Capítulo XX
Ambalema
Las aguas del Magdalena reflejaban a las seis y media de la noche
la claridad de la luna, y la barqueta del paso era arrastrada por
la margen a palanca y a gritos para echar la travesía desde mucho
más arriba del puerto, y al fin tomando los paseros el canalete, la
hicieron cruzar el río en menos de quince minutos. Al chocar contra
la margen del puerto de las balsas, salieron los pasajeros y entre
ellos Manuela, la cual tuvo que volver la cara al lado del río para
recibir una maleta que le daba su compañero Dámaso; a ese tiempo se
le obscurecieron los ojos cubiertos por unos dedos tibios, y oyó la
voz simpática de una mujer que le decía:
¡Adivine!
No doy, contestó Manuela.
Es una paisana suya.
¡Sólo que sea Matea!
La misma, exclamó la persona que le hablaba, y se
abrazaron las dos paisanas.
Mucho me alegro de verla,
Y yo lo mismo. ¿Cómo quedan por allá todos?
Manuela dio cuenta a su paisana de su familia hablándole muy
largamente de la mala suerte de Rosa, y respondió con gusto a todas
sus preguntas. Le refirió la causa de su venida y el proyecto que
tenía de volverse por las noticias de
|ñor Dimas, que quedaba
del otro lado encargado de cuidar la mula.
Pues ahora nos vamos a nuestro cuarto, le dijo Matea.
Y tomando calle arriba, se fueron conversando llenas del más
grande placer.
Manuela se fijó en el traje de Matea. la cual tenía enaguas de
crespón blanco con fondo del mismo color, camisa bordada de seda
negra, y un pañuelo de punto sobre los hombros. Sus dedos, garganta
y orejas brillaban con los adornos de oro lino, y aun su cabeza,
porque las peinetas estaban chapeadas del mismo metal. Tenía
zapatos enchancletados, pero no tenía medias, y en la mano cargaba
un rico pañuelo de batista. Muchas de las que se hallaban en los
grupos del pueblo estaban vestidas de la misma manera, siendo
peonas la mayor parte de ellas. Algunas se cruzaban fumando tabaco
y caminando con cierto aire de liviandad y descoco, únicamente
tolerable en los puertos y en los lugares demasiado calientes, pero
que en otras partes no tiene disculpa. Los proletarios y
mercachifles de todos los cantones, y de todos los colores, y de
todas las razas, con excepción de la anglosajona, y entre ellos los
afamados bogas, llenaban la calle; y entre la vocería oía Manuela
algunas frases demasiado clara, en el orden de la galantería. Las
cantinas estaban abiertas, y de pasada veía la parroquiana algunas
escenas de amor.
Por la calle preguntó Manuela a su paisana por Pablo, y ella la
informó que habían peleado y que se habían ido a las minas de Santa
Ana con una joven chaparraluna. Al pasar por la plaza preguntó por
la iglesia, y Matea le dijo que se había quemado, y que seria muy
conveniente que la levantasen, aunque allí la iglesia tenía menos
uso que en la parroquia de donde ellas eran nativas, Manuela se
quemaba de calor, y este viaje del puerto a la posada, aunque lo
hacia a la luz de la luna y viendo cosas extraordinarias, le
|
estaba pareciendo tan largo como la jornada del día, y un
recuerdo de su amada madre y de Pachita y de sus amigas le hizo
derramar lágrimas, Dámaso caminaba despacio, porque la estacadura
de su pie le había causado una hinchazón. Iban caminando con
lentitud y silencio, cuando les mostró Matea la puerta de su
habitación.
Estaba abierta la puerta, y la luz de la luna era bastante para
ver el interior; pero Matea refregó un fósforo, y con su luz y la
luz consecutiva de la vela, vio Manuela toda la estancia de su
posada. Dámaso se tendió en una estera de chingalé en el acto de
poner sus pies en el cuarto, y Manuela aceptó con agrado una hamaca
socorrana que le presentó por asiento su paisana, y se quedó
callada por algunos momentos.
Mientras tanto daremos razón de la vivienda de Matea. Era un
cuarto de regular extensión. Las paredes no estaban adornadas con
grabados ni con retratos litografiados como las viviendas de las
mujeres descalzas o semidescalzas de Bogotá, sino con un buen
surtido de zapatos y de enaguas que; colgaban de una multitud de
clavos y estacas. No había tinaja de agua, ni piedra de moler, ni
ollas, ni platos, ni cosa que oliese a gastronomía. No había
canapés, ni taburetes, pero había dos hamacas y media docena de
cajas de cedro y cumulá, y unas tantas esteras de chingalé
enrolladas o extendidas sobre los ladrillos.
Manuela pidió agua a pocos momentos de estar sentada, la que
tuvo que ir a buscar Matea a la calle, porque tanto del agua como
del dulce y de la comida se proveía de las tiendas. Al mismo tiempo
fue a encargar un chorote de agua de malvas para lavar el pie al
paisano Dámaso.
En la otra hamaca había una persona que había estado seguramente
dormida, y al enderezar la cabeza saludó a los huéspedes con sumo
cariño y les preguntó de dónde eran y si pensaban estarse mucho
tiempo en Ambalema. Era una joven de buenas facciones, con quien
Manuela simpatizo y en un instante se hicieron sus ofrecimientos y
quedaron amigas.
Al fin llegó la hospitalaria Matea, trayendo dos copas muy
grandes de cristal llenas de agua para sus huéspedes; Manuela apuró
la una con el ansia de un calenturiento, y exclamó:
¡Oh! ¡Qué calor! ¿Cómo pueden ustedes vivir aquí?
Eso es mientras que una se hace a la tierra.
¡Qué desgracia tener que vivir aquí!
Ahí verá que no, dijo Matea. Yo me hallo muy amañada,
porque gano todos los días mi peso en el trabajo de los aliños del
tabaco, como a mi gusto, me baño dos veces al día, a las nueve y a
la oración; bailo todos los domingos y una que otra vez en medio de
la semana. No dependo de nadie, porque para eso tengo plata;
conmigo no se mete la justicia, y teniendo gratos a los empleados
de la casa, no hay quien oprima mi voluntad ni quién me haga
sufrir.
¿Y qué se necesita para tener grata la casa?
No entrar ni por chanza a las casas de los empleados de
las otras casas, ni comprar nada sino en la tienda o almacén de la
casa.
¿Y si dan un artículo más barato en las otras
tiendas?
Hay que comprarlo en la casa.
¿Y no sabiéndolo ellos?
Eso es lo que no puede ser, porque los señores de las
casas saben todas las pisadas que se dan en este Ambalema.
Eso dice de los jesuitas el alojado que tenemos en
casa.
Es que los jesuitas hablan cosas que son increíbles,
seguramente porque tienen enemigos.
¿Y la fiebre?
