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Capítulo XVI
El asilo de la montaña


La estancia de |ñor Dimas estaba hundida en la obscuridad de la noche, que una nube aumentaba terriblemente, cuando pasaba Pía del fogón al aposento con un tizón encendido, y vio un bulto que atravesaba el pequeño patio, sin que el perro que dormía debajo del alar hiciese otra cosa que dar unos gruñidos.

— ¿Quién viene por ahí? dijo Pía.

— Soy yo, que vengo a buscar al amigo Dimas para ver si me compra un buen perro de cacería.

— ¿Y por qué camina usted tan tarde?

— Fue que me entretuve un poco allí abajo en la casa de |ñor Juan Bautista.

— Pues él no está aquí esta noche; pero entre, y si quiere lo espera hasta mañana.

— ¡Dios se lo pague!

— ¿Y quién es usted?

— ¿Conque ya no me conoce? ¿No se acuerda de que bailamos juntos en las fiestas y de que le regalé una sortija?

— No hago memoria, porque la sortija que tengo fue mi comadre Manuela la que me la regaló. ¡ Pobre mi comadrita, que como eso no hay nada en el mundo! Yo la quiero más que si fuera mi hermana.

— ¿Y a mi que tanto me quiere?

— ¡Quién sabe!

Una pequeña llamarada de los tizones alumbró la cara del supuesto comerciante de perros, y apretándolo Pía con sus brazos dio un grito, diciendo:

— ¡Mi comadre Manuela!

— ¡Comadre Pía! contestó Manuela, porque ella era, y se quedaron abrazadas por un instante.

— ¿Qué es esto, comadre?

— Huyendo vestida de hombre para no ser reconocida.

— ¡Y que me engañó completamente! ¿Qué ha sido? Cuénteme comadre; pero entre y siéntese; múdese con mi ropa si quiere.

— Yo traje ropita en este lío. Déjeme así, comadre.

Entró Manuela, saludó a |ñuá Melchora, que estaba en la cama, preguntó por todos, bebió guarapo, y se fue a sentar debajo del papayo grande; y después de encender tabaco ambas comadres, comenzó Manuela su relación.

— Usted sabe, dijo a Pía, lo que el tirano me persigue.

— ¿Todavía no se deja de eso?

— Ni se dejará nunca, porque después de los agasajos y ofertas, se ha seguido el terror, figurándose que por el miedo yo lo he de querer.

— ¡Viejo pícaro!

Manuela hizo a su comadre una relación de los sucesos que ya conoce el lector, y acabó diciendo a Pía:

— Ahora me he venido a ver si mi comadre me da asilo aquí en su montaña.

— De mil amores, comadrita de mi corazón. En esta montaña no la coge nadie, y por lo que es la manutención no nos faltará carne, mazorcas, plátanos, guarapo y ají. Lo que me admira es que una persona de buena vida como usted tenga que estar escondida y que dejar la casa y la familia.

— ¿Pero qué quiere, comadre, cuando toda la parroquia está al arbitrio de un gamonal, por falta de leyes y de gobierno? ¡Y a esto lo llaman libertad, progreso y civilización! Si usted oyera a don Demóstenes... da gusto oírle hablar de las garantías y los derechos.

— ¿Y él no hará por usted alguna cosa?

— Me ha ofrecido que él acusará al Rodín de la parroquia, como llama al viejo Tadeo.

— ¡Es tan bueno el cachaco! Aquí suele venir de paso para la montaña. y me divierte con sus |conversas. Y dígame, comadre Manuela, ¿usted ha sabido de Dámaso?

— Esta noche lo vi.

— ¡Qué fortuna, comadre!

— Y ojalá que nunca lo hubiera visto, porque después de separarse de mi, lo sorprendí, por mi desgracia, conversando con la Cecilia. y nadie me quita de la cabeza que se quieren, por lo poco que yo oí.

— No lo crea, comadre: es que lo blanco nos parece negro cuando tenemos celos. Ya verá cómo no dilata en venir a verla.

— No necesito, dijo Manuela, llorando; y varió la conversación.

Hasta pasada la media noche se estuvieron conversando las dos comadres a la sombra del papayo, y de allí pasaron a procurarse el alivio del sueño que es el mejor remedio contra las penas. Pía le sacó a la enramada una estera de calceta de plátano y le tendió cama junto a la piedra de moler. Manuela no había podido dormir en el zarzo en la noche anterior por el ruido de los ratones y el miedo de que la cogiesen los policías. y en esta noche se desquitó durmiendo tres horas seguidas, aunque al descubierto en una enramada.

Al amanecer convidó a su comadre, la guardiana Pía, para que pasase con ella las horas en que había que cuidar la labranza, y dándole a llevar una mochila con un calabazo de guarapo y otros enseres sumamente necesarios, y montando ella en el cuadril a su niño de cuatro meses, y llevando en su mano un tizón encendido, emprendieron la travesía de la choza a la labranza por una senda enteramente obstruida por las ramas y los bejucos.

