CAPITULO III
El alma de Daniel, mozo de veinte años de edad y cuyos labios
apenas los sombreaba el vello de la juventud, estaba llena de
embelesos y de tentaciones, -a pesar de su exterior modesto y de su
semblante tímido, pero de tentaciones castas, formadas de luz,
entretejidas de oro y empapadas de cadencia con que algunos
espíritus soñadores se embriagan a veces para alentar la vida.
Goloso de libros, había leído mucho, y abriendo un paréntesis
nocturno a sus horas de trabajo, veía desfilar ante sí, en
evocación esplendorosa, el rodar de los siglos con sus glorias y
tragedias, con sus monumentos enormes y sus fortalezas abatidas,
con sus ciudades arrulladas por golpes de mar y con sus palacios
que el hacha del tiempo convertía en moradas de lagartos, en cuevas
de bandoleros o en refugio de vampiros.
Era una floración de grandezas lo que en su interior arrullaba.
Veía el génesis de las cosas saliendo de la nada al conjuro potente
de un Ser misterioso que laboraba mundos con su palabra y llenaba
el infinito de estrellas con el reír de su deseo; veía la
magnificencia de un ángel rebelde que sustrayéndose a la voz de
obediencia que el Dilecto sentaba, preparaba sus legiones de
arcángeles para lanzarlas arrogantes y altivas contra las murallas
en donde un Miguel espléndido, coreado por millones de espíritus
cuajados de luz, cantaba el poder de su Dios y los dictados
supremos de su sabiduría; veía a la Serpiente, sutil y alevosa,
sembrando en el corazón de la bellísima pareja edénica la semilla
del pecado al saborear con deleite el aroma de sus propios y
nítidos cuerpos y la delectación de sus almas enmarcadas en un beso
de ardores; veía al Diluvio arrancando con sus tempestades las
moles de granito que dividían los continentes y que habían de
servir más tarde a otros pueblos para cráteres de sus montañas o
para islotes de sus mares; veía a los babilonios, en orgullo
pujante, cargando como tropeles de hormigas, sudorosos y nervudos,
piedras arrancadas a las canteras con que se habla de construir un
reto material hecho a Dios por los habitantes de la fecunda, jovial
y magnífica Titeia; veía a los sacerdotes egipcios escudriñando los
misterios y preparando con su enseñanza el camino a Moisés para
subir a un Sinaí, y a Zoroastro para bordear una llanura; veía a
Alejandro derribando imperios y a Rómulo, a semejanza de su propia
nodriza, amamantando una loba que había de alimentar al mundo con
Césares, con Virgilios y Con Cicerones; veía a Fidias y Apeles
infundiendo calor al mármol helado y al lienzo borroso; veía a Tiro
y a Sidón cayendo como reinas entre los pliegues de sus mantos de
seda, aun calientes con las embriagueces del amor y perfumadas con
el aroma de carnes macizas, apretadas y tentadoras; veía al Nilo
correr voluptuoso bañado con la sonrisa que Cleopatra la divina le
enviara desde sus encantados jardines, con besos en que todavía se
sentía el aliento ardiente del romano Marco Antonio; veía a Grecia
arrastrándose vencida, tras luchas soberbias, para ofrecerse al
mundo moderno como simple sepulcro de Leonidas y de Horneros, de
Aristóteles y Pendes; veía a Iberia burlando la carrera del sol y
asentando su brazo sobre todos los mundos, para escalar así
montañas de oro y montañas de gloria; veía a un corzo imberbe,
glacial y sombrío, hincando su rodilla ante la media luna para
crearse un poder que le permitiera besar más tarde al Soberano de
Roma y conducirlo, como amigo, a que le coronara Emperador,
anunciándolo así al mundo; y, en fin, veía la civilización actual,
jocunda, espléndida, soberana, derramando por todo el orbe la luz
de sus descubrimientos y la esbeltez de su ciencia como un consuelo
para los hombres y un reto para las edades; y por encima de todo,
se veía a sí mismo, señorial y dilecto como un dios antiguo,
contemplando todo aquello para labrar un canto que tuviera la
grandeza de Cheops, la majestad de la Esfinge, el resplandor de los
cielos y la armonía de una brisa al arrullar, en noches de luna, la
copa de un palmar o el follaje flamante de un limonero. Y esto,
precisamente, era lo que creía haber realizado, y con lo cual
sentaría, de modo inconmovible, su planta fornida sobre las gradas
del Arte en aquella noche caldeada de fulgores y saturada de
aromas, en que una liza literaria, según lo había dejado comprender
Magdalena y según lo rezaban vistosos carteles iba a abrir sus alas
azules para cobijar con sus plumones a sus hijos amados.
Estas fiestas, que son un tributo a la civilización, tienen
mucha simpatía en Manizales, y han contribuido, como pocas, a
educar el alma para los banquetes del Ideal y para los sanos
placeres del espíritu. En los regocijos patrios es casi uno de los
números obligados, sin que hasta ahora, que sepamos, algún felibre
digno haya visto su lanza rota por el mandoble solapado de un Juez
venal o por la perfidia infame de un Zoilo. Todo lo más granado de
la ciudad asiste a ellas, y cuando los vencedores surgen, las
palmas no escasean para cualquiera que haya sido allí el gladiador
afortunado. Por eso, en la noche de aquel
|Veinte de lidio a
que venimos aludiendo fecha dulcísima puesto que encarna el
estallido de nuestra Patria a las caricias de la Libertad el
teatro, al resonar las ocho de la noche, estaba totalmente colmado
de seres de ambos sexos que aguardaban con ansia la salida de los
vencedores para su bautismo de aplausos. Era una noche de seda bajo
la armonía de una sonata tropical. La luna, entretejiendo sonrisas,
espolvoreaba las cosas con el ópalo de su manto, mientras los
surtidores, aprisionando una guedeja de luz, hilaban minúsculas
cascadas de diamantes para alborotar con sus radiaciones la
voluptuosidad de un rosal o la evanescencia de un aroma.
Daniel estaba visiblemente agitado. El, cuya situación
pecuniaria le obligaba a ser modesto y aún tímido; él, cuyos más
dulces entretenimientos se encerraban en el resplandor de una
estrofa o en la brillantez de una frase que al asentarse en el
libro evocase galas de imperios, de cimas o de dioses, y que se
arrobaba en el vago pero elocuente mutismo de la abstracción y del
ensueño, estaba, a aquellas horas casi grotesco con carreras a una
y otra parte, como si todas las cosas de su jardín de loco hubiesen
huido y las buscase desalado en los turbiones de la multitud. Algo
de esto había. Cuando Rosa, de vuelta a su casa, enseñó a doña
María el ramo de flotes con que Martín atizaba su amor, el hermano
celoso que llevaba sangre en su boca arrancada por la familia
maldita, creyó que el deber de su madre era coger aquel manojo
infeliz, volverlo añicos y tirarlo a sus pies para pisotearlo con
furores de diosa, una y mil veces indignada. No sucedió así. Doña
María era una alma blanca que había aprendido en el libro de la
vida muchas cosas que acaso los libros de los filósofos no enseñan
o que si enseñan lo hacen parsimoniosamente. Así fue que cuando su
hija puso en sus manos aquel ramo que simbolizaba para ella
alegrías celestiales y encantos infinitos, lo apretó con dulcísima
emoción, y besándolo amorosamente, le dijo:
-Es digno de ti, hija mía. ¡Guárdalo!
El sinsabor que sufrió el alma de Daniel, fue especial. Una y
mil veces se reprochaba haber ido a aquellas carreras funestas que
en vez de alegría sólo le formaban una profunda desbridación en su
pecho; pero como contra la propia sangre los arrebatos materiales o
morales son ridículos, no halló más medio de vengarse que dejando
de llevar a Rosa esa noche a que presenciara en el teatro su propio
triunfo. ¡Candor de la ira! Fue. pues, a buscar a Teodosia para que
ella se prestara a servirle de
|"Reina de la Fiesta" en caso
de que su trofeo se confirmase.
