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Capítulo XIV
Lo que puede el amor


Don Demóstenes se acostó en su cama sin desnudarse y a obscuras, porque Pachita, que funcionaba en lugar de Manuela, no se había acordado de ponerle vela, a causa del tumulto que toda la casa estaba experimentando por la revolución. Seguramente estaba acordándose de la víctima del zarzo, cuando oyó una voz delicada que lo llamaba por su nombre.

— ¡Don Demóstenes, don Demóstenes!

— ¿Quién es? contestó, aplicando el oído.

— Soy yo, dijo la voz. Don Demóstenes se levantó, y dirigiéndose a la puerta volvió a preguntar:

— ¿Quién?

— Soy Manuela.

— ¿Manuela?

— Soy Manuela, ¿no le digo?

— ¿Pero en dónde hablas, que no lo entiendo? ¿o es que sueño seguramente?

— Estoy aqui, aquí, don Demóstenes.

— ¿En dónde, Manuela?

— Aquí en la puertecita del zarzo, pero no hable recio porque nos sienten. Bájeme de aquí. porque los policías van a rondar el entechado.

Don Demóstenes cogió a tientas los fósforos, que estaban sobre la única silla que había en su cuarto, y encendió la vela. ¡Qué imagen tan bella, pero tan lastimosa se presentó a su vista! Manuela triste y abatida y cubierta de polvo, asomándose por la puertecita disimulada del zarzo.

— Y bien, le dijo don Demóstenes lleno de temor, ¿qué es lo que quieres?

— Que me ayude a bajar, porque los policías me vienen siguiendo los pasos; pero pronto porque me cogen.

Arrimó don Demóstenes la mesa al rincón que estaba debajo del agujero y trepando sobre ella, extendió los brazos para recibir a su amada casera.

— Con mucho cuidado, dijo ella, porque ya sabe que soy cosquillosa. Y se fue dejando resbalar para que la cogiese don Demóstenes. La puso el caballero sobre la mesa con mucho cuidado. y bajándose de un salto, la volvió a recibir para dejarla en el suelo

A este tiempo se sintió ruido de armas en la sala. y prendiendo un pañuelo de seda en la baqueta de su escopeta lo puso en la puerta de su cuarto a guisa de bandera. y tomando el revólver en la mano, se paró afuera y gritó:

— ¡Señores! Yo soy el cónsul de Hesse-Cassel, y si alguno se atreve a insultar la bandera de esta nación, yo daré cuenta legalizada, y pronto vendrá una escuadra que echará por tierra toda la parroquia a cañonazos y cobrará tres o cuatro millones de pesos fuertes por los gastos de la guerra. Ahora digo más: esta pistola tiene cinco tiros, de manera que es más que probable que caigan muertos los cinco primeros patanes que se presenten.

La gente se salió en un profundo silencio, y cuando don Tadeo fue informado, se rindió a la ley de la necesidad, aunque les dijo a todos que él nunca había oído nombrar esa nación.

Don Demóstenes brindó la cama por asiento a Manuela después que trancó la puerta; se sentó en la silla, y contemplando a la víctima con una mirada profunda, le dijo:

— No me figuraba yo hasta qué punto alcanzaría la maldad de don Tadeo.

— Y lo que falta por ver, contestó la proscrita del zarzo. Ya verá usted las desgracias que vamos a ver en esta parroquia: prisiones, multas. destierros. incendios y muerte; y todo porque no he tenido la condescendencia de querer a don Tadeo. Usted me verá perseguida, a fuego y sangre. y acuérdese de todo lo que le digo.

— ¿Qué seria de la justicia, de la libertad, de la seguridad, si tal sucediese? ¡Oh Manuela! no desconfíes de los principios. Acuérdate del juramento que te hice de defender tu causa. Una feliz casualidad me hizo conocerte. Al principio me sedujeron tus encantos: llegué a pensar que dominaría tu débil voluntad porque te vi tolerante y cariñosa; pero el desengaño de mi orgullo ha seguido la más alta estimación hacia ti. Hoy te respeto como a una señora y vivo agradecido de tus beneficios y de tus consejos y avisos. Yo haré todo lo posible por librarte de los males que te afligen.

