CAPITULO XXXI
Es un nuevo día. Al clarear la aurora, un dulce estremecimiento
hace rebullir las frondas en una solemne melodía de trinos, inmensa
como un verdadero ciclón que en vez de estragos llenase con
arrullos los peñascales y los bosques.
Si hay algo majestuoso en la vida es un amanecer tropical bajo
la caricia gorjeadora de los ramajes en plena dilatación campestre.
No es propiamente un gorjeo descomunal lo que se escucha, ni el
aria que lleva al corazón la melopea del nepente para entregarlo en
oriental ensueño bajo las alas de un sonreír diáfano cuando el
espíritu se voluptualiza; no es un aroma que se infiltra en las
sutiles mallas de los nervios para tender el organismo en la
radiación de una implástica quimera, ni es el grito repugnante que
embelesa un momento para derramar a poco el acíbar de su laxitud
sobre el organismo palpitanie. No. Es mucho más. Si la mansión del
Eterno tiene algo de semejante con a mansión de los mortales sus
pórticos deben estar agasajados por orquestaciones de colombianas
alboradas. Cuando las sinfonías de las alas divinas extienden la
radiación de su luz por los collados infinitos, debe aparecer,
saludando la sonora caricia de su blancura virginal, el concierto
con que nos regaló pródiga la Potestad Suprema cuando tendiendo su
mirada dulcísimoa sobre el mundo, hizo nacer flores en los valles y
neveras en las alturas, poblando de idilios los nidos, de perfumes
los ramajes y de eucarísticas eclosiones los racimos de sus frutos.
Sicalípticos pentagramas, ayes de una blandura desconocida, trovas
que se columpian rientes bajo la, pompa señorial de los rosales,
hossanas de plumas que en irisaciones apenas soñadas por Bizancio
alborotan. el palio esmeraldino dé los platanares, gemas de rocío
en las puntas de cada hoja formando el poema de la victoria sobre
la pureza de las cosas, gotear de pétalos ante el empujón
carcajeante de las brisas, rubíes velocísimos en alas de los
coliflores, golpear como de cascadas al desprenderse la rama
fornida de una encina centenaria, el anillamiento esplendoroso de
un ofidio que bajo la hojarasca se desliza sutil, el vaho
vigorizante que elevan las frescas raigambres de las plantas, la
espiral llena de atavíos que las trepadoras forman en los troncos,
el grito de los monos, el cacarear de las gallinas, el bramar del
ganado enviando de sierra a sierra la nota triunfal de sus pulmones
robustos, el jadear del labriego corriendo con sus enseres de
batalla a tundir los arbolados gigantes, el relincho del caballo
aguardando orgulloso su parte de fatiga en la brega cotidiana, el
corretear del perro juguetón tras las becerras en los amplísimos
pastales, el chirriar del trapiche bajo el impulso del trabajo, el
pereceo de las fuentes llenando con rumores las quiebras y las
llanuras, todo eso, empapado de luz y espolvoreado de brillantez
por el triunfo sin igual de un firmamento completamente azul, grita
en el alma una canción épica que convida al combate, que llama a la
victoria, que teje en el espíritu la nota de las redenciones y la
nota de los señoreamientos.
En medio de algo semejante y por allí cerca a los terrenos que
baña el no Cauca, era en donde a la reverberante luz de un sol
espléndido que todo lo llenaba de fulgores, Rosa, sintiendo la
vibración de la Naturaleza golpear en sus ojos con su melopea
gigante, y sentada en una blanda silla en el corredor de una casa a
donde iban a morir, por sus costados, lujosos plantíos de cafetos,
y a cuyo frente las flores de un hermoso jardín hacían lúbrico
despilfarro de galas y perfumes, pensaba, al beso suave de la vida,
en todo su pasado, y en todo su presente. ¿Qué había sido de tantos
ensueños como su alma acaricié alguna vez, y de tanta amargura como
en tan pocos años apuré? ¿En dónde estaban los cuadros fastuosos de
su existencia, y en dónde los que a su espíritu se presentaban
llenos de oscuridad, borrosos á veces y en otras recargados de una
claridad trágica que todo lo entristecía?
