CAPITULO V
Pasados varios días aun se conglomeraban algunos vecinos en la
casa de don Agapito para rememorar la muerte de Luis, y aun se
vertían algunas lágrimas por el chiquillo.
Cómo babia quedado de bello. ¡Si aún parecía que les estuviese
mirando con sus grandes ojos negros, parlanchines y locuaces!
Todavía, con la imaginación, se escuchaban sus carreras, sus
gritos dulcísimos, sus lloros tiernos, sus risas de cristal. Y
había muerto. ¿Por qué había muerto? se preguntaba su madre,
ahogando un sollozo. Dios, que es tan bueno, había querido probarla
con aquel dolor terrible, como probaba a Job? Pero si era para
quitárselo ¿por qué se lo había dado? ¿No era mejor que se lo
hubiera dejado crecer, para verlo ya hombre descuajando la selva y
sirviendo de envidia a todos los mozos de la vecindad? ¿No era
mejor que se la hubiese llevado a ella, que ya había pagado su
tributo de trabajos a la vida y que tantas veces había visto nacer
el sol, cuajarse de granos los maizales y coronarse las praderas de
luz? ¿Pero por qué se quejaba? recapacitaba al momento con su
imaginación febril peso poco investigadora. ¿No había visto morir
la Reina de los Angeles a su Hijo Santísimo en medio de dolores
atroces, clavado en una cruz y escarnecido miserablemente, siendo
EL la Pureza Infinita, el Supremo Amor y la Belleza Ilimitada? ¿No
tenían, al fin, qué morir todos los hombres ? Verdad era.
Entonces ¿para qué quejarse? ¿No era una limosna de amor que el
Altísimo les enviaba llevándose a su Luis para que fuese a jugar
con los arcángeles y serafines y a embriagarse con las cadencias de
la eterna armonía, de la felicidad absoluta? Y así su corazón, que
estaba próximo a reventar: se calmaba súbitamente, bendecía la
voluntad de Dios, y sonreía llorando.
María también lloraba con frecuencia. ¡Cuántas veces el
chiquirritín la había acompañado al lavadero; cuántas veces,
mientras ella hundía sus carnes tibias en las aguas de la
"Quebrada", lo había sentado por allí cerca en una piedra, cargado
de granas las mejillas, para que gritase la voz de atención cuando
algún curioso o extraviado quisiese verla a ella bajo la sombra de
sus cabellos que rodaban por sus espaldas casi hasta tocar los
talones, como una cascada de ébano sobre una mole de nieve!
¡Cuántas veces le había cargado de
|flores de mayo para que
las regara por el camino, cuántas veces le había cogido somas y
azulejos para que los llevase dentro de su sombrero de caña,
cuántas veces había llenado de besos su boca, bermeja, su boca
donde hervían las sonrisas! Y ahora no estaba allí. Se lo hablan
llevado en un ataúd que un vecino había hecho con tablas de cedro,
forrado en papel blanco, blanco cual los azahares. Y Miguel había
ayudado a cargar ese ataúd. -Y la transición venía entonces. ¿Qué
pensaría Miguel de ella? ¿La querría? ¿Le parecería buena moza? ¿No
tendría él otra novia mejor? Y aquí el trueno gordo: ¿Quién había
hecho el matrimonio? ¿Para qué? ¿Era mucha felicidad casarse? Debía
ser infinita, puesto que con sólo pensarlo subía de todo su cuerpo
a su corazón una ola de algo tan misterioso que no podía compararse
con otra cosa que con un perfume de azucenas que corriese por todo
su ser, quemándolo.
-¡Buenas tardes! gritó una voz robusta en los umbrales de su
casa, un día en que ella, como en otras ocasiones, pensaba estas
cosas.
-¡Buenas tardes! agregó otra de timbre más pausado.
Eran Rufino y Miguel que pasados varios días, también tornaban a
hacer nueva visita en honor del niño muerto. María palideció. De la
casa salieron varias personas a recibirlos. Las miradas se fijaron
bien en Miguel.
-¡Buen mozo! ¡Buen mozo! se cuchicheaba.
Era lo mismo que Maruja decía. Se les mandó entrar, pero Rufino
comprendió desde el primer momento que su compañero podía ser un
peligro para sus amores, y abrió, pues, el ojo.
La conversación, al principio, versó, como era natural, sobre el
buen Luisillo, pero pronto se habló de otras cosas con otros
vecinos que llegaban, atraídos por el mismo objeto que había
llevado a Rufino y a Miguel.
Un jayán llamado Carlos, de contextura de púgil, exclamó de
pronto:
-Anoche, estando en mi cama, bastante tarde, sentí un ruido
fastidioso, como de ganado en carrera, lo cual me causó impresión y
hube de levantarme ¿y saben lo que vi? ¡Pásmense ustedes!
