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CAPITULO VI

Habiéndose calado reciamente su sombrero de caña, remangado bien sus pantalones en su. robusta rodilla, palpado su machete para ver si estaba perfectamente asegurado en la cintura, Rufino se encomendó a Dios, y partió.

La noche, en vez de decrecer en oscuridad, era cada momento más negra, si en un negror supremo e infinito es posible un brochazo más fuerte. Los arroyos, salidos de madre, mugían entre los peñascos, arrastrando piedras y troncos de árboles con un estrépito de que no se tiene idea, mientras el huracán, siempre berreando al sentir su vuelo embarazado por los titanes del bosque, daba dentelladas que parecían chasquidos de Satanás al bajar a su antro sin fondo, huyendo de las huestes divinas.

-Me va a llevar el Patas-se dijo Rufino. ¿Por qué estaba yo en aquella casa? ¿Quién me urgió a meterme de valiente?

Casi estuvo a punto de desistir de su empresa. ¡Ah! ¿pero cómo volver entonces a dejarse ver de Maruja, cuando ella y no otro era la causa de aquel exabrupto? Se detuvo un momento. El agua lo azotaba con locura de animal. Un cigarro que tabla encendido al partir, había volado a la quinta porra del primer tropezón. Los ojos, inútil era abrirlos. Nada se veía, y donde nada se ve, sobran. Los pies    ¿por dónde irían los pies? Se estremeció. ¿Y aquel perro de Cándido, o Cándido de perro, qué infamias había cometido para ir a tentar así seres pacíficos con sus porrazos y sus cuchilladas? Nada bueno debía ser, una vez que no había querido decirlo. Además, por allí se rumoraba que le gustaban las hembras, y las hembras    !Iba a lanzar una exclamación horrible, pero se acordé de Maruja, y trabucado por el aguacero,. terminó: Son muy buenas. ¡Mi palabra de honor que son muy buenas!

Para consolarse algo, se puso a silbar allí, en medio de todo aquel horror, y sus silbidos eran tan supremamente angustiosos y extemporáneos, que si alguien los hubiese escuchado hubiera, quizás, reventado de risa. Un lloro cualquiera hubiera tenido una expresión más neta de valentía.

Hizo un movimiento como para volverse hacia la casa, pero María volvió a aparecer en su imaginación y prosiguió la marcha.

¿Se ahogaría él por salvar un imbécil? ¿Se tragaría un rayo para ir a contar a la otra vida que le habla pasado todo aquello por valiente? ¿Se destriparía por esta causa su cabeza en una piedra del camino? ¿Moriría él sin confesión cuando tal vez el otro alcanzaría al día siguiente a que lo confesaran, lo cosieran y salvaran, mientras él, arrastrado por las aguas, pasaría de la "Quebrada" al Chinchiná, del Chinchiná al Cauca y del Cauca a la Paila Mocha? ¡Caramba con la vaina! Un rayo estalló a menos de veinte metros, haciéndole caer en tierra. La sacudida fue bestial. Se levantó, sin saber lo que , hacia, y echó a correr, a correr sin saber hacia dónde. ¿Cruzaba la selva, iba hacia Manizales o escalaba la montaña? Nadie lo hubiera sabido. Era un trasgo que bogaba en el caos, sin dios y sin ley. Un topo, sofocado de luz, hubiera tenido más conocimiento que aquel pobre diablo en su trágica peregrinación. Y así corría, corría. ¿Cuántas horas fue presa de ese sonambulismo macabro? ¿Muchas?

Quién sabe. Ya sólo era un montón de |mechas empapadas de agua, arrastradas torpemente por él destino. Ya casi no era nada. Quiso llorar, pero en vez de llanto sólo alcanzó a modular esta frase:

-iVirgen María, sálvame! y se sentó abatido, en pleno suelo.

A poco sonrió. Parecía que la Abogada Celeste le hubiese escuchado desde su trono de gloria. ¿Cómo habla sido aquello? El no lo sabía ¡su palabra de honor que no lo sabía! Hubiese hecho mil juramentos a que nadie lo sabía. ¿Cuándo, cómo, de qué manera había cruzado, él la «Quebrada», atravesado la región de «La Capilla» y llegado allí, sano y salvo, a la propia |«Falda del Perro» que era el punto donde en aquel momento se encontraba? Y ahora ¡que dijeran que él no era un. caliente! Cómo iba a llamar la atención a su regreso. Es verdad que casi se lo lleva Pateta, pero a poco ¿no regresaría ya acompañado del señor Cura y del médico que por todo el camino no habrían de hacer otra cosa que hablarle de su hazaña? Y María ¿cómo iría a ser su sorpresa cuando él se presentase y dijese: - Aquí estoy?

