Capítulo XXVII
Cacería de cafuches
Don Demóstenes y
|ñor Dimas estaban citados para una
cacería de cafuches en las tierras de la Hondura. A las cinco de la
mañana partieron de la parroquia, el uno con la escopeta al hombro
y el otro con una estupenda lanza. Ayacucho, Reloj y Sargento
seguían fielmente los pasos de los dos cazadores.
Después de caminar legua y media por una senda sombreada y
obstruida por las ramas y los bejucos, llegaron los cazadores a la
estancia del ciudadano Juan de la Cruz, a cuya sementera se decía
que estaban
|empicados los cafuches. La casa no se veía sino
al llegar al patio, por las acacias misteriosas que la cubrían.
Media docena de perros bravos salieron al encuentro de los
viajeros; mas ñor Dimas los puso de su parte llamándolos a todos
por su nombre; y todo el alboroto de los latidos vino a parar en un
examen dilatado que hicieron del benemérito Ayacucho, oliéndole
todos el rabo, ceremonia que se había ejecutado en otras estancias,
con más o menos escrupulosidad.
El ciudadano Cruz estaba limpiando y poniendo al sol unas
enjalmas; y en una tasajera brillaban cundidos de moscas verdes,
unos cuantos jirones de una especie de carne azul en la forma de
tasajo.
¡Aja! le dijo
|ñor Dimas a su compañero; mi ahijado
ha venido de Bogotá, porque todos los que vamos al mercado
compramos hígados y bofes y a los cinco días los salamos, y es una
comida que por aquí nos agrada en extremo, con plátano asado, ají y
guarapo que no esté dulce.
En seguida le preguntó
|ñor Dimas al estanciero qué tal le
había ido de viaje, y éste lo impuso de todo y le dijo que los
plátanos los había regalado, y que el granito de la pierna se le
había enconado. Era maravilloso el cariño con que el estanciero
trataba a los forasteros. La risa no se apartaba de sus labios
expresando el deseo de complacerlos. Don Demóstenes estaba
encantado de tanta benevolencia, y sus simpatías correspondieron a
los agasajos de un hombre tan excelente.
¿Y mi ahijada? le preguntó
|ñor Dimas al
estanciero.
Se fue a lavarse a la quebrada. Yo lo que quiero es que
esté a todo su gusto la pobre de Magdalena.
Le hablaremos al pasar, dijo
|ñor Dimas.
O quién sabe si se fue a la casa de alguna de sus
vecinas, porque yo no le estorbo su gusto.
Salió a ofrecerles trago y tabaco una especie de peona llamada
Nicolasa, de buen porte y regulares facciones, la cual tenía tres o
cuatro llaves prendidas en la cintura. Don Demóstenes no aceptó;
porque no era muy decidido por el anisado popular, y los cigarros
le parecieron de mala calidad seguramente, o la vista de la carne y
de las enjalmas le ahuyentó el apetito.
Los cazadores fueron informados de que los cafuches habían
venido a la roza del maíz y que habían derribado un cuadro. Cruz
les dio señas de la senda de la roza, y le juró a don Demóstenes
que sentía en el alma no poderlo acompañar, por causa del grano que
tenía en la pierna.
Cuando se acercaron a la roza, se metió don Demóstenes entre el
maíz, y encontró a la guardiana recogiendo las cañas y las mazorcas
que los cafuches habían derribado, como si hubiese entrado una
tropa de mil bueyes a pastar en la labranza.
¿Quien ha causado todo este daño? dijo don Demóstenes a
una negrita que cuidaba de la roza de maíz.
Los cafuches, le contestó la guardiana.
¿Por qué no los ahuyentan con maldiciones y piedras como
a las guacamayas?
Porque ellos vienen a la medianoche, y mi mamá Magdalena
les toca el cacho por aquí a la redonda; pero ni por esas.
¿Y por qué no los cogen a todos juntos?
¿Como, señor?
Muy fácilmente. Se rodea toda la roza con una cerca de
palo, que para eso el bosque está metido en la labranza; se les
deja abierta la puerta, y cuando hayan entrado todos, vienes tú
corriendo y las cierras. ¿Cuántos
serán los cafuches?
Son dos veintes, fuera de nueve chiquitos.
Son cuarenta y nueve, que dejándoles engordar y
llevándolos al mercado de Bogotá, dan más de doscientos pesos, que
es mejor ganancia que la que podía dar el maíz en grano, ¿no te
parece, linda guardiana?
