Capítulo XXIV
El San Juan
Desde su llegada a la parroquia había oído hablar el señor don
Demóstenes del San Juan, como de una época muy singular; y en
efecto mientras más se acercaba el suspirado día 24, más
concurridos estaban los caminos y los mercados, más risueñas y
amorosas se mostraban las hijas del pueblo y más alboroto se notaba
en las tiendas.
Don Demóstenes se había ido al Botundo el día 23 por la mañana,
porque le había ofrecido Pía un chilaco vivo y unas mariposas. A la
bajada oyó cohetes y música en muchas de las estancias, algunos
gritos y tiros de escopeta, y al pasar por la estancia de Venancio,
que estaba en la margen del camino, este sujeto se le puso por
delante y le gritó dirigiéndole la palabra:
¡San Juan!
Pero viendo que ni respondía ni se detenía don Demóstenes, le
repetía la misma voz añadiendo:
¡ San Juan callado!
Otro sujeto dijo entonces:
Tan callado como su perro, porque parece que son de una
misma
|creyencia.
Con los masones no hay San Juan que valga, dijo otro.
Don Demóstenes entendió que aquella gente estaba achispada y que
si se ponía a hacerles caso podría salir muy deslucido, siguió
bajando, a tiempo que en la estancia se aumentaron los gritos de
¡San Juan! ¡San Juan! y la tambora y los cohetes hacían retumbar
las lomas y la montaña.
Siguió su camino, cuando pasaba por frente de la estancia de
Chepe Moreno oía los mismos gritos, y vio un corrillo en el patio,
en el cual se cantaba y se tocaba y al verlo repitieron la misma
voz que le habían dirigido en la estancia de arriba. Un hombre se
desprendió del pelotón y vino a salirle al frente, pero don
Demóstenes no se afanó porque conoció que aquel era su camarada
Dimas, quien lo saludó de esta manera:
Grite San Juan, mi amo don Demóstenes, que hoy es el día más
grande que hay en el mundo.
¿Que hay, taita Dimas? le dijo el caballero.
Que arrime su persona para allá dentro, para que nos
ayude a celebrar a mi padre y señor San Juan.
A este tiempo se acercaron Paula y Rosa al cazador y lo
comprometieron a ir al patio, donde estaba una multitud de personas
conocidas suyas como Simona Páez y sus dos hermanas, y toda la
gente del partido de Manuela. Rosa sacó un vidrio con mistela de
café, y un plato con mantecadas y lo comprometió a probar la
mistela, y al punto se levantó una vocería general a los gritos de
¡San Juan! ¡San Juan! Un estanciero llamado Faustino sacó a bailar
a Rosa, y allí en el patio, al son de los tiples y guacharacas
bailaron el torbellino; luego le siguió otra pareja, y mientras
tanto Paula traía de la mano una muchacha bonita, con todas las
cualidades de una verdadera campesina, estanciera o aldeana,
robusta, de buenos colores y vergonzosa, lo que era un verdadero
prodigio. Esta era Anita, hija de Narcisa, la cual, poseída de
sentimientos religiosos, había conseguido con su patrón don Eloy un
indulto para sus tres hijas, para que no fuesen obligadas por el
mayordomo al trabajo del trapiche. Paula estaba al frente, y
tomando la palabra con franqueza y resolución, dijo a don
Demóstenes:
Aquí le traigo una muchacha nueva que usted no conocía:
mi parienta Anita, que vive en la última estancia de las tierras de
don Eloy.
Tengo la honra de ofrecerme, contestó el bogotano.
Diga, mil gracias, primita; no sea tan corta.
Se apareció
|ñor Dimas con un vaso de aguardiente puro
aromático fragante como un estanquillo y quitándose el sombrero con
la mano izquierda le dirigió a su compañero de cacerías esta
perorata en voz alta y sonora:
Hoy es el día de mi padre y señor San Juan, en que
estamos obligados los fieles cristianos a alegrarnos para darle
cumplimiento a mi padre y señor San Juan. Por eso me ha de hacer la
satisfacción su persona honrada de
|aceitarme este traguito,
a nombre de mi patriarca señor San Juan.
Mil gracias dijo don Demóstenes con una amable
sonrisa.
Y levantando el vaso tomo lo menos que pudo nada mas que por
cumplimiento, porque a don Demóstenes no le gustaban estas bebidas
demasiado populares
¡San Juan! ¡San Juan! grito todo el corrillo
Y pidiendo permiso, don Demóstenes continuó su viaje seguido de
su fiel Ayacucho. En la estancia siguieron los gritos los cohetes y
los tragos.
Cuando el bogotano llego a la parroquia la encontró casi
desierta, porque todas las gentes hábiles se habían salido a las
estancias. Se asomó a la plaza y no vio sino la mula y el cordero
del señor cura, pastando la hermosa y levantada grama y un polluelo
que cogía los saltones o chapales que brincaban a lo que se
adelantaban los cuadrúpedos. Ayacucho se arrimó, y abusando tal vez
de la tolerancia, se excedió en caricias con el cordero tirándolo
de la lana; este se metía por debajo de la mula y ella cogía al
perro del cuero del espinazo en ademán de levantarlo, cuya escena
solitaria entretuvo al bogotano por unos momentos hasta que levanto
la vista al lado de la triste fachada de la iglesia y vio en el
largo corredor de la casa cural al párroco vestido con sotana
paseándose con el breviario en la mano y luego se arrodillo y poco
a poco inclino la cabeza hacia el suelo.
Se fue a su posada don Demóstenes y luego que se dejo caer en la
hamaca que ocupaba la mitad de la sala llego a sus oídos una voz de
la alcoba que decía:
¡San Juan! don Demóstenes. ¡San Juan! ¿Y no responde?
¿Que quieres que responda? le dijo el huésped a Manuela,
que era la que le hablaba.
Pues se responde ¡San Juan! ¿Luego usted no es
cristiano?
Ojalá que me hubieras instruido de antemano, porque te
aseguro que los rústicos me lo han entripado al pasar por frente de
la casa de Chepe Moreno, gritando ¡San Juan! y molestándome como no
hay idea; y si yo les hubiera dicho ¡San Juan! la cosa hubiera sido
de otra manera. Te aseguro que todos ellos son unos salvajes.