Por entre los árboles de la «Falda» rielaba un vago albor de claridad, una aljofarada evanescencia de luz. Rufino se fijó bien en aquel destello salvador, y por eso sonrió. Era la luna que apartando blandamente un borbotón de nubes, iba apareciendo, llena de sonrisa celestial, como una virgen todopoderosa que en el momento supremo, despeinando su cabellera de resplandores, asomara su rostro púdico por entre los acerados pórticos de la montaña para sonreír a su amante, enjugar con su belleza la explosión de sus lágrimas acervas y empaparlo con la fragancia de sus besos, de sus besos de nácar.

La lluvia era menos densa, pero los árboles todavía se quejaban amargamente.

Rufino se levantó, continuando su marcha.

¿Qué dirían en aquel momento respecto a su persona, en la casa de don Agapito? pensaba él. ¿Que era un caliente? ¿Que se lo había llevado el diablo? Casi ni lo uno ni lo otro. Todos, excepto don Agapito, pensaban una misma cosa: ¡Que era un majadero! Sin embargo, a María le hubiera alegrado que fuese Miguel el de aquella locura, a pesar de quererlo tanto. ¿Por qué no la había hecho él? Claro, porque no era bobo. Pero si él comprendía que ella lo deseaba ¿por qué no habla sido el primero en acometerla? ¿No la hubiera regocijado mucho y no se hubiera alegrado mucho también, su padre Agapito?

Miguel casi comprendía aquella lucha de Maruja, y tuvo miedo de mirar a ésta en la cara. Ella, por el contrarío, quiso buscarle. Tras varios rodeos, lo abordó.

-¿Le parece Cándido muy grave? le preguntó, por decir algo, con voz baja.

-¿El señor Cándido? ¿Como que es de su familia? repuso algo turbado Miguel.

-Primo hermano-contestó Maria. Hijo de un hermano de mi madre.

Miguel sintió un calofrío. ¡Conque primo hermano! ¿Pero quién diablos lo había tentado a él para ir a aquella casa cuando semejante primo y en semejante estado había venido a presentarse?

-No me parece tan grave-exclamó para disculpar en algo su cobardía. Verdad es que la herida es grande, pero no mortal.

Cosa rara. Mintiendo aquel ser, decía la verdad. La herida era grande, pero sin peligro mayor, a menos que hubiesen llamado al Indio, porque entonces si, la cosa cambiarla.

-¡Ay! ¡yo tengo un miedo horrible! dijo María ruborizándose.

-¿Miedo de qué? preguntó Miguel algo corrido.

-Miedo de que por cobarde usted no llegue a ser mi esposo-hubiera querido decirle ella. ¡Miedo de que mi padre lo odie! pero sólo exclamó:

-Miedo de que muera.

-¿Quién?

-Pues él   , Cándido.

Miguel estaba visiblemente turbado, mas al fin se rehizo. ¿Por qué lo podían culpar? ¿Acaso era él miembro de la familia o intimo de la casa? ¿No era casi un desconocido? La única que sabía que él existía, pues se lo había dicho con los ojos, era Maruja. ¿Pero lo quería mucho ella? ¿Valdría la pena de un sacrificio? ¡Quién sabe! Las mujeres    ¿no son el diablo las mujeres? ¿Bien no veía que María no miraba del todo mal a Rufino? ¿Por qué habla de ser tan bobo para sacrificarse a los primeros encuentros? Si ella fuese su prometida, la cosa variaría ¿pero así, sin más ni más y por complacer a don Agapito? Sin embargo, su conciencia le gritaba desde lo más profundo de sus entrañas: ¡No fue por falta de deseos, fue por cobarde! ,

Otro rayo estalló. En la casa se coreé un rezo. Eran las |«Doce Palabras», herencia de quién sabe qué misterioso taumaturgo, de todos desconocido. Era una oración enrevesada, blasfema a veces, inocente las más, en literatura un desastre, y que nuestros abuelos entonaban en medio de las tempestades o cuando rugía un ciclón, creyendo que aquello era como regar blando aceite en mar alborotada. Tras la oración se encendió la vela que el señor Cura había bendecido con su palabra sacramental y con su mano amorosa, y luego la |palma de ramo, cuyo humo, en densas espirales, subió suave, perezoso, como si la sala tratase de acariciarlo.

