CAPITULO IV
Es hora ya de que agitemos el pasado sin consideración alguna,
toda vez que de cenizas se forma la historia de los pueblos y de
los hombres, y brotan de sus escorias los fundamentos de las
grandezas y de las ruinas, de las Resurrecciones y de los
Calvarios.
Corría el año 1.880. Los campos cubiertos de pastales que hoy el
turista ve rodeando los dominios municipales de la
|Perla del
Ruiz -nombre con que Pedro Luis Rivas, en 1.907, bautizó
pródigamente a nuestra ciudad y que se extienden, desde la cima de
la Cordillerá Central hasta los ribazos del río Cauca-oriente a
occidente y desde el río Guacaica hasta el río Chinchiná norte a
sur- eran casi, en aquella época, dominios de la selva que el acero
no había logrado sofocar, pero que pronto sofocaría. Varias
cabañas, sencillas en su interior y sencillas en su exterior, se
levantaban, por una y otra parte, rozando con su tejado la fronda
espesa de los árboles y sirviendo de asilo a familias, en su mayor
número de vida patriarcal, cuyos más altos placeres eran levantarse
alas tres de la mañana, rezar a Jehová y a sus santos, ordeñar dos
o tres vacas, aporcar una sementera, preparar el trecho para una
roza, y tras el rasgueo melancólico de un tiple y la entonación del
Rosario en las primeras horas de la noche, acostarse a soñar con
Dios a fin de que en su misericordia infinita les deparase con qué
comprar un buen rocín que les sirviese para llevar en canastos los
hijos al pueblo; para pasear la esposa cuando hubiese de visitar a
sus padres en la lejana población en donde, ancianos y macilentos,
habían quedado en espera, con resignación cristiana, de sus últimos
días; para llevar el Sacerdote, o el Curandero cuando las
enfermedades enseñaban su colmillo a algún miembro de la casa, y
para conducir al mercado los quesos, la mantequilla, las arepas de
choclo, las hojaldres y las papa, los frísoles y el maíz, las
bateas y los buñuelos, y en fin, cuanto la Providencia creó e hizo
brotar en esta tierra amada, de volcánica estructura y de innegable
fecundidad.
En una de esas cabañas, situada cerca a lo que hoy forma los
dominios de la mina
|"La Cascada" notable por su asombrosa
producción de oro a la derecha de la
|«Quebrada Manizales»,
que entonces tenía sus riberas totalmente cuajadas de
|flores de
mayo, chircales y
|plumillos, y cuyas aguas, también por
ese tiempo, abundosas y murmuradoras, mezclaban sus rumores a
huracanados cantares de aves y a intensas fragancias de frondas,
vivía una familia compuesta de doña Mónica Alvarado y don Agapito
Dávila oriundos de la vieja Antioquia y de un montón de hijos con
que Himeneo había probado la fecundidad de su estirpe.
Era doña Mónica una mujer sencilla, cumplidora de sus deberes,
temerosa de Dios y compañera amante de su esposo, la cual no había
vacilado en acompañarle en su éxodo cuando apremiados por la vida y
habiendo oído decir que en el sur había tierras que podrían
trocarse al golpe del hacha en nos de miel y de leche-según la
expresión bíblica -cargaron. con tarros de lata y trapos un
matalote, se terciaron dos o tres muchachos a la espalda,
enjiqueraron una cría de gatos, le echaron al hijo mayor media
docena de gallinas, un gallo y un pollo en una jaula de guadúa, y
seguidos de un perro que en las noches de reposo, cuando la jornada
del día los obligaba a posar bajo cualquier árbol, olfateaba con
religioso recogimiento el misterio de la selva y miraba con ojos
ávidos hacia la majestad de lo desconocido, como si lamentase la
ausencia de sus lares y viniese a su mente la nostalgia de un amor
que para sécula hubiese de morir, partieron de Hatoviejo, llegando
a establecerse en los dominios de lo que se llamó
|«La Enea»
y que hoy constituye una de las fracciones más hermosas y ricas de
Manizales.
Don Agapito había sido en sus mocedades un muchacho de gallardo
porte, con algunos humos de matasiete y de
|don Juan entre
las serranas de su tierra, pero a quien el matrimonio con doña
Mónica trocó en un ser trabajador, honrado y amante de su hogar, y
a quien los años, en la época a que nos referimos; había tornado en
un anciano grave pero de conversación simpática, alto de estatura,
de piernas y brazos robustos y cuya mayor alegría, después de orar
a Dios, era contarles a sus hijos y a cuantos querían escucharle,
las proezas que tuvo qué hacer para, cargado de muchachos y de
ensueños, haber ayudado a la fundación de Manizales; golpeando con
su mano callosa encinas en cuyos huecos se hubieran podido alojar
veinte personas, y saltando abismos en cuyas profundidades se
hubiera detenido, horrorizado, hasta el vuelo de la imaginación,
por más serena que fuese.