Viene cuando quiere, y acabadas son cuentas. Es mejor un
año bien vivido, que cincuenta más de vivir entre la basura como
los marranos, comiendo colí detestable, y temblando delante de la
zurriaga de los amos, y de los capitanes, y de los mayordomos, y
ganando un triste real del cual se tiene que gastar la cena, y el
chocolate, si es que el desayuno no se hace con caña mascada para
criar lombrices.
Trajo una muchacha el chorote con el agua de malvas, y
remunerada con un real de plata, se fue contenta. Manuela se puso a
bañarle el pie a su compañero de viaje, en un rincón, y desde allí
le atendía la conversación a su paisana.
¿Y cómo ha sido para librarse de la fiebre? ¿No se ha
querido asomar por sus puertas?
La fiebre grande del año pasado se llevó una cuatro
compañeras que yo tenía, y sólo me dejó la que esta en la hamaca,
que es arribeña. En menos de tres días estuvieron despachadas, pero
vinieron otras cuatro, la una de Bogotá, la otra de la Villa, la
otra de Villeta y la otra de Coyaima. Esta última es una indiecita
pura, que no pasa de unos quince años, la cual se vino con toda su
familia, porque les hicieron vender su tierra a menos precio, y
todas murieron ya, menos Luisa Nucurú, que así se llama. Esta niña
que está en la hamaca estuvo al entregar el
|carapacho, y yo
no sé cómo escapó. Ahora estamos completas las seis que cabemos en
este cuarto. Yo hago cabeza, les arriendo a peso por mes a cada
una, y yo me entiendo con el dueño. Esta niña es de Llano-grande, y
dice que no se amaña aquí, porque no hay dónde correr un San Juan a
caballo, ni hay vacas para ordeñar, y se quiere volver para su
tierra. Yo no quiero volver a mi país, basta que no sepa que se
tragó la tierra el trapiche de la Soledad y el del Retiro. ¡Conque
me sueño todavía oyendo los chirridos del trapiche o dándole palos
a mi mula de carguería! Es verdad que aquí no trabajamos con mala
gana, como allá en los trapiches de mi tierra; sino que nos tiramos
a matar por acumular tareas para recibir una buena manotada de
pesos
|francos el sábado por la tarde. Pero hablemos de todo;
los bailes de nosotras las peonas, son mejores que los de las
señoras de allá en el tiempo de las fiestas.
¿Todavia de embustera?
Mi palabra, Manuela. ¿Oye usted la tambora y las trompas,
y los clarines y los flautines, y los cornabacetes?
Se oye muy bien, y la música me gusta mucho; lo que
tienes es que me aumenta la tristeza.
Pues esa música es de un baile de peonas.
¿De veras, Matea?
¡Cuando yo le digo! Y yo tengo parte y la convido, porque
es un baile que hemos costeado las peonas
|manojeras para
|obsequiarnos a nosotras mismas.
¿Pero Dámaso?
Por mí no lo deje, dijo el enfermo. Vaya, diviértase un
ratico, que bastante ha sufrido, mi negra. Vaya con la niña Matea:
vaya, vaya.
¿Y lo dejaba solo entonces?
¿Luego Rufina, la que está en la hamaca? ¿O es muy celosa
mi paisanita?
¿Celosa? ¡Avemaría!
¿Luego no dicen que en el celo está el amor?
Pero a los hombres y a los patos, ¿quién les sigue los
pasos?
Un ratico para que mi paisana conozca los bailes de las peonas
de Ambalema y les cuente por allá a las parroquianas. Un ratico y
nos volvemos a acompañar al enfermo.
Luego que Matea vio que el remedio estaba ejecutado llevó a su
paisana al píe de la pared donde tenía su ropero le puso una famosa
camisa de tira bordada, le echó encima tres enaguas más tiesas que
el pergamino; y por último unas de crespón blanco; y bajando un par
de babuchas se las puso; aunque Manuela no se las dejó
enchancletadas; porque es necesario haber practicado esto por mucho
tiempo para poder caminar con desembarazo. Se entiende que las
medias no eran usadas por ninguna de las damas del cuarto, El
arreglo se concluyó con ponerle a Manuela cintillo, panderetas y
anillos de oro, que Matea sacó de su caja de cumulá. y presentarle
un espejo para que se mirase. Tomó de la mano a su paisana la
bondadosa Matea, y se la fue a presentar al afortunado Dámaso, que
se había quedado muy aliviado con el baño.
Aquí le traigo una reina, le dijo. ¿No le parece muy
linda?
¡Siempre hermosa! Siempre linda, linda para mis ojos en
todo traje.
Pero ahora, dijo Matea dando un beso a Manuela, es la mas
bonita de todo Ambalema.
Manuela se arrellanó momentáneamente sobre la estera para
hacerle las caricias de la despedida a su amigo y partió luego con
su paisana.
Dámaso no pudo resistir a un impulso de su corazón que lo llevó
a la puerta, siguió con la vista los dos bultos ha la que dejó de
oír el ruido de la ropa almidonada y se volvió a su estera pensando
en la dicha de poseer a la mujer más hermosa de Ambalema. según el
testimonio de Matea y de su propia conciencia.
La arribeña de la hamaca se paró a encender un tabaco en la vela
sin ningún cuidado por su traje, que era mucho más sencillo e
insuficiente que el de una joven espartana, consistiendo únicamente
en el blanco túnico que le colgaba de los hombros y apenas le
llegaba a la rodilla, lo que se llama
|chingado, que no es
disculpable ni aun por los 30 grados del termómetro de Réaumur,
pues en los pueblos calientes del norte no es usado ni aun en el
lavadero; sin embargo, en las tierras calientes del sur y occidente
no es mal recibido en los tiempos de sumo calor.
Y usted ¿cómo fue para venirse de su tierra? preguntó
Dámaso a Rufina.
Yo soy de los llanos más lindos que puede haber en el
mundo, los de Llano-grande. Las chapas de palmares y caracolíes y
otros árboles cortan a retazos los llanos engramados, y uno ve las
yeguas y las ovejas y las vacas por donde quiera. Las estancias son
aseadas y las gentes son tratables y generosas. Los bailes de
cintureras son elogiados, aunque no hay tanto lujo. ¡Ah, mi tierra!
Y para esto del San Juan no hay pueblo que se le iguale. Yo me
sueño corriendo a caballo por las calles y por la sabana, y
gritando ¡San Juan! con todo el aliento que Dios me ha dado, y aquí
dicen mis compañeras que grito ¡San Juan! dormida, porque yo no sé
qué me pasa, pues he dado en hablar dormida. A mi no me gusta
Ambalema porque mi tierra no es tierra de esclavos como la tierra
de Matea. Y estoy buscando quién me lleve en esta semana, pues por
eso no voy a baile porque vendí mis joyas de oro y mis trajes de
seda y linón para llevar plata y poner una estancia, porque es la
verdad que aquí se busca el dinero; yo he juntado con mi trabajo y
con una rifa que me saqué la cantidad de cien pesos, y no quiero
gastar ni un solo cuartillo hasta ponerme en Llano-grande. ¡Ah, mi
tierra que allá es donde se vive a gusto!
