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Capítulo XXII
La octava de corpus


A las doce del día sonó un alegre repique, seguido por una docena de cohetes que oyeron con sumo placer los estancieros de la parroquia. Era, víspera de la octava de Corpus, que celebra todos los años la república cristiana. Al mismo tiempo se estaban adornando las pilas, altares, lámparas y bosques por las personas que, con dos meses de anticipación, habían sido nombradas por el cura. Es preciso confesar que éste no procedió con acierto al escoger las personas que debían adornar las pilas; porque Manuela y Cecilia representaban los dos bandos políticos de la parroquia. El resultado fue que Dámaso tuvo parte en la obra de Manuela: que los manuelistas formaron de la pila el pendón de su partido; y por lo mismo la pila de Cecilia se convirtió en la enseña del partido tadeísta.

La pila de Cecilia tenía una portada revestida de pañuelos, muselina, lazos de cinta y muchos espejitos redondos. La de Manuela adornada con laurel, liquen, helechos, y algunos pájaros disecados, representaba una gruta; y como generalmente pareció mejor que la de Cecilia, los tadeístas quedaron corridos.

Las lámparas de la iglesia estaban tan hermosas y brillantes como si fueran de verdadero cristal. Habían sido construidas de bejucos y cañas, adornadas con la cascarita de la planta llamada motua, que es muy parecida al papel de seda, y con las flores que los estancieros llaman rosas amarillas. Daban las lámparas visos de plata y oro, y la iluminación era tan maravillosa, que Paula, Rosa y Pía estaban muy satisfechas de haber cumplida su comisión con tanto lucimiento.

El altar que le tocó al dueño de la Soledad no tenía nada de nuevo. Estaba vestido con piezas de bogotana y adornado con cintas, cuadros y espejos. El altar de don Eloy no difería del anterior sino en ostentar candeleros de plata y un afamado cuadro de la Virgen de los Dolores. El del Retiro era de una invención enteramente nueva: constaba de una cúpula sostenida por dos columnas vestidas de laurel y de una cornisa formadas de flores de la montaña y bejucos de rapasiflora, de flor lacre, El frontal era una lámina formada con musgo, liquen y vistosas flores, representando en relieve las tablas del Decálogo. Del centro de la cúpula pendía una araña plateada con piel de motua, y colgada con una cinta hecha de cáscara de majagua. El altar de la Hondura fue despojado de prisa, por orden del señor cura, de algunas sábanas y colchas de cama con que lo habían adornado, y fue revestido con piezas de género nuevo. El altar mayor estaba adornado con sencillez y gusto, siendo su mejor adorno los fruteros y ramilletes que llevaron algunas estancieras. El coro se compuso de los cantores y músicos de la cabecera del cantón, y ejecutaron con solemnidad los oficios de la misa. El sermón fue predicado por el cura, que era el mejor predicador de costumbres, y que a pesar de su claridad y sencillez se elevó hasta lo sublime.

La procesión era el complemento de la fiesta, El cura partió desde el altar mayor llevando en sus manos la custodia, precedido por el estandarte y por los vecinos que llevaban cirios encendidos. Los repiques y los voladores anunciaron la salida de la procesión: y el sacerdote, al presentarse en la puerta del templo, se detuvo un momento para señalar la custodia al pueblo, que se postró de rodillas sobre la verde grama de la plaza. Reinó un profundo silencio, interrumpido sólo por el solemne canto que repetían los ecos lejanos de la montaña. El cura llegó, cubierto por la vara de palio, a depositar la custodia sobre el ara del primer altar; la procesión continuó pisando las flores que regaban dos ninfas adornadas para tan digno ministerio. No sonaban sino las campanas y el canto acompañado por varios instrumentos; el pueblo adoraba en silencio, y cualquier incrédulo se hubiera penetrado de la majestad y grandeza del Dios que se adoraba, al ver el fervor unánime de todos los concurrentes.