Así que llegaron a la roza prendió Pía una gran hoguera, cuyo humo al lado de la grita o plataforma de palos daba una vista triste pero solemne; acomodó luego a su hijito en una cuna que colgaba de las ramas de un guamo florido, como los nidos de las guapas que se mecen al arbitrio de los vientos de la montaña, y se subió con una |cantada de piedras a la garita. Manuela también subió, y juntas esperaban el ataque de los animales que debía comenzar con los primeros rayos del sol, calladas y con los ojos fijos en las orillas de la labranza. Era triste el cuadro si no imponente. Los botundos y nogales más estupendos y los bejucos y ramazones rodeaban el teatro; las dos jóvenes permanecieron en silencio sobre una plataforma de cuatro varas de altura, mientras que se mecía blandamente la cuna de la inocente criatura; más allá se levantaba una columna de humo sutil que salía de una hoguera. Nada más parecido al estado primitivo de la naturaleza que este agreste cuadro; mas las dos personas que figuraban en él tenían el corazón desecho en lágrimas, derramadas por los sufrimientos que en otras partes son resultado del gran refinamiento del lujo y de la civilización. Nuestras dos heroínas estaban sufriendo los resultados de los grandes crímenes, sin haber disfrutado los goces de los pueblos cultos, que es lo que sucede cuando se desmoraliza a los pueblos antes de civilizarlos.

Pía llevaba un pequeño sombrero de trenza de palma, hecho por su madre: y lo estimaba tanto que lo usaba a pesar de faltarle un retazo del ala, que se le había quemado por soplar la candela con él; sus enaguas de fula le quedaban muy cortas por lo viejas y maltratadas; su camisa de bogotana no se hallaba en mejor estado; pero la cubría el gran pañuelo que le bajaba desde los hombros. Las lindas facciones de la guardiana habían perdido su brillo por estar criando y por la pobreza; pero su habla era siempre dulce y sonora, y hasta sus gritos eran sumamente apacibles. todos los adornos de Pía consistían en un cintillo de cuentas azules de vidrio, una sortija de cobre y unos zarcillos de estaño que ni aun eran iguales. Manuela había tomado en la choza un sombrero nuevo de palma y estaba de enaguas de pancho fino y de camisa bordada; pero su semblante a pesar de sus últimos desvelos y sus últimas lágrimas no estaba marchito, porque no presentaba las señales de las enfermedades ni de los vicios.

De repente se levantó Pía, y haciendo girar la honda, prorrumpió con unos gritos que se oían hasta media legua de distancia:

— ¡Ah condenados de los infiernos! ¡A tragar a otra parte, que aquí no se siembra para los ladrones! ¡Ah cochinos de los diablos!

Eran los micos que habían asomado a la orilla de la roza en número de veinte o treinta, y Pía les tiró varios hondazos, con lo cual les hizo volver caras. Vinieron en seguida algunos cuarenta o cincuenta pericos que son de la familia de los papagayos, y se sentaron en la mita de la roza, pero con la primera pedrada tuvieron para volver a volar levantando una vocería de lo más espantoso, muy propia para confirmar la aserción de Humboldt cuando dice, que el ruido de los torrentes es ahogado en algunas partes de la América del Sur, por el ruido que hacen los papagayos con sus chillidos. A todos estos gritos agregaba los suyos la guardiana, diciendo:

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|— Urria, condenados! ¡Largo para otra parte! ¡Urria demonios!

Las ardillas habían logrado invadir las cañas de maíz y asustadas con las pedradas, saltaban de mata en mata con el rabo extendido sobre la cabeza, y con los rayos del sol parecían adornadas de hermosos plumeros. Pronto estuvieron sobre ellas las piedras y las maldiciones, entrando Manuela en la lid tirando piedras con la mano y diciendo palabras feas por imitar a su comadre; porque Manuela, que no había vivido en los trapiches ni había sido guardiana, no estaba enseñada a decir insolencias, sino cuando más a oírlas en la tienda por precisión, y a hacerse la desentendida, como les sucede a todas las venteras y a todas las señoras de los trapiches.

Las guapas también acudieron a mortificar a Pía descendiendo de un botundo muy elevado en donde tenían una docena de nidos colgados como lámparas, de los cuales ninguno bajaba de vara y media de largo; pero pronto desplegaron sus plumajes de oro replegándose a su colonia, aterradas por los gritos y las pedradas de la inexorable Pía. Los pericos y las guacamayas revoloteaban y cambiaban de puestos con un ruido formidable, y las voces de las dos guardianas y el llanto del chiquillo de la cuna, formaban en la roza un estruendo que es imposible comprender sin haberlo oído. Pía representaba en su garita el papel de un presidente de la Nueva Granada, y los animales hambrientos de todas pintas y clases representaban lo que se llama el partido de la oposición, sólo con la diferencia que aun cuando le comían a Pía algunas mazorcas, no la podían derribar.

