CAPITULO XXX
Teodosia y Martín continuaban, en tanto, hechos un puro
embeleso. Habían hablado mucho, engolosinados de placer, pletóricos
de alegría, al menos aparentemente. Ella le había contado a él,
antes de Rosa irse, cómo en una ocasión estuvo a punto de caer al
fondo de un despeñadero, de donde nadie la hubiera vuelto a recoger
si hubiera caldo; pero al hacer la descripción, la bañaba de
ironía, la cubría de malignidad, la enhestaba de interés y de
encanto como quien ha vivido en verdad lo que cuenta y siente poder
absoluto para dominar a. su auditorio.
Supóngase -dijo- que un día me fui de curiosa con papá y un
mundo de muchachos y muchachas, a presenciar una cacería que habían
preparado con pomposidad asombrosa. Desde quince días atrás habían
comprado todos los de la expedición, escopetas nuevas, pues creían
que las viejas ya no servían para aquella ocasión tan especial; los
tarros de pólvora se amontonaron por todas partes, como si fuera
una guerra con una nación vecina lo que se preparase; las
municiones se apiñaron por jiqueradas; se alistaron los caballos,
las cornetas y los machetes para hacer trochas en el monte cuando
hubiera necesidad de ellas; se adiestraron todos los
expedicionarios, cada día, en el tiro al blanco para no errar
disparo en la tan anunciada cacería; se hicieron guisar diez
enormes gallos y un cerdo para el fiambre, fuera de los, dulces,
panes, atún, mortadelas, sardinas &. &., que todos
les agregaron; se aprestaron los vestidos del caso a lo inglés; se
calzaron las altas botas de viaje hechas con material extranjero, y
¡Sus! a las cinco de la mañana partimos. Al salir pusimos en
conmoción toda la ciudad.
-¡Fue que se
|pronunciaron los liberales! decían muchas
comadres asomándose a las entreabiertas ventanas para vernos pasar
con sus ojos aun cargados de sueño.
-¡No, esto no es pronunciamiento sinosu Señoría que sale
acompañada de todos los colegios! decía otra.
-¡Qué colegios ni qué niño muerto! replicaba un vecino. ¡Guerra,
pura guerra! ¿No ven los rifles y los cañones, y las banderas y las
cornetas?
-¡Virgen Marial ¡ya se volvió a pronunciar ese Uribe Uribe, Jefe
de los liberales! respondía más allá una madre, llorando. ¡Y yo con
tantos hijos!
Y al ver nosotras aquello, gritábamos, reíamos, tirábamos
cohetes y respondíamos: -Sí, guerra, pura guerra! ¡Viva la guerra!
y para asustar más a las gentes, los hombres hacían relucir sus
machetes, que era un gusto.
-¡Caramba! dijo Martín. Eso debió ser cuando yo estaba en
Bogotá.
-Sin duda -repuso Teodosia; y prosiguió: Así emprendimos por la
«Avenida», hechos una gloria, bajamos por «El Perro», cruzamos «La
Enea», llegamos a «Montaño», nos encaramámos al Ruiz.
-¿Al Ruiz? interrumpió Martín
-Al Ruiz propiamente no -repuso ágilmente Teodosía -pues la
expedición no iba a durar más que un día, pero nos trepámos a la
montaña, y principié aquello. Los más atrevidos o adiestrados,
dispusieron la partida así: unos tomarían abra arriba a levantar la
|danta
|-
|eso decían ellos, agregando que no era
una sola sino por lo menos una docena las que iban a matar
acompañados de diez magníficos perros; otros se situarían en,
cierto punto del Chinchiná, para no dejarla pasar; otros en un
cerro que por allí se levanta enhiestamente, para otear todo, lo
que fuera sucediendo y cargar cuando fuera necesario, y
|
nosotras, acompañadas de papá, en una mesetita que cerca a
un derrumbadero se encontraba. Todo se hizo así. Un silencio
especial, sólo interrumpido por el viento y por el canto de algunas
aves, principió a deslizarse. Transcurrieron las horas. Ya
estábamos aburriéndonos con aquella espera, y hasta deseos de
cantar, de bailar, de hacer harta bulla nos daban, aunque así la
danta se asustara y cogiera para donde le diera la gana, cuando se
oyó una inmensa gritería.
-¡Es la danta! dijo mi padre!
Efectivamente, la danta tenía qué ser. Los hombres gritaban, los
perros ladraban, la selva se estremecía.