Así continuó hablando Rufina de su tierra y de algunos pasajes
de Ambalema, cuando se apareció Manuela y saludó con estas
palabras:
¿A ver qué hacen por aquí?
Nada, contestó Rufina: aquí conversando de mi tierra.
¿Por qué se volvió? dijo Dámaso a su amada compañera.
Por traerle de cenar, contestó Manuela. Y acercando la
caja de Matea, le puso la servilleta y varios platos en que traía
cordero, gallina, arroz seco, buen pan y buen dulce, y dijo que se
iba pronto, porque Matea la esperaba. A Rufina le puso un plato y
se lo pasó a la hamaca, previendo que Dámaso no había de tener la
descortesía de no convidarla.
Matea había convidado a cenar a su amiga al pasar por frente de
una cantina, en la cual mandó servir cordero, jamón, pescado y
ensalada de coliflor, y las famosas empanadas de maíz tan
recomendadas en tierra caliente; mandó que les pusiesen vino y buen
dulce de durazno. Dicen los físicos que entre todas las reacciones
la más fuerte es la del estómago. Matea había sufrido muchas
hambres en el trapiche, y ahora que se hallaba un plata, comía un
buen ajiaco o un cocido de carne gorda, y buen cuchuco y arroz por
contrata; tomaba sus tragos de anisete y de vino en las tiendas, y
en los días de parranda o de paseo era despilfarradora para
cuidarse y obsequiar a sus amigas. Después de que cenaron las dos
amigas fue cuando se propuso Manuela llevarle a Dámaso un bocado
competente a la dieta que tenía que observar, y luego se volvió a
juntar con su paisana, siguió al baile con ella.
Eran cerca de las nueve y estaba la entrada obstruida por el
pueblo. Se conocía que Matea tenía popularidad, porque de cada uno
recibía un floreo, un dicho o una chanza de mucha confianza, que a
veces retornaba con un puño o con una palabra de las de tapar
orejas, de que sus agresores no se daban por ofendidos. Con los
empleados de la casa tenía mucho crédito, porque había despuntado
por formal y trabajadora.
Al fin lograron llegar a la sala; y si Manuela causó novedad en
el concurso, principalmente en los hombres, la sala y su contenido
la dejaron admirada. Era grande el local, pero no tenía sino una
ventana y dos puertas, por lo cual y por la manía de bailar con
ruana muchos hombres, las parejas estaban a pique de ahogarse de
calor y falta de aire, como si estuviesen reunidas en el horno de
la ferrería de Pacho. La luz era suficiente, gracias a sesenta
velas de esperma con que estaba provista la sala. Los asientos eran
taburetes y escaños. Las señoras eran cincuenta o sesenta peonas de
los aliños, todas de traje de blanco, y todas muy bien surtidas de
oro. Los rostros eran morenos en la generalidad, siendo matizada la
mayoría por una minoría de una que otra blanca de Bogotá, de Ibagué
y de los pueblos altos de la banda oriental del Magdalena. Es
notable cómo; han cruzado las razas en estos pueblos. Ya no se veía
sino uno que otro tipo de las tres razas madres, la blanca, la
indígena y la africana. Había hijas de Llano-grande muy agraciadas,
indias de San Luis y de Coyaima, y morenas de Ambalema y sus
cercanías. Para que no faltase nada qué desear
|
estudioso de
la historia natural, allí había dos o tres ingleses puros que
paseaban por la sala en los intermedios o que observaban desde las
puertas.
Tocaron varsoviana y apareció como de los bastidores de un
teatro don Aniceto Rubio y sacó a Manuela con la más notoria
decisión, Mil elogios estallaron en favor de la
|mosca, como
decían los unos, y de la arribeña, como decían los otros, y todos
los ojos estaban fijos en ella. ¡Gracias a las cortas lecciones de
don Demóstenes, que si no, hubiera salido muy deslucida la
parroquiana! Un periodista hubiera dicho que Manuela había causado
furor, al ver los ademanes y las miradas de todos los hombres de
todas las condiciones y razas.
Eran pocas las lecciones de baile del alto tono que había
recibido Manuela, para igualar a las parejas de Ambalema,
ejercitadas en el arte y exentas de timidez y encogimiento, lo cual
es un obstáculo para que el baile adquiera todas sus perfecciones.
Era un baile asiático el de las manojeras en cuanto a los colores,
los trajes y la libertad. Todos eran dichosos, menos Manuela, que
tenía su corazón en la posada.
Luego que se concluyó la pieza, se salieron las dos paisanas por
el lado del patio, sin ser notadas sino de don Anicero, que las fue
a alcanzar para reiterar sus ofertas a la prófuga: habrían caminado
una cuadra cuando detuvieron el paso para ver en qué paraban unos
golpecitos que, al volver la esquina, estaba dando un cosechero. Al
fin abrió alguno con precaución y se alcanzaron a oír estas
palabras:
Vengo a ver si por fin me lo paga a cinco pesos. pero
pesado en la romana en que me vendió la sal el otro día, dijo el de
afuera.
A tres y en la de treinta arrobas, dijo el de
adentro.
Entonces, ¿qué gracia? ¿No sabe que el viejo Aniceto me
lo paga a cuatro? ¿Tabaco libre y a tres? ¡Ni pensarlo! Entonces
más bien me lo llevo para el caney.
No se afane. ¿No sabe que los guardas de don Aniceto se
hallan emboscados a la salida, porque le dieron denuncio?
Pues bueno, por ser a usted se lo dejo así.
Pero vaya ahora mismo y métalo por el lado del
zanjón.
¡Ah, pícaros! dijo don Aniceto, y el penitente salió
corriendo.
¿Qué significa tabaco libre, guardas, romana de a treinta
libras? dijo Manuela.
Es un cosechero que me está haciendo contrabando, teniendo
obligación de comprarme a mí la carne y la sal y de venderme todo
el tabaco que coseche.
Un canto lejano vino a sorprender el oído de las fugitivas del
baile cinturero, y Manuela exclamó con alegría:
|
| ¡Opita. el bambuco!
Es en Campo-alegre, dijo Matea.
Pues allá, paisana, porque eso no es de perder.
Se fueron las paisanas acompañadas de don Aniceto, atraídas por
las voces melodiosas del canto: al pasar por frente de un corredor
vieron a un hombre acostado, que tenía cerca un cabo de vela y una
vasija con agua.
¿Qué significa esto? dijo Manuela.
Es un peón enfermo que no tiene casa.
¿Y el hospital?
No hay.