La chica soltó la risa y contestó:
Mire, váyase por la senda que comienza debajo de aquel
palosanto y siga al salitre, que allá los encuentra todos dormidos,
eche unas cuatro manotadas de munición en la escopeta, y de un tiro
los mata todos.
|Ñor Dimas había oído la relación, y tomó sus medidas para
la corrida de los cafuches, diciéndole a su segundo:
Su persona se va derecho arriba por el camino que cruza
la senda de esta roza, antes de llegar a la orilla, y se va y se
planta de parada en la angostura de dos cerritos que se topan en la
quebrada; porque la manada pasa por ahí, al embarcar a la montaña
grande, cuando yo la espante de para arriba. Su persona le tira al
último que pase, y llego yo, y seguimos con los perros toda la
manada, hasta cansarlos, y matamos una docena. Pero eso sí, su
persona honrada se ha de estar quieta como un estantillo, sin
estornudar, ni cantar, ni silbar, ni cortar palitos con el
cuchillo, ni conversar si pasa alguna estanciera, aunque sea la más
bonita de todas las perillanas; y para no estornudar, no se meta el
tabaco por las narices; más bien masque a dos cachetes como yo
masco, y si gusta, aquí tengo en la chuspa unos chicotes que me
regaló Melchora.
¡Muchas gracias, amigo Dimas! Es usted muy bondadoso;
pero sírvase decirme: ¿con qué objeto quiere usted restringirme la
libertad de cortar palitos. de moverme y de estornudar? ¡Si usted
supiera que yo soy de una escuela que no admite trabas
sociales!...
Es porque así lo requieren las leyes de la parada.
¿Conque yo, que no admito códigos draconianos. ni
sesiones secretas, ni diplomacia, ni teocracia he de sujetarme
ahora a las ordenanzas de la parada?
Pues el que se obliga a querer, se obliga a
padecer. Si usted quiere coger cafuches, es menester que se
sujete a las
|indominias que nosotros usamos para
cogerlos.
Pero sírvase usted decirme: ¿qué objeto ostensible tiene
el precepto de convertirse en estatua, en la parada que usted me
designe?
Es porque los marranos tienen más de cinco sentidos, y si
lo sienten a su merced por ahí, se vuelven abajo y entonces la
cacería es perdida porque esas tierras de la Hondura se componen de
bovedales, de cañadas y picachos propios para esconder los
cafuches, los ladrones y los desertores, y entonces nos hacen
cansar a los perros y nos dejan con las narices más largas que el
pico de un yátaro. Esto es lo que hay en el caso, y si su merced no
se obliga, todavía tenemos tiempo de volvernos; y yo no sentiré
sino lo que dirán las niñas de la parroquia, de vernos entrar con
una mano sobre la otra.
Pues me obligo, taita Dimas, dijo don Demóstenes, armado
de una res enteramente filosófica.
|Ñor Dimas tomó la senda del salitre y don Demóstenes el
camino un poco trillado de la montaña de Santa Tecla; pero se
detuvo a unas pocas cuadras de distancia, por unos lamentos que oyó
en el monte, a donde se entró con la escopeta preparada; y al
romper una trinchera vegetal de platanillo, vio un espectáculo
propio de los tiempos de Torquemada, Atila, Nerón y Robespierre;
vio una mujer colgada de las dos manos juntas, tocando escasamente
el suelo con los dedos de los pies, y oyó que la mujer decía:
De no ser la muerte ¿quién puede librarme a mí de mis
sufrimientos tan grandes?
¡Yo mujer desdichada! gritó don Demóstenes y levantó su
cuchillo para cortar las ataduras.
Conténgase, caballero, porque me perjudica, exclamó la
pobre mujer: ¡No me suelte por el amor de Dios!
Don Demóstenes tajó de una cuchillada los bejucos, y cayendo la
mujer al suelo, le dijo a don Demóstenes llorando:
Usted me ha causado un perjuicio muy grande caballero de
mi alma.
Explíqueme usted este misterio.
Es porque yo soy casada, señor caballero.
Habrá un hombre que me quede eternamente agradecido,
pues.
Al contrario, señor caballero.
¿Por qué?
Porque me colgó él mismo y me anunció que si no me
encontraba colgada cuando volviera, me daría doscientos azotes.
¿Quien es ese bárbaro?
Se llama Cruz, y vive por aquí cerca.
¡Hipocrita! No hace ni media hora que nos hablaba de la
manera más dulce y afectuosa con que la trataba a usted. Y qué
motivos hay para esto?
Que quiere más a Nicolasa que a mí. Así es que le ha
entregado las llaves y me obliga a mí que coma junto con ella, y
cuando no me río o cuando se le antoja decir que estoy brava, me
castiga como a una esclava, y después me mide mi cuadro en el
platanar para que lo desyerbe en un solo día. Este castigo de hoy
ha sido porque no me he reído con Nicolasa después que volvieron
juntos de Bogotá. Los cuatro años primeros de casados, no me trató
mal mi marido; pero los últimos seis años han sido mi purgatorio en
vida. Yo lo que más siento es la crianza que están recibiendo las
pobres de mis hijitas.