Su oído, delicada caja en donde tantas notas opuestas dialogaron
su dulzura o su desesperación, espectó un momento, y al escuchar
como crujían en la selva los cedros añosos al golpe del hacha
demoledora que ante nada retrocede y que todo lo domina, hizo que
la joven murmurara:
-¡Mi hermano siempre así, luchando, luchando sin cesar!
Tosió. Fue una tos fina, especie de cristal que modula sus
ritmos bajo la cadencia incendiadora de la luz, y que pasaba Por
suslabios como el beso impalpable de una emanación espiritual.
Las vegas, en una extensión arrulladora, llenaban con sus
ropajes azules las fastuosas lejanías. Uno que otro leve cirrus
matinal, lleno de blancura, parecía formar en el infinito tenues
barquillos que el sol, con sus saetas de diamante, desflecaba
rumoroso bajo la diáfana sonrisa de los cielos.
Rosa pareció, de pronto, entregarse a una honda soñación. La
blancura de su rostro y la blancura de sus dedos, destacándose
sobre un abrigo pardo que caía sobre su cuerpo, semejaban
blanquísimos copos de lino tratando de desvanecerse en su fondo, de
manera imprecisa. Con sus párpados veló suavemente la suprema
negrura de sus ojos, y entonces pareció dormir. Su espíritu, en
verdad, estaba lejos.
Al vivo, con toda esa precisión que dan las cosas en las cuales
nuestra alma es parte, integrante, vio, a través del tiempo y a
través de la distancia, la sala donde su padre, hecho cadáver,
dormía para siempre. Le pareció sentir los gritos de despedida que
sus pechos le lanzaban; aspira el aroma del incienso que ante su
féretro subía; mirar, como si aun pudiera beberla con su boca, una
lágrima que en sus ojos, tras el golpe fatal, quedó suspendida como
la emblemática fulguración de un dolor profundo. Después vio a su
madre. Con qué hondísima tristeza, con qué acerva angustia ella,
bajo los techos del hogar, con sus dos hijos sentados a su lado,
contemplaba el cuarto vacío en donde su esposo tantas veces vertió
su frase consoladora, su palabra de aliento para la esposa
resignada y santa, para los pedazos de su ser que quedaban
llorándole mientras él se iba para no volver nunca, para no
reaparecer jamás. Cuántas lágrimas bebidas con honda resignación,
cuánto golpear sordo de sus corazones en aquellos momentos de
angustia. ¿Desfallecerían? ¿No sabrían vencer? Y seguía el miraje.
Magdalena, que tanto la había querido y la quería aún, llegaba con
su esposo. No podía creerla fatal nueva, y para poderla creer, la
abrazaba a ella, empapándola con su llanto y pidiéndole, con su
boca aún tibia por la caricia de la desposada, que no se
desesperanzase, que tuviera valor, que aguardara, que ellos la
ayudarían, qué ellos seguirían amándola como si fuesen sus propios
padres. ¿Cómo pagar aquel afecto, cómo hallar la palabra que
tradujera su hondísima gratitud sino con un
|«Dios les pague»
arrancado de las más profundas fibras de su sér? ¡Teodosia!