¿Y con tantas cosas, y tantos dueños de tierras, y tanto
comercio, no haber un hospital para los peones inválidos? ¿Y por
otra parte, tabaco libre y contrabando? Explíqueme, don Aniceto.
¿Esta es la protección y la libertad que usted me ponderaba?
Es que usted no sabe la guerra que estos marchantes nos
hacen. El canto era de una peona de Llano-grande que hacía un primo
sin igual y de un peón de Ambalema que le hacia segundo,
acompañándose con el tiple. El canto era fluido, libre y sonoro y
lo favorecía el temple de la atmósfera de media noche y el eco de
los grandes edificios que se levantaban a los lados. Las armonías
que tiene el bambuco en sus mudanzas conmovían sucesivamente todos
los sentimientos de Manuela, haciendo pasar por su memoria los
recuerdos más dulces y las penas más acerbas de su corta edad.
Estaba hechizada la víctima de la parroquia, con una mano puesta
sobre el hombro de Matea y los ojos fijos en el suelo, sin mirar
nada, oyó los siguientes versos:
- Te dio la tierra caliente
- El garbo y los ojos negros;
- Te dio color la sabana
- Y hermosura te dio el cielo.
-
- Tus ojos son dos estrellas
- Y tus labios un coral;
- Tus dientes son perlas finas
- Sacadas del hondo mar.
Manuela no pudo contener un suspiro, y los hombres que estaban
más inmediatos la miraron con una curiosidad profunda, porque en el
suspiro de una bella creemos ver el prospecto de una historia, así
como pensamos que hay un dolor detrás de un quejido. El bambuco
inspira tristeza a los tristes, a los alegres les inspira alegría,
y el que se estaba ejecutando era grave y heroico en algunas de sus
mudanzas.
En estas funciones del pueblo descalzo es que puede hallar el
observador de costumbres la diferencia de las canciones importadas
de España y las canciones de la tierra caliente de Suramérica. Las
unas estudiadas en la academias con todas las reglas del arte, y
las otras, estudiadas en la garita, la canoa, la senda de la
montaña o el lavadero, sin más reglas que el sentimiento y la
inspiración. Desde el momento se notaría que el estilo de aquel
bambuco era blando, suelto, libre y armonioso como el canto del
|
toche que las hijas de las estancias oyen desde la infancia
en el platanar de su choza o en los árboles de su patio. La
insinuación era tierna y expresiva, alternando la calma con la
tristeza y el dolor. Los sonidos eran flexibles, muy armoniosos por
las influencias del clima que le da soltura y fluidez a la voz
humana en la tierra caliente, así como en la tierra fría endurece y
dificulta los órganos de la voz. En una salida de los niños de una
escuela dé Bogotá y la salida de los niños de la escuela del Guamo
o Espinal se puede observar el fenómeno. Los primeros rasgan los
oídos como la lima del cerrajero o los perico de copete colorado, y
los segundos en un alboroto forman un conjunto armonioso. El estilo
del canto de la esquina de la Factoría tenía encantados tanto a los
estancieros como a los bogas, tanto a los empleados como a los
peones, y esto prueba que agradaba.
El canto seguía; pero a Manuela la llamaba un tierno deber hacia
la posada.
Don Aniceto tuvo la bondad de acompañar a la viajera hasta la
posada, y en la puerta les conversó más de un cuarto de hora sobre
asuntos vulgares que lo mismo habría sido que los dejase para el
siguiente día. Matea, viendo esto se animó a decirle:
Usted como que no ha de querer entrar a visitarnos tan
tarde, ¿no verdad?
No tenga usted cuidado,
|misiá Matea, que yo no soy
de cumplimiento ¿no es verdad?
Yo creía que usted tendría gana de dormir.
Es mucho mejor gozar de la presencia de las bellezas.
Muchas gracias, dijo Matea, pero usted tendrá pensando
hacernos larga visita mañana, la que de mi parte le estimaré
muchísimo.
¡Mil gracias! Tendré la complacencia de venir mañana, sin
perjuicio de los momentos deliciosos que Manuela me conceda en esta
noche. Es tan agradable su conversación y sobre todo tan
instructiva en el ramo de la política, aunque su bandera es
distinta, porque esta niña es gólgota ahí donde usted la ve.
Sueño es lo que yo tengo y cansancio, dijo Manuela,
¿Es decir que ustedes me desairan la visita o que mi
presencia molesta
No, señor, dijo Matea: por el contrario, yo lo aprecio a
usted infinito.
Dámaso tenía deseos de que el negociado de la visita en cuestión
terminase sin su injerencia; pero viendo que iba a lo largo llamó a
Manuela. Al oír su voz, tuvo don Aniceto la pena de despedirse sin
hacerle a Matea la visita, aunque eran las doce de la noche.
Pronto pasaron las explicaciones y narración de Manuela para con
su compañero; el cansancio la obligó a solicitar su cama. Matea le
designó su hamaca, la desnudó de sus galas y se estuvo acostada a
su lado hasta que se durmió, que fue muy pronto. Luego que apagó la
vela, se acostó en una estera de chingalé, y es inútil decir que
sin cobijas, porque aun cuando las tenía muy buenas estaba la noche
tan ardiente que el vestido era un estorbo. La puerta quedó
abierta, porque no teniendo ni una sola ventana, el calor era
inmenso.
A la madrugada tuvo mucha sed la viajera de la parroquia;
prendió un fósforo, encendió la vela para buscar la jarra, y luego
que bebió, reparó que el cuarto estaba casi lleno de gente, porque
después que se había dormido habían entrado cuatro personas más sin
hacer ningún ruido. Juzgó que eran las compañeras de Matea y tendió
una mirada rápida sobre el campamento.
Junto de la puerta había quedado, sin estar estrictamente ni
adentro ni afuera, la socia de Villeta, que tenía mala cabeza y los
tragos le solían dificultar la llegada hasta su cama. Más adentro
estaba Luisa Nucurú, de cuyas aventuras tenía noticias Manuela: se
hallaba extendida sobre un costal de dos varas de largo, cuyo
tejido más ordinario que el anjeo le había marcado en el cachete y
el brazo, y estaba vestida de lujo. Contrastaba el color de tabaco
en polvo de su rostro con la blancura de su pañoleta de batista y
su traje de muselina: resaltaba el oro sobre su cuello y sus
orejas, y por una especie de sonrisa debida tal vez a la postura de
la cabeza, sus dientes bellísimos contrastaban con sus morenos
labios.
¡Pobre indiecita! dijo entre sí Manuela, más rica era
cuando vestía su ruanita y su manta poseyendo sus tierras de
Coyaima, que vestida de lino y seda! ¡Y qué joven y qué bonita!