Afuera el bosque continuaba sus aullidos con el mugido de las encinas destrozadas, mientras las enormes moles de piedra, desprendiéndose de los cerros, hacían retumbar las montañas con voces más hondas que las de los mismos rayos al explotar por todas partes.

Al fin la lluvia se calmé un poco, y la tempestad cesó. Era el momento en que Rufino había res­pirado en la «Falda del Perro», creyéndose victorioso. Cándido, sin comprender el alcance de su herida, rezaba mentalmente y hacía contrición profunda de sus pecados. Su dolor y su vergüenza eran atroces. ¿Cómo dejar comprender lo que había sucedido? Ni por pienso. Primero morir. Y entonces la siniestra escena venia a sus ojos, desnuda y cruel, con voracidades de pantera. Serían las tres de la tarde cuando él, según el plan convenido con Justina-una linda maestrita de escuela en aquella región-la aguardaba en el lavadero. ¿No se querían tanto? ¿No era ella tan bonita? Su palabra de honor que cualquiera hubiera hecho lo que él hizo: ¡aguardarla! Todo el mediodía estuvo rondando la vecindad. Desde los matorrales cercanos a la escuela escuchaba las voces que ella daba:

-El niño que sigue: |Ce-a: ca; ese-a: Sa: |Casa: Be-o: bo; be-a: ba: Boba.

A lo que él, en cuclillas y ardiendo en deseos de estrechar al fin libremente a su dulce encanto, resoplaba con indignación:

-¿Pero cuándo demontres terminará esa maldita clase de lectura? Y esos sochantres de muchachos tan brutos que no se largan para sus casas. Porque, vamos a ver, se decía ¿qué se ganan con aprender esas barbaridades? Yo, por mi parte, estuve dos años en la escuela, me metió el maestro -a quien el Cornudo ojalá se trague-más de mil azotes semanales por enseñarme a leer y a escribir, y de todos sus empeños sólo pudo hacerme aprender de memoria el Padrenuestro y la Salve. Lo juro por un caimán. ¡Ah maestro de todos los demonios! y mientras en la escuela continuaban con el |beobo, beaba, boba, él, Cándido, se miraba en las pantorrillas las cicatrices hechas por aquel bárbaro que de acuerdo con el Alcalde y con sus propios papás, le envolvía con horrorosos latigazos. todo su cuerpo cuando no podía recitar aquellos trabalenguas que su boca maldita vomitaba, bajo la razón irrevocable de |la letra con sangre entra.

Sin embargo, esperaba. Una maestra de escuela-se decía-es mucha conquista para esta pobre humanidad. ¡Y lo dulce que va a ser este encuentro! Ella, después de que largue esa partida de arrapiezos, comerá y vendrá. Tal vez ni coma, porque con lo emocionada que debe estar sabiendo que yo estoy por aquí aguardándola, no debe comer. Se vendrá al momento, y entonces ¡qué dicha! Por allí, por aquel sendero-y señalaba una sierra sembrada de matas de maíz ya secas y de matas de cadillos-ha de venir. Sí, por allí bajará, atisbando suavemente para todas partes con sus ojos garzos y sonriendo divinamente. Haciendo un gesto de temor volverá la vista atrás para ver si alguien la sigue, y al comprender que viene completamente sola, le palpitará el corazón, le dará miedo; pero entonces recordará que yo estoy aquí, yo, que la quiero con toda el alma, y avanzará. ¡Cómo vendrá de bella! ¡Corazón, ténte en tu pecho! se decía, lanzando un hondo suspiro ¡Y aquello va a ser dentro de pocos instantes! ¿Por qué no vuelas, tiempo? Y el lavadero-porque éste ha sido el paraíso de la mayor parte de las campesinas-está allí, a dos pasos, aguardándonos. ¿Cómo va a ser ese encuentro? Yo, lo primero que debo hacer una vez que ella baje, es abrazarla, abrazarla hondísimamente. Es lo natural; y darle un beso en su boca, y apretar su cuerpo contra mi corazón, y decirle:

-iJustina, me muero!

