Capítulo XI
El mercado
El huésped de la señora Patrocinio se despertó muy afanado, a de
causa un tropel que sintió en los corredores, y a pocos instantes
vio por entre las cortinas una luz que vagaba, y oyó los pasos de
una persona que cruzaba la sala. Quedóse esperando los resultados
de una invasión, atrincherado entre sus cobijas y sus almohadas, a
tiempo que se le apareció Manuela, saludándolo con estas
palabras:
Vengo a ver qué se le ofrece, porque me voy.
No sé; siéntate y me dices qué novedad tenemos.
¿Como qué novedad?
¿No eran ladrones?
¿Luego usted les teme?
No me gustaría que cargasen con la escopeta, el reloj y
los baúles.
¿Luego usted no dice que lo superfluo es para el que más
lo necesite? ¿Para qué quiere reloj, si hay alguno que no tenga
cuatro camisas para mudarse?
El principio es corriente; pero que comiencen a
practicarlo otros, porque una cosa es con guitarra y otra es con
violín.
Sí, señor, una cosa es cacarear y otra poner el huevo;
por eso es que no les creo a los que hacen mucho alboroto. ¿Conque
no sabe que me voy?
¿A dónde, Manuela?
Al mercado; ¿no me dijo que le avisara?
Pues espérate, que te voy a encargar algunas cosas.
¡Qué descansos los suyos! ¿No ve usted que ya quiere
amanecer, y uno va tarde en estos mercados del San Juan, ya halla
todo caro?
¡Pero si no me acuerdo!
Pues entonces hasta luego.
No te vayas: ¡mira!
Es el susto que no le deja acordar; diga pronto porque me
voy.
¡Ah! Ya me voy acordando: un frasquito de tinta para
escribir.
¿No más?
No sé qué otra cosa...
Pues diga, pero no me detenga.
¡Ah! Los papeles del correo.
Hasta luego, don Demóstenes, que ya me amanece.
Que te vaya muy bien; que no te dejes engañar ¿eh?
No es tan fácil tragar entero.
Verás cómo me sales con tinta blanca, o semiblanca,
después que te haya jurado el mercader que es la tinta más negra,
con la que escribe el emperador Napoleón.
¡Hasta luego, que me piense mucho!
Se persignó Manuela, y montó en enjalma en un macho que don Eloy
le había prestado, y al fresco delicioso de la mañana emprendió su
marcha al mercado de la cabecera del cantón.
Pachita corrió ese día con el cuidado del alojado; pero éste,
que no se acomodaba en casa cuando estaba ausente la festiva y
servicial Manuela, se contentó con hacerle de paso algunos cariños
a Pachita, y se fue después de almorzar a casa de Maria, pasó allá
la mayor parte del día, conversando, leyendo, señalándole a Marta
las láminas de Los Misterios de París, y recitándole versos de
algunos autores selectos como Espronceda y Zorrilla. De manera que
gastó un poco menos de siete horas en dos visitas, una antes de la
comida y otra después, recostado en los juncos de la cama del pan,
cuando se cansaba de estar en la hamaca, siendo de advertir que en
la casa de Marta estaban ese día de amasijo, y que el dueño de casa
se había ido al mercado a comprar hierro, acero y algunos
preparativos para el San Juan.
Marta era la tercera notabilidad de la parroquia, después de
Manuela, y Cecilia. Era blanca y tenía el pelo rubio, hermosos ojos
negros y admirable cuerpo. Tenia genio alegre y se reía de todo
porque jamás estaba triste. Nadaba muy bien, bailaba con perfección
y era afamada para el canto de las canciones populares. su traje
era el mismo de su prima Manuela: camisa bordada, enaguas de
cintura y pie descalzo. Visitación, su madre, era hermana de la
señora Patrocinio. Marta sabia leer y aunque era más verbosa y
locuaz que Manuela, no tenía la gracia de locución de ésta, que
había adquirido por herencia y algún tanto por trato el estilo de
las hijas de Llanogrande, que se expresaban por medio de imágenes y
figuras rápidas y bellas, y con frases de una naturalidad y
sencillez que les ha hecho gozar de bien merecida fama. Sin
embargo, la conversación de Marta era entretenida y aun solicitada
de los hacendados, de los forasteros y de los estancieros, entre
los cuales había uno que, según decían, la quería con buenos fines,
y tenía bestias y buena estancia.