La guamuna y la bogotana habían llegado seguramente a sus camas
con más tranquilidad que las otras, pues que se habían desnudado de
sus galas. Rufina estaba también dormida, pero llamaba a San Juan y
aguijaba su caballo, durante el sueño, según las palabras que
vertía. Manuela la llamó para que se acostase bien. Maten estaba
bien acostada, tenía una sábana muy fina por encima, y su sueño era
tranquilo. Dámaso también dormía con quietud, y sobre él fue que
reposaron por más largo tiempo los ojos de la observadora casual de
toda la escena.
¡Pobre! dijo Manuela; ¿que por un gamonal haya de estar
pasando trabajos!
Apagó la vela y se acostó en su hamaca, no volviéndose a
despertar hasta que sonó una campana, que despertó a todas las
compañeras de Matea, las cuales se vistieron de prisa, con enaguas
de fula, pañolón lacre de hilo y sombrero de murrapo, para irse al
gran caney de los aliños a tomar el trabajo desde las cinco y
media, con los primeros destellos del día.
Matea se interesó con su paisana para que no se fuera hasta el
día siguiente, a fin de que conociera la ciudad y sus curiosidades;
le ofreció no ir al trabajo por tal de acompañarla, añadiendo a las
razones de su petición el no estar enteramente deshinchado el pie
de Dámaso. En consecuencia de esto llevó Manuela a su paisana a
tomar chocolate a Campo-alegre, y en la misma calle donde las
peonas se desayunaban se sentaron junto de un brasero que una
ibaguereña manejaba; tomaron chocolate con almojábanas y queso;
luego entraron al caney de la Compañía de aliños, en donde alisaban
tabaco en un corredor solado con neme ciento cincuenta mujeres;
pesaban y enmanojaban ciento veinticinco, apartaban clases
enlistonaban y levantaban prensas más de doscientos hombres.
Manuela se quedó asombrada de la actividad de la gente, en especial
de las mujeres, que movían las manos con la ligereza con que las
tominejas mueven las alas, y que dejaban el puesto con repugnancia
cuando era la hora, por tal de ganar seis u ocho pesos en la
semana, sin que las arredrase ni el hambre ni la sed, ni el calor,
ni la fatiga. ¡Honor al fundador de la primera casa de aliños (don
Francisco Montoya), quien con sus cálculos comerciales, sus
recompensas al trabajo y su espíritu de orden mantuvo en el
interior de la república un plantel de especulaciones para los
ricos y los pobres...!
Los empleados se paseaban por los corredores de sesenta varas de
largo y Manuela preguntó a su paisana cuál era el amo de su
trabajo.
¿Amo? exclamó Matea, haciendo sonar uno de sus cachetes
con un puño que se dio. ¿Amo? De eso no se usa por aquí.
¿Cuál es el que las sacude con la zurriaga, pues?
Esta es la zurriaga que gobierna todas las cosas, dijo
Matea, mostrándole tres o cuatro fuertes.
¿Y aquí no hay trabajo de noche?
Suele haber: pero se alumbran con faroles todos los
salones, el patio, el zaguán y la puerta de la calle; aquí no se
sale ni se entra nunca en pelotón sino que las mujeres entramos o
salimos antes de los hombres. Lo mismo que en el trapiche de don
Cosme y de don Blas. Cosa muy parecida...
De allí condujo Matea a la bella parroquiana a la factoría que
dejaron hecha los españoles, que es un edificio sólido y muy capaz,
que sirve de oficina de aliño; pero del corredor se volvió Manuela
tapándose las narices con su pañuelo por el olor pestilente de las
garras podridas de los cueros y del neme con que se zuaquean las
petacas de cuero. En todas partes orden y actividad, y peones
esforzados y diestros en sus maniobras.
Después de almorzar, fueron al puerto de las balsas, en donde
estaba la ribera circunscrita por esos buques de exportación, que
se componen de balsos y guadua, y que no sirven sino para una sola
vez. Había balsas con corrales de cerdos, de ovejas, de gallinas y
piscos; los había de frutas y de otros víveres, siendo una cosa
curiosa la diversidad de figuras de las cubiertas, de los sombríos,
y de los corrales. Las dos amigas se provocaron con el olor de las
frutas, y preguntaron los precios de los mangos y de las naranjas.
El balsero se estaba bañando: desde la mitad del río hizo el trato,
de allí les botó las frutas que pidieron, y luego se aproximó un
poco a las compradoras para poder recibir la plata.
Por donde quiera recibía Manuela elogios a su hermosura, que le
tributaban en discursos mas o menos comedidos, desde los peones
hasta los magnates de la casa. Los galanteos de los bogas se solían
subir de punto, pero Manuela conocía su posición de descalza y
toleraba como todas las pobres.
Manuela ansiaba por bañarse; su paisana la llevó a un puerto
donde ella se bañaba, más arriba de la factoría vieja. Fue tan
agradable como dilatada a esta sesión, que no tuvo nada de secreta,
porque del lado de la ciudad pasaban las gentes por la ribera, y
del lado del río pasaban los barqueros y los balseros. Galanes
había que no omitían la ocasión de dirigirles sus obsequiosos
cumplimientos, que Matea sabía contestar con desenfado. La fama de
la nueva peona, le traía curiosos y aficionados por donde quiera.
Cuando pasaron las dos amigas con enaguas azules de fula, por toda
la calle, desde el río hasta el cuarto, llevando el pelo suelto
sobre sus pañolones colorados de algodón, fueron seguidas de
infinitas miradas.
Las asistencias y el agua se obtuvieron de una tienda vecina, y
Manuela descanso toda la tarde en la hamaca. Por la noche, hubo un
rato de conversación general de todas las socias; pero habiendo
salido a la calle Dámaso, Matea y las compañeras, Manuela se quedó
con la juiciosa Rufina. Después de un gran rato de conversación,
resultó que eran parientas; le preguntó cómo había venido de
Llano-grande, y Rufina le dijo:
A los quince años me hallaba yo bonita, alegre y
divertida, pero me quise divertir tanto que me pasé de lo mandado.
Los bailes de mi tierra son afamados, las fiestas son consecutivas
porque de un pueblo se pasa a otro, y el San Juan... eso no se
diga, porque hombres y mujeres, todo el mundo monta a caballo a
correr hasta cansar las bestias. Me pasé de alegre, como le iba
diciendo, y a poco los parientes y la familia me quitaron el cariño
y algunos hasta el habla, porque en mi tierra hay celo y hay
vergüenza, y hay cierto castigo para la que se porta mal, que
consiste en no hacerle caso, cuando ya echa por la calle de en
medio; a mí me sucedió que hasta los mismos que me hicieron odiosa
para mis parientes dieron en no hacerme caso y viéndome yo
menospreciada en mi tierra aunque estaba muchacha y buena moza
todavía, le pagué a un balsero para que cortara cuatro balsos bien
gruesos, los amarrara con bejuco y me trajera a Ambalema sin que lo
supiese ninguna persona. Yo apronté el fiambre y una mudita de
ropa; él su palanca y su tiple, y me embarqué en el Magdalena,
llorando por mi madre, por mi tierra y por uno de los mismos que me
habían menospreciado.
