CAPITULO VIII
Cuando María bajó del columpio, ya su suerte estaba decidida. Se
casaría con Rufino, pues sus padres así lo querían y esa decisión
no admitía réplica alguna.
-¿Pero por qué? se preguntaba la inocente doncella cuando su
sentencia le fue notificada. Siendo su corazón el que habría de
disponer aquello ¿por qué se habla de someter a una decisión que no
la satisfacía? Ella amaba a Miguel, a Miguel que era su ídolo y su
dios, cuyo nombre lo tenía escrito en su alma y en sus labios y
cuya voz era grata a su espíritu como una melodía de rabeles ¿y por
qué no se la habían dado a él, cuando él la había pedido primero
que el otro? ¿Quién había dado esa ley terrible que así destrozaba
las ilusiones y llenaba de espinas el sitial de un ensueño? Si no
era para poder amar santamente a quien se quería ¿para qué había
hecho Dios el corazón? Y las saetas de aquella costumbre que por
fortuna fue rota en los primeros lustros de nuestro vivir
municipal, torturaban su pecho de manera angustiosa.
-Tras de que ese Miguel-se decía-¡ah, si fuera otro! ¿Por qué no
viene por mí de noche, cuando todos duerman, y llamándome
suavemente, sin que el mismo Guardián se de cuenta de ello, me
lleva lejos, muy lejos, donde nadie vuelva a tener noticia de que
siquiera existo? Yo juro amarlo, amarlo ardorosamente y seguirlo
hasta el fin del mundo si hay necesidad. Cómo lo querré. Así como
besaba a Luis, lo besaré a él, le arreglaré la ropa, le aplancharé
camisas que brillen como flores de azahar, le estrecharé en mis
brazos, le sentaré en mis rodillas.
-iCaramba!-proseguía-y todo eso que quiero para él será para ese
Rufino?
Y las lágrimas, en aquella primera noche de su sentencia,
rodaban abundantes de sus ojos, bajo el espesor de las frazadas,
mientras doña Mónica y don Agapito, tras haber cenado festivamente,
volaban en brazos de Morfeo por regiones deliciosas, bañadas de
luz.
María, bebiendo sus lloros, se fue quedando quieta,
deliciosamente quieta, como una estatua de aquellas en que Venus,
tras una llamarada de amor, deja que los ojos beban su encanto con
pupilas ávidas y quemantes. Luego soñó. Ved aquí cuál fue su
sueño.
Era un día azul, completamente azul, con un sol cuyos rayos eran
caricias. Ella, cubierta por un velo blanco estaba de pie en una
roca tan blanca como leche, viendo tendido a sus plantas un lago
inmenso, de argéntea ostentación, que no podía ser otra cosa que el
mar, ese mar de que tanto hablaban en sus narraciones los tejedores
de cuentos. Aves de inusitada policromía volaban de una playa a
otra, riendo, conversando como si fuesen seres humanos y diciéndose
promesas que, al resonar cada palabra, hacían más bella la seda de
sus plumas, como si sus sílabas fuesen el color que ellas
necesitasen. De pronto, mirando por la orilla, vio frente a sí, en
una piedra enorme y también blanca, otra persona que se le parecía
mucho pero que no era ella misma. Sus cabellos, despeinados al
viento, flotaban rumorosamente; de sus labios, que eran como
corales abiertos, caían las sonrisas, perfumadas y ardientes, cual
perlas de cabrilleos misteriosos, para ir a esconderse en el fondo
de las aguas, tejiendo círculos enigmáticos en la sedería de las
ondas; su pecho, de perfectas curvas, exhalaba vigores humeantes
como el césped cuando la mañana lo acaricia; sus brazos eran
torneados y bellos como los de una estatua que había visto dibujada
ocasionalmente en un libro que su padre tenía y cuyas hojas a nadie
dejaba ver; y sus caderas llenas, de suavidades nítidas en sus
formas Se miró a sí misma, y sonrió. El parecido era casi igual.