Teodosia también lloraba. La miraba tan al vivo........Su dolor era
cierto, segurísima estaba de ello; pero cómo, sobré su rostro puro,
quedaban de resplandecientes sus lágrimas; cómo, así llorando,
fulguraba su belleza sobre el sedal de su hondo desconsuelo. Martín
tenía razón en amarla.' ¿Cómo ser insensible ante esa espléndida
visión? ¡Martín! Lo veía surgir desde su infancia, lo veía llegar a
ha con su ramo glorioso, lo vela pasar. Era siempre la figura
radiosa que su alma soñaba. Ningún ser se le parecía, aun cuando
fuese, para los demás, igual a cualquiera de ellos. ¡Martín! ¿Por
qué no había muerto ella antes de conocerlo? ¿Por qué llevarlo,
contra su voluntad, diluido como un rayo de luz en el santuario de
su alma? ¿Ya no era Teodosia la que sentía el arrullo de sus
frases, el embeleso de su espíritu? Pero ¿ellos también no
sufrían? Esa muerte de don Miguel, tan meditada tan pensada tan
medida ¿no era para crispar los nervios a cualquiera? ¿Por qué él,
en una hora tan sombría, acudió a aquel extremo lúgubre? Era un
secreto que no se había podido ocultar, que casi todo el mundo
sabía. Después que Martín se casé con Teodosia, y cuando ya el
Capitán Cobos, lejos de esta tierra, pensaba, acaso, en el
resultado de aquel consejo que él dio una tarde al pasear por la
«Avenida», el capitalista, fracasando en sus negocios por obra de
malos cálculos hechos, y quizá más bien por- obra de la Providencia
que así lo disponía, se encerró en su casa ningún halago, ningún
embeleso, ninguna tentación mundana logró apartarlo de su retiro,
ninguna súplica lo conmovió. Un día hizo llevar allí sus libros de
comercio. ¿Para qué? Nadie lo supo; mejor dicho, ninguno de
aquellos espectadores que allí, a su lado, pasaban horas enteras
tratando de descubrir el misterio que en aquella mente se
encerraba. Sin embargo, con un poquitito más de penetración, todo
se hubiera adivinado. Ya las cifras que en otro tiempo embelesaban
con su deforme magnitud causaban repulsión; los asientos que
producían satisfacción hondísima, y en los cuales la historia
apacible de un hogar o el pan diario de una familia quedaban
despedazados para siempre, no tenían atractivo alguno; ya los
arrendatarios infelices que con sus necesidades contribuían a
henchir la fofa vanidad de su existencia, no hallaban eco simpático
en aquel espíritu ulcerado. Aun la misma partida de contabilidad
que en otras ocasiones fue causa de férvido embeleso a su corazón,
y en la cual arrullé la génesis positiva de una larga y acariciada
venganza, no sirvió más que para arrancarle un grito de maldición
que sus labios pronunciaron furiosamente contra aquél que. ya
muerto, había dicho, así, adiós augusto a todas las vanalidades y a
todas las cosas santas de este mundo. Repasé su «Libro de Caja»,
¡ah! su magnífico libro de caja. Todo allí era desastroso. Los
gruesos guarismos ya no se agrupaban, a su favor, en cantidades
pomposas, y bastaba el solo saldo que su
|Debe arrojaba para
aniquilar la comodidad de dos o tres familias como la suya durante
varias decenas de años. En vez de sentir aquel ciclón de alegría
que cuando joven soñaba, encontrar siendo rico, no sintió más que
roedores gritos de conciencia, voces que aun cuando no las quería
escuchar golpeaban tenazmente en su memoria, miradas que como aquel
ojo siempre escrutador que el primer homicida sentía fijo sobre sí
por donde quiera que iba y donde quiera que se encerrase, parecían
leer en su corazón todas sus infamias, todas sus tretas urdidas,
todos sus silenciosos juegos de bolsa para destruir un capital
ajeno o arrancar una felicidad que en vez de odio era digna de
amor. No. No pudo más. La noche hacía bastante rato había llegado.
Sus hijos y su esposa dormían apaciblemente, con esa serenidad de
quien no tiene nada qué reprocharse en su existencia, mientras el
cielo, cargándose de nubes, ocultaba en su fondo toda la
efervescencia de sus astros, bajo la ruda caricia del invierno.
Entonces don Miguel, tras echar llave a su cuarto, sacó de una
gaveta un frasco de cristal con un liquido oscuro, color de vino
tinto, lo apuré sin dejar gota alguna en su fondo, y se acosté; y
cuando al día siguiente su familia hubo de, forzar la puerta de su
retiro para ver lo que allí se desarrollaba, su cadáver, rígido,
frío, ni siquiera daba muestras de aquella lucha en que, al
expirar, aun lanzaba sobre su existencia el grito de maldición que
poco antes se le habla escuchado. También algo de esto, quizá
mucho, veía Rosa mientras su pecho, agitadamente, daba acceso a
otro golpe de tos, y mientras en sus labios un pálido rubí hablaba
con toda claridad, de lo que en aquel organismo sucedía tras una
grupa que hacía bastantes meses lo había minado tenazmente,' acaso
por inocente imprevisión de aquel espíritu enfermo.