Cuando llegué al puerto de la Factoría, mi boga se despidió y
cortó los bejucos de los balsos, para que se fuesen río abajo. Me
bañé para mudarme la uniquita muda que traía, a poco bajó la niña
Matea y nos lavamos juntas, conversamos y nos hicimos amigas, me
trajo a ese cuarto, me hizo sacar ropa fiada de la casa de los
aliños, saliendo de fiadora mía y me llevó a los caneyes. Pero no
estoy contenta, pienso en mi familia y en mi tierra; he juntado
cien pesos de mi trabajo y de una rifa, me voy a pasar el San Juan
a Llano-grande, después me pondré una estancita y viviré con
arreglo. Creo que Dios me ha tocado al corazón.
Esa noche durmió Manuela tranquilamente. Dámaso se mejoró del
pie y hubo más novedad, sino que dos compañeras no se quedaron en
el cuarto pero volvieron a los tres cuartos para las seis.
El viaje estaba resuelto; después de estar todo dispuesto se
despidieron Manuela y su compañero; pero al salir de la puerta les
intimó la orden de prisión un comisario acompañado de cuatro
gendarmes y a empujones fueron a dar a la cárcel.
El calabozo que le tocó a Manuela era obscuro aunque tenía una
ventana que daba a la plaza, y su primer acto de desaliento fue
dejarse caer sentada en un rincón y ponerse a llorar por algunos
minutos. No había sino una compañera de posada, de la que no hizo
caso por entregarse a sus lamentos.
A poco tiempo llegó un esbirro a perturbar las meditaciones y
los suspiros de la víctima, diciéndole que lo siguiera, y fue
conducida delante del tribunal del crimen a dar su declaración. El
juez estaba sentado en una silla de brazos, sobre un teatro que se
levantaba vara y media sobre el piso de la sala, a Manuela le
señalaron por asiento un banco, sobre el cual temblaba como
gelatina, y su semblante estaba desfigurado por el miedo que la
poseía. El juez le dijo;
Está usted acusada de complicidad en el robo de una mula
y denunciada como prófuga de su parroquia. Responda usted a todas
las preguntas sin faltar a la verdad. ¿Como se llama usted?
María Manuela Valdivia.
¿De dónde es usted?
De la parroquia de...
¿Su oficio?
Amasar, revolver y hacer velas para la tienda.
¿Usted es casada o soltera?
Soltera; pero vine con intenciones de casarme aquí.
¿Por qué se vino usted de su tierra?
Porque un gamonal me perseguía y para los gamonales no
hay justicia.
Responda usted a lo que se le pregunta y nada más ¿con
quién se vino de su tierra?
Con un hombre que se llama Dámaso.
¿ Que es de usted Dámaso Bernal?
Es el que va a ser... mi marido; y si no hubiera sido por
el gamonal nos habríamos casado.
Responda usted a lo que se le pregunta. ¿Usted vino a
caballo?
No señor, vine en una mula que le alquilaron a mi
compañero.
¿De qué color es la mula?
Retinta.
¿Qué fierro tiene?
No lo vi.
¿En dónde posó usted el día antes de llegar al
puerto?
En la Ceiba.
¿Con quién habló usted en la Ceiba?
Con mi tocaya y con don Aniceto Rubio, que estaba
acostado en la hamaca.
¿De qué conversó usted en la Ceiba?
Del familiar y de la política.
¿No más?
No más.
Luego que los sayones volvieron a encerrar a la desdichada
víctima, sacaron a Dámaso de su calabozo, y sentado en el mismo
banco, respondió a las siguientes preguntas:
¿Quién trajo a Manuela Valdivia a Ambalema?
Yo.
¿A pie o a caballo?
A caballo en una buena mula retinta.
¿Que fierro tenía la mula?
Dicen que es una K.
¿Luego usted no lo ha visto?
Yo no conozco letras.
¿De dónde hubo usted esa mula?
De don Atanasio Gómez, que me la alquiló.
¿Manuela Valdivia es casada o soltera?
Soltera como tantas solteras que están viviendo en esta
ciudad sin que nadie les pregunte por qué camino han venido, y ella
se casará conmigo muy pronto.
¿En dónde posó usted la noche antes de llegar aquí?
En la Ceiba.
¿Con quién conversó usted?
Con la niña Manuela Villar.
¿Usted no habló con algún caballero?
Creo que en la hamaca había un hombre de los de la clase
de botas; pero no hablé con él ni le vi la cara.
Después de confesionados los presos, duraron tres días
sin que los jueces los volviesen a interrogar. Matea era la que no
cesaba de acudir a la reja por la tarde y por la mañana. Por
conducto de ella consiguió de un empleado veinticinco pesos
prestados a rédito por un mes, a razón de real diario por cada
peso, para subvenir a los gastos más necesarios.
El sayón que custodiaba los presos le avisó a la víctima de la
parroquia que bien podría tomar fresco a las horas de la noche que
quisiera en la reja, porque un señor le había sacado la licencia, y
que ese señor le haría una visita cuando no hubiese gente por las
inmediaciones.
De consiguiente, Manuela no se quitaba de la reja, esperando la
brisa fresca de la madrugada y la cita de un aristócrata, porque
señor quiere decir un grande en la Nueva Granada. No había más luz
en la cárcel de mujeres que la del cigarro de Manuela, ni había
quién oyese, porque su compañera dormía con suma tranquilidad,
después de haber cometido un asesinato, pues con las revoluciones
aprenden las gentes a quitar la vida a sus prójimos , con la misma
facilidad con que las cocineras quitan la vida a los pollos. La
víctima se afligía más de ver pasar los grupos de gente libre y de
oír cantar el bambuco en algunas tiendas. El bambuco la hacia
llorar recordándole su tierra, su familia y sus mejores ratos.
¡Cuántos reos de crímenes atroces, decía, se estarán
paseando, mientras que yo me hallo sumida en un calabozo, y
mientras que mi huésped de la Parroquia no cesa de elogiar la
igualdad de la Nueva Granada!
A tiempo que la luna se ocultaba detrás de las colinas que
cercan a Ambalema, se acercó un individuo de vestido blanco y le
dijo:
¿Cuánto siento la desgracia de usted, hermosa joven!
Mil gracia , señor, dijo la prisionera, y reconoció la
voz de don Aniceto.
Creo que puedo salvarla.
¡Tanto se lo agradezco, señor don Aniceto!
No hay puerta que no se abra con llave de plata.
¡Ay,
|
qué gusto! ¿Cuándo, don Aniceto?
Puede usted salir dentro de media hora y seguir en el
momento al caney de Guayabo con la persona que la saque. Allí no
sabrá nadie de usted y lo pasará divinamente, ¿está?