Don Demóstenes, con la cabeza descubierta, estaba junto al altar de la hacienda del Purgatorio y por consiguiente al lado del caballero dueño de las valiosas fincas que lo adornaban. Cuando la procesión estaba todavía distante, dijo don Eloy a don Demóstenes:

— ¿Qué le parece a usted la procesión?

— Es lo mejor que puede darse en una parroquia como esta.

— La solemnidad de esta fiesta proviene en su mayor parte de la igualdad, ¿no le parece a usted?

— ¿Por qué razón?

— Porque si los cinco partidos en que está dividida la parroquia, estuvieran divididos en cinco sectas distintas, estarían riéndose unos, con el sombrero puesto otros, fumando muchos y con la espalda vuelta algunos; y se suscitarían fuertes disgustos por la falta de cultura de nuestras gentes.

— A mí me encanta la multiplicidad de religiones. Si usted viera en los Estados Unidos...

— A mí lo que me gusta es la unidad, la conformidad, la regularidad, como que es la tendencia general de nuestra sociedad y la fuente de la perfección humana. Es un hecho que la unidad de nación, idioma, partido y raza, es una ventaja reconocida: ¿por qué le gusta a usted únicamente la desunión religiosa?

— Desengáñese usted: mientras que en esta parroquia no haya unas cinco sectas diferentes, no puede haber ningún progreso.

— ¿Y por qué habían de ser cinco y no quinientas? Rota la unidad de la Iglesia católica, y con la facultad de interpretar las escrituras, cada hijo de vecino puede tener su religión por separado. Mire usted, don Demóstenes: aplaudo la idea de asegurarle a cada secta las prácticas de su culto en donde los legisladores hallaron la población compuesta de emigrados de todas las creencias; pero repruebo los esfuerzos de los que desean dividir aquí la unidad en que la transformación política nos halló, para igualarnos a los Estados Unidos; este prurito, para darles leyes adecuadas y justas, es la causa de las guerras que estamos experimentando.

Ya la procesión pasaba por delante de los interlocutores, y se vieron precisados a suspender su diálogo.

Marta y Manuela vieron la procesión desde el corredor de la casa del sacristán. La generalidad de las muchachas del distrito iba siguiendo el palio, en un grupo denso, compuesto de una multitud de mujeres de todas clases.

No muy lejos del altar de don Eloy estaban las familias de la Soledad y el Retiro, en una casa de la propiedad de don Blas; y en el corredor que daba a la plaza estaban Juanita y Clotilde, al lado de unas señoritas que habían venido de otros distritos.

La procesión, después de haber recorrido todos los altares, terminó en el atrio, desde donde el cura bendijo con la custodia a todo el vecindario que se hallaba prosternado en la plaza.

A un tiempo se levantaron todos los sombreros, se rompieron filas para conversar en grupos, y la gente se puso a recorrer los arcos, altares y bosques. Las familias aristocráticas, esto es, las familias ricas, salieron del palco para recorrer la plaza, comenzando por el Paraíso, que se levantaba sobre un teatro de vara y media de altura, cubierto de flores, de menuda ramas y de bejucos de melones y patías con sus olorosos frutos. Sobre tablado se alzaban algunas matas de café, añil y caña de azúcar; el centro lo ocupaba una mata de plátano, con vástagos cargados de racimos de distintas edades. Debajo de las espléndidas hojas de plátano estaban dos chicos de parroquia molestados por los mosquitos, que representaban a Adán y  Eva. |Ñor Elías había rodeado este teatro de todos los animales de las vecinas montañas, unos disecados y otros recién muertos.

Don Demóstenes se había acerdado a Clotilde y las otras señoras, y le explicaba las familias, especies y géneros de todos los animales. Después de hablar largamente sobre la raza humana, les hizo notar las cuatro clases de monos existentes en las montañas de la parroquia; el oso hormiguero y el oso negro. El perro doméstico estaba representado por Ayacucho, con su hijo adoptivo a las costillas: el ulamá y las zorras lo acompañaban. El ñeque la boruga con el conejo y el curí formaban el género de la liebre: la marrana de Manuela, de gran nombradía en los fastos de la historia, junto con un cafuche, cogido en una de las trampas del ciudadano Elías, representaban el genero cerdoso. Los papagayos, tan aborrecidos de Pía, estaban reunidos en cuatro variedades; los yátaros en tres, los carpinteros en dos; las palomas en seis, desde la doméstica hasta la abuelita, que cabe en la mano cerrada.