-¡Atajen! ¡Ojo! ¡Ahí va! ¡Cuidado! ¡Demonio! ¡Diablos! ¡Truenos!
se escuchaba sin cesar y los perros, cual una tormenta, se
acercaban más y más con enormes ladridos. Todas estábamos atónitas.
Los corazones parecían querer salirse del pecho. Ya casi nos
asfixiábamos. De pronto dimos un grito de terror, y yo, en mi
locura, corrí sin saber por dónde, y engañada por el velamen de
unas matas, me arrojé al vacío. Un grito horroroso salió de todos
los pechos. Mi padre, lívido, pidió socorro mientras yo, enredada
en mis ropas, flotaba sobre el abismo, atrancada en un mísero
zarzal que el derrumbadero tenía bajo sus fauces. La confusión era
indescriptible. Resonaban los tiros, resonaba el llanto, ladraban
los perros, yo gritaba estrepitosamente. Al fin mil brazos, en la
altura, se presentaron a prestarme auxilio; pero un rejo que
alguien tenía no alcanzaba hasta mi, y, además, no se podía
descender porque era un peligro de muerte para mí y para el que lo
intentara. Entonces mi padre, Dios lo bendiga, cortó un largo palo,
lo amarré al rejo, se prendió de la vara y encomendándose a Dios,
se lanza al espacio sostenido arriba por varios de los cazadores.
El caso era para crispar los nervios al más valiente. Un zafón de
la vara, una piedra movida, una debilidad de la cuerda, un
traspiés.........y a la eternidad. Yo ya estaba a punto de
desprenderme, el vértigo me envolvía, las fuerzas me faltaban.
Suavemente se fue deslizando mi padre, se llegó a mi lado, me cogió
bajo uno de sus brazos, crujió el Larzal, crujió la vara, un grito
sordo brotó arriba, y luego.....,fuimos subiendo, subiendo, hasta
que al fin ¡afuera!
Los abrazos llovieron, me palparon a ver si estaba herida, me
besaron.
-¿Y la danta? pregpnté al salir.
-¿Cuál danta? me dijeron.
-Pues la que yo vi.
Todos soltaron una risotada.
-¿Se fue? volví a preguntar.
-¿Pues no ves que eso era un armadillo? me repuso alguien.
-¡Un armadillo! prorrumpí yo, y me quedé con los ojos
abiertos.
Martín río aquí placenteramente. Teodosia también rio.
-Bueno ¿y qué hubo de la danta? preguntó aquél.
-¿De la danta que se iba a cazar ese día?
-Sí.
-Pues la danta-dijo malignamente la narradora fue el armadillo.
¡Esa fue toda la danta! y no que era un gusto.
Esta festividad era la que veía Rosa y que tan entristecida la
puso.
-¿Y no ha vuelto usted a esas famosas cacerías? preguntó
nuevamente Martín.
-No; pero me da un deseo loco de treparme al Ruiz, a pleno
cráter del Ruiz, para ver cómo es eso. El Capitán Cobos me ha dicho
que debe ser bellísimo, que él también iría.
-Bellísimo es. Yo he estado allí. Hay arenales inmensas, lagunas
espléndidas, y nieve que es un gusto. Pero volviendo a otra cosa
¿qué hay en verdad del Capitán? ¿Ha vuelto a su casa?
-A casa no ha ido sino una sola vez.Es muy simpático, muy
|chirriado en sus cosas, muy galante, pero me parece que no
tiene un
|cuarto .El me dijo el otro día que su familia goza
de haciendas en la Sabana, que un tío suyo es Ministro en Londres
que otro va a ser nombrado Gobernador de Cundinamarca; ¡que se yo
cuántas cosas! pero a mi me parece que el día en que no le den su
ración a tiempo, tiene qué salir a fiar el desayuno.
-¡No sea tan mala, señorita!
-La verdad, Martín; y supóngase ¡qué vida la de una al lado de
un señor así! Es cierto que la mujer antioqueña es inmejorable, que
cuando se sacrifica nada la aterra, que puede llegar en su heroísmo
hasta la sublimidad; pero también es cierto que cuando el
sacrificio se va a realizar, se debe ver con quién se hace. Yo,
palabra, desconfío mucho de los forasteros.
-Bueno; y ahora ¿no tiene usted novio?
Teodosia lo miró con honda intensidad. Eran sus pupilas un
verdadero arrullo, y su rostro todo una victoria.