Ya había calmado un poco el combate cuando dirigió Pía la vista a un ocobo seco por los ardores de la última quema, el cual estaba cubierto, en vez de las hojas que había perdido, por la bandada de guacamayas, que reverberaban con sus colores vistosos, a tiempo que se ocupaban del aseo de sus plumajes, usando para ello de sus encorvados picos. Pía puso la piedra en la honda, se paró muy derecha poniendo el pie izquierdo en la última vara de la orilla de la garita, disparó la honda con el brazo derecho, y partió la piedra zumbando por los aires como una bala de rifle, y dando contra un cascarón casi despegado del ocobo, sonó de una manera espantosa. En el acto se levantaron todas las guacamayas muy asustadas llenando el aire de colores vistosos. Pía las seguía con sus maldiciones.

Las guacamayas se levantaron en orden, de dos en dos, como lo tienen de costumbre. Dieron unas vueltas sobre la roza y, aterradas por los gritos de las guardianas, se dirigieron sin perder la formación a la roza de Juan Bautista, que estaba a media legua de distancia; pero encontrando sobre las armas al guardián, que era un esforzado mocetón, se encumbraron un poco más, y emprendieron la marcha directa por el valle abajo, gritando sin cesar: |guaaa, guaaa, guaaa, en busca de otros bosques y de otras sementeras menos defendidas que la roza de |ñor Juan Bautista, o de bosques desploblados, así como parten de los puertos del Viejo Mundo los buques de los emigrados o de los conquistadores, en busca de tierras mal cultivadas y peor defendidas por sus aborígenes más o menos desidiosos.

Ya se habían perdido de vista las guacamayas, cuando reparó Pía en unos tres micos que se habían quedado emboscados entre las ramas de un cedro de los más encumbrados de la orilla de la labranza. Uno de ellos se entretenía en dar golpes a una mazorca contra el gajo del palo, en el cual estaba muellemente sentado; otro en descascarar su presa, y otro en atisbar todos los movimientos de la guardiana. Pía los asustó con un hondazo y con sus gritos acostumbrados, y entonces se fueron caminando por los gajos de los suscas y nogales encumbrándose cada vez más, pero sin aflojar de sus manos las mazorcas que habían adquirido a pesar de las malas razones de Pía y de sus balas perdidas.

Luego que la roza estuvo tranquila, se encargó Manuela de asar unas mazorcas y unos plátanos para el almuerzo, mientras su compañera cogía hoja de maíz para un caballito que tenía su padrastro, tal vez asilado por causa de las persecuciones de la justicia, y sacaba al sol | un poco de quina tuna que había bajado de la montaña fría, mas no hizo esto sino después que le dio de mamar al niño, y le llevó agua y leña a su madre, que no podía salir de la choza.

El almuerzo de las guardianas fue una guacharaca que había cogido Pía en una de las jaulas, plátanos, mazorcas y guarapo, sin omitir el ají, que a la mostaza de los pobres.

Después del almuerzo fue convidada Manuela por su comadre a dar un paseo por todas las trampas, y a pocos pasos encontraron un mico que, habiendo metido la mano en un calabazo para sacar el maíz que contenía, se quedó preso por no querer soltar los granos. Es de advertirse que el calabazo estaba bien asegurado con unas estacas. Pía cogió un palo grueso en el momento que lo vio y se le dirigió pronunciando esta sentencia:

— ¡Ahora mismo te mato, demonio ladrón!

— ¿Qué es lo que va a hacer, comadre? le dijo Manuela al verla llena de rabia.

— A matar este demonio.

— ¿Y no le da lástima? Vea que don Demóstenes me ha dicho que es malo matar a estos animales que se parecen a nosotros.

— A él será que se parecen. ¿Y todo lo que me hacen rabiar a mi y todo lo que se roban?

— Pero no lo mate, por el amor de Dios, que una golondrina no hace verano.

— ¿Y qué quiere que haga con él? ¿Qué hace usted con una pulga que coge en los dedos o un ratón que coge en la trampa? Y que si yo mato a este condenado, y lo pongo colgado de una pata en el lugar por donde entra toda la manada, usted verá cómo se destierran.

— Entonces come más de lo que come ahora, y como es viejo, dificulto que se amanse. Mírelo cómo no afloja la mano, aunque le pego en el codo.

— ¡Se querrá volver rico! ¡Pobre! no lo mate.

Pía cedió a los ruegos de su comadre, le cortó las orejas y lo soltó, diciéndole a la defensora:

— Verá cómo viene mañana con todos los otros ladrones; pero, en fin, mi comadre merece ser atendida.