Sin embargo, dudó un momento. Aquella figura que las brisas besaban
y las aves miraban con envidia, era más bella que ella, más fina,
más varonil. Era la figura de un hombre, o de un ángel. Se miró con
más detención a sí misma. Cuán hermosa se halló. Sus carnes
fulguraban como trozos de cristal empapados de sangre y de luz; sus
cabellos, que el viento agitaba, eran delicadísimos hilos de seda
que hacían enredijos sutiles en sus senos diminutos como flores de
manzano; sus ojos le parecían formados de agua en que se hubiesen
desleído pedazos de sol con ochuvas negras; su boca era un
hervidero de sonrisas; su cuerpo todo, un beso de gloria.
-¡Ven! le gritaba la otra figura desde. la piedra vecina.
¡Ven!
Y ella, que sentía un perfume de lirios y de rosas, de jazmines
y de azucenas, así, con su velo desgarrado, fue a correr hacia la
visión hermana, diciendo:
|¡Miguell ¡Miguel! cuando
súbitamente, saliendo de las aguas tranquilas un pescado enorme,
que era Rufino, se la tragó, toda enterita, sin que pudiese gritar
siquiera una sola vez. Al despertar, el sudor inundaba su rostro y
su corazón latía fuertemente.
-¡Levántate, María! decía doña Mónica. Hay qué preparar el
desayuno para los peones, moler el maíz, hacer el almuerzo.
Y como en eso no cabía protesta, se levantó, acompañada del
muchacho que en la noche de la refriega se había encaramado en el
bramadero a gritar desaforadamente.
-Ole ¿diz que te vas a casar con Rufino? le preguntó ya en la
cocina.
-¿Y a ti qué te importa?
-No es para que te enojes. Cuando yo me vaya a casar hago un
baile de cuatro días.
-Tan bobo.
-Mi verdad.
El recuerdo de Miguel la atormentaba con furor. Deseaba verlo,
deseaba hablarle, deseaba decirle que ella lo amaba a él
únicamente, que por él moriría; pero ¿cómo?
-Y ese Miguel-prosiguió el chiquillo-que se fue tan ligero. Yo
lo vi desde la manga.
-¿Tú odias a Miguel? le preguntó María como quien no da mucha
importancia a lo preguntado.
-Yo no.
-¿Lo quieres?
-Sí, el otro día me regaló
|un rial, en puros cuartillos.
¡Las lempas de gelatinas que compré!
-Si cuando lo veas le dices que yo quiero hablar con él, te hago
un regalo bien grande.
-Me pega mi padre.
-Te doy un pañuelo.
-Si me lo das ya..
-Pero si te comprometes a no contarle a nadie.
-A nadie.
-Vamos a ver, si se lo dices hoy te encimo un espejo.
¡Hoy mismo!
Cumplido fue el muchacho. Cogiendo un rejo y un machete, se fue
en busca de leña al monte. Silbando y cantando, su paso levantaba
enormes bandadas de loros y de somas, y manadas de monos que
enloquecían con sus gruñidos. Así, tras varios rodeos, llegó a
donde Miguel trabajaba, y le dio la razón de Maruja.
-¿A la casa? preguntó el noneado amante.
-No, ni riesgo, al lavadero.
-Dile que mañana en la noche voy.
-De noche no-dijo el muchacho-¿cómo va a pensar usted que ella
salga de noche? No sea tan bobo.
-A mediodía, pues.
-Eso sí es bonito. Pero cuidado cómo lo ve ¡ni papá.
-No temas.
-Adiós, pues.
-¿No quieres un cuartillo? dijo, registrándose la faltriquera de
su pantalón.
-No, María me va a dar muchas cosas.
-Yo también-y le introdujo en la mano medio real.
El muchacho, hecho una gloria, se interné en el bosque.
-Tan bobos que son los hombres-se decía- diz que querer a mi
hermana
Miguel continuó su trabajo con ardor increíble. El recuerdo de
Maruja aleteaba en su mente, con un reír delicioso. Para algo lo
llamaba, cuando lo mandaba llamar. ¡Pero ese viejo Agapito, ya se
las pagaría! ¿Por qué, tan incultamente, lo había despedido, por el
solo delito de ir a pedirle la mano de su hija? ¿Había necesidad de
que para decir un
|no se dijera tan insolentemente? ¡Ah perro
grosero! Porque lo veía pobre lo trataba como un trapo sucio. La
pobreza era su pecado, y por eso prefería a Rufino. Pero él
conseguiría plata ¿Cómo? Por su imaginación, creyendo que era un
resplandor cuando en realidad era una sombra, cruzó un pensamiento
mordaz, diciéndole que el dinero había qué conseguirlo; y
entonces ya sabrían cómo era él con dinero.