Si, así debe ser; pero    ¿y si le choca el a- brazo? ¿si se arisca con aquellas cosas?, Lo mejor será saludarla muy respetuosamente, hablarle de mi amor, de lo mucho que la he estado aguardando, de lo feliz que soy viéndola, y entonces, entregarle el regalo que le llevo, y después    ¡Ay! después ¿qué no habrá de suceder? El regalo no es para tirarlo a la calle. Un pañuelo de seda muy fino-eso le había dicho el vendedor, pues él no sabía propiamente lo que fuese seda-con versos de amor impresos en sus cuatro puntas y con un corazón atravesado por una espada y chorreando sangre, en el centro; un espejo con enmarcaduras de raso y tapa de lata en el cual mi figura se delinea muy bien, y un anillo de tumbaga con una piedra verde y otra roja que aun cuando son de puro vidrio parecen incendiarse con sus fulgores cuando el sol las ilumina    ¿habrá nada más bello?

Tras la clase de lectura, él escuchó:

-Uno por uno, uno; uno por dos, dos; uno por tres  

-¡Pues tres! dijo él desde el matorral.;Es la maldita tabla pitagórica! ¡Ah maldita tabla! Y desde aquellas breñas, el buen Pitágoras recibía su millonésima maldición por su tabla divina.

Las aves cantaban. El viento, remeciendo suavemente la selva, hacía caer hojas secas a su alrededor, despertando perfumes. En los hatos, los chiquillos corrían tras los terneros para separarlos de sus vacas y traerlos al corral; el hacha, en la espesura, hacía temblar la tierra al tundir con sus golpes algún robusto roble de copa gigante, mientras más lejos, en un tramo vistoso, una cuadrilla de peones afanosos como hormigas y figurando ratas Juguetonas, desmalezaba un maizal, cantando y riendo que era un gusto.

-Padre nuestro, que estás en los cielos  

-¡Por fin! exclamó Cándido. Ya van a salir.

Se atusé el bigote, y sacando de su pantalón de dril negro una botella con aguardiente que habla comprado en cualquier parte, se despanzurré un trago soberbio. Luego se cuarteé bien su blanco sombrero de jipa, hecho en Suaza según el vendedor, pero en realidad, propiamente en Manizales, se abroché bien su saco de diablo fuerte costureado por su madre, se colocó bien su ruana, se palpé su peinilla   ¡Apolo mismo no tenía nada qué envidiarle!

Los muchachos salieron de la escuela ,gritando:

-Adiós, señorita. Hasta mañana, señorita. Después 'se alejaron.

¡Ya va a venir! se dijo Cándido.

Un perro, quizás el de la casa de Maria, lanzaba, allá lejos, sordos ladridos. Espirales de humo subían densamente del seno de las cabañas. Una innumerable bandada de palomas, con ruido huracanado, descendía de la «Falda del Zancudo», formaba zigzags majestuosos en el aire y corría impetuosa a posarse en los olivares de |«La Capilla», punto así llamado por existir allí una iglesita católica, donde un sacerdote dice misa los domingos a los habitantes de aquella región. Nubes de color plomizo se formaban lentamente, toques de oro pálido caían en las neveras, mientras hacia el occidente la luz formaba ecuaciones de sangre y trenzaba jeroglíficos.

-Sí, ya va a venir-se repitió Cándido.

Un aire frío principiaba a correr. Los garrapateros, con su chillar desabrido, se amontonaban en las frondas del matorral donde él se encontraba. Una lagartija, con ojos relucientes, enseñaba sus amatistas y sus azabaches, rozando sus pies. Un mirlo alborotaba, allí cerca, un follaje con el reguero de sus cadencias.

De pronto escuchó algo que le llamó abiertamente la atención. Era, sin duda, el caramillo de un gañán. Su melodía era dulcísima. Ese instrumento que en aquella época hacía las delicias de nuestros labriegos, ha desaparecido ya de nuestras cabañas, y apenas se le recuerda. Sin embargo, antes, con el tiple, era la mercancía obligada de nuestros antepasados. La. selva, en sus explosiones de polen cáli­do, escuché muchas veces aquel eco tierno que la conmovía, como si el mismo Dionisius, cortejado de; ninfas, anduviese por allí y destilase sus poemas en aquella voz.