-¡Ya vienes con tus enredajos de brujas y de duendes! le repuso
Rufino; ¡ahora si, compadres....!
-No es cuestión de brujas. Es una cosa más horrible.
Todos los ojos se abrieron extraordinariamente y los oídos
escucharon atentos. Las mujeres se apretujaron unas contra
otras.
-Sí. ¡Pásmense ustedes! prosiguió el gañán. ¡Toda esta montaña
estaba ardiendo!
-¿Completamente? prorrumpió María, abriendo tamaños ojos.
-¡Completamente! prosiguió nuestro protagonista; pero eso no es
de extrañar ¿verdad, don Agapito?
Este hizo un movimiento de cabeza que bien podía ser una
negativa rotunda o una afirmación solapada.
Las mujeres en tanto cuchicheaban:
-¡Eso debía ser el diablo, si, el purísimo diablo! ¿No era por
allí? según afirmaban las gentes- por donde una mujer llamada
|Maria Pardo hacía correr, entre carcajadas, los novillos que
su marido desollaba vivos y untaba de sal para divertirse viéndolos
en sus contorsiones?
El narrador prosiguió:
-Sí, esto nada tiene de particular. ¿No se encierra en estas
montañas un
|tesoro?
-Es verdad-murmuraron varias bocas.
Algunos prendieron cigarros que propiamente, no eran de la
Habana, y los fumaron con rudos chupones.
-¿Ustedes no se han fijado bien en el Ruiz?
-¿El Ruiz? exclamó aquí don Agapito, sin poderse contener. ¿El
Ruiz? dijo, y sus ojos, acostumbrados al miraje de los panoramas
tropicales, flamearon deslumbradoramente. Parecía que le hubiesen
tocado en sus oídos un clarín de guerra, y que subiesen por la
montaña cíclopes nervudos llaman; dote a la lucha. Era su resuello
anhelante; y sus manos callosas, curtidas por el sol y endurecidas
por el hacha, sintieron sobre sí el espasmo de una añoranza
homérica. Meditó un momento. Todas las miradas, sabiendo que de
aquellos labios cubiertos de nieve habría de salir algo muy
interesante, caían en su rostro con agudeces de puñal. Maruja, como
si presintiese lo robusto de aquella gestación, parecía decir con
sus ojos, mirando a Miguel:
-iAguárdense ustedes!
Don Agapito dio un profundo chupón a una pipa de acero que
frecuentemente llevaba a sus labios, tosió, escupió y dijo:
-Hace años que esto sucedió. Cosa de diez años, poco más o
menos. Yo, que resolví desde que llegué a estas regiones con Mónica
y varios de mis hijos-entre ellos Eudoro, Pancracio y Manuel, ya
casados y que viven actualmente en el Cauca-establecerme en este
lugar con todos mis trebejos, estaba un día, como varios otros,
pensando en por qué no me encaramaba al Ruiz como lo habían hecho
todos mis compañeros de fundación. Marcelino Palacio, Joaquín y
Victoriano Arango, Vicente Gil, Manuel Grisales, Pablo Jaramillo y
Eduardo Hoyos se jactaban de haberse encaramado allí, y con
|sus
ojos puros; con sus
|puros ojos, haber visto desde esa
altura el Valle del Tolima con sus hermosas corrientes; el
espléndido del Cauca con sus inmensos pastales y su gran río que
serpentea como una cascabel enorme, cruzando plantíos soberbios; la
Sabana de Bogotá, en donde vivieron los Chibchas y en donde don
Gonzalo Jiménez de Quesada fundó la Capital de la República; y en
fin, el Istmo de Panamá en donde Balboa-esa nada de
hombre-descubrió el océano Pacífico. Era una obsesión que
continuamente me asediaba, pero de subir solo ¡yo solo! para
recrearme a mis anchas en aquella contemplación magnífica.
-Esto lo haré mañana, esto lo haré pasado mañana-me decía a mí
mismo varias veces-pero siempre el trabajo de la roza, el derribo
del monte, la crianza de toda esta partida de ratones y avechuchos,
me demoraban la anhelada subida. Un día, sin embargo, resolví
hacerlo definitivamente, saliera lo que saliere. Preparé mi
carabina, mi machete y mi lanza, llené una
|jíquera de arepas,
|dulce y queso, eché por delante a
|Guardián y,
despidiéndome de Mónica, principié la subida, a las dos de la
mañana.