Unos bribones, dijo Manuela. sin salir de la alcoba;
porque ahí están metidas la Cecilia, la Víbora, la Nicolasa, con
toda la camada de los tadeístas de la sociedad baratera; y si lo
han tratado de burlar a usted es porque lo ven así con zapatos y
con su levita larga, como inglés viejo. Los tadeístas no se dejan,
aunque los tenemos por debajo con la derrota del rey de la
parroquia.
Se dilataba en salir la casera, porque se estaba poniendo de
punta en blanco para empezar la función de San Juan, en cuyas
vísperas se andaba. Don Demóstenes había llegado cansado, y el
movimiento de la hamaca lo tenía tan aletargado como los cojines y
el opio a los turcos; pero cuando Manuela abrió las dos piezas de
la cortina de su alcoba, y se quedó parada por un instante, don
Demóstenes saltó lleno de vigor, e improvisó este discurso:
¡Bienaventurado San Juan, que aumentas la belleza de tus
siervas! ¡Yo también te saludo entre los tuyos! ¡Oh Manuela, te
hallas hoy seductora como nunca! Tu sonrisa es celestial, tus ojos
divinos, tu talle de cintura es primoroso, tus pies descalzos
tienen el mérito de representar la clase del pueblo. ¡San Juan!
¡Manuela! ¡San Juan! ¡San Juan!
¡San Juan! respondió Manuela.
¡Hoy es cuando Dámaso va a tener envidiosos! le dijo el
huésped.
¡Naaada! le contestó ella, tratando de pararse para seguir
adonde la llamaban sus deberes, porque todas las compañeras se
habían ido a casa de Marta, y tenía que ponerle la comida al
alojado.
¡No me hagas desgraciado, Manuela! ¡No te vayas de aquí
nunca!
¿Y la comida?
Tu presencia quita el hambre y todas las necesidades
humanas.
¿Está loco?
¿Porque no puedo resistir a los encantos de tu
hermosura?... Sí, Manuela, estoy loco. Pero nada más te diré,
porque para ti no hay elocuencia, no hay interés, no hay seducción;
pero ni lástima...
¿Lastima de qué? dijo Manuela: ¿de oírle decir lo que les
dice a todas? ¡No se afane!
Ni violencia, ni estrategia, continuó don Demóstenes;
porque el monarca tampoco ha podido hacerse escuchar de ti.
¿Por qué no, cuando yo les oigo a todos?
Después que Manuela le sirvió la comida al alojado, se fue a una
estancia donde había baile y estaba su prometido, no quedándole a
don Demóstenes más compañía en toda la casa que su amigo
Ayacucho.
Antes de acostarse, don Demóstenes se asomó a la esquina de la
calle y desde allí oyó los cohetes, los gritos y los tambores de
varias estancias de la loma; y viendo que la tormenta sonaba lejos
se metió en su alcoba y se acostó muy seguro de poder dormir con
toda tranquilidad, aunque es cierto que la constitución del 21 de
mayo que garantiza la palabra, no garantiza el sueño, porque un
enfermo no puede clamar contra los platillos y la tambora, que se
le toca en sus linderos. Se durmió.
De repente se estremeció el bogotano por un grito de ¡San Juan!
que le dieron en los oídos. Levantó los ojos y vio dos devotas de
San Juan graciosamente vestidas con camisas bordadas y enaguas de
cintura, se refregó los ojos y conoció a Marta y a Manuela, que
habían invadido los dominios de su catre.
¿Que hay? les preguntó entre sorprendido y halagado por
la visión nocturna, que al principio tuvo por un sueño de
hadas.
¡Que se levante! ¡no es otra cosa!
¿Y para qué me necesitan ustedes a estas horas?
Para que se vaya a bañar a la quebrada.
¿Estoy inmundo, por mi desgracia?
Es porque el agua corre bendita.
¿Quien madrugó a bendecirla?
No sea tan, tan... ¿no ve usted que es el día de San
Juan?
¿Y qué?
Que todos los cristianos, nos tenemos que lavar.
¿Y si me excuso por enfermedad?
No le admitimos excusa ninguna.
¿Y si me resisto y me defiendo?
Nos lo llevamos entre todas como gusanito que entierran
las hormigas cargamuertos.
¿Cuales son todas?
Yo, Sinforosa y sus dos hermanos, Rosa de Malabrigo,
Paula, Clemencia...
¿Y Anita?
También. Levántese a verla... Tome, póngase la corbata,
le dijo Marta.
¿ Se pone chaqueta o levita?
¿ A qué tanto afán? Déjenme vestir a todo mi gusto.
Pero no nos detenga, que ya quiere venir el día.
Póngase esa bota, cristiano, que usted parece perico
ligero en el modo de levantarse.
Se salieron las camareras de don Demóstenes a decir que ya
salía, y los aires, los edificios, las montañas y los bosques
resonaron con los gritos heroicos de ¡San Juan! ¡San Juan! y luego
que el caballero salió a la puerta de la calle, marchó entre todo
el acompañamiento del partido de Manuela en el cual iba Dámaso, el
envidiado de don Demóstenes.
La procesión desfiló bajo los auspicios de dos faroles de papel
y uno de vidrio, al mismo tiempo que se victoreaba a San Juan y se
tocaba el torbellino en la banda de la parroquia. El camino era
angosto y difícil por las angosturas y los obstáculos del bosque;
pero el viaje era corto y en aquellos momentos feliz.
Era increíble la presteza con que caían al charco los devotos de
San Juan, haciéndose notar por el ruido sobre las aguas, a la
manera que caen a la laguna los patos que descienden del aire,
siendo de advertir que las señoras Patrocinio y Visitación no
fueron de las últimas.