Aquí es necesario que abramos un ligero paréntesis, para decir
quién era Miguel. Hijo de una pobre viuda cuyo marido había muerto
en una de las continuas revueltas civiles que en el siglo pasado
agitaron esta tierra, quedó al lado de su madre y tres hermanos-dos
mujeres y un varón-aguantando acervas necesidades que sólo Dios
sabe hasta dónde llegaban. El pobre rapazuelo, en estas
circunstancias, parecía un candidato para la cárcel, para los
reclutas del ejército o para engrosar las filas de vagos que el
Gobierno enviaba a trabajar en el camino férreo de Puertoberrío a
Medellín, cuando un día, cansado de aguantar hambres, salió de su
tierra-despidiéndose únicamente con un beso de su hermanito menor,
sin que su familia se enterase de nada-halagado por unos arrieros
que en viaje hacia Manizales, lo nombraron
|sangrero, es
decir, cocinero y atajador de bueyes y de mulas. Aun cuando durante
la travesía el hambre fue satisfecha ampliamente, no le gustó que
el
|caporal o jefe le hubiera asentado en sus espaldas dos
fuetazos con un señor rejo porque la comida se retardé cierto día
más de lo necesario, resolviendo, por esta causa, quedarse en
Manizales, sucediere lo que sucediese. Estuvo aquí de muchacho
mandadero en una casa de huéspedes, cerca de tres semanas, pero una
fámula de alguna edad que se había enamorado de él, lo sonsacó y se
lo llevó para Marmato, en donde trabajó como peón en una mina, y de
donde hubo de huir a la vuelta de algún tiempo porque, francamente,
aquella mujer lo molesté tanto y tales peripecias le hizo pasar,
que juró romper con el sexo femenino para toda su vida. De allí
volvió a Manizales, pero por temor de que su
|Dulcinea lo
siguiese, buscó seguridad en el campo, yendo a parar, tras algunos
meses, a casa de Rufino, en donde fue bien acogido, debido a su
carácter al parecer apacible, pero que no era más que un almacén en
donde guardaba acopios para la vida, pues en sus romerías y
trabajos su inteligencia y su ambición se habían despertado,
prometiéndose que en vez de ser nuevamente un miserable sangrero a
quien los demás diesen azote, habría de ser tarde que temprano un
hombre rico a quien todos temesien y a quienes él pudiese
mandar.
¿Eran esos pensamientos únicamente sueños de un niño? El cuidado
con que manejaba lo que conseguía y lo acentuado de su decisión por
el trabajo, parecían decir que no. En estas circunstancias fue
cuando conoció a Maruja, y aquí la armazón de sus ambiciones, es
justo decirlo, tambaleó un instante. Aun cuando en su vida no
hubiera vuelto a conseguir un centavo, él se hubiera casado con
María de muy. buena gana. Pero ya hemos visto el rumbo que este
asunto iba tomando; y de aquí que nuevamente despertase más aguda
que antes su pasión mercenaria. Sin embargo, esto, si se realizaba,
sería tarde, cuando ya ella se hubiese casado con Rufino Mas
ella le había mandado llamar, e iría. ¿Pero si el zorro viejo se
enteraba? Porque, francamente, a él no le agradaría aquel
encuentro. Bien yema que esos brazos robustos debían manejar
atrozmente una peinilla o un garrote. ¡Pero iría! y lo cumplió. A
la mañana siguiente le dijo a Rufino que ese día no trabajaría.
-Pues si no trabaja hoy, busca trabajo en otra parte.
-Está bien.
Era el desquite que aquel buen patrón buscaba para un muchacho
que no tenía otra culpa ante él que amar honestamente a quien había
venido a ser ya su prometida. Lo despedía. La ocasión se habla
llegado. En la vida se tienen ciertas debilidades que es imposible
vencer.
-Sí, iré a buscar trabajo en otra parte-dijo; y tras arreglar
sus corotos, se marchó.