— Yo le agradezco todas sus bondades, contestó Manuela; y es la verdad que de usted es de quien espero algún alivio para mi suerte. Yo sufro mucho y temo mucho un fin desgraciado, porque conozco lo depravado de don Tadeo, y lo inmoral de toda su pandilla. Corro mucho riesgo de ir a la reclusión de Guaduas, si logran cogerme los policías. Yo sé todo lo que me odian Cecilia y la madre, que son las mujeres más perversas de todo el mundo.

— No temas que te saquen de aquí, salvo que me descuarticen primero. Estos miserables no se burlarán nunca de mi.

— No lo crea, don Demóstenes. Es que usted no sabe lo que es esta gente. Al ver los cree usted que son unos infelices, y le admite, y tal vez les agradece sus adulaciones; pero a sus espaldas se ríen de usted, porque son cavilosos y astutos para llevar adelante sus venganzas por debajo de cuerda. Yo lo que pienso es irme a esconder a la montaña, a la casa de mi comadre Pía, mientras que usted hace llevar a la cárcel a mi perseguidor.

— ¿Imposible, estando la parroquia alborotada como está!

— Me voy disfrazada, dijo Manuela, y esto tiene que ser en el momento Porque si me ponen la mano, ya sabe...

Al decir esto, se sintió un ligero ruido de pasos en el zarzo; Manuela dijo que eran los policias y corrió a esconderse detrás del ropero.

No tardó don Demóstenes en ver unos pies calzados con alpargatas asomando por la puertecilla del zarzo y en seguida todo el cuerpo de un hombre desconocido, que se deslizó hasta dar con el suelo y luego se vino acercando a la cama.

— Qué busca usted en este cuarto que es inviolable? preguntó don Demóstenes al aparecido, cogiendo la pistola en la mano.

— Busco a Manuela, contestó el desconocido.

— ¡Esbirro miserable! ¿Cómo te atreves a perseguir a esta pobre criatura estando asilada bajo un pabellón extranjero?

— Envuelta en el pabellón cargaré con ella.

— ¿Y la escuadra que vendrá a vengar el agravio?

— Esa llegará demasiado tarde.

—  ¿Y la fuerza de mi brazo?

— La probaremos.

— ¡Malvado!, tendrás el castigo que mereces. No saldrá Manuela de esta casa, sin que los tiranos me dejen hecho trizas! Ella no quiere salir, ¡sobre todo¡

— ¿Es decir que le pertenece a usted?

— Que está amparada y favorecida por mi.

— Entonces es la mujer más vil.

— Es la más digna de respeto, márchate de mi presencia, esbirro miserable. antes de que te levante la tapa de los sesos.

— Me la llevaré por encima de usted, dijo el aparecido desenvainandó su cuchillo.

— Pues lo verás dijo don Demóstenes montando la pistola.

— ¡No, por Dios, que es mi novio! gritó Manuela, brotándose sobre don Demóstenes y cogiendole la mano para que no disparase.

— ¿El? don Demóstenes, y botó la pistola sobre la mesa.

— Sí, dijo Manuela no lo veía hacia mucho tiempo y me alegro de verlo en esas circunstancias. Y lo abrazó con un cariño indecible.

—Yo lo tuve a usted por uno de los policías de la parroquia, dijo don Demóstenes, porque no lo había visto sino una vez, y de noche, y ahora me alegro infinito de conocerlo y de ponerme a sus órdenes. Dispénseme usted la equivocación, y vea en qué puedo servirle... Lo que no me ha parecido muy en el orden ha sido el modo de entrar a mi alcoba, así, por sorpresa.