Habiendo de pintar el drama completo del baño del San Juan, el
orden exige que describa la naturaleza del teatro. En lugar de las
tablas se veía la tersa superficie del pozo del Guadual de veinte
varas de largo. Los costados eran figurados por los troncos de las
palmas y guaduas, y algunas piedras medio cubiertas de helechos y
palmicha; las trochas o sendas que llegaban a la orilla tenían toda
la apariencia de las grutas por la obscuridad de la noche, que le
daba una vista mágica al bosque de los contornos. El techo estaba
formado por la trabazón espesa de los cogollos de las guaduas y por
las hojas de las palmas de cuesco, enredadas por los bejucos de las
nechas y gulupas, de las cuales colgaban las frutas y flores. Los
faroles colgados de las gruesas espinas de las guaduas iluminaban
el charco, aunque la luz era defectuosa. El sonido de los tiples y
bandolas armonizaba con el ruido de la quebrada; esta clase de
música desempeñaba la orquesta, aun para el gusto delicado de don
Demóstenes, que resumía las funciones de público, habiéndose
quedado solo por olvido de la priosta la función. No creemos que el
arte haya superado nunca en los mejores teatros de París o de Roma
las decoraciones del que nos ocupa. Solamente la naturaleza
silvestre de América puede ofrecer esta clase de adornos
materiales.
Es tiempo de ver el drama. Manuela se distinguía entre media
docena de actrices jóvenes y poseídas perfectamente de la
situación; mujeres de poca nota y muchos hombres de la clase del
pueblo figuraban en la escena, desempeñando el primer papel Dámaso
por su historia y sus relaciones. El chapaleo, las consumidas, las
travesías y las ráfagas de agua iluminadas por los tres faroles,
daban a la función un mérito soberbio, y los rostros de las ninfas
del charco, animados por la confianza y la alegría, daban a la
escena todos los encantos de la magia. La risa, los gritos, los
juegos, los dichos amorosos y las aclamaciones de ¡San Juan! ¡San
Juan! completaban el placer de la ablución. Ayacucho figuraba
también en el pozo, consumiendo, chapaleando y a veces latiendo:
sólo un papel había desairado, el de José, quien por no saber nadar
no podía gozar del placer del baño.
Don Demóstenes, único espectador inactivo, se divertía desde un
barranco cubierto de palmichas, mirando los prodigios gimnásticos
del baño y sintiendo no tener su binóculo, porque la media luz de
los faroles no alumbraba todo lo necesario para poder ver los
bustos de las parroquianas reapareciendo sobre la superficie con su
pelo, cejas y pestañas chorreando las gotas de agua iluminadas por
reflejos de las luces artificiales que daban una ilusión
enteramente mágica muy sorprendente para el que, por primera vez
veía esto. Anita Reyes no cedía en gracias ni hermosura a ninguna
de las parroquianas, y cuando don Demóstenes la alcanzaba a ver,
palmoteaba. Pero su goce de espectador no le duró sino pocos
momentos.
Luego que Marta echó de menos al bogotano, convidó a Rosa, a Paula
y a Manuela, lo aprehendieron en su palco de piedras, y Marta le
dijo:
¡Hola, amigo! ¿conque usted no se baña?
Me hace daño a estas horas.
Es flojera la que tiene, dijo Manuela; vamos al agua;
¡arriba! ¡arriba!
Me enojo, les contestó don Demóstenes.
No importa, tendrá el trabajo de contentarse otra
vez.
¿Vestido? preguntó don Demóstenes, conociendo que no
había remedio contra la conspiración de las parroquianas.
¡Yo le quito las botas! exclamó Paula.
Y yo la chaqueta, dijo Marta; y lo comenzaron a
desnudar.
Llevémoslo así como está, propuso Manuela, lo que fue
aceptado.
Don Demóstenes, cediendo al derecho del más fuerte, que es el
que rige en la Nueva Granada, se dejó llevar en triunfo y se
conformó con entrar al pozo acompañado de sus perseguidoras.
¡San Juan! ¡San Juan! gritaban todas las parroquianas,
embriagadas de placer por el triunfo.
Esta exclamación fue repetida por todos, y la música y los
cohetes resonaban para hacer más completa la victoria y la alegría
producidas por la entrada del prisionero al charco.
A este tiempo les repartió doña Patrocinio a los devotos de San
Juan unas cuantas botellas de aguardiente, continuándose entre
tanto el baño bajo los auspicios del contento y del buen humor.
De repente se oyeron muchos cohetes, gritos, sonido de atambores
y una algazara salvaje que ahogaba el ruido de la quebrada y la
música de la función. Pronto se comenzaron a salir las muchachas
del pozo murmurando, y algunas maldiciendo, según parece. El
silencio reemplazó al entusiasmo. Todos se vestían de prisa.
Manuela había tenido la precaución de mandar a José por ropa
para su huésped; éste se estaba vistiendo cerca de doña Patrocinio,
y aprovechando la circunstancia de la vecindad, le dirigió así la
palabra:
¿Qué novedad tenemos?
¿No ve usted las infamias de los tadeístas?
No las veo, doña Patrocinio, le hablo a usted...
¿No oye, pues, los cohetes, los relinchos de las
trapicheras y los aullidos de los hermanos de la sociedad
cuatrera?
Oigo muchas risotadas y gritos, pero ¿eso por qué hace
que se salgan las muchachas tan a prisa y a tiempo que me estaba
gustando el baño de la madrugada? Y que para mí ha sido un
verdadero chasco, porque no hacía ni tres minutos que me habían
echado al agua, cuando ya estaba resignado, salimos con que se dio
término a la función, lo cual equivale a lo que un autor célebre ha
llamado la pena de la esperanza burlada.
¿Luego no sabe usted que las trapicheras no se lavan el
cuerpo sino por San Juan y por noche buena, y que la manada de
tadeístas se compone de la gente más
|frondia del
distrito?
Todo eso lo supongo; ¿pero qué sacamos?
¿Cómo qué sacamos? ¿No ve usted que la quebrada trae poca
agua por el verano?
¿Y qué?
Que el cochambre reunido de todas esas mugrientas es
capaz de emborrachar a los pescados en lugar de barbasco, y ha
venido toda la recogida de los tadeístas a lavarse en el pozo del
Limonal, que está dos cuadras arriba, a tiempo que nosotros nos
estábamos lavando aquí, por vengarse de que les hemos echado por
tierra al monarca de la parroquia.
Ahora lo comprendo perfectamente, y comprendo también lo
que puede el espíritu de partido en los bando miserables de las
aldeas. Comprendo lo que es la Víbora y lo que es toda esa chusma.