-Pobre muchacho-pensó Rufino al verlo ir. Es bueno. No merece
irse así; y al ver que trasmontaba una colina, quiso correr a
detenerlo, a decirle que volviera, que el trabajo continuaba. Sin
embargo, le faltó valor. Generalmente, ese valor que nos podía
hacer sublimes en un momento y que no tiene más trabajo que
despegar dos pedazos sutiles de carne llamados labios, falta casi
siempre en las acciones humanas.
Miguel, con un ligero lío en uno de sus brazos y con su
indumentaria común, se alejó de la casa de Rufino, gruñendo una
maldición.
-Todos-murmuró- son cortados por el molde del maldito viejo
Agapito; ¡Pero ya se les llegará la hora!
Susurros de frondas musicaban en sus oídos. Lo emborrachaban
cantares de aves.
-Tengo treinta pesos-se dijo. Ya veré a dónde voy.
En una casa a donde alguna vez había ido, dejó guardados sus
pocos trebejos, diciendo que era por algunas horas, mientras iba a
buscar trabajo. Después, con toda la sutileza de una zorra, procuré
llegar al lavadero de María, a tiempo en que el sol reverberaba en
el cenit.
Desde un matorral en que los gorriones y cisguitas revoloteaban
afanosos, escuchaba la voz suya que, al golpear con sus manos la
ropa contra las piedras, acompañaba su labor de cantares que para
ella y Miguel eran sabrosos como golosinas.
-Allí está ¿pero cómo llegó allí? pensó.
Se hallaba sola, completamente sola. No había más que rondares
de mirlos y de zenzontles, de loros y de garrapateros.
Mañosamente, abriendo bien los ojos, fue descendiendo. La casa
de don Agapito, tras unas matas de brevo, lanzaba al aire una tenue
espiral de humo que la brisa juguetona arrastraba lentamente. Un
gallo, con voz ronca y gangosa, saludaba el mediodía, tras
desparramar a patazos el abono de un rosal que doña Mónica
cultivaba con algún mimo.
Maruja, escudriñando la selva con sus ojos, vio a Miguel. Casi,
en efecto, se le zafa la pieza de ropa que tenía en sus manos.
Era verdad que lo aguardaba y que para no llorar, se consolaba
cantando y pensando en que él iba a venir, pero lo yema, y el valor
ya no era con ella.
-No, Miguel, no baje-dijo al ver que éste se acercaba.
-¿Pero no me ha mandado llamar, pues? contestó él.
-Sí, pero meda miedo. No baje, se lo suplico.
-María, por su causa, Rufino me ha despedido hoy de su finca.
Por su causa
-¿Por mi causa?
-Sí, María-contestó él, ya en el lavadero. Por su causa
don Agapito me dio los únicos nones que yo he recibido en la
vida.
-¡Miguel! dijo Maruja escondiendo su rostro en un brazo. Si
supiera cuánto lo amo yo, no me culparía.
-no la culpó a usted. Culpo a su padre.
-Tampoco debe culparlo.
-¡Por qué?
-Yo no sé por qué, pero no debe culparlo; y la maldita escena de
la pelotera con Cándido se dibujaba en su memoria, atrozmente
trágica.
El agua, rumorosamente, acariciaba sus pies., Una mariposa, de
hermosas alas azules, extendía al sol la diafanidad de sus
iris.
-¿Usted sí pensaba casarse conmigo? pregunté María.
-Si-contestó él-por eso vine antier a pedirla a sus padres
cuando usted se columpiaba, y ya debe saber usted qué pasó.
Las mejillas de la joven se encendieron intensamente. ¡El
columpio!
-Sí, es verdad, a mí me gusta mucho columpiarme.
Miguel fue quien se ruborizó entonces. Maruja, para distraer
aquel rubor, golpeó fuertemente, contra las piedras, el lienzo que
tenía en sus manos.
Miguel se acercó un poco mas.
-No, Miguel, no se acerque tanto, quédese allí. Desde allí
conversamos.
-Yo quisiera estar bien cerca de usted.
-¿Para qué? dijo Maria.
-Para sentir su aliento, para sentirla toda a mi lado.
-No, Miguel, quédese allí. Si alguien viene, puede Ud.
esconderse de modo más fácil, sin ser visto.
-Está muy bien; pero en síntesis ¿para qué me ha mandado
llamar?
-Yo no sé, Miguel, tenía deseos de verlo, de decirle que yo no
amo a Rufino.
-Pero se va a casar con él.
