INDICE

Capítulo XXIII
El angelito


Dos días después del Corpus, entraba don Demóstenes a su posada y al ir a buscar la mesa para colocar sus insectos, pepas, ramas y flores sintió esa impresión que todos sentimos al ver desocupado el puesto en que nos habíamos acostumbrado a ver un mueble interesante de la casa; retrocedió lleno de molestia y llamó:

— ¡Caseras!

— ¿Qué? respondió Manuela desde el fondo de la despensa, en donde se hallaba poniendo en unos canastos unos ramilletes de flores y dos o tres manojos de velas,

— ¿La mesa? preguntó el alojado con enfado.

— ¿Qué mesa?

— ¡Oh! Pues la mesa grande, la mesa de cedro, la mesa que ha entrado como la silla jesuítica en el arrendamiento de la posada.

— ¿Luego no se la llevaron para levantar el trono?

— ¿Qué cuento es ese de trono?

— Para el velorio, pues.

— Parece que tú quieres evadir la cuestión con chicanerías; porque te juro a fe de caballero, que yo no sé qué cosa es esa de trono ni de velorio.

— Ni yo tampoco sé lo que son sus chicanerías.

— Tú quieres eludir la cuestión principal con atravesar otras cuestiones que no vienen al caso y que entre tanto, yo sufro una pena verdadera, cargado con todos estos objetos, sin saber dónde se halla la mesa grande para depositarios, y tú no me respondes sino a medias y sin asomar la cara, contra las reglas más comunes de la buena crianza.

— Pues tiene que dispensarme por ahora, porque cada prisa trae su despacho.

— ¿Pero existe la mesa grande o no existe?

— Está donde mi tía, porque se lo han llevado para el trono del angelito, en el velorio que se va a hacer esta noche: ¿Ya lo supo?

— Yo quiero prescindir de todo ese fárrago de palabras; pero ¿dónde están los objetos de historia natural que tenía yo sobre la mesa, en virtud de que estoy pagando el alquiler?

— ¿Qué es eso de historia? ¿Las historias no son los cuentos? ¿Usted tenía Cuentos encima de la mesa?

— Hablo de las plantas y animales que había dejado en la mesa, como el toche disecado, por ejemplo.

— Ese, ¿no entró el gato blanco y se lo llevó, así que se fue usted con la escopeta para la montaña?

— ¡Caramba! ¿Y quién responde por ese daño?

— El gato.

— Como se muera, en virtud del jabón arsenicado, me pagará bien cara la picardía. Y el firigüelo, ¿donde está?

— ¿Eso tan feo y tan hediondo? ¡Ave María!

|

| ¿Ese | individuo que constituye un solo género?

— Se fue al muladar que es donde le pertenece, porque la sala estaba que no se podía aguantar. El corazón lo aparté para remedio, y por ahí lo tengo en la cocina.

— ¿Para qué remedio?

— Para no olvidar; ¿luego usted no lo sabía?

— ¿Cómo?

— Hecho polvo y haciéndolo tomar en ayunas sin que lo sepa, lá persona a quien se le quiere dar.

— ¡Hombre! ¡Lo que se ponen a creer a mediados del siglo XIX!... ¿Y el mico?

— Adentro lo topa en su alcoba.

— Es decir que me has hecho una segunda revolución oficial, muy parecida a la que me hiciste el día de mi visita a Clotilde; y ahora me permitirás que te diga que en esto lo que se ha hecho es tratarme con muy poca consideración, y yo he de aguantar de cuenta de ángeles somos; y vengo a preguntar por una cosa que tengo derecho, y se me responde del otro lado de un tabique, y con bravezas.

— Es que yo tengo una cosa, don Demóstenes, que al son que me tocan bailo y como usted vino a preguntar la mesa con tanto tono, ¡qué quiere usted!

— Pero ¿qué quieres? El cansancio y la fatiga de todo un día, trepando por esas breñas del Botundo, y venir a encontrar esas novedades...

— Pero usted es tolerante, y tolerancia quiere decir aguantar, según lo que usted mismo nos ha dicho.

— Pues bien, Manuela; todo lo tolero, menos que tú estés brava, y que no me presentes tus divinos ojos, tu boca dulce y agradable y toda tu presencia encantadora para contemplarte, para darte satisfacciones, si te he ofendido. Pero ¿dónde estás? Déjame ver el iris de tu sonrisa después de la tempestad, quiero ser tan dichoso como los hijos de Noé. ¿Me oyes?