Ustedes no pueden imaginarse cómo era esto entonces. Comenzaba
uno a andar por entre el
|rastrojo, a pleno día, cuando el
sol llameaba en los cielos, y era tal lo tupido de los árboles, que
lo que allí se vela era una claridad vaga, entristecedora, muy
semejante al resplandor de la luna menguante en una noche de
verano. Además el silencio, apenas interrumpido por uno que otro
soplo de viento que removía los follajes melancólicamente, llenaba
el alma de una amargura casi infinita, fuera de que la creencia en
la
|«Patasola",
|1
cuyas huellas muchos diz que habían
hallado por todas partes, y cuya misión es envolatar en el monte a
quien se deja, andando para atrás a fin de que los incautos no
descubran sus patrañas, me hacía palpitar violentamente el corazón.
Sin embargo, yo había prometido subir solo, y subiría; y para
aprovechar el viaje me traería por delante una danta, si era
capaz.
Cuando hubo amanecido, estando yo muy arriba, aquello me pareció
magnífico, y horrible. Una partida de caballos salvajes-restos sin
duda de los que España envió para la Conquista-pasó insultativa a
mi frente, con velocidad increíble y con cascos tan descomunales
que parecían cuernos de novillo engastados en sus patas; después se
me abocó un toro, en cuya cornamenta hubieran podido caber
holgadamente seis hombres, al cual hube de dar muerte de dos
acertados tiros en la cabeza que le hicieron caer ante mis ojos con
majestad de dios vencido; más adelante un ciervo me enseñó sus
astas formidables que mismamente parecían un árbol desnudo de
hojas, corriendo por los peñones. Guardián, a pesar de ser un
montañero como yo, tenía miedo, mucho miedo que tenía el
|perrito. Yo también pensaba si no habría cometido una
barbaridad empeñándome en aquella empresa; y santiguándome
fervorosamente, proseguí la ascensión.
Despeñaderos profundos, peñascos que ni el águila los salva,
torrentes rodando con estrépito, cascajales desollando las plantas,
tumores misteriosos, horror avasallante, todo eso era lo que ya
revuelto, ya en encadenamiento sucesivo, me envolvía al pasar. La
brega era porfiada. Los pies los tenía hechos pedazos, mis manos
sangraban asiéndose a las puntas de piedra para poder subir, los
frailejonales cubrían las profundidades engañándome con su aparente
manto de tranquilidad, los musgos hacían más terrible el silencio,
las nieves con su blancura y con su frío formaban hoyos en mis
carnes.
Me detuve un momento, sentándome en un peñón. Guardián,
echándose a mi lado me besaba los pies como suplicándome piedad en
nuestra correría. Mi cuerpo, cubierto de sangre y de sudor, acezaba
profundamente. Eché mano a mis provisiones, apuré una buena parte
con mi perro y proseguí mi marcha. Al fin, tras fatigas casi
inaguantables, pisé con mi planta ¡con mi planta propia! cabeza del
coloso. Estaba sobre el Ruiz. Subían hasta mí los ecos de tres
Departamentos, dominaba con mis ojos la inmensidad de la República,
acariciaba con mi alma la majestad de la Nación. Me sentía
transfigurado en medio de aquel chal espléndido de blancuras, y me
parecía que con mis sienes estaba tocando el firmamento. Sentía
sí, sentía la eternidad! De pronto, volví en mí. La arrobación
habla sido absoluta, pero la realidad de las cosas me gruñó
mordazmente: el sol, en su carrera, moría en el ocaso. Era un
panorama de cráteres encendidos, de ríos de fuego arrastrándose en
torbellino loco, de arcángeles con espadas grandísimas y de
dragones revolcándose en pozos de pez bajo los golpes de lanza de
los espíritus divinos. Era, en fin, ese mismo panorama sin igual
que todos los manizaleños pueden presenciar a diario desde el
|"Cementerio Viejo", y cuya asombrosa imponencia pasma los
sentidos.
Guardián temblaba de frío. Yo también, por la primera vez en mi
vida, temblé de pies a cabeza. ¿Qué me esperaba en mi descenso?
Cuando la noche llegara ¿cuál sería mi suerte? ¿Un abismo pondría
fin a mis días en aquella aventura, o aguardando la nueva aurora en
aquella inmensidad, el frío me convertiría en una estatua de risa
macabra que sólo sirviera para que los excursionistas del futuro
fueran a contemplar en milos posibles estragos de aquel gigante?
