay que
corregir. Estoy seguro de que si va usted al congreso, no se
acordará al legislar, de lo que vio allá, sino de lo que existe
aquí. Mi súplica, pues, consiste en que no se olvide usted de la
vida de la parroquia. Y a pesar de que sus principios religiosos no
favorecen al clero, le ruego que recuerde que en una de estas
parroquias, no hay más obstáculo para la barbarie que un
funcionario moralizador en sus funciones, aunque sea malo en sus
ejemplos, que se llama el cura. Usted me ha visto a mí lleno de
defectos y de ignorancia, predicarles una moral que tal vez no
comprendo, pero que tiende a plantear entre selvas habitadas por
hombres semisalvajes lo que usted busca por otros caminos, que no
lo llevarán adonde usted quiere, esto es, a la república cristiana.
Acuérdese usted cuando ataque al clero, de que lo curas somos a los
liberales de buena fe más útiles de lo que se figuran, y menos
aborrecibles de lo que nos creen.
Señor cura, si todos los párrocos de la Nueva Granada
fueran como usted, nosotros formaríamos un tratado de alianza con
ustedes, que no tendría más objeto que llegar muy pronto a las
apacibles regiones de la libertad. Lo que tiene es que nos faltaría
un estandarte común que simbolizara nuestra alianza y la pureza de
nuestras miras.
Se equivoca usted, don Demóstenes: el estandarte existe,
y aquí lo tiene usted, dijo el cura levantándose y señalando un
crucifijo; ahí tiene ese que usted llama el Cristo y a quien
califica de una manera tan irreverente como ingrata, de hombre
ilustre, el que nosotros llamamos nuestro Señor Jesucristo y
adoramos como Dios único.
A mi vez le diré también que se equivoca, porque yo
igualmente adoro como Dios a ese modelo de los hombres, a ese Dios
de mi madre, ese Dios de mi corazón, dijo don Demóstenes
descubriéndose la cabeza y saludando elegantemente al
crucifijo.
No esperaba menos de usted, dijo el cura con voz
conmovida y estrechando en sus brazos a don Demóstenes. Puede usted
tratarme como a su esclavo, pues que reconoce en mi divino maestro
a nuestro Dios.
Para Jesucristo no debe tener la humanidad sino altares
de oro en que se sacrifiquen corazones puros. De Jesucristo no nos
aleja sino la Curia romana, esa cueva de supersticiones.
¿Cómo señor don Demóstenes, dijo el cura, limpiándose
disimuladamente los ojos, va usted, a reñir por tan poco con el
sublime y divino Redentor? ¿No se alió usted, con los conservadores
el año 54, a pesar de que los impugna y los cree malos, porque
ellos y usted peleaban en favor de la constitución de 53? Figúrese
usted que la respetable Curia romana no es solamente una cueva de
supersticiones, sino una caverna de bandidos; ¿pero no pelea ella
por la ley del Gólgota como usted? ¿Por qué no fraterniza con
nosotros y duerme en nuestro campamento como durmió en la tienda
del general Ortega, en las llanuras de Bosa, la víspera de la
batalla?
Porque nos sucedería con ustedes, lo que nos sucedió con
el general Ortega y los demás conservadores, al día siguiente del
triunfo del 4 de diciembre; apenas conseguimos la victoria nos
dividimos en principios, aunque durante la lucha habíamos vivido
como hermanos.
Pues viva con nosotros durante la lucha de Cristo y sus
adoradores contra el mal, contra el mundo corrompido; y como
nuestro 4 de diciembre será cuando se concluya el mundo, ya no
habrá tiempo de dividirnos, porque la eternidad nos dará un solo
programa: Adorar a Dios en su presencia.
Es usted el más peligroso de los contrarios, dijo don
Demóstenes disimulando su emoción con un abrazo de despedida. Hasta
mañana, señor cura.
Un momento después estaba el párroco a los pies de su crucifijo
pidiéndole con gran fervor algo que no se le oía bien; y don
Demóstenes en su posada, se mecía en su hamaca, apoyándose en el
bastón. Estaba meditan- do y desvelado, aunque eran ya las diez de
la noche. Manuela entró del interior de la casa a la sala, trayendo
una vela en la mano, y dijo a su huésped, sentándose en la silla
jesuítica que estaba cerca de la hamaca:
Lo esperaba, don Demóstenes, para darle una gran
noticia.
Veamos esa gran noticia.
Esta noche apenitas se fue usted, vino Dámaso. ¿No se lo
encontró por la calle?
No, contestó sobresaltado don Demóstenes; ¿y a qué
vino?
No sea tan... ¿A qué había de venir?.., contestó con los
ojos Manuela; pero con la boca le dijo: vino a hablar con mi mamá y
conmigo sobre...
Sobre el casamiento, contestó Manuela ruborizada.
¿Y qué hablaron sobre el casamiento?
Vino a que señaláramos el día.
¿Y lo fijaron?
Sí: el 20 de julio.
Aniversario de la Independencia, dijo riéndose don
Demóstenes.
Día de mi señora santa Librada.
Pues me alegro de la noticia, porque tú crees que vas a
encontrar la felicidad, y tu felicidad me es grata como si fuera la
mía.
Gracias, don Demóstenes. Prepare, pues, sus pies para el
baile.
¡Oh, Manuela! En ninguna fiesta bailaría con más gusto.
Tengo por Dámaso mucho cariño, porque sé que es honrado y muy
trabajador, y que te adora; tengo por ti un cariño tan grande como
si fueras mi hermana, por tus nobles cualidades y tus gracias. Hay
en ti una mezcla de candor y malicia que mantiene en perpetuo
éxtasis a tus... amigos. Tienes el abandono y la inocencia de una
niña junto con la dignidad de una reina. Muy malo ha de ser el
hombre que te irrespete, Manuela.
Muchas gracias por sus favores, don Demóstenes; y que no
se vaya de aquí en muchos años.
Es el caso, y te lo iba a decir, que desgraciadamente
tengo que irme... mañana.
¿Cómo es eso de mañana?
Como lo oyes.
¿Y a qué se debe ese viaje precipitado? dijo Manuela
demudada y triste.
¿Sabes a qué vino taita Dimas?
No.
Pues te lo diré en reserva: vino a traerme el archivo del
viejo Tadeo, que lo cogió en la montaña.
¿Y qué tiene que ver el archivo de don Tadeo con su
viaje?
Encontré en él todas las cartas que me han dirigido de
Bogotá en este mes, que el maldito viejo había sacado del correo.
En esas cartas hay unas sumamente importantes para mí; si antes
las hubiera recibido, antes me hubiera ido; añadió con profunda
intención.
¿Y qué es lo que le dicen de Bogotá, para hacerlo ir tan
de prisa? ¿Hay alguna novedad?
No, Manuela. Nos hemos reconciliado Celia y yo; ella se
confesará cuando quiera, y no me tomaré otra libertad en ese punto
que la de saber si el confesor es un hombre de moral austera y de
vida ejemplar.
Me alegro tanto como usted no se lo puede figurar, que
mucho me afligía que usted no fuese tolerante y que perdiera un
casamiento tan bueno.
Pues ya ves que es menester que me vaya.
Pero no tan pronto.
Mañana mismo, Manuela.
Entonces será que además de esas noticias, le hemos
ofendido en algo. dijo Manuela, inclinando la cabeza sobre su
brazo, y ocultando su cara. que estaba llorosa.
La posición de don Demóstenes era verdaderamente crítica. Estaba
sentado en su hamaca, y tenía al frente a Manuela, sentada en la
silla. El negro y abundante pelo de Manuela bajaba en trenzas
deshechas sobre sus hombros, su brazo tornátil estaba doblado y
recibía en la palma de la mano su cabeza. El semblante descolorido
por la pena, y los ojos cerrados por el llanto aumentaban el
atractivo de su fisonomía, y su talle esbelto, doblado en ese
momento, y sus diminutos pies que asomaban bajo el traje, posados
sobre el suelo polvoroso, completaban el encanto. Aquella tristeza
por la partida impresionaba profundamente a don Demóstenes; y al
ver así tan hermosa y tan triste a su linda casera, se preguntó a
sí mismo, sin atreverse a contestarse, silo que sentía por ella su
corazón no era un amor profundo...
Pero al mismo tiempo se acordaba de Dámaso, que cifraba toda la
felicidad de su modesta vida en la posesión de aquella mujer que le
había costado ya tantas persecuciones, y se dijo: es preciso
partir.
No, Manuela, dijo tras un largo espacio de doloroso silencio;
en nada me han ofendido ustedes, y tú mucho menos, pero te repito,
la urgencia que tengo de irme es muy grande, tan grande como el
afecto que te profeso, y que te juro que durará tanto como mi
vida.
Manuela sollozaba en silencio; don Demóstenes siguió
hablándole, y al fin logró arrancarle una sonrisa, que aunque
triste, era precursora de la resignación. Al fin se levantó
Manuela, después de haber comprometido a su huésped a que, puesto
que la sentencia de partir al día siguiente era inapelable. por lo
menos no partiera hasta por la tarde, para tener tiempo de
prevenirle el fiambre para el camino.
Al día siguiente, a las tres de la tarde, después de haberse
despedido de todos sus amigos de la parroquia, dio el último adiós
a sus amigos de la casa. Se despidió con un abrazo del cura, que
vino a verlo montar; el honrado Dámaso, que le repitió sus
protestas de gratitud; de doña Patroci nio y de Pachita, que
lloraban de pena, y el último abrazo lo guardó para Manuela, que
estaba reclinada en la puerta, envuelta en el pañolón. Al
estrecharla, sintió el corazón candoroso de la joven que golpeaba
bajo los encajes de su camisa, y ella pudo haber notado, si no
estuviera tan triste, que el corazón de su huésped estaba también
muy agitado.
A las cuatro de la tarde pasó por la estancia de Malabrigo, cuya
vista le arrancó un. ¡ay! de dolor; al día siguiente se desmontó en
su casa de Bogotá, y escribió con el peón que regresaba a la
parroquia una cartica a Manuela, deseándole que su matrimonio se
verificara pronto y fuera dichoso.
Ayacucho y José también acompañaron unas cuadras al peón y proba
blemente le encargarían algunas memorias para sus amigos, aunque
Ayacucho no lo hizo de palabra, pero sí lo dio a entender con los
ojos.