— Dispénseme, señor don Demóstenes, porque yo ¿qué iba a hacer? Figúrese usted que llegué hoy de Ambalema en oculto, por supuesto, temiendo que me echase garra el gamonal, y luego que se hizo noche ,traté de acercarme a esta casa, informado por las relaciones de |ñor Tiburcio, de que Manuela estaba escondida en el zarzo, y como yo tengo conocimiento práctico de todo el zarzo, desde que estuve trabajando en los entechados que fue cuando nos tratamos con esta niña, me vine por el arrabal y me entré por el portillo del corral, que conozco como la puerta de mi casa; subí al entechado, y como no la hallé en el primer cuerpo, la busqué más adelante y oyendo el murmullo de las palabras, me adelanté hasta llegar a la puertecita; y luego que oí conversar abajo, conocí la voz de Manuelita, me acerqué al |uraco y lleno de contento, me bajé sin reparar en nada. Es muy cierto que yo lo he tratado a usted con un poco de mala crianza, porque me pareció que usted defendía a Manuela como cosa propia, negándome a mí el derecho. Tuve celos, señor don Demóstenes, porque el pensamiento es muy ligero, y usted debe juzgarlo por lo que le haya pasado en iguales casos. Y esto de hallarse esta niña aquí metida en su cuarto de usted y conversando tan a solas...

— Entre Manuela y yo no existen relaciones amorosas. Yo reconozco todo su mérito; la admiro, la aprecio como es debido, pero cosa de amores, ni pensarlo siquiera.

— Sería una crueldad quererla apartar de mi cariño, cuando estoy desterrado y pasando trabajos que solo Dios sabe, por quererme casar con ella.

¡Y que la quiero como a las niñas de mis ojos, señor de mí alma!

— Yo me alegro de que usted haya venido tan a tiempo, dijo Manuela a su novio, pero temo que lo sepulten en una cárcel.

— Yo la saco a usted del pueblo esta noche, le contestó.

— ¿Y los policías? preguntó Manuela con dolor.

— ¿Y mi puñal? contestó Dámaso, llevando la mano a la cintura.

— Nada se adelantaría, observó muy a tiempo don Demóstenes, porque esto no haría más que agravar los padecimientos.

— Estoy resuelto a sacar a Manuela de aquí por encima de cuanto hay. ¡Pícaros! que por lo menos les cueste mucha sangre.

— Mire, Dámaso, estoy pensando en una cosa: salgamos disfrazados y aparte, ¿no le parece? Es muy seguro que ande gente por el pueblo a causa de los alborotos en que está la parroquia.

— ¡Siempre acierta la mujer en los casos más apurados! exclamó don Demóstenes. Me parece magnífica la idea.

— Convengo, dijo Dámaso, en que salga esta niña disfrazada de aquí, y que se vaya a la montaña a la casa de la comadre, que de allí me la llevaré a otra parte de mayor seguridad.

— Sálgase, pues, adelante, y me espera en el chorro de agua junto de los cucharos, dijo Manuela a su novio.

Puso don Demóstenes un sombrero de José y una ruana de su propio uso al novio perseguido variándole los colores de la cara con tinturas que tenía sobre la mesa, de modo que quedó enteramente desconocido.

— La espero pronto, dijo Dámaso a Manuela, y salió de la casa con paso firme y denodado.

— Y yo, ¿qué hago para disfrazarme? preguntó Manuela a su protector.

— Vístete de hombre: es la manera más segura.

— ¡Qué hago yo! que no me he vestido de hombre sino una sola vez en unos disfraces de Inocentes y eso fue porque Marta me ayudó. ¿Y con qué me visto? ¡Ave Maria!

— Aquí tienes calzones, le dijo don Demóstenes, acercándose a su ropero: ahí está esa camisa, esa chaqueta y las botas.

— Botas, no. don Demóstenes, porque esas me vienen grandes, antes esos Calzones tendré que arremangarlos de los pies para arriba. Pero quítese de aquí usted.

Don Demóstenes salió por un instante, y avisó a doña Patrocinio la determinación de su hija, pero le ocultó que se iba con el novio; miró luego para los extremos de la calle, y vio que había gente apostada en varias Partes de lo cual informó a su casera con oportunidad.

— ¡Qué hermosa te hallas! le dijo don Demóstenes. ¡Qué compañía tan agradable va a tener mi cliente en estos días! ¡Qué viaje tan dichoso por entre las selvas inhabitadas de los Andes! ¡Oh, Manuela! ¡ Que los bosques y las fieras te sean propicios, ya que la sociedad te persigue con sus rigores!