¡Oh! ¡La venganza más inicua! Tiene usted mucha razón, misiá
Patrocinio!
Se reunió toda la gente en un prado pequeñito, de espacio de
veinte y cinco varas, alfombrado de grama, donde usaban tender la
ropa unas lavanderas, el cual estaba sombreado por un cámbulo y
rodeado de bosque por todos lados. Allí sirvió el almuerzo doña
Patrocinio, compuesto de una artesa llena de bollos de toda
especie, una lechona muy bien asada, seis gallinas y muchos y
buenos cocidos, a lo cual acompañaba la priosta las
correspondientes jícaras de chocolate desde el brasero inmediato,
que estaba junto de una palma, agregando el pan y queso de
ordenanza. A cada paso se repartía mistela y aguardiente, y a cada
momento se victoreaba a San Juan Bautista. La música no cesaba un
solo momento, y a veces se oía un armonioso dúo de bambuco cantado
por Marta y Manuela; aquel almuerzo era digno de los convítes de
los ministros extranjeros. Los gracejos de las muchachas, los
epigramas de los genios agudos, las efusiones tiernas de los
amantes, y hasta las sandeces de los zopencos y necios, todo hacía
reír, todo alegraba, todo coronaba de gloria aquel banquete
misterioso, servido al aclarar el día entre los bosques.
No extrañemos que el licor hubiese exaltado las cabezas de los
concurrentes, entre los cuales había hermosas y feas, y galanes de
la clase descalza, pero que tienen sensibilidad como los dandys que
dirigen sus ternuras y obsequios a la aristocracia de alto tono.
|Ñor Dimas estaba de un genio demasiado picante; Dámaso
cortejaba a Manuela como novio, cosa que no había hecho nunca; el
sacristán se daba una caída por cada diez pasos acertados; don
Francisco, que llegó después del baño, mandaba a la carga, tocaba
corneta y hacía estallidos con la boca hablando con don Demóstenes
de la defensa de Bogotá el día 4 de diciembre de 1854, y éste
arengaba a los de la Unión diciéndoles primores contra la
dictadura. En seguida arengaba a la joven Anita para que aceptase
con fe la senda del progreso. Marta no hacía más que jugar y
reírse, a tiempo que Rosa lloraba sin descanso, y que doña
Patrocinio le daba a la pandereta los más descompasados golpes.
Anita Reyes había perdido la vergüenza a don Demóstenes y lo
buscaba. Paula y Manuela cantaban en la tonada versos alegres, y el
pequeño prado de las lavanderas era el recinto de una chispa
general, en la cual se ardían los hombres y las mujeres. Algunos se
habían dado por muertos, dejándose caer entre las matas, como
Simona,
|ñor Dimas y el sacristán. El día vino a sorprender
aquella orgía de los bosques y se pensó en la vuelta a la
parroquia.
La grande orquesta con que los toches, cardenales y guacharacas
celebran la vuelta de un nuevo día, se estaba ejecutando a tiempo
que la gente marchaba por el camino del bosque, y don Demóstenes,
que iba junto a Manuela, le dijo:
¿Sabes por qué lloraba Rosa?
Porque la regañó Celestino y se fue al baño de la
Víbora.
¿Y sabes el motivo?
Por celos con usted. Allá se las haya. Le hizo unos
cuantos cargos, y entre ellos el de haberla visto conversar con
usted y darle un abrazo en el monte del Retiro.
No tiene motivo ese miserable: yo la trato con cariño
porque le debo el servicio de haberme dado posada; y eso del monte
se reduce a que me sirvió de guía en el camino del Retiro.
Pues yo no sé, pero algo habrá.
Nada, Manuela. Eso no es sino el espíritu de
intolerancia, nada más.
Después que las gentes llegaron a la parroquia, muchas personas
se fueron a las estancias y otras desaparecieron, yéndose a dormir
a sus casas.
Don Demóstenes se acostó en la hamaca, y a las diez, hora en que
despertó, extrañó el silencio que reinaba en la cocina y la calidad
del aire que no le trasmitía los aromas del café y de la arepa, y
se paró en la puerta para llamar:
¡Pachita, Ascensión, Manuela, doña Patrocinio!
Nadie le contestó, y esforzando la voz un poco más, gritó:
¡José!¡Ayacucho!
Los pavos fueron los únicos que tuvieron a bien responder,
porque estos animales responden a todo ruido. Fuese a la cocina, y
su pena se aumentó al ver que la ceniza estaba fría. Volvió a la
sala, y de allí se acercó a las camas de sus caseras y las encontró
igualmente frías. Se trasladó a la casa de Marta a pedir chocolate
y se quedó admirado de verla dormida en la mitad de la sala, sobre
un cuero de novillo y sin más almohada que el brazo de Manuela, la
cual parecía que soñaba con alguna imagen hermosa, porque sonreía.
Contempló un segundo aquel cuadro de la belleza entregada al
descanso y al abandono, y se fue a ver si encontraba los católicos
dando culto al santo de su mayor devoción en la iglesia: pero se
quedó admirado de hallar cerrada la gran puerta verde. Estaba
pensando si el pueblo entero habría desparecido como desaparecían
algunas veces las fundaciones de los salvajes del Orinoco o del
Meta, o si se habrían ido todos a la montaña, cuando el criado del
cura le dio un recado de parte de su amo convidándolo a almorzar en
su casa.
Al momento de entrar don Demóstenes a la casa del señor cura
sirvieron la sopa, y le dijo al caballero:
Acérquese, don Demóstenes. Yo tengo mucho gusto de que
usted me acompañe en un día grande como es hoy.
Mil gracias, señor cura, dijo don Demóstenes, con una
venia.
Siéntese usted, y dispense todas las faltas. Ya usted
sabe lo que es una parroquia de estas. Todo se halla en el mayor
atraso.
No tenga cuidado, señor doctor, usted debe tratarme con
toda confianza.
¿Y qué le parece a usted la celebración de San Juan
Bautista?
He notado mucho entusiasmo; pero me parece que en esto
hay algo de fanatismo y superstición.
