INDICE




CAPITULO VII

Algunas semanas después de la llegada de Rufino con el señor Cura y el Cirujano, Cándido estaba en plena convalecencia, marchándose así a su hogar con sus padres que habían venido a acompañarlo durante su estadía en la cama.

Aun cuando el método de Líster no fuese el puntal en que el Facultativo se hubiese apoyado, bastaba la robustez de aquellos músculos y la benignidad de aquel clima para que la Cirugía no viera envueltos sus pasos en la tremenda red de las supuraciones inagotables, con su consiguiente cúmulo de sufrimientos para la víctima. La leche espumosa y espesa, con reverberaciones cremosas en su superficie; los huevos de roja yema puestos por gallinas que se ahogaban de gordas; las coladas de grueso maíz cogido a pleno vigor tropical y hervidas a todo fuego; la tentadora carne de palomo, con robusteces increíbles; el aire de la montaña, cargado de aromas, empapado de juventud, y la vislumbre de que afuera, rebozándose en sus manifestaciones, la vida llamaba con aspavientos señoriales de virgen coqueta, pusieron en pie al Tenorio de las sierras que bajo florecidos sietecueros y maizales resecados, hubo de sentir lo arriesgado de sus empresas en las abras andinas.

Rufino veía aquel levantar suave, venido como cosa que ha nacido entre las mimosidades de una hada tierna, y se atribuía toda esa victoria a sus propias fuerzas, ya que sin él, con ese arrojo desmedido que Dios le había dado, el primo de su novia, es decir, su amigo Cándido, quizás hubiese descendido esa noche-la noche tempestuosa y horrible-a la helada tumba, a ser víctima de los gusanos.

-¿Cómo hubiera sido eso si yo no voy? y el sentido de esta frase, que era como el sostén de toda su gloria, lo repetían unos y otros, sobre todo don Agapito que veía en Rufino un ser valiente, arriesgado, con bellos rasgos de generosidad, es decir, una alma que merecía estimación. Sólo María y Miguel comprendían que esa frase era un latigazo para ellos.

-En verdad-se decía Miguel en lenguaje que podemos traducir así: fue una tontería no ir. Así como nada le pasó a Rufino, tampoco me hubiera pasado a mí, y el cariño de ese viejo y el amor de Maruja los tuviera por entero a mi favor. Es lo seguro, y con lo bello que se ha vuelto ese diablillo. ¡Ya es una pura tentación! Yo me he fijado bien en sus mejillas, y desafió a que haya un color más bello. Sus labios    ¡ah! si don Agapito no tuviera las |muñecas que tiene, quién sabe a qué travesuras me obligaran. Y su seno, y aquellas manos tan chiquirritas ytan llenas de carne, manos semejantes a las de Luis, el que ayudé a llevar al cementerio!

Y así, de ese modo, quería aludir a otras cosas, pero el corazón le gritaba: ¡detente! y él se detenía como si temiese manchar con su pensamiento las gradas de aquel altar donde oficiaba su alma, arrobada en un éxtasis de color azul, bajo la majestad divina de una mujer que él, a través de su imaginación serrana, contemplaba como si fuese la luz de su propio ser, el alma de su propia vida. La victoria de Rufino, victoria que él maldecía, le había hecho ver mayor número de maravillas en Maruja,. acaso por el temor de que ya no pudiese ser la compañera de su vida, de que ya no pudiese amarle. Pensé bien en la abundancia de sus cabellos, y sólo recordó haber visto unos semejantes únicamente unos! ¿Pero en dónde los había visto? Tras crepitares de su mente, lo recordé. Era en una iglesia, hacia algunos años, y quien los llevaba  era nada menos que María Magdalena, la cual, al besar a Jesús, no sentía, quizás, que un chorro de sol la besaba a ella cayendo por un ventanal de la, alta cúpula, dándole transfiguraciones celestes. ¿Sería pecado comparar a Maruja con la excelsa Pecadora Judía? ¡Y aquellos ojos! Ese sí que era el rompe cabezas de su obsesión artística. ¿A quién se los habla visto? ¿Era a otra santa? ¿Era a un niño hermano suyo a quien a! partir de su tierra le había dado un beso-único que gustoso había dado en toda su vida-o a una muchacha que le vendía |tabacos en una finca donde él había trabajado, y que parecía besarle con sus ojos cuando él sacaba un |real y le extendía un pañuelo para que lo llenase de su mercancía, cosa que ella hacía temblorosa como si el corazón fuese a salírsele del pecho? ¿En dónde había visto aquellos ojos? Acaso, si hubiese sido un hombre ilustrado, los hubiera comparado con los de Judit, una de las hijas dilectas de Israel; con los de Safo, la sensual maestra helena; con los de Antínoo, el favorito de carnosidades divinas; con la vencedora de Vincy, la del reír misterioso; pero él nada de esto conocía, y no hallé más con qué compararlos que con los de un cromo a vivos colores, diminuto y simpático, que la casa de la Emulsión de Scott, si nuestra memoria no es infiel, derramaba por todas partes, dé manera gratuita.