— Le oigo, pero no le entiendo.

— Que quiero verte.

— ¿Y | qué se suple?

— Extasiarme contemplando tus formas seductoras, derretirme con el fuego de tus miradas. Lo que está presente es lo que seduce y encanta. De la ausencia ofalta de visión dimana muchas veces la inconstancia de que estuvimos hablando ayer.

Estas últimas palabras las dijo don Demóstenes arrimándose a la despensa, y en el acto exclamó:

— ¡Hola! ¡Conque tú también estabas por aquí!

— Sí, señor: oyendo y aprendiendo cosas buenas para ir teniendo experiencia; lo que tiene es que yo poco entiendo, contestó Marta.

— Yo soy el que no entiendo absolutamente eso de velorio, trono y angelito.

— Pues le diré lo que hay, dijo Manuela. Se murió mi ahijado, el hijito de mí comadre Pía, y lo vamos a bailar.

— Sí señor; bailar.

— ¿Bailar a un muerto? ¡Vaya una ocurrencia!

— ¿No ve usted que es angelito de cinco meses?

— ¿Y por eso deja de ser un muerto? Esto no seria escandaloso en los siglos medios y en los dominios de los monarcas, ¡pero en el siglo XIX y en las goteras de una república que se ha dicho que va a la vanguardia! ¡Esto no se puede tolerar!

— Y tiene que prestarme su ruana colorada, su espejo de afeitar, su colcha y su pañuelo lacre, el que puso usted de bandera el día que se volvió cónsul de la extranjería por librarme de los policías.

— Lleva todo lo que quieras; ¡pero bailar a un muerto!

— Y lo cito para un bambuco.

— ¡Mil gracias! Allá iré, no por bailar, sino por sacar algunos apuntamientos para mis artículos de costumbres; porque los artículos de costumbres son el suplemento de la historia de los pueblos.

— Pues hasta luego, hasta luego, dijeron las dos primas y salieron de la casa, llevando cada una un canasto de útiles para el velorio.

Ya la noche se había acabado de obscurecer, y al encender don Demóstenes la vela de su alcoba, se batió con un difunto extendido en su cama y cubierto hasta el pecho con sus cobijas.

Se quedó indeciso por algunos instantes, observando el cadáver, hasta que por último murmuro:

— ¡Ellas fueron! ¡Y ver el disimulo que gastan! No hay duda que estas puertas abiertas a todas horas tienen sus desventajas.

A este tiempo se reían fuera de la sala Ascensión y Pachita, y hasta la venerable dueña de la casa.

El difunto era una persona muy conocida de don Demóstenes: era un mono de los más grandes. que estaba disecando desde la víspera. Levantó la sábana y se quedó contemplándolo.

He aquí, dijo el naturalista, la verdadera imagen del hombre. La frente, los ojos y las orejas son los que yo he visto en algunos peones de los trapiches; la orejas cartilaginosas y sin vello, son las de la humanidad en general; las manos se parecen exactamente a las manos enjutas de los empleados, pero no diré nada de las uñas. Las narices son un poco deprimidas; pero no las hay en Bogotá de este género. aunque la naturaleza por otra parte haya tenido el cuidado de sustituir la falta, dándoles a otros picos de yátaros por narices. Y por lo que hace al rabo, Marco Polo y Jorge Juan ¿no aseguran haber visto hombres con rabo? Yo creo que se debe recabar una ley para que los cazadores no maten monos. ¿Por qué no hemos de eliminar la pena de muerte para el allegado del hombre, cuando está eliminada para los hombres?

Puso la vela sobre el candelero, y metiendo la mano izquierda por debajo de la espalda del mono, lo levantó y colocó sobre su pequeña mesa de ocobo, en donde tenía sus libros, sus manzanas dulces y sus manuscritos de la semana, a tiempo que sonaban los dobles de las campanas lo que indicaba que eran las ocho, y se preparó para ir a cumplir con la cita de las | dos primas.

Hizo su traslación con toda pompa, vistiendo ropa de paño y siguiendo a Ayacucho, que iluminaba toda la calle con el farol; doña Patrocinio y Pachita lo llevaban en medio, y detrás iba la servidumbre, Ascención por parte de las caseras y José por la del alojado.