La casa era hecha de paredes de madera, con un ligero
blanquimento de cal y tejado de cedro-negro. En su sala se veían
dos loros de yeso a vivos colores sobre una tosca mesa; una Virgen
de Chiquinquirá constantemente alumbrada con una lámpara de aceite
de higuerilla; unos leones malamente pintados en blancos bloques de
papel; una tarima descomunal; un taburete de madera y cuero crudo
tan resistente como una piel de boa, para sentar al señor Cura y al
Doctor cuando se trataba de algún enfermo grave, y un escaparate
que el mismo Ruiz con sus terremotos les hubiera proporcionado
buena lucha para moverlo, y en el cual se encerraban generaciones
de cosas que hubieran espantado al mismo Noé, almacenador de todas
las bellezas y fealdades habidas, según el texto bíblico. En su
alcoba había dos o tres camas descomunales; en su despensa y
cocina,
|aparadores con tazas de totuma y de coco, ollas de
barre, platos y cucharas de madera, lonjas de carne y canastos con
bastimento. Afuera había un patio con un
|bramadero para
manejar vacas y bueyes, un pilón para maíz, un chiquero para los
|cochinos, un corral para terneros, algunas higueras y
naranjos, la huerta con un maizal, un rancho de paja cubriendo el
lavadero en el cauce de un cristalino arroyo, y más allá, la selva,
la colina, la montaña.....
En esa casa era en donde una tarde, al último resplandor del
crepúsculo que ponía besos de oro y de ópalo en las blancas nieves
del Ruiz, se recogían compungidamente todos sus moradores,
acompañados de muchos vecinos, entre los cuales se distinguían dos
jóvenes que a pesar de su compunción fijaban insistentemente sus
ojos en una muchacha de unos quince años de edad, color rosado, ni
muy gruesa ni muy delgada, ojos vivos y grandes, cabellos
negrísimos recogidos atrás en dos largas trenzas, vestida con traje
de zaraza oscura cuya saya apenas llegaba a media pierna, dejando
ver una pantorrilla lujosa en blancura y en sensualidad. La
muchacha se llamaba María, y era hija de don Agapito, y los dos
mozos Rufino Monsalve y Miguel Peñasco, respectivamente. Miguel
vestía pantalón negro, camisa roja, sombrero blanco y ruana azul
encima de un saco de coleta, y Rufino, pantalón de manta azul,
camisa de lienzo crudo, sombrero de caña y gruesa ruana pastusa, de
vistosos cuadros.
Esa conglomeración tenía por causa lo siguiente: un niño de don
Agapito-el último vástago de aquella prole-de cinco anos de edad,
gordiflón y coloradote, que hacia muchos
|pucheros cuando se
le regañaba, pero cuya boca era una caja de risas cuando se jugaba
con él, había salido con María a acompañarla al lavadero-que
distaba de la casa unos doscientos metros-mientras ella enjuagaba
unos trapos, entre uno y otro cantar campesino que sus labios
desgajaban armoniosamente. El día era bellísimo. Cerca al lavadero
el sol estallaba en carcajadas de luz, haciendo reventar en
explosión de aromas los innúmeros
|sietecueros que por todo
el arroyo subían y tiñendo el éter de un azul blando que sólo
convidaba a la siesta y al descanso sin límites. Luis, que así se
llamaba el niño, durmió sobre el césped, a pleno sol, que era un
gusto, sin que María lo notara, pero cuando se dio cuenta de ello
no se le ocurrió otra cosa, para refrescarlo, que darle un baño
general, entre gritos del bello chiquirritín que lloraba nomo un
desalmado, y alborozo suyo. Maruja quedó orgullosa. El chiquillo se
regocijó aun lo sacó ella del baño, y sonrió; pero cuando llegó a
la casa, sus ojos estaban brillantes, la fiebre envolvía su cuerpo
y, para terminar, lo tundía en la cama. Al día siguiente Luis
estaba en verdad grave. No comía y la fiebre era violenta. Sus
labios se resecaban y el pulso era rápido. Sus mejillas, con el
orgasmo, querían reventar. Todas las medicinas caseras fracasaron
ante la gravedad de aquel accidente, cosa que angustiaba de modo
terrible a Maruja, pues bien a las claras veía que si no hubiera
sido por ellael buen Luisillo continuara alegrando la casa con sus
gritos para espantar las gallinas, y con sus correres de pigmeo,
alborotadores y cándidos.
-¡Esto está grave! exclamó don Agapito. Hay necesidad de ir por
el
|Indio
El indio era un curandero que hacía de médico en aquellos
lugares, y cuya ciencia, en realidad, era casi un peligro para toda
curación que avocaba. Se le daba aquel nombre porque se decía
conocedor de todas las virtudes medicinales de las plantas, cosa
que diz que habla aprendido entre los indios del Caquetá, según sus
propias afirmaciones. Su llegada tardó pocas horas. Era un
individuo vulgar, de cabeza grande, nariz achatada y labios
gruesos, color
|zambo, abdomen abultado y felposo, ojos de
mirar vago y risa mefistofélica. Vestía pantalón de dril, sombrero
de jipa, ruana negra y un gran guarnid de cuero de nutría, en el
cual
|encerraba muchos misterios. Al ver a Luisito hizo un
gesto desanimador.
