Ficha bibliográfica
Titulo:
La Mansión de Araucaima y otros relatos
Edición original: 2004-02-18
Edición en la biblioteca virtual: 2004-02-18
Publicado: Biblioteca Virtual del Banco de la República
Creador: Mutis Alvaro


La Mansión de Araucaima y otros relatos
Alvaro Mútis
© Derechos Reservados de Autor

Biblioteca Familiar Colombiana
Presidencia de la República

El guardián

Había sido antaño soldado de fortuna, mercenario a sueldo de gobiernos y gentes harto dudosas. Frecuentador de bares en donde se enrolaban voluntarios de guerras coloniales, hombres de armas que sometían a pueblos jóvenes e incultos que creían luchar por su libertad y sólo conseguían una ligera fluctuación en las bulliciosas salas de la Bolsa.

Le faltaba un brazo y hablaba correctamente cinco idiomas. Olía a esas plantas dulceamargas de la selva que, cuando se cortan, esparcen un aroma de herida vegetal.

Al llegar no habló con nadie. Fue a refugiarse en un cuarto de los patios interiores. Allí descargó ruidosamente su mochila de soldado, ordenó sus pertenencias, según un orden muy personal, alrededor de su saco de dormir, prendió su pipa y se puso a fumar en silencio. Pasados algunos días alguien le descubrió, mientras se bañaba en el río, un tatuaje debajo de la axila derecha con un numero y un sexo de mujer cuidadosamente dibujado. Todos le temían con excepción del dueño, a quien le era indiferente, y del fraile que sentía por él una cierta adusta simpatía. Sus maneras eran bruscas, exactas, medidas y en cierta forma un tanto caballerescas y pasadas de moda.

Desde cuando llegó le fueron confiadas ciertas tareas que suponían una labor de control sobre las entradas y salidas de los demás habitantes de la mansión. Todas las llaves de cuartos, cuadras e instalaciones de beneficio estaban a su cuidado. A él había que acudir cada vez que se necesitaba una herramienta o había que sacar los frutos a vender. Nunca se supo que negara a nadie lo que le solicitaba, pero nadie tomaba algo sin comunicárselo a él, ni siquiera el dueño. De su brazo ausente, de cierta manera rígida de volver a mirar cuando se le hablaba y del timbre de su voz emanaban una autoridad y una fuerza indiscutibles.

En el desenlace de los acontecimientos se mantuvo al margen y nadie supo si participó en alguna forma en los preliminares de la tragedia. Se llamaba Paúl y él mismo solía lavar la ropa a la orilla del río con un aire de resignación y una habilidad adquirida con la costumbre, que hubieran enternecido a cualquier mujer. Sus largos ratos de ocio los pasaba tocando en la armónica aires militares. Era incómodo verlo con una sola mano y ayudándose con el muñón arrancar aires marciales al precario instrumento.

El dueño

Si alguien hubiera indicado la obesidad como uno de sus atributos, nadie habría recordado si ésta era una de sus características. Era más bien colosal, había en él algo flojo y al mismo tiempo blando sin ser grasoso, como si se alimentara con substancias por entero ajenas a la habitual comida de los hombres.

Decía haber adquirido la mansión por herencia de su madre, pero luego se supo que había caído en sus manos por virtud de ciertas maquinaciones legales de cuya rectitud era arriesgado dar fe. Se llamaba Graciliano, pero todos lo conocían por Don Graci. En su juventud había sido pederasta de cierta nombradía y en varias ocasiones fue expulsado de los cines y otros lugares públicos por insinuarse con los adolescentes. Pero de tales costumbres la edad lo había alejado por completo, y para calmar sus ocasionales urgencias acudía durante el baño a la masturbación, que efectuaba con un jabón mentolado para la barba del que se proveía en abundancia en sus muy raras escapadas a la ciudad.

La participación de Don Graci en los hechos fue capital. El ideó el sacrificio y a él se debieron los detalles ceremoniales que lo antecedieron y precedieron. Sus máximas, que regían el orden y la vida de la casa, habían sido escritas en las paredes de los espaciosos aposentos y decían:

«El silencio es como el dolor, propicia la meditación, mueve al orden y prolonga los deseos». «Defeca con ternura, ese tiempo no cuenta y al sumarlo edificas la eternidad».

«Mirar es un pecado de tres caras, como los espejos de las rameras. En una aparece la verdad, en otra la duda y en la tercera la certidumbre de haber errado».

«Alza tu voz en el blando silencio de la noche, cuando todo ha callado en espera del alba; alza, entonces, tu voz y gime la miseria del mundo y sus criaturas. Pero que nadie sepa de tu llanto, ni descifre el sentido de tus lamentos».

«Una hoja es el vicio, dos hojas son un árbol, todas las hojas son, apenas, una mujer».

«No midas tus palabras, mide más bien la húmeda piel de tu intestino. No midas tus actos, mide más bien la orina del conejo».

«Apártate, deja que los incendios consuman delicadamente las obras de los hombres. Apártate con el agua. Apártate con el vino. Apártate con el hambre de los cóndores». «Si entras en esta casa no salgas. Si sales de esta casa no vuelvas. Si pasas por esta casa no pienses. Si moras en esta casa no plantes plegarias».

«Todo deseo es la suma de los vacíos por donde se nos escapa el alma hacia los grandes espacios exteriores. Consúmete en ti mismo».

Otras máximas se habían borrado con el tiempo, pero la titubeante memoria del dueño hacía imposible su reconstrucción, en la cual, por lo demás, ninguno de sus huéspedes estaba interesado. La ampulosidad del estilo y su artificial concisión iban muy bien con los afelpados ademanes de aquella robusta columna de carne que movía las manos como ordenando sedas en un armario.

Tenía grandes ojos oscuros y acuosos que un tiempo debieron ruborizar a sus oyentes y que ahora producían el miedo de asistir a una abusiva y en cierto sentido enfermiza suspensión del tiempo. Sus conocimientos eran vastísimos pero nunca se le oyó citar a un autor ni se le vio con un libro en la mano. Su saber se antojaba fruto de una niñez miserable refugiada en los libros de un padre erudito o en alguna oscura biblioteca de un colegio de jesuitas.

Ya se mencionó la participación de Don Graci en los hechos, pero no está por demás agregar que, en cierta forma, todos los hechos fueron él mismo o mejor aún que él mismo dio origen y sentido a todos los hechos. Como no evadió su papel sino que sencillamente se contentó con ignorarlo, lo sucedido tomó las proporciones de una molesta infamia, hija de una impunidad incomprensible pero inevitable. Más adelante se sabrá algo sobre este asunto pero ya no con iguales palabras ni desde el mismo punto de vista.

Don Graci nunca se bañaba solo y lo hacía dos veces cada día, una en la mañana y otra antes de acostarse. Escogía su compañero de baño sin exigirle nada y sin dirigirse a él en forma alguna durante las largas abluciones que a veces, siempre más raras, despedían un intenso aroma mentolado.

El piloto

Al piloto le sudaban las manos. Había sido aviador en una línea aérea que fundaron algunos antiguos compañeros suyos de la Escuela Militar de Aviación y en ese trabajo permaneció hasta cuando una gran red internacional se anexó la pequeña empresa. Buscó empleo en otras líneas pero su carácter y su aspecto hicieron que siempre fuera cortésmente rechazado. Apareció en la hacienda como piloto de una avioneta de fumigación contratada por Don Graci para combatir una plaga que amenazaba acabar con sus naranjos y limoneros, sembrados en ordenada plantación a orillas del río Cocora. Había ya terminado su labor cuando la avioneta fue incendiada por un rayo que cayó sobre ella en una noche de tormenta. El piloto se fue quedando en la mansión sin atraer sobre si ni el rechazo ni la simpatía de nadie. Fue la Machiche quien lo obligó finalmente a quedarse en forma permanente. En una de sus fugaces uniones escogió al piloto por su fino bigotito oscuro que lucía sobre una boca carnosa y bien dibujada de hombre débil. Tenía la frente estrecha; el pelo oscuro, recio y abundante, le prestaba un aire de virilidad que bien pronto se supo por entero engañoso. No que padeciera de impotencia, pero sí acusaba una marcada tendencia hacia una indiferente frigidez que bien pronto ofendió a la Machiche y le enajenó su simpatía para siempre.

Rondaba por la casa con una vaga sonrisa, como excusándose por ocupar un sitio que nadie le ofrecía. Por las noches ayudaba al fraile en la contabilidad de la hacienda. Sacaba las cuentas en una redondeada y necia caligrafía de colegio de monjas. Llevaba siempre consigo el Manual de Vuelo de la antigua empresa en donde había sido capitán-piloto y lo repasaba minuciosamente todas las noches antes de irse a la cama. Vestía un raído uniforme color azul plomizo y llevaba una sucia gorra blanca con las insignias de la Fuerza Aérea. Se llamaba Camilo y tenía mal aliento. Su participación en la tragedia fue primordial, consciente y largamente meditada, por razones que ya se verán o habrán de adivinarse. Fue la Machiche quien maquinó contra el piloto una larga e invisible intriga que lo llevó a ser, después de la víctima, el actor principal. Había en él un tal deseo de destruirse que su propia debilidad lo llevó a tomar sobre sí la parte más delicada y decisiva del drama.

Era el autor de una canción que la víctima aprendió a cantar con la música de un ritmo de moda y que decía, más o menos, así:

No es fuerza ser el rey del mundo,
para escoger una mujer
en cada tarde de verano.
La plaga tiene aguas tranquilas
donde el sol planta sus tiendas transparentes.
Yo espero, allí, cada mañana,
una muchacha diferente.
No es fuerza ser el rey del mundo,
no es fuerza ser nadie en la vida,
basta esperar y acariciar
el aire claro con la frente.
 

Además de las discutibles calidades del intenso estribillo, lo que irritó a todos fue la expresión de vanidosa delicia del piloto cada vez que la víctima lo cantaba como si fuera la más bella canción que jamás hubiera conocido. Qué le encontraba a la letra para decirla con tan emocionada convicción fue algo que ignoraron el fraile y Don Graci, que eran los únicos entendidos en estas materias. Tal vez en esa cancioncilla se jugó el destino de todos. Quién iba a saberlo.

 

La Machiche

Hembra madura y frutal, la Machiche. Mujer de piel blanca, amplios senos caídos, vastas caderas y grandes nalgas, ojos negros y uno de esos rostros de quijada recia, pómulos anchos y ávida boca que dibujaran a menudo los cronistas gráficos del París galante del siglo pasado. Hembra terrible y mansa la Machiche, así llamada por no se supo nunca qué habilidades eróticas explotadas en sus años de plenitud. Vivía en el fondo de la mansión y su gran cabellera oscura, en la que brillaban ya algunas canas, anunciaba su presencia en los corredores, antes de que irrumpiera la ofrecida abundancia de sus carnes.

Tenía la Machiche una de esas inteligencias naturales y exclusivamente femeninas; un talento espontáneo para el mal y una ternura a flor de piel, lista a proteger, acariciar, alejar el dolor y la malaventuranza. La bondad se le daba furiosamente, sus astucias se gestaban largamente y estallaban en ruidosas y complicadas contiendas, que se aplacaban luego en el arrullo acelerado de algún lecho en desorden.

La participación de la Machiche fue definitiva. No tanto los celos, cuanto una desorbitada premonición de los males y descaecimientos que hubieran podido venir con el tiempo, de prolongarse la situación, fue la causa que movió a la Machiche a gestar la idea del sacrificio con la anuencia y hasta el sabio consejo del dueño.

La Machiche era la encargada de todas las labores domésticas y no se le conocía una determinada preferencia en sus relaciones. Sólo con el gigantesco sirviente podría pensarse que hubiera cierto lazo secreto y permanente, pero jamás pudo confirmarse el vínculo con dato alguno que lo probara. Temía al fraile, despreciaba al piloto, simpatizaba con el guardián y dialogaba largamente con el dueño.

Don Graci tenía para con ella una particular paciencia y cuando la invitaba a acompañarlo en sus abluciones, todos rodeaban la amplia tina para admirar en su espléndida desnudez a la Machiche. Era su piel de una blancura notable y conservaba su lechosa frescura a pesar de los años. Su amplio vientre mostraba tres rollizos pliegues, señal, más que de alguna improbable maternidad, más bien de una prolongada y bien explotada lujuria.

Con roncas carcajadas celebraba las abluciones del dueño, quien le echaba agua desde su elevada estatura con un recipiente de concha. Nunca tuvieron entre sí otro contacto que no fuera el de una respetuosa aquiescencia por parte de la hembra y una vaga simpatía por parte de Don Graci. Cuando más, en lo más álgido del baño él la llamaba "La Gran Ramera de Nínive" con un tono de predicador por entero apócrifo, como es obvio. De cada uno de estos baños salía la Machiche con un nuevo pretendiente y a él dedicaba sus mimos y cuidados sin dejar de atender a los demás con próvida y maternal eficacia.