-¡Esa es! exclamó entonces, y le pareció que sería el hombre más feliz si aquella muchacha, llamándolo su Miguel y bendecidos por la iglesia, le acompañaba algún día de su brazo a una casita que él, con treinta pesos que había ahorrado, pensaba comprar, adornada de flores, cercada de árboles frutales, arrullada por matas de maíz, por el trinar de una fuente cristalina y por el ladrido de un podenco, grande como Guardián, el ,cual, en esas dulces noches del silencio andino, habría de velar su |posesión como buen centinela. Pero, la malhadada vaina ¿por qué no había ido él por el cura y por el médico? |¡Y a ese almártaga de. Cándido que sé le había antojado ir esa noche a mostrar sus lacras y sus lloros para revolver lo que no era de revolverse! Y venido a ver de qué se trataba. De un vagabundo que bien merecía la recibida tunda. ¿Acaso ya no se sabia, por más que a la autoridad no se le hubiese dado aviso y de que nadie hiciese, reclamo, que eran los hermanos de Justina los que le habían molido el cuerpo con sus golpes, por libertades que había qué esconder? ¿El pecado, cobarde como era, no había hecho que Pedro y Lázaro, a pesar de ser vecinos y amigos de don Agapito, no hubiesen vuelto a asomar allí desde aquella noche fatal, no obs­tante saberse los percances sucedidos al mozalbete Cándido? ¿No habían rehuido también sus visitas Justina y su madre?-Esto lo oía contar Miguel en casa de Rufino, |sotto voce, claro, pero con toda la sarta de comentarios naturales en esas ocasiones. Oídos había que juraban haber escuchado, en altas horas de la noche, fuertes latigazos que caían destrozando las carnes de la divinal Justina-carnes perfumadas hechas para la adoración-y ojos. que también juraban haberla visto llorar, cuando los niños se despedían de la señorita con sus gorjeos infantiles, tras las horas de estudio, en el solar de su casa, como una misma deidad que arrojada del cielo, lamentase su luto, su dicha muerta. Y en verdad que el tal Cándido no tenía mal gusto. ¡Caramba! ¿Y qué sería de semejante beldad? ¿Se casaría Cándido con ella? Lo malo que ya había padres que juraban ser ese el último mes en que tuviesen sus hijos en manos de semejante pecadora. Un boycoteo horrible se le iba a declarar a pocos días, cosa que así sucedió y que llenó de amarguras el corazón de la engañada vestal. ¡Ni un estudiante, ni uno solo, volvió a aparecer! Y Miguel, cuando en las noches hablaba con Cándido, al volver del pegujal y buscar algún descanso a la ruda lucha del día en casa de don Agapito, trataba de inquirir con sus ojoslo que aquel |don Juan pensaría hacer con el ángel caído, con la potestad destrozada en pleno albor, cuando la verdad de la vida no le había enseñado su sello de llanto y de hiel, sino su halo de dichas, su tejido de gloria. Pero a él lo que en realidad le importaba era Maria. ¿Qué hacer? Rufino, era lo seguro, habría de pedir pronto su mano ¿qué resultaría de allí?