Más adelante hallaron dos corcovados en una jaula. Estos son unas aves que parecen pollos finos de gallina, cantan en los veranos a dúo, articulando al parecer la palabra |corcovado: en otra encontraron un paujil, de manera que se vieron con un acopio de más de ocho libras de carne para la casa.

Vueltas a la garita las dos comadres, se metieron debajo del guamo; Manuela desplegó su costura que había llevado en una petaca, y sacudiendo un pañuelo que estaba dobladillando, lo aseguró por un costado debajo de la pierna, por falta de un alfiler. Pía descolgó unos cadejos de fique, y se puso a torcer hilo de lazos en la planta del pie izquierdo, que levantó sobre la rodilla, dejándolo puesto en la forma de un lavadero. Estos hilos que torcía Pía se doblan y se retuercen, formando una cuerda gruesa que se llama lazo, siendo un género de mucho consumo en la Nueva Granada. Las fibras del fique se sacan de unas hojas largas de cierta planta del género |cactus.

— ¡Ay! exclamó Manuela, después de un rato de silencio: ¡no hay en toda la parroquia una mujer más desdichada que yo!

— ¿Y yo, comadre? repuso Pía

— Usted habrá padecido por boba, o quién sabe por qué; pero yo...

— Pues en eso de boba hay su más y su menos, respondió Pía; así es como se condena a la gente, sin estar en autos. Yo pongo a la mujer más sostenida y más juiciosa en un trapiche, a la edad en que me pusieron a mi; y si sale con bien, mire, comadre, me dejo cortar el pescuezo. Era menester que usted supiera las tentaciones, las necesidades y persecuciones de un trapiche; sin arrimo de padres, ni parientes, ni respeto de patrones, ni señoras, ni de nadie; y sin oír hablar más que insolencias a cada momento.

— Comadre, perdóneme si la he ofendido: pero cuénteme su historia, porque yo nada sé de lo que pasó en el trapiche.

— Es verdad que usted me sacó mi chinito de pila, pero no supo cómo fue que vino al mundo esa criaturita de mi Dios. Pues fue de este modo: el mayordomo había dado en venir a este rancho a llamarme para que fuera al trabajo del trapiche y a mi mamá la amenazaba con que iba a echarla de la estancia porque no le mandaba peón. ¿Yo qué iba a hacer? Por no ver afligida a mi señora madre, me animé un lunes y, echando unos plátanos en la mochila, me puse en camino. Entonces tenía catorce años y medio, estaba robusta y contenta, sin pensar más que en dormir, comer y chancearme con las amigas; con usted pasaba yo ratos muy buenos cuando mi mamá me mandaba a la parroquia, a oír misa o a los mandados.

Así que llegué a la ramada, me pusieron de bagacera: el día no lo pasé tan mal; pero la noche. ¡Ave María! que todo fue sustos, hambre y tristeza, de tal manera que estuve al huirme, porque caí como privada de sueño y de cansancio a las diez que serían cuando paró la molienda, y gracias a que había mucho bagazo regado, que esa fue mi cama en la mitad de la ramada. Cuando me desperté tuve miedo, oyendo los ronquidos de los peones, los aleteos de las lechuzas y el ruido que hacían los ratones en el enmaderado; me acordé de mi madre y eché a llorar; pero volví a quedarme dormida.

El martes me despertó el capitán con el cabo de la zurriaga para que fuera a coger caña, y me entregó una mula rucia que se llamaba Perla. Era mordelona, zonza y deslomadora como ninguna otra, y más astuta que el viejo Tadeo para abrir las puertas y esconderse en los barzales, o tirar de largo y meterse en los potreros ajenos; era tuerta, le faltaba media oreja y las costillas las tenía llenas de turupes y mataduras. Le emparejé las desigualdades lo mejor que pude, echándole montones de calceta de plátano en las costillas, le puse los lomillos y sus atravesaños, y le eché el sudadero, lagarra con las cuatro angarillas, la cincha y el arretranco de rejo tieso; y me fui para el corte con todos los cargueros antes del amanecer. Eché la caña sobre la angarillas y apreté con el garrote lo que me pareció que era justo; pero a pocos pasos se deslomó la Perla, y me echó la carga al suelo, tuve que volverla a cargar, y la buena alhaja tuvo la malicia de volver a tumbar de nuevo la carga; para esto que había llovido y el camino estaba embarrado, yo sudaba y ya no podía de la fatiga.

El día se me pasó en cargar y lidiar y pasar afanes: a todo esto el capitán no me quería porque no le decía |mi amo, y no cesaba de amenazarme con la zurriaga; por fin se llegó la noche, caí, después de soltar la mula, como cuerpo muerto entre una pila de bagazo.

