Capítulo II
La parroquia
En las caídas de la gran sabana de Bogotá se encuentran algunos
caseríos con los nombres de ciudades, villas o distritos, de los
cuales uno, que ha conservado entre sus habitantes el grato nombre
de parroquia, es el teatro de esta narración.
Está separado de los otros grupos algunas tres o cuatro leguas,
por lo menos, y casi incomunicado, porque los caminos atraviesan
bruscamente montañas, rastrojos y fangales. En su plaza, demarcada
hace más de un siglo, hay dos costados cubiertos ya de casas, y en
el uno sobresale la iglesia de teja, bien notable por su puerta
verde y porque cuelgan de una viga de su fachada tres campanas, que
sirven para llamar a la misa mayor los domingos, y entre semana
para dar las doce, las seis y los dobles de las ocho, El segundo
edificio es el despacho de la alcaldía, llamado antiguamente
cabildo; sigue después la casa del cura con su largo corredor sobre
la plaza.
Tiene la parroquia un retazo de calles y algunos trozos formados
de solares de cercas de palos sostenidos por algunos árboles
nacederos. Hay una casa que se distingue por su establecimiento de
venta o tienda, de donde el público se surte de velas, guarapo, o
chicha, aguardiente, y algunas veces de pan. La sala de esta
concurrida casa tiene una puerta al oriente, que da a la calle, y
otra al occidente que sale al patio, el cual está cerrado por los
costados con dos tramos del pajizo edificio, y por los otros dos
con cerca de guadua, en la cual hay un disimulado portillo, que
equivale a la puerta oculta, de que hablan algunas novelas de
Europa.
La tienda tiene una trastienda que comunica con la alcoba de la
familia, con una pieza obscura de por medio, llena de ollas,
barriles, artesas y trastos viejos.
La concurrencia en la tienda es todos los domingos y a veces los
lunes. Las arengas de los concurrentes son graves en ciertas
ocasiones, y aun suele la discusión pasar a los porrazos.
De esta venta saca, tal vez más ganancias que la dueña, un
embozado, que desde un agujero practicado en la pared de su alcoba,
atisba todos los movimientos, y escucha todas las palabras,
apuntando en una grasienta cartera lo que a su entender tiene mayor
importancia: en la parroquia hay también embozados.
En las otras dos puertas de la sala, que permanecen siempre
cerradas por medio de cortinas de zaraza, la una conduce a la
mencionada alcoba de la familia, y la otra al sur, está destinada
para los forasteros.
Los muebles son un poyo de adobe, una silla de brazos, reputada
por propiedad de los primeros jesuitas, y una mesa grande; las
adornos, un san Antonio, una Virgen del Rosario, y un retrato del
general Santander.
La edad de la silla, hasta de ochenta años, está bien comprobada
por las muchas heridas que muestra en los brazos, hechas con
alevosía las más (y con navaja) y por la firmeza de su
constitución, pues sirviendo de andamio, o puente, o receptáculo
para pesados cuerpos, suspensa entre el ángulo de la pared y el
suelo, no han logrado desarmarla, como a muchos taburetes
raquíticos y delicados, que yacen en los zarzos o en los ceniceros,
por no haber resistido a esa cruel operación. La mesa aun cuando no
tan antigua no carecía de mérito: sobre ella se deshacían marranos,
se amasaba y se aplanchaba cuando era menester.
La propietaria de esta casa era doña Patrocinio; pero don
Demóstenes se hallaba con dominio absoluto sobre la alcoba del sur,
con medio dominio en la silla y la mesa; con derecho de colgar su
hamaca en la sala, y de visitar también el interior de la casa,
cuando a bien lo tuviera.
Así fue que un domingo hubo en la parroquia la gran novedad de
un forastero que se mecía en su gran hamaca, en la sala de la niña
Patrocinio, leyendo un libro cuya pasta brillaba como carey, y
teniendo debajo cuadernos y papeles, sobre una estera de chingalé.
También se hablaba de un perro que estaba echado allí junto, tan
grande como un ternero y de un mirar espantoso.
Embebido don Demóstenes en sus libros, no había hecho caso del
movimiento que había en la calle, en donde se saludaban los
estancieros de los partidos, o se paseaban en compañía, ni de la
risa y dichos de las muchachas, que echaban sus revoloteos como las
mariposas, mientras daban el último toque a misa. Pero un ruido de
bestias y voces de dominio, que pareció estallar contra la puerta,
hizo levantar la cabeza al forastero para ver el cielo abierto ante
sus ojos.