Del Paraíso se fue la gente de zapatos a dar un paseo por frente de los bosques, que estaban en las bocacalles, adornados con hojas de palma, ramas de laurel, flores amarillas y algunos espejo. pequeños.

El primer bosque representaba la hoya de un páramo, en donde estaba cazando a los cazadores un venado muy grande con una buena jauría perros, y encima se leía este letrero: ASI ESTA EL MUNDO.

El segundo representaba un fragmento de queso, puesto en una mesa con un cuchillo junto; y parecía que un hombre sentado en una silla poltrona cuidaba de él; se veían además unos pocos caracoles colgados de un hilo. El personaje tenía cuello de clérigo, y el letrero decía: NO HAY MAS QUESO Y A MI SE ME DAN TRES CARACOLES.

En el tercer bosque se exhibía un aserrío de mano, con todos sus adherentes: un queso vertical representaba la troza de palo; y los aserradores un gato y un ratón vivos, empuñando en sus manos una sierra de tal modo dispuesta que se movía para un lado y otro, cuando los operarios hacían sus movimientos de impulsión y  repulsión. El letrero decía: LA REPUBLICA Y LOS LEGISLADORES.

El último bosque representaba un gato colorado empapelando a una polla fina con papel sellado, al mismo tiempo que un gato blanco estaba empapelando al primer gato con papel de la misma clase. Había otros pollos blancos, negros y nicaraguas que estaban empapelados con hojas de la |Recopilación granadina, y todos ellos tenía sus nombres propios. A Clotilde y Juanita les llamó mucho la atención la escena de los gatos, y se detuvieron mirando con curiosidad los trajes y los emblemas. El gato tenía botas, lo que indicaba ser de la aristocracia de la Nueva Granada; estaba vestido con una levita blanca y tenía la corbata puesta conforme ala última moda. El gato colorado tenía ruana forrada de bayeta, estaba calzado con alpargatas, el cuello de la camisa estaba en el grado más alto de almidón que puede darse y no tenía chaqueta, sino chaleco de una moda muy atrasada. El rótulo decía en letras de a cuarta: LOS MISTERIOS DE LOS GATOS.

Don Demóstenes había quedado distraído y Juanita le preguntó:

— ¿Comprende usted el sentido de este bosque?

— No creo que tenga ninguno. Lo que me parece es que estos idiotas abusan de la paciencia del público.

— ¿No cree usted que pueda haber alguna relación entre los gatos y el papel sellado?

— Como entre las señoras y la política de aldea.

A este tiempo trató de revolotear la polla empapelada, y uno de los muchachos del pueblo dijo gritando:

— ¡Miren a la niña Manuela!

Dos públicos estaban al frente del espectáculo: la gente grave y aristocrática, entre la cual se hallaba don Demóstenes, y la democracia pura, compuesta de los muchachos y la gente pobre. Esta última, que era la mayoría, celebraba con risotadas todos los movimientos de los actores, mientras que la gente grande guardaba toda la circunspección de la prudencia y la sabiduría, siendo las señoritas las únicas que se sonreían, y eso poniendo sobre sus delicados labios los pañuelos de batista; pero don Demóstenes estaba tan grave que parecía ser el príncipe de la aristocracia Parroquial.

— Vean a don Demóstenes con su levita blanca, grito uno de los muchachos, y a don Tadeo con su sombrero de funda amarilla.

— Estoy comprendiendo, dijo Juanita, que nos han querido dar un bosquejo de la caída de don Tadeo,

— Vean cómo se vuelve don Demóstenes, gritó otro de los muchachos de la turba popular.

— Entiendo que se ataca en esta pantomima, por lo menos, mi respetabilidad, y esto merece un castigo ejemplar, dijo don Demóstenes.

Y se separó de las señoras en ademán de acometer a los pollos y los gatos.