¿Y Dámaso?
El puede marchar a la noche en un barquetón que mi casa
despacha para Mompós con tabaco superior de plancha libre. ¿me
comprende? y yo lo recomendaré, con una carta.
Entonces si no hay otro recurso me espero a la noche y me
voy para Mompós.
¿A esos temperamentos?
A morir donde él muera, porque así lo tengo jurado.
Son exageraciones. En el Guayabo queda usted muy
bien.
¿No podrá ir Dámaso al caney?
Eso de abrigar encausados es muy delicado para los dueños
de tierras..
No tanto, don Aniceto. Bien que les gusta servirse de los
encausados y hasta de los reos que sacan de las cárceles porque les
sirvan de balde.
Pues le hablo a usted con franqueza. ¿me entiende usted,
las cosas no estaban preparadas sino de ese modo.
Pues le doy las gracias. Aquí me quedaré; o iré a la
reclusión de Guaduas, o iré al cementerio a descansar para siempre,
si la fiebre me da estando en este calabozo.
No piense usted en esas cosas, preciosa Manuela. Yo estoy
pronto a servirle. Cuente usted conmigo. Piense usted el asunto y
mándeme a decir con Matea su resolución. Ante todo yo he venido a
decirle que me nombre su defensor en la causa. Adiós, yo volveré
por acá.
Pronto estuvo concluida la causa de hurto y rapto, y se presento
un oficio al juzgado en que un individuo reclamaba a la joven
prófuga y la mula, presentando los poderes auténticos de los jueces
de la parroquia.
Se hizo comparecer a Manuela para notificarle la resolución, y
estando en el juzgado, entró el apoderado que debía hacerse cargo
de ella. Era don Tadeo.
Manuela se puso pálida y no se sabía qué indicaban sus
facciones, si rabia o espanto.
Usted queda bajo el poder de este señor que la ha
reclamado con poder especial, le dijo el juez a Manuela.
Es el enemigo que me perseguía en la parroquia, señor
juez; es el gamonal más depravado y más infame. Los documentos que
haya presentado son falsificados por su propia mano, porque el sabe
falsificar todas las cosas de los juzgados. Cuando me vine de la
parroquia quedaba triunfante de las autoridades; cuando yo venía
por el camino pasó huyendo porque ya se le había vuelto el Cristo
de espaldas, y ahora pretende apoderarse de mí, lo que no había
logrado con ofertas, ni con amenazas, ni con leyes del cabildo, ni
con perseguirme últimamente con los comisarios y los policías. Yo
vengo huyendo desde mi tierra por escaparme del poder de este
tirano, y ¿tendrán valor los señores jueces para entregarme en sus
manos?
No pudo continuar la víctima porque los sollozos y lágrimas la
ahogaban, y entre tanto que se reponía, pidió don Aniceto que se
acotejasen las firmas de las autoridades de la parroquia estampadas
en algunos documentos oficiales, y declaró el secretario y adjunto
que las firmas y la letra eran autógrafas.
Queda, pues, la prófuga a cargo del señor Tadeo Forero,
dijo el juez, y mandó extender la diligencia por escrito.
Manuela alzó las manos al cielo, y dijo:
Conozco que sólo Dios puede librarme de este tirano.
El comisionado se había levantado del asiento y le instaba para
que siguiese. Manuela miraba a los jueces y a la barra, parecía que
meditaba en algún arbitrio supremo, cuando entró Matea al juzgado,
y temblando de angustia y precipitación, exclamó:
Señores jueces, que se detenga un minuto la resolución.
Traigo aquí una carta que sirve para aclarar este asunto, y pido
que se lea.
Que se lea, dijo el juez. no hay inconveniente
ninguno.
El secretario leyó, y el papel decía lo siguiente:
"Parroquia de ***
Señor
- Judas Tadeo Forero
- Mi apreciado amigo:
Va el portador con el objeto de que usted se retire
inmediatamente de Ambalema, porque las cosas se están poniendo muy
malas: volvieron los hacendados a coger la causa que se siguió
contra usted por el robo de caballos, y por abusos de autoridad y
qué sé yo qué más diabluras. Parece que Manuela y Dámaso se fueron
para ésa, sin saber que habíamos roto las puertas de la cárcel unos
cuantos amigos para sacarlo a usted y al denodado Juan Acero.
Escóndase usted debajo de la tierra porque van a mandar
requisitoria. Mande a su afectísimo compadre y socio que besa su
mano.
|
Matias Urquijo".
¿Y cómo prueba la señora Matea que es auténtica la
carta?
En el archivo, número 6 letra B hay comunicaciones de esa
parroquia, y existen unos oficios pidiendo unas mulas de las
expropiadas durante la revolución del señor general Melo, y están
escrita, y firmada por el señor Urquijo, como alcalde parroquial,
dijo don Aniceto.
La firma es la misma, dijo el secretario después de
registrar el cajón número 6.
Hay un indicio grave, dijo don Aniceto. contra Judas
Tadeo Forero, y pido que se le prenda mientras que se pone un posta
a esa parroquia dando cuenta de lo sucedido. y entre tanto la mujer
acusada de complicidad en el robo de la mula debe excarcelar y yo
la fío de cárcel segura con tal que vaya depositada al caney del
Guayabo, que es una casa bien caracterizada.
¿Y qué se hace con el acusado por el hurto y rapto? le
preguntó el secretario al señor juez.
Que siga en la cárcel hasta que pruebe cómo ha adquirido
esa mula.
Yo quiero quedar en la cárcel, señor juez, favor que pido
como desgraciada, como perseguida, y como débil. Yo deseo
permanecer en la cárcel todo el tiempo que tarde en aclararse este
asunto.
Yo me opongo, dijo el defensor, porque sería una
injusticia de que se hablaría después, y con razón. Estoy por el
depósito..
Se quedó el juzgado en silencio por unos minutos. Conferenció el
juez en el solio con uno que otro que se acercaba, mientras que
Manuela estaba sentada en el banco, sostenida por Matea porque ya
no podía resistir a los golpes diversos que estaba recibiendo. Al
fin dio el juez la sentencia de este modo:
"Hágase cargo de la acusada el señor Aniceto Rubio con
tal que la deposite en una casa de respeto. Permanezca preso el
acusado, mientras que vuelve el posta de su parroquia y del juzgado
del circuito; quede en calidad de retenido el señor Judas Tadeo
Forero, y lo mismo el señor Juan Acero
Manuela se resistió a salir de la cárcel, y conmovidos los
jueces de sus lágrimas, le concedieron veinticuatro horas de plazo.