Una señorita, montada en una mula retinta, con traje que bajaba
hasta el suelo, dejando ver al través de un velillo celeste un
color bellísimo de mármol y unos ojos grandes, suaves y modestos,
una dentadura fina y graciosa, conjunto de primores, visión
enteramente milagrosa, era la divinidad que había posado delante de
la puerta. Don Demóstenes se puso de pie en el instante, y viendo
que la comitiva hacía alto, ofreció sus servicios para que la
señorita se apease. El caballero que la acompañaba estuvo pronto a
su lado, y dándole el hombro y la mano, ella descendió majestuosa,
para entrar en la sala con su fuete en la diestra, y todo su largo
traje recogido con la izquierda. Mientras su compañero mandaba
amarrar las bestias debajo de un hermoso caucho, y meter los frenos
y los pellones, don Demóstenes le dirigió la palabra, después del
saludo de cumplimiento.
¿Cómo es que habita usted en estos desiertos? le dijo el
caballero.
Porque vivo en la hacienda con mi padre, respondió
Clotilde, que era la misma que en la posada había sido nombrada por
Rosa.
Ahora concibo que puede haber un hombre dichoso,
viviendo...
Don Blas, entrando presto de la calle, interrumpió este diálogo,
que habría sido tal vez curioso; y mientras que la señorita siguió
al interior a preguntar por su mamá Patrocinio y por Manuela, don
Blas se dirigió al forastero en estos términos:
¿Y la venida de usted...?
Emigrado, señor.
¡Santa María! ¿Otra revolución?
De los paramitos de San Juan, señor.
Tiene razón. ¡Son infernales! ¿Y qué de bueno deja usted
por Bogotá?
Pues no hay cosa particular sobre la crónica común.
Ahora, sobre los negocios públicos usted habrá leído "El
Tiempo".
¿"El Tiempo"?... No, señor. Aquí no
llega sino la "Gaceta" y se va al archivo, muchas
veces sin desplegarla; dicen que a don Eloy le viene el
"Porvenir".
¡Es cosa muy rara!
No, señor: así andamos en muchas parroquias... Lo raro es
ver a una persona como usted por aquí.
Pues otros años he ido a Fusagasugá, que es magnífico por
su temperatura, por sus aguas, por su gente, por sus bellas sabanas
y sus célebres quintas.
Pues eso si no tenemos por aquí.
Cierto, porque las tierras, como este distrito, húmedas,
saturadas de sales, nitro, caparrosa y piedra azul de pizarra y que
se ablandan y se deslizan en derrumbes llevándose las estancias y
los montes, son buenas para producir mucha caña y mucho plátano;
pero no mucha vida, según mis observaciones de tres días a esta
parte.
¿Vendrá usted a comprar trapiche?
No, señor: no quiero comprar mi sepulcro, para adornarlo
en vida, como lo ha hecho un compatriota nuestro: este cuidado se
lo dejo a mis deudos.
Pues ahí verá que el trapiche,
|cuando no chorrea,
gotea, dijo don Blas, con toda la seguridad de un profesor
entusiasta.
La señorita Clotilde, que había entrado a la alcoba a ponerse en
traje de iglesia, salió radiante de belleza y majestad, como la
actriz que asoma por segunda vez a las tablas.
Don Demóstenes levantó los brazos como para aplaudir, pero se
quedó petrificado en presencia de tanta hermosura, La señorita
siguió a la iglesia con don Blas, y don Demóstenes los siguió
maquinalmente. Ella tomó su puesto en la iglesia, y al frente quedó
el viajero, cada vez más apretado por la concurrencia gradual de
los parroquianos.
La molestia del viajero, a no ser por el hechizo que allí lo
mantenía, deberíamos suponerla terrible por el calor, los vapores y
los apretones; pero cuando él vino a conocer la grandeza de su
sacrificio tributado a los ojos de la divina Clotilde, fue cuando
sentándose el cura en una silla parecida (si no era hermana) a la
de la posada, se santiguó; y se santiguaron con él todos los
vecinos para oír la santa palabra.
Reflexionemos por unos momentos en la posición de don
Demóstenes:
El sabía los dimes y diretes que reinan entre los curas y los
filósofos, Sabia lo que la prensa radical decía sobre papas,
frailes y socialismo en esos días.