Doña Patrocinio entró a este tiempo, y ella y su alojado se despidieron tristemente de la fugitiva, la que no llevó sino un pequeño lío debajo de la ruana, en el cual echó su ropa y una petaca. Su traje era pantalón negro, chaqueta gris, ruana parda pequeña y sombrero de paja fino. Llevaba en la cara un pañuelo como si tuvera dolor de muelas. Las lágrimas le habían rodado por sus mejillas al recibir el abrazo de su tierna madre. Una vez que salió Manuela, don Demóstenes encendió tabaco y se acostó en su hamaca, meciéndose con su bastón como lo tenía de costumbre.

Manuela no tuvo novedad ninguna al pasar por frente de las casas principales. El corazón le palpitaba de gusto por la partida, de pena por la despedida, de amor y de esperanza por ir a reunirse con el objeto idolatrado de su corazón.

Miraba con cuidado el camino, que era el que conducía a la montaña. Antes de llegar al punto de la cita, divisó unos bultos, y haciéndose al lado de los arbustos, se acercó y oyó que hablaban, porque estaban en la vía que llevaba, y conocó a Dámaso por la voz. Con él hablaba una mujer y le tenía puesta la mano en el hombro. Manuela se acercó por el lado de los cucharos, y alcanzó a oír estas palabras distintas, fuera de algunas que comprendió:

— Lo conocí en el caminado. ¿Cómo no, cuando yo no he dejado de quererlo?

— ¿Luego todas las muestras que usted daba de querer a don Tadeo?

— Esas eran invenciones de don Tadeo para que usted me aborreciera; ¿no sabe usted que don Tadeo lo hace todo a fuerza de monitas? Y usted fue tan inocente que se dejó coger... En fin, nosotros hablamos después: lo que importa es que usted se salve. Váyase, por Dios, mire que si lo cogen lo sepultan en el presidio. ¡Váyase, váyase!

— Pero dígame, Cecilia, ¿cree usted que don Demóstenes hará desterrar a don Tadeo, o llevarlo a la cárcel de Bogotá?

— Yo lo dudo, porque sé lo pícaro que es el viejo. ¡Ojalá! porque entonces yo dejaría de ser esclava. Si yo sé algo... y como él me suele confiar... Mucha secreto, eso sí... con Liboria mi hermana menor... ¡Oh! ¡yo no pierdo la esperanza!... Pero Manuela... y de ese modo saldremos con bien... Pero, cuidado conque no lo vayan a saber...

— Me voy, Cecilia; así es que usted me mandará a avisar.

— ¿Pero dejarme?... Acuérdese, Dámaso, de todo lo que yo he hecho por usted.

—Ya le digo lo que hay.

Manuela no pudo oír sino las palabras que quedan marcadas, porque la distancia y lo bajo de la voz no dejaban oír completamente. Los interlocutores se separaron, y ella siguió su camino trémula de susto, de rabia y de desesperación. Quisiera volverse a reconvenir a Dámaso y a Cecilia, porque las palabras que oyó le parecieron sospechosas, y a las que no oyó les dio interpretaciones muy arbitrarias. Creyó haber descubierto amores nuevos entre Dámaso y Cecilia, y fue tal su dolor y turbación, que no podía seguir su camino, a pesar de conocer todo el riesgo que corría si sus enemigos la alcanzaban. Al fin se decidió por esperar a Dámaso en el bosque de la loma como a doce cuadras del arrabal de la parroquia, y sentada sobre una piedra alcanzaba a ver con la claridad de la luna el querido lugar de su residencia. A sus oídos no alcanzaban otras voces que las de los perros de la parroquia, entre las cuales conocía un latido sonoro y simpático, que le llegaba al alma, y era el ronco latido de Ayacucho, que se levantaba por encima de los aullidos de Tintero y de todos los gozques, como el cañón sobre todos los estallidos de fusilería en las horas de una batalla. ¡Qué recuerdos los que asaltarían a la pobre Manuela en aquellos instantes! ¡Madre, amigas y hermanos; el suelo natal, que dejaba para irse a consumir en una montaña, a una choza salvaje, la última de todas las del distrito, perseguida por ser fiel a su novio, y con el torcedor de los celos que la despedazaban! Dejémosla esperando un compañero cuya aproximación teme y desea, y busquemos al perseguido para dar cuenta de sus pasos, desde que se despidió de Cecilia.

A distancia de media cuadra lo sorprendió un piquete de cinco hombres que saltó de entre las matas de la orilla del camino, y sin tener tiempo de sacar su puñal, fue atado, conducido a la cárcel, y asegurado él solo, porque se hicieron salir los presos de conspiración, tanto los hombres como las mujeres. Esto fue debido al denuncio de la madre de Cecilia, la terrible tadeísta, la cual lo conoció por la tos cuando pasaba por la calle, y condujo la escolta, la situó, y tuvo el gusto de ver llevar a Dámaso como un malhechor a la prisión de la parroquia. Ella lo aborrecía, porque don Tadeo lo odiaba y porque no había querido casarse con su hija Cecilia, lo cual era un contrasentido.

¿Quién es capaz de figurarse la pena del perseguido Dámaso, luego que se vio prisionero de don Tadeo? La obscuridad parecía que le era propicia para la contemplación de los horrores, las miserias y las fatigas que había de sufrir con la barra o con la escoba en la mano, las miradas de los hombres de bien, y también las de los pícaros que se ríen de los infelices que sufren una condena por algún delito leve; veía con horror toda la distancia que se iba a interponer entre su amada y él. Iba a perder las cinco mil matas de tabaco que tenía en Ambalema. Allá en las tinieblas de la cárcel veía la imagen llorosa de Manuela, y exhalaba en vez de gemidos un rugido semejante al del león que se ve cogido en una trampa.

Más de dos horas se le pasaron a Dámaso sin oír voces de los esbirros ni crujido de las armas, ni tropel de bestias o de gente, y únicamente le asaltaba la idea pavorosa de su desdicha, sin entrever la más pequeña esperanza, cuando sintió unos golpes en la pared, que lo sacaron de sus lúgubres pensamientos. De repente le pareció que temblaba el doble bahareque de la cárcel, y que caían terrones por motivo de algunos golpes. Vio un rayo de luz por una grieta que se aumentaba por grados. Oyó palabras humanas, palabras de mujer, muy suaves, deliciosas y gratas: oyó su nombre pronunciado a media voz, diciéndole:

— ¡Sálgase, Dámaso! ¡Sálgase! ¡Sálgase!

— Sería muy bueno; pero no me es posible.

— No se detenga usted por consideraciones de ninguna clase. Mire que se lo llevan hoy para la cabecera del cantón. Acérquese acá y encontrará la salida.

—No puedo, porque estoy en el cepo.

Calló la voz y el hueco se obscureció de repente, lo que hizo entender a Dámaso que su ángel protector estaba pasando. Pronto vio cerca de él una mujer, a la cual dirigió estas palabras:

— Usted me ha querido salvar; pero estoy en el cepo y es imposible levantar este palo que pesa tanto. Yo se lo agradezco. Solo usted pudiera hacerme un servicio tan importante, usted que me quiere tanto pero viva usted segura de mi correspondencia. La he querido, la quiero y la querré hasta que me muera, y todos los trabajos que estoy pasando los sufro con gusto por amor de usted.

— ¿De veras, Dámaso? ¿Me quiere usted? prorrumpió diciendo la aparecida, buscando en la obscuridad las manos del prisionero para acariciarlas con sus delicados labios.

— ¡No, Cecilia! estaba engañado, opuso con ligereza el protegido; yo creía que era Manuela.

— Soy Cecilia, Dámaso, y vengo a libertario, porque sé que hoy se lo llevan a usted amarrado a la cabecera del cantón, para echarlo después a presidio. Lo supe por una casualidad, y saqué de mi casa una barra y vine a romper la pared para que se salve y huya cuanto antes; y todo esto exponiendo mi vida, porque si don Tadeo lo sabe me mata. ¡Es bueno que sepa que me señala el puñal y me ofrece matar cuando me chanceo con alguno. De modo que si usted no me lleva para Ambalema, soy perdida.