Fanatismo, no me parece, dijo el cura meneando la cabeza:
nuestros pueblos no son fanáticos, sino indiferentes. Superstición
sí, porque en medio de tanto fervor por el Bautista, ni misa han
oído. Yo fui a decirla esta mañana, y no hubo un alma que me la
oyera. El sacristán vino cruzando las piernas, y le hice cerrar
pronto la iglesia. Pero vea usted, en Europa hay supersticiones
sumamente ridículas: los montañeses de Escocia y los marineros de
Inglaterra creen en más ridiculeces que mis parroquianos. Hoy está
la gente durmiendo...Vaya una copita de Jerez, don Demóstenes, que
esto no es de todos los días.
Mil gracias, señor cura.
Vea usted, dijo el cura cuando retiraron el plato, estos
pastelitos, así con sus florecitas y sus ramas de perejil, son
regalo de la Patrocinio; y este tamal es hecho en la casa por las
manos de Juana.
Está muy bueno el tamal, a pesar de que yo no soy afecto
a ninguna de las especies del género bollos.
Esta familia es dilatada: bollos insulsos, bollos
comunes, bollos de quinche, bollos de mazorca y otros tantos, dijo
el cura, y parece que los distinguen por las hojas en que los
envuelven. No hay como hablar con los naturalistas. Pero vaya esa
otra copita, por el día grande que festejamos. ¡A una, señor don
Demóstenes!
¡Hurrah! dijo don Demóstenes; yo también soy devoto de
San Juan.
No me parecía, dijo el cura, porque ni es católico ni es
protestante.
¿Por qué, señor cuna?
Católico no, porque usted me lo dijo con franqueza;
protestante tampoco, porque ningún volteriano puede ser
protestante; y yo no comprendo por qué los ilustrados del partido
ultra-liberal quieren que seamos protestantes, porque ellos mismos
no pueden serlo. Los que siguen al señor Voltaire y a los señores
enciclopedistas, no admiten la Sagrada Escritura, y sin la Sagrada
Escritura no hay protestantismo posible. ¿No ha visto usted que de
ciento o doscientos ultra-liberales no se ha escrito todavía
ninguno en los libros del ministro protestante? La Biblia es el
culto de los protestantes, leer la Biblia, entender la Biblia,
deducir principios de la Biblia. Y como San Juan Bautista es un
personaje de la Sagrada Escritura, no creo que usted sea devoto de
San Juan.
Sí, señor cura, prescindiendo de controversias, le
aseguro a usted que yo también celebro el aniversario de San Juan
Bautista.
Nosotros celebramos a San Juan Bautista por haber sido el
precursor de Jesucristo y por haber sido mártir de la fe. Su cabeza
fue cortada por un tirano, de manera que también es uno de los
mártires de la libertad. ¡Oh! de la libertad del mundo, que gemía
bajo el cetro del paganismo, que daba espectáculos de sangre y que
adoraba mujeres, bueyes y caballos.
Pero este culto de San Juan...
Estas fiestas, dirá usted, estas fiestas son enteramente
supersticiosas, inmorales en muchas ocasiones, como me parece lo
han sido los baños de Sinforiana y de Patrocinio. El pueblo
recuerda la cortada de una cabeza en la cortada de la cabeza de un
gallo, pero tiene perdida la historia y se entrega a los actos más
ridículos y poco decentes, como el baño de Patrocinio, del cual me
han contado cosas bien tristes, si es que no se han equivocado.
Y siendo esto así, ¿por qué la iglesia no corrige este
abuso?
Porque está arraigado en una costumbre de origen remoto,
porque es una tradición popular, que se resiste a las
amonestaciones. Yo he predicado sobre esto algunas veces, y pienso
volver a predicar a propósito del baño de Patrocinio.
Entonces el poder civil debería contener el abuso de un
modo eficaz.
Por la persuasión, es decir, por la imprenta; pero hay la
desgracia de que los pueblos más decididos por la corrida de gallos
son los que menos leen. Vamos, no me desaire usted los pastelitos,
que son de las manos de sus caseras.
Están excelentes, señor cura. ¿No le parece a usted que
la autoridad suprema debería contener el uso tan supersticioso como
cruel del patíbulo de los gallos y de esas diversiones que se le
agregan?
¿Como el baño de la madrugada, dirá usted?
Todo. Mandar que no se corran gallos.
Pues no se puede. En una república no se puede legislar
ni contra los usos religiosos, ni contra los usos supersticiosos,
porque los legisladores son el pueblo y no pueden legislar contra
sí mismos, esto es, porque ninguno se quiere dar con una piedra en
los dientes. Y un congreso que legisle contra la voluntad del
pueblo soberano es un congreso de tiranos, y es peor la tiranía de
muchos que la de uno solo. Yo no comprendo por qué pretendería una
milésima parte de hombres de ideas exageradas o no exageradas, dar
leyes contrarias a la voluntad de dos millones de habitantes en una
república, así como comprendo que un tirano sí puede quitar las
ideas religiosas y supersticiosas de sus vasallos con la persuasión
de las bayonetas, donde los vasallos son fáciles de arrear como las
ovejas. Así es que las fiestas de San Juan tendrán que durar
todavía por muchos años. La civilización, señor don Demóstenes, la
civilización es la que disipa las malas ideas: moralicemos a los
pueblos, no los mortifiquemos.
¡Civilícenos señor cura! Esta es la doctrina de un buen
radical; nada de bayonetas. Brindo por la pronta civilización de la
república de la Nueva Granada.
¡Muy bien! ¡muy bien! Siento que usted no haya
profundizado un poco más las interioridades del tamal, pues habría
visto que éste es el ómnibus de los bollos; aquí encuentra usted
pollo, gallina, garbanzos, longaniza, cebolla, carne de cerdo, de
cordero, etc., y tiene el mérito de ser nacional, como el ajiaco.
Yo le soporto a la pobre Juana muchas impertinencias porque se
pinta para las arepas y los tamales, y los sesenta años no la
arredran para servirme con voluntad. Tengo el gusto de servirle
esas presitas de pollo sudado. ¡Oh! no hay quién haga un pollo
sudado como la pobre Juana. Tengo mucho deseo de que la conozca
usted. Y volviendo al baño de Patrocinio, yo siento tener indicios
de que alguna persona civilizada...