Sabía que el cura estaba en su tribuna, como él mismo había
estado en la de la escuela republicana de Bogotá.
Esto, pues, lo tenía sin cuidado, fuera del bochorno producido
por la concurrencia; pero no había medio de escapar sin un
escándalo, y por otra parte, lo que Clotilde hubiera dicho... Se
limpió el sudor con su fino pañuelo de seda, y se resignó. Puso
atención y escuchó estas claras y distintas palabras:
"Amor, paz y caridad son el fondo de la doctrina que un
artesano pobre comenzó a predicar en la Judea, y que hoy cuenta ya
millones de sectarios".
Aquí respiró don Demóstenes, y levantó la cabeza.
"Doctrina que halaga al pobre, continuó el cura,
porque pobres fueron los apóstoles, pobres los discípulos y pobres
las mujeres piadosas que seguían en pos de la
predicación".
Mientras que esto decía el cura, todos los parroquianos dirigían
los ojos al forastero, quien por su gran frac blanco, por su buena
corbata de seda, y por la hermosa cadena de su reloj, aparecía como
el más acomodado de todos, y tuvo la precaución de agacharse un
poco.
"Sí. mis oyentes, decía el cura, el mismo Jesucristo lo
dijo por su boca:
|Es más fácil que un camello entre por el ojo
de una aguja, que un rico en el reino del cielo... Pero la
caridad nos manda que no les hagamos mal, porque son nuestros
hermanos".
Aquí sintió don Demóstenes sumo agrado, y suma predilección por
el párroco; y se enderezó aliñándose su
|chivera; pero las
palabras que siguieron volvieron a hacerlo agachar, porque el cura
estaba diciendo:
"Y la caridad vale más que la divisa
|libertad,
igualdad, fraternidad; pues con aquel pendón se han acometido
mayores empresas en favor de la sociedad universal",
Esto tampoco le gustó a don Demóstenes; pero lo que siguió le
pareció muy bien.
Concluida que fue toda la función parroquial, fueron saliendo
todos los vecinos. Hubo nuevos abrazos, nuevas muestras de cariño
entre los grupos que formaban en el altozano y la plaza aquellos
desvalidos feligreses.
La señorita Clotilde se fue a cumplir con una visita y don
Demóstenes se acercó al cabildo, donde un octogenario en el traje
de los parroquianos, aunque más raído que todos, tocaba la llamada
de granaderos en una caja que fue de los guardias nacionales de
Colombia, según las inscripciones y los timbres. Y unas pocas
mujeres y algunos de los muchachos acudieron al llamamiento, y
acercándose el alcalde con el bastón en una mano y unos papeles en
la otra, le dijo a don Demóstenes:
|
| "Léiganos sumerced los papeles del
gobierno, señor caballero, por vida suya".
Don Demóstenes comenzó a romper las cubiertas de las gacetas y
ordenanzas y el alcalde le dijo:
Eso que viene en letra de molde se va así dobladito a la
caja; lo que hay que publicar es este papel.
Obedeciendo al dictamen del alcalde, el forastero leyó lo que
sigue:
ACUERDO
El Cabildo del distrito de..., acuerda:
Art. 1o. Se matarán todos los marranos que anden por la calle,
con excepción de los que tengan horqueta.
Parágrafo único. Por el derecho de horqueta se pagará medio real
por semana.
Art. 2o. Por todo burro que ande suelto por la calle se pagará
un real por mes.
Art. 3o. Cuando un perro resulte loco, será alanceado, y el
dueño pagará cuatro pesos de multa, y sufrirá tres días de
prisión.
Dado en el Cabildo de este distrito, a 18 de mayo de
|1856.
El presidente,
|José Londoño,
|Ejecútese.
El alcalde,
|Gregorio Alguacil.
A este tiempo pasaba ya la señorita Clotilde para su posada, y
|
don Demóstenes entregando con precipitación los papeles al
señor alcalde, se fue también.
Doña Patrocinio hizo servir unas frutas a sus huéspedes, en cuyo
acto tuvo ocasión don Demóstenes de manifestar su civilidad, y
hasta su singular aprecio por la señorita.