-¿Novio yo? le dijo. ¿Pero quién me puede querer a mí? A las
mujeres feas no las quiere nadie.
-Usted, en belleza, es insuperable.
-Si soy tan bonita ¿por qué no me ayuda a. conseguir, pues, un
novio .....?
-¿Del gusto mío únicamente?
-Sí, del gusto suyo.
-Pues si es del gusto mío, no sirve para nada.
Pero, en fin, voy a conseguírselo.
Teodosia volvió a mirarlo con todo su poder. Estaba radiosa.
Imposible hubiera sido contemplarla sin sentirse dominado por aquel
cuerpo triunfal. Vestía completamente de negro, pero sobre ese
fondo de sombra el brillo de sus cabellos, la blancura de su rostro
y las perlas de su pecho, resplandecían.
-Voy a obsequiarlo con una flor -le dijo a su amigo - ¿verdad
que me la aceptará?
-Por supuesto -dijo Martin- es un altísimo honor para mi.
Teodosia desprendió de su pecho un rojísimo clavel, y se lo
colocó en el ojal de su levita. Martín, regocijado, le dio las
gracias con ostensible cortesanía, orgulloso de que Rosa viera que
había quién, siendo bella y rica, lo pudiese querer con todo el
corazón, con toda el alma. Pero aquella festividad, continuada tras
la salida de Rosa y Daniel, no había de durar mucho. La noticia de
la repentina muerte de don Rufino vibró pronto en aquel lugar de
encantos. Fue como si hubiese estallado una bomba. El piano dejó de
sonar, se cerraron las ventanas, se gritó, se lloró
estrepitosamente. Teodosia, más decidida, y acompañada de Martín
-aun cuando éste sólo llegó hasta sus umbrales- corrió alcasa de
Rosa. Sí, era positivo. Allí, su apellidado tío, yacía rígido en
una cama mientras llegaba el ataúd con el rostro renegrido y
ligeros asomos de sangre en las narices. Doña María y Rosa estaban
tristísimas, llorando acervamente, pero Dios las consolaría -según
sus propias palabras- era su santa voluntad la que se hacía,
bendita fuera! El que sí estaba inconsolable era Daniel. El
tumultuoso resonar de sus dudas y creencias se agolpé
inmediatamente en su espíritu ante la fría mirada de su padre. ¿En
realidad había muerto para siempre? ¿No lo volverían a ver sus ojos
jamás? ¿Era cierto, como lo decían algunos pensadores, que en la
tumba todo concluía? Y seguía divagando:
-Entonces ¿para qué nace uno? ¿Cuál el objeto de la vida?. ¿Para
qué el pensamiento? ¿Para qué el corazón? ¿Para qué la
inteligencia? ¿O acaso, eh realidad, no existe Dios, y todo lo que
vemos es gestación inconsciente del caos? Y entonces ¿por qué
Moisés con su
|génesis? ¿Quién enseñé a este hombre
portentoso esa tan especial escala de la creación, esas leyes
sublimes, esa intensa visión del porvenir y del pasado que en sus
códices se adivina? ¿Lo aprendió entre los sacerdotes egipcios, a
donde el favor de los Faraones le había permitido entrar? ¿Eran
ellos quienes con su poder ilimitado y sus profundas excavaciones
habían descubierto la esencia de la vida? ¿Habían tenido éstos
también su Horeb, o éste sólo existía en las concepciones del Mito?