Quiero hablar con franqueza, dijo entonces don
Demóstenes; como yo escribo mis articulitos de costumbres...
¡Santo Dios bendito! exclamó el cura cogiéndose las
sienes con ambas manos; ¡adiós de Juana y los tamales, adiós de los
pastelitos de Patrocinio!
¿Por qué se asusta, señor cura?
¿No me he de asustar, cuando los escritores de costumbres
no le dejan hueso sano al que cogen por delante? Porque si uno no
los cuida, malo; y si uno los cuida, también malo: porque en este
segundo caso van a llenar las escaseces de los periódicos con tres
o cuatro columnas de un cuento que llaman costumbres, en donde van
a figurar por todo el mundo las miserias, los gustos o los
caprichos de la víctima de sus jocosidades. Así va al conocimiento
de todas las naciones que en el vestido de la criada, la mayor o
menor limpieza de los manteles, la abundancia o escasez de los
potajes; y el mundo ha de saber si los huevos estaban fritos por el
estilo del tiempo del señor Amar, o por el estilo de la Rosa
Blanca; si las papas estaban asadas en el horno, o si estaban
cocidas formando la base del
|totum de
|revultis que se
llama puchero; o si la mesa se sirvió por el estilo colonial, o por
el estilo moderno. ¡Ay de los pastelitos de Patrocinio! ¡Ay de
Juana y de sus arepas! Y yo lo que siento es no poder escribir uno
de esos artículos, porque cuando he estado en la capital, ha dado
la casualidad de que ninguno de los escritores de costumbres me
haya convidado a ver esas comidas, y esas despensas, y esa
abundancia de la bodega, y el aseo de esas criadas que no salen del
segundo patio. ¡Ay del cura de la parroquia y del almuerzo del día
de San Juan!
Por mi palabra, señor cura, le ofrezco a usted que mi
pluma no tocará con la casa de usted.
Mucho se lo agradeceré, porque ya usted ve los
inconvenientes que hay en los pueblos y las haciendas para poder
asistir a cualquier bogotano que lo quiera favorecer a uno con su
presencia. Y bien, ¿qué era lo que usted me quería dar a entender
con aquello de como yo soy escritor de costumbres?.
Que yo sí vi con alguna atención el baño de mis patronas,
para criticarlo en uno de los periódicos.
¿Usted? ¡Válgame Dios!
¿Pero qué iba a hacer? Me han llevado por la fuerza.
¿Lo han hecho levantar a las tres de la mañana?
Y me han lavado por la fuerza.
No lo creyera yo de Manuela, que nunca ha dado su brazo a
torcer. ¡Y a nombre de San Juan! ¡Oh! tiene usted mucha razón,
señor don Demóstenes, para censurar estos abusos. ¿Conque han
abusado de la bondad de usted, lavándolo por la fuerza? ¡Oh, y cómo
lo siento! ¡Y cómo siento los escándalos que tienen lugar con estas
extravagancias!
Muy aromático me parece el café del señor cura, dijo don
Demóstenes al tiempo que el criado lo servía.
Y es de la huerta de casa, contestó el párroco.
A poco rato se levantaron de la mesa muy alegres y satisfechos
los dos personajes.
Tal vez el lector se admirará de ver tanta armonía entre un cura
piadoso y un radical despreocupado y tal vez se revocará a duda la
escena de las jocosidades del perro, la mula y el cordero, y la muy
amable sociedad que mantenían en la plaza de la parroquia, no
siendo ni de familias parecidas; se convencerá de que es muy
filosófico el adagio que dice:
|necessitas
|caret lege,
que un mal gramático tradujo: la necesidad tiene cara de hereje.
Porque a la verdad que ni el cordero contaba con una manada cerca,
ni la mula podía ir a buscar las recuas de las otras mulas.
Después del almuerzo se dirigió el bogotano a la posada, y
viendo que en toda ella no había nadie con quién hablar, se acogió
al asilo de su anchurosa hamaca y en ella se puso a leer; y estando
muy engolfado en la lectura, se acercó Marta en puntillas, y
rapándole de las manos el libro, le dijo:
Hoy no se lee, hoy se canta, se grita, se baila.
¿Y si uno está triste?
Esto es lo que no puede ser, en día de San Juan.
¡Qué delirios!
Y vengo a que me dé mi San Juan.
No entiendo.
Cualquier cosa, un recuerdo para tenerlo presente.
¿Recuerdo de qué?
Usted sabrá. Lo que quiera.
Un trago de Oporto, ¿te conformas?
Cualquier cosa que venga de sus manos.
Ve a traer una botella que está sobre la mesa de mi
alcoba, la copa y el tirabuzón.
Marta obedeció, y ambos tomaron un trago; pero don Demóstenes se
volvió a sacar de su baúl un alfiler con una rosita de oro, para
dejarle un recuerdo de San Juan a la bondadosa prima de Manuela; y
habiéndose dilatado un minuto, halló dormida entre la hamaca a su
visitadora, y volviendo a tomar el libro, continuó la lectura,
sentado en la puerta, después de haber recostado la silla jesuítica
en forma de puente o cama, cosa que no aguantan los taburetes
modernos.
Al cabo de un cuarto de hora llegó Manuela, y dijo a don
Demóstenes que su tía Visitación le mandaba decir que le hiciera el
honor de asistir a la corrida de un gallo y a la merienda de su San
Juan en el platanal de la Quietud.
Iré a la tarde. Dile que le agradezco mucho.
Pero es ya. Y que no hay aquí qué comer hoy.
¿Y qué hacemos con Marta, que está dormida en mi
hamaca?
Si es ella, la despertamos.
Es imposible que el amable lector se figure todo el trabajo que
costó despertar a Marta. Su prima la levantaba en los brazos, pero
ella volvía a. caer sobre la hamaca como privada, y aunque le
gritaba, no respondía. El tiempo pasaba, y si Manuela no hubiera
tenido la ocurrencia de hacerle cosquillas en los pies, ahí le
hubiera amanecido. Marta tenía un sueño proverbial, porque ya había
sucedido que la pasasen de una cama a otra sin que se despertase; y
ahora había el triple motivo de la trasnochada, el baño y la copa
de Oporto.