— Yo no puedo llevarla; pero hablaremos de eso... Ni podré escapar de la cárcel si no hay quién me quite el cepo de encima.

— Yo, yo levantaré ese palo.

— ¿Con qué fuerzas, cuando un hombre apenas es capaz de hacerlo?

— Con mi voluntad y la barra que tengo aquí.

Dijo esto la libertadora. y encendió la vela con un fósforo. La escena, lúgubre por la soledad y los objetos terribles de una prisión, era tierna además por los dos únicos interlocutores que fueron iluminados de repente. Dámaso estata tendido en el suelo y Cecilia apareció sentada encima del cepo. Inmediatamente levantó el poderoso leño la protectora, con la pequeña barra, el preso le puso una piedra en la cavidad y sacó los pies.

— ¡Está usted libre! exclamó Cecilia.

— Adiós, hasta que nos volvamos a ver.

— ¿Adiós me dice usted? ¿Luego me deja usted en manos del gamonal, que me tiene de esclava por unos reales que medio, y por mi condescendencia y mi desgracia?

— ¿Para qué la voy a engañar? Tengo dada mi palabra de casamiento a Manuela, y debo irme con ella.

— Yo me iría de criada de usted; ¡pero hay! el odio que me tiene Manuela... ¿Qué hago en este caso?

— Yo no la puedo llevar, es imposible: pero usted puede hablar con don Demóstenes sobre este asunto.

— ¿Conque debo quedarme en manos del verdugo para toda mi vida? ¿En qué le ofendí a usted?

— ¿No es una prueba de que usted le correspondía a don Tadeo todo lo que veía el público? ¿lo que yo mismo veía?

— Esa fue una treta de que él se valió para que usted me aborreciera. Usted me abandonó, y sin embargo yo no lo he olvidado ni lo olvidaré, hasta que me muera. Don Tadeo me ha obligado a vivir con él, primero por la astucia, después por la fuerza, y hay otro motivo para estar sujeta a él, que es muy horroroso y que no descubriré jamás porque es una mancha... que viene a caer sobre mi misma.

— ¡Pues adiós, Cecilia! Nunca olvidaré que le debo mi libertad.

— ¡Ya los he oído! dijo una voz espantosa, haciendo sonar al mismo tiempo el cerrojo de la cárcel.

Dámaso dio un brinco, y se salió por el hueco trabajado por Cecilia, y ésta queriéndolo seguir, cayó pasmada de susto.

Cuando la puerta se abrió, entró don Tadeo y dijo a Cecilia:

— ¡Infame! ¡todo lo he oído!

— Entonces ya sabe que nunca he dejado de querer a Dámaso, aunque usted me hizo aborrecer de él; entonces...

— Sé que usted se quería ir con él, interrumpió don Tadeo, bramando de rabia.

— Por librarme de usted.

— ¡Infame! ¡Cuando yo he gastado mi dinero por sostener su casa y por regalarle buenas fincas, y cuando las he libertado a usted y a su madre de las uñas de los guardas unas cuantas veces, y cuando su familia ha hecho de la justicia el uso que ha querido!

— En cuanto a las fincas, estoy pronta a devolvérselas todas, en cuanto a sus intrigas, yo siempre las repugnaba y las resistía; en cuanto a su protección, mil veces la he desechado; mil veces le he declarado que yo no lo quería a usted, que su decantada protección no era sino una esclavitud verdadera; y pues ha llegado este día, le declaro que mi voluntad es la de separarme de usted.

— ¿Sí?... ¿para seguir al vagamundo de Dámaso?... ¡No faltaba más!

— Para libertarme de usted.

— ¡Yo le daré su libertad a la muy infame! Vea este cuchillo, ¿lo ve bien? ¿lo ve?... Pues lo cargo con el destino de clavárselo todo en el corazón a la hora que yo la encuentre, si usted tiene la osadía de dejarme. Y no dude que yo la encontraré, porque la buscaré hasta debajo de la tierra. ¿No se acuerda cuando se me fue a la cabecera del cantón cómo la traje a los tres días cabales?

