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CAPITULO IX

Si don Agapito hubiese existido en la edad media y hubiese tenido castillos de aquellos que con sus torres robustas y sus calabozos sombríos eran el terror de las muchedumbres, quizás hubiera recluido a su hija María en un sótano espolvoreado de sal, para que purgase el delito de haber abierto sus labios a otros que siendo dulces a su alma como la miel, querían besarlos con sordo frenesí. Pero afortunadamente, aquellos tiempos sin él conocerlos, habían huido, y él debía mirar la cosa por el lado natural, sin mayores aspavientos. ¿Qué se ganaba con zurrar a su hija, si la zurra no mejoraba lo pasado, ya que respecto al futuro estaba cierto de que nada lo macularía? Decirle a Rufino que no se casara con esa paloma, hubiera sido una acción noble, y esto era lo que a veces intentaba hacer, pero luego reflexionaba que no era para tanto y que maldita la gracia que le habría de traer el desbarate de un matrimonio que mejoraba su posición y era un lazo de unión eterna entre dos familias que hondamente se apreciaban. De tanto pensar, pues, sólo adopté como castigo el hacer |confesar a María en esa semana, cosa a la cual ella estaba acostumbrada y que no le costó más que siete rosarios de penitencia, junto con la natural amonestación que el caso requería.

-Pero si no quiero a ese novio-dijo ella.

-Por lo que usted dice, se ve que es un magnífico muchacho, y Dios con su gracia santificará su hogar.

-Pero sí cuando pienso en el otro me dan deseos de irme tras él, para cualquier parte.

-Peor que peor. Satanás, hija mía, ciega las almas ylas hace correr al abismo. Además, ni si­quiera sabemos quién sea ese mozo.

-Buen muchacho, cristiano y trabajador.

-No será tan cristiano cuando se permite esa indecencia de los besos. ¿Entiende?

Era el broche de fuego, y Maria no pudo replicar. Su alma escuchó con suprema mansedumbre la voz espiritual de aquel pastor, resignándose así al sacrificio de sus más íntimos afectos para ir en pos de un hombre a quien no le guardaba caricias, pedazos de alma ni infinitas ternuras.

Se confesó, y rezó; y cuando en las noches, en el silencio de las almas, ella entonaba mentalmente sus súplicas fervorosas al Altísimo para que borrase aquellas huellas paganas que como fuego consumían su corazón sin agotarse, las lágrimas rodaban de sus ojos y, cayendo en su boca, le daban su comunión de acíbar mientras afuera, en los frondales, se escuchaban cuchicheos dulcísimos, cuchicheos de profunda felicidad.

Pero los días transcurrían, y el momento de su sacrificio absoluto habría de llegar pronto.  ¿Qué hacer? Resignarse. ¿No les había narrado el señor Cura en la lección de doctrina que les daba en los días domingos a los rapaces del vecindario, la paciencia de aquel santo Job, ricacho de la Idumea, que viendo sus carnes podridas como las de un hosco mortecino, sus hijos segados en plena flor juvenil, sus bienes arrasados por toda clase de plagas, sus amigos alejados, llenos de angustia y llenos de terror, y a su misma mujer, en medio de aquella desolación insondable, increpándole faltas que no había cometido, raía, sonriente, la podre de sus músculos con un tejo, gozoso como un chiquillo, porque esa era la voluntad de la Providencia, mientras sumía su andrajo de cuerpo en un estercolero a fin de que se hiciese más insoportable la fetidez de aquel cúmulo de amarguras? Mas había ocasiones en que se decía:

-Todo eso lo soportaría yo con tal de que Miguel fuese mío. Y él-pensaba-¿qué habrá sido de él? ¡Si mi padre lo coge, lo mata! Segurísima estoy de ello. ¡Lo mata!

Y llegando aquí, dejaba vagar su imaginación: se había escapado por milagro, sin duda para que su hogar no se manchase con sangre derramada por mano propia, sobre todo con la sangre de un inocente. Porque hay qué entender que Maruja no transigía con que él fuese culpado. Ella le había mandado llamar para decirle que lo quería, que estaba loca por, él, que la tomase para sí, y él no había hecho otra cosa que venir, incendiar sus ojos en sus ojos y querer besarla santamente. Sin embargo, este santamente, al pronunciarlo, rechinaba en su boca como los eslabones de una cadena muy pesada. Mas ¿qué había sido de él? ¿No volvería? ¿No tendría el valor de volver? ¡Ah si ese su amado hubiese sido |otro la noche fatal, la noche de las heridas!

Un día, tras reflexiones similares, la llamó su madre a medirle una ropa que ella misma le estaba haciendo. Quedó pasmada. Era el ajuar de boda que principiaba a envolverla. Ya no había esperanza de redención. Sus sayas de trazo corto que aun dejaban ver la escultural pierna sin que nadie se escandalizase, iban a ser reemplazadas por los faldellines de larga cola que se enredaban rudamente a los pies cuando caminaba. Adiós correteos en las mangas, triscares en los columpios, escalares de árboles para coger nidos, para reventar de alegría estrujando frutas.

Sobre la falda de zaraza azul pálido que aquel día vestía, cayó, para prueba, una. de merino negro, que la hizo angustiar.

Doña Mónica hizo unos trazos con un pedazo de cera, diciéndole:

-¡Pronto estará concluida!

Para colmo, esa noche se apareció Rufino con dos argollas de oro, acompañado de varios amigos, y tras unas cuantas copas de vino con bizcochuelos -alhaja ésta conseguida en quién sabe qué recónditos almacenes, pues era entonces muy rara-de repartición de cigarrillos habanos, marca Prudencio Rabell, que ponían en los más serios aprietos a aquellas gentes, pues no sabían cómo prenderlos, cómo envolverlos ni cómo fumarlos sin ahogarse, el dilecto dijo así:

-Señorita María: Dios, en sus designios inmutables, ha querido elegirme a mí para ser su compañero feliz en este mundo, y este pedazo de reluciente metal que un orfebre ha fabricado, es. la expresión que yo quiero hacer de mi agradecimiento y de mi alegría hacia usted; y avanzó hacia ella.

Doña Mónica, pellizcándole un molledo a Maruja, le dijo:

-Estira la mano.

-¿Para qué? preguntó sorprendida la joven.

-Pues para argollarte. ¿No ves que son las argolla?       

María, que en su vida había visto acto semejante, se sonrojé cuando Rufino le cogió su mano izquierda y puso en ella el artístico amuleto.

Después se tiraron algunos cohetes, se cantaron algunas coplas, se bebieron unos cuantos tragos de más vino, y se marché cada cuál a su casa.

A los pocos días aquello fue ya muy diferente. El ajuar de boda estaba terminado; terminadas las túnicas que de dos piezas de género hablan salido; comprado el fino pañolón de merino con flecos de seda que la situación requería; listas las zapatillas de vaqueta con trompa de charol y guarniciones rojas; preparadas las medias de color de naranja, y, sobre todo, bien prevenida la corona de azahares que una artística mano criolla había hecho con parafina, alambre y anjeo verde, para coronar a la virginal Maruja.

Rufino, por su parte, tampoco andaba dormido. Había encargado un sombrero finísimo, de blanca iraca; una ruana y un pantalón de negro paño grano de pólvora; una camisa con pechera de piqué; unos botines de cuero de becerro con harto chirrión y la suela sembrada de clavos cabezones,; y, sobre todo, una señora cama de cedro, con unas patazas y unas anchuras    ! Parecía un nido de gigantes.

Los demás miembros de ambas familias también algo preparaban, y como ningún percance in­terrumpió aquellos aprestos, el día de la boda se llegó, casi a todo correr.

Bendijo su unión el señor Cura, bajo la iglesia que antes se levantaba donde hoy es la Catedral, y que un temblor partió de por medio una noche en que todo Manizales, creyendo su fin encima como Herculano, se aglomeraba en las calles dándose golpes de pecho y orando a Dios.

En un grupo desordenado salieron «Carretero» arriba-hoy «Avenida Cervantes», como lo dijimos ya-gritando unos, tirando cohetes otros, emborrachándose los más con aguardiente baratísimo.

-¡Vivan los montañeros! gritaba un encerrador, escondiéndose en un matorral.

-¡Tu abuela! contestaba uno de los de la comitiva.