Cándido presté más cuidado. ¿Quién así, de manera tan blanda, arrancaba notas a aquel rabel? La cadencia iba tomando proporciones más fastuosas. Dijérase que una hornaza de armonía iba buscando almas en el bosque para arrullarlas, bajo gotear de flores. La misma brisa, que como seda impalpable se enredaba en batatillas azules, moviéndolas lujuriosamente, abría paso respetuoso a aquel trinar de raso, mezcla de aroma y . de espíritu que incendiaba con su suavidad y despetalaba con su blandura.

El caramillo se silencié, pero al apagar su voz, Cándido vio arriba de las piedras del lavadero donde aguardaba a Justina, una muchacha de bellas facciones, la cual, sin ningún embozo, se puso a lavarse allí sus. pies, con deleite especial. Vestía sencillamente. Una camisa de muselina blanca con algunas pintas rojas, cubría su pecho apretado en donde dos pimpollos de rosa principiaban a pacer su aparición. Más abajo, su saya de zaraza crema con pintas de color negro pálido, se anudaba en su cintura para rodar por sus carnosos flancos hasta tocar ligeramente la pantorrilla y morir allí como fatigada por aquella campestral tentación. En su cabezas un chorrear de cabellos. En su boca, un velo tenuísimo de moras principiando a madurar.

Cándido contuvo el aliento. ¿Qué era aquello? La muchacha, complacida, azotaba sus carnes con chapuceos infantiles. Después se sentó en una piedra, y allí, como si nadie la contemplara, recogió suavemente su saya y se puso a destilar, con mano juguetona, agua sobre sus formas   , sonriendo.

-¡Ah! exclamó Cándido. ¡Si es Micaela!

Y Micaela era en efecto, es decir, una muchacha a quien él,. con otro pañuelo de seda, un espejo, una peineta de carey y un collar con perlas de vidrio, había logrado estrechar en sus brazos. ¡Si allí mismo, en aquel pecho turgente, veía él las perlas regaladas, las perlas de ensueño! ¡Si ya él conocía a qué sabían aquellos rubíes de sus labios y aquellos armiños de sus dientes!

-¿Y si Justina viene ahora? se dijo. Esto sí que va a estar grave. ¿Salgo y le digo que se marche? ¿Y si no quiere marcharse? ¿Y si me pregunta que qué estoy haciendo aquí? ¿Y si le doy un beso? ¿Y si la abrazo?

La muchacha miró a todas partes. El día, tambaleante, quería morir. Un reventar de plumas se escuchaba. Las gargantas, en los nidos, zurcían tejidos de cadencias.

Cruzó sus piernas, sonrió, sacó su caramillo y volvió a hacerlo hablar. El raudal de una sonata empapé el lavadero. Cándido quiso engolosinarse con aquella fruta tentadora, y fue a salir.

Micaela, acaso por sensación telepática, interrumpió su armonía, miró a todas partes como corza en acecho, y huyó.

-¡Ah malhaya! exclamó Cándido al verse completamente solo en aquellos lugares. ¿Por qué no sa­lí antes? ¡Y ahora que vaya y no venga Justina 

Un diminuto rayo de sol pasaba por sobre un cedro altivo para ir a morir lejos en una acuarela de ámbar. Los golpes del hacha en la selva se habían silenciado hacía rato. Los labriegos, en  sus estancias, saboreaban la humeante comida, acariciados por sus esposas.

-Mas ¿qué ha sido de esta mujer? se dijo Cándido. Ingrata como son todas las mujeres ¿no vendrá a pagarme este amor que en mí llevo, con sus caricias fragantes? ¿No vendrá?

Una silueta de muchacha fue. delineándose en la cresta de la colina, con paso tardo. En sus manos traía un tejido de labor, al cual enredaba puntadas y más puntadas con dos largas agujas de acero. Miraba a todas partes, y haciendo un guiño imperceptible, sonreía.

Fue descendiendo......fue descendiendo.

El corazón de Cándido quería salírsele del pecho. Aquello era la realización de todas sus ansias, de todas sus esperas. Para serenarse un poco llevó a sus labios otro trago de aguardiente.