Cuando se apareció en la sala del baile Ayacucho llevando el farol, salieron las primas a introducir al bogotano y le pusieron asiento junto de Pía. La sala se pasaba de alumbrada, porque había un túmulo formado de escalones que tenía más de cuarenta velas, y encima, a mucha altura quedaba el angelito. Los concurrentes eran todos de la clase descalza: había tres jerarquías, la de alpargatas, la de quimbas y la del pie descalzo, por entero. De la clase de los calzados no había sino don Demóstenes. En cuanto a los dos partidos allí estaban representados por sus prohombre, o más bien por sus promujeres, porque Sinforiana y su hija Cecilia y la entenada de don Tadeo, ocupaban los principales puestos de la sala. Allí estaba Clímaco el |matancero de la parroquia, con toda su familia, y estaban también las hijas de |ñor Elias, gente decidida por el partido caído. Don Francisco Novoa pasaba por neutral en esos días, y |ñor Elías por capador.

La música ejecutaba el torbellino en los tiples, las guacharacas y la carraca, y un dúo de chuchos, que también llamaban alfandoques.

Rosa de Malabrigo era la que bailaba y se hacía notable, tanto por la soltura de su cuerpo, como por la sombra densa de sus cejas especiales. |Ñor Dimas era su pareja. La aureola brillante del placer reverberaba en su rostro de medio siglo, y la actividad de todos sus movimientos daba muestras inequívocas de que estaba sumamente poseída de las inspiraciones del baile. Tenía el sombrero levantado de adelante, la camiseta atravesada echada sobre los hombros; las piernas un poco encogidas y hacia sonar fuertemente las quimbas contra la tierra al compás de las guacharacas y la tambora. A |ñor Dimas lo sustituyó Dámaso, y Manuela a Rosa, y luego Cecilia a Manuela.

Tal vez hizo mal Cecilia en presentarse al teatro en aquellas horas en que sus miradas y sus sonrisas eran examinadas por Manuela y por la señora Sinforiana de las Mercedes, y por todos los individuos del partido de don Tadeo Forero; pero el hecho es que Cecilia bailó muy a gusto, según la risa de sus labios y las placenteras miradas de sus ojos hermosos. Manuela no estaba contenta ni lo estaba tampoco la madre de Cecilia, y para eso que se tardaron un cuarto de hora en relevarlos. Manuela tuvo el acierto de reprimir sus celos; no así la señora Sinforiana, la cual reconvino a su hija delante de los partidos. Fueron saliendo otras parejas a la escena, sin quedar una sola persona que no bailase. Ascensión y José bailaron juntos.

Don Demóstenes se hallaba sentado en un taburete de tijera, de una cuarta de alto, al lado izquierdo de Pía, y allí le trajeron Marta y Manuela un plato con una copita de mistela de azafrán, acompañada con batidos y  mantecadas. Probó don Demóstenes la mistela y cogió en la mano una mantecada; pero fueron tantas las instancias de las dos primas, que tuvo que tomarse toda la copita; y en seguida, con la mantecada en la mano, cual mordió muy poca cantidad, dijo a Pía:

— Yo te compadezco, porque sé que no hay dolor como el de la pobre que pierde a su hijo.

— ¡Dios se lo pague, señor don Demóstenes! Yo sé que usted es un rico muy caritativo con los pobres.

— De lo que estoy admirado es de ver que tú permitas ese desorden.

— ¿Qué desorden, don Demóstenes?

—¡El baile! ¿No sabes que todo tiene su lugar conforme a las circunstancias? En el templo se reza y se exhiben los misterios del dogma y de la fe; en el teatro se exhiben los cuadros del amor con sus personajes de ninfas, diosas, galanes y damas; en el baile se exhibe la pantomima del amor por los movimientos ligeros y acompasados así como en el cementerio nos humillamos delante de las reliquias de los muertos con el respeto más profundo. Pero si se cambian los teatros, se profanan, se insultan, se pervierte todo. ¿Qué dirías tu de ver representar en la iglesia el entremés del tío o latía; o de ver representar en el coliseo el drama de la pasión de Cristo? ¿Y qué se podrá decir de este baile profano delante de los restos sacrosantos de un individuo de la especie humana? ¿Y de un hijo, Pía, de un hijo que ha costado desvelos, sufrimientos y dolores? ¿De un hijo que es el epílogo del amor?

— ¿Pero no ve usted que es un angelito de cinco meses que había nacido para el cielo, y que se ha ido al cielo, sin arriesgar el alma y sin pasar trabajos en el mundo?

— ¿Es decir, que te has alegrado?