¿Por qué no me había echado entre mis menesteres siquiera un
cobertor para aquella jornada? Nuevamente me encomendé a Dios, y
principié a descender. Mi perro, lleño de terror, me seguía
acompasadamente, mientras la oscuridad más absoluta iba envolviendo
todas las cosas en el espesor de su manto. Yo ya no sabía por dónde
marchaba. Con el cabo de mi lanza sondeaba el suelo, el cual,
muchas veces, al no hallársele fondo, me enseñaba que los abismos
rugían a mis pies. El frío me envolvía. Un paso en falso, y a la
eternidad; un desfallecimiento por leve que fuese, y al sepulcro.
Sin embargo, en mi casa me aguardaban, y antes de que mis hijos se
llenaran de terror, yo habla de estar a su lado. El negror de la
noche era cada vez más, horrible. La lluvia se desató, rugió el
viento y estalló el rayo.
Aquí tosió nuevamente don Agapito, y prosiguió:
-Nadie puede imaginarse por aquí, aun cuando escuche juntas mil
tempestades, cómo es un huracán a más de 5.000 metros
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2
sobre el nivel del mar. Es el infierno con todos sus demonios
desatados. Yo temblé, pero volví a pensar en mis hijos y en mi
mujer, y me dije: ¡Bajaré! ¡Sí bajaré a mi hogar! En ese instante
¡Dios mío! siento un crujido enorme, tiembla la tierra bajo mis
pies, los árboles se desarraigan, y sin comprender qué fuese
aquello, principio como a descender hacia quién sabe a dónde, asido
a un débil arbusto. Yo no sabía si era que estaba mareado, o que ya
había muerto y bogaba en la eternidad. La lluvia, más horrible que
nunca, estallaba en verdaderos torrentes desde las cataratas del
cielo el viento rebramaba los rayos se mezclaban en un torbellino
de fuego capaz de conmover el mundo.
¡Dios mío! grité.
Pareció entonces que ese grito lo hubieran repetido en medio de
la tempestad, millones de colinas. Todo tembló bestialmente. Yo
sentí como si la tierra se hubiera vuelto añicos, como si el
firmamento se hiciera pedazos. Era que un trozo enorme de montaña
se había desprendido, y acababa de detenerse El corazón se me helé.
Me palpé todo mi cuerpo para ver si estaba herido, y me hallé sano.
Lo enorme del derrumbe había hecho que yo fuese arrastrado como
sobre una tabla, asido a un arbusto que fue mi principal salvación.
¿Pero qué había sido de mi perro? ¿En dónde estaba él? ¿En dónde
estaba yo? No lo sabía, ni nadie podía saberlo. Sólo comprendía que
la muerte me rodeaba por todas partes y que quizás, para hacer más
horrible mi agonía, no había fallecido en aquel momento.
De pronto un gruñido amargo me dio nuevo valor.
-iGuardián! exclamé.
Otro gruñido más amargo volvió a oírse.
- ¡Guardián! ¡Guardián! grité nuevamente, cuando de pronto, a
mis plantas, lamiéndome como un ciervo gozoso, sentí al pobre
perro, empapado de lluvia, empapado de lodo. Entonces volví a
decirme, lleno de orgullo en aquella desolación: ¡Bajaré! ¡Veré
otra vez a mis hijos!
La noche fue clareando. Un viento rugidor iba arrastrando lejos
la tempestad; poco a poco el cielo se iba despejando; la luna
aparecía.
El cuadro que entonces se presentó a mis ojos fue desgarrador.
Un hueco profundo estaba a mis pies. Tenía a mis plantas el abismo,
pero un abismo insondable en donde la voz no hallaba eco y en donde
al arrojarse una piedra, desaparecía como si la nada se la hubiese
tragado. Comprendí, así, por qué me había salvado. El peñón, en su
carrera, no había más que medio removido el pedazo de tierra donde
yo estaba: lo demás había volado a los Infiernos.
-¡Ave María! exclamó doña Mónica.
-Si, la verdad, replicó don Agapito, y prosiguió: Aquello era
más aterrador que la misma tempestad. El desmoronamiento de un
grano de arena bastaba para que yo desapareciese en un abrir y
cerrar de ojos, tragado por el vacío. Haciendo esfuerzos ardientes
y temiendo hasta respirar, me alejé de aquel peligro, sin saber
cómo. La imagen de mi mujer y de mis hijos me dio fuerzas para
ello; pero cuando creí que estuviera completamente a salvo, una
sombra blanca y enorme se me ínterpuso en mi camino.