Yo no había comido ese día, porque la comida no era sino el pedazo de tasajo, el agua, el plátano y nada más; vi que no lavaban los platos aunque comieron en ellos los perros; a media noche me desperté muerta de hambre, me fui al cárcamo de la hornilla a asar un plátano para cenar, y encontré más gente asando plátanos y bebiendo guarapo. Así que puse mi plátano en la puerta de la hornilla, me senté a un lado; llegó uno de los peones de la garguería y tocándome la cara, me dijo:

— Negra, ¿te amañas en el trapiche?

— Como en el purgatorio, le contesté, volviendo la cara hacia el otro lado para no mirarlo.

— No seas tan brava y verás cómo no falta quién te ayude a cargar la Perla.

— No necesito, dije yo encogiéndome de hombros.

— Ninguno puede decir: de esta agua no beberé.

— A palabras necias oídos sordos, dije yo entonces: y no volví a mirar ni a chistar palabra.

Después de comer el plátano, me volví a mi nido; al amanecer me hizo levantar el capitán rebulléndome con el palo de la zurriaga, para que enjalmara la Perla. Quería llover y la noche se había puesto tan obscura como boca de lobo. Busqué por todo el corral la maldita Perla. pero fue como si la tierra se la hubiera comido; se lo avisé al capitán. que era un negro de lo más riguroso, que parecía muy amigo de la esclavitud, porque a todos los quería tratar como esclavos, y me dijo mostrándome el rejo de la zurriaga:

— Hoy es cuando se los chupa esta filimisca, si la Perla no aparece.

— Pero qué hago si salió por entre las talanqueras, y como está la noche de obscura para irla a buscar, y como hay de culebras y de espantos en todos esos rastrojos!

— Lo dicho, dicho, me contestó el negro capitán, y yo me senté a llorar en el caminito que iba para el barzal, con el cabezal en la mano.

Uno de los cargueros me dijo acercándose a mí con mucho cariño:

— No se aflija, niña Pía. Entre los peones hay uno que le conoce las marrullas y las guaridas a esa mula de Satanás.

— ¿Quién será? le dije yo llena de gusto.

— Yo, me dijo él.

— Estoy pronta a pagar el real del día y la ración de carne porque me saquen de apuros.

— Yo no le intereso a usted plata ni carne, sino que no sea tan brava conmigo.

Este era el mismo carguero que me había hablado en el cárcamo de la hornilla, era Pablo Ramírez. a quien usted conoce, el cual se fue al barzal y no dilató ni siete credos en volver con la Perla de cabestro. Ya estaba aclarando el día. Los otros cargueros se habían ido al corte, y yo me moría de afán porque el capitán me había prometido que si me atrasaba en un viaje, me descontaba el real; pero el que me libró de los azotes me sacó del segundo apuro ayudándome a empajar y enjalmar la Perla, tan pronto como me limpio un ojo.

Pablo me enseñó todas las industrias para manejar la Perla de modo que no mordiera, que no se deslomara y que no se atrasara en el camino. El remedio para que no se deslomara era apretarle el cinchón con el garrote hasta dejarla casi trozada, como cintura de avispa. Así fue que le tapé los ojos con mi pañuelo, le eché caña encima hasta que ya no se veía, y le torcí el cinchón con el garrote con que se acostumbra apretar las cargas en los trapiches; y para que el remedio quedara bien hecho, puse una rodilla en la tierra, eché la cara para atrás, cerré los ojos, apreté los dientes y torcí el garrote, y lo torcí hasta que la mula estaba ya delgadita, y hasta que berreaba como un marrano, con la lengua sacada como perro que acaba de correr. Dicho y hecho, la Perla fue la primera que llegó a la ramada sin deslomarse, ni morder, ni quedarse atrás. Esto fue el martes.

El miércoles fue un día espantoso, del que yo me acordaré toda mi vida. Había vendido mi amo Blas más miel de la que había en las canoas; las mulas de los compradores sabaneros no tenían qué comer sino chilinchile y malva en la plazuela, y el caporal metía prisa para que lo despacharan. Había que apurar la molienda y andaban tres zurriagas detrás de los cargueros de caña, la del capitán, la del amo y la del mayordomo; y lo peor era que la caña que se estaba moliendo era biche y no rendía la miel en los fondos. ¡Qué día tan espantoso! Yo tenía las enaguas por cerca de la rodilla porque los caminos eran charcos de barro, los sabañones me tenían los dedos casi destrozados, y el sol picaba como candela. Era pasado el mediodía y no habíamos almorzado; yo estaba en ayunas, y no vagábamos de correrlas mulas por delante. Yo me moría de hambre, cuando me llamó el carguero Pablo; me convidó a comer unas cucharadas de ajiaco que le habían llevado de su casa; ya escondidas comimos él, yo y otra carguera más chica que yo, creo que me hubiera muerto si no me hubiera desayunado, porque los pobres somos más delicados que los ricos para eso del hambre. Mi amo Lucinio tampoco se había desayunado ese día, y no se le echaba de ver como a mi, Le confieso la verdad a mi comadre: comencé a dejarme tratar con cariño del carguero Pablo.