Esto consiste, dijo don Demóstenes muy contristado, en
querer apretar demasiado el nudo del matrimonio. Es porque los
señores católicos no saben que el que mucho abarca poco
aprieta.
Consiste en que mi marido se ha dejado de cumplir con los
mandamientos de la ley de Dios porque desde que se junta con don
Tadeo ni oye misa ni reza ni asiste a los sermones del señor cura
ni tiene ninguna de las insignias de los cristianos, y en la casa
no se sabe ya qué religión es la que tenemos.
¿Y de qué le podré yo servir a usted, mujer
desdichada?
Yo sé que usted es muy amigo de los pobres y creo que
puede hacer el bien más grande que se le puede hacer a una
parroquia, y es que se castigue a los delincuentes. Con esto y con
que hagan volver a Nicolasa a su casa y se la entreguen a su
marido, quedo contenta.
Si el gobierno de la Iglesia católica permitiera que los
matrimonios se apartaran, para casarse cada contrayente de nuevo
con otra persona, usted saldría ganando.
Ganaría mi marido, porque está mozo, y perdería yo, porque
estoy muy acabada por la crianza de cuatro muchachos. El se
llevaría el hombrecito, que le puede servir de mucho, y a mí me
dejaría las tres muchachas, que yo no sé cómo ni con qué las podría
mantener. El se quedaría con la estancia, en la cual está mi
trabajo metido, porque él ha sido enfermo toda la vida de una llaga
que tiene en una espinilla del tamaño de un peso fuerte. Y yo lo
que extraño es que usted, siendo tan amigo de los que padecen dé su
parecer en contra de las pobres mujeres.
Pierda usted cuidado, que yo tomaré todo interés desde
que vuelva a la parroquia.
Por ahora el favor que usted me ha de hacer es el de
amarrarme
¿Amarrarla? ¿como es eso de amarrarla?
Dejándome del mismo modo que estaba, porque si viene
|ñor Cruz y me encuentra descolgada, me mata a rejo.
Era menester que yo fuera un bárbaro, un terrorista.
Pues tiene que hacerme ese favor, por lo que más
quiera.
¡Imposible!
Entonces usted me va a causar el daño más grande del
mundo.
¡No, no! ¡Adiós, adiós! dijo don Demóstenes,
despidiéndose de la mujer con la mayor precipitación.
Por Dios, no me deje usted sin amarrarme, dijo la mujer,
poniéndose de rodillas y abrazándole las piernas a don
Demóstenes.
Este se quedó callado por algunos instantes, sin saber a qué
atenerse, y conmovido sumamente de ver que la mujer lloraba para
comprometerlo a que la amarrase; por último le dijo:
Vaya usted y diga a su marido, que yo fui el que la
soltó, dándole por señas que me dijo que él lo que quería era que
su señora estuviese a todo su gusto; y que si la sigue estropeando,
le ofrezco por mi palabra de honor echarlo a un presidio.
Salió don Demóstenes al camino, y allí oyó a su compañero que
gritaba:
¡Ah! ¡peeerro! ¡ah, peeeerro!
Aceleró su paso el adjunto de
|ñor Dimas y al cabo de
media hora estuvo en el lugar de la parada, oyendo el murmullo de
la quebrada indicada, y sin poder bajar hasta ella, porque se lo
estorbaba una peña fragosa, a tiempo que se abrasaba de sed. Para
don Demóstenes no había más horizonte que un retazo de la senda,
que no alcanzaba a medir veinticinco varas, ni más cielo que el
ramaje tupido de los higuerones, euros y guayabos, a tiempo que el
zancudo, el jején y las abejas mantenían por debajo un ruido como
de un aguacero. Don Demóstenes ignoraba que cada palo de guayabo
tiene un camino en el corazón, por el cual suben y bajan las
hormigas llamadas guayaberas, las cuales son venenosas, y se
recostó contra uno de estos palos, sacando por de contado una
enseñanza que le hizo reconocer muy bien el maldecido palo, para no
volvérsele a acercar jamás en toda su vida. Se acordó don
Demóstenes que estaba comprometido a no estornudar, ni a causar
ruido ninguno, y comprendió que la parada es una verdadera
limitación de todas las libertades del hombre.
Se habría oído hablar muy desfavorablemente a los escritores o
conversadores de costumbre, acerca de las paradas en las cacerías
que los sabaneros de Bogotá suelen ejecutar en los páramos de la
cordillera oriental; pero aquellas, con todos sus inconvenientes,
son una delicia en comparación de las paradas de la cacería de la
tierra caliente. Allá se coloca el sabanero, montado en su gran
caballo, sobre el pico de una roca, desde donde ve los arroyos que
corren a juntarse con el Magdalena por el occidente, disfrutando de
aires que jamás han sido infectados por ninguna epidemia; dominando
con la vista una larga serie de parroquias, desde los alcázares del
buitre que es soberano de todas las aves de la cordillera. Y si
consideramos al centinela de una parada de tierra caliente, hundido
entre los bosques, sofocado por el calor, y pegándose palmadas para
espantar los mosquitos, la diferencia está en favor del sabanero
con ventajas infinitas. Es fácil concebir todo lo que sufriría don
Demóstenes.