La muchacha descendía |más. Sus cabellos, que aquel día había bañado en la corriente de la «Quebrada», no iban trenzados a la espalda como era la costumbre; por  el contrario, flotaban armoniosamente sueltos, como hebras de seda. Vestía ella una chaqueta de algodón azul pálido, y lucía una saya color de naranja, que le sentaba a maravilla. Sus pies iban cubiertos por zapatillas de cuero negro, bajo el cual la ostentación de unas medias rosadas hacían su eclosión. Como Cándido lo presentía, recogió suavemente sus ropas con una mano para que los cadillos no las maculasen, y la forma fina que su alma soñaba, apareció. ¡Pues si era la maestra!

-Ya es hora dé que yo salga-dijo, y se agité en su matorral.

Justina vio aquel movimiento, y en el instante, con el instinto perspicaz de la hembra; le mandó estarse quietecillo, quietecillo como un cordero.

Lentamente, con su rostro bañado de rubores, fue acercándose. En las hebras de su cabello una flor roja, como una brasa, destacaba su color.

-¿Qué hace usted allí? dijo Justina burlonamente.

-¿Qué ? Pues    aguardarla-contestó Cándido de manera fatigosa. Estoy cansado de esperarla.

-¿Y por qué no se ha ido, pues?

-¿Y sin verla?

-¿Pues no dice que está cansado?

-Cansado no: ¡loco por verla! dijo asomando al fin todo su cuerpo.

-¡Tan mentiroso!

-La pura verdad.

-¿Y desde qué horas llegó?

-Desde mediodía.

-Imposible. ¡Eso es una barbaridad!

-Ya ve. Así soy yo.

-¿Y qué ha comido?

-¿Quién come pensando en usted?

-Cualquiera que no tenga mal gusto.

-O que no tenga hambre. Uno sin hambre no puede comer.

-Es lo que yo digo.

Un ligero relámpago fulgió lejos, sumamente lejos.

-¿Y por qué se demoré tanto para venir? prosiguió Cándido, marchando resueltamente hacia Justina.

-No pude salir antes. Hubiera sido un peligro.

-¿Por qué?

-Porque allí estaba mi madre.

-¿Y ahora?

-No está allí. Han venido a llamarla; y he quedado sola.

-¿Quién la ha llamado?

-Una señora.

Cándido recordó qué la madre de su amada era comadrona.

-Entonces vamos a estar muy felices.

-¡Quién sabe!

En la espesura un buho estrujé su lúgubre canto.

-¿A usted le da miedo de esos pájaros?

-A mi no ¿por qué me había de dar miedo? dijo Justina.

-¿Y a qué horas vuelve su madre?

-De aquí a las diez de la noche.

-¿Y a usted no le da miedo sola?

-No, porque usted me acompañará.

Cándido se acercó completamente a ella.

-¡Ay! ¡cómo la he aguardado! dijo estrechando una de sus manos. ¿Pero si me ha pensado?

-¿Pues no sabe todo lo que lo quiero?

Inconscientemente se fueron sentando en el césped. La luz, amortiguada, era casi una sombra. Un limonero, cargándose de frutos, les desflecaba perfumes y flores.

-¿Y su madre todavía me aborrece mucho?

-Yo no sé. Yo creo que es porque ella teme que usted no se case conmigo-dijo aquella vestal de Pestalozzi.

-¡Vea qué creencias! Y sus hermanos Pedro y Lázaro ¿dónde están?

-En el pueblo.

-¿Y cuándo vienen?

-De hoy a mañana. |

Cándido apreté más las manos de Justina.

-Y ellos ¿siempre me odian?

-¿Y qué cuentas?

Un soplo de viento cruzó rumorosamente. Otro relámpago clareé en la lejanía.

Cándido, sintiendo aquel aliento virginal que a su lado palpitaba, cobré bríos e hirió la grana de aquella boca.

Justina se recogió convulsamente sobre sí misma: tuvo deseos de huir.

-Ay, Cándido, usted no se casa conmigo! exclamó. ¡Yo le tengo miedo a usted!