Esa noche dio por la calle un paseo el forastero, y se acostó en
su hamaca, con muy buenas intenciones de dormir; pero el baile de
la casa vecina le echó a perder sus profundos cálculos. La música
se componía de algunos tiples que hacían el alto, y de dos
|guacharacas y dos alfandoques que desempeñaban por trompas y
trombones, agregándose por contralto un triángulo de hierro, de un
sonido más que penetrante. Las
|guacharacas son unas cañas de
|chontadura rajadas, que se frotan con una astilla de palo, y
los alfandoques son dos tubos de guadua, en que se baten unas pepas
de
|chisgua de forma de munición.
Eran pocos el sueño y la cabeza de don Demóstenes para recibir
tan selecta armonía, en la cual no habíamos incluido un tambor que
no cesaba ni por un instante. Se levantó; dio un paseo, y luego se
acercó a la puerta del baile.
Veamos, dijo, si hay algo adentro por lo cual unos oídos
configurados como los míos, puedan aguantar el suplicio.
Estaba la sala alumbrada por un candil, que daba luz, además de
la sala, a una especie de tienda, si es que merecía este nombre. Su
poca luz se perdía entre el humo espeso de los cigarros. El baile
tampoco gustó al caballero; era el torbellino, en que el galán da
vueltas en pos de la esquiva pareja, repitiéndose una parte, con la
ejecución de cada cuatro de estas vueltas.
Tampoco merece la pena el baile, dijo entre si don Demóstenes.
¡Ir a una vara de distancia de una bella, hoy que la palabra
|distancia es un borrón del diccionario! ¡Hoy que Roma se ha
puesto a las puertas de París con el telégrafo!... Esto es muy
retrógrado... Esto es contra la institución del baile, que no se
hizo para huir sino para avanzar; esto es muy colonial sobre
todo.
Entre tanto los aplausos y la alegría resonaban en el baile; las
parejas entraban, salían, se ponían de pie, mudaban de asiento; y
los bailadores invadían y atropellaban, sin que hubiese desafíos a
pistola ni puñetazos. Entre las parejas oía don Demóstenes nombrar
con frecuencia a una Manuela, ala que no pudo conocer, sin embargo,
por la poca luz y por la distancia.
Y usted ¿no entra a bailar, amigo? le preguntó don
Demóstenes a un parroquiano que estaba recostado en un palo del
corredor, embozado hasta los ojos con su ruana.
¡No, señor! le contestó con aire triste. Yo estoy privado
de baile; y ¡quién sabe por cuánto tiempo!
¿Cómo, amigo?... ¿Es usted un proscripto?
No es sino que ando huyendo de las persecuciones de don
Tadeo, y si usted viene a permanecer aquí, descuídese.
Esta palabra exactamente igual a la que le había dicho Rosa, le
animó a interrogar al incógnito, y ya le había hecho una pregunta,
cuando un rumor de adentro cortó la conversación.
¿Por qué lo dejan? gritaba a los músicos un bailador, que
cabalmente era José Fitatá, el criado de don Demóstenes.
Porque la niña Manuela no es la única que sabe bailar
aquí.
¿Y si ella quiere y yo también quiero?
Se
|friega el
|forajido, porque el que manda,
manda.
En mi no manda aquí ninguno.
¡Que lo apresen! gritó una voz del lado de la
semitienda.
Es necesario saber quién era José Fitatá. Se había criado de
concertado en las haciendas de la Sabana, en el arma de vaquero; es
decir, era toreador, jinete, enlazador, y fue soldado de las
guerrillas de Atidi1a en la revolución de abril; no le faltaba nada
para ser un jaque, aun cuando era moderado y complaciente, como
todos los sabaneros en tiempo de paz.
Había también un personaje detrás de los músicos, del cual es
preciso dar una noticia aunque ligera. Era un hombre de ruana de
listas verdes con el forro colorado, y de sombrero muy grande; el
cuello de la camisa muy grande también y muy almidonado, no le
dejaba toda la movilidad requerida para sus observaciones; tenía
que torcer sus miradas corno muñeco de resorte, las que eran
fielmente observadas, y hasta obedecidas por el sumiso círculo que
siempre lo rodeaba. Era aquel embozado la polilla de la
parroquia.
Pero veamos en qué quedaron esas bravatas que habían sonado como
una tempestad en la pacífica sala del baile.
José, viéndose acometido de repente, echó mano al alfandoque de
la música, y de pie en un rincón, con la dignidad del tigre que
espera a su agresor contenía a sus enemigos con sus miradas.
Una voz del lado del rincón murmuró estas palabras
solapadas:
¿No habrá por aquí un comisario?