Sintió éste un ruido sobre las hojas secas, montó la escopeta y
se preparó para hacer fuego, casi maquinalmente, porque la orden de
|ñor Dimas era de matar el último de los cafuches y no el
primero. El ruido continuaba, pero como era tortuosa la vía, y el
monte estaba tupido, no veía el objeto. Ayacucho estaba sobrecogido
de la misma manera y no separaba los ojos del lugar amenazado,
hasta que apareció Cecilia, la cual no reparó en el cazador porque
llevaba muy encubierta la cara con el sombrero y su distracción
profunda; pero luego que se vio a cuatro pasos de don Demóstenes,
intentó correr por entre las ramas menos tejidas con los
bejucos.
¡No corras! le dijo el bogotano, porque te despedaza mi
perro.
¡No, por Dios! gritó Cecilia, y se dejó caer sentada
sobre una piedra.
Don Demóstenes se acercó con sumo cariño a la segunda hermosura
de la parroquia, y trató de inspirarle confianza para que depusiese
la vergüenza y el miedo que daba a conocer en sus facciones y en
cierto temblor que procuraba ocultar al principio.
¿ De dónde vienes? le preguntó el bogotano.
De la montaña, de coger unas hojas; ¿no las ve? Son de
papayaca y las necesito para unos tamales.
¿Y por qué tanto susto de verme a mí?
Es porque yo soy miedosa.
No me parece.
Es que usted no puede saber lo que pasa en el interior de
cada criatura.
Sin embargo, el fisonomista conoce mucho de lo que pasa
en el corazón y hasta en el pensamiento ajeno.
¿Y qué me conoce usted, pues?
La turbación que te domina.
Nada, don Demóstenes, es miedo lo que yo tengo.
¿De qué tienes miedo?
Fue que me asusté con su perro.
Ya comprendo, dijo don Demóstenes; he reparado tu seno y...
No es nada, dijo Cecilia, cubriéndose las finas arandelas
de su camisa con ambos brazos y poniéndose descolorida.
Está descubierto el secreto. Llevas comunicaciones en el
seno.
Cecilia encogió el pecho encima de las rodillas y puso los ojos
de una manera lastimosa sobre los ojos del bogotano.
No tengas ningún cuidado, Cecilia. El que respeta las
garantías de los hombres, guarda con mayor razón las garantías de
las mujeres. Nada más digno de respeto que las comunicaciones
epistolares de los ciudadanos y conducidas en una valija sagrada,
no pueden ser violadas por ninguno que sea liberal.
Mil gracias, contestó la tímida Cecilia, respirando con
alguna confianza. Yo sé que usted me tiene cariño a pesar de lo
mucho que se habla de mí, y yo lo estimo a usted desde que lo vi, y
lo he tratado, porque yo no tengo libertad ni para saludar a las
personas que son de mi gusto. Yo lo aprecio a usted y tengo
confianza en usted como en un caballero completo. Mire es verdad
que llevo cartas aquí en el seno que las traigo de la estancia de
Santa Tecla y son cartas contra usted tómelas y haga el uso que
quiera de ellas y yo diré que se me perdieron.
¡Oh, Cecilia! ¡Cuánto te agradezco la confianza que haces
de mí! exclamó don Demóstenes, y abrió una carta que decía:
Con la portadora le remito el borrador de las declaraciones que
han de dar los testigos, y a éstos hay que decirles que si no
declaran lo mismo que habían declarado en las declaraciones que se
robó don Eloy, irán todos de reclutas. Del cachaco Demóstenes
tendremos que deshacernos, aunque sea quemándole la cara, a más no
poder. Escríbale a don Pascual para que le apure al juez del
circuito para que exija la sumaria de don Blas y de Manuela. Espero
la contestación en el acto. Su afectísimo amigo,
EL ERMITAÑO
Sombras y misterios por todas partes exclamó don Demóstenes. El
gamonal está en el distrito cuando lo creíamos muy asegurado en la
cárcel de Ambalema. Estoy comenzando a saber que de nada sirven las
leyes contra los gamonales y sus agentes.
Y usted ándese con cuidado y déjese de caminar por los
montes.
Esta palabra cuidado se la oí por primera vez a la
profetisa de Malabrigo.¡Oh Rosa! ¡Que la tierra te sea ligera!
A este tiempo se oyó la voz del cazador en jefe, que decía:
¡Arriba, peeerro! ¡Arriba, peeeerro!