Otro trabajo más grande me sucedió ese día. Se me rodó la Perla por hacerla correr con la carga por una loma abajo, y quedó encajonada entre unos barrancos. Yo le di mucho palo a ver si se levantaba, y Pablo que no me desapamparaba, la hurgó con el filo de su caña con que arreaba su mula; pero todo perdido, porque la Perla no se daba por entendida. Yo le avisé al mayordomo y él me dijo que no fuera a dejar resabiada la mula; y me mandó que llevara caldo hirviendo del que se cocinaba en los fondos y le echara por el anca. Como no se quiso parar la mula, me dijo que recogiera una buena brazada de hoja seca, se la pusiera debajo y le pegara candela. este último remedio estuvo de patente, porque la mula salió corriendo con la carga y no paró hasta llegar al trapiche.

El jueves a la madrugada no me dilaté en encontrar a la Perla, que estaba echada, le puse el cabezal y creyendo que estaba dormida le di mucho palo para que se levantara. Yo no sé en qué consiste que en un trapiche todo el mundo se vuelve verdugo. Yo que había sido tan compasiva, en el trapiche veía las mataduras, las llagas y todas las miserias juntas sin que se me diera nada, y aprendí a dar palo a los animales, como los caporales y mayordomos. Le di muchos palos en el hocico para ver si se paraba o se movía; pero ya la Perla era alma de la otra vida. Le avisé al amo Lucinio, que ya estaba levantado, y me mandó coger el Diamante.

— Será algún diablo que no sirve, dije yo entre los dientes.

— Si fueras de buen genio lo pasarías mejor; pero así brusca y malmodada es imposible.

— Conque me dejen estar en mi rancho yo no necesito de mas.

— Sin embargo, una muchacha preciosa como tú, no ha nacido para los montes, sino para el trato con las gentes. Yo puedo concederte beneficios que te hagan dichosa, porque te quiero y te tengo lástima.

Ese día, por más cierto, no me fue tan mal con el Diamante, aunque dos veces hizo la gracia de descaminar lo andado con el rabo vuelto para adelante. Pensé mucho en los cariños que me hizo mi amo Lucinio en la puerta del corral y en la oferta de hacerme dichosa; pero le hablo a usted la verdad, Pablo me estaba gustando.

Yo no sabía lo que era uno de estos trapiches de por aquí; todo lo que veía era terrible. Les oía referir muchos casos que habían sucedido durante la esclavitud, de esclavas muertas por venganza de sus señoras; de cadenas arrastradas por los esclavos; de peones despedazados por los caballos de los mayordomos; de esclavitas perseguidas por sus amos; de grillos, rejo, palizas; y aunque a todas las historias les rebajaba yo alguna parte, pero si creía que algo habría de todo esto. Y de los últimos tiempos de ahora contaban tiranías de algunos amos con sus arrendatarios, que no han sido creíbles en los tiempos de la libertad en que vivimos: por supuesto que yo no le daba crédito a todo.

La historia quedó truncada por un ruido que se oyó del lado del maizal. Salió Pía corriendo con una piedra en la mano, sin tener tiempo de comunicar sus planes a su comadre, la cual siguió cosiendo como antes, hasta que llegó aquella con las enaguas llenas de amorseco, pegapega y otras hojitas que se prenden en la ropa cuando se anda por entre las sementeras.

— ¿No ve, comadre? vino diciendo: los ponchos se llevaban ya las mazorcas, y no es tanto lo que valen, cuanto lo que me dice el abuelo; porque ese es otro tormento que yo tengo, el padrastro soltero; un demonio de viejo más tonto que una gallina. Pero eso sí, su pedrada le metí al más chiquito y mañana les pongo la trampa de barbacoa, con la cebadera de un plátano maduro. ¡Qué vida ésta, comadre de mi alma!

— Cierto, comadre; pero no deje la historia.

— ¿En qué íbamos, comadre?

— Me parece que íbamos en los cariños del amo Lucinio en la puerta del corral.

— Sí, señora, cabal; y yo no le di campo para que me dijese nada ese día; pero el cariño de Pablo si se iba aumentando. El jueves en la noche hubo juegos del toro y de la mariposa entre todos los peones, en los bagazales: Pablo y yo no nos apartamos, así como en la carguería estábamos siempre juntos.

El viernes no alcanzaban los platos para todos los peones, y yo, por darme prisa, consentí en que nos echaran a juntos en un mismo plato; ese día nos hicieron |tumbos.

El sábado no tuve novedad alguna, y a las horas de las guacamayas nos hicieron desenjalmar para meter todas las mulas a la quebrada y lavarles las matuduras. Mi tumbo se hizo cargo de lavar el Diamante, porque esas costillas estaban de ahuyentar a los que todavía no estábamos enseñados a las miserias de los trapiches. Yo salía de la semana, hecha pedazos de camisa y enaguas, y con las mechas sueltas, y untada de mugre de las cañas desde los pies hasta la corona, y no era posible amañarme si mi tumbo no estaba junto.