— Eso no, porque he llorado como pocas; pero me he conformado con que se haya ido al cielo el hijo de mis entrañas.

— ¡Pero bailar! ¡bailar!

— Para que no pene la criatura de Dios.

— ¿Cómo es eso?

— Porque si no se baila, dilata en entrar al cielo.

— ¿Esas tenemos? ¿En las goteras de una república que marcha a la Vanguardia y en la mitad del siglo XIX?

— Y supuesto que Dios se acordó de Josecito, ¡mejor que te haya quitado de padecer trabajos, y a como está el tiempo de ahora! El día que yo hubiera visto a Josecito, preso por no tener con qué pagar el tributo de la contribución yo no sé qué hubiera hecho, don Demóstenes, y por esa parte si me conformo con que se haya muerto chiquito.

— ¡Hombre! ni la vacas; porque ellas braman y rebuznan y se muestran inconsolables por la muerte de un hijo, con ser que son animales.

— Por lo mismo, porque si ellas pensaran en todos los trabajos que al ternero se le preparan bailarían de gusto. Ojalá que yo me hubiera muerto de la misma edad de Josecito, añadió tratando de disimular el llanto que la ahogaba.

— ¿Y tu misión en el mundo?

— ¿Mi comadre no le ha contado algo? ¿Conque no hacen bien en bailar estas buenas gentes por la muerte de Josecito?

— ¡Pobre Pia! Si cada cual habla del baile como le va en él. tienes razón de quejarte a las piedras; pero la sociedad no es un trapiche, ni todos los mayordomos desnaturalizados con las arrendatarias como el mayordomo del Retiro. Y volviendo a tu hijo, la pérdida es infinita, porque pudo haber sido el apoyo de tu vejez.

— ¡Que se haga la voluntad de Dios! dijo Pía y se limpió los ojos.

La música seguía con todo vigor, en especial la carraca, que no cesaba un solo momento, era un cuadro que merecía un pincel por separado, la figura de |ñor Elías agachado, pegandole al suelo con la carraca, sin dejar apagar la churumbela y sin alzar a mirar a la gente, embriagado con la dulce |filarmonía de su instrumento, o quién sabe si afligido por los negocios políticos, pues aunque él contaba con la fidelidad de su compadre para su secreto de la carta de don Tadeo, su Conciencia no estaría muy tranquila, después de haber traicionado a su partido.

Marta y Manuela se habían salido al corredor y estaban apoyadas en la baranda, cuando sintieron a don Demóstenes y le hicieron campo.

— Yo no me había figurado, les dijo el bogotano, que las preocupaciones humanas llegasen al extremo de profanar la tumba; pero lo estoy viendo con mis propios ojos y no puedo revocarlos a duda. Los salvajes del Orinoco respetan las cenizas de los muertos sin atender a las edades, y sólo estaba reservado a los católico de la Nueva Granada cometer un acto de barbarie como el que ustedes mismas han perpetrado. El fanatismo es la única cosa que puede disculparlas a ustedes; el fanatismo que ha empujado a los hombres hasta cometer los mayores crímenes. Lo que ustedes llaman trono no es sino la tumba, y se ríen y se divierten...

— Y usted tiene también un muerto en su alcoba, dijo Marta riéndose como siempre, entre tanto que Manuela sacaba del seno un tabaco muy perfumado de vainilla para darle a don Demóstenes.

— ¿Conque ustedes fueron?

— ¿Qué cosa? dijo Marta,

— Las que me metieron entre las cobijas de mi cama el mono que estoy disecando...

— ¿Por qué?

— Porque no fueron otras, y a mí no me parece corriente que me traten. mi cama.

— ¿Eso qué tiene? ¿ Usted no diseca sus micos y firigüelos sobre la mesa de amasar y de hacer las empanadas?

— Que yo soy amiga de la igualdad.

Adentro sonaba el torbellino, y alguna, de las parroquianas trataban bailar el |vals de los pollos, el valse antiguo, que no exige las adiciones de varsoviana y el straus.

— Entre, don Demóstenes, dijo Manuela, y bailamos los dos un valsecito.

— ¿Y las cosquillas? le preguntó el bogotano, acordándose de la afección nerviosa de su casera.

— Ibas escondo.

— ¡No, no! dijo don Demóstenes con suma viveza; aunque me ofrezcas todo el entusiasmo de una bailarina de teatro, no bailarina esta noche. Eso dejémoslo para las fiestas, que ya no dilatan.