Esto se lo decía a sí mismo una noche en que el sueño, rebelde con sus miembros cansados, no quería santificar la ruda jornada, la jornada del hacha en la selva sobre los troncos duros, duros como granito. Entonces se le vino una idea: pedir a Maruja por esposa, costara lo que costase.

Así lo hizo. Un domingo, al volver a su casa- es decir, la de Rufino -tras haber escuchado su misa en la capilla de la fracción, se atusé bien su bigote castaño, se partió en dos la tersa cabellera por una crencha bien delineada en el limite izquierdo del frontal con el parietal, se anudé bien. un rojo pañuelo rabo de gallo al cuello, vistió sus pies con blanquísimas alpargatas bogotanas, se tercié en su cuerpo un |guarniel de chapa, lujo que se gastaban pocos, pues los guarnieles eran generalmente de perro de monte, ardilla o cuzumbo, hechos en el |Sitio, se amarré a la cintura la reluciente peinilla encasquetada en vistosa cubierta de mediocosido con intrincados dibujos negros, acepilló una vez mas su |saco-que en esa ocasión era de dril oscuro- su ruana azul y su más nuevo pantalón, encendió un cigarro y ¡sus! a la casa de su novia.

Estaban los viejos solos.

Por uno de los extremos del corredor, Miguel vio un grupo de muchachas que con una larga soga colgada de un robusto roble, se columpiaban deliciosamente, llenando de risas el aire, como flores monstruosamente grandes que un torbellino agitara en vaivenes rítmicos, en melopeas cristalinas. Eran María y algunas otras jóvenes que circuían con su goce la majestad de la selva, llena de nidos, olorosa a panales, reventona en brotes glaucos.

Miguel, embelesado con aquel juego, apenas prestaba atención a las palabras de don Agapito que, dando la espalda al columpio, hilvanaba frases y más frases, acaso fofas, insustanciales, ya que no alcanzaban a dominar al visitante que, a su frente, ensanchaba su corazón en un éxtasis indefinible.

Maria ya había conocido, desde el cerro donde se hallaba, la silueta de aquel que era dulce a su corazón como a la boca los granos de azúcar, y por ese motivo, mañosa y rebelde, rehuía el columpio, con espléndidos gestos de coquetería. Sus amigas, sin embargo, la obligaron a subir a él, y la lanzaron al espacio en ímpetu loco. De su boca-nítida eclosión de carmines licuosos-salió un grito, un sórdido grito, y ya fuese por turbación pudorosa, ya por verdadera gestación de espanto, lo cierto es que se embarazó en su vuelo, dejando que las ropas, juguetonas como el aire y como las rapazuelas que abajo reían, abanicasen sus rosadas mejillas con la blandura de sus telas, en un serpenteamiento maligno.

Miguel vio aquello, y en vez de beber la delectación artística que el cuadro ofrecía, bajó sus ojos, encendió su rostro con granas intensas y escuchó en su pecho un latido inusitado, como si hubiese cometido un crimen. Ganas le dieron de huir de allí, pero don Agapito estaba a su frente, y entonces, recordando el objeto de su visita, avocó, por medio de frases entrecortadas, el exordio de su petición final.

El viejo fundador, que algo entendía de aquello, se preparó, con todas sus fuerzas, a resistir victoriosamente la acometida.

-¡Muñecos de cartón-se decía para sí-no quiero yo en mi casa! Cachorros que sudan la gota gorda para salir, de noche a un menester ineludible, son buenos, únicamente, para hacerle un presente al diablo

-Ven acá, Mónica, que el señor quiere hablar con nosotros-dijo.

-Sí, señora-repuso Miguel cuando ella se hubo acercado, jugando con el sombrero entre sus manos como escolar tímido en un examen. Es cierto. Ustedes quizá hayan notado la honda pasión que la señorita María ha despertado en mí.

