Capítulo XIII
Revolución
Era lunes, día muy aciago en las parroquias de tierra caliente. La
gente de la casa de Manuela se había trasnochado en el baile, y
habiendo quedado el portillo abierto por causa de Ascensión, que
fue la última que entró a la madrugada, la marrana grande se había
salido sin la horqueta legal, y sabiendo don Tadeo que andaba en el
ejido, se aprestó para terminar de una vez una trama que tenía
preparada, y dio todas las órdenes del caso.
No tardó mucho tiempo en aparecer corriendo por la mitad de la
calle del Caucho, la marrana de Manuela, seguida por el alcaide y
un policía, que le tiraba lazos inútilmente. Resurrección, la
entenada de don Tadeo, que estaba echándoles de comer a unos
pollitos en la puerta de la calle, azuzó a
|Tintero y a
|Papel, los perros de su padrastro, para que acometiesen a la
marrana y la acosaran contra la pared. Ayacucho se puso en
movimiento excitado por el alboroto y les acometió a los otros dos
perros; pero salió Resurrección a pegar a Ayacucho con el palo de
la escoba, y Manuela, que se había levantado del quicio de la
puerta de la casa, donde estaba cosiendo, llegó con las tijeras en
la mano y quitó el palo a Resurrección, a tiempo que se acercó el
policía a tirar lazos para coger a la marrana. José intervino a ese
tiempo y echó mano al rejo de enlazar que el policía defendía con
todas sus fuerzas, de manera que en un instante se armó un grupo de
racionales e irracionales que se batían unos en favor de la marrana
y otros en contra de cita.
A todo esto los gruñidos de la marrana y los gritos de
Resurrección y los latidos de los perros, y las maldiciones y
juramentos de los policías se levantaban en una confusión infernal,
y Resurrección y Manuela se habían dado sus cachetadas; Ayacucho y
Tintero, sus mordiscos; y José y los dos policías, sus pescozones y
patadas. No tardó en aparecer luego la terrible Sinforiana seguida
de Cecilia, para aumentar el número de los enemigos de Manuela, que
la hubieran vuelto polvo si no se hubieran aparecido Simona y sus
dos hermanas; el combate vino a ser tan encarnizado como el
encuentro de una galera de argelinos y otra de cristianos.
Manuela le ha pegado a Tintero y me ha quitado la escoba,
gritaba Resurrección llorando.
Por defender mi marrana, que nada les estaba comiendo,
respondió Manuela muy enojada.
¡Por defender el perro del alojado, que te parece que te
ha de durar para siempre! le contestó Sinforiana.
¡Vieja bruja! gritó la valiente Simona, podías irte a dar
crianza a tus dos hijas, que la niña Manuela no es ninguna...
¡Anda, demonio de rea! que no por buena te tuvieron en la
reclusión de Guaduas. ¡Rea! ¡rea!
Vieja consentidora, le gritó Soledad, la hermana de
Simona; ¿quién te mete a defender los perros de don Tadeo?
¡Ladrona! ¡sonsacadora!
Simona y Sinforiana estaban agarradas, la última le había
mordido un carrillo a su enemiga, y ambas estaban desangre que no
se conocían. Marta había llegado a tiempo que Resurrección le iba a
tirar a traición a Manuela, y la derribó por tierra. Doña
Patrocinio estaba horneando unas almojábanas y cuando sintió el
alboroto, y conoció la voz de Manuela, salió corriendo con el
delantal puesto, y con un pañuelo blanco prendido en la cabeza, que
le cubría toda la espalda; se presentó acezando y con la pala de
hornear en la mano, y al ver que Sinforiana le iba a tirar a
Manuela, le enristró la pala, y la hubiera partido por el pecho si
Cecilia no le hubiera cogido el palo; pero Manuela por rescatar la
pala le dio un ligero piquete a Cecilia en un dedo de una mano, lo
que hizo poner furiosa a Sinforiana; la bulla iba siendo mayor a
cada momento, y los gritos y las injurias menudeaban más a
proporción que iba creciendo el número de actores y de
espectadores.
El sacristán estaba durmiendo y luego que oyó los gritos y vio
que se levantaba el humo de un poco de paja que habían prendido en
el solar de don Tadeo, corrió al altozano, cogió los rejos de las
tres campanas y se puso a tocar a fuego.
¡Fuego en la calle del Caucho! gritaban los que veían el
humo.
¡Corran a apagar, corran a apagar! decía el sacristán,
convidando a los que pasaban.