— ¡Entremos, entremos! dijeron las primas.

Y cogiendo a don Demóstenes de los brazos lo metieron a la sala. Ellas fomentaron un torbellino entre cuatro, y él se puso en un rincón a observar el catafalco que estaba formado de la manera siguiente:

La mesa grande de la señora Patrocinio, forrada en sábanas y colchas, formaba la base, Sobre ésta descansaba una caja grande y sobre la caja grande otra chica, resultando tres escalones todos cubiertos de ruanas y colchas y de candeleros con luces, ramilletes de flores y algunos espejos y lazos de cinta lacre. En el pináculo estaba el angelito en un sitial, y la ruana colorada de don Demóstenes unida al cielo raso formaba el solio propiamente dicho. El angelito estaba amortajado de San Antonio, llevando en el brazo un chiquillo de yeso y en la mano una azucena natural, cogida esa tarde en la huerta de Manuela.

Callaron los músicos con el objeto de |componer, como dijeron ellos, porque Rosa y Paula iban a cantar.

— Oiremos la canción de la muerte, dijo don Demóstenes. La entrada de un ángel al cielo y el dolor de una madre son objetos de una poesía sublime. No cantarán una cosa tan elevada como el poema de la muerte del conde de Noroña; pero yo creo que no saldrán deslucidas.

Rosa y Paula tosieron, y acompañando a sus voces la música de los tiples cantaron lo que sigue:

|
|
|
|
|
|
|
Lará, Iará.
El hombre que se enamora
de mujer que no lo quiere
merece cincuenta azotes
cantándole el miserere,
Lará, lará.
La mujer que se enamora
de un hombre que la enjarana
merece noventa azotes
cantándole la tirana.

—Esto es inicuo, dijo don Demóstenes.

— Y |ai onde usted las ve duran cantando hasta la madrugada. En los trapiches les amanece cantando de esta manera, sin que les falten coplas que recitar en toda la noche, sin repetir una misma, y hay veces que las dicen de tapar orejas.

— Las gentes se salían a tomar fresco por grupos o por parejas, según las simpatías particulares o según la bandera de los partidos.

Manuela y Dámaso conversaron en el corredor por largo tiempo; las hijas del músico de la carraca, la entenada de don Tadeo y la hija de Sinforiana salían al patio y a la calle con la libertad que las hijas del Pueblo disfrutan en sus bailes, no estando sujetas a las trabas de la etiqueta que ligan a las señoras del alto tono, las cuales tienen que aguantar en su asiento fijo por cinco o seis horas.

— No obstante, se dijo en el baile que las partidarias de don Tadeo Forero no estaban atrevidas como otras veces, Felipa y Teodora, que eran las más violentas del círculo de las tadeístas, en esta función eran las más respetuosas, temiendo seguramente que el nuevo ministerio les promoviese la causa del asesinato que don Tadeo y el dueño de la Soledad habían cortado por su amor a la impunidad.

Don Demóstenes se apercibió de que su misión estaba terminada habiendo ya qué observar en el baile del angelito, y llamando a su perro a su criado, se fue a la posada con muy buena disposición para dormir. Por el camino le habló a José de esta manera:

— ¡Hombre! Qué te pareció el baile.

— El baile, buenísimo, mi amo; le contesto el indígena.

— ¿Pero no te pareció que todas estas son aberraciones?

|

|— Herraciones, mi amo, |herraciones.

— Porque ¿a qué viene este baile profano?

— Profano, mi amo,

— Que la esposa de un nabab se queme delante de la tumba del esposo, tiene alguna razón: la perpetuidad del matrimonio oriental llevada a un grado mucho más alto que la perpetuidad del matrimonio católico; pero que la madre vea a sus tunantes bailar en la presencia del hijo muerto y oiga a las trapicheras cantar obscenidades, esto no tiene solución qué poderle dar, ¿no te parece?

— Si, mi amo, esto no puede tener absolución.

— Tal vez esto consiste en no quererse persuadir los hombres de que la muerte no es sino un hecho común, que es la causa de otros mil destinos que cometen los católicos, ridículos y perniciosos a cual más.

— Sí, si amo, a cual más.