— ¡Máteme! le contestó Cecilia con resolución. Es mejor morir que estar bajo del poder de un tirano tan detestable como usted.

— No hay para qué aferrarse, dijo entonces don Tadeo con la tranquilidad de un asesino consuetudinario. Si usted no me da su palabra de seguir en la misma amistad que nos ha unido hasta hoy, la mato con este cuchillo,  y dejo su cadáver aquí extendido entre su misma sangre, de modo que cuando venga el alcaide por la mañana a ver a Dámaso, la encuentre a usted con el corazón hecho picadillo y nadando en una laguna de sangre, y al publicarse la nueva, toda la gente de la parroquia vendrá por montones, y entre los lamentos, y la compasión, y la rabia todos a una pedirán venganza contra Dámaso única persona que se hallaba en la cárcel, y única que tenía enemistad con la difunta Cecilia, por causa de celos antiguos conmigo. Según es la fama. Se mandarán las requisitorias para todas partes, el enojo Contra el asesino será universal; y más cuando yo haga palpable por el reconocimiento y por algunas dos o tres declaraciones, la culpabilidad del infame y vil asesino... ¿Conque, persiste usted todavía en morir, para que yo no la quiera?

Cecilia no contestó. Se quedó sentada sobre el cepo con la cara metida entre las manos. No se movió por algunos instantes, como aterrada por una amenaza mayor que la de la muerte. Seguramente el riesgo que corría Dámaso le parecía más horroroso que el riesgo de su propia vida.

— ¿Qué resuelve usted? preguntó el tirano a la desgraciada Cecilia. ¿Me promete usted seguir conmigo, sin darme qué hacer, sin molestarme, sin querer a ningún otro? ¿O se resuelve a sufrir la justa venganza que usted merece por haberle dado la libertad a ese criminal de Dámaso, y por amenazarme con que me va a dejar?

— Haga usted de mi lo que quiera, dijo Cecilia poniéndose de rodillas a sus pies, impóngame la ley; tráteme como a esclava, como a bestia, o como usted quiera.

— Como a una querida le contestó don Tadeo, levantándola del suelo. ¿No sabe usted lo que la quiero? ¿No sabe que es únicamente el amor hacia usted lo que me hace cometer algunos disparates? Dígame usted que me quiere, cambie usted la seriedad y el enojo por cariño; y entonces sabrá usted hasta dónde llega mi amor. Camine usted para su casa, y le encargo que no sepa nadie lo que ha pasado. Tengo que exigir de usted algunas cosas; entre otras, que no vaya usted por miel a los trapiches de los hacendados, mis enemigos; usted puede ir a la Hondura cuando lo tenga a bien; tampoco admitirá usted las visitas del cachaco Demóstenes, ni se juntará con ninguna de las amigas de Manuela.

Don Tadeo acompañó a Cecilia hasta su casa, sin que ésta le dijese ni una sola palabra. Al día siguiente supo la fuga de Manuela, y sospechando que se había ido acompañada de Dámaso, fue inaudita su rabia. No obstante, hizo que el juez 1o. extendiese un indulto para todos los cómplices de menor cuantía en el cual quedaron comprendidas Marta, Paula y las otras parroquianas. Hizo que el juez declarase que Ayacucho no estaba loco, y que le mandase poner la horqueta de la ley a la marrana de Manuela, que fue motivo aparente de la revolución.

A las nueve del día marchó el cazador Elías, llevando una carta para don Pascual Acuña en que le encargaba que se interesara con el juez del circuito para que no admitiese empeños a favor de los acusados. En cuanto Manuela y Dámaso, se despacharon requisitorias a todas partes.

Nunca se había visto la seguridad personal más amenazada en aquel distrito: la constitución del 21 de mayo estaba vigente; pero ¿qué eran las garantías de los ciudadanos teniendo los jueces un director tan depravado como don Tadeo? ¿Qué era la libertad, habiendo un tirano solapado que  impunemente hacia gemir las víctimas que se proponía sacrificar a codicia o a sus pasiones? La revolución o motín del día había puesto a don Tadeo y también a su partido en el auge del absolutismo. Sinforiana peroraba en las tiendas contra los dueños de tierras y contra los opresores del pueblo. El sostenimiento del acuerdo municipal del 18 de mayo era un triunfo para el partido tadeísta, y el partido tadeísta era el partido del pueblo. Don Tadeo era el defensor de los derechos del pueblo; sin embargo, había un hecho fatal para el supremo director de los jueces y era la desaparición de Manuela. Aunque le habían dicho que se había salido de la parroquia, muchas veces dudaba y entonces hacía rondar las casas sospechosas.

Don Tadeo admitía los denuncios de los viles que saben aprovechar las ocasiones de la venganza, y ¡desgraciado del que era denunciado, porque ese sufría como verdadero criminal, sin saber quién era el acusador y sin contestar a los cargos! Tuvo don Tadeo el denuncio de que Marta lo remedaba a él y a Cecilia, haciendo reír a sus contertulios, y que había criticado la ley del 18 de mayo, y esto bastó para que le hiciese rondar la casa sin miramiento alguno.

La señora Sinforiana, que nunca supo los acontecimientos de la cárcel relativos a su hija, divulgaba con su locuacidad acostumbrada que la Manuela había libertado a Dámaso de la cárcel, y que se habían ido juntos para Ambalema. Celebró el triunfo de la asonada con la embriaguez, la vocería y risotadas. A las once del día convidó varias gentes de su partido a un paseo al charco del Guadal, llevando mucho anisado y algunos cohetes, y allí fue donde se conoció el espíritu de partido que la dominaba a ella y a sus copartidarias, por los excesos a que dieron rienda suelta por vía de diversión.

Ascensión, la peona o criada de doña Patrocinio, estaba lavando ese día la ropa de don Demóstenes en el lavadero de Manuela, que era una laja de guijarro de propiedad de la familia desde tiempo inmemorial, y Sinforiana le intimó que se quitase de ahí, diciéndola:

— Cecilia y yo lavaremos en adelante en esa piedra.

— ¿Por qué gracia? contestó la criada con un aspecto poco humilde.

— Por la gracia de que Manuela y la vieja Patrocinio y todos los de su partido están por debajo.

— ¡Eso se quisieran ellas!

— ¿Y no? ¿No están encausados, y huyendo los principales, y la marrana no está con horqueta, Pacho y la vieja, y Marta, y todas no están notificadas de ir a la cárcel si hablan una sola palabra contra las autoridades?... ¡Están Por debajo y no lo creen!

— ¿Y por eso no he de tener yo libertad para lavar en el lavadero de la niña Manuela?

— ¡Por eso! ¡Porque están embromadas todas! ¡Miren que libertad ahora!... El que está por debajo no tiene libertad, ni siquiera de hablar, y si me hablas otro poquito, te hago poner en la cárcel, porque yo también te vi alegando en los momentos de la revolución. ¡Perra india, ladrona!

— Mire, |ñuá Sinforiana, que no sea pendenciera.

— ¿Conque me amenazas? Perra atrevida. ¿Quieres ver cómo te compongo el bulto?

Diciendo esto, se acercó la vencedora de la calle del Caucho a donde estaba Ascensión, y tomando la ropa de don Demóstenes en las manos, rasgó y dispersó varias piezas, y empujando el lavadero con una pequeña palanca, lo botó al fondo del charco, siendo justamente aquel punto el más profundo de todo él.

Ascensión recogió la ropa y se fue para la casa llorando por el lavadero y por las injurias, pero a solas se le escaparon estas palabras al retirarse:

— ¡No le hace el frío, que el sol saldrá, Que aprieten la clavija hasta donde quieran, que a cada puerco le llega su San Martin. La tortilla se volteará dentro de muy pocos días, porque manejándose así, ¿quién es el que las aguanta?... ¡Sólo que todos seamos bestias para que don Tadeo y los suyos nos pongan su hierro de herrar!

Por la noche hubo baile en la parroquia, y gritos, y algazara, y se bebió mucho aguardiente, en honor del triunfo de la calle del Caucho; no obstante, Cecilia estuvo menos contenta que todas sus copartidarias.

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