-¿Yo? dijo doña Mónica con cierta admiración. Yo nada de esto he visto, yo nada sé.

-Pues yo si sé-repuso don Agapito. Yo algo se.

Nuestros protagonistas se miraron con perplejidad.

En el columpio, Maruja estaba acobardada. El rubor corría por sus mejillas, quemándole la piel. Tenía vergüenza de si misma y de todas esas muchachas que la acompañaban, vergüenza hasta del árbol donde ,ellas triscaban inocentemente. Todas habían visto lo sucedido ¡qué despecho! y todas, en vez de callar, hablan soltado carcajadas estrepitosas, como si hubiese sido una diversión mayúscula, venida impensadamente. Y Miguel ¿también la habla visto?

Una onda de flores, arrastrada por el viento, cayó a sus plantas.

¿Y a qué había venido Miguel? pensaba. Casi que el corazón le decía la verdad. Y cómo lo quería ella, cómo lo amaba. A medida que corrían los días, ese amor se pegaba a su alma como un árbol en la tierra. ¡Si Miguel quisiera! Pero y don Agapito, su padre ¿qué diría ante aquel amor? Era casi lo seguro que le diera calabazas. Para él su ídolo era Rufino, .y todos, en la casa, le tenían buena estimación. Hasta ella, antes de que Miguel apareciese, lo quería o le parecía quererlo. Era honrado, guapo, caritativo, trabajador, con algunos bienes materiales y lleno de juventud, lleno de carne, lleno de fuerzas para luchar en la vida. Era uno de los mejores partidos que en aquellos contornos se podía hallar, allí en donde la montaña lo que necesitaba era músculos de acero, bíceps fornidos, piernas recias. ¿Y Miguel? No era un Hércules, bien lo sabia ella; era un |trabajadorcito bueno como decía Rufino, mas no llamado a grandes cosas, a grandes empresas. ¡Ah! pero ella lo quería. Su alma, perfumada como una azucena, se extasiaba deletreando aquel nombre que ardía dentro de su corazón con radiosidades de cirio. ¿Y qué les estaría diciendo en ese instante a sus padres? Le pareció adivinarlo.

--Pues bien-decía Miguel-yo he venido a pedir la mano de la señorita María.

-Y yo, señor don Miguel-dijo don Agápito arrastrando mucho el |don-a pesar de agradecer el honor que me quiere hacer, lamento mucho no poder darle la mano de mi hija a usted.

Doña Mónica sintió cocérsele el rostro. Miguel apenas dijo: ¡Está muy bien! y con un leve saludo de despedida, salió de aquella casa rumiando una maldición y jurándose una venganza. ¿Pero cómo podría vengarse?

Al marchar, ni siquiera se le ocurrió ver hacia el columpio, a pesar de que Maruja le seguía con los ojos, ávida de que una mirada la refrescase del calor que sentía en aquel juego en que todas se mostraban tan contentas.

-¿Pero a qué vino, pues, que tan pronto se volvió? murmuraba.

La picó la curiosidad y bajó a la casa. A tiempo en que ella entraba, llegaba Rufino. Sus miradas, como saetas, se fijaron intensamente una en otra, cual si tratasen de descubrir misterios que en sí encerraban, misterios que eran ardientes como fuego vivo.

-¡Marujita! dijo Rufino.

-¡Rufino! dijo Maria.

-¡Adelante! gritó don Agapito. Viene usted a buen tiempo.

María no supo que decir.

El sol, recamado de rayos, agitaba su blanca melena desde un cielo color lapislázuli, entre volcanes de luz. Las bandadas de |chamones iban tras las vacadas, lanzando chillares desabridos; los toches, vivas flores del boscaje, algarabitaban volando en ruda confusión de copa en copa, acompañados en su bulla por el viento silbador y por los madrigales de la «Quebrada», mientras Guardián, lanzando un gruñido sordo, se preparaba a dormir la siesta bajo el alero de la cocina.