Pero la ciencia, infatigable, ha dicho que los días de la creación
son días de millones de años, que actualmente hay en la Vía Láctea
mundos que apenas se están bosquejando, que el infinito enseña
otros muertos ya, otros en gestación, otros próximos a nacer, otros
en todo el esplendor de la vida, como vírgenes dispuestas ala
fecundación, y otros caducos, cuyos rayos, como las cabelleras de
los hombres, principian a palidecer para al fin disolverse y entrar
en ¡a nada. ¿Y por qué se escogió la tierra para morada transitoria
del Hijo del Altísimo? ¿No hay mundos más bellos? ¿En nuestro mismo
sistema planetario no está Saturno con su anillo deslumbrador,
Júpiter con sus esplendentes lunas? ¿Es, acaso, que sólo la tierra
está habitada? ¿Lo están todos los demás astros? - «No hay una sola
morada en la casa de mí Padre», dijo el Grau Filósofo. Entonces ¿en
qué concluir? ¿Es' acaso Canopo, esa gran estrella un millón de
veces más grande que nuestro sol y un billón que nuestra tierra, el
asiento del Justo? ¿Es sólo el centro del Universo, es decir, un
simple motor de energía y calor, o es únicamente una estrella igual
a millones de estrellas que aún se escapan alas miradas de nuestros
telescopios, es decir, de esas que se revelan en las placas
fotográficas por partículas de luz llegadas a través de trayectos
cuyo viaje, a pesar de pasmar por su velocidad sube a millares y
millares de siglos? Ese mismo sol nuestro tan bello que hace cantar
al ave, florecer a la planta, andar al torrente, regocijar el
corazón, murmurar a la brisa, derretir la nevera, esparcir la vida
¿es acaso otra cosa que un conjunto de llamas enormes, de huracanes
espantosos? Nuestra luna, tan cándida y tan risueña ¿es otra cosa
que un pedazo de peñón sin vida, desprendido de este mísero globo
terráqueo? Y el hombre ¡ah! ¿es verdad que es hijo del mono? ¿Y
el mono de quién? ¿De infinitas transformaciones del mundo animal,
explosión portentosa de móneras, conjunto ocasional de células-y
amibas? ¿Y quién les extrajo la raíz cúbica a estas para
infundirles vida con la dosis de calor apenas necesaria a su
existencia? ¿Y en dónde están los eslabones que atan un género a
otro género, una raza a otra raza, un orden a otro orden? A dos
seres de diferente familia ¡de diferente familia únicamente! se les
logra hacer concebir un ser que participe de la naturaleza de ambos
¿pero en dónde se ha podido fecundizar uno de estos renuevos? Y
otra cosa ¿por qué un hombre tuerto no produce otro ciego o
siquiera tuerto, cuando es lo natural que al descarrilarse la
generación, sus frutos vayan apartándose cada día más del árbol
primitivo? ¿Por qué un cojo no produce otro, cojo, un desnarigado
otro desnarigado, sino que, por el contrario, la hermosura de la
especie salta en cada generación, recobrando sus blasones, cuando
ella ha sido violada? ¿No se ve en esto, de manera patética, la
unidad de la especie? ¿No asoma aquí la pareja edénica con todo su
esplendor? Y el huevo, pensó entonces. ¿Sería él primero que la
gallina? No, el huevo sin la gallina no podía ser puesto, ni puesto
podía ser calentado, a menos que algún vagabundo desconocido en la
Historia le hubiera proporcionado una de las incubadoras que aún
estaban por inventarse. Pero demos que haya sido puesto sin gallina
y calentado sin blando ropaje de plumas ¿cómo ser incubado sin
gallo? ¡Ah! otra pareja necesaria aquí, tras la cual me parece que
sonríe Dios ¿pues de qué otra manera, si no hubiese un Ser creador
y conservador, hubieran podido resistir hasta ahora: esa misma
gallina con sus polluelos bajo la garra de todos los animales de
presa; la gacela en la misma morada del tigre y del león; la oveja
cerca del lobo; el gato cerca del mastín? ¿Por qué no prevalecieron
las especies gigantes como el
|diplodocus-monstruoso lagarto
de armazón doble y las aterradoras aves con garras portentosas,
enormes picos con dientes, y alas pomposas con fastuosos dedos de
resistente uña en sus extremidad es, qüe debieron ser la visión
negra de los demás seres animados y de los cuales el pasado nos
enseña únicamente sus esqueletos en las capas geológicas? ¿Por qué
razón desaparecieron, si no damos crédito a la llamada trapisonda
bíblica? ¿Fue que se formé una conglomeración universal contra esos
césares de la vida, y así los más débiles acabaron con los más
fuertes ¡qué sarcasmo! sin que quedara de ellos ni un vestigio que
arrojara luz sobre su trágica desaparición? ¿Y ,quien fue el Jefe
de esa conspiración, que debió ser más poderoso que la actual
Bretaña, ya que el mundo animal es infinito, y terribles y
distanciados entre sí cada uno de sus miembros? Y entonces ¿no
tiene entera razón el Cristianismo en sus ritos? pensó, dando un
salto no muy inesperado. ¿No son verdad sus milagros? Pero......