Don Demóstenes estaba muy descuidado de su misión y sentado
junto de Cecilia, le dirigió las siguientes palabras con el estilo
más dulce que se pudiera emplear para convertir un alma
extraviada:
Lo que es para mí un misterio es que tú quieras a ese
hombre.
¿Yo, don Demóstenes?
Pues tú. ¡Una muchacha de tanto mérito! Esto no pudiera
creerse si todo el mundo no lo estuviera viendo.
¿Pero qué es lo que ven?
¡Oh! pues tus amores.
No hay tal amor, don Demóstenes.
¿Que es eso, pues?
Un comprometimiento terrible, que se comenzó por...
¿Por salvar de las prisiones a algún desgraciado? ¿Por
condescender con los empeños de alguna amiga? ¿Por el interés de
alguna cantidad? ¿O por qué cosa? dime, ¿por qué cosa?
Le voy a decir, con tal que me guarde el secreto.
Por de contado, Cecilia.
Mi madre fue la que se valió de la astucia y del rigor
para que yo me entregara a ese bárbaro, que aborrezco con toda mi
alma.
¡Pobre Cecilia! exclamó don Demóstenes; se necesitaba de
toda la desmoralización que ha pasado por las grandes sociedades,
para corromper la nobleza de corazón que indican tus facciones.
¡Yo qué iba a hacer, don Demóstenes! dijo Cecilia
llorando. Tenía mi madre un saque de aguardiente en la montaña, y
por hacerse a la protección de don Tadeo, me mandaba a visitarlo y
llevarle regalos de frutas, lo citaba a la estancia las veces que
me dejaba sola, y me miraba mal las veces que don Tadeo le daba
quejas. Esto fue al principio, que a lo último ha conseguido don
Tadeo que yo no me separe de él, con las amenazas de un cuchillo de
cabo blanco que me señala siempre; y una vez que me huí, me volvió
a reducir a su compañía buscándome como aguja y volviéndome a
traer. Este es el motivo de pasar yo por la querida de ese viejo
criminal, que tiene su esposa legítima y quiere poner también a
Manuela de su cuenta.
¿Y no pudieras dejarlo?
No puedo, porque me mata.
¿Conque todo eso es un gamonal?
Sí, señor, y no sé qué camino coger. Me veo mal mirada de
las señoras y de los caballeros, me veo insultada, aborrecida y
expuesta a que me mate el viejo Tadeo, o su esposa, o alguna otra
de sus queridas, y mi vida no es sino un puro tormento, porque ¿qué
me suplo yo con tener baúles con ropa, zarcillos de oro y traje
blanco para las fiestas, si la mala nota me condena y el
menosprecio de las gentes buenas? ¿Qué hago, don Demóstenes? ¿Qué
camino cojo? ¿Qué me aconseja usted, que es tan enemigo de los
tiranos conservadores? Porque ha de estar usted en que don Tadeo es
liberal.
¡Es draconiano! ¡Es fariseo liberal! Es sepulcro
blanqueado, y de esos encuentras varios, aunque no tan perversos
como don Tadeo.
Pero ¡qué hago, don Demóstenes, por Dios! ¿Qué hago en
este caso! Sálveme usted mi vida y mi conciencia.
Si te resolvieras a dejar tu familia y tu
parroquia...
¡Todo, todo!
Si te animaras a perder algo de tu libertad, aunque yo
soy enemigo de la obediencia pasiva...
Todo le sufriré, con tal que no sea querer a nadie contra
mi gusto.
¡Eso ni pensarlo! La libertad del corazón es la garantía
más preciosa de una joven. Yo te buscaría una colocación en
Bogotá.
Entonces por allá iré, don Demóstenes.
¡Adios, Cecilia! dijo éste, dirigiéndole una mirada muy
afectuosa.
Así que desapareció la víctima, sacó don Demóstenes su reloj y
vio que llevaba tres horas de parada, pensó que su verdadera misión
era la de cazador y dirigió todos sus pensamientos hacia su cacería
de cafuches. Puso el oído a la quebrada, y algún zumbido de las
tominejas era lo único que oía. Se pasó una hora más en una lucha
continua con las abejas, que buscaban su pelo y su barba para
enredarse, por un instinto desgraciado que tienen. como las
polillas, que buscan la vela para quemarse; esto lo tenía sumamente
molesto, aunque entretenido a la verdad. Había adquirido el hábito
de hablar solo, desde que traía entre manos los amoríos con Celia y
Clotilde, y comenzó a decir estas palabras:
¿Que es estar de parada? Es estar sujeto a las órdenes de
un miserable, órdenes que se reducen a privarme de la libertad de
silbar, de estornudar, etc. Es decir que mi libertad natural está
restringida por una pasión vil que me dará por resultado un par de
cafuches. Es decir que he cambiado la libertad genuina, la
aristocracia del yo, por un plato de lentejas, como Esaú. Porque, a
decir verdad, yo me hallo sujeto en este momento con todas las
trabas sociales que Dimas me ha querido imponer. Es decir, que las
pasiones entraban la libertad, y si la entraban también las
necesidades, que son las arterias del movimiento social, ¿en qué
viene a parar la libertad genuina? Si por todas partes se le
recorta una pluma a esa primorosa ave del paraíso, ¿cómo es posible
que levante su vuelo majestuoso desde el Huila hasta el Chimborazo?