Guardián, comprendiendo sin duda el lance terrible que se nos
esperaba, lanzó un ladrido profundo y se le enfrentó resueltamente
a aquella especie de fantasma. El caso era urgentísimo y
desesperado, y yo sin recordar siquiera que llevaba mi carabina,
arrojé mi lanza sobre aquel monstruo, que era un oso enorme. El
animal, al sentirse herido, dio una dentellada a su grueso cabo de
madera, trozándolo como si fuera una débil hebra de hilo, mientras
con una de sus garras cogía lleno de furor a Guardián, que lanzó un
alarido sordo, pero antes de que le hincara a éste los dientes
agité mi machete en alto ¡en alto! con todas mis fuerzas, y se lo
clavé en el corazón. El monstruo lanzó un rugido, y como una encina
formidable, se desplomó soltando a Guardián que, al ver a su
enemigo en tierra, ladraba de júbilo, dando saltos lujuriosos como
una bacante en una saturnal. Yo también, sin darme cuenta de ello,
me puse a cantar allí, olvidado de todo; y por eso, al día
siguiente, cuando ya un poco tarde llegué aquí, aquí donde Mónica y
mis hijos lloraban pensando en la suerte que hubiera corrido con
aquella tempestad, yo, enseñándoles mi risa, mi brazo y mí machete,
les decía:
-¡Subí al Ruiz, y lo dominé! mientras Guardíán, lamiéndome las
manos, parecía afirmar:
-¡Sí! ¡Por mi palabra de honor!
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3
-¡Qué cosa tan soberbia! exclamaron varias bocas cuando don
Agapito terminó su épica narración como titán de la Montaña.
Hasta Carlos, el interrumpido narrador, no pudo menos que
levantarse y decirle:
-¡Venga esa mano, don Agapito! Usted sí entiende de esas cosas!
y volviendo a sentarse y mirando bien a la concurrencia,
añadió:
-Ahora, tras la narración de este veterano que Dios bendiga y
cuya familia ha de perdurar por los siglos de los siglos
-Gracias-interpuso don Agapito, mientras Maruja sonreía
orgullosamente mirando a Miguel.
-Sí-prosiguió Carlos-ahora que han escuchado ustedes ese loncho
de narración, comprenderán mejor la mía y sabrán por qué ardía
anoche la montaña.
-Dáte prisa, hombre-exclamó Rufino-pero no vas a salir con una
majadería porque te cujeo a Guardián, que allí está en el corredor
dispuesto a empetacarse otro oso. Apura, que nos va a coger un
aguacero.
-A todo correr voy a acabar-contestó Carlos sin inmutarse. Oigan
pues, aun cuando han de saber, propiamente, que esto me lo contaron
a mí.
Tosió, exprimió con sus labios el
|ambil de su cigarro,
medio se sonrió y dij6:
-El Ruiz, el Cisne y el Santa Isabel ¿verdad que muchas veces
los han visto ustedes?
-¡Ah preguntas las de éste! exclamó aquí otra vez,
desgarbadamente, Rufino. ¿A qué manizaleño se le preguntan esas
cosas? Ni que fuera uno ciego para no verlas.
María hizo un gesto de impaciencia.
Carlos, sin hacerle caso a Rufino, prosiguió:
-¿Verdad qué silos hán visto? ¡Pues no saben ustedes lo que
encierran!
Las mujeres, embelesadas, abrieron la boca. María alargó el
cuello.
-¡No saben lo que encierran! volvió a exclamar Carlos. ¿Han oído
decir ustedes que cuando los españoles descubrieron la América, los
indios tenían montes que eran de oro y lagos de pura plata? Pues
aquí principia mi historia. Uno de esos señores, cuya esposa era
blanca como la nieve y de cabellos dorados como hebras de sol,
partió, con permiso del rey y después de haberse confesado muy bien
con un sacerdote que al mismo Colón había acompañado en su muerte,
para estos lugares. Vestía casco de acero sembrado de diamantes y
cota de malla que por lo pulida y limpia parecía una guarnición de
cristal. Era joven y sus ojos muy risueños. El cabello era negro y
el bigote espesísimo. Montaba un caballo blanco como la espuma, y
era acompañado de siete
|regiones!
-¿Qué son regiones? interpuso María.
-¡Espíritus invisibles que ayudan a los hombres en los combates!