Todos los que iban llegando al sitio de la novedad se
encontraban con el alboroto de una riña general, en la que los
combatientes no tenían divisa, aunque se conocían los partidos. Los
del partido de don Tadeo, peleaban en favor de Papel y Tintero; los
del partido de Manuela comenzaron por defender a la marrana:
manuelistas y tadeistas eran griegos y troyanos aquel día. La calle
se obstruyó completamente, llena de partidarios decididos. A lo
último llegó el afamado Juan Acero, y entendiendo bien la causa que
sostenían los dos policías y la denodada Sinforiana, empezó a
distribuir garrotazos entre los manuelistas, hasta dar con el
sabanero, que cogió a un descuido el arma fatal: y en esta brega
caían y levantaban, no queriendo soltar su garrote el Hércules de
la parroquia, y resistiendo lo mejor que podía la arremetida del
sabanero, al mismo tiempo que los pescozones de los otros
combatientes eran bien nutridos y los garrotazos bien dirigidos, de
manera que ni el uno ni el otro partido daba señales de ceder; y al
mismo tiempo los gritos eran espantosos, pero no se distinguía bien
sino la interjección favorita de los que hablan el español, y las
injurias de marca mayor.
¡Vieja langaruta! gritaba Simona ala valiente Sinforiana,
¡vieja bruja, vieja consentidora, vieja ladrona!
¡Tinaja con patas! gritaba Sinforiana a la señora
Patrocinio... ¡Vieja estafadora! y daca de rezandera y de amiga de
ir a la iglesia a rezar estaciones en cruz.
El señor alcalde no se apareció sino hasta lo último, acompañado
del juez primero, del ciudadano Dimas y de unos cuatro tadeístas; y
agregado a Juan Acero y a otros de la misma parcialidad, empezó a
coger prisioneros para llevarlos a la cárcel. Sin embargo, a José
no pudo rendirlo con cuatro, porque éste había quitado el garrote a
Juan Acero y les hacía frente teniendo la retaguardia cubierta por
la pared de la casa: José estaba enseñado a contrarrestar a número
infinitamente mayor. Fue una temeridad que los tadeístas no se
atrevieron a ejecutar, la de matar a José para prenderlo y le
propusieron que entregara el garrote y quedase arrestado mientras
aparecía su patrón prometiéndole no amarrarlo ni insultarlo.
De este modo quedó triunfante la señora Sinforiana y todo el
partido tadeísta. El juez y el alcalde prendieron a Simona y sus
hermanas, a José, a Paula, a la manca Estefanía, a
|ñor
Dimas, a doña Patrocinio, a su hija y al perro Ayacucho; pero
Manuela salió corriendo y a favor de la confusión logró
introducirse, sin que la viesen, por el portillo oculto del corral
de su casa. En la puerta de la cárcel soltaron a doña Patrocinio
con tal de que entregase a Manuela, condenándola en treinta pesos
de multa si no la entregaba dentro de cuarenta y ocho horas. A la
marrana la llevaron al coso, y a Ayacucho lo destinaron a la cárcel
con José Fitatá.
Hubo muchos heridos en esta pelea; a Resurrección la dejaron sin
camisa las hermanas de Simona.
|Ñor Dimas salió herido en una
oreja, Paula quedó con los ojos negros, Marta perdió mucha parte de
su pelo castaño y un rosario de coquito con cruz de oro; pero logró
escapar con varías personas de las menos comprometidas.
Resurrección decía que había también muertos, alegaba porque
Manuela le pagase ocho pollos que habían muerto a pisotones, y
cobraba a dos reales por cada uno, cuando no tenían sino cuatro
días de nacidos; mas ya tenía testigos para probar que tenían un
mes, y que eran ocho, siendo así que no habían sido sino dos.
En la calle tomó el alcalde, antes de enviar los presos, dos
garrotes de chicalá y uno de guayacán, una pala de hornear, unas
tijeras de costura, dos palos de escoba y una zurriaga, como armas
ofensivas, que debían servir de cuerpo de delito. Se perdieron
varias fincas en el conflicto, tales como una sortija de tumbaga de
Manuela y las cuentas de su rosario, y una cajetica de lata con
siete reales en medios cuartillos, que doña Patrocinio había
llevado en el seno, y eran los trueques de la tienda.
Don Tadeo, autor de todo este trastorno y aun director de él,
porque desde su alcoba había estado dando órdenes a los de su
cuadrilla, se había contentado con mirar la pelea por la rendija de
la ventana, apuntando fielmente las circunstancias en su cartera,
porque de aquella pelea se prometía sacar grandísimas ventajas.
No estaban todavía las caras lavadas ni se había mudado los que
habían salido rasgos o sucios de la pelea, cuando las causas
estaban andando, a tiempo que se rodeaban algunas casas para buscar
a los comprometidos. La manzana de la casa de Marta estaba rodeada
con el fin de coger a esta íntima amiga de Manuela, que por pelear
a su lado le había despedazado la camisa bordada a
Resurrección.
El cura y don Demóstenes se habían ido al Botundo ese día; el
primero a llevar unos medicamentos a ñuá Melchora, y el segundo a
buscar pavas. El cura convidaba siempre a don Demóstenes a sus
paseos, porque gustaba mucho de su compañía. Llegaron a la
parroquia, y después de dejar en su casa don Demóstenes a su amable
compañero, se fue a su posada muy contento porque había traído
muchas aves, plantas y una mariposa de una variedad muy rara, y
entró llamando a Manuela para mostrarle una flor.
Escuche, don Demóstenes, le dijo doña Patrocinio, y sin
hablarle otra cosa se puso el dedo sobre la boca.