También, desventurada, la asaltó la imagen de Justina. Fue algo
como un relámpago siniestro que se perdía en ha vaguedad de un
horizonte que no tenía fin. Pasaba la viaja por su casa una vez en
que ella, buscando aire, abría una de ¡as ventanas que a ¡a calle
caían. Iba a horcajadas en un caballo, con los canos cabellos en
rebrujón, sonriendo y cantando, mientras dos guardias, a su lado,
arreaban, acompañándolo de algunos zurriagazos, el rocín que habría
de conducirla a la casa de locos, en Bogotá.
Aparecía después la imagen de Ramona. ¡Pobrecilla! Tras su
aventura con Malaquías, trabajó, quién lo creyera, muchos meses en
su casa, tolerándole faltas y palabras gruesas, pues ya, debido a
la vida que en ha calle llevaba con el tronera, era una descocada,
falta de todo pudor, hasta que un día Daniel, que había traslucido
qué clase de bribona era aquélla, la despidió. Cómo fue de penoso
ese asunto para las pobres mujeres; pero el hermano de Rosa, con
justísima razón al averiguar muchas cosas de aquella pilluela, la
puso en la calle, no sin escuchar la pérfida amenaza de que ella
hallaría quién la vengara, quién le cobrara esa
|infamia!
Tras todo esto, Daniel aparecía de bulto; Daniel, cuyo corazón
de oro no tenía nada que no fuera para ellas, para ellas, sus
compañeras de infortunio, sus compañeras de , lágrimas! Cómo
trabajó al principio, con qué saña se apoderé de la lucha, con qué
furor lidiaba aún. Lo veía tan patético. Ya casi no podía con el
gasto, con ese gasto que ella por su falta de salud venía
ocasionando, cuando obligados por don Ricardo y Magdalena, hubieron
de aceptar aquella finca en que estaban, para que su organismo
mejorara con ha frescura del aire; con el exuberante vaho de las
selvas, con la leche y los frutos recogidos casi en las mismas
puertas de su domicilio, y para que su hermano, abriéndose camino
en !a vida, pudiera llegar a ser lo que sus apreciables cualidades
merecían, es decir, un hombre de capital.
¿Cuánto hacía que estaban allí? Cerca de un año. ¡Un año!
Cuántas amarguras saboreadas, pero a la vez, cuánta abnegación en
su madre, cuánta abnegación en Daniel. Cómo la consolaban, cómo la
querían, cómo trataban de hacerle creer que su salud mejoraría
pronto; pero entonces ¿por qué esas opresiones toráxicas, esos
golpes de tos a toda hora, esa acerba delgadez en su cuerpo, esos
puntos siempre sangrientos en sus mucosidades?
¡Daniel! Volvió a pensar en él. Esa mañana, al salir para sus
faenas ataviado con su sencillo traje de labranza, tras haber
desprendido de su cintura un revólver que acostumbraba llevar
algunas veces pero que ese día parecía estorbarle, le había dicho,
sonriente y festivo, como trataba de mostrarse siempre que se
hallaba a su lado:
-Rosa, Rosillita! Por fin vamos a cantar victoria. ¡Por fin!
Mira estas manos. ¿Has visto unas más bellas? Apuesto a que no. Son
las manos de un hijo de
|Apolo, que sabe del derribo de
montes y del himno de la azada. Mira, y alégrate. Te aliviarás
pronto, muy pronto. Dentro de una semana iremos a Manizales a que
te vea nuevamente el médico, y de allá para acá ¿sabes? de allá
para acá nos acompañará Magdalena quien, con permiso de don
Ricardo, se vendrá con nosotros a estarse unos quince días a tu
lado. Se acerca una hora de gozo. Rosilla, Rosillita, adiós. La
selva espera a este hijo de la gloria, para ceñirlo con los
follajes de sus encinas. Adiós, hermanita; que ese almuerzo ¿oyes?
que ese almuerzo que madre María nos ha de hacer, sea sabroso como
un verso de Virgilio. ¿Oyes?
Una opresión violenta contrajo en ese instante el corazón de la
joven, sintió correr por su cuerpo un sudor frío, sus ojos se
abrieron desmesuradamente.