-¿Yo? dijo la joven, y pensó un momento. Era un desquite que se
le deparaba contra la conducta de Martín y contra la misma hermana
de Daniel;
-¿Pero si crees que habrá la posibilidad de esa victoria?
preguntó con insistencia.
-Ya lo creó: se me ha avisado que esté prevenido.
-Acepto-repuso Teodosia-yo te acompañaré; y ese rostro, que por
demás estaba sembrado de muchas gracias, sonrió
deliciosamente.
-¿Habrá necesidad de mucho lujo? prosiguió.
-El que quieras gastarte.
-¿Me sentará este collar?
-Divinamente.
-¿Esta diadema?
-Magníficamente.
-¿Esta flor?
-Soberanamente.
-Déjate de tantos
|mentes....
-Pero..., si estás hecha una diosa.
-Tan bromista.
-Es la verdad.
-Tan necio.
-Digo lo que siento.
-Madre Adelina, al teatro.
-¿Estás loca? ¿No te cansaron las Carreras?
-Voy a ser reina hoy.
-¿Que qué....?
-Daniel me hace su reina esta noche. Camina, mamá. Hay
Juegos Florales y Daniel nos da las boletas.
- ¡Ah! ¿qué es lo que dices?
- Que va a estar todo muy bonito.
- Pues así es otra cosa.
- Sí, muy requetebonito. ¿Verdad, Daniel?
Este, que no había caído en cuenta de que se necesitaban
dólares para asistir a su glorificación, se estremeció.
Afortunadamente una libra esterlina que debía representar un
|mercado en su casa al siguiente día, se dejó acariciar,
bondadosa, con esa bondad que da el oro propio, dentro de uno de
los bolsillos de su chaleco; Era la salvación, y corrió a comprar
las boletas.
Un amigo de infancia y de escuela, literato en cierne que no
había logrado cincelar con pulcritud un endecasílabo ni darle
dureza de acero a una frase hermosa, pero que se creía predestinado
para revolver el mundo con sus escuálidas fantasías, y a quien
algunos de sus. comparsas apellidaban
|lucido ingenio, le
detuvo en plena calle.
¿Conque triunfaste? le dijo.
-No lo sé.
-Eso aseguran. Te felicito. ¡Venga esa mano! y Daniel, casi sin
tiempo para ello, tuvo qué estrechar una que al otro día, bajo el
indigno antifaz del anónimo, habría de producirse, por la prensa,
contra su canto magnífico.
Al fin llegó a la taquilla. Apenas se podía arrimar. La demanda
de boletas era enorme y los compradores formaban una algarabía
inmensa. Trató de penetrar por un lado: no lo logró; por otro,
tampoco. Se fue al extremo opuesto: nada.
-¡Una boleta para un bardo! gritó irónicamente un embolador.
-¡Para Julio Flórez! rebuznó otro.
-¡Para un vencedor! prorrumpió un literato a medias.
-¡Qué cuento de vencedores! aullaron muchas bocas.
Sin embargo, aquella frase, aun cuando de manera vaga, había
llegado al taquillero.
-¿Un vencedor? preguntó.
-¡Si! gritaron otra vez, por broma, varios emboladores.
-Que arrime -dijo el taquillero, mirando con ojos de lince hacia
la multitud.
¡Oh poder de la sugestión! Los circunstantes abrieron el paso
como debió abrirlo el Legislador de Israel al tocar con su vara las
ondas del Mar Rojo. Daniel creyó que era un tributo a su gloria, y,
en realidad, no se equivocaba: principiaba su Tabor. Fue aquélla
una noche con música de alas, que dijera el poeta. El proscenio,
pomposamente ataviado, lucía un derroche de pétalos y gasas,
evocadores del lujo de Bizancio. Al frente, sobre un pedestal de
rosas, se levantaba un trono de artística entalladura, que el oro
recamaba y en donde las perlas diluían sus fulgores de ensueño como
pupilas que hablasen. A los lados, los nichos de la Corte de Amor
se levantaban, turgentes bajo el ritmo sinfónico de una gradería de
lirios, y más lejos, enredándose en los barandales de los palcos y
de las galerías, el emblema patrio, en una seda inmensa y bajo la
luz blanca de un acervo de bombillos eléctricos, envolvía todo
aquel santuario, como si quisiese estrechar sobre sí el alma de sus
hijos para besarla amoroso.