¿Manuela? preguntó el alojado.
¿No le digo? le contestó la señora.
No me ha dicho usted nada, y yo necesito a Manuela.
Ni la nombre, si no la quiere perjudicar.
¿Perjudicar?
¡Sí, señor! ¿Luego usted no ha tenido noticias de la
revolución?
¿Estalló ya?
¡Ave María! Una cosa estupenda.
Esperando estaba yo esa novedad. ¿Quiénes habrán
muerto?
Dos pollos de poca importancia. ¡Pero, señor, qué
desgracias las que ha habido, y todo por ese demonio de embozado,
que es el autor de todo! La cárcel está llena de presos.
Explíquese usted. ¿Han venido tropas?
¡Qué tropas, ni qué diablos!
¿Entonces?...
¡No hable recio, por Dios! Sea usted un poco discreto,
porque los tiranos están triunfantes.
¿Cuáles vencieron, pues?
Los tadeístas; pero porque el juez y el alcalde los
auxiliaron, porque, ¡ah gente para ser sostenida! Simona se ha
portado como el mejor de los hombres, y José triunfaba de mayor
número siempre que lo atacaban.
Por cada explicación de usted me quedo más confuso:
dígame claramente lo que ha habido aquí o en Bogotá, o en ambas
partes, y sáqueme de dudas, que ya usted me tiene loco.
Pero éntrese en la alcoba, porque si nos oyen conversar
nos apresan.
¿Por conversar? ¿Luego el pensamiento y la pluma y la
lengua no tienen garantías en todos los países libres, y mucho más
en el nuestro desde que se publicó la Constitución de 21 de
mayo?
Aténgase, y diga usted algo contra la ley de la horqueta,
o contra don Tadeo, y verá si también va a templar a la cárcel, en
donde se hallan presos actualmente su criado y su perro...
¿Mi perro? ¿Preso mi perro?
Sí, señor, yo para qué le voy a mentir; ya Manuela la
tengo escondida porque la quieren meter al cepo, y si me la cogen,
ya sabe que hasta Guaduas va a parar, porque todas estas son tramas
de este judío de don Tadeo, que ahora acaba de salir de aquí. Ñuá
Remigia, la mujer del sacristán, me ha impuesto de muchas cosas que
yo no sabía, y me ha dicho que la revolución ha sido una trama para
coger a Manuela. A mí se me estaba poniendo; pero no creía que este
encuevado fuese tan afortunado que todo le saliera tan bien.
¿Conque la revolución ha sido aquí?
Si, señor, en la calle del Caucho; pero eso daba
miedo.
¿Y por qué se comenzó?
Por la marrana, señor, por la ley de la horqueta; y para
eso que usted mismo fue el que publicó esa ley.
¡Pícaros!
Y ya le digo que su criado y su perro están en la
cárcel.
Pues venga, dígame lo que hay; pero con orden y
claridad.
Cerró la puerta de la sala doña Patrocinio; miró para el patio,
luego se entró en la alcoba y, sentada en la cama, comenzó a decir
a su alojado todo lo que hubo en la pelea de por la mañana, sin
omitir las desvergüenzas y los oprobios que se habían dicho; pero
todo en voz baja y temblando, y atisbando no la fueran a oír. Y
después que hubo acabado, le dijo don Demóstenes:
¿Y ese don Tadeo qué casta de pájaro es?
Es una buena pava, señor don Demóstenes.
¿Es liberal o conservador?
Casi no lo puedo decir. El echa contra los ricos, contra
los curas, contra los monopolios, y todos los lunes predica en la
calle y en el cabildo en favor de los derechos del pueblo.
¡Liberal legitimo!
Y cuando estuvieron las tropas del general Melo en la
cabecera del cantón, él les mandó a avisar en qué haciendas habían
de coger bueyes, y mulas, y pailas de cobre.
¡Draconiano! ¡Partidario del ejército permanente, de la
pena de muerte, de las facultades omnímodas del poder ejecutivo,
del centralismo, de la teocracia a medias y de los códigos fuertes!
¿De dónde salió ese sujeto que ustedes tanto veneran?
Vino en clase de peón, de los cantones de más allá de la
sabana. Al principio trabajó en la hacienda de don Blas, después se
vino a vivir a la parroquia y se ocupaba en hacer boletas de
|compariendo.
¿De comparendo?