-¿Conque a buen tiempo? pensaba Maruja ¿y esto qué quiere decir?

Los ojos de don Agapito estaban inyectados, y sus mejillas pálidas. Por más que Maria quisiera engañarse, comprendía que algo grave había pasa­do por aquel rostro recio, hecho a las fatigas, impasible como mármol.

-¿No se encontró usted con Miguel? le dijo a Rufino aquella voz señorial, acostumbrada al mando y a ser obedecida.

-Sí, señor, me lo encontré.

-¿Y qué le dijo?

-Nada, señor.

-¡Ah Rufin no sabe usted lo que quería suceder! decía como lamiendo con honda satisfacción sus palabras.

-¿Conoce usted bien a Miguel? ¿Verdad que es un buen muchacho? Pues así y todo vino a darnos un buen susto.

María frunció el ceño.

-Vino-prosiguió don Agapito-a pedirme la mano de María. ¡Así como suena, de mi hija María!

-¿Y usted qué le dijo? interrumpió brusca? mente Rufino.

-Yo-contestó el venerable patriarca mirando fijamente a Maruja, y con cierto tono pocas veces escuchado-yo le dije redondamente: ¡No!

Rufino sonrió, pero María, como herida por una corriente de electricidad, casi cae al suelo. Para no caer hubo de sostenerse en las pilastras del corredor.

-Sí, le dije que no-continuó don Agapito. ¿Haría mal, Maruja?

La joven Sonrió, sin saber lo que hacía, y estrujando con sus manos una lágrima que pugnaba por desprenderse de sus ojos, salió de la casa otra vez, y abanicada por las brisas que en las abras corrían, se puso a llorar, a llorar desconsoladamente como una alma que acaba de escuchar su maldición eterna allí donde no hay apelación. Le daban deseos de salir corriendo tras de Miguel, de llamarlo y decirle que era suya, suya para siempre, que hiciese de ella lo que quisiera, que la arropase con sus brazos, que la cobijase con su amor y que la guardase para sí, pero cómo hacerlo si les debía obediencia a sus padres, si era una esclava del deber, si era un crimen desechar la voz de quienes eran sus dioses materiales en la tierra, los árbitros de su suerte. Y las lágrimas corrían en ímpetu loco, | tornasoladas como el rocío.

Don Agapito continuaba:

-Sí, Rufino, no le quise dar la mano de mi hija a Miguel. Yo no tengo noticias de que sea un mal muchacho  

--Es la verdad-dijo Rufino.

-Ni de que sea vicioso.

-Así es.

-Ni de que no sea trabajador.

-Muy cierto.

-Pero no me gustan los hombres que cuando se necesitan, se esconden en las faldas de las mujeres como muchachos cuando oyen hablar de la Tarasca. ¿Me entiende?

-Sí, señor-dijo Rufino, comprendiendo a dónde iba el buen viejo.

-Por eso-continuó-le di un |no redondo a Miguel.

No era pues-hay qué confesarlo-un interés sórdido, un peculado infame lo que hacia surgir la recia conducta del rudo patriarca. Es bueno que sé les aboné a muchos de aquellos viejos que talaron la selva y en su fondo sentaron las bases de la vida, ese bello rasgo de desinterés. Ellos procuraban el engrandecimiento de la raza, y buscaban-como Federico el Grande-cepas robustas que incubasen generaciones fuertes, molledos que en vez de abatirse en la ruda campaña del trabajo, se mostrasen tensos y juveniles, aristocráticos y bellos, corno los de aquellos gladiadores a quienes envidiaba Nerón y que eran el tormento, el dulce tormento de las bellezas romanas. Los que fueran apocados .y cobardes no servían para aquella lucha que tenía al frente: el abra ciclópea por donde el huracán rodaba, arrancando los cedros y los robles; la cantera gigante que miraba al abismo; la quiebra profunda en donde rugía encadenado el torrente, desgastando con sus iras el basalto de su lecho; la pampa insalubre donde el reptil agitaba su aguijón empozoñado y la malaria y el anquilostoma devoraban la vida. Eso era lo que había qué dominar, y para ello se necesitaba, no el anillo del Nibelungo, sino el brazo que supiera romper, como el dios épico, el escudo acerado con el vibrar de su lanza, en el pecho enemigo.