Marta había leído "El compadre Mateo", que le
prestó don Alcibíades, cuando estuvo en la parroquia, "El
Hijo del Carnaval" y "La Lechera", que
le había dado don Leocadio; sabía retazos de las carias de Eloísa y
Abelardo, que le regaló don Cosme, había conversado con gente
despreocupada y poco escrupulosa, y era por consiguiente la
ilustrada de la Parroquia. Se le escapaban algunas burlitas acerca
de las velas que llevaban los estancieros a la iglesia, de la
bendición de las semillas el día de La Candelaria, y de las pesetas
de los responsos; y es seguro que de aquí, tenía que pasar Marta a
la crítica sobre la prisión de Jonás dentro del vientre de la
ballena, sobre el agua que saltó de la piedra tocada por la vara de
Moisés y de aquí a la vergüenza de someter el entendimiento a las
decisiones de un Papa que vive tan lejos de la Nueva Granada. Sus
lecturas y la conversación con personas interesadas en
|ilustrar la parroquia, todo tendía a irla desprendiendo de
creencias que le hacían mirar como supersticiosas, mediante la
docilidad con que oía hablar sobre estos asuntos; lo difícil era
saber a dónde iría a parar la despreocupación iniciada por los
buenos apóstoles de la Civilización. Don Demóstenes pasaba ratos
muy agradables a su lado. Para comer y para almorzar hubo que
llamarlo repetidas veces el día en que le hizo la visita de que se
ha hablado.
Eran las ocho y doña Patrocinio estaba muy inquieta por la
tardanza de Manuela, esto es, por los riesgos de una caída, o de la
mordedura de una culebra, que por lo que era su honor, ella no
temía, porque su hija era como las señoritas yanquis, que cuidan de
su yo por sus propios esfuerzos sin necesidad de guardias de corps
ni de muros, cerrojos o llaves. De golpe oyó un canto lejano la
señora y conoció que era la voz de Manuela como la clueca conoce
los chillidos de sus pollitos. La nueva se divulgó por toda la casa
y pronto estuvieron en la sala todos los interesados, inclusive don
Demóstenes, que deseaba ver los periódicos de la capital.
Cuando estuvo Manuela en la puerta, trató don Demóstenes de
auxiliarla galantemente; pero no teniendo las nociones comunes de
la
|encomienda, la
|reata y el
|lazo jurado o de
petacas, tuvo que ceder el puesto a Fitatá, que se portó mucho
mejor. Después del saludo general, Manuela comenzó a abrir los
costales; se sentó junto a doña Patrocinio en la mitad de la sala,
y tras de un corto preámbulo comenzó a hacer sus cuentas, entre
tanto que doña Patrocinio pasaba granos de maíz de un pozuelo a su
regazo.
¡Ah cosa chinche que es hacer mercado! dijo Manuela
desatando unos talegos; ¡y el sol que estaba como candela! Estoy
cansada como si viniera de España. Aquí está la carne, que me costó
a dieciocho, pero es sabanera legítima y de
|aujas que es la
que más le gusta a don Demóstenes; arracachas. unas cuatrico por
dos reales, y los cominos a dos cartuchitos por un cuartillo. La
sal a catorce, cada día más cara y en la Gaceta dijeron que la iban
a dar barata para favorecer al pueblo: ¡lo que defienden al pueblo!
En otro tiempo dicen que tenían hornadas los indios de Nemocón y
los pobres de Zipaquirá, y don Tadeo dice que si hay por fin
federación, la salina no ha de ser para el gobierno general, sino
para la provincia de Bogotá, para que la federación sea completa.
Ya no había lechugas ni coliflores, porque llegué tardísimo; que
aguante don Demóstenes, a ver para qué me detuvo esta mañana. Ese
repollo me costó tres cuartillos, pero le encimaron dos alcachofas.
Tome, don Demóstenes, sus papeles que me dieron en el correo, y la
tinta, que la compré en la tienda de don Florencio: esa fue otra
tardanza, porque, ¡ah hombre conversador! ¡Ave Maria!
Don Demóstenes se puso a leer "El Tiempo" y el
"Neo-granadino", meciéndose con lentitud en la
hamaca, entre tanto que la entrega seguía adelante.
Traje media arroba de arroz y por
|aínas me lo
derraman, porque se armó una pelea de lo más grande, por un medio
de chivera, que les querían meter a los calentanos, y ¿qué será
cuando se publiquen la ley que está componiendo don Demóstenes para
que todos hagamos nuestra plata en la casa, con las marcas que más
nos agraden? ¿Qué harán las indias para no dejarse engañar de los
bribones?