Eso es, de comparendo; y luego comenzó a escribir
documentos; y luego a sacar las listas del trabajo personal y de
las elecciones, mordiéndoles a los jueces y alcaldes más de lo que
valían; y luego se hizo director de los jueces y en este oficio
empezó a ganar más plata enredando a los vecinos con alegatos y
pleitos; luego se hizo director del cabildo y quedó mandando en
todos los asuntos de la parroquia. Pero no paró en eso, sino que se
los fue ganando a todos poco a poco, a unos porque lo necesitaban
para que los sacase con bien de sus empeños, a otros para que les
ayudase a hacer sus picardías, y otros se iban con él por el miedo,
de modo que vino a lograr tenerlos a todos bajo de su dominio. Y lo
peor es que es el único que entiende y registra la Recopilación
Granadina. De modo que hoy el señor don Tadeo entiende en
elecciones, cabildos, pleitos, contribuciones y demandas; pero
sacando de todo su tajada, y haciendo que le sirvan de balde los
que le necesitan; y todavía no es eso solo, sino que don Tadeo
interviene en los testamentos, y en los casamientos, y en las
peleas de las familias, y en los bailes, y en las fiestas y en
todo. Todo esto se le pudiera aguantar; pero ha de saber el señor
don Demóstenes que el mismo partido que tiene entre los hombres,
quiere tenerlo entre las muchachas del pueblo; y su empeño es que
todas ellas, mayormente las más bonitas, estén sujetas a sus
antojos. De unas consigue todo lo que quiere, como de la Cecilia,
la hija de la vieja Sinforiana, y lo consigue con su poder y con
sus intrigas. A las que lo aborrecen las persigue y las tiraniza
para salirse con sus intentos. Y esto último es lo que está
sucediendo con Manuela, que ya la tiene aburrida con leyes del
cabildo para perseguirle sus animales, y armando peleas en los
bailes, desterrándole al novio, poniéndonos sobrenombres a todos
los de la casa, y haciendo que nos insulten y nos inquieten las
mujeres de su partido. Para todo esto tiene él testigos falsos, y
espías, y brazos secretos, y sabe falsificar todas las letras y las
firmas, y sabe hacer y desbaratar los sumarios del modo que le
tiene más cuenta, y está al partir de un confite con don Matías
Urquijo, que según dicen es el que gobierna la junta cuatrera que
ha hecho tanto ruido en este cantón.
¡Un Rodín de parroquia! exclamó don Demóstenes, un Rodín
liberal, porque hay Rodines liberales y conservadores. ¡No está la
parroquia mal encabada!
Un gamonal, es como lo llaman; y para esto que se le
metió de suegra la vieja Sinforiana, y ella le ayuda en todo lo que
puede, con las dos hijas, que son el puro Patas, porque como dice
el dicho: "de tal palo, tal astilla". Como la
vieja
|Injuriana no hay un demonio igual ni en los infiernos.
¡La llaman la Víbora porque tiene unos dientes, y una lengua y unos
artificios!... Tiene un salvaje de marido, que lo tiene embobado,
pues dicen que de noche lo arropa con su mantilla así que se
duerme, y por eso no hace sino lo que ella le manda. Ella contrata
destajos de deshierbas o siembras en las haciendas, y los hace
trabajar como esclavos, a él y a dos hijos y a la hija Pacha,
porque la Cecilia corre de cuenta del gamonal. Siempre verá usted
que la Víbora se junta con muchachas bonitas, y con ellas se va a
visitar a los dueños de tierras a sus trapiches.
La señora Rodín! dijo don Demóstenes, ¡no está mala la
pareja!
Para que usted vea lo que es la Víbora y lo que es el
señor gamonal, le contaré lo que ambos hicieron con la niña
Simona.
Me tiene usted con cuidado con esta gente.
Pues ha de saber usted que la Víbora saca aguardiente de
contrabando en la estancia que tiene en la orilla de la montaña, en
tierras de don Leocadio, y que Simona tiene su estancita en la loma
de enfrente. Las hermanas de Simona son la niña Soledad y la niña
María. Soledad es casada con Juan Aguilera, y como Juan Aguilera
toca tiple y lo toca por veinticuatro horas sin descansar, lo tiene
catequizado la Víbora para que toque en los gastos, para que se le
venda mejor su aguardiente de contrabando, y para más asegurar a
Juan Aguilera, le hace campo para que tenga amistad con la hija, y
por esto Simona y Soledad y toda la familia se hallan mal con la
Víbora, y con mucha razón. El motivo para hacerle campo a don Tadeo
la Injuriana fue para que le librara de los guardas de la cabecera
del cantón su contrabando; pero en un cambio de guardas fueron
éstos y dieron con el saque de aguardiente de la Víbora, y le
llevaron su paila, sus botellas, sus vasos, platos y pozuelos. La
Víbora creyó que había sido denuncio de Simona y sus hermanas, y
juró que las había de echar a la reclusión de Guaduas. Ella
confiaba en sus dos hijas bonitas, en don Tadeo y en su crédito
para con los hacendados, por los destajos que tenía
contratados.
¿Y las leyes y la constitución del 21 de mayo? le
preguntó don Demóstenes a su interlocutora.
Ahora verá usted para lo que sirven las leyes y la
Constitución, le dijo la señora Patrocinio. Juan le metió cincuenta
azotes a su esposa Soledad, amarrada de un palo de la montaña: y
para vengarse de Simona y su hermana, la Víbora armó una pelea de
lunes en un gasto a la salida de una estancia. Las provocó hasta
que le tiró Simona un puñetazo, y luego armó el alboroto la Víbora
y acudieron las hijas, y el bruto de
|ñor Pascasio con sus
hijos, y a la defensa de Simona salieron su padre y su hermana
menor, llamada Maria. La Víbora se hizo echar sangre, les untó las
camisas a todas las mujeres beligerantes y formó un depósito en el
camino, de unas cuatro pulgadas de ancho. Simona y Maria salieron
con los ojos negros y muy aporreadas. Puso su queja la Víbora. Les
siguieron la causa a las Paeces, la elevaron al juez del circuito,
y en menos de dos meses marcharon con una escolta las Paeces para
Guaduas y
|ñor Daniel, el padre, para el presidio.