El domingo nos pagaron a las nueve de la mañana. Yo no saqué sino cuatro reales, porque dos perdí de tabacos, desayuno y algo de aguardiente que me hicieron gastar los cargueros. Aparté un real para pasar el domingo, y amarré los tres en la punta del pañuelo para llevárselos a mi mamá Melchora. El amo Lucinio, que fue el que pagó ese día, me llamó la última de todos, y me entretuvo en su cuarto diciéndome que lo quisiera. Yo no le contestaba que sí ni que no, y sin atender todo lo que me decía me ocupé en aflojar los ladrillos del cuarto con la zurriaguita que mi |antojo me había hecho para que le pegara al Diamante.

Después de los pagos, todos los peones cogieron camino para el gasto de la estancia de |ñuá Sinforiana. Yo me fui detrás de todos, y mi antojo me iba siguiendo. El gasto era comprar chicha y aguardiente los que perdían al juego del turmequé, para beber todos juntos los que ganaban y los que perdían. Había juego de tángano y de baraja en que se jugaban algunos medios; pero el asunto principal del gasto era beber chicha y aguardiente, tocar tiples, hablar insolencias y cantarles a las muchachas. En el gasto permanecieron varías mujeres viejas, madres de familia, sin tener más diversión que beber y hablar insolencias para divertir a los hombres. Las peleas eran frecuentes; pero |ñor Juan Acero quedaba vencedor, porque lo entendía para el manejo del garrote. Ese día fue cuando las hijas de mi padrino Elias llevaron por engaños al monte a la hermana de la niña Soledad, y la amarraron y la hirieron por unos celos sin fundamento. En un gasto no hay autoridad de jueces ni de dueños de tierras, y por eso es que suceden tantas diabluras; pero el resultado principal de estos gastos o bundes, es que la gente no va a la parroquia.

Por la noche bailaban torbellino en la salita de la estancia, y en el mismo patio, y algunos jugaban primera. Era inaguantable el alboroto que sonaba en la estancia, y si le digo a usted que era como el de las guacamayas, tal vez no le miento. A mí no me gustaba bailar si no era con mi tumbo; pero algunos me sacaban y me hacían bailar por la fuerza, como |ñor Juan Acero, que le dio un garrotazo a mi tumbo porque no me dejaba bailar con él. Esa noche hubo dos cabezas rotas y un brazo quebrado; pero estas heridas se hacen por lo regular al descuido, o en gavilla de cuatro o cinco contra uno solo; y de esto no se le da nada a ninguno, porque la gente de los trapiches aprende a ser inhumana matando mulas y viendo las miserias de los pobres.

A medianoche no había ya quien estuviera en su juicio, y sólo los que caían tendidos ya no hacían perjuicio ninguno. A Pablo y a mí nos daban aguardiente con porfía; pero yo no sentía sino gusto y ganas de retozar, de bailar y de charlar, de manera que yo era la diversión de todo el mundo; y hasta me molesté con mi antojo porque me trataba de sujetar. Al fin la casa me daba vueltas; no me pude tener en mis pies, y no supe más ni del gasto, ni de mi persona hasta el día siguiente que me hallé botada en el corredor cuando me despertó el sol que me daba en la cara. Yo estaba de una traza que si usted me hubiera visto, le hubiera dado lástima: mal peinada, mal vestida y hecha un fregón de pies a cabeza. Mi sombrero amaneció lejos de mi, y los tres reales mucho más lejos, porque me los quitaron esa noche. Vea usted, pues, el resultado de una semana de trabajo en el trapiche. Yo me puse a llorar por unos momentos, sin que nadie me consolara. Pablo amaneció trastornado, y se despidió de mi para ir a coger trabajo.

Yo me vine a mi rancho, y cuando me aparecí delante de mi señora madre se admiró de verme flaca, descolorida y llena de mugre, y cuando supo que no llevaba la plata de la semana, se me enojó. A pesar de todo esto yo sentía no estar en el trapiche; la comida muy sabrosa con que me cuidaba mí mamá no me parecía tan buena como el coli del trapiche cuando lo comía en un mismo plato con mi tumbo. Suspiraba por el trapiche, y sólo me consolaba con sentarme en el cerrito desde donde se ve el Retiro, a ver salir el humo de las hornillas; y el día que me tocó volver, corría por el camino como si me fuera amenazando el capitán con la zurriaga. Ya no había más gloria para mí que el trapiche.