Y habiendo nacido el hombre con pasiones y necesidades...
Al decir esto le interrumpió un grito de Dimas:
¡Abajo don Demóstenes! ¡Abajo con todos los diablos que
los cafuches se regaron, y yo tengo tres casi cogidos! ¡ Pero
rebúllase, cristiano!
Don Demóstenes se fijó en el punto de donde habían partido los
gritos, y con la escopeta en la izquierda y el cuchillo de monte en
la derecha emprendió la travesía de un largo trayecto de bosque;
habría caminado dos cuadras, cuando se halló metido de golpe en un
escondrijo de unas piedras y un enjambre de ramas y bejucos, en
donde estaba escribiendo un ermitaño sobre una petaca de cuero, y a
lo que éste levantó la cabeza, don Demóstenes le conoció y le
dijo:
¡Ríndete, malvado!
Con trabajo, le contestó don Tadeo (porque él era el
escritor) cogiendo un puñal que estaba sobre la petaca.
Lo veremos, dijo don Demóstenes.
Y disparó la escopeta, sin intención de matarlo, pero
aprovechándose de la sorpresa, se lanzó sobre su enemigo y le cogió
la mano en que tenía el puñal.
Se quedaron luchando los atletas, y don Demóstenes gritó:
¡Aca, compañeros todos!
Después de varios esfuerzos cayeron los dos mortales enemigos al
suelo, logrando don Demóstenes la suerte de quedar encima, a tiempo
que su compañero volaba como un pájaro por entre los árboles,
aprovechándose de una huella que ya conocía, para acercarse al
lugar donde había oído el tiro de la escopeta, pues hacía rato que
caminaba en busca de su camarada y adjunto.
¡Aca! volvió a gritar don Demóstenes.
¿Lo mató? le contestó
|ñor Dimas, gritando por
entre los árboles.
Está vivo, pero lo tengo debajo.
Póngale la rodilla en el pescuezo, para que no lo muerda,
y amárrele las patas, aunque sea con el pañuelo del pescuezo.
No tardó mucho en llegar
|ñor Dimas al sitio de la pelea,
al mismo tiempo que don Tadeo logró soltarse por medio de un
sacudimiento, y corrió a botarse por un precipicio, donde se perdió
de vista por entre las ramas que cubrían el fondo. Ayacucho se
quedó latiendo en la orilla, después de una indecisión que se podía
reputar por traición; don Demóstenes se había quedado sin fuerzas,
y
|ñor Dimas no se resolvió a echarse, porque el que persigue
no lleva la misma decisión del que huye, por un principio general
de estrategia.
Juntos registraron el campo, y hallaron en la covachuela montuna
del gamonal, plumas, tinta, papel sellado y común, la Recopilación
granadina, una botella con un poco de aguardiente de anís, un puñal
y, entre varios papeles sueltos, se hallaba uno que decía:
Señor don Tadeo Forero: Mándeme usted un modelo de las
declaraciones que han de dar los cinco testigos. Sabrá usted que la
clase descalza de la sociedad está sufriendo la esclavitud; porque
la mayoría del cabildo se compone de los oligarcas de botas. La
tiranía de los hacendados es cada día más insoportable y están
poniendo en ejecución el código penal. Sólo en usted tenemos la
esperanza de que no fenecerán las conquistas de la libertad. No se
fíe usted del viejo Elías, que es de los que mascan a dos
carrillos, como se lo tengo advertido; y sin embargo hay cosas en
que nos puede servir. Mande a su afectísimo.
Pascual Acuña
Déjese de leyendas,
|ñor don Demóstenes, dijo el cazador
en jefe, escondamos esta petaca con todos los papelajos y vamos
adelante con nuestra cacería, y
|endespués nos contaremos
todo lo sucedido. Pero lo que sí me parece es que usted no ha
cumplido con las obligaciones de la parada. Yo levanté la manada
del salitre del Palmichal, y la iban siguiendo de para arriba,
cuando me encontré los cafuches, que se volvían chaqueando las
quijadas y con el espinazo erizado; y eso fue que usted se puso a
conversar con alguna perillana, lo menos, y se nos ha perdido el
tiro principal de la cacería de los cafuches, que era matar una
docena en la montaña de Santa Tecla. Con ser que le encargué que no
fumara tabaco por las narices, ni se fuera a bullir de su puesto ¡y
así para qué diablos se mata uno bregando por todas estas anchuras!
Con que usted me hubiera dicho por lo claro que no era capaz de ser
cazador, con eso había sido bastante para no dejar yo mis
ocupaciones. Ya se me había puesto que usted no era capaz.
¿Que no soy capaz? ¡Viejo miserable! ¿De qué no soy capaz?
Soy capaz de pararlo a usted en la cabeza por insolente.
¿Y yo no seré capaz de plantarle,
|ñor don Demóstenes?
¿Y para pararme en la cabeza fue que usted me convidó a los montes
de la Hondura? Cachaco majadero. Yo me quedaré solo, que para matar
tres cafuches que tengo encerrados en los bovedales, yo no necesito
de nadie; y uno chiquito, que me lo tiene encargado la niña
Manuela, ese lo cojo a tientas.
¿Chiquito? preguntó don Demóstenes, instigado por la
pasión ardorosa de la cacería.
Aparente para criarlo, dijo
|ñor Dimas.
¿Y dice usted que se puede coger?
Conque los he dejado encerrados en una cueva y tapada la
puerta con palos y piedras. Lo que tiene es que debemos irnos a
prisa antes que busquen alguna otra salida.
Los cazadores son como los amantes, que pelean y se reconcilian
sin saber cuándo ni a qué horas, y esto consiste en que los une el
mismo interés. Partieron los dos camaradas, tan acordes como si
nada hubiera pasado, en busca de los cafuches.
Cuando se acercaron a la cueva, dijo don Demóstenes:
¿Que hago, taita Dimas, que me muero de sed? ¿Dónde
encontraremos una quebrada?
Está muy lejos; pero hay un palo por el cual corre una
cañería entera, y es muy saludable para varias enfermedades.
¿Y en dónde lo hallaremos?
Aquí, véalo sumerced: este bejuco, que se llama agraz,
está lleno de agua; pero hay que recortarlo por el lado del cogollo
y por el pie a la vez, porque si no, el agua se esconde y el palo
se queda seco. Y si no lo quiere creer, abra la boca que ahí
va.
Dio Dimas dos cortes consecutivos, y salió de un grueso bejuco
un chorro de agua, de la cual bebió toda la que quiso el bogotano,
y con el resto se lavó las manos y la cara, y al terminar dijo al
estanciero de la montaña:
Usted es un Moisés, que hace salir agua de los palos al
tocarlos con el filo de su cuchillo. Vamos ahora a coger los
cafuches encantados.
Pronto estuvieron en la puerta de la cueva, y habiendo recogido
palos de leña y hojas de palmicha seca, ñor Dimas sacó candela.
Ahora sople con todas sus fuerzas, para formar una
hoguera buena. Don Demóstenes obedeció la orden, pero afectado por
el humo hubo de retirar la cabeza muy pronto para limpiarse los
ojos.
Sople hasta que se reviente; sople, sople, no sea tan
flojo.
Siento no haber sido cocinero, taita Dimas, para
satisfacer las exigencias de usted.
Ahora no hay diligencias que valgan, sino es soplar, y
más soplar hasta que la llama se levante alta.
Es que yo le puedo dispensar a usted el que me dé cafuche
asado para mi almuerzo; Rosa me dio rostro de cafuche, la noche que
posé en Malabrigo, y le confieso a usted que no me gustó.
Luego que, ¿está pensando en el almuerzo? No se afane
tanto. Hay que hacer una buena hoguera, luego pasar los tizones a
la puerta y armar allí más candelada para llenarles la cueva de
humo y obligarles a salir; los esperamos en la puerta con nuestras
armas y los matamos.
¿Y el chiquito para Manuela?
Ese se ataja y se coge en la puerta. Conque sople su
persona, porque esa candela no adelanta nada.
Así que
|ñor Dimas hubo juntado la leña suficiente, y que la
hoguera estuvo bien encendida, puso de centinela a don Demóstenes
en la puerta de la cueva, con la escopeta preparada; comenzó a
destapar dicha cueva y a formar en la puerta una hoguera mayor, de
la cual entraba el humo a las concavidades del subterráneo. Algunos
murciélagos salían de golpe, haciendo retirar la cara de los
cazadores, y una culebra, quizá pisada por los cafuches, emprendió
su salida, pero al llegar a la candela, retrocedió.
Las horas se pasaron en la operación de echar el humo a la
cueva, los cafuches no se daban por notificados.
|Ñor Dimas
estaba sin camisa y se le veían correr del pecho ríos de sudor, y
don Demóstenes tenía los ojos colorados de llorar, por causa del
humo; flor Dimas se trepó por unas piedras y barrancos y
desapareció por unos pocos minutos, hasta que volvió echando pestes
y reniegos.