¿todas las religiones no alegan milagros a su favor? ¿Y todas no
tienen cosas buenas, mártires sublimes, corazones anegados en
caridad, diluidos en dulzura? Buda, Zoroastro, Confucio, Mahoma,
los sacerdotes hebreos, los egipcios ¿todos no han enseñado grandes
cosas? Pero aquí el nudo gordo: ¿cuál ha igualado a Jesús? Porque
por más que se quiera arguír que éste es el
|Jes-dios creador
de los egipcios, con su correspondiente declinación latina
|us-Jesucristo ha existido, ha enseñado a hombres de carne y
hueso su divina religión, los ha lanzado a la batalla con el báculo
del amor y ha transformado el mundo. ¿En dónde un filósofo igual?
¿Un poeta igual? ¿Un revolucionario igual? ¿Acaso el macedonio
Alejandro, el portentoso Sócrates, el arrogante Cicerón, el sublime
Homero, el belicoso Ciro, el egregio Aníbal, el persa Darío,
Jerjes, Aristóteles, Virgilio, Petrarca, Dante, Eurípides, Salomón,
David mismo, Pendes, Foción, Horacio, César, en fin, alguno de
ellos o todos esos conquistadores, revolucionarios, oradores,
legisladores, filósofos, poetas, mártires que la antigüedad y los
tiempos modernos ofrecen a la mirada contemplativa dé los hombres,
podían igualársele? ¿No es un Dios....? Se detuvo un momento. Toda
la creación desfilaba tumultuosa ante sus ojos. Chorros de una luz
desconocida crepitaban vehementes en su espíritu. Parecía que los
astros y el infinito, recogiendo sus alas, se abrazaban
inconmensurables en el tiempo y el espacio, bajo el fulgor róseo de
un sol cuyo plano era la eternidad. Gruesas gotas de sudor
inundaban su frente. La fragua de su cerebro ardía como un volcán.
Sus ojos sondeaban el abismo. Dijérase que la noche de los tiempos,
rasgando las vestiduras de que se halla vestida, mostraba ante la
tristeza de su alma un desflecamiento de misterios que llenaban la
mente de vibraciones inconmensurables. Al través de sus lágrimas,
sonrió. El raciocinio estaba vencido. ¡Hablaba el corazón!
Echando una mirada en que se aunaban el rostro de su padre
muerto, la desolación de su madre y la amargura de su angelical
hermana, se entró a su propio cuarto, y prosternándose lleno de
ardor ante la imagen de un Crucifijo de marfil que pendía en una de
las barandas de su lecho, le prometió resignación, le prometió
perdonar a sus enemigos, le prometió luchar en la vida sin
acobardarse; y para consolar más su espíritu, oró por su padre, por
su pobre padre a quien Dios, en su misericordia infinita, había de
haber acogido ese día en su santísimo reino, entre el esplendor de
sus ángeles.
Cuando Daniel salió de su cuarto, ya don Rufino descansaba en
una negra caja de cedro, artísticamente labrada, en la cual habría
de ser conducido a su sepulcro. Se le habían encendido grandes
cirios, se habían colocado ramas de ciprés en forma de arco,
envueltas en negrísimos crespones, rodeando su ataúd, y se le
habían puesto encima bellas coronas que los vecinos y amigos le
enviaban. A las tres de la tarde se desfiló con él para el
cementerio. Muchas personas lo acompañaron religiosamente; varios
ministros de Jesús oficiaron en sus funerales, yendo delante del
carro mortuorio, entonándole rezos y esparciéndole agua bendita; en
la Catedral se le entono un cántico profundo, como consoladora
despedida, y después, bajo un sol que quemaba, se le enterró. Al
escuchar el ruido, de la postrera paletada de tierra, Daniel
comprendió al vivo que quedaba casi solo en la vida, y se prometió,
una vez mas, luchar en ella tesoneramente. Así lo dijo a su madre,
al retornar á su hogar.
-Ahorraremos íntegramente mi sueldo durante varios meses,
economizaremos la mitad de lo que hoy Consumimos, vestiremos
sencillamente y, si es posible, pasaremos algunas hambres. Después
vendrá la redención
-Se hará lo que tú quieras -le respondió doña Maria, abrazándolo
tiernamente. ¡De hoy en adelante nuestro padre serás tú!
-Sí -asintió Rosa suspirando- serás nuestro padre, nuestro
hermano, nuestro esposo. ¡Lo serás todo! y Sus ojos dulcísimos y su
boca virginal lo envolvieron en una caricia de gloria como nunca la
había Sentido, como no la volvería a sentir jamás!