Cándido sintió temor. ¿Se escaparía ella? ¿Huiría? Una aprensión rápida cruzó por su mente, y entonces reflexioné. Aun no había puesto en juego todas sus armas. Aun el espejo estaba inviolado, inviolado el pañuelo, inviolado el anillo de piedras encendidas. Los sacó. Justina miró todo aquello con orgullo señorial, con orgullo de hembra que ve, a sus plantas, dominados, mares de Golconda, pirámides de diamantes    ¿Conque era verdad que Cándido sí la amaba? ¿Conque no se había engañado su corazón que tantas veces le dijo, en medio de sus arrobos espirituales: Desconfía de ese mozo, que puede hacerte una jugarreta pesada? ¿Conque sí la quería? ¡Y su madre que se oponía a aquellos amoríos, y sus hermanos que no podían ver a su novio, a. su dulce novio! Pero ya verían ellos la sorpresa que les iban a dar cuando, unidos al pie de los altares por el poder de Dios, ellos, amándose más que nunca, saliesen del brazo, camino de aquella casa a donde él no podía arrimar ahora libremente, a donde tenía qué ir como un salteador de montes. Allí estaban esas prendas que lo confirmaban, esas prendas que eran el preludio de una felicidad sin límites.

Cándido hirió con su boca la púrpura que se cuajaba en los labios de Justina. Esta tembló de miedo y quizás de placer, y sólo dijo:

-¿Por qué no nos vamos para la casa? Allá Conversaremos largamente, hablaremos mucho   ¡Camine-----¡

-¿Y su mamá?

-¿Pero no le he dicho que ella no está allí?

Temeroso de contrariarla, Candido la siguió, embriagándose con las sonrisas de aquella boca vir­gen, en cuyas granas ansiaba colocar todo el fuego que en su corazón se escondía. Ya cerca de la casa, sintiendo un silencio ceremonial apenas interrumpido por el lejano rumor de la «Quebrada» y ,por algunos leves soplos de viento, se sentaron en son de descanso, felices, temblorosos de dicha, empapados de dulzura; y casi sin que Justina lo notara, algunas vagas estrellas que a trechos relucían, en el plafondo celeste, se reflejaron en sus ojos púdicos, en sus ojos virginales. Un rosal que por allí cerca hacía la ostentación dé su pompa, agité el santuario de sus flores a un beso de viento, mientras un aroma dé almas y un ruido de delicias corrían por el aire serrano para ir a pregonar, en la selva úber, el estremecimiento de aquella flor humana que, al despetalarse, hacia conmover en el firmamento la radiación de las estrellas. ¿Cuántas horas duró aquella alegría? Juramentos amorosos, promesas que hilvanaron en sus mallas toda la blandura del más profundo idilio, poemas que más que palabras eran dicentes asteriscos de gloria, se siguieron después. De pronto, sin embargo, aquellas almas se conmovieron involuntariamente, un revolcón de nubes sacudió súbitamente el cielo, la selva rugió, los matorrales se agitaron.

-¡Justina! ¡Justina! gritaron en ese instante dos voces, casi encima de ellos. Eran sus hermanos.

Cándido comprendió que jugaba su existencia si eran descubiertos.  Se agazaparon en el césped, pero en el momento los aceros brillaron entre las tinieblas, encima de sus cabezas. Cándido aparó aquel golpe en su reluciente peinilla, y así, en un retroceso fatídico, principié aquella lucha que nadie sabía en qué habría de parar. Los mandobles resonaban, resonaban los reveses, se quejaban los aceros. Justina, desalada, había huido por otra parte, mientras sus hermanos cargaban a aquel tronera, que era su amor.

Gruesas gotas de lluvia principiaron a caer. El viento bramó. Fue un polvo de carbón la oscuridad.

-iAmpáralo, Virgen Santísima! clamaba Justina. ¡Ampáralo!

|Y allá, cerca al camino, se escuchaba la lucha sorda, hiriente, como gruñir subterráneo que subía amenazante hasta ella. Un rayo estalló. Escuchó insultos. Eran los que Cándido lanzaba, los que lanzaban sus hermanos. Oyó más voces. Escuchó un alarido. ¡Más rayos   

Mucho de esto era lo que Cándido, en. medio de su dolor y su vergüenza, vela pasar en loco tumulto, mientras Miguel miraba a María, mientras ésta miraba a Miguel, mientras Rufino desafiaba la tempestad y mientras don Agapito decía:

¿Qué hubo de la bebida con árnica? ¿Ya le pusieron más aguardiente alcanforado?

-¡No hay necesidad! gritó una voz.

Todos quedaron perplejos: era Rufino que llegaba con el señor Cura y con el Cirujano, radiante de alegría, gozoso como si hubiese conquistado el mundo!

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