La Machiche andaba descalza y vestía un largo traje florido que le llegaba más abajo de las rodillas, con el escote rodeado de un cuello de volantes. No llevaba ningún adorno. Despedía un perfume agrio, matizado con un aroma de benjuí que le seguía por toda la casa.

Sueño de la Machiche

Entró a una gran casa de salud. Una moderna clínica que se levantaba a orillas de una transparente laguna de aguas tranquilas. Cruzó la puerta principal y se internó por anchos y silenciosos corredores pintados de un color crema mate e iluminados por una luz tamizada y suave que emitía un leve zumbido. Penetró por una puerta por donde decía "Entrada" y se encontró en un consultorio; un médico en traje de operar se dirigió a ella bajándose la mascarilla que le tapaba la boca: «La contratamos a usted para recortar las hierbas y líquenes que van creciendo en la sala de operaciones, en los laboratorios y en algunos corredores. No es un trabajo pesado pero sí exigimos una absoluta dedicación y responsabilidad. No podemos continuar con estas plantas y hierbas que siguen creciendo por todas partes», dijo señalando los intersticios del piso. La llevó hasta una sala de operaciones intensamente iluminada, en donde los instrumentos de níquel reflejaban la lechosa luz del quirófano, una luz otra vez acompañada de un ligero zumbido metálico y persistente. Entre los intersticios de las losas crecían líquenes imperceptibles. Comenzó a arrancar minuciosamente las pequeñas plantas y a medida que avanzaba en su trabajo se dio cuenta de que en todo aquello había una trampa. Las plantas crecían en forma persistente, continua. Pensó que jamás llegaría la hora de la cena, que si dejaba un instante su trabajo las plantas le ganarían terreno fácilmente. Advirtió que nadie supervisaba su tarea por la sencilla razón de que era una labor imposible, una confrontación absurda con el tiempo, a causa de ese continuo aparecer de las breves hojas lanosas y tibias que por todas partes brotaban con una insistencia animal e incansable. Comenzó a llorar con un manso y secreto desconsuelo, con una ansiedad que había guardado muy hondo en ella y que jamás recordara haber sentido en la vigilia.

«Y cómo quieres que haga ese viaje —le decía el piloto que la observaba desde una amplia terraza inundada por el sol de la mañana, con una plenitud que lastimaba la vista—. Cómo quieres que me mueva de aquí, si todos saben que no sirvo para nada». El piloto sonreía dulcemente. Estaba vestido con un impecable uniforme de capitán de vuelo y se protegía los ojos con unas amplias gafas ahumadas que le daban un aire a la vez elegante y extraño. Seguía sonriéndole desde la terraza con notoria complicidad, cuando ella se dio cuenta de que, agachada como estaba, sus grandes senos estaban al descubierto. Trató de cubrirse en vano porque el peso de los pechos tornaba a abrir la bata de suave tejido de nylon que le dieran para su trabajo. Era una bata de enfermera. «¿Quieres que te ayude?», le dijo él desde lo alto con una actitud protectora que a ella le pareció por completo fuera de lugar. «Pero si tú no sabes hacerlo —le repuso ella, tratando de no lastimarlo—. No supiste hacerlo conmigo y tampoco sabes hacerlo con ella». El le contestó: «Si lo hice una vez lo puedo hacer siempre», y partió dándole la espalda mientras saludaba a alguien que aparecía en el fondo de la terraza, alguien muy importante e investido de una inmensa autoridad y de quien dependía la suerte de todos.

Ella se estaba peinando frente a un espejo que, a medida que sus brazos se movían arreglando el pelo, se desplazaba de manera que le era muy difícil mirarse en él. En los contados instantes en que podía verse, trataba de arreglarse el peinado recogiéndose todo el cabello en una larga trenza enrollada en lo alto de la cabeza. Se daba cuenta de que era un peinado pasado de moda, con el que trataba de reconstruir una cierta época de su juventud, un cierto ambiente desteñido ya y sin identificación posible con un pasado que, de pronto, se le aparecía confuso y cargado de una tristeza sin motivo pero también sin posible consuelo. Entró el médico que la había contratado. La abrazó por la espalda y la atrajo hacia sí mientras le decía suavemente: «Lo hiciste muy bien... ven... no llores... estás muy hermosa, ven... ven...» y la ceñía con un calor que la excitaba y le devolvía, intacta, la felicidad de otros años.

El fraile

Decía haber sido confesor del difunto Papa bienamado. Nadie lo hubiera creído de no haber sido por una carta que recibió un día cuyo sobre ostentaba la tiara papal con las dos llaves cruzadas debajo. La guardó sin leerla ni mostrar interés alguno por su contenido. Todos lo conocían como «el fraile» y nadie supo nunca su nombre. Fue el único en negarse a acompañar en sus baños a Don Graci, cosa que éste supo aceptar, al comienzo con cierta ironía y, luego, con sorprendente resignación.

Era hermoso y se mantenía en esa zona de la edad que fluctúa entre los cuarenta y cinco y los sesenta años, cuando el hombre parece detenerse en el tiempo y conserva siempre el mismo rostro sin cambiar jamás de figura. Era consciente de su gran prestancia física, pero no parecía estar particularmente satisfecho con ella, ni la usaba para someter a nadie al desvaído y hasta cierto punto desordenado círculo de sus asuntos.

Su participación en los hechos fue, en cierta forma, marginal y en otra capital. Cuando llegó el momento impartió su confesión a la víctima y luego increpó a los verdugos sin mucha convicción pero con fogosa oratoria. Era el autor de la Oración de la Mañana, que acabó por ser recitada por todos los moradores de la mansión, siempre a la misma hora y en el lugar en donde les sorprendiera el alba. Decía así:

»Ordena ¡oh Señor! la miserable condición de mis dominios.
»Haz que el día transcurra lejos de las sombras amargas que ahora me agobian. »Dame ¡oh Bondadoso de toda bondad! la clave para encontrar el sentido de mis días, que he perdido en el mundo de los sueños en donde no reinas ni cabe tu presencia. Dame una flor ¡oh Señor! que me consuele.
»Acógeme en el regazo de una hembra que reemplace a mi madre y la prolongue en la amplitud de sus pechos.
»Sácame ¡oh Venturoso! del amargo despertar de los hombres y entorpéceme en la santa inocencia de los mulos.
»Tú conoces, Señor, mejor que nadie, la inutilidad de mis pasos sobre la tierra,
»no me hagas, pues, partícipe de ella, guárdamela para mi última hora, no me la proveas durante mi trabajosa vigilia.
»Señor: arma de todas las heridas,
bandera de todas las derrotas,
utensilio de los sinsabores,
apodo de los lelos,
padre de los lémures,
pus de los desterrados,
ojo de las tormentas,
paso de los cobardes,
puerta de los encogidos,
¡Señor despiértame!
¡Señor despiértame!
¡Señor despiértame!
¡Señor óyeme!».

 

Algún diligente escriba intentó copiar esta oración en los muros, al pie de las sentencias del dueño, con la anuencia de algunos y la desaprobación furiosa de éste.

«Mis palabras necesitan ser escritas —dijo— porque son la mentira y sólo escrita es ésta valedera como verdad. La oración la sabemos todos de memoria y no necesita escribirse en ninguna parte».

El fraile era el único de todos que poseía armas. Tenía una pistola Colt y un pequeño puñal de buceador. Las limpiaba constantemente y cuidaba de ellas con celo inflexible. Ni las usó, ni se deshizo de ellas cuando hubiera sido oportuno. Así era el fraile.

Sueño del Fraile

Transitaba por un corredor y al cruzar una puerta volvía a transitar el mismo corredor con algunos breves detalles que lo hacían distinto. Pensaba que el corredor anterior lo había soñado y que éste sí era real. Volvía a trasponer una puerta y entraba a otro corredor con nuevos detalles que lo distinguían del anterior y entonces pensaba que aquél también era soñado y éste era real. Así sucesivamente cruzaba nuevas puertas que lo llevaban a corredores, cada uno de los cuales era para él, en el momento de transitarlo, el único existente. Ascendió brevemente a la vigilia y pensó: «También ésta puede ser una forma de rezar el rosario».



LA IMPRENTA NACIONAL DE COLOMBIA REALIZÓ EL DISEÑO GRÁFICO DE ESTA OBRA
«LA MANSIÓN DE ARAUCAÍMA Y OTROS RELATOS» Y TERMINÓ SU IMPRESIÓN EN JUNIO DE 1996
IVSTITIA ET LITTERAE