— Porque ¿a qué fin taladrarme a mí los oídos en Bogotá con los dobles de todas las campanas el día de finados? ¿A qué fin amortajar de fraile al que no fue ni siquiera devoto? ¿A qué fin cantar los versos de la Biblia, en que no creen los hombres civilizados desde que escribió Voltaire, Con excepción de los sencillos protestantes, cuando se muere un católico, ya qué fin pagar plata por estos cánticos? Todo esto no depende sino del miedo inconsulto de la muerte, ¿no te parece?

—Sí, mi amo, el |Insulto de la muerte,

—Y esto es la causa de este otro desatino; pero vaya, que siquiera Paula y Rosa no le habrán llevado seis u ocho pesos a Pía por el canto de sus versos;  y es porque no dependen del círculo de la teocracia.

—Si, mi amo: de la |teocasia.

—Cuando a la muerte no se le tenga más miedo que el necesario entonces las cosas irán de otro modo.

—Pero sus mercedes los ricos le tienen más miedo que nosotros lospobres; porque siempre los veo tomando sus medidas para no enfermarse y dándoles la plata a los médicos para que no los dejen morir.

—Mal hecho, porque la muerte no es sino un largo sueño, como decían los indios del Perú.

—Si, mi amo un sueño muy largo; pero quién sabe por qué será hasta los animales le tienen tanto miramiento a ese sueño largo Tal vez lo hizo mi Dios así para que cuidemos la vida: porque entre animales eso da grima. ¿No ha oído su merced bramar los toros cuando se muere alguna res?

—¿No. hombre!

—¿Conoce su merced la hacienda de la Chamicera?

—Sí, hombre.

—Pues le contaré a su merced, que cuando yo estaba allá de concertado se murió un toro cerca de la casa, de la enfermedad de ranilla, y como le quitamos el cuero se regó la sangre fresca en el llano; pero ¡Avemaría! no se puede figurar mi amo don Demóstenes la bramería que se levantó esa noche por todos esos llanos, peor que cuando tocan las trompas, los violines, las cornetas, las flautas y los violines en el entierro de algunos de sus mercedes los ricos en las iglesias de Bogotá. Yo no sé cómo no me morí esa noche de la pena y para eso que se había muerto un hermano mío dos meses antes. Vino un toro de los más ariscos, olió la sangre. clavó el hocico contra la tierra y dio un bramido que parecía que se había rebullido toda la sabana.

Llegaron en seguida los demás toros y todos juntos siguieron el empeño de bramar con todo su ánimo, y aquello no parecía sino un canto de la otra vida. Figúrese su merced, veinte toros bramando sin cesar. ¿Cómo sería aquel alboroto? A mí se me espelucaba el pelo de la cabeza, y como que me daban ímpetus de llorar también, y me salí al llano a ver si podía espantar el ganado, pero ya los toros de la hacienda de Techo, que habían oído la bramería de los toros de la Chamicera se habían acercado a las tapias de cespedón de los linderos, y habían armado la bramería, y lo mismo los del Salitre, y lo mismo los del Tintal, y aquello era para correr a esconderse uno en el mismo cabo del mundo. ¡Avemaría, Jesús credo! ¿No ve su merced, cuántos lamentos por un solo toro? Y yo creo que los animales que no braman sentirán a sus prójimos de esta manera. De estas bramerias se arman en todas las haciendas, pero yo le confieso a su merced la verdad pura, que otras veces no he tenido tanto miedo. Tal vez sería por estar tan reciente la muerte de mi hermanito.

—¿Conque tuviste miedo? ¿Y por la muerte?

—Pues sí, mi amo, ¿para qué se lo voy a negar a su merced?

—¿Y el año de 54 cuando te avanzabas hasta los ejidos de Bogotá, a quitarle los caballos al general Melo, no te daba miedo? ¿Y el 4 de diciembre no te dio miedo cuando entraste a la plaza de la Constitución, dando fuego contra las tropas del gobierno provisorio?

—Pues al principio tuve algo, pero a lo último no tanto, mi amo.

—¿Y por qué no le tuviste miedo a la muerte en esa vez?

—Quien sabe, mi amo.

—¿Cómo quién sabe? ¿Por quién exponías tu vida el año de 54?

—Por mi coronel Ardila.

—¿No, hombre? La vida, la hacienda y el honor se empeñaban el año 54 Por salir de los revolucionarios que quebrantaron la Constitución; más claro, por defender los derechos del pueblo por eso fue que se levantó en masa toda la república.

