CAPITULO XXIX
Un dulce día radia sobre los Andes; un amplio velo azul cuyas
suavidades no pueden ser superadas por el reguero de seda más
sutil, engarza su esplendor en el firmamento, ofreciéndose amoroso
a la caricia del sol alzan las montañas sus testas de color glauco,
en soberbias ondulaciones que el ámbar matinal viste de oro; cantan
los rosales el epinicio de su desconcertante alumbramiento, y
gorjean las aves mientras Magdalena, del brazo de don José, marcha,
con porte gentil, hacia la risueña Catedral en donde la sesión de
su matrimonio va a celebrarse. Está su rostro, aun cuando un poco
pálido, bañado de sonrisas, y los grandes ojos negros, cubiertos de
luz. Viste albísimo traje de seda, que desde el cuello, en regia
aristocracia, desciende cual una escarcha de nieve que enamorada de
su cuerpo, se ciñera a él en un arranque de pagana voluptuosidad,
en tanto que un velo de tenue gasa que más parece una ilusión,
flota sobre sus cabellos coronados de azahares, en un símil de
reflejo lunar sorprendido por tejedores misteriosos. Siguen tras
ellos doña Josefa y don Ricardo, el cual, como casi todos los
varones de la comitiva, viste sombrero de copa, levita, chaleco y
pantalón negros, blancos guantes y lustroso calzado de charol;
después van Rosa y Daniel, Teodosia y Martín, y un interminable
desfile de padrinos.
En los balcones de las casas los rostros femeninos asoman por
montones, ávidos de ver aquel cortejo que simboliza, sobre todo
para las mujeres, la nota más triunfal que en la vida pueda darse.
Los varones de todos los rangos sociales se apiñan en las aceras, y
con dichos en ocasiones descompuestos pero murmurados a media voz,
algunos saludan el paso de aquella virgen que con el porte gallardo
y los ojos llameantes, camina a un calvario que en realidad más es
cima de dulzura.
Cuando entran al templo, las gotas de luz caen en las columnas
de cedro, en las baldosas del piso, en los cuadros del Viacrucis,
en las desnudas paredes, hechas vivos chorros de colores al cruzar
por las celosías de cristal.
Nada turba la religiosa ceremonia que un pastor cristiano
celebra solemnemente; pero cuando la comitiva sale de la Catedral,
un bullicio inusitado se escucha en su atrio. Es un reventar de
aplausos y de silbos, de gritos y de carcajadas. Una vieja de
estatura regular, con las mejillas descarnadas, canos cabellos
destrenzados, mirar fulminante, sucia chaqueta de tela blanca,
basquiña negra, con un enorme santo al pecho y un báculo de tosca
madera en la mano, se encuentra allí. Es Justina que tras el hurto
de sus quinientos pesos, ha quedado completamente loca. Al reír
deja ver sus encías escuetas en donde ya los años y Malaquías,
arrancaron toda huella de vitalidad.
-Yo también he venido a ver los casados -dice- paras ver cómo es
que una se casa. Yo tengo un novio muy lindo, y él dice que se
casará conmigo a la hora que yo quiera; pero yo, como soy tan
percha, le digo:
|¡pes demás!
Las gentes se carcajean sonoramente. La loca prosigue:
-Cuando yo estaba chiquita tenía un loncho de novio que se
llamaba Cándido. Me quería ¡Virgen Santa! y yo estaba loca por él;
pero un día el muy pillo se fue yendo....,se fue yerndo....., y o
los que te vuelvan a ver. ¡Mi verdá!
-Lleven esa loca a la cárcel -grita un gamín.
-¿Por qué, hijo? contesta ella. y, Si a las locas nos llevan,
con quién dejan el pueblo?
Las gentes vuelven a carcajearse, pero en ese instante Magdalena
y don Ricardo, ya casados, pasan junto a ella, dejando en el
ambiente un dulcísimo olor de violetas y azahares. Justina los mira
bien, muy bien, guardando un silencio solemne; pero de pronto,
abriendo su boca y enseñando con risa estúpida sus encías
desdentadas, exclama:
-Los buitres y las palomas ¿qué carga podrán hacer? y termina su
frase con una carcajada enorme.
La comitiva también ríe al ver la complacencia de aquel andrajo
de mujer. Sólo el reír de Rosa y Daniel es amargo.