repuso enfáticamente el narrador; y prosiguió:
-Este hombre se llamaba Belalcázar. Su mujer a quien por temor
de que durante su ausencia cometiera alguna infidelidad, había
arriado por delante, venía con él. Eran sus vestiduras de pura
seda, cosa que no había menester, pues si hubiera querido, la misma
mata de sus cabellos la hubiera cubierto como dorada tela, ya que
así de abundantes y tupidos le crecían. Su boca era semejante a una
granada cuando se la abre, y sus dientes como perlas vivas. Le
cubría su cabeza un yelmo con plumas brillantes, y para
resguardarse del sol, un manto como hecho de flores de azafrán, la
envolvía de los pies a la corona, dándole un tono tan bello que,
por donde pasaba, viéndola a horcajadas en su caballo-pues era en
el montar igual que un hombre-decían que era otro ángel Miguel
descendido del cielo. Tenía, cerca al seno derecho, un lunar tan
bien formado, que el marido creía firmemente que alguna divinidad
era la que lo había estampado en aquella piel blanca que parecía de
leche. Se llamaba Isabel, y quería locamente a su esposo. Cuando
llegaron a America, los lndios, deslumbrados, se dejaban matar sin
darse cuenta de ello, viendo semejante beldad. Ni las serpientes,
ni los ríos, ni los pantanos profundos, ni los abismos, ni los
tigres pudieron detener el avance de aquella pareja que seguida de
varios soldados y de perros que desgarraban ferozmente las
palpitantes entrañas de los americanos, iba por todas partes
llenándose de oro y más oro, como si sólo de oro estuviese hecha la
tierra.
No había nadie que fuese tan rico como ellos. Hubieran podido
comprar el mundo, si el mundo tuviese precio. Pero no había de
durar aquella felicidad. Estaba escrito así, y lo que está escrito
tiene qué cumplirse.
-¿Por qué? dijo María.
-iPorque está escrito! contestó abiertamente el narrador. Y
prosiguió: Ya había llegado a muchos pueblos la noticia de que
Belalcázar era el hombre más afortunado de los hombres, de que sus
riquezas no tenían igual y de que su mujer superaba en hermosura a
cuantas pudieran presentarse; y como el diablo es diablo, hizo que
un cacique muy rico, que habitaba detrás de esta montaña en un
valle muy lindo que allí existe, se enamorase de Isabel y jurase
robarla ! Era un acto atrevido que podía costarle la vida ¿pero
qué era la vida si lograba que siquiera una vez Isabel fuese suya?
Así fue que habiendo reunido a todos sus súbditos, les dijo:
-¿Habéis visto, oh valientes, la bella mujer blanca que el
maldito Belalcázar, matador de nuestros hijos y de nuestros
hermanos y asesino de nuestras esposas y de nuestras hijas, lleva
consigo? Pues si lográis hacerla vuestra prisionera, os daré
riquísimos maizales, os mandaré labrar mazas de oro a nuestros
vecinos los Chibchas, os entregaré a cada uno diez costalados de
sal, sortearé entre vosotros cincuenta de mis más bellas esclavas y
os Permitiré cenar conmigo en los aposentos de mi propio palacio,
hechos de bloques de piedra, en donde libaremos magníficos licores
y comeremos buenas carnes de blanco, perfumadas con tomillos y
regadas de tentador achiote, robustas papas y plátanos humeantes.
¿Lo haréis?
-¡Si! contestaron los indios, enseñando sus arcos y sus flechas
y chillando como condenados.
-¿Y me la traeréis viva?
-¡Sí! volvieron a berrear aquellos demonios.
-Pues bien, como no quiero que me tengáis por cobarde, yo iré a
vuestro lado, y como vosotros, también lucharé.
Efectivamente, al otro día, después de preparar todas sus armas
de guerra y de quemar una rana viva para que su expedición fuese
feliz, partieron los feroces indios, aullando como lobos. Ante nada
se detenían. Cruzaban los ríos como peces, escalaban los peñascos
como cabras, volaban por encima de los abismos como guales y
corrían como caballos. Era una tempestad que iba sobre un huracán.
Mas el huracán tenía miedo. ¡Mucho miedo que tenía el huracán! Pero
al fin se encontraron cara a caí a. Belalcázar extendió en dos alas
su gente, y ayudado de sus
|regiones, cargó sobre los
horribles salvajes. Mataba muchos, pero entre más mataba, más
aparecían, lanzando flechas, lanzando gritos, lanzando, peñones que
era un gusto. Corrían de una a otra parte, mugían, berreaban, se
abocaban a los ginetes, partian a mazazos las cabezas de los
perros, renegaban bestialmente y maldecían hasta la misma madre que
los había dado a luz. Los españoles estaban aterrados. Jamás habían
visto acometida tan espantosa. El oro, los víveres, los elementos
de guerra, los hombres mismos, la misma doña Isabel, estaban en
inminente peligro de perderse.¡Qué hacer? Entonces se le ocurrió a
Belalcázar una estratagema. Esconder sus tesoros y esconder su
mujer mientras sus soldados peleaban. Así lo hizo. Ayudado de sus
|regiones subió por la montaña, con sus caballos y mulas
cargados de oro, y con Isabel por delante. Cómo lloraba la hermosa
mujer, viendo el peligro que la amenazaba. Pero no había más reme
dio que huir. Treparon a lo más alto del monte, y encaramándose en
un peñón inmenso, miraron a todas partes. La selva, infinita, se
extendía a sus pies. De los valles llegaban terribles huracanes que
desarraigaban los árboles, y se sentía un frío tan especial que
parecía el principio de la muerte flotando sobre sus almas., El sol
se ponía, y ni la menor señal humana aparecía por allí. De pronto
se fijaron en un punto, por donde salía un pájaro negro, que les
infundió pavor. Era una profundidad enorme, es decir, la misma que
vio don Agapito en su ascensión al Ruiz.