Consultada por Matea sobre su resolución, le contestó:
Prefiero estar junto de Dámaso, aunque sea con una pared
de por medio, y escuchar sus recados por medio de usted y oír el
murmullo de su voz; prefiero el encierro de este calabozo a la
molestia de oír los ofrecimientos y las propuestas que me vengan a
hacer los protectores de la humanidad; y con respecto a los
ofrecimientos de don Aniceto yo le digo la verdad, que no sé a cuál
le tenga mas miedo, si a don Tadeo o a Don Aniceto: porque hay
ciertos dueños de tierras que creen que tener un puñado de tierra o
mundo de tierra los autoriza para decidir de los precios de las
cosechas, de la suerte y del honor de las estancieras y de las
sentencias de los jueces. Te digo la verdad, Matea, que de un dueño
de tierras déspota y
|
arbitrario y un gamonal astuto yo no sé
con cuál me quede. Por eso he pedido por favor que me dejen en la
cárcel. Y por otra parte, quiero librarme de las impertinencias de
mis apasionados, si es que no me obligan a ponerme bajo la
autoridad del dueño de tierras. ¿Qué haría con el cuarto ocupado a
cualquier hora por todos los que tuviesen a bien visitarme? ¿No
sabes que los proteccionistas o protectores nos tratan poco más o
menos a las descalzas, aunque en esta clase no faltan algunas que
sean honradas: o es que es pensando en los cuentos de la igualdad
también como mi huésped Demóstenes?
Manuela fue restituida al calabozo por favor del juez, que se
compadeció de su suerte y de sus lágrimas. Matea dio cuenta de todo
a Dámaso por la reja de la cárcel, don Aniceto se mostró muy
admirado de la estupidez de Manuela y seguía empeñado en proteger a
la cómplice del delito de hurto, cuando se apareció en el puerto un
amigo viejo de Matea, la cual lo conoció al saltar de la barqueta y
le preguntó el objeto de la ida, y éste después que le pasó la
sorpresa de ver a la hija de la manca Estefanía adornada de
panderetas y sortijas de oro, y de muy buen vestido aunque no
estaba de tiros largos ese día, le dijo:
Vengo de posta a traer las requisitorias para que metan a
la cárcel a ese pícaro de Judas Tadeo y al infame ladrón de Juan
Acero.
Matea condujo al posta al juzgado, y con gritos que fueron oídos
por don Tadeo y por toda la gente, iba diciendo:
¡Viva la justicia del cielo! Aquí están las requisitorias
para prender a Tadeo Forero y a Juan Acero, como reos prófugos!
¡Viva mi paisana Manuela!
La gente se agrupó en los corredores y salas del juzgado, y en
presencia de todos dijo el juez:
Queda libre Dámaso Bernal de todo cargo, queda expedita
Manuela Valdivia para tomar el camino que quiera. Tadeo Forero y su
compañero Juan permanecerán en la cárcel como reos prófugos
convictos de horrendos delitos en su tierra.
Don Tadeo presentó un escrito atestado de citas de la
Recopilación Granadina, protestando contra la sentencia, tratando
de tiranos a los jueces y de muy poco premunidos contra las
influencias de los señores feudales, y por eso fue puesto en el
cepo con dos agujeros de por medio,
Manuela compró unas piezas de loza de porcelana para los regalos
de las amigas, guardó en su petaquita de vena de palmicha la
sortija de oro que Matea le mandó a su hermana Rosa, se despidió de
Rufina y de las otras compañeras, y bajó con Dámaso y Matea al
puerto de las balsas, y allí se embarcó, después de mil abrazos y
de mil protestas de gratitud para con la generosa y decidida Matea,
que tanto le sirvió en sus trabajos.
Al ocultarse Manuela detrás del amarillento barranco del puerto
se paró en la margen e hizo el último saludo a Matea batiendo su
pañuelo, a lo cual contestó su libertadora agitando su pañolón
colorado, que se quitó para el efecto.
Ahora nos resta explicar algunos acontecimientos como por vía de
apéndice.
La carta del señor Matías Urquijo, que unos salteadores debían
tener en su poder, según el testimonio de
|ñor Elías, no
estaba sino en el poder de
|ñor Dimas, y éste, viendo que
pasaban tres días sin que sus parroquianos volviesen de la ciudad,
temiendo que la fiebre ambalemera, como la llamaba él, hubiese dado
cuenta de ellos, dejó muy recomendada la mula que estaba cuidando,
y pasó el río, y por señas fue a dar al cuarto de su paisana Matea;
y sabiendo en las que andaba su pobre paisanita, le dijo a Matea
que él tenía una carta para don Tadeo, que tal vez daba algunas
luces sobre el asunto, y por eso fue que ella corrió al juzgado a
presentarla.
Manuela volvió a posar a la Ceiba, y allí le refirió a su tocaya
todas las bondades del dueño de tierras, esto es, de don
Aniceto.
|
|Ñor Dimas arrimó de pasada a recoger los garrotes de
guayacán pero no lo halló, y después de observar con cuidado,
concluyó sus cálculos jurando para sus adentros que su compadre le
había hecho el contrafómeque, a pesar de haberlos dejado
traspuestos y muy bien escondidos.
Volvió Manuela a la posada de la choza de las tres hermanas. El
sordomudo le dio a entender que las mulas que habían pasado la
noche que ella se quedó en la casa las habían vuelto a pasar para
el lado de la sabana y que un hombre había pasado con tres garrotes
de guayacán al hombro.
Tuvo la destreza de darle a entender que era muy linda, que él
se iba a quedar muy triste por no poder acompañarla y en suma, que
estaba enamorado de ella. No sabemos si los sordomudos y los
simplemente bobos tienen más pronunciado el órgano del amor, o es
que el ocio de sus facultades mentales y de sus fuerzas físicas los
inducen a la galantería.
En la parroquia se acababa de saber que Manuela había sido
precisada a huir para Ambalema y era extremado el afán de doña
Patrocinio, de don Demóstenes y de todos los de su partido: pero
supieron su llegada con anticipación de cinco horas y la esperaron
con voladores y música. Era el triunfo del partido a fuerza de
persecuciones y de alboroto: Manuela se hizo la víctima parroquial,
que representaba las ideas de todo un partido, que al fin se llamó
manuelista por la misma razón.
Llovieron los parabienes y las visitas en la casa de la señora
Patrocinio, y hasta el cura se congratuló con sus vecinas por la
pronta vuelta de la novia perseguida; pero le hizo presente a doña
Patrocinio la conveniencia del casamiento dentro de quince días a
lo sumo.
La libertad se sentía, se palpaba en la parroquia aunque los
hacendados gobernaban, porque habían verdaderas garantías, las que
dan la justicia la moderación, la inteligencia y la decisión por la
estabilidad de las sanas doctrinas, y de la paz ante todas las
cosas. Había caído la república ficticia de don Tadeo, que no era
otra cosa que la tiranía encubierta con el velo de la democracia,
porque tal había sido la astucia de aquel gamonal. que por
desgracia no es el único en nuestros pueblos.