Habían llegado a la posada el amo, el criado y el perro. y todos tomaron sus colocaciones, pero don Demóstenes no se acostó a roncaren el momento como José y Ayacucho, porque su corazón sostenía una lucha de afectos que no le dejaba dormir hacía más de ocho días, lucha que se sostenía entre unos ojos negros y unos párpados; un amor que nacía y otro que llegaba al ocaso. Don Demóstenes se esforzaba en ahogar los recuerdos de Celia con los encantos visibles de Clotilde, por el justo resentimiento que le había ocasionado su carta un poco fuerte, en que ella se denegaba a seguír sus opiniones religiosas. Cerca del amanecer se quedó dormido el bogotano, pero un latido que dio Ayacucho por equivocación a las caseras, lo despertó muy a destiempo. Estas habían entrado por la puerta secreta del corral, y no siendo reconocidas, dio el perro un latido estupendo que despertó al pobre caballero.

Pachita y doña Patrocinio no despertaron hasta las ocho pero Manuela se levantó a las siete a llevarle café al bogotano, porque era la que menos se descuidaba con los compromisos de la posada.

—¿Qué tal noche? le preguntó Manuela a su huésped.

—¡Oh! de lo más detestable. He soñado viendo obsequiar a un muerto con maroma, pantomina y encierro de toros, que es poco más o menos lo que he visto anoche; he soñado viendo un eclipse de lo más raro, esto presencia de Clotilde tratando de anteponerse al disco precioso de Celia

—Este último sueño consiste en que usted a la que quiere es a la catira. Dele licencia de que oiga misa y se confiese y verá usted cómo no hay mas desvelos ni más eclipses, ni más suspiros entre la hamaca. Y que esa es la que a usted le conviene para casarse: rica, santa y bonita, ¿qué más se quiere usted? Hasta le puede castigar Dios la soberbia, dándole por esposa al fea más alegrona que una trapichera y más brava que una taya de quince, años.

—¡Pero la sotana! Manuela, ¡La camándula! ¡La teocracia! ¡La sacristía! ¿Cómo puede ser eso?

—¡Muy bien! ¿No es tolerante usted? ¿O es que usted solamente da la tolerancia para que lo toleren, pero no para tolerar, o cómo es eso? Y si lo mismo es la igualdad y la libertad, quedamos bien avisados ¡y todos creyendo lo que ustedes dicen! ¡Y tan serios como dicen sus cosas entretener a la gente! Si usted hubiera oído hablar a don Alcibíades de igualdad, eso daba gusto. ¿Y qué le parece don Tadeo cuando se ponía a predicar contra los ricos a nombre de la libertad? Ya vera cómo ni usted,  ni don Alcibíades, ni don Tadeo son tales liberales, porque del decir al hay mucho que ver.

—Ya tú no hablas sino de política.

—¿Para qué me han enredado? Nada sabía yo de esas cosas hasta que don  Leocadio, don Alcibíades y usted me enseñaron. Para que vea lo buenos que son los hombres.

A poco rato que Manuela salió con la taza y el plato se vistió don Demóstenes y salio a preguntar por la mesa, pero no con arrogancia la víspera sino con palabras muy comedidas.

—¿Hoy sí podemos contar con la mesa grande? preguntó a doña Patrocinio.

—No, señor, le contestó la patrona.

—¿Mañana?

—Puede ser, si la desocupan.

—Tenga usted la bondad de explicarme los motivos que me privan del derecho que tengo a la mesa grande; porque corno usted recordará el derecho de usar de la mesa grande y de la silla jesuítica entraron en el negocio del arriendo. De manera que si usted tuviese la fineza de dar sus órdenes para que la traigan, yo se lo estimaría de mí parte, y además se cumpliría con uno de los artículos de la contrata, pues a mí me gusta que las cosas vayan en orden y que se haga todo a las buenas, y mucho más entre nosotros. Ojalá, si a caso es posible, pueda venir la mesa antes de que yo me vaya a una correría proyectada con el señor cura, el cual me ha convidado a buscar una planta, y estoy detenido algunos minutos para dejar extendidas sobre la mesa unas flores y cortezas que estoy preparando.

—Pues, señor don Demóstenes, yo le agradezco a usted todas sus bondades y no dejo de reconocer que usted tiene mucha razón en todo lo que me dice: pero en cuanto a la mesa grande, tengo el sentimiento de decirle que por hoy no la espere, por el motivo de que mi comadre Remigia, la mujer del sacristán, se empeñó con Manuelita para que le preste al angelito para bailarlo en su casa hoy y en toda la noche.