En la concurrencia hubo una estupefacción general.
-Sí, la misma profundidad-aseguró el narrador. ¿No se podría
descender por allí? ¿Qué habría bajo esa gigante boca? Belalcázar
se detuvo y ayudándose de una cuerda, bajó a su fondo. Sus ojos se
eclipsaron. Inmediatamente volvió a Subir, arrojó sus cargas de oro
en la profundidad dejó sus caballos y mulas por allí perdidos, y
volvió a descender con su esposa. Nada más se supo de ellos. Dicen
que encima de la montaña los indios, en su persecución, oían al día
siguiente voces dulcísimas y celestiales armonías, pero que
entonces su Jefe, lanzando una maldición, se había retirado de
allí, horrorizado por haber violado los blancos el santuario de su
dios y la cripta de sus vestales; y que pocos años después la
montaña, que hasta entonces era magnífica y risueña, diáfanamente
azul, se agitó violentamente, rugió como si cien mil toros bravos
embistiesen sus entrañas, aventé pedazos de roca al mismo
Boquecandela, hasta que al fin una mañana, tras una lluvia por
demás espesa de aguas y ceniza, fueron apareciendo, de una manera
pasmosa, los tres páramos que forman nuestro embeleso, sobre el
ancho espaldar de la montaña: primero el volcán del Ruiz a quien
los indios llamaron sólo Volcán porque su dios Volcano-Vulcano
quería decir-en su estertor, lo había formado con su respiración
anhelosa, para que le sirviera de sepulcro, tapándolo con esa
sábana de nieve que todos le miramos, a fin de que nadie, nunca ni
jamás, viera su cuerpo ni intentara desenterrarle de allí; después
el Cisne, bajo cuyo manto blanquecino se durmió para siempre
Belalcázar, lamentando su suerte y horriblemente avergonzado de
haberse dejado vencer, por lo cual fue cubierto sin que le dejaran
boca como al Volcán; y por último el Santa Isabel, a varias leguas,
con esas piedras tan preciosas que la luz de la mañana y de la
tarde enciende, porque como era tan bella y tenía tantas joyas, se
regaron por encima recamando su fosa Y por eso la montaña se
incendia, y tiembla a veces!
-¿Y por qué no le pusieron al Cisne el nombre de Belalcázar?
preguntó María.
-Porque ese señor no quiso, ni aún después de muerto, que nadie
supiese dónde se encontraba
-contestó el tejedor de patrañas, con voz robusta.
Don Agapito miré a Carlos con ojos que querían decir:
-¡Vé a contarle esas estupideces a tu abuela!
Rufino sólo dijo:
-No te la echaste mala. ¡Te libraste del oso!
Pero las mujeres y algunos gañanes que oían zumbar afuera
lúgubremente el viento, creían a pie juntillas aquella sarta de
embustes que, a pesar de todo, mostraba una imaginación, ignorante
sí mas de vuelos épicos. El mismo Miguel que, a pesar de su
aparente humildad, tenía ansia de riquezas, pensaba para sus
adentros si aquello no debía ser así. ¿Por qué no?
La chocolatera, en la cocina, resonó con cántico monjil, pero a
tiempo en que su sabrosa bebida era traída a los circunstantes en
vasijas de coco, acompañada de humeantes arepas y blancas tajadas
de queso, se escuchó afuera, en el camino, una reyerta de todos los
demonios.
-¡Bandidos! ¡Canallas! ¡Ladrones! ¡Socorrol ¡Amparo! se oía
gritar, y golpes de machetes y de piedra resonaban que era un
gusto.
Un escalofrío intenso se apoderé de las mujeres. Los hombres,
empuñando en sus manos las afiladas
|peinillas-machetes de
hoja larga y angosta-que llevaban en sus cinturas, salieron a todo
correr, alumbrados por una bujía hecha de frutos de higuerilla
atravesados por un punzón de guadúa, que doña Mónica levantaba en
una de sus manos.
-¡Alto! ¡Aquí! ¡Allí! ¡Corran! ¡Atajen! gritaban las bocas sin
saber de qué se trataba.
-¡Canalla! ¡Bribón! ¡Miserable! rugían los desconocidos.
-¡Alumbren! ¡La vela aquí! gritaba don Agapito!
-¡Virgen Santísima de los Desamparados! exclamaba doña
Mónica.
-iSanto Dios! ¡Santo Fuerte! clamaba María.
Los niños, comidos de miedo, gritaban que era un gusto,
aferrados a las faldas de las mujeres.
-¡Pero qué demonios es todo esto! decía un muchacho avispado, de
nombre José y hermano de Maruja, a horcajadas, en el patio, sobre
el palo que servía de bramadero.
Un relámpago cruzó el aire y un trueno furioso se dejó escuchar
intensamente. La selva azotada por el viento, rugía inaguantable, y
calan, aunque a trechos, gruesas gotas de lluvia, la oscuridad era
tenebrosa. Guardián, el viejo mastín, ladraba como un diablo.
-¡Ay! ¡me mataron! gritó una voz.
Otro relámpago se repitió, y otro rayo, derribando un árbol
añoso, cruzó el éter, dejando un intenso olor a azufre.
-¡Santa Bárbara! rezaban las mujeres.
-¡Atajen! ¡Atajen! gritaba don Agapito.
La selva, con otro rayo, ahogó esa voz. Pero los hombres
corrían, tropezaban, calan, se levantaban y se formaba el
pandemónium más enloquecedor que ojos hayan visto.
-¡A mi que me muero! dijo alguien.
Otro rayo chispeé y su luz fue como un inmenso candil. Con la
claridad del relámpago, varios ojos vieron en tierra un hombre que
se revolcaba de manera convulsiva. Lo recogieron como les fue
posible, y lo entraron a la casa de don Agapito. La sangre lo
desfiguraba atrozmente, pero al lavarlo se vio que era joven y que
tenía una herida enorme en la espalda.
-¡Cándido! exclamaron.
-¿Pero qué marrullas andabas haciendo por aquí a estas horas?
dijo don Agapito.
El herido le miró con una mirada amarga, y no contestó.
-¡Este se muere! exclamó el buen viejo. ¿Quién va por el cura,
por el médico?
-¿Por el Indio? prorrumpió Rufino.
-¡Qué Indio de todos los demonios! repuso aquél. ¡Por el médico,
por un médico de verdad! ¿Quién va?
Su mirada se paseé altiva por toda la concurrencia. Afuera, el
huracán desgajaba las encinas y el trueno'retumbaba. La lluvia, que
había principiado por ser leve, rugía sobre el tejado de la casa
como si fuesen piedras lo que caían, hinchando los torrentes. La
oscuridad, como humo de pez diluido, se pegaba en el aire con
caliginosidades capaces de aterrar a Plutón, el mismo domador del
Averno.
Los ojos se miraban unos a otros como preguntándose quién era
aquel caliente que habría de ir. María, que estaba. pálida como una
muerta, miraba a Miguel como si quisiese decirle:
-¡Tal vez usted!
-¡Yo! dijo de pronto una voz.
Todos los ojos se volvieron al escuchar aquella palabra; y
Rufino, destacándose del fondo y mirando intensamente a Miguel,
agregó:
-¡Sí! ¡yo!
María sintió algo como si fuera vergüenza. Miguel pensó para sí:
¡Qué estupidez! y se fijó en el herido como por distracción, como
por pura distracción.
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1
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Mito de la Montaña, con cuerpo de mujer, octogenario y
horrible, de un pie solo, cuya misión es desorientar en el monte a
los viajeros. N. del A.
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2
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5.595, según los geógrafos.-N. del A.
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3
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Era nuestra intención, al escribir este Capitulo, introducir el
la verídica y majestuosa descripción que el venerable sabio y
maestro don José Ma. Restrepo Maya, hizo en sus apuntes sobre la
fundación de Manizales, y en la cual la relación del novillo con su
cornamenta enorme, la peripecia del derrumbadero y la misma muerte
del oso que nosotros describimos-el cual pesaba 40 arrobas si
nuestra memoria no es infiel-están trazados maravillosamente; pero
no habiendo tenido a mano los apuntes dichos, hubimos de suplir con
la imaginación desfigurándolo un poco lo que queríamos historia
pura al pie de la letra. Respecto al lenguaje que alguno pudiera
apellidar inusitado en aquel titán sencillo, véase el empleado por
don Manuel Grisales en sus memorias, y se verá cómo eran de fluidos
verbosos e imponentes aquellos hombres que con la azada al brazo y
el machete a la cintura, levantaban una ciudad sobre peñones,
rezaban a Dios y pensaban en la Patria y en el futuro con
arrobamientos verdaderamente olímpicos N. del Á.
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