— ¿Qué hay? le preguntó don Eloy que estaba cerca del bosque.

— Voy a subir a ese tablado y a pisotear todos los gatos y los pollos, para ver si hay quien saque la cara; porque, vive Dios, que le destapo los sesos con mi |revólver.

— Quedaría usted muy desilusionado, me parece.

— ¡Caramba, ponerme en ridículo delante de las señoras!

— ¿Y si todo lo que está representado en el bosque lo hubieran escrito en un artículo de periódico?

— Eso no tendría nada de malo.

— Habría sido peor, porque la imprenta exhibe al paciente delante de todo el mundo, y el bosque sólo ante los habitantes de una parroquia.

— Pero a la imprenta puedo oponer la imprenta.

— ¿Y a un bosque no puede usted oponer otro bosque?

— La tardanza de veinticuatro horas y la carencia de elementos dejarías la constitución sin efecto.

— ¿No hay casos en que para desvanecer la calumnia de la imprenta es preciso aguardar que vengan documentos de una provincia lejana, y mientras eso se glorían los calumniadores? Usted sabe muy bien que al que difama por medio de la imprenta no lo castigan las leyes de la Nueva Granada.

— Es porque la libertad absoluta de los tipos y de la palabra es un hecho ya consentido y muy conforme con la verdadera república; pero la libertad de los bosques no está sancionada; lo que voy a hacer es a despachar todos | esos gatos y pollos, con los cinco tiros de mi |revólver,

— Y qué va a ganar usted con eso, don Demóstenes.

— Que no se rían impunemente de mi.

— Y si va y yerra alguno de los tiros, ¿no se expone a que silben los muchachos?

— Lo veremos.

— ¡Tolerancia! dijo don Eloy, echándole mano al |revólver, ¡tolerancia! don Demóstenes.

— Solamente estos viles parroquianos son capaces de hacer una cosa semejante.

— No señor: el año de 39 en un pueblo cabecera de cantón, pusieron un bosque, del que habían sacado la idea de uno de los que están puestos aqui y entiendo que fue por criticarle al cura la frase de |más queso, que pronunciaba en sus sermones, en lugar de decir |más que eso. En Bogotá he visto también varias travesuras de estas.

El gato colorado de doña Patrocinio, que era de muy mal genio, airado con la presencia de tanta gente, hizo caer de un rebullón al gato blanco de Marta, que era el primer personaje de la escena; y éste por forcejear se zafó el saco y la corbata, levantándose de entre la gente plebeya la voz de una mujer que decía:

— ¡Pobre don Demóstenes!

Le faltó a don Demóstenes la paciencia; dejó ir el tiro; le dio al gato colorado muy cerca del ojo, haciéndole lanzar un grito dolorosisimo antes de expirar.

— ¡Viva el libertador de la parroquia! gritaban los chinos; y las señoras se retiraban temblando de miedo.

Don Demóstenes, encarnizado contra el bosque siguió haciendo fuego contra los otros personajes, pero escapó milagrosamente el gato de Marta, que estaba vestido de cachaco. La jornada terminó de una manera muy desagradable porque doña Patrocinio se le vino encima al vencedor, diciéndole estas palabras demasiado bruscas:

— Si usted no me entrega mi gato ahora mismo el diablo canta en su entierro, don Demóstenes. Esto es lo que uno se suple con alojar en su casa personas desconocidas. ¡Lástima de mi gato, que lo quiere tanto! Era tirria que le tenía porque decía que se parecía a don Tadeo; pero todo no era sino porque no se dejaba sobar, como el gato de Marta; porque ni aun para los gatos hay igualdad en esta vida.

— ¡Pero óigame, doña Patrocinio!

Doña Patrocinio no oía; siguió hablando primores en favor de su gato y gritando como una loca.