El diablo anda metido en la cacería, porque esta cueva
tiene una chimenea más grande que la puerta del infierno, y los
condenados cafuches metidos por ahí en algún rincón no tienen para
qué sentir el humo. Toda la culpa la tuvo la parada, porque si los
marranos no hubieran sentido ruido, allá estarían corriendo en los
montes de Santa Tecla, que es un corredero de lo más hermoso que
puede darse y sin cuevas ni precipicios. Pero sabremos para otro
día.
¿Y ahora qué hacemos? preguntó don Demóstenes.
Me meto con la lanza, y usted los espera, si es que todos
no quedan muertos adentro.
Diciendo esto,
|ñor Dimas le recortó el palo a la lanza y
se metió con los dos perros. Duró algún tiempo la cueva en
silencio, porque era muy grande y tenía algunas divisiones de
lajas, lo cual dificultaba la llegada del audaz cazador hasta el
punto en que estaban los cafuches, a los cuales buscaba en las
tinieblas por un ronquido especial que ellos tienen, y por los
chasquidos que hacían con las quijadas de cuando en cuando. De
golpe latió uno de los perros y el sonido se prolongó tanto, que
don Demóstenes quedó espantado.
|Ñor Dimas gritó a ese
tiempo:
Ahí le van, don Demóstenes.
En efecto, salieron dos cafuches, uno herido y otro sano, pero
el cazador de reserva mató uno y otro con los dos tiros de su
escopeta.
|Ñor Dimas salió ensangrentado y al ver los
cafuches tendidos saltaba de gozo y colmaba de abrazos a su
segundo, al cual informó que adentro quedaba otro muerto.
¿Y el cafuchito para Manuela? preguntó el bogotano.
Ese lo tengo por cogido.
Viva el ciudadano. Viva el bizarro. Viva el denodado.
Viva el valiente Dimas.
Volvió a entrar
|ñor Dimas y sacó el cafuche arrastrando y
el chiquito en los brazos con el hocico amarrado.
Desenvolvió un pequeño fiambre que llevaba en una mochila y
comieron sentados sobre la hojarasca, tan contentos como sí
hubiesen echado abajo un gobierno constituido.
|Ñor Dimas
colmaba de elogios a Sargento y a Reloj, sin que Ayacucho pudiese
obtener este premio, porque no hizo sino latir. La educación es la
que forma el carácter, y al pobre Ayacucho nadie lo había enseñado
a cazar cafuches, sino a cargar los zapatones y el farol.
La noche se acercaba por instantes.
|Ñor Dimas dejó
colgados en los árboles dos cafuches y se echó otro a las espaldas,
y don Demóstenes cargó en sus brazos el cafuchito. Para dar con la
senda principal debían pasar por
la covachuela de don Tadeo, y en efecto dieron con ella, pero se
quedaron sorprendidos de no hallar la petaca de los papeles, sino
el hueco vacío donde la habían dejado.
Cómo siento esos papeles, exclamó don Demóstenes.
Y yo la petaca, porque a Melchora se la tenía
destinada.
Qué lástima.
Pierda cuidado su persona, que esa petaca la cojo yo,
como ser José Dimas Camero.
¡Oh! ¡Cuánto bien le hiciera usted a su parroquia!
Caminaron a buen paso los cazadores, pero cuando salieron a las
cercanías de la parroquia, ya eran cerca de las ocho. En todo el
camino no habló don Demóstenes ni una sola palabra, ni acerca del
cafuchito, ni acerca de ninguna de las ocurrencias del día. Había
una idea que lo ocupaba más que todas las cacerías y todos los
conatos del mundo y era la de saber si su amada ex Celia lo amaba
como en otro tiempo o lo había aborrecido por el pecado social de
intolerancia. Esa noche, aunque cansado, no pudo dormir, y se
levantó temprano a dar cuenta del hallazgo de gamonal. Todos los
parroquianos se sobrecogieron de espanto, pero cuando se trató de
ir a buscar a los montes al monstruo, nadie quiso comprometerse, lo
cual indica que en aquella parroquia, y quién sabe en cuántas
otras, el medio más aparente de gobernar al pueblo es el terror y
no la justicia y la moderación. Por la fuerza logró don Demóstenes
que fuesen los policías y los comisarios a buscar a don Tadeo, y ni
aun el ciudadano Dimas quiso prestar sus servicios de baquiano,
sino que se fue a recoger los dos cafuches
que había dejado colgados y trató de no sacar la cara donde lo
viesen. Las pesquisas fueron inútiles: don Tadeo se quedó oculto
entre las haciendas de don Matías y don Atanasio, y desde entonces
comenzó a decaer el entusiasmo por el partido manuelista, o sea el
partido de los hacendados, a los cuales llamaba el patriota don
Tadeo los oligarcas de la parroquia.