¿Y por qué a las Paeces? exclamó don Demóstenes.
Porque así lo quiso la Víbora, y así lo permitieron las
leyes y la Constitución, señor don Demóstenes. Cinco meses duraron
las Paeces aprendiendo a hacer tabacos tapados, encerradas entre
rejas de hierro y portones terribles, llorando y gimiendo, y
sufriendo azotes y baño a la madrugada, y comiendo mal y a
deshoras, hasta que volvieron a los seis meses, hechas una miseria,
a encontrar la casa caída y envueltos los escombros en los bejucos
de batatillos, que se apoderan de todo. El viejito Daniel murió en
el presidio de Tena, y este fue el resultado de la persecución de
la Víbora. Ahora, digame usted, qué le ha parecido el señor don
Tadeo.
Sólo por decirlo usted puedo creer que una parroquia esté
gobernada de esta suerte, en una república verdadera como la
nuestra.
Ya lo irá conociendo usted por la experiencia. ¡Pobre de
Manuelita, que si la cogen va a dar al cepo, y a poquitos días a la
reclusión!
No lo crea usted; que yo la libraré de la persecución de
ese tirano vil y depravado; pero es menester que yo me vea con
Manuela.
Ella no se deja ver, señor don Demóstenes.
Es preciso.
No sé cómo hagamos; porque me dijo que a nadie le dijera
su paradero.
¿Y qué hacemos?
Hagamos una. Váyase usted al cabildo a ver cómo anda la
causa que están escribiendo, y mientras eso yo voy a donde se halla
escondida, y le tomo su parecer.
Me parece muy acertado, dijo don Demóstenes, y se fue al
cabildo, en donde encontró al juez 1o., y saludándole con la debida
atención, le dijo:
Señor juez, vengo a ver por qué está preso mi criado en
esta cárcel.
Porque se opuso al cumplimiento de la ley.
¿Y mi perro?
Por la misma causa.
¿Conque se han opuesto al cumplimiento de la ley?
Sí, mi caballero: iban hoy los policías a llevar la
marrana al coso, porque no tenía la horqueta de la ley, y han
salido a defenderla su criado José, su perro y sus caseras, han
armado una revolución, han estropeado a la señora Sinforiana y a la
niña Cecilia, y han cometido muchos crímenes contra todos los
amigos de la ley y del gobierno de la parroquia. Y si no, ahí está
la sumaria que lo reza.
¿Y pudiera yo ver la sumaria?
La ley no deja, señor caballero.
Lo siento, porque como tengo ganas de comprar una
hacienda aquí, me gustaría saber cómo son las sumarias de esta
parroquia.
¿Y a cuál le tiene echada el ojo, mi caballero?
Todavía no sé: pero será a la que tenga menos
arrendatarios, a causa de que pienso rebajarles las obligaciones y
la paga; porque yo soy muy amigo de proteger a los pobres.
Compre su merced el Purgatorio.
Tal vez.
Es la tierra más legítima que hay para las cañas; tanto,
que una mula no alcanza a llevar al trapiche todas las cañas que se
cortan de una mata, porque parecen guaduas, y por lo que es las
yucas, con una hay para la comida de una familia, y todavía sobra.
Y yo el empeño que tengo es de agrandarle a mi estancita, porque el
agüelo don Eloy me la tiene enteramente recortada y yo me
contentaré con que me la deslinden del guamo de micos al guamo
casa-muela, y de la mata de tique a la mata de chitato, y de allí a
la mata de payandé.
Seria muy justo.
¿Y es de veras que su merced quiere divertirse con la
sumaria de la revolución?
Si la ley me permitiera...
Pero había de ser pronto, pues el señor director, el
alcalde y el mozo que le ayuda a escribir se fueron a comer, porque
desde las nueve no han descansado de escribir; y ya no falta sino
que venga a oír su declaración uno de los testigos que se había ido
a la cabecera del cantón desde ayer, y no parece. La sumaría está
guardada en el archivo, mientras que vuelven. Bien puede su merced
mirarla, que por eso no tendremos novedad; pero que no lo sepa mi
director porque eso sería mi perdición.
Cuál es la pieza del archivo, señor juez?
Esa caja de cedro, y la llave la tengo yo.
Abrió el señor juez una caja muy grande que estaba llena de
legajos de papeles atados con cintas de calceta de plátano, y
comenzó a buscar don Demóstenes, haciendo de pasada algunas
observaciones.
¿Por qué están sin romper todavía los sellos de los
Repertorios y las Gacetas que vienen de la gobernación?
Porque hay veces que no hay aquí ningún juez ni alcalde
que pueda leer los papeles del
|gubernamiento sino mi
director, y él dice que esas cosas las sabe de memoria.