-¡Puro tabardillo! exclamó.
Es este el nombre con que los
|teguas apellidan toda
enfermedad infantil que no conocen, sobre todo los casos de fiebre
tifoidea, bronconeumonía gastroenteritis y afecciones cerebrales
de carácter inflamatorio.
¿Tabardillo? Bien sabían que de aquello casi nadie escapaba.
Muchas cosas prescribió el ignorante Galeno: baños con ramas de
cuanto los montes producen, emplastos de
|borrachero, bebidas
de manzanilla, de hinojo y de eneldo; fomentos de aguardiente
alcanforado, la mar de barbaridades. Al día siguiente el niño
murió.
Con cuánto dolor vieron los padres la ida de aquel hijo. La
madre no tenía consuelo, y el bueno de don Agapito, a pesar de su
indiscutible serenidad, llenaba sus ojos de lágrimas al ver su
muchacho, antes juguetón y travieso, tendido en una cama, para
siempre dormido.
En una mesa se le arregló su nicho mortuorio: se le vistió de
blanco, se le puso en una mano una palma de papel, símbolo de su
triunfo espiritual sobre la muerte, en la cabeza una corona de
cartón dorado, representativa de su pureza, y en la otra mano se le
colocó una jarra, también de cartón, para diz que beber el agua al
cruzar por el purgatorio y evitar así que se le chamuscasen sus
puras alas entre los hervores de aquel lugar de expiación. Luego se
cogieron flores por brazadas, se le tendió en el medio, se le
prendieron luces Después principió el
|velorio, y esa la
causa de La concurrencia a que antes aludimos.
Todos los amigos de la vecindad acudieron, y tras su obligado
tributo de lágrimas al chiquillo y de rezos por su alma, hablaban
en baja voz, se decían chistes picantes, y aún...., reían. El único
que no era bien conocido allí era Miguel -peón de Rufino-pues su
aparición en aquellos contornos era reciente y ni siquiera de su
procedencia se tenía la menor noticia. El decía que era de
Antioquia, pero nada más se le sacaba en limpio. Era, sí,
consagrado a sus labores y sin más vicios que la fumada de tabaco,
cosa que tampoco llevaba al exceso. Fue Rufino quien le invitó al
velorio, y desde que llegó, se prendó de María. En realidad, esta
muchacha llamaba la atención por su encanto primaveral y por la
pureza de sus líneas. María también, a pesar de tener sus ojos
inundados de lágrimas, se fijó insistentemente en aquel desconocido
cuyo porte era más gallardo que el de los demás circunstantes, y ya
no se le borró jamás de la memoria. En él se apoyaba mentalmente
para no desfallecer en su dolor, y aun llegó a sonreírle. Miguel
quedó hecho una gloria. Lo malo era que Rufino, su patrón, también
venia persiguiendo, hacía varios meses, el amor de Maruja, con
algunas probabilidades de éxito, cosa que aquél ignoraba. Ella era
la que habría de decidir, pues, el asunto.
La noche, al fin, se entró de lleno. La brisa, afuera,
murmuraba melancólicamente, removiendo con suavidad de seda los
follajes dormidos, y adentro, como para hacer eco a aquel rumor,
resonó una sonata amarga, con languideces de muerte, medrosa y a la
vez sugestiva, entonada por un labriego añoso ya y por dos o tres
muchachas que a veces chillaban como si en vez de cantar,
llorasen.
Después del canto vino una repartición de platos de carne de
gallina, buñuelos, natilla y miel, como si estuviesen en Navidad;
más tarde se contaron historias de fantasmas y vestigios; después
muchos dormían en los rincones y corredores de la casa. Maruja
estaba despierta. Rufino, como íntimo de la familia y víctima de
Morfeo, roncaba hacía mucho rato, en un rincón, a pesar de sus
esfuerzos por mantenerse en pie. Miguel no dormía. Se acercó a
María, le habló dulces palabras amorosas, y escuchó. ¿Qué le dijo
ella? Algo muy dulce, porque los nidos temblaron en aquel momento
y cantaron las aves.
A poco, cuando la selva llenó de murmullos todos sus frondales y
entre ayes profundos partieron con Luis para llevarlo al
cementerio, Miguel fue de los primeros que cargaron el tierno
cadáver, bajo las miradas de María que le siguieron hasta la
próxima colina, ávidas y sedientas, como si quisiesen absorber con
sus ojos el alma del paisaje y el alma de las cosas. ¡Después lanzó
un grito, un supremo grito de adiós a su Luis, á su encantador
Luis!