El pueblo tiene un instinto para conocer sus intereses
que nunca lo deja equivocar, refunfuñó el huésped desde la
hamaca.
Los huevos a tres el cuartillo y las cucharas de palo
para la tienda también a cuatro. ¿Qué les quedará a los indios de
Guasca y Guatavita que las hacen y que las traen y después de haber
vendido sus tierras por chicha, o por plata para beber chicha? Don
Eloy alegó por sacar un colador en medio real, hasta que me cansé
de esperar y yo saqué el compañero por tres cuartillos; ¡pobres
indios! y la mujer de don Matías compró el otro, y está muy sonado
por allá que en la Hondura hay sesenta mulas robadas. El sombrero
de Pachita me costó tres pesos y medio, y gracias a que mi prima
Marcela me ayudó a alegar, y está tan hermosa que hoy tuvieron que
hacer todos con ella, y viene también a las fiestas.
¿A posar aquí? preguntó don Demóstenes, sin quitar los
ojos de la lectura.
Ella posa en la casa de mi tía. Se vienen don Florencio y
don Pascualito y todos los músicos.
Pero esos no posarán aquí, dijo don Demóstenes y siguió
con su lectura.
Muy sonadas están las fiestas. El doctor Ramírez estaba
comprando manzanas, me regaló una y le mandó esta otra a mi prima
Maria, y él también viene a las fiestas; ¡tan bueno que es el
cleriguito! ¡Conque me dio la mano en toda la mitad de la plaza! A
dos el cuartillo compré las manzanas, porque le gustan a don
Demóstenes, al horno y con almíbar. Estas son aparte, que les traje
a todos. Alcáncemele esa a don Demóstenes; pero no es para que la
regale. Quién sabe silos encargos no les habrán gustado, porque es
una cosa difícil comprar al gusto de cada uno, y como dice el
dicho: "cada uno para sí y Dios para todos".
¿Y los fósforos? preguntó doña Patrocinio como
asustada.
En la última tienda los vine a comprar, porque ya se me
habían olvidado. Aquí en el seno los traigo, con una carta que me
dio el administrado, al pasar, para nuestro alojado.
¿Y sí se hubieran prendido? dijo doña Patrocinio, en tono
regañón.
Lo habría sentido por la carta.
¿No más? dijo don Demóstenes.
¿Luego qué más? dijo Manuela
¿Las famosas arandelas de la camisa bordada?
¿Luego, yo venía dormida? ¡Miren qué cosas! Al señor
Ayacucho también le traje un bizcocho para que vea que no lo
olvido.
Eso es porque el que quiere a San Roque quiere a su
perro, dijo Pachita y se fue a guardar su sombrero, y don
Demóstenes también se fue a guardar sus encargos, después de
repetirle sus agradecimientos a la recomendada y parecía que todos
habían quedado contentos.
Después que se terminó la cuenta y recibió Manuela la
aprobación, se fue con su adjunta a poner en orden todas las cosas
en la despensa, donde se hallaban las otras provisiones que eran
del distrito, como los plátanos y las batatas, y habiendo llegado
cansada se fue a acostar primero que las demás.
Pasada la media noche sintió doña Patrocinio en la alcoba de su
alojado, ruido del catre y algunos suspiros y despertó a su hija
mayor para que fuese a ver qué era lo que había. Manuela se acercó
sin que la sintiese don Demóstenes hasta muy cerca de su cabecera,
y le preguntó:
¿Está desvelado? ¿Lo han picado los chiribicos? ¿Le
sacudo la cama?
No tengo nada, le contestó el bogotano y volvió la cara
para el lado de la pared.
¿Tiene calentura o dolor de cabeza?
¡Nada! ¡no tengo nada!
¿Cómo estaba delirando?
Estaría soñando.
¿Tiene alguna pesadumbre? ¿La carta le ha traído malas
noticias? me pone que esa carta es de su catira y que le dice que
ya no lo quiere porque habrá sabido algo de por aquí, o porque otro
cachaco le habrá rivalizado.
¿A mi? Esa señora ha nacido para quererme a mí, y
solamente a mi. Fue que le dejé una prohibición para venirme y
ahora sale conque no la ha cumplido.