-Es cuestión de mis padres. Yo sólo lo amo a usted. Se lo
juro.
-Y yo a usted.
-Entonces ¿qué hacemos?
Miguel medité un momento.
-¿Quiere que nos vamos juntos? preguntó él, atrevidamente.
Maria tembló. Era lo que habla anhelado en la noche, era el
susurro acariciante, pero al sentirlo tan cerca, la espantaba.
-¡Me mata mi papá!
-Huiremos lejos, muy lejos, donde nadie nos encuentre.
-No.
-La haré mi esposa, viviré para adorarla.
María contestó con unas gotas de llanto. ¿Por qué no irse? ¿Qué
le importaba la vida entera, la misma muerte, amando a Miguel y
viéndose ella amada, acariciada por sus brazos? ¿Qué le importaba
huir?
-¿Pero a dónde vamos que nadie lo sepa? preguntó dudosa.
-A mi tierra-dijo Miguel.
-¿Cuál es su tierra?
-Yarumal.
-¿Es muy lejos ....?
Miguel la miró bien. Estaba esplendorosa. Sus cabellos
sombreaban divinamente aquel bloque de rosa y armiño que fulgía
como un rayo de luz; sus ojos chispeaban; su boca convidaba a una
caricia.
-Nos iremos ahora, mañana, cuando usted quiera-le decía él.
-No, Miguel, mi padre nos mata. Mi padre ¿usted no sabe quién
es mi padre? dijo ella, mientras con una mano hacia como que se
arreglaba su blusa de color rosado, bajo cuyo tejido un corazón
diminuto tenía en ese instante toda la fragosidad de un volcán, y
con la otra se prensaba su saya sobre su cadera.
Esta última frase helé a Miguel. En realidad, cuando se trataba
del pellejo, él no era un Goliat.
-¿Entonces qué hacemos? dijo.
El sol continuaba su repiqueteo de luz sobre los follajes, sobre
las piedras, sobre las aguas. El gallo de la casa de María también
continuaba sus cantares desabridos, de vez en cuando.
Miguel, acariciando su peinilla, se sentó en una piedra bordeada
de césped. Maria azotaba la ropa, tras jabonaduras ligeras.
-¿Qué hacemos? volvió a preguntar Miguel.
Su amada, empapada de carmín, lo miró profundamente.
-Siéntese aquí-dijo.
-Me da miedo. Puede venir alguno.
-Nadie vendrá.
-¿Qué me va a decir?
-Siéntese ¿no soy yo Miguel?
-Sí ¿pero qué me va a decir?
-Que la amo.
-Yo también.
-Que será mi esposa.
-¡Miguel!
-¡Siéntese usted!
Maria, obediente y sin saber lo que hacía, se sentó. Miguel se
estremeció de pies a cabeza. Tenía a su lado el ser querido, el ser
que se iba a llevar su rival tan solo porque tenía más dinero que
él. ¡Miserable! Y el aroma de aquella virgen subía a su alma,
quemándolo. Era el instante en que podía ser suya, absolutamente
suya. Nadie, en el mundo, podía despojarle de aquella posesión. La
soledad les rodeaba. La selva, enorme, cubriría con sus frondales y
con sus aromas aquel amor, mientras el cielo, chorreando luz, les
sonreiría.
-¿Para qué me hace sentar? preguntó Maruja.
Miguel, por única respuesta, estrechó una . de sus manos,
besándola.
-¡Miguel, yo soy muy desgraciada!
Miguel le besé su otra mano.
-Miguel, cuando usted salió antier de casa, lloré a mares,
pensando en lo sucedido.
El la miró otra vez bien, y la hallé enloquecedora. Sonrisas,
lágrimas, gestos, mimosidades célicas, todo se anudaba en su
rostro. Abrazándola en un momento de extravío, fue a posar sus
labios en su boca, en su boca de uvas.
-¡Villano! gritó una voz en aquel momento, y un ser casi
fantástico, descomunal y airado como un dios, descendió por el
solar de la casa, precipitado como un huracán.
-¡ Virgen Santísima! grité María. ¡Huya, huya, Miguel!
Este partió como una exhalación atropellando el boscaje, pues
aquel dios irritado que sus ojos veían, era don Agapito, el
luchador héroe, el titán musculoso y arrasador!