Así se me pasaron cinco meses, sin sentir ni extrañarla mugre, la falta de la comida, ni la falta de cama, hasta que eché de ver mi desgracia. Me dio vergüenza volver al trapiche, y dije que estaba muy mala. Pablo me vino a ver dos ocasiones, no volvió más. |y preguntando por él a la mujer del vecino Juan Solano, supe que se había largado para Ambalema con la Angarilla.. No sé cómo le estoy contando el cuento a usted, porque caí de mis pies al saber semejante infamia. Me enfermé, lloré, grité, me volví loca, y no me la pasaba sino en la orilla de la quebradita. sin cuidado de la casa ni de mi misma.

Mi mamá, que veía todo, me llamó a solas un día. y me dijo estas palabras:

— Yo te hallo no sé cómo: ¿qué es lo que te ha sucedido?

— Mala, señora madre, porque me enfermé en el trapiche, le contesté con la cara cubierta con mi sombrero,

— Ya se me estaba poniendo; pero no hay que echarse a la muerte por eso, que las mujeres nacimos para pasar trabajos en esta vida, y no serás la primera que sales con esas. A mí también me pasó la misma, y peor, porque me tuvieron que llevar muy lejos para ocultarme. Ahora lo que importa es que esa criatura no vaya a padecer.

Salí del susto para con mi señora madre; ¡pero cómo me quedaría de sentimiento por la ingratitud de Pablo! Esta es mi historia, comadre, y ahora usted me dirá si ha sido por boba o por mal inclinada que yo estoy pasando trabajos, sin poder ir a trabajar, y sujeta a cuidar una roza de maíz porque es lo único que puedo hacer, y sin tener con qué ponerme una camisa, y gracias a los socorros que usted me ha dado desde que me sacó de pila a mi negrito, que así Dios se lo ha de pagar de gloria.

— Comadre, dijo Manuela, es muy difícil que se escape una muchacha de catorce años de las asechanzas de los amos, y de los peones, y de los mayordomos en un trapiche en donde no se tiene consideración ninguna con la gente, al mismo tiempo que las crías de animales se cuidan para mejorarlas. ¡Pobres muchachas! ¡Se las echan a la peonada sin miramiento de salud, de religión, de conveniencia de ninguna clase; y todo por hacerse ricos los amos! Ellos ¿qué tienen con que se corrompan sus arrendatarias, como la molienda les rinda una totuma más de miel? ¡Pobres arrendatarias, que tienen que sufrir el peso de la esclavitud hasta en el honor de sus hijas! Pobre de mi comadre, tan linda, tan vergonzosa, tan formal como era antes de ir al trapiche!

— ¡Dios les ayude a los ricos, comadre, que no reparan en adelantar sus pesetas aunque sea con la deshonra y la desdicha de nosotras las pobres! Yo me hubiera matado sino tuviera algunos temores por la otra vida, porque le aseguro que hay días que no puedo aguantar.

— Y habría hecho mal mi comadre, porque Dios es el único que manda en nuestra vida. ¿No ha visto que un perrito recién nacido, si se bota a un pozo de agua, sale nadando hasta la orilla?

— ¡Pero también he visto que un alacrán se mata cuando lo rodean con candela!

— Pero es el único animal que se mata, y la alacrana es tan buena madre que se deja comer de sus hijos. Nada, comadre, dice el dicho: viva la gallina y viva con su pepita. Tengamos paciencia y valor, que puede ser que la desgracia se canse de perseguirnos, y si no, allá en la otra vida tendremos descanso.

Eran más de las cuatro, y los animales comenzaban a arrimar a la roza, por lo cual se subió Pía a la garita bien provista de piedras, y la comadre subió detrás. Pronto ocurrieron las catarnicas, que son las que primero revolotean; en seguida llegaron los pericos y las guacamayas, pero la invicta Pía repartía sus gritos y sus pedradas con el celo de un general inteligente que sostiene una ciudad asaltada por infinitos agresores. Cerca del anochecer se bajaron las dos defensoras, y | Pía convidó a su comadre a visitar unas jaulas a media cuadra de distancia de la roza.

El sitio estaba limpio por debajo y por encima cubierto enteramente con las anchas ramazones de los nogales y botundos más estupendos, cuyos troncos centenarios median por el pie seis varas de circunferencia, por lo menos. La vista del recinto era pavorosa en aquellas horas del crepúsculo, por la obscuridad natural del bosque, y Manuela se quedó recostada contra un nogal, oprimida de pena. Cualquier pagano la hubiera tenido por la diosa de la montaña y ella no habría variado de situación por muchos instantes, si no hubiera sido sorprendida por los aleteos de un paujil que Pía sacaba de una de las trampas de jaula, y por los gritos de alegría de de la astuta cazadora. Manuela se retiró con suma dificultad de aquellos lugares que estaban en armonía con el estado de su alma.

Al pasar por la garita le dio Pía el paujil, para llevar ella su hijito que se había quedado dormido en la cuna, Al volver a la choza, se quedó muy admirada Manuela de no encontrar ninguna noticia de la parroquia.

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