Estaban allí las deidades místicas que entrevió en sus estrofas
Victoriano Vélez, el de rimas de ámbar; las tentadoras, de carnes
transparentes y risa pecaminosa que sirvieron al rutilante estro de
Aquilino Villegas para idear la corte de Salomón cuando la Pecadora
de Sabá se aventuró por los arenales de Judea tras el dilecto de la
sabiduría; las que cantó Jorge S. Robledo hallándoles zumos de mora
en la boca; las pálidas, entrevistas por Mariano Zuluaga y a
quienes él asimila con copos de niebla, imprecisos y sedeños; las
desdeñosas que sirvieron a Aníbal Arcila para cantar lo cruel de la
existencia, formar su
|«Ermita» y lanzarse al mar de la
muerte en una noche trágica; las que Arturo Suárez soñó para crear
a
|«Rosalba»,la novia de Gustavo; y en fin, las que muchos
otros han contemplado con embeleso para inspirar su numen y hacerlo
llenar de flores como los rosales:
Teodosia, al entrar con doña Adelina y Daniel, vio todo aquello,
y aun le pareció entrever quedos altísimos literatos-Samuel
Velásquez, el glorioso autor de
|<Madre», y Alfonso
Robledo, el de
|«Una Leñgua y una Raza» abrían paso
señorial, pasmados ante aquella ciudadela de hermosura que iba como
un huracán de gracias saludando la vida. Hasta Alfonso Villegas
Arango, que únicamente ha tenido cantos para una sola flor, le
envió su sonrisa de aplauso, desde un palco vecino.
Joaquín Carvajal un mozo que si no rompe la pluma antes de
tiempo, subirá alto -le dijo al autor de esta obra:
-¡Qué
|maicera, mi amigo! en tanto que éste ampliaba la
frase, diciendo:
-¡Qué
|maiceral!
El Capitán Cobos se desvivía porque Teodosia lo viera.
-¡Préstame esos gemelos,'hombre de Cristo! le dijo a Tomás
Calderón, otro poeta de finísimo oro. ¡Préstamelos, que
reviento!
Y Tomás que, no obstante su malacarosidad, es un siervo de la
belleza, se los alargó, diciéndole:
¡Ahora sí!
-¡Mi palabra-prosiguió el Capitán-que estas maiceras son capaces
de hacerlo casar a uno!
-¿A uno....? exclamó Martín a su lado, trocando la frase en un
equívoco. ¡A cuatro mil!
Luego se abrió la fiesta, y cuando .el Himno Nacional -ese nuestro
Hinino querido que tiene tronares de triunfo y elegías de
martirio- hizo restallar sobre el concurso la majestad de sus
notas, un arrobamiento inusitado empapó los corazones, un fuego
deslumbrador incendié los ojos de nuestras bellas y un parloteo de
almas se cernió augusto, sacramental y solemne como si Dios mismo
cruzase por allí y saludase el pendón de nuestra Patria. Después
vino el discurso del Mantenedor, «rompeolas» de gloriosos días; el
juicio del Jurado; el premio de la composición; la presentación de
Teodosia, reina que tundió de un golpe millares de corazones; y
cuando al fin Daniel declamé su canto magnífico, frondoso como una
selva tropical, enhiesto como una columna de acero, palpitante como
un corazón enorme y macizo como una pirámide, las salvas de
aplausos estallaron haciendo vibrar el pavimento y enajenando los
espíritus, sin que esto fuera óbice para que al otro día apareciese
en un periódico local, una revista escrita con desaliño, obra de
pluma enana, en la cual se atacaba aquella composición encinal de
ropaje de oro y consistencia de díamante, cosa que Daniel, con
sobrada ligereza, creyó obra de Martín, cuando en verdad era de
aquella mano que antes de los Juegos le había saludado,
impertinentemente, felicitándolo con un apretón soberbio.