Al fin despertó la víctima de Morfeo, miró para todas partes y
llamó a doña Visitación, creyendo que se estaba levantando de su
cama; luego que estuvo completamente despierta, don Demóstenes le
regaló el alfiler como recuerdo del San Juan de 1856. De allí salió
éste con las dos primas y se dirigió al platanar de la Quietud. El
cura iba para allá y se juntó con él y otros varios vecinos.
La llegada del señor cura fue anunciada con cohetes, música y
los gritos de ¡San Juan! ¡San Juan! Don Demóstenes exclamó al
llegar al pequeño patio de la choza rodeado de matas de
plátano:
¡Viva San Juan Bautista! ¡Viva la república! ¡Viva el
cura!
La mesa era un planito circundado de matas de plátano cuyas
hojas ondulaban sobre una choza de paredes y techo de palma y de
puerta de guadua picada. Las hojas del mismo platanar servían de
mantel y sobre ellas figuraban varios plátanos con papas cocidas, y
otro con un cocido de yucas, plátanos y auyama. Una lechona ocupaba
el primer lugar, luego seguían las gallinas y capones, algunas
ensaladas de palmito, de cañabrava y de palmichas, y una bandeja de
arroz seco. Los licores eran guarapo y chicha. La alegría de la
comida o merienda, estaba neutralizada por el respeto y la
moderación. Al doctor Jiménez lo respetaban todos sus vecinos,
porque no era de aquellos que mandan hacer una cosa en sus sermones
haciendo ellos lo contrario. Todos los convidados que formaban el
primer círculo en rededor de la mesa y todos los que formaban el
segundo eran gentes de la clase descalza; de la aristocracia de los
zapatos no había sino don Demóstenes y el cura.
Después de la comida seguía la matanza de gallos; pero a ésta no
se quiso esperar el bogotano, y antes bien convidó al señor cura a
dar un paseo al charco del Limonal, que deseaba conocer.
Los dos personajes se volvieron a la parroquia después de su
paseo, mientras el pueblo se entretenía con el espectáculo de un
inocente gallo sangriento.
Al frente del platanar de don Francisco, en un pequeño prado no
muy bien nivelado ni limpio, se hallaba sepultado el supremo del
gallinero de la señora Visitación; pero su cabeza sobresalía de la
tierra, estando destinada a sufrir las iras del pueblo. Junto se
hallaba
|ñor Dimas sosteniendo un palo de unas tres varas de
largo; a la espalda estaba tocando el torbellino toda la banda de
tiples y guarachas. El pueblo rodeaba de cerca el patíbulo; había
también algunas madres con niños, y algunos inválidos y curiosos
que miraban desde una altura la escena.
Dámaso Bernal, el estanquero Velásquez, el juez segundo y el
sordomudo esperaban junto al gallo la persona que quisiese cortarle
la cabeza. Se presentó doña Patrocinio, ágil y risueña, a pesar de
su gruesa mole, y le vendó su futuro yerno los ojos con un pañuelo.
Le pusieron en la mano un palo en lugar de sable, y la música se
fue retirando del sitio en que estaba el gallo; lo mismo hizo
|ñor Dimas llevando el palo y fijándolo en otra parte. La
señora Patrocinio dio unos pasos y comenzó a dar golpes sobre la
grama hasta que dio con el palo del ciudadano Dimas, y creyendo que
había hecho pedazos el gallo, se destapó los ojos; pero fue solo
para conocer que sus pasos habían sido perdidos. Se llenó de rabia
cuando se halló con un palo en lugar de sable. Siguió Marta, y no
tuvo mejor suceso que su tía, aunque tuvo la precaución de coger el
machete en la mano antes de que le tapasen sus hermosos ojos. Paula
fue la tercera, y ésta hubiera acertado si el zorro de
|ñor
Elías no le hubiera puesto el palo dos varas antes de llegar al
lugar en que estaba el gallo. A la tímida Anita no la pudieron
reducir Marta y Paula a que se dejase vendar, por la vergüenza que
tenía del público; y siguieron otras más valerosas, pero tan poco
diestras como las primeras. Siguió Manuela.
Esa sí acierta, gritó uno, porque para ella no hay
dificultades.
Partió graciosa, bella, encantadora, y con paso firme fue a dar
al palo y por él se siguió para dar tres golpes con los que voló la
cabeza del gamonal del gallinero. Los gritos de ¡San Juan! hicieron
retumbar los aires y las colinas.
Es de sospecharse que Dámaso, al vendar a su amada, no le
hubiese apretado demasiado los ojos, y que Manuela aprovechando la
ocasión, se lució cortando una cabeza como Judit cortó la de
Holofernes.
Los hombres desenterraron el cadáver, se empezaron a dar
gallazos, a correr, a despedazar los cuartos, a untarse de sangre y
untar a las muchachas, menos a Anita, a quien respetaron por su
ceño escrupuloso y por su aspecto de dignidad. La dignidad siempre
salva a las mujeres.
No hubo corrida de a caballo, porque en la parroquia, por lo
común, no se andaba sino en mulas.
En la estancia de más arriba se hizo la corrida o matanza de
gallos del partido tadeísta, con un ruido extraordinario. Se dijo
que Cecilia había estado muy alegre, que había hecho gastos muy
grandes, lo que pareció fuera del orden, por estar don Tadeo en
trabajos; pues no todos sabían las sombras y los misterios que
ocultaban los amoríos de la hija de la Víbora.
El baile correspondiente a la función de los manuelistas tuvo
lugar en otra estancia, al cual fue don Demóstenes un poco tarde, y
sólo por condescender con sus patronas. Marchó acompañado de José,
quien había dormido mucho, y ya se había presentado a tomar
servicio; y lo mismo Ayacucho, que no había acudido a los
llamamientos de su amo. En el baile estaban algunos hacendados, que
se habían ido al San Juan de los manuelistas, después de una gran
comida que dio don Blas en obsequio de San Juan, sus comprofesores
y su futuro yerno, don Narciso Correa. Los que se hallaban en dicho
baile eran don Eloy, don Leocadio, don Januario y don Lucinio, y
con ellos andaba el doctor Ramírez, cura de una de las parroquias
del cantón.