—¿Y mi ruana? ¿Y mi pañuelo? ¿Y mi espejo? ¿Y mi candelero?

—Todo conforme estaba.

—¡Con que bailar, y más bailar! Aunque viéndolo bien, la filosofía de Marta va perdiendo el miedo a la muerte, y al fin tendrán que persuadir a todos los parroquianos de que la muerte no es otra cosa que un largo sueño. Yo lo que temo es que ese cadáver se corrompa y nos apeste el lugar. ¿No andan ya las moscas en torno del angelito?

—Sí, señor; pero se les quema cáscaras de limón y boñiga para desterrarras.

—¿Manuela dónde está?

—Está durmiendo un ratico, para irse a bailar al ahijado luego que se levante.

—Yo me voy y no vuelvo hasta mañana, salúdeme usted a Marta y a Manuela, y dígales de mi parte que guarden pies para las fiestas.

Fue mucho más concurrido el baile en este día y en la noche consecutiva; a la mañana siguiente se le dio sepultura al angelito.

Toda la música, menos la carraca, partió de la casa del sacristán al cementerio. Detrás iba el angelito conducido en alto sobre la cabeza de |Ñor Dimas, cubierto el ataúd de género blanco y adornado con flores amarillas y blancas.

El hoyo estaba listo y debajo de un arbol de ambuque, cuyos gajos y reton0s, con otros arbustos y bejucos, hubo que rozar con los machetes Para poder cavar la tierra. |Ñor Dimas se descargó del féretro con ayuda de Marta y Manuela y le puso en el asiento del hoyo. Manuela echó una manotada de tierra y después la imitaron algunas mujeres del pueblo, las Cuales rezaban el credo, a medida que la música de los tiples y las guacharacas ejecutaban un torbellino de lo más alegre.

Después de pisado el hoyo, puso el sacristán una cruz de palo en los gajos de ambuque, que aderezó y amarró con un bejuco que serpenteaba por entre las ramas del árbol.

Las promujeres del partido tadeista no fueron al cementerio. Es tanto lo que predomina el espíritu de partido, que los odios y rencores se extienden y hasta a los muertos, y hasta los muertos inocentes, de manera que siguio la revolución y los trastornos gubernativos en la Nueva Granada, en fraternidad y filantropía cundirán los odios cada día más y la desmoralización completa.

Pía se fue por la tarde ala montaña, llevando varios regalos que le hizo comadre, y no se volvió a hablar de ella para nada.

Se sabe que don Demóstenes le dijo al cura en su paseo:

—Me he quedado aturdido de que la Iglesia y el gobierno estén dejando correr adelante este abuso criminal de bailar dos o tres días a los muertos de corta edad.

—¿Y cómo le parece a usted que esto pudiera evitarse?

—La religión de Jesucristo es una religion pura, santa y en exremo filantrópica; la religión católica que constituye una de sus ramas, quitándole la unidad que representa el Papa de Roma, es una de las ni religiones que hoy se veneran en toda la tierra; sus ministros están acreditados para con el pueblo, y con sólo una indicación que éstos aventuren desaparecerá de todas las parroquia. la infame costumbre de bailar a. niños muertos. El cabildo por su parte, pues es el soberano congreso de parroquia, puede prohibir con penas muy severas las orgías angelicales.

También se tiene noticia de la respuesta del cura, que fue ésta:

—Me reservo para después la explicación de varios de los conceptos y la idea del señor don Demóstenes, y le contesto por ahora que la religión católica, esencialmente unitaria y rígida, aconseja la extirpación de los | abusos y las costumbres supersticiosas; pero no manda sino en los casos de doctrina y de fe religiosa Desgraciadamente las preocupaciones se resisten aquí como en toda partes. En cuanto al gobierno hay una distinción muy justa: los gobiernos tiránicos y absolutos pueden castigar a sus subditos cuando no obedecen, y si no los sujetan, pueden atormentarlos por menos cuando se trata de los inveterados; pero en los gobiernos republicanos, en los cuales manda el pueblo, no sucede lo mismo porque el pueblo ama sus costumbres, y si hay legisladores que ataquen bruscamente las costumbres del pueblo, entonces jamás dan poderes contra sí entonces deja de ser republicano el gobierno, porque deja de mandar el  pueblo. No obstante, le ofrezco a usted predicar el domingo contra el abuso de bailar los angelitos.

—Y yo ofrezco escribir un articulo de costumbres.

anterior | índice | siguiente