-Muy bien, señor-repuso Rufino, enjugándose una escarcha de sudor que empapaba su frente, con un grande pañuelo de pintas amarillas, rojas y negras que sacó de un bolsillo de su pantalón, pañuelo que era entonces una joya y que no debía extrañarse en nuestro hombre, pues aquel día, en cuanto a vestido, también él echaba su casa por la ventana. El sombrero de caña que antes le hemos visto estaba entonces reemplazado por uno blanquísimo y blando de iraca, hecho en Suaza positivamente, es decir, |un panamá de primera; la ruana era de paño azul, como la de Miguel, y el pantalón de fino paño negro, traído de Medellín; la camisa blanquísima y finamente aplanchada, cosa que, sin embargo, desollaba el cuello del buen patrón, pues hay qué tener entendido que allí donde no hacía mella el zarzal, despellejaba la talladura de un cuello tieso y alisado, por la falta de costumbre; un, guarniel de nutria con ribetes de charol y tafilete rojo, colgando del hombro por una reata de lana con vistosos dibujos a vivos colores, y la peinilla a la cintura, sostenida por luciente correa. Lo que si no llevaba era |rabodegallo al cuello, ni saco, ni alpargatas en los pies. El, con sus veinticinco años encima, se creía divino.

-Y a usted ¿qué vientos le han echado, hoy por aquí? preguntó don Agapito.

Rufino, en vez de contestar, sonrió turbadamente. ¿Temía, acaso, que al hacer su petición le sucediese lo que a Miguel? No, eso no era posible, pero tenía miedo de no hallar la frase comedida, la frase elegante y ritual que tradujese su pensamiento e hiciese hablar su corazón como silo llevase en la mano, pues bueno es saberse, por todos, que es uno de nuestros más arraigados anhelos, tanto en el burgués como en el literato, en el gañán como en el artista, el hablar bien, es decir, el hacer uso de un lenguaje elegante, sonoro y recio que dé idea de nuestra cultura y diga de lo noble de nuestros sentimientos. Al rededor del sentido de una palabra se forman, a veces, discusiones terribles.

-Pues el deseo de verlos-dijo al fin.

-Gracias-repuso don Agapito. Doña Mónica también dijo:

-Gracias.

Ambos adivinaban, sin embargo, por la indumentaria que vestía, cuál era el objeto de aquella visita sacramental. Era asunto que los buenos esposos hablan tratado en muchas ocasiones. En la región no había partido que más conviniera a María. Los padres de Rufino habían sido de lo bueno:  lástima que las viruelas, con esa ferocidad que últimamente habían tenido, se los hubiese llevado de un solo |zopapo. Tan trabajadores, tan cristianos, tan hombres de bien. Pero el hijo los había imitado en todo. Nadie podía decir que le adeudase un centavo ni que le hubiese quitado un grano de maíz. A pesar de su juventud se podía confiar en su palabra como si fuese una escritura, pública. Se hubiese dejado arrancar la lengua antes que negar una deuda. Temía a Dios más que a una tempestad, y al demonio casi como a Dios. Ayunaba todos los días de vigilia y oía misa todos los domingos y fiestas de guarda. Atendía diligente a dos hermanas que tenia, a quienes quería como ser inmejorable y para las cuales era un padre verdadero. No había, en verdad, un partido más lujoso. ¡Y ahora, verlo trabajar! Peón ninguno le igualaba. Cuando el bosque cedía acosado por el hacha; siempre iba él a la cabeza; cuando el arado aguardaba la semilla para fecundarse, era quien más frisoles y maíz arrojaba en su seno; cuando la maleza quería invadir el pastal, era él, quien sordo al clamor y haciendo caso omiso del sudor que le corría, coronaba primero el tajo propuesto, gozoso como un niño, parlero como un loro. Contaba cuentos, decía bromas, ensartaba refranes. Lo que sí no había podido aprender bien, a pesar de su deseo, era a tocar tiple. La música la escuchaba con agrado, pero no la entendía. Era un rompecabezas al cual había tenido qué renunciar, lo contrario de Cándido, el sobrino de don Agapito, cuyo fuerte eran la lira y la guitarra, las estrofas líricas y lloronas.