La vocería y el tumulto de la estancia no tienen comparación con
nada de esta vida. Música, cohetes, exclamaciones de alegría,
algazara de todo un partido triunfante, locura, en fin, de hombres
y niños, de viejas y muchachas, de casados y solteros, de negros y
blancos. Don Demóstenes fue agasajado a su llegada por las patronas
de la casa y obsequiado con mistela de azafrán y arepitas batidas.
Manuela y Marta lo invitaron a bailar y Paula le presentó a su
primita en el puesto.
La sala estaba que apenas daba un hueco pequeño para las
parejas, no obstante que en el patio también se bailaba. Anita fue
despojada de su mantilla y entregada a don Demóstenes, quien le
tomó la mano con su derecha, y al ponerle la izquierda en la
cintura, sintió que se le deslizaba como un pescado vivo. No
obstante. Manuela, que había concurrido, la sostuvo, y bien
asegurada la tímida Anita por las manos de don Demóstenes y
haciendo ella algo de su parte, más por condescender que por
natural afición al baile. Una vuelta había alcanzado a dar, pero
tratando el diestro galán de allegar su pareja hacia su cuerpo y
cogerla como lo prescribían las reglas que estaban en boga. Anita
dio un sacudimiento y un grito, y se fue corriendo a meter en la
alcoba. Era que la estanciera tenía mucho más pronunciadas las
cosquillas que la discípula de don Demóstenes.
Marta salió y bailó un strauss que dejó admirados a todos, porque
ella se movía con soltura, llevaba el compás con esmero y daba al
baile los visos de deleite y amor que le corresponden. Siempre los
aldeanos de las estancias retiradas tienen algo malo que imitar y
que admirar de la civilización de los cortesanos ilustrados. Sin
embargo, la madre de Anita y sus hermanas no quedaron gustosas: hay
en el pudor innato de las verdaderas aldeanas una clase de
resistencia que cuesta tiempo y esfuerzos para vencerla. Después de
todo esto siguió el torbellino, la caña de los campesinos; las
chanzas, los licores y los gritos sostenían la función cada vez más
animada. Dámaso bailó con su amada un bambuco de lo más esmerado, y
siguieron otras parejas que también parecían de novios para
ello.
La noche estaba calorosa, y salían a tomar fresco a los
corredores bajo los alares o los árboles los que necesitaban de
desahogo. Don Demóstenes se había salido y se estaba paseando sin
sombrero en un trecho de pocas varas que había entre la línea de
los bosques y los alares de la casa. Había reparado en una luz del
lado del Botundo y figurándose que saldría de la cocina de
|ñua Melchora, exclamó en voz alta:
¡Oh Pía! ¡Con qué corazón estarás oyendo los golpes de la
tambora y el ruido de los cohetes desde el retiro a donde te
condujo la maldad de un señor dueño de tierras! ¡Tú gimes y
suspiras en una choza en el corazón de la montaña, mientras que se
grita ¡San Juan! y se baila en una estancia encantada por los
placeres!
¿Que tiene, don Demóstenes? ¿Está loco? le dijo Manuela
acercándosele.
¡Pobre Pía! continuó diciendo don Demóstenes sin atender
o sin oír a su casera.
Póngase el sombrero, mire que el sereno de aquí es
malísimo, y les hace perder la chaveta a los enamorados.
Deseo un poco de fresco.
Venga allí a la sombra de los higuerones, que allá hay
buenas muchachas, allá hay amor. Quítese de la luna, que eso no se
queda sino para los jubilados. No piense más en Clotildita, que
ella está enajenada.
Don Demóstenes siguió maquinalmente los pasos de la encantadora
Manuela por una senda que la claridad de la luna no alumbraba, y
dio de repente con unos grupos de gente que estaban debajo de la
sombra de un higuerón, cuyas raíces levantadas de la tierra
brindaban asientos, y cuyas ramas dobladas hacia la tierra daban
anchuras sombra.
Rosa, Paula y Anita eran las otras cintureras que gozaban allí
del fresco, la quietud y el silencio, mientras que los cohetes y
los gritos no descansaban en el patio y la sala de la estancia. Al
cabo de media hora volvieron a la sala.
Todos los blancos se retiraron a las tres de la mañana, pero la
gente descalza continuó en sus diversiones hasta las seis.
Don Demóstenes se fue para su posada, sin más compañía que la de
su fiel amigo, el juicioso Ayacucho, y se acostó en su catre, sin
volver a despertarse hasta que le dio Manuela los buenos días; ésta
se bajó de la estancia con las buenas intenciones de hacerle de
almorzar. El huésped se quedó pasmado de ver a su casera ojerosa,
descolorida y macilenta, y le dijo:
Bienvenida seas, que se hallaba la casa triste y
silenciosa como un cementerio.
Por eso me vine a darle su almuerzo y a ver cómo anda
todo.
¡Pero ustedes se tiran a matar con esas trasnochadas tan
crueles!
Y todavía falta el San Eloy, San Pedro y San Pablo, que
son días de bailar.
Pero lo que me admira es que ustedes no se caigan muertas
bailando.
¿No ve que para eso es San Juan?
¿Y Marta?
Firme todavía. Está ronca de cantar, tiene los ojos con
sombras azules de no dormir; pero está firme, y a la hora que
tocan, está lista.
Caramba, que esto es mucho apurar. ¿Y Rosa?
Está un poco tristona, ¿me lo cree?
¡Vaya, vaya con las niñitas!
Pero lo dejo, porque me voy a verle su almuercito.
Don Demóstenes se salió a leer en su hamaca; cuando vio que eran
las once y que no tendían la mesa, se fue a la cocina con pretexto
de encender su cigarro y se quedó yerto de asombro al ver a Manuela
dormida, con la cabeza clavada sobre la piedra de moler y con la
mano de la piedra cogida con sus dos manos, teniendo los brazos muy
extendidos. Se acercó y le gritó en el oído:
¡San Eloy, Manuela, San Eloy!
Manuela levantó la cabeza, se echó a reír y se dedicó con todo
empeño a subsanar el tiempo perdido. Ascensión no parecía con el
agua, y cogiendo Manuela unos calabazos, se fue a la quebrada, y
allá encontró a la peona dormida junto al lavadero.