Entonces un hombre de malísima traza se presentó en la palestra,
señalando un bastón con cabeza de plata, y animados con su
presencia los adalides, avanzaron unos pasos: pero José por
desembarazarse del estorbo del Primero que se le acercó, le tocó
con el alfandoque, de tal manera que lo hizo caer sentado en el
suelo.
¡La carabina, la carabina! gritó un valiente desde muy
lejos del puesto.
Se habían desenvainado los machetes, los agresores ganaban un
pie más de terreno, lo que hubiera vencido la repugnancia de
intervenir que tenía don Demóstenes, si una sombra de ágiles
movimientos y airoso andar, atravesando con presteza el salón por
entre el polvo y el humo, no se hubiesen puesto delante del
personaje del cuello monstruo, y le hubiese hablado a media voz,
acariciándole una mano con las dos suyas, y derramando sobre él una
mirada rápida.
Apenas esto sucedió cuando sonó la voz de "alto el
fuego", y una ley de olvido lo cubrió todo en el acto. Sin
embargo, un misterio quedó trasluciéndose en el público, como
sucede siempre después de todos los tratados diplomáticos, y de
esos indultos que ordena el absoluto olvido, a los que tienen tanto
de qué acordarse, por sus bolsillos o por sus personas.
La música y los vivas ahogaban los comentarios; el baile
triunfaba con toda su fuerza, como las fiestas conque los cónsules
romanos apartaban de la atención del pueblo las cuestiones
graves.
¡Viva la alegría! gritó uno de los concurrentes.
¡Viva el pueblo! ¡viva la diversión!
¡Viva la pacificadora Manuela!
¡Viva la niña Cecilia, respondió una voz recalcitrante y
proterva, que es la que vale más aquí!
Coja usted esos puntos, mi caballero, le dijo a don
Demóstenes el incógnito, que observaba todo sin moverse, embozado
en el gran canto de su ruana; y, ¡no se descuide!
Era ya muy tarde, y don Demóstenes se volvió a su hamaca, en
donde se quedó al fin dormido como a eso de las tres de la mañana;
pero una singular ocurrencia lo vino a despojar de su dicha.
La hamaca había sufrido un terrible acudimiento, y al despertar
el caballero, entre la incertidumbre y el temor, se quedó con, el
oído fijo, y le pareció que oía sonar el traje de una mujer; pero
notando que la aparición, o lo que fuese, se iba alejando, se fue
calmando su corazón, cuyas palpitaciones fueron al principio
terribles con tan inesperado susto.
Ya iba a llamar a José, cuando sintió que las caseras
conversaban a media voz en su alcoba, y pudo oír sus palabras.
¿Por qué vienes tan tarde? decía una voz algo severa,
aunque a la vez compasiva.
¿Porque estuvo el baile tan bonito!
¡Si irías a abrir la puerta del lado de la calle, y a
despertar al caballero...!
Como entramos por el portillo... sino que por lo obscuro
y porque ya no me acordaba, me estrellé contra la hamaca, y le metí
un susto. ¡Ave María, que tengo una vergüenza...! porque por poco
me caigo.
Pues es necesario venir temprano otro día, porque los
tiempos están delicados; y tanto va el cántaro a la fuente, que por
fin, por fin...
Pero
|sumercé verá que el que bien anda bien
desanda.
¿No supiste lo que le sucedió a tu comadre Pía?
Eso seria por boba; o porque ya le convenía mamá.
Pues sólo que así...
Don Demóstenes no pudo oír más de la conversación de la alcoba,
y lo sintió en el alma; pues aun cuando este ruido fuese un nuevo
motivo de desvelo, era muy útil para un forastero cualquier
revelación sobre asuntos de la parroquia, donde tenía que pasar una
larga temporada.
Volvió a rendirse al sueño cuando el día comenzaba a brillar;
pero volvió a ser interrumpido por la patrona Patrocinio, la cual
subida en un tronco, a voz en cuello gritó en la mitad del
patio:
¡piú, piú, piú! y, desde entonces, los marranos, los
piscos y gallinas y el burro carguero no dejaron esperanzas de más
sueño con su alboroto infernal. Un gato muy taimado asistió
también, aunque solamente como curioso.
Se salió don Demóstenes a dar un paseo por los campos, y el
aire, la libertad y el silencio calmaron el trastorno que su cabeza
experimentaba desde los acontecimientos del baile, y desde el su el
susto que tuvo a la madrugada por el sacudimiento de la hamaca.