-Permítame un instante, Rufino-dijo la madre de Maruja; y haciendo resonar muy ruidosamente su almidonada falda de fula azul, se dirigió a la cocina, de donde regresó a poco, tras un ruido olleteril, con una espumosa taza de chocolate.

-Pero si yo acabó de comer-dijo Rufino.

-Nada importa, no me va a dejar un solo bocado..

Las muchachas del columpio continuaban su gritería, y viendo a Maruja' sentada en un punto del solar, le decían:

-¡Camina colúmpiate! ¡Camina! pero ella, rebelde a la insinuación, proseguía en sus lloros.

-¡Te vamos a traer! gritaron las rapazas, y en carrera vertiginosa descendieron a su lado.

-¿Lloras? le dijeron. ¿Pero por tan poca cosa? Si eso nos pasa a todas  

-A mí-dijo una-me tiraron una vez tan duro que ¡Virgen Santa!

-Y a mí-añadió otra-que me caí y no volví a saber de mí hasta que, me despertaron dándome agua con ceniza. ¡Eso sí fue atroz!

-No es por eso-dijo María.

-Entonces    ¿por qué? preguntaron; pero como no diese respuesta, le echaron mano de los brazos, y así, entre risas y lloros, tuvo qué ir a su lado, en medio de una gritería tal que cien mil guacamayos no la igualasen.

-¡Tírate! dijeron todas. ¡Tírate!

Maruja casi hizo un |puchero en su rostro.

-Tírate y ahora, pon más cuidado. Envuélvete los pies. ¡Eso es!

María se lanzó al espacio. Ya Miguel no estaba abajo; estaba el otro, y el otro    ¿qué le importaba? Fue un vértigo.

-¡Más duro! gritaba la muchacha; ¡Tírenme más duro! ¡más! ¡mucho más! y remecida en el aire, besada por el viento, acariciada por las hojas que del roble caían, embebida por el aroma de salvias y de plumillos que allí cerca hacían explosión ella se columpiaba gozosa, extática, alcanzando a ver a Rufino como en medio de una niebla, riendo como si él no existiese por allí.

Rufino comiendo como buen montañés, había agotado su poción de chocolate, y entregaba los trastos a doña Mónica. Al levantar los ojos vio a Maruja en el aire. Era un vértigo de vuelo.

-"Se va a caer-pensó. ¡Se va a caer!

-¡Uy! gritaron estrepitosamente las rapazas.

Rufino palideció, pero en el momento comprendió que ella solamente interrumpía su vuelo.

-Pues sí, señor-agregó cuando doña Mónica, tras azuzar el fogón con un aventador de cuero, espantar algunos pollos que se subían al pilón y asomarse al corral de los terneros para ver qué había por allí, hubo regresado. Yo he venido hoy a proponerles un negocio que acaso no les convenga 

-Vamos a ver-dijo don Agapito. Puede usted hablar.

Guardián, despertado por un gallo que le había cantado rudamente al oído, lanzaba un gruñido ronco, para continuar durmiendo como hombre adinerado. El sol hervía en el éter.

-Yo he pensado mucho el asunto, pero no he podido prescindir .....-continuó Rufino.

-Hablé usted-dijo don Agapito.

-Sí, Rufino, con entera confianza-añadió do­ña Mónica.

La gritería de las rapazas era descomunal. Parecían demonios escapas os al viejo Cancerbero en su mansión de torturas.