-¡La tuya! replicaba una voz; y para ahogar aquellos decires, hacían volar por los aires otros estrepitosos cohetes que reventaban formando espirales de humo que el viento desvanecía raudo.

De Palogrande para allá-hoy La Paz- los músicos dieron rienda suelta a sus instrumentos, sacándolos de una casa donde los habían dejado guardados junto con sus peinillas.

El rasgueo de los tiples, el vibrar de las vihuelas, el retintín de las campanillas y el traquear de los guaches-tarros de guadúa con chontas por dentro-hacían semejar aquel desfile a algo grotesco, perteneciente a tiempos primitivos, a edades en que el hombre, sin más ideal que su rancho, su lanza y su trompeta, iba por entre las brozas del monte, acompañado de su mujer y sus hijos, a buscar jabalíes para partirles el corazón, o cabañas ajenas para robarlas, matando a sus habitantes.

Ya el "Carretero" quedaba atrás; la «Falda del Perro» donde Rufino había respirado en la noche trágica y que las brisas del Chinchiná abanicaban rumorosamente, también atrás quedaba; atrás la capillita donde el Pbro. Nazario Restrepo Maya decía misa-un santo varón que merece puesto grato en el corazón de los manizalitas, pues con sus virtudes y su pureza, su mansedumbre y sus hábitos contribuya altamente a que aquella región sostuviese sus patriarcales costumbres; atrás la "Quebrada".

Los cohetes, estrepitosos, resonaron tras un cerro diminuto, tamaño como una naranja. Era que se celebraba el arribo a la casa de Maria.

Una bandada de chiquillos, con los rostros muy bien lavados, trajes aplanchaditos y sonrientes, les gritaban vivas a los novios.

Adentro, en la cocina, las chocolateras rugían.

La comitiva entró. Unos buscaron asiento en las piedras del patio, otros en las tarimas, otros, en cualquier parte; pero la quietud fue de pocos momentos. El chocolate, servido a porrillo, puso en movimiento a todo el mundo. La única que no quería salir del cuarto en que estaba asilada, era Maruja. Tenía un miedo horrible y una desazón que la mataba. A pesar de haber comulgado aquel día de querer estar alegre, la tristeza la invadía. No, ella no podía querer a Rufino, no lo podía querer. Bien comprendía, a pesar de los esfuerzos que se procuraba, que su espíritu no tejería esa red de encantos sutiles, de gorjeos arrulladores, de escondites parleros, de risas provocativas que sentía surgir al ver a Miguel y que morían en presencia de quien ya era su dueño, su dueño para siempre.

En el camino, durante la jornada de ida y de vuelta, pero principalmente de vuelta, cuando ya no había remedio alguno, cómo le habían dado deseos de llorar, de gritarle a Rufino que ella no era para él, que ella era para el otro, para el amado verdadero; y cómo le habían entrado deseos de romper sus ropas, de huir y de llorar llamando a su Miguel, a su bello Miguel que la quemaba con sus ojos, que la quemaba con sus manos, que la quemaba con su aliento.

-¡Miguel! ¡Miguel! quena gritar a pleno pulmón.

-¡María! ¿En dónde está María que no viene al desayuno? preguntaba doña Mónica.

-¡Eh, niña, muévase! dijo al hallarla. ¡Cuando una se casa es para estar muy contenta y muy feliz!

La pobre vieja ignoraba que a Maruja le sucedía todo lo contrario, y era porque ella, al desposarse con don Agapito, había bebido en sus ojos todo el ardor que su alma necesitaba para el trajín de la vida. Lo había amado, lo amaba y lo amaría aún, a pesar de su tercio de años.

María salió silenciosamente.

-¡Viva la novia! gritaron algunos, y ese eco festivo resonaba lúgubremente en su corazón, como una carcajada siniestra.

Después de! desayuno se bailó un poco. Don Agapito y doña Mónica a quienes el vino les hacía cosquillas en el corazón, también quisieron bailar.

