Capítulo I
La posada de mal-abrigo
Eran las seis de la tarde, y a la luz del crepúsculo se
alcanzaba a divisar por debajo de las ramas de un corpulento
guásimo, una choza sombreada por cuatro matas de plátano que la
superaban en altura. En una enramada que tocaba casi el suelo con
sus alares, se veía una hoguera, y alrededor algunas personas y un
espectro de perro, flaco y abatido sobre sus patas. Al frente de la
enramada acababa de detener su mula viajera un caballero que
entraba al patio, seguido de su criado, y de un arriero que
conducía una carga de baúles. Del centro de este segundo grupo
salió una voz que decía:
Buenas noches les dé Dios!
Para servirle, contestaron los de la enramada.
¿Que si nos dan posada?
La casa es corta, pero se acomodarán como se pueda.
|Entren para más adentro.
¡Dios se lo pague! contestó el arriero, comenzando a
aflojar la carga de la jadeante mula.
El caballero se desmontó y tendiendo su pellón colorado sobre un
grueso tronco sustentado por estacas y emparejado con tierra, se
sentó, mientras el arriero desenjalmaba y recogía el aparejo, y el
criado arrimaba las maletas contra la negra y hendida pared de la
choza. Salió de la cocina una mujer con enaguas azules y camisa
blanca, en cuyo rostro brillaban sus ojos bajo unas pobladas cejas,
como lámparas bajo los arcos de un templo obscuro; y dirigiéndose
al viajero, le dijo:
¿Por qué no entra?
Muchas gracias... ¡está su casa tan obscura!
¿No trae vela?
¿Vela yo?
Pues vela, porque la que hay aquí, quién sabe dónde la
puso mi
|mama; y a obscuras no la topo. Y si la dejan por
ahí, ¡harto dejarán los ratones! ¡Conque se comen los cabos de los
machetes, y hasta nos muerden de noche! Pero si tiene tantica
paciencia voy a sacar luz para buscarla.
Ya tenían arrimados los baúles los compañeros del viajero,
cuando salió la casera de la cocina con un bagazo encendido. El
bagazo seco y deshilachado (la vela de los pobres), era como una
hoguera, ya su luz brillantísima pudo nuestro viajero examinar la
mezquina fachada de la choza y la figura de la patrona, Era ésta de
talle delgado y recto, de agradable rostro y pies largos y enjutos;
sus modales tenían soltura y un garbo natural, como lo tienen los
de todas las hijas de nuestras tierras bajas.
Cuando la vela, con gran pesar de los ratones, estuvo
alumbrando la salita, los criados introdujeron los trastos; y sobre
la cama que el paje había formado con el pellón y las ruanas, se
recostó el viajero fumando su cigarro. y lamentándose, por
intervalos, del cansancio y del estropeo.
¡Hombre, José! ¡qué caminos! decía a su criado que ya se
había recostado también sobre la enjalma: ¡si tú vieras los de los
Estados Unidos! ¡Y las posadas de allá; eso todavía! Estoy todo
desarmado aquí donde tú me ves. ¡Qué saltos! ¡qué atolladeros! No
creía llegar vivo a esta magnifica posada.
Y en esas tierras que sumerced mienta, ¿no son caminos
provinciales y nacionales como los nuestros?
¿Cómo estos? Allá va volando uno en un tren que lleva
todas las comodidades de la vida civilizada.
Pero la
|Pólvora en que sumerced bajó el monte, es
superior para los viajes. Tiene un paso trochado, y un modo de
bajar los escalones, y de atravesar los sorbederos... Y recuerde
sumerced que un mero día desde Bogotá hasta aquí.
¡Un día! Allá hubiéramos hecho en una hora esta misma
jornada, y no a saltos y
|barquinazos,
|
como tú dices,
sino acostado sobre cojines.
¿Conque qué tal le va? preguntó el arriero a su patrón.
entrando a colgar los cabezales de las bestias.
Ya puede. Suponer..., y tú, ¿de dónde vienes?
De manear las mulas y esconderlas; porque como dice el
dicho. "más vale contarles las costillas que los
pasos". Y por lo que hace a mi acomodo, yo en cualquier
parte quedo bien. Pienso dormir debajo del alar sobre la enjalma,
porque adentro no cabríamos los tres, con
|ñua Estefana, su
familia y sus cluecas.
¿Y por qué se te ocurrió llamar posada a esta choza y
hacerme pernoctar en ella?
¿Y en qué otra parte? ¡Sólo que en la casa grande de la
Soledad!... Sumerced me dijo que las casas grandes tenían sus
inconvenientes para pasar la noche.
¡Pero si aquí ni cabemos siquiera! En fin,., una mala
noche pronto se pasa. Saca un libro del rnaletón, José.
Y tomando el segundo tomo de "Los Misterios de
París", que le trajo su criado, empezó a leer en voz alta,
mientras su perro y su arriero dormían a sus pies. El perro de
Terranova, que respondía al nombre de Ayacucho, no había hecho el
menor caso de los largos y destemplados aullidos con que lo había
recibido el moribundo gozque de la choza; y éste viendo el profundo
desprecio de su huésped, y que, gordo como estaba, más se curaba de
dormir que de comer, dejó de temer la rivalidad y volvió a
acostarse cerca del fogón.
Acababa de bostezar el viajero, viendo en su reloj de oro que
eran las ocho, cuando entró la joven casera de paso para su
alcoba.
¿Y qué hay del cafecito? le preguntó el viajero.
¿Cuál cafecito? le contestó ella con la más franca
admiración.
El de mi cena.
¿Luego usted cena?
Por de contado.
¿Trajo de qué hacerle? ¿Tiene algo en esos baúles?
Sí: los libros y la ropa.
¿Eso merienda, pues?
No, lo que tú me prepares.
¿Y si no hay nada?
¿Cómo?
Que en estos caminos hay que llevar de comer, porque no
se encuentran las cosas al gusto de los pasajeros.
¡Yo no acostumbro cargar nada de comida, mi hija!
Pues entonces, aguante.
¿Y llevando condores?
¿Qué son condores?
Monedas de oro del valor de doce pesos y medio.
¿Y con qué pagábamos tantos
|trueques? ¡Ni con todo
lo que tenemos en el rancho! ¡Ave María!
¿Y entonces, me dejas morir de hambre después de creado?
¡Tú. que siendo tan buena moza, no debes ser inhumana...! ¿Cómo te
llamas?
Rosa, una criada suya.
Y mucho menos siendo la reina de las flores.
¡Nada!
¿Y no te compadeces?
Sólo que se conforme con lo que hay.
De mil amores.
Continuó leyendo el viajero, mientras Rosa se fue a reanimar el
fuego, tomando nuevas y urgentes providencias, poseída de
sentimientos humanitarios, y de algo más, porque el viajero le
inspiraba un sí-es no-es de cariño.
Iba el lector en un pasaje interesante cuando fue interrumpido
por Rosa, la que poniendo un pie en el extremo de la barbacoa,
levantó el otro con destreza y agilidad, para alcanzar a cortar un
pedazo de carne de la pieza que colgaba de una vara suspendida con
cuerdas del techo, y con la necesaria interposición de totumas y
tarros que garantizan de ratones, Si al viajero había parecido
Rosa, dándole posada, una mujer bondadosa, ahora, suspendida de un
pie en la punta de una barbacoa, los brazos alzados y el cuerpo
lanzado en el aire, advirtió que era elegante de cuerpo, y en
aquella postura, y recordando que estaba ocupada en su servicio, le
pareció el ángel del socorro.
¿Siempre me favorecerás, Rosa? le dijo.
¿No ve? ¡ para su cena...! dijo mostrándole el pedazo de
carne, y dando un salto ágilmente, corrió a la cocina. Continué la
lectura durante otra hora: y cuando los bostezos del amo, del
criado y del perro, se respondían como el eco en las bóvedas de una
cueva, entró Rosa con una servilleta del tamaño de un pañuelo, a
tenderla sobre una cajita, cerca de un baúl, y el viajero le
preguntó:
¿Qué noticias tenemos, Rosa?
¿No ve ya la mesa puesta?
¿Bien, bien! Si es el primer repique, procura que no
tarden los otros dos.
Aflójese tantico, si está apretado. ¿Y quién le manda ser
descuidado y darse mala vida? Ya ve, los pobres lo primero que
prevenimos es la comida cuando viajamos; porque si uno se muere,
¿de qué sirve la plata?
No te detendré con objeciones, porque tienes mucha razón,
y además los momentos son preciosos.
Otro capitulo del libro fue leído en el intermedio siguiente, y
al cabo volvió a aparecer Rosa trayendo una taza vidriada, no muy
limpia por de fuera.
¿Qué me traes, Rosa? preguntó el viajero sentándose en su
barbacoa.
Es el ají... ¿Usted no se pica?
De ti es que estoy medio picado. Ven acá, graciosa negra.
Siéntate y conversemos.
¿Y la cena?
¡Todo es secundario en tu presencia! Tienes un aire, una
gracia y unas miradas que consuelan.
¿Entonces no le traigo de cenar? Con que yo lo mire tiene
bastante.
Pues no es malo que me traigas algo. Quisiera que me
hicieras la visita, porque tu conversación me encanta; pero en fin,
tú lo verás.
Cuando esto dijo el viajero, ya Rosa había salido, para
presentarse de nuevo como el verdadero ángel del socorro. Puso
sobre la mesa una taza y un plato de palo que tenía carne asada, de
apetitoso olor; y luego se sentó en otro baúl, poniéndose la mano
en la cintura.
Me gusta que me acompañes. Yo no puedo comer solo; y así
será mi cena más sabrosa. ¿Y qué potaje tenemos?
Como no es potaje sino mazamorra.
¡Exquisita! exclamó el viajero así que la probó, y no
volvió a atravesar palabra hasta agotar la taza.
Esta carne también está buena, dijo Rosa.
¡Pues ahí verás que no me gusta tanto! Tiene un
olorcillo... ¿De qué es?
¿Para qué quiere saberlo?
¡Ya se ve! Lo que importa es matar a quien nos mata, ¡Qué
buena cena! Ahora se me ocurre una cosa: tú me cuidas y ni siquiera
sabes cómo me llamo.
¿Eso qué le hace?
¡Oh! ¡de esto sucede mucho en la Nueva Granada! Mil
gracias, Rosa.
¡Que le haga buen provecho!
Te quedo muy agradecido. ¡Mira! cuando vayas a Bogotá,
pregunta por mí, que tendré mucho gusto en atenderte.
Mi hermano Julián es el que viaja y algunas veces mi
madre. Yo les diré que vayan a la casa de usted.
¿Y vives contenta entre estos montes?
¿Y
|
si no? El que es pobre...
¿Y en qué buscas tu vida, Rosa?
En la labranza, cuando se puede trabajar; y la mayor
parte del año en el trapiche de la hacienda.
¿Eres trapichera?
Sí, señor: de la Soledad, del trapiche de mi amo Blas,
nada menos.
¿El vive solo?
Con mi señorita Clotilde, porque mi señora no se amaña,
ni le hace el temperamento. Los niños suelen hacer sus viajes a la
ciudad.
¿Te gusta el oficio de trapichera?
¿Y qué se va a hacer?
¿Y quiénes más viven aquí contigo?
Mi madre, yo, Julián y Antoñita, la mediana. Mi padrastro
se murió hace poco; Matea se fue a Ambalema; y dicen que está
calzada y como una novia de maja. Julián, mi hermano, está
trabajando en el trapiche del Retiro, y no viene a casa sino por
San Juan, la semana santa y la noche buena. Otro hermano tenemos,
que trabaja en la Soledad; pero ni caso ni cuenta hace de
nosotras.
¿Y cuáles son tus obligaciones en la hacienda?
Pagar ocho pesos por año, y trabajar, una semana sí y
otra no, en el oficio del trapiche.
¿Y qué tal es tu señora Clotilde?
Buena con nosotras; y, ¡muy chusca que es la
señorita!
¿Y en la parroquia, hay algo que sirva?
¡Ave María! ¡Pues la niña Manuela... que es lo que hay
que ver!
Pero, tanto he hablado con usted, y hasta ahora no me ha dicho
su gracia, es decir, cómo se llama.
Yo me llamo Demóstenes, un criado tuyo, contestó el
caballero haciendo una cortesía.
Seguramente don Demóstenes, por el hábito de no acostarse sino
de las doce para adelante, estaba desvelado en esa noche. Por lo
que hace a Rosa, como buena trapichera, estaba acostumbrada a
trasnocharse; y en esta disposición análoga, eran ya las diez, y
todavía conversaban como dos novios. Don Demóstenes, complacido con
la ingenua y sencilla charla de Rosa, y ésta, contenta de
interrumpir su acostumbrado aislamiento y soledad, hablando con un
pasajero de agradable conversación.
La madre y los hermanitos hacía rato que dormían en la alcoba
inmediata: al fin se retiró Rosa, llevando en la mano el bagazo
encendido, Don Demóstenes apagó su vela y se preparó a dormir en su
movediza barbacoa.
Mas cuando esperaba el reposo y el sueño bienhechor debido con
tanta justicia al mal parado viajero, éste en vez de conciliar el
sueño, no hacía sino moverse y agitarse en su cama, sintiendo mil
picadas en todo su cuerpo. Largo rato luchó con aquel tormento
desconocido, hasta que por fin, agotada la paciencia, llamó a su
criado.
José, levántate, que estoy como metido en agua hirviendo
y tengo una sed devoradora Enciende pronto la vela, ¿oyes?
¡Como que los ratones cargaron con ella! contestó José,
después de buscarla a tientas en toda la pieza.
Llama a Rosa, pues.
Rosa se había puesto en pie desde que oyó las voces y las
plegarias de su huésped, y salió para ver cómo podía aliviar al
viajero; pero no había otra vela en la casa, y hubo que recurrir al
bagazo. Encendido éste, se encargó José de atizar la salvaje
lámpara, mientras Rosa examinaba la cama de don Demóstenes.
Son los
|chiribicos, dijo, después de examinar los
dobleces de la sábana.
¿Y qué se hace con ellos?
Con los
|chiribicos y con don Tadeo el tinterillo,
no hay remedio que valga.
¿Cómo es eso?
¡Pues mire! Cuando los chiribicos se
|empican, no
vale aseo, no vale arder la cobija ni el junco, ni quemar la
barbacoa.
¿Y qué se hace entonces?
Embarrar de nuevo la casa, o derribarla y hacer otra
nueva.
¿Pero mientras se derriba, qué hacemos, Rosa? ¡Yo me
muero!
¿No trajo hamaca?
¡Corriente, Rosa! Viene entre los baúles: que la saque
José cuanto antes.
Cuando colgaron la hamaca entre el criado y la casera, le
advirtió Rosa:
Pero no vaya a llevar a la hamaca ni una cobija, ni una
pieza de ropa de las que tiene puestas, porque entonces se queda en
las mismas.
Don Demóstenes siguió el consejo: se mudó, y envuelto en otra
sábana hizo su ascensión gloriosa a la hamaca, de un solo brinco,
como el boga que sube al champán perseguido por los
|policías.
Ahora quiero agua, porque tengo calentura y la sed me
abrasa.
Esa es la que aquí no hay, mi caballero.