¿Por qué se halla en este archivo el cuaderno sobre el
cólera? Esto pertenece a la junta de salubridad. Ni tampoco es aquí
el lugar de esta pastoral del reverendo arzobispo Mosquera.
Bastante hemos trabajado los liberales para que no haya patronato
ni concordatos, y para que la Iglesia y el Estado queden separados
para siempre. Que la Iglesia se avenga como pueda. Entréguele usted
ese documento al señor cura. ¿Y qué significan estos terrones aquí
metidos?
Es el comején, mi amo, que toma posesión de todo lo que
está quieto.
¿Dónde le parece a usted que esté la sumaría de la
revolución?
En la otra esquina, me parece.
"Remedios eficaces para el coto", dijo
don Demóstenes, y continuó con sus observaciones a la ligera. Este
remedio no sirve, o se ha quedado sin leer como las gacetas, porque
la mitad de los parroquianos son cotudos sin exceptuar al señor
juez. ¡Un ratón! ¡Señor juez, échele mano!
Se fue por un
|uraco, dijo el juez. Ya los ratones
no dejan aquí cosa que no roan. Los presos se quejan de que no los
dejan dormir. El cabildo ha aprobado una contrata en que don Tadeo
se obliga a mantener un gato aquí, pagándole doce reales
semanales.
Así son todas las contratas con el Gobierno, es decir,
con el pueblo, porque el pueblo es el Gobierno. Aquí hay papeles
frescos, agregó don Demóstenes, y leyó: "Causa criminal
contra Blas Jiménez por hurto y estropeos y violencias ejecutadas
en personas de su hacienda". "Causa seguida a
Manuela Valdivia por vivir en mal estado con José
Fitatá".
¿Topó, mi amo don Demóstenes? le preguntó el señor Juez,
parado en la puerta, con cuidado de que el director no viniese a
sorprender las operaciones.
No, señor juez; pero estoy viendo cosas muy curiosas por
aquí, más curiosas que la pastoral y los remedios para el coto.
Aquí esta la sumaria escondida en el asiento.
Pues léale su merced; pero aprisita, no vaya el diablo a
traernos al director antes de tiempo. Don Demóstenes leyó:
"Causa general seguida a los reos de conspiración
contra la ley del 18 de mayo, y contra las autoridades de la
parroquia".
Se puso a revisar el interesado, y vio el encabezamiento de toda
la sumaria, las confesiones de los acusados, los reconocimientos de
las heridas y deteniéndose en una hoja del expediente, leyó una de
las cinco declaraciones, que decía así:
"En esta parroquia de... a 11 del mes de junio del año
de 1856, yo el juez 1o. parroquial, hice comparecer a... ante mi
despacho, y después de haberle leído el artículo...,de la ley de la
Recopilación Granadina, dijo ser mayor de 25 años, casado según la
Iglesia, arrendatario de las tierras del señor don Matías Urquijo,
y cazador de profesión; y habiéndole preguntado:
1o. Si le consta que en la mañana de este mismo día 11 hubo una
revolución en la calle del Caucho, hecha por los manuelistas, por
defender la marrana de Manuela Valdivia, de que no fuese apresada,
y por resistirse al cumplimiento de la ley del 18 de mayo, y a todo
el gobierno de la parroquia y de la república; y dijo que le
consta.
2o. Si le consta que Manuela Valdivia le cortó un dedo a
Cecilia; y le dijo que le consta.
3o. Si le consta que Manuela Valdivia peleó contra los policías
y los comisarios en la calle del Caucho, en el motín que se levantó
contra las autoridades y contra la ley de 18 de mayo; y dijo que le
consta.
4o. Si le consta que en uno de los bailes hubo una pelea entre
los comisarios y un sabanero llamado José Fitatá, criado de un
señor Demóstenes Bermúdez, originada por querer bailar el expresado
sabanero únicamente con Manuela Valdivia; si no es cierto que José
y Manuela viven bajo un mismo techo, y que en ausencia de don
Demóstenes se la pasan conversando juntos en la cocina, y en
ocasiones cuando la moza Marta va ala casa de Manuela y don
Demóstenes Bermúdez está ausente, José Fitatá las mece en la hamaca
del expresado don Demóstenes hasta hacerles tocar las vigas con los
pies; y dijo que le consta.
Y leída que le fue su declaración se ratifica en el juramento
que tiene hecho, por ser verdad todo lo que tiene expuesto, y no
firma por no saber, y lo hace a ruego por él el señor Matías
Urquijo".
Vio don Demóstenes que había cinco declaraciones por este tenor,
tan iguales todas que no discrepaban ni en una coma; vio que en la
causa general estaban acusadas todas las personas del partido de
Manuela que habían funcionado en la pelea, y volviendo a poner todo
como estaba en la caja del archivo, pidió licencia para ver a los
presos, y el señor juez le abrió la cárcel de hombres, en cuyo
lóbrego recinto alcanzó a ver que relumbraban los ojos de Ayacucho,
el cual saludó a su amo con un triste lamento.