-Y hasta María está allí-arguyó don Agapito para que Rufino se diera cuenta, si acaso lo ignoraba en dónde lucía su delicado tormento.

-Allá la veo-dijo el aludido. Pues bien--con­tinuó, jugando con la reata de su guarniel-ustedes saben que yo no soy pobre del todo.

-Verdad dice.

-Que tengo mi casa y mi cementera.

-Cierto es.

-Mi par de bueyes y de vacas.

-Mucho que los conocemos.

-Mi buen trecho de monte.

-Allá se le mira.

-Y, además, unos cuantos realitos en mi baúl.

-Que Dios le ha, de dejar gozar.

-Pues bien, yo me he hecho todas estas cuentas, y me he dicho: ¿Cómo es que no he de poder alimentar una |mujercita?

-¿Y eso quién lo duda? interrumpió don Agapito, ofreciéndole a su interlocutor un cigarro. Doña Mónica no fumaba.

-Pues bien-prosiguió el gañán-yo me he puesto a estudiar todo eso, y al ver que por lo menos hambre no pasará a mi lado, ya que aquí está este brazo que responde-y enseñaba la caña de su fornida muñeca-me he puesto a pensar quién será esa pobre que tal suerte le llegue.

-¡Muy envidiable! ¡Muy envidiable! decía don Agapito, y pensaba para sí: Lo que se parece a ese otro títere que ahora, de buenas a primeras, nos fue saludando con el yo quiero casarme con su hija. ¡Ah! ¿pero un pelagatos de esos?

-¡Qué cuento de envidiable! prosiguió Rufino. Pero, en fin, me he puesto a recorrer con los ojos todo el vecindario, y, naturalmente, ellos han caído en Marujita.

-¡Qué mal gusto! dijo doña Mónica.

-¡Pésimo! agregó don Agapito, dándole una chupada mayúscula a su pipa que casi sin darse cuenta había encendido, y sonriendo, a la vez, complacidamente.

-Sí, en Marujita-prosiguió Rufino.

-¡Ay! ¿pero no sabe usted-repuso doña Mónica-que esa muchacha no sabe hacer nada? Las arepas le quedan masatudas que es un horror; para pilar una pucha de maíz, suda la gota gorda; ordeñando una vaca, pide auxilio; cuando se va a lavar ropa, no aguanta más de una docena de piezas; si se va por leña, se aparece con dos chamizas que ni para lástima.

-¡Como ha sido tan contemplada! exclamó don Agapito. ¡Es una verdadera pájara sin alas!

-Ya les he dicho a ustedes que yo tengo algo de qué vivir.

-Es la verdad, pero siempre es bueno que las mujeres sepan hacer algo.

-Sí, señora; y por eso aquí me tienen ustedes pidiendo su mano. ¡Me sentiría tan contento!

-¡Honor para nosotros! dijo don Agapito. Pe­ro ya ve usted, esa muchacha no sabe más que co­lumpiarse. Mírela usted.

En ese instante Maria, aventada al vacío por la bandada de chicuelas, cruzaba el espacio como una exhalación, gritando:

-lEo! ¡eo! ¡uí!

Las muchachas reían, reían locamente. El, sol, como si participase de aquel alborozo, enviaba saetazos de luz que casi chisporroteaban. Guardián, dando gruñidos leves, soñaba quizás con el encuevamiento de un guatín en sus tiempos de mocedad.

-¿Y cuánto plazo quiere usted?-dijo don A­gapito-porque todo hay qué prepararlo.

-Unos tres meses-contestó Rufino.

-Pues bien-interrumpió doña Mónica-ya

sabe usted que esa muchacha no sirve para nada. ¡Mírela usted, es una loca!

-Es angelical-contestó Rufino.

-lEo! ¡eo! ¡uí! gritaba Maruja volando en el espacio, mientras el roble, agitado por el vaivén del columpio y por los soplos del viento, formaba una lluvia de hojas, de hojas verdes que se arremolinaban bajo sus pies como un tapiz de esmeraldas!

anterior | índice | siguiente