¿Qué beben ustedes, pues?
Guarapo. Si quiere, voy a traer un calabazo de agua al
chorro; pero aquí son las aguas salobres.
Te lo agradeceré hija mía... ¡Oh! ¡las posadas de los
Estados Unidos, esas sí que son posadas! decía don Demóstenes al
criado, mientras esperaba el agua. ¡Figúrate que en el hotel San
Nicolás encuentra uno en su cuarto hasta agua corriente! ¡Pero esta
posada de Mal Abrigo...!
Al cabo de media hora se oyeron los pasos de la servicial
casera, y en seguida el grato acento de su voz.
|
| Por aínas no vuelvo dijo al entrar, con una
tranquilidad llena de filosofía. Se apagó el bagazo en el camino, y
aquí no más tuve que matar una taya que se me enredó en los pies...
mañana la verá usted...
Don Demóstenes se bebió una totuma llena de un agua no muy
buena, y exclamó con todo el fervor de un corazón agradecido:
¡Oh! ¡Rosa! Eres como una Egeria consolando a Numa.
¿Que le eche otra totuma?
|¡Apare...!
No, Rosa, mi sed está mitigada. Ahora conversemos alguna
cosa. Mira, estoy curioso de saber por qué vino a colación un don
Tadeo, cuando hablábamos de chiribicos.
Porque esa es otra plaga que tenemos en la parroquia. Al
niño Dámaso le tiene desterrado y lo persigue como los ratones a la
vela, para no dejarlo casar con la niña Manuela. Y usted
descuídese, si va a estarse en la parroquia, porque ese es hombre
que sabe
|empapelar a la gente; y acuérdese de lo que le dice
Rosa, ¡acuérdese! repitió al retirarse otra vez a su alcoba.
Don Demóstenes se rio del anuncio; se acordó un poco de la
hermosa niña a quien dejaba en Bogotá; pero no tanto que lo
desvelara esta memoria como lo habían hecho los chiribicos; y a no
ser por el ruido que hacían los estribos cuando su criado estaba
ensillando, ya muy entrado el día, no se hubiera despertado hasta
la tarde, ¡Tan profundo era su sueño, y tan grande su
cansancio!
Mientras el arriero cargaba, reparando su posada, encontró la
culebra muerta, y dentro de la casa una decoración improvisada. La
barbacoa donde le pusieron cama tenía armazón como para toldillo,
revestida de arrayán y flores, y un arco gracioso lleno de hojas en
la puerta de la sala. Sobre una tablita encontró un libro muy
usado, y al hojearlo, gritó: ¡oh Gutenberg! ¡hasta aquí llega tu
sublime descubrimiento! Viendo el titulo, que decía:
"Ramillete de divinas flores, y método para aprender a
morir cristianamente", murmuró: método para vivir es lo
que debemos aprender, que morir es caso muy fácil. ¿No te parece,
José? añadió dirigiéndose a su criado.
Pues para morirnos es que bregamos hasta donde podemos,
mi amo.
Cuando todo estuvo listo para marchar, se acercó don Demóstenes
a la cocina, a despedirse de Rosa, dándole las gracias, y
ofreciéndole una moneda, que ella rehusó con aire de desdén.
¡Pues adiós! ¡adiós!
¡Adiós, señor! dijo Rosa, y tomó su azadón para irse al
pequeño platanal de su estancia.
Saliendo don Demóstenes al camino parroquial de la senda del
barzal que ocultaba la casita, al recordar su mala posada y la
generosa bondad de Rosa, pensaba preocupado en la frase de
"¡descuídese con don Tadeo!" que ella le dijo con
aire de profecía; y sacando su cartera escribió riéndose:
"5 de mayo Posada de Mal Abrigo Rosa
¡Descuídese con don Tadeo! Manuela",
Dos horas después entraba en la plaza de la parroquia de... y
pronto se instaló en su nueva posada.