-Me voy a morir -dijo. ¡Dios mío! ¡Madre! ¡Daniel! ¡Oh...
La sangre, a borbotones, empapé su boca. Doña María,
completamente lívida y sintiendo en alma una agitación terrible,
voló a su lado. Dio un grito. Daniel, que por una extraña
coincidencia había abandonado incidentalmente su trabajo, llegó
también.
-¡Corre por un médico! le dijo su madre.
No había tiempo qué perder. Demasiado gráfico era lo que veía
para que pudiera detenerse en alguna cosa. Ensillé un caballo, y
partió. Noquería que el animal corriera, sino que volara. Cruzaba
una vuelta del camino, salvaba una falda, se abocaba a galope
tendido por el sendero llano, dejaba atrás cerros, árboles, casas y
colinas. Al fin, comprendiendo que su corcel estaba demasiado
fatigado, se detuvo un instante; mas cuando ya transcurridos
algunos momentos pensaba ponerse nuevamente en marcha, un ser
tambaleante por el licor, con sonrisa por demás atrabiliaria, se le
enfrenté al paso, apareciendo inesperadamente en aquella vía.
-¿Me conoces, hombre? le dijo.
-No tengo ese honor -contestó rápidamente Daniel para salir del
paso.
-¿Conque no me conoces? replicó irónicamente el otro, echándole
mano a la rienda de su caballo; pues yo sí te conozco a ti. Bájate
que tenemos qué hablar.
-Sí, tú. Necesito hablar contigo, ya!
Daniel, previendo lo que podría resultar, espoleé los hijares de
su bestia, pero su esfuerzo, vano, no hizo otra cosa que exasperar
la actitud de quien así lo detenía, gritándole:
-¡Baja, te dije!
Mil rayos cayendo a los pies de Daniel no le hubieran producido
una impresión más desastrosamente desconcertante. La imagen de su
hermana surgió arrasadora, y empujado por ella, dio otro espolazo
al caballo. El choque fue violento, pero las riendas no fueron
desprendidas.
Era necesario tomar una resolución inmediata, costara lo que
costase; pero ¿cuál?
-¡Bájate, te dije! volvió a repetir aquel beodo, enseñando en
una de sus manos el acero de un puñal.
Instintivamente, Daniel buscó en su cintura el cuerpo de su
revólver, pero habiéndolo dejado en su casa, era natural que
buscase en vano.
La fiera humana que tenía al frente, se contrajo, todo eh licor
subió a su cabeza, sus ojos chispearon, sus labios se llenaron de
espuma, dio un salto.
-¡Toma, para que despidas a Rámona! gritó; y el primer golpe,
descargado casi certeramente, cayó cerca al corazón de Daniel,
arrancando un botón de sangre.
Este se dejó caer de su bestia, y entonces, entre aquellos
seres, principié uña lucha sorda, terrible, feroz, en que los
alientos se contenían, en que sus ojos chispeaban, en que el jadear
de sus corazones golpeaba como rocas en conmoción plutónica. Una
debilidad, y Daniel estaba perdido; un zafón y todo terminaría. Su
enemigo buscaba modo de hundir en sus carnes, revolviéndose como
serpiente, la hoja de su acero, mientras él, apretando su tórax su
cuello, trataba de poner fin a aquella tragedia que el mismo
demonio había sin duda desatado. Ya sus ojos se oscurecían, su
pecho se asfixiaba fuerza cedía, ya iba a aflojar, cuando
suavemente principié a sentir la laxitud de su contrario, cuya
estrangulación, por desgracia, era simplemente absoluta.
Aflojé entonces sus manos, y se levantó; y al ver muerto a
Malaquías, pues era él, pensó, tristísimamente en Rosa,
mientras ésta sin saber que ya su hermano era un
homicida, lo llamaba, allá en su casa, con voces amargas,
profundas, anhelantes, para sonreír, a poco, bajo la caricia de la
muerte, buscando misteriosamente con sus ojos fríos la sombra de
aquel hermano que tanto la quiso, que tan positivamente luchaba por
darle un rayo de felicidad! ¡Doña María, desde allá lejos, parecía
arropar con su llanto hondísimo la enormidad de aquella tragedia,
la desolación de aquellas esperanzas!