Cuando entran a la casa, encuentran un sinnúmero de personas que
está allí esperando la llegada de
|los novios para
felicitarlos. Por todas partes hay rostros sonrientes y búcaros de
flores, colgaduras soberbias, espejos de rutilante luna que
aprisionando las cosas, las reflejan unos en otros una vez, dos
veces, infinidad de veces. También una mesa enorme llena de
cristalería con vivos remedos de Sévres, enseña viandas.
delicadísimas y espumosos vinos españoles, un pan de harina y
huevos bañados de blanca azúcar con diminutas banderas en que están
inscritos, en doradas letras, los nombres de los padrinos; y otra
infinidad de chucherías. Es la mesa en que pronto han de sentarse a
tomar el desayuno, yen el cual se felicita a los recién casados por
su ventura eterna. Después una mano delicada entona en el piano un
piano que Magdalena tiene y que pocas veces acaricia por su
ineptitud para la música uña alegre cavatina que la concurrencia,
al calor del vino y el champaña, aplaude frenéticamente. A poco
|los novios, tras algunas lágrimas de doña Josefa, montan en
lucidos corceles y salen para el campo a pasar su luna de miel.
Teodosia ve aquella despedida y envidia a Magdalena.
-¡Qué riqueza! le susurra a Martín, riéndole deliciosamente.
Rosa, por el contrario, aumenta su tristeza al recordar, acaso,
que Magdalena es una de sus amigas de juventud que siempre la ha
amado, la ha buscado para consolarla y la ha enseñado, a toda hora,
a tener confianza en la vida. Imposible le es contener un sollozo
que procura ocultar situándose tras de vistosas colgaduras,
hermosa, con esa hermosura sacramental de los rostros bellos cuando
sufren; pero como en todo hay algo que conturba hasta el mismo
fondo del dolor, desde allí sus ojos ven, asombrados, la festividad
que entre Teodosia y
|
Martín existe, las miradas que se
lanzan, la satisfacción con que ella pone en la solapa de su levita
un clavel rojo que semeja un sangriento carbúnculo, y el regocijo
con que él recibe aquella expresiva muestra de distinción.
Le es imposible contemplar en completa calma aquel cuadro que le
destroza su corazón. Busca entonces a Daniel, y le dice:
-¡Vámonos!
Su hermano, que también devora a grandes tragos la copa de su
desesperanza, no vacila en seguirla.
En realidad, Rosa, que aun cuando ya cubierta de amargura y
resignación creyó ser fuerte ante ciertos golpes, no puede resistir
aquella repentina visión que su espíritu presencia. Las almas que
no están acostumbradas a los embates de la vida y que no conocen a
fondo de cuánto puede ser ésta capaz, sufren un acceso de celos más
profundo que el que pudiera sufrir otro ser, por desfavorables que
las circunstancias le fuesen. Es un acceso sordo, irresoluble, sin
lado asequible, sin génesis aceptable en ninguna forma. A ella le
parece aquello monstruoso. ¡Cómo! ¿Martín enamorado de Teodosia? ¿Y
sucede esto cuando sólo pocos días han transcurrido desde la
ruptura fatal y cuando ella, candorosa, se jura no ser de hombre
alguno en la tierra, ya que no puede ser de Martín? ¿Tan presto así
se olvida el perfume de un pasado dulce, la glorificación de una
hora, la delicia que en el corazón regó el preludio de una dicha
que pudo ser eterna? ¿Y no se toma siquiera un embozo para dar
pábulo a ese acto que para ella es innoble, y no se aguarda a que
siquiera, tras el invierno de sus almas, alegre el sol de la
conformación para hacerlo germinar? Siente fastidio, y sale.
Teodosía, al ver que se aleja, la alcanza y con mucho cariño,
poniéndole un brazo en la cintura, le dice:
-¿Te vas? ¿Y no vuelves?
Rosa tiene qué contestar que no.
-Y tú, Daniel ¿tampoco?
-¿Yo? quién sabe; y diciéndose un último adiós, se marchan.
Silenciosos, saboreando para sí mismos su amargura, marchan por
las polvorosas calles. Llevan su dolor, golpeándoles profundamente,
en el fondo de sus almas; pