INDICE

Capítulo XXIX
El archivo de don Tadeo


Serían las diez de la noche cuando llamaron a despachar en la tienda de a señora Patrocinio, y como la menos perezosa de todas las de la casa era Manuela, se levantó y abrió.

—Buenas noches, niña Manuela, le dijo |ñor Dimas con sumo cariño.

—Así se las dé Dios, taita Dimas.

— ¿Qué tal mi |señuá Patrocinio y toda la familia?

—Regulares, taita Dimas. Y mi comadre, |ñuá Melchora y los muchachos?

—Pasaderos y pensándola muchísimo todos los días.

— ¡Tanto les agradezco! Y qué lo trae por aquí tan tarde de la noche?

— A ver si me fía un cuartillo de aguardiente del más bueno que tenga, porque así me lo han recetado para mis males.

— ¿Por qué no? dijo Manuela y se volvió a los estantes para alcanzar la botella y el vaso.

— ¡Aaaah! dijo taita Dimas, limpiándose la boca con la punta de la camiseta; Dios se lo pague a la niña Manuela.

Manuela pintó una rayita con un carbón y le dio un tabaco al montañés, y éste hablando muy quedo le hizo esta pregunta:

— ¿Podemos hablar con el caballero?

— ¿A estas horas, ñor Dimas?

— Es que lo necesito para un asunto de mucha importancia.

— ¿Quiere que le avise?

— Ojalá que la niña Manuela me hiciera ese bien.

Atravesó Manuela la sala y se dirigió a la alcoba en que dormía don Demóstenes, mas al abrir la puerta, en lugar de dirigir la palabra a su huésped, se volvió bruscamente entornando la puerta con violencia. Había alcanzado a ver a su huésped escribiendo en la mesa, y una mujer, de pie junto a él: era Cecilia.

Don Demóstenes, al sentir a Manuela, había alzado la cabeza; y viendo que se volvía sin decir una palabra, salió tras ella, la alcanzó en el corredor de la despensa y deteniéndola le dijo:

— ¿Por qué te vuelves a salir?

— Porque usted tiene visita.

— Entra y la saludas

— ¿Yo?¿A mi mortal enemiga?

— Pues has de saber que te aprecia, y hasta me ha dado avisos muy importantes para tu seguridad.

— ¡Apreciarme a mí la hija de la Víbora! Es favor que usted le quiere hacer. Entre y atienda a su visita... ¡Conque así le hace usted la guerra al viejo Tadeo! agregó con una especie de risa burlona y al mismo tiempo amarga.

— Pronto quedarás enterada de que Cecilia me ha revelado muchos secretos en tu favor. Por ahora quiero que sepas que ha venido a llevar una carta, y mientras me puse a escribirla, ha tenido que aguardar en pie, porque tú no has hecho traer la silla jesuítica que estaba incluida en el arriendo primitivo de la sala.

— Tengo muy poco interés en lo que usted me dice: era para avisarle que taita Dimas lo necesita.

— Pues entretenlo un instante mientras concluyo la carta, y cuando salga Cecilia, lo introduces. Encierra a Ayacucho para que no ladre.

Volvió don Demóstenes a su cuarto, concluyó la carta y se la entregó a. Cecilia con algunas explicaciones a la vez y dándole unas cuantas monedas.

— ¡Cómo siento que no le hubiera hecho Manuela la visita por culpa mía! dijo Cecilia.

— No, no era visita, sino el aviso de unas cartas de importancia.

— Puede ser, pero cuidado con el novio, que en la esquina de arriba estaba parado cuando yo me vine para la casa de usted.

— No hay cuidado, Cecilia, no hay cuidado.

— ¡Adiós, don Demóstenes! ¡Que nadie sepa mi paradero! Pronto creerán que me fui para Ambalema, o que me ha matado el gamonal y me ha enterrado en el monte, y presto me olvidarán todos los de mi parroquia.

¡Adiós, don Demóstenes!

—¡Adiós, adiós! repitió el bogotano, enternecido.

No tardó dos minutos en entrar por el lado del patio el estanciero de la montaña, y saludando a su compañero de cacería, se quitó de la espalda una mochila y se la entregó, diciéndole:

— Aquí tiene su merced todos los papelajos de |ñor don Tadeo: pero la petaquita no se la traje, porque se la tenía citada a mi casera desde el día que cogimos los tres cafuches en la cueva.

— ¿Los papeles del gamonal? ¿De veras taita Dimas? ¿De veras?

— ¿Y para qué le iba yo a mentir? Todos están aquí.

— Es un tesoro lo que me trae. Mil secretos de importancia vamos a descubrir en esta colección. Y cómo descubrió el archivo?

— Fue que les dije a las caseras que yo me iba a sacar colmenas y agarré los calabazos y la hacha, y me planté primero en un puesto de la trocha de, la montaña y después en otro, mirando para la copa de los árboles y de las guaduas. En estas vi pasar a la vieja Clavija y me le fui al rastro por el lado del monte, vi que se metió por una senda, y fue a dar a la puerta de una cueva; yo me quedé atisbando. No tardó ni siete credos en volver a salir, y yo me quedé firme en la parada, sin estornudar, ni hacer alboroto porque la parada se ha de hacer como Dios lo manda. Cuando ya las antiguas comenzaban a cantar, salió de la cueva el hombre Tadeo y cogió para la estancia de Santa Tecla; entonces yo me soplé a la cueva y allí topé la petaca y junto estaba la tinta y todas las herramientas de la escribanía, y una limeta con aguardiente que no quise tocar, no fuera algún maleficio. Por lo que es la petaca, yo la traspuse, y los papeles aquí los tiene su persona enteros y verdaderos para que se divierta con ellos; pero eso sí, cuidado con al viejo Dimas en danza, porque ya podía contar con un runcho en la
barriga de las manos de esa bruja, que no por buena la llamarán la Víbora.

— Es usted el más valiente entre los denodados, y cuente con el secreto hasta la tumba, dijo don Demóstenes.

Y desdoblando un papel lo comenzó a leer, diciendo:

Lista de los socios de la gran compañía de los Hermanos barateros de la Hondura.

— ¿Usted conoce todos estos caballeros? preguntó don Demóstenes al cazador de la montaña, despabilando la vela que casi no daba luz.

— Los que son de la parroquia, y uno que otro de la cabecera del cantón.

Los otros son de tierras que yo no conozco.

— Conque don Cruz, don Matías, don Anastasio y don Pascualito, ¿qué le parece? Y don Juan Acero?

— Sí, señor, y todos los demás que reza el papel.

— De Juan Acero se me había puestó, porque tiene todas las trazas de un |matróz, malcriado como un salvaje. Por poco tengo que pelear con él un día que iba al Retiro y le pregunté por el camino.

— Y pechugón como el puro diablo. Allá se me estaba ya metiendo a sonsacarme a la niña Pía. Y para eso que se dejan creer de todo el que les dice que son bonitas, y ellas lo creían y se reían con él hasta que dije que si le seguían haciendo conversación, les metía su pela a la hija y a la mamá, y de este modo lo echaron a tizonazos, y se acabaron las visitas.

Don Demóstenes desdobló otro papel y leyó esto:

Mi amigo don Tadeo: Mándeme con el portador los modelos para las declaraciones que se han de tomar contra don Blas, don Demóstenes y la heroína. Le aviso que los oligarcas están todos impuestos de que se halla usted en las montañas del distrito; y tenga cuidado con el viejo Elías, porque si no está pasado, está muy próximo a estarlo, y tengo mis sospechas de Cecilia. Cuando era que ese filósofo que no cree en más moral que en la que resulta del principio de utilidad, no trataba de conquistar placeres, seduciendo a Cecilia, que es la mejor de todas las parroquianas. Deseo que usted no lo pase tan mal en su ermita y que mande a su afectísimo
amigo que lo aprecia y lo distingue.
 

Pascual Acuña Cifuentes.

Tomó en seguida otra carta y leyó lo siguiente:
 

Bogotá, abril 7 de 1856.

.
Señor Judas Tadeo Forero Gutiérrez.
Mi querido y pensado amigo: en contestación a su apreciable del 9 del pasado marzo, le digo que por lo que hace a su recomendado, no tenga usted cuidado: ya está excarcelado, que era lo que importaba, y por lo que es la sentencia, no tiene usted que afanarse. Nuestras leyes tienen toda la tolerancia que se necesita para salvar a los pobres que no saben robar por los medios legales de la gente grande.

En cuanto a candidaturas, le diré que yo votaré por el candidato del partido liberal neto, cuya presidencia es la más adaptable para el estado de civilización en que se halla nuestra república. La república verdadera es la que puede marchar con las ideas del país. ¿De qué sirve que las leyes y las constituciones vayan a la vanguardia, si los ciudadanos van a la retaguardia? De ahí vienen las eternas revoluciones, así como expondría yo a tropezones y porrazos eternos a mi hijo de cinco años, si lo hiciese correr con mis botas, mi chaqueta y mis calzones. Recuerde usted nuestro programa de la revolución de abril, un gobierno sin exageraciones. Es menester que usted se interese en que todos voten por el doctor Patrocinio Cuéllar, que es el candidato del partido liberal neto.

Es menester que no se descuide usted con don Blas y don Eloy, que nos querrán ganar las elecciones con sus influencias de dueños de tierras. El programa de los conservadores es volvernos al tiempo de la colonia:
inquisición, camándula y picota: ¡he aquí su programa!

Abrale usted mucho el ojo a un tal don Demóstenes, que se ha ido por allá con el pretexto de colectar mariposas y que no lleva sino el objeto de trabajar por la elección del candidato radical, según me lo han asegurado, y de curarse la cancha. Allá se estará ganando a los estancieros con ofrecerles la repartición de las tierras de los hacendados, y con decirles que la propiedad es robo.

— ¡Así, desacreditándonos es imposible! dijo don Demóstenes poniendo la carta encima de la mesa.

— Sí, señor, contestó ñor Dimas; porque un desacrédito es lo más malo que puede haber en la vida.

— Así nos las ganan los conservadores, continuó diciendo don Demóstenes.

Atravesó la sala, paseándose, y luego se volvió a sentar, para seguir con la lectura.

Usted sabe cuánto trabajo nos costó introducir en la legislación de elecciones la cláusula de los transeúntes. Haga usted que entren en la urna, electoral unas doscientas boletas de transeúntes, aunque por los caminos de esa parroquia nunca pasan sino las manadas de los cafuches. En fin, mucho celo y mucho cuidado. Usted es un patriota excelente, y no ha de querer que la República se pierda por falta de decisión. Entre tanto mande usted a su más afecto amigo, q. b. s. m.
 

Aristides Sánchez.


— ¡Hay que trabajar! exclamó don Demóstenes. ¿Usted por quién piensa votar, ciudadano Dimas?

—Yo estoy péndulo entre mi amo don Blas y la niña Manuela.

— ¿Como es eso, taita Dimas?

— Pues muy bien; porque si voto por la niña Manuela, se me puede enojar mi amo don Blas; y si voto por mi amo don Blas, entonces no me querrá fiar la niña Manuela el anisado, que es el mejor de todos, porque es de contrabando, y a mí me mide muy bien medido y me da tabacos. Bien es que hasta la presente mi amo don Blas no ha echado a ninguno de la tierra por este cuento de las elecciones, como lo han hecho en otras partes.

— Entonces usted debe votar por la niña Manuela.

— Así lo haremos, mi amo don Demóstenes.

— Pero mire usted, taita Dimas: no es por la niña Manuela por la que va usted a votar; es por el doctor Manuel Murillo Toro, que es instruido y representa las ideas del partido radical.

— No lo conozco, mi amo don Demóstenes, ni tampoco sé qué será eso de radical.

— El partido liberal genuino es el que se llama radical. ¿Usted no es liberal?

— Mucho, mi amo don Demóstenes, porque yo no quiero que se acabe la religión, ni que nos manden los congresos, que dicen que son los que nos tienen en la miseria y en las guerras de todos los días. A un hijo me lo mataron en la revolución pasada, y si los españoles no nos vuelven a gobernar, ¡quién sabe en que parará esto!

Don Demóstenes se quedó mirando al ciudadano, a ver si descubría los indicios de la chanza y de la malicia; pero viendo que se quedó muy serio, formó su juicio sobre sus ideas políticas y se reservó por otro día la obra de ilustrarlo. Tomó otro papel en la mano, y leyó:

Señor Arzobispo de la Metrópoli...

— Pero yo no oigo más leyendas de papeles, dijo el ínclito ciudadano. Y se fue despidiendo de su amo Demóstenes y poniéndose las quimbas, que se había quitado para entrar.

— Amigo, le dijo el bogotano, usted ha hecho una conquista soberbia, porque el archivo de don Tadeo es una colección de documentos muy curiosos para la historia de la parroquia; yo le quedo a usted muy agradecido y le regalo estos dos fuertes para que compre una buena hacha para su trabajo.

—Dios se lo pague, mi amo y le dé la gloria y le dé más.

— ¿Mas que la gloria?

— No, no mi amo: más qué dar a los pobres; porque su merced no es como otros, que hablan de lástimas de los pobres, se sirven de ellos y no les alargan un chicote; y adiós, mi amo, hasta que nos vaya a ver a la montaña.

Siguió don Demóstenes la lectura del papel que tenía en la mano:

Nosotros los firmados, que componemos la mayoría de los vecinos de este distrito, sentimos mucho tener que molestar la atención de V. S. I.; pero no es indispensable elevar nuestras quejas al padre de los fieles para evitar males de mayor trascendencia. Es el caso, I.S., que los escándalos del señor cura Jiménez han llegado a un punto que no se pueden mirar con descuido, porque ofenden a la moral, a la sagrada religión católica que adoramos y profesamos, y a la soberanía de la Nueva Granada, con la subversión de todos los derechos y de todas las leyes políticas y civiles. Este ministro del Evangelio, contradiciendo lo que predica en el púlpito acerca de la pureza y castidad, es el más escandaloso de todos los vecinos en su trato familiar y doméstico, y a los pobres los hace sufrir todo el peso de su codicia, después de predicar contra los ricos de la parroquia. Pero hay otro crimen de mayor gravedad, de que pedimos pronto castigo, por los malos resultados que pudiera causar y es, el de meterse el presbítero Jiménez en los negocios de la política: hay un hecho, entre otros mil, que recomendamos a la sabiduría y discreción de S. S. I., y es el de haber asistido y tomado la palabra en una junta secreta que los hacendados convocaron en la hacienda del Retiro para echar abajo el gobierno. Los documentos en que se funda nuestra justa y humilde acusación van adjuntos, y terminamos pidiendo que se sirva S. S. I. en mérito de justicia, quitar de cura de esta parroquia al presbítero Jiménez lo más pronto que fuere posible.

— ¡Qué infamia la de este gamonal! exclamó don Demóstenes, porque no pudo contener los arrebatos de su ira. Curas infames y malvados habrá, yo no me atrevo a negarlo, curas borrachos, jugadores, licenciosos y avaros; pero el doctor Jiménez es un misionero que ilustra su pueblo, y lo alivia y lo socorre, que tolera las opiniones de los que no son católicos, y que saca partido de todo para el bien de la sociedad. El archivo de don Tadeo me está haciendo conocer las sombras y los misterios que cubren la existencia de un gamonal. Veamos lo que sigue:
 

Señor don Tadeo Forero.                                                                                                        Junio... de 1856.
 

Mi apreciado amigo: le pongo esta carta para avisarle que por la vía |gatense no tenemos esperanza de sacarlo a usted con bien, porque el cachaco Demóstenes parece que también entiende la estrategia de la Recopilación granadina, y nos ha puesto las cosas en un estado sumamente crítico; pero hemos acordado un plan para salvarlo, que le comunico a usted para que esté listo. Esta carta va por duplicado para mayor seguridad. Ocho reales he tenido que gastar para vencer el patriotismo del alcalde, que le entregará uno de los ejemplares. El plan es éste:

A las tres de la mañana asaltarán un pelotón de gente la guardia a la voz de ¡viva la libertad! ¡mueran los conservadores y los gólgotas! y usted y Juan Acero saldrán de la cárcel a incorporarse con la partida, la cual se compondrá de las personas siguientes: don Matías, con todos sus peones y arrendatarios, don Anastasio, |ñor Pascasio y don Pacho.

En seguida nos haremos al archivo y a los pocos reales de la tesorería y lo proclamaremos alcalde a usted, juez al que estaba antes, que es el juez constitucional; y de presidente del cabildo pondremos al modesto Juan Acero.

Pasamos a la posada del libertador, y lo montaremos en angarilla en el burro carguero de la vieja Patrocinio, con la cola vuelta para atrás y lo pondremos a unas ocho cuadras de distancia de la parroquia, con uña coraza, en la cual se leerá este letrero: “El que se mete a redentor muere crucificado”

Si los aristócratas nos atacan, haremos resistencia y luego pondremos en revolución todo el distrito, y les expropiamos las mulas y los fondos como hicieron el año 54, para lo cual contamos con la revolución que debe estallar contra el gobierno el 4 de diciembre, y entonces quedaremos libres de todo cargo. El derecho de insurrección que proclamó el Estado del Socorro el año 40, es un derecho que vale todos los años, y es justamente el núcleo de la felicidad de los pueblos de la Nueva Granada.

Pero si por casualidad el pronunciamiento no saliere bien, usted y el ínclito Juan Acero se irán a la ciudad de Ambalema a donde les llegarán las noticias posteriores, entre tanto que la revolución general estalla en toda la república para echar abajo al doctor Mallarino, que no debe mandar porque no es militar ni hace todo el ruido que debe hacer un presidente.

Mañana será usted libre, y la bandera de la libertad estará tremolando en todas las cuatro esquinas de la plaza, y los tiranos oligarcas de las haciendas y el tiranuelo gólgota de la parroquia ya no mandará sobre nosotros. La enseña de esta revolución será: “Arriba los descalzos, abajo los calzados”.

La divina Providencia ha de querer secundar nuestras buenas intenciones y la justicia de nuestra causa.

Dios y libertad. Su afectísimo amigo y copartidario,
 

|Pascual Acuña
 

Después de esta carta pasó don Demóstenes a leer la siguiente:


Bogotá, mayo lo. de 1856.
 

Señor don Tadeo Forero.
 

Mi apreciado señor y amigo: yo nunca olvidaré todo lo que usted me favoreció ahora ha dos años que estuve en ésa, y que usted, su señora y su entenada me cuidaron tanto; y si no les había vuelto a escribir ni a mandar recado ninguno desde que me vine, no había consistido sino en mis grandes ocupaciones, y en que no .había encontrado a ninguno de por allá, hasta ahora que se me ha proporcionado un conducto seguro cual es la persona del cazador Elías, a quien encontré en la plaza vendiendo plátanos y cueros de cafuche y de oso.

Después de saludarlo, me tomo la confianza de interesarme con usted, a fin de que las elecciones de esa parroquia para la presidencia de la República, se hagan de manera que nos salga un presidente que nos dé todas las garantías de estabilidad y paz que hacen la dicha de las naciones, un presidente que asegure el orden, la propiedad, la familia, la libertad de creencias, para que no se desmorone el orden social en la confragación de la anarquía que amenaza en todos los ramos de la administración y en todas las ideas privadas y públicas. Un presidente que le garantice a los pueblos las creencias y el culto que sea más de su gusto, sin injerencias en las prácticas religiosas de los individuos; un presidente que no tenga influencias de virreyes, conquistador o encomendero; un presidente que no sea de chafarote, para que los pueblos vean de una vez si quieren ser gobernados por el terror de las bayonetas, o por la dirección modesta de un republicano de casaca negra.

Le hablo a usted con esta confianza, porque me acuerdo de que usted me dijo que aunque había trabajado en favor de la revolución del año 54 ya se estaba inclinando al partido conservador neto, y espero que nos ayudará con eficacia, de acuerdo con los demás conservadores del distrito, que son en gran número, y tienen de su parte a los dueños de trapiches, lo que tiene es que son ricos y la riqueza les hace estorbo para trabajar por su partido, porque usted lo habrá notado, que los conservadores ricos, con cortas excepciones, son más hostiles a nuestro partido que los mismos liberales; así es que lo mejor será no contar con ellos.

Es menester que no se dejen alucinar los conservadores de por allá con la segunda candidatura conservadora, que llaman nacional, o de los ferrocarriles, que no tiene objeto, y nos puede hacer bastante perjuicio por la división. Yo le hablo a usted francamente, que no sé qué programa es el que ofrecen estos hombres; porque yo creo nacionales todas las cuatro candidaturas y en cuanto a ferrocarriles, no creo que la Nueva Granada, con millón y medio de rentas anuales, pueda hacer ni un puente de cal y canto como los que hacían los virreyes; ni creo que tenga uso un ferrocarril en la Nueva Granada, sino cuando tenga población y tenga industria, capaz sobre todo.

Ojalá que usted compre los folletos y los periódicos relativos a las candidaturas para que se imponga sobre esta interesante cuestión pues aquí está esto lleno de papeles elogiando cada cual a su candidato y vituperando a los otros. Haga usted todo lo posible, y no espere remuneración de los hombres. La tranquilidad de la conciencia es el mejor premio para los hombres de bien. Salvemos la familia, la moral y la propiedad de las garras del socialismo, que amenaza destruirlo todo.
Soy de usted, afectísimo servidor y amigo,
 

Juan de Dios Aguirre
 

A la lectura de esta carta se siguió otra, acerca del mismo asunto, pero en un sentido diametralmente opuesto, y decía lo siguiente:
 

Bogotá, 13 de abril de 1856
 

Señor Judas Tadeo Forero:
Muy apreciado y distinguido señor: A nombre de una junta privada eleccionaria me dirijo a usted, conociendo las ideas de progreso que siempre lo han distinguido, para que usted nos ayude a trabajar en la lid eleccionaria que se agita en favor del gran partido radical. Usted bien conoce que la rémora del progreso material e intelectual en esta república, que marcha a la vanguardia, ha consistido en las influencias de sacristía y en la oposición sistematizada de los oligarcas, y en particular en los efectos letales conque abate y anonada los espíritus débiles la hidra de la teocracia, que ha sido siempre la peste de las naciones incipientes. Usted sabe que para ser buen liberal es necesario ser protestante; usted sabe que el centralismo y la república a medias, es la guarida de los retrógrados, de los inquisidores y de los fanáticos en general; de consiguiente yo no tengo que esforzarme demasiado para persuadir a usted de que hay que trabajar sin descanso, sin reparos, sin temor de ninguna clase, por la candidatura radical, única que puede salvar el país de las letales influencias del catolicismo y elevarlo a la cúspide de las naciones más civilizadas del mundo.
Le incluyo el programa de la presidencia radical tomado de las publicaciones de la prensa liberal y de los discursos del congreso y de las sociedades y asambleas patrióticas y le incluyo algunos impresos para que usted los haga circular en todo ese distrito, sin omitir diligencia ni arbitrio: que lean y oigan leer en el cabildo, en las calles y la plaza, en las ventanas y figones, en los trapiches y las estancias más retiradas. Le remito ocho números de “El Tiempo” que no le costará a usted nada, y puede ocurrir al correo de la cabecera del cantón por los números venideros y las hojas sueltas que se publiquen. Por último, no me resta sino decir a usted a nombre de esta sociedad parcial de elecciones que usted no perderá sus pasos ni sus gastos en la empresa, porque la administración radical le dará la colocación más honrosa y útil de ese distrito, porque los ciudadanos que trabajan con decisión en la noble causa de los adelantos sociales, deben tener su premio de la sociedad a que sirven.
Quedo de usted su más atento y obsecuente servidor,
 

Pigmalión Vega Torres
 

Después de esta lectura recogió los papeles don Demóstenes y repletó con ellos los cuatro bolsillo de la levita, los dos de los calzones, y se preparó para ir a visitar al cura y comunicarle las noticias del archivo privado de don Tadeo a tiempo que lo saludó su compañero, amigo y fiel guarda de la casa, el muy apreciable Ayacucho, que fue puesto en libertad por Manuela. Después de darle la orden a su fiel portero para que se echase en el corredor, tomó la calle don Demóstenes, se encontró al cura leyendo un libro de botica y le participó la noticia de los papeles adquiridos en la cueva del gamonal ermitaño. El prudente cura se sobrecogió de temor previendo
todos los secretos que se irían a descubrir entre los papeles del gamonal.

— Y usted tiene aquí su parte, le dijo al cura don Demóstenes, descargando el bolsillo y echando papeles sobre la mesa, los cuales el cura se puso a leer con mucho cuidado. A este tiempo llegaron don Cosme y don Blas, que venían del Gualanday, de visitar una familia recién llegada.

Los recién venidos se informaron de la adquisición de los papeles, y el cura le mostró a don Blas las firmas a ruego de todos sus arrendatarios, los cuales pedían que lo destituyesen del destino.

— Yo tenía noticia de estas firmas, dijo don Blas, porque mis arrendatarios estuvieron asistiendo a la parroquia hace ocho días; pero uno de ellos me dijo que le habían pedido su firma para dar una manifestación muy honrosa en favor del cura, por su buen comportamiento y por su decidida obediencia a las autoridades locales. Vea usted cómo juega don Tadeo con el pueblo, con los hombres honrados y con el arzobispo, y cómo despoja de su honra al ciudadano que mejor cumple con sus deberes.

— Es seguro que la representación está en poder del señor arzobispo, que a mí me hacen ir a Bogotá y que esto me va a perjudicar infinitamente, porque su señoría ilustrísima, no tiene noticias de quién es don Tadeo.

— Mañana mandaremos un peón con los informes de todos los hacendados, para que el señor arzobispo no se preocupe, dijo don Blas; eso corre de nuestra cuenta.

— Mil gracias, señor don Blas. Usted ve lo que yo perdería al caer en descrédito para con el señor arzobispo, y para con la gente de Bogotá que llegue a saber estas cosas. Y que estoy temiendo que allá coja algún curioso la representación y la publique por la imprenta.

— No tenga usted cuidado señor cura: mañana mando el peón con las cartas a las siete de la mañana.

El cura leyó en presencia de don Demóstenes y de los dos hacendados los principales documentos del archivo de don Tadeo, y entre ellos la carta siguiente, que don Demóstenes no había desdoblado:

Distrito de... mayo 7 de 1856

Mi apreciado amigo don Tadeo: acabo de recibir una carta de don Francisco en la cual me dice que el no piensa meterse en asuntos de elecciones este año, porque la patria y los gamonales de la corte han correspondido como él no lo esperaba a causa de que después de haberse llenado de entusiasmo por las doctrinas sociales el año de 54 merced a los discursos de los ultra liberales, había sufrido un balazo en un costado, de parte de los mismos tribunos y de los tiranos llamados constitucionales en el día 4 de diciembre, y después había sido condenado con otros varios artesanos al presidio de Panamá, a tiempo que los jefes y motores de la revolución habían sido indultados, o auxiliados, o condenados por mero cumplimiento a vivir unos días en los lugares más cómodos de la República.

Esto se lo digo, porque usted estaba muy confiado en lo que trabajaría don Pacho para la elección del candidato del partido liberal neto, que es el doctor Patrocinio Cuéllar; y le agrego a usted que Manuela Valdivia, la hija de la vieja Patrocinio Soto, se está ganando los electores con sus tragos, sus miradas y sus caricias, a tiempo que nosotros estamos enteramente descuidados. Escríbame lo que haya sobre esto.

También le digo que he recibido una carta del señor Pausanías Aranda, en la cual me dice que debemos unir los votos del gran partido liberal neto a los votos del gran partido liberal radical, porque la división nos puede ocasionar la pérdida de las elecciones de los dos grandes partidos.

Todo esto se lo participo para que usted me diga si los liberales netos nos ponemos bajo las órdenes de Manuela en el asunto de las elecciones, o si combatimos la candidatura de Manuela.
Deseo no tenga novedad y que disponga del afecto de su amigo,
 

N. de N.

— ¡Manuela metida en las elecciones! era lo único que nos faltaba, exclamó el doctor Jiménez.

— Y con esperanzas de triunfo, dijo don Cosme, si el partido tadeísta se le une, como lo anuncia la carta de ese señor. ¡Qué contrastes los de la política de esta parroquia, Dios eterno!

—Y de todas, dijo don Blas; porque así anda toda la república. Pero el retrato de esta parroquia, sacado al daguerrotipo, es el archivo de don Tadeo. Ahí están todas las facciones políticas y religiosas, ahí está la civilización, ahí está la marcha progresiva de la república.

Don Demóstenes mientras tanto estaba acabando de pasar revista a todos los papeles y de repente dio un grito, diciendo:

— ¡Ah, infame! ¡ah malvado!

— ¿Qué es? ¿qué es? exclamaron los otros señores.

— ¡Qué ha de ser, sino que en estos últimos correos no me ha llegado sino una carta de Bogotá, a lo sumo, en cada correo, cosa que yo extrañaba mucho, y aquí encuentro un paquete de cartas para mí, todas de distintas fechas y todas violadas por ese bribón de don Tadeo!

— ¿Y son cartas de importancia?

— De tal importancia, que si cogiera ahora a ese gamonal infame, lo había de estrangular con mis propias manos, y le había de sacar los ojos que se atrevieron a leer las cartas de Celia.

— ¿Hay el nombre de alguna señorita de por medio?

— Sí, señores, y no es un secreto que me deshonre, aunque sí hubiera querido que no se supiese sino por mi boca y la voluntad mía. Estoy comprometido con una señorita muy respetable por su posición y su mérito. Al venirme, tuve una ligera disputa con ella, por opiniones religiosas, y la primera carta que recibí de ella en la parroquia me disgustó bastante; pero la ausencia, la meditación y las juiciosas reflexiones que me hizo cierta persona a quien estimo mucho, me volvieron al buen camino, y escribí buscando con tanto respeto como afecto una reconciliación. No recibí respuesta ninguna; este silencio, al paso que aquilataba el valor del bien que había perdido, me causaba la pena que ustedes pueden figurarse. ¡Y ahora me encuentro con que esas penas se las debo al señor don Tadeo, que se tomaba la molestia de mandar a la cabecera del cantón por mis cartas para leerlas muy a sus anchas en su cueva!

— ¡ La libertad señor don Demóstenes! Es que aquí hay libertad hasta para sacar cartas ajenas.

— ¡Qué libertad, ni qué pan caliente! Esto no es uso de la santa libertad, sino una cosa que en los Estados Unidos, la república modelo, tiene por recompensa una celdita en la penitenciaría. Voy a escribir ahora mismo a
Bogotá, avisando este robo, para que no extrañen mi silencio en estas semanas que han pasado.

Diciendo esto, se levantó don Demóstenes para despedirse, y con él los otros dos señores; pero el cura les dijo:

— No los detengo a ustedes, señor don Blas y señor don Cosme, porque ustedes viven lejos, y no es prudente andar muy tarde de la noche por esos caminos solitarios; pero usted, señor don Demóstenes, que vive cerca, sí se aguardará un rato a acompañarme.

— Dispénseme usted, señor cura; pero me urge ir a escribir para Bogotá.

— Tiene tiempo de sobra; y además tengo urgencia de hablarle sobre cierto asunto muy importante.

— Siendo así, me esperaré, señor cura.

Se despidieron los dos hacendados, y don Demóstenes volvió a tomar su asiento al lado del cura.

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