¡Oh mi fiel compañero! le contestó don Demóstenes, ¿usted
también de conspirador contra la ley del 18 de mayo? ¡No me lo
hubiera yo figurado!
Y yo también, mi patrón, dijo José, por defender la
marrana de la niña Manuela y por defender a mi compañero Ayacucho.
Pero tengo esperanzas de que su merced no me ha de dejar pasar la
noche en esta prisión de Satanás. Las pulgas y los chiribicos me
tienen ya casi seco, y colgado de una pata en este cepo tan alto; y
una sed que ya no puedo más.
Quién sabe cómo será la salida, porque estás encausado
por andar en malos pasos con Manuela.
¿Yo, mi amo?
¡Ni me lo he soñado!
Los testigos declaran que te la pasas jugando y
conversando con Manuela cuando yo no estoy en la casa.
Eso es porque la niña Manuela me mira con cariño por
atención a su merced, y lo mismo hace con Ayacucho.
La salida es de un muisca; sin embargo, yo querría que te
portases un poco mejor cuando yo estoy ausente. Haré todo lo
posible porque salgas hoy.
¿Y yo, mi amo don Demóstenes? dijo el ciudadano Dimas,
que estaba en el mismo cepo.
Todos saldrán muy pronto, me parece. ¿Conque usted
también?...
Y lo que siento son las maticas; porque esa atolondrada
de Pía, cuando yo no estoy por ahí cerca, ni grita, ni apedrea como
debe ser, y les hace alto a las guacamayas por atender a lo que no
le importa, y si ha caído venado en la trampa, ahí se lo comerán
las gualas, porque Melchora no puede ir hasta allá o quién sabe si
mi compadre le suelta la gata. Haga su merced todo empeño a ver si
nos aflojan, que yo por lo que es mi parte le puedo dar mi
juramento de no volverme a meter en otra.
Don Demóstenes logró sacar a su perro de la cárcel de hombres y
pasó a la de mujeres. Estaba un poco más obscura la pieza, porque
no entraba sino muy poca luz por la reja de gruesos atravesaños de
diamonte. El piso era de polvo y basura, y las paredes tenían el
color negro de la mezcla y de mil rayas hechas con carbón por
algunas de las victimas del poder. En la pieza estaba el cepo, un
poco más pequeño que el de los varones, y por cierto que no estaba
desocupado. El olor de aquel calabozo era detestable, porque la
falta de aseo y de ventilación conservaban los miasmas de la
putrefacción para mayor tormento del sexo débil. Don Demóstenes se
quedó aterrado, casi ahogado, y cuando se le aclaró un poco la
prisión, vio a la manca Estefanía sentada en uno de los extremos
del cepo.
¿Es posible? exclamó don Demóstenes. ¡La madre de la
hermosa y Hospitalaria Rosa! ¿Y por qué la han puesto presa a
usted?
Porque me metí a espantar los perros de don Tadeo, para
que no mordieran la marrana de la niña Manuela.
¿Sólo por eso? ¡Oh constitución! ¡Oh leyes de mi patria!
¡Oh libertad, oh principios!
El que nos ha conversado de libertad en esta parroquia es
el autor de todo esto.
¿Y tú también, Paula, encantadora Paula? ¡En un calabozo
más detestable que los de la inquisición de Sevilla! ¡Esto es
insoportable, esto es increíble! Aquello era en los siglos medios,
y dirigido por las inspiraciones de los fanáticos más inicuos y
detestables; ¡pero que haya hoy cárceles hediondas y obscuras para
sepultar en ellas a las señoras del pueblo, por una pelea de la
calle! ¡Seguir hoy una causa por la que irá una docena de victimas
a gemir a la reclusión de Guaduas! ¡Esto es inaudito! ¡Y todo esto
a doce o catorce leguas de la capital de la república; y todo esto
cuando los pueblos han comprado con su dinero y su sangre una
constitución para vivir sosegados y respetados!
¡Oh! ¡quién creyera que en el siglo XIX habíamos de ver
Torquemadas y...
Yo también estoy aquí, dijo Paula llorando, y estoy
solamente porque no hago caso de los cariños de don Tadeo.
¡No más, Paula! no me digas más, que bastante horrorizado
me tienen los crímenes y las tenebrosas maquinaciones de un
intrigante que se titula liberal, y es el monstruo más detestable
de todos los tiranos del mundo.
Pero vea cómo me libra de ir a Guaduas, que yo le serviré
y le quedaré agradecida.
¡Eso no, Paula! Yo no soy de los que se valen de la
ocasión para obtener servicios obligados. Yo no soy de los jesuitas
de casaca o de sotana, conservadores o liberales, que dejan la
estaca proverbial por un ligero servicio en las circunstancias
apuradas de la vida. Eso se queda para los Intrigantes de alcoba,
de mostrador o de oficina, que adquieren derecho a los servicios
ajenos por precios que no son los corrientes en todas las
transacciones comerciales de la sociedad decente. Yo voy a trabajar
para libertar la parroquia del monarca que la oprime, y no exigiré
recompensa alguna.
¡Ojalá!, dijo Simona, que estaba tendida en el suelo y
con un pie metido en el cepo; porque ir a aprender a hacer tabacos
tapados en la ciudad de Guaduas no es cualquier cosa, y maldito lo
que sirven las tales tapas, que es lo primero que
|truezan
con los dientes los que se fuman los tabacos.
Pues, ¡adiós! dijo don Demóstenes, y fe en el porvenir,
que mañana serán todas libres.
Cuando salió don Demóstenes, se encontró con el alcalde en el
corredor del cabildo y le suplicó que soltase a todos esos
infelices, prometiéndole que luego que la causa estuviese
terminada, ellos volverían si los llamaban.
Todos se van a soltar, dijo el ciudadano alcalde, menos
el viejo Dimas; porque ese es un zorro que, cogiendo la montaña, no
vuelve a caer en mis manos, ni aunque le pongamos trampa de
lazo.
Yo le buscaré un fiador a satisfacción del señor alcalde.
No hay para qué tiranizar el pueblo con las leyes hechas por el
pueblo. Las leyes lo único que deben hacer es prevenir los
delitos.
Sí, señor, dijo el alcalde: y la igualdad y la libertad
para todos los ciudadanos.
Al decir esto, apareció un piquete armado de tres lanzas, dos
garrotes y una carabina sin llave, trayendo dos jóvenes amarrados
con lazos de fique. El uno era negro, pero bien configurado y
bastante robusto; el otro era moreno, como de veinte años de edad,
y de semblante humilde. Eran desconocidos ambos para don
Demóstenes; pero su corazón humanitario se movió a compasión y
preguntó al alcalde:
¿Qué crimen han cometido esos jóvenes?
Son reclutas, señor.
¿Y por qué los llevan así amarrados contra todo el
sentido de la Constitución de 21 de mayo, que garantiza la libertad
de los brazos?
Porque si se les afoja, se van al monte; el gobierno ha
pedido los reemplazos y estos dos perillanes son los más
aparentes.
El alcalde le dijo a un hombre que había llegado, que le pusiese
el oficio de remisión, y cuando la manca Estefanía oyó el nombre de
Julián, dio un grito desde el fondo del calabozo, diciendo:
¡Mi hijo! ¡mi Julián!
Yo soy, señora madre, que me llevan para soldado porque
me hallé en la pelea de esta mañana; pusieron guardias en el camino
y me cogieron a traición.
¡A traición! ¡Con alevosía! ¡con infamia! exclamó don
Demóstenes; ¡pobres ciudadanos los de esta parroquia!
¡Pobre de mi hijo, que me lo quitan para que vaya a morir
en las guerras de los hermanos contra los hermanos! ¡pobre de mi
hija Rosa cuando lo sepa! ¡Señor don Demóstenes, por el amor de
Dios, empéñese para que no se lleven a mi hijo!
No hay empeños que valgan, dijo el alcalde.
Sáquenme de esta cárcel para decirle adiós, para verlo
por la última ves de mi vida.
El alcalde concedió la licencia, a tiempo que los conductores
tiraban de los lazos a los ciudadanos granadinos para que
marchasen.
¡Hijo querido, le dijo Estefanía al servidor de la
patria, quién sabe si no volveremos a vernos! Lleve mi bendición y
no vaya a valerse de las armas para ultrajar a sus iguales. ¡Adiós,
querido Julián!
Julián no contestó, sino que recibió la bendición arrodillado y
le dio la mano a su querida madre, pero no el abrazo, porque lo
llevaban atado de los lagartos con los codos atrás; las lágrimas y
gemidos no lo dejaron articular ni una sola palabra. Don Demóstenes
también lloró, lamentándose de la suerte de una madre tan
desdichada como Estefanía y la de una patria no menos infeliz; pero
los esbirros se reían de la escena como de un sainete. Un peso
fuerte dio de limosna el caballero al hermano de Rosa. Luego se fue
a comer y a dar cuenta de su comisión.
¿Qué vio, don Demóstenes? le preguntó la señora
Patrocinio a su huésped.
¡Horrores, doña Patrocinio! ¡prisiones, calabozos,
intrigas y maldades! No me figuraba yo que en la parroquia hubiese
misterios tan temibles y tan horrorosos.
Pues así hay muchas parroquias, don Demóstenes; porque no
falta un gamonal despiadado, que se aproveche de la ignorancia y de
la indiferencia tal vez de las divisiones del pueblo, para
apoderarse de todo el gobierno, y de todos los intereses.
La causa de Manuela está endemoniada, y tan bien hecha,
que me costará mucho trabajo echarla por tierra; pero voy a acusar
al monarca.
Pues ándese con cuidado, porque él juega con usted como
con un trompo.
Ríase de eso, doña Patrocinio.
Pues ya vera.
Pachita y Ascensión sirvieron la comida a don Demóstenes. Doña
Patrocinio comunicó al defensor de Manuela, que hasta el día
siguiente no podría verla porque había muchos espías alrededor de
la casa, y era seguro que cualquier paso que diera seria visto y
comentado por ellos.