¿Le mandó que no callejeara, que no se pusiera maja, que
no bailara mientras que usted estaba por aquí pasando trabajos, y
no le ha obedecido?
¿Ella? No pienses que es una casquivana. En cuanto a
dignidad no tengo que tacharle lo más mínimo, es de una educación y
de una hermosura que no hay igual desde Nueva York hasta Bogotá. Es
el conjunto de todas las perfecciones; pero ¡ay! ¡que la sotana
todo lo mancha, todo lo corrompe!
¿Celos, don Demóstenes?
¡No, Manuela! Porque no hay otro mortal que la merezca,
sino yo. No es nada de eso.
Léame la carta, que me están dando ganas de oírla.
¡Qué pretensiones las tuyas! ¿No sabes lo sagrada que es
una carta entre amantes?
Yo lo que sé es que usted se apoderó de una carta de mi
amante, y la leyó, y como sé lo que usted respeta la igualdad, creo
que usted se halla obligado a leerme la carta de su querida de
Bogotá.
¡Qué despropósitos los tuyos! No hables de esta carta
escrita con el veneno más activo del fanatismo, y que a un mismo
tiempo me enternece y me llena de ira.
¿Y me la lee?
¡Vaya que eres impertinente!
¿Ni aun me dice qué noticias son las que le pone la
señorita?
Es esto. Ahora verás que tengo razón de delirar, de
maldecir y de volverme loco, porque la verdad te digo que arde un
infierno en mi pecho.
¡Jesús María! No diga eso, cristiano de mi corazón.
Yo estaba persuadido de que ese dechado de virtudes no
tenía otro defecto que la gazmoñería de que adolece toda la
familia, y la antevíspera de venirme estando en la Esmeralda, que
así se llama la hacienda de su padre, le expliqué mis ideas sobre
la teocracia, sobre el matrimonio católico, sobre la autoridad del
Papa, sobre la manía del rezo y los sermones y las confesiones de
las bogotanas y le dejé prohibiciones expresas sobre estos puntos;
y ahora me sale diciendo en su carta que oye misa, que se confiesa
y que se quitó el bello nombre de Celia, para ponerse un nombre de
calendario, que es la lista de los más famosos ilusos que se han
conocido en el mundo.
¡Vea usted!
Y para colmo de la mengua que me cubre a mí, se ha echado
de beata.
¡Una santa! exclamó Manuela.
¡Ahora me dirás si no tengo razón en abjurar de su amor,
si no se arrepiente, si no me da satisfacciones!
¿Y por qué no quiere usted que sea santa? ¿Le daría menos
que hacer si fuera una incrédula que no pensara más que en el lujo,
y en el baile, y en la ventana, y en la vagamundería? ¿No es usted
tolerante? ¿Por qué no la deja que se vaya al cielo después de
haberlo querido a usted, y que se vaya al cielo del modo que mejor
le parezca? Si a Dámaso le diera por rezar y confesarse, yo me lo
alegraría infinito, porque sé que el cura no le había demandar que
quisiera a otra, ni que malbaratara la plata, ni que me tratara mal
después que nos casemos. Conque no se eche a la muerte, don
Demóstenes, porque su novia sea santa y se haya vestido de beata.
Duerma y déjese de cavilar.
¿Dormir? ¡ Imposible! Trato de aquietarme, y se me
aparece un fantasma que me llena de espanto.
¡Aquí nunca han asustado!
Es la sotana, Manuela, es el confesor, es la potencia
interventora, y tú sabes que donde hay intervención extranjera ya
no hay soberanía. ¿Qué seria del yo con los preceptos de un
confesor? ¿Qué seria del amor mismo donde el ascetismo religioso
imperase por unos días? ¿Infierno y amor? ¿Placeres y penitencia?
¿Esperanzas de un edén y temores de un infierno? ¡Oh, que todo esto
no cabe en un solo corazón ni con todas las argucias de los
teólogos y canonistas, y un corazón tan tímido, tan inocente, tan
puro como el de Celia...! Que escoja: o el confesor o yo; porque el
fuego y el agua no pueden estar juntos...
Pues si le parece tan mala, tal vez sí sería bueno que
usted la dejara.
¡Pero tan linda! dijo don Demóstenes mirando el retrato
de la señorita, que estaba sobre la carta. ¿No ves, Manuela? ¡qué
facciones, qué pelo! ¡qué garganta! ¡qué boca! ¡qué ojos! ¡Oh, es
para volverse uno loco!
Pues mire, entonces lo que ha de hacer es escribirle una
buena carta, muy cariñosa.
¿Y mi dignidad?
Pero ya ve: santa y linda, ¿qué más quiere? Y qué ha de
estar usted en que misiá Clotilde está medio enajenada; y por lo
que hace a Marta, no le aconsejo que siga entretenido con ella,
porque cuando deja usted de estar conversando con ella en la
tienda, le sigue uno de alpargatas, que vale menos que usted; pero
es la verdad, que él tiene el mismo derecho que usted para estarse
en la tienda, y más, porque se pone a tocar el tiple.
¡Ah sí! los tiples que los aborrezco como a un medio de
oposición contra mí, y lo peor es que aquí no hay policía,
porque...
Si, señor, porque la libertad de dormir debe respetarse
tanto como la libertad de tunar, como decía don Alcibíades cuando
estuvo posado aquí y lo molestaban con los tiples de mi tienda.
Don Demóstenes estaba recostado contra la pequeña baranda de su
catre que yacía apegado a la pared, tenía la cara levantada y el
pelo todo erizado, la camisa la tenía caída hacia atrás y se le
veía palpitar el pecho con suma agitación. Manuela estaba sentada
cerca del catre, y le decía:
Procure aquietarse, don Demóstenes, que está como
acalenturado, no cavile más en la carta ni en la sotana, mientras
que voy a traer una agüita.
Salió Manuela con su cabo encendido, rodeado de un pedazo de
papel, se fue a la huerta a coger unas hierbas, y luego que echó
agua en una vasija, la puso en donde prendió carbones con la misma
vela, y presto resonaron las piezas vacías, las de los sanos y la
alcoba del enfermo con el ruido melancólico del fuelle, que se oye
con angustia y pena en algunas de las horas más silenciosas de la
noche en todas las casas donde hay enfermo. Manuela había puesto el
cabo en un candelero de barro, y aquella luz pálida que se regaba
por los corredores y el patio, le daba a ella el aspecto de una
pintura lastimosa. Ella era compasiva en las desgracias, así como
era burlona en las horas en que se trataba de chanzas y palabras
ociosas.
Cuando sonó el agua agitada por el primer hervor, la echó en una
taza, la enfrió un poco, le puso dulce, la probó y se la llevó al
enfermo, al cual le dijo con dulce y agradable voz:
Tome, don Demóstenes, bébase esta agüita, pero bébasela
con fe y no deje nada en el vaso.
¡Mil gracias! Siento que te hayas molestado.
No me molesté, don Demóstenes; la cocí con mucho gusto:
lo que deseo es que le haga provecho.
Se tomó don Demóstenes el agua; le preguntó después de qué era,
y la caritativa joven le contestó:
Es agua de una ramita de toronjil de la huerta, y de dos
clavelitos del los que traen los indios al mercado, que me los
encimaron hoy en donde compré las cucharas de palo. Arrópese y
estese quieto, y verá cómo se alienta.
Dos Demóstenes se sonrió, y éste fue el primer síntoma de su
mejoría. Una sonrisa en los tiempos comunes no tiene mérito; pero
una sonrisa recabada de los labios que han pronunciado la maldición
de los celos y que han protestado contra el amor, es una conquista
de un mérito infinito.
Dios quiera que amanezca bueno y que no vuelva a
enfermarse, dijo Manuela a su huésped, y se fue a acostar.
Don Demóstenes se alivió muy pronto, bien fuese por virtud del
agua o por los consejos de su casera; logró dormir las últimas
horas de la madrugada, y cuando se levantó, pensó en estrechar su
amistad con la familia del Retiro, se fortificó hasta donde pudo en
la idea de que Clotilde lo tenía cautivado, y se dedicó a pensar en
sus ojos negros, y cuando venían a rivalizarlos en su imaginación
los azules de Celia, desechaba la imagen como un bello fantasma que
lo venia a atormentar. Ayudábanle a conjurar este recuerdo los
pasatiempos de la escopeta, los viajes a las estancias de las
bellas hijas del pueblo, y el ajedrez y las damas en la casa del
cura; hizo una segunda visita sin baquiana a la hacienda del
Retiro, y aunque se perdió en el camino, y aunque no pudo hablar a
solas con la señorita, sus miradas le parecieron consoladoras, y su
misma dignidad le pareció un buen presagio para sus amores.