Mientras que todo esto pasaba. Dámaso daba libertad al gato blanco ya la polla que representaba a su adorada prenda; y retiraba el cadáver del gato colorado, chorreando sangre todavía. Las señoras entraron a la casa de su posada; Clotilde tuvo una pesadumbre muy grande, porque echó de menos un anillo de diamantes, enteramente igual al que tenía puesto su amiga Juanita. Lo avisó a su padre, y éste al alcalde para los efectos del caso. Infausto llamó Clotilde este día por algunos acontecimientos fatales que se agregaron a la pérdida del anillo, y tal vez fue uno de ellos el no haber podido bajar esa semana don Narciso de la sabana.

Don Demóstenes creyó que lo más conveniente después de lo sucedido, sería abandonar la plaza; y se fue a casa de Marta. por ver si allá estaba Manuela, para reñirla porque sabía que había tomado parte en el bosque. Manuela se había retirado cansada de la fiesta y estaba en la hamaca, al lado de Marta, sirviéndose de su brazo como de almohada. Ambas estaban con trajes nuevos, que realzaban su hermosura, a pesar de su sencillez, pues consistían en pañolones colorados de algodón, enaguas de cintura y camisas bordadas. Estaban aletargadas por el calor, el cansancio y la hamaca, cuando se les apareció don Demóstenes.

— ¿Qué tal de Corpus?... le preguntó Manuela sin cambiar d postura.

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| ¡Pésimamente!

— ¿No lo ha mirado la joya del Retiro?

— Ojalá que no hubiera estado presente: porque hoy se ha reído de mí toda la canalla de la parroquia, y si tú has tenido parte, como yo lo presumo...

— ¿Parte en qué, don Demóstenes?

— En exhibirme al público en uno de los bosques.

— ¿Y a mí no me vio por ahí?

— ¿Y qué?

— Que hoy no dejo de comer por esa pesadumbre.

— ¿Aunque se rían de ti?

—Y qué remedio! ¿No hay casos en que se ríen de uno a las espaldas?

— Pero una burla pública...

— No siendo contra el honor...

— Eso se llama tener pechuga.

— Tener buen humor y eso que usted llama tolerancia, y nada más:

—Pero un bosque... ¡con mil demonios!

— ¿No ha comprendido usted lo que quiere decir el bosque?

— No necesito saberlo.

— Pues voy a explicárselo: Manuela se hallaba encausada por don Tadeo y un caballero, llamado Demóstenes, la libertó a ella y a su parroquia. El caballero se ha hecho digno de la gratitud del pueblo. ¿Le parece a usted que esto tiene algo de malo? Una vez pusieron un bosque que tenía de un lado un hombre un muchas varas de longaniza metidas en un brazo, y al lado opuesto se hallaban unos tantos de los conocidos con el apellido de Díaz; había un letrero que decía; |Hay más días que longtaniza. Y lo que le asegur~ u. ted e. que por esto no hubo pelea, porque ninguno se dio por agraviadt~

— Con su pan se lo coman. Lo cierto es que he venido resuelto a pelea contigo.

— ¿Y conmigo también? le preguntó Marta.

— Con todos lo que tengan parte.

— Fuimos las dos solas, don Demóstenes.

| ¿Solas?

— Solas, le contestó Manuela.

— No lo creyera yo

— Pues créalo.

— Es una vileza.

— Tal vez, ¿pero no nos perdonará usted jamás?

| ¡Oh!

— Pues mire: si nos ha de volver a tratar mañana con cariño, trátenos de una vez; venga, siéntese aquí en la hamaca con nosotras y cuéntenos qué tales muchachas ha visto en la plaza.

— Lo que me consuela es que he despachado al gato matrero de tu casa.

— ¿Cómo?

— Con un tiro de pistola.

— ¡Imposible!

— Como lo ove

— Y cómo le quedara a usted el bulto con mi mamá; y qué hará cuando los ratones comiencen a caer como llovidos y a comerse sus libros y sus cucarachas?

— Pues me iré mañana, para evitar incomodidades.

— No se vaya, don Demóstenes, porque nos hace mucha falta, dijo Marta, yo le daré mi gato a mi tía.

La palabras de las dos amigas lograron por fin aplacar a don Demóstenes. Por la tarde se jugaron dos toros en la plaza y por la noche hubo algunos bailes.

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