-¡Si, que bailen! gritaron muchas voces, al compás de tiples y de guaches; y dando vuelo a unas |vueltas remedianas,. los buenos viejos, cándidamente, principiaron aquella danza acabradante, entre gritos de alegría por parte de los espectadores y silbos deiosrapazuelos

Doña Mónica recogida la falda con sus manos en ambas caderas, de modo que pareciese que apenas las quería rozar daba saltitos menudos, ligeros, hacia un lado hacia atrás, hacia delante escondiéndose de don Agapito, persiguiéndolo, cortándole el paso, huyéndole; y el buen viejo recordando sus mocedades, zapateaba rudamente el piso, hacía dengues con sus posaderas, mecía el pecho como una niña de quince años, huía, saltaba, corría, y a fin de dar más animación a su faena, abría su boca, sonriendo, para enseñar unos cuantos restos de dientes roídos, tomados de vejez, colorados de tabaco, cual si fuesen desperdicios salidos de una tumba a espantar la gente.

-¡Vivan los parejos! prorrumpían los circunstantes; y ellos continuaban haciéndose meneos, coqueteándose, persiguiéndose;. y cuando la música cesó se les vio sonreír uno a otro, como dos ruinas que se enseñan sus pilastras carcomidas, sus techumbre  deshechas.

-¿Y usted por qué no baila? preguntó Cándido a Maruja, el cual, rehecho hacia tiempos de sus moleduras, estaba allí con sus padres, festejando aquel casorio.

-No tengo deseos-dijo María.

-No, avíspese y camine bailemos. ¿No está hoy muy feliz?

María, a quien tras la escena de mamas le producía asco aquel sujeto, le dijo:

-¿Y usted?

-Yo estoy dichosísimo.

-¿Sí? Me alegro. ¿Y qué hay de Justina? ¿La sigue queriendo mucho?

Cándido, que creyó hallar en esa frase un insulto terrible, quiso responderle:

-¿Para qué lo quiere saber? ¿Le va mucho en ello? ¿Es algo que le importa? pero tragó saliva, y sólo dijo:

-Se fue para Santa Isabel.

-¿Y usted por qué no se fue con ella?

-Porque no pude. Pero ella no se fue sola. La acompaña Miguel.

El golpe era feroz. Fuese inocentemente, fuese porque supiera lo que en aquel pecho se agitaba, la frase del Tenorio montañés se le clavó a ella en todo el corazón, vaciando sus ventrículos. ¿Conque se había ido con Justina? ¿Conque él, a quien en sus arrobos espirituales miraba como a un dios; conque él, a quien comparaba con los ángeles; con que él, a quien sólo había faltado entregarle todo su pecho para que bebiese a boca abierta la felicidad de su alma, se había ido con Justina, la amante de Candido, la pecadora a quien habían tenido qué retirarle los niños de la escuela por sus liviandades, por sus porquerías?

-¡Es imposible! dijo la joven.

-Ya ve, Marujita, y es la pura verdad. Pero eso ¿qué nos importa a nosotros? Camine bailemos una pieza, camine divirtámonos. ¿No es usted hoy la mujer más feliz del mundo?

María, reprimiendo un sollozo, le volvió la espalda y se entró a la alcoba en donde las lágrimas, en raudal sonoro, formaron sartas y más sartas, al correr por sus mejillas. Luego se durmió. Cuando despertó, los platos con carne de cerdo y de gallina, las humeantes arepas de maíz capio, los tercios de lechuga y de culantro, los pocillos con brevas, los trozos de natilla, las tazas con leche, lucían en el improvisado comedor que en la sala habían formado sus padres.

-¡Que hable el novio! ¡Que hable la novia! se gritaba.

Y un huracán de voces, envuelto en oleadas de música, en sonatas de viento, en besuqueos de fron­dales, en algarabía de pájaros, se escuchaba en toda la vivienda de maese Agapo.

Rufino, cuarteándose bien su ruana, enjugándose el sudor con un blanquísimo pañuelo y mirando imponentemente a la concurrencia, dijo, tras empuñar en sus manos una copa:

-Señores: Este día es de gloria para mi alma. Una esposa cuyo corazón es puro, viene hoy hasta mí, para embriagarme con su perfume; y unos padres que no tenía, llegan también para alentarme en la existencia con sus afectos hondos. Justo es, pues, que brindemos por ellos, por los dulces bienvenidos!

-¡Bravo! gritaron los circunstantes! Sólo Maruja, azorada y triste, se le llegó y le dijo, con voz que semejaba una elegía:

-¡Pobre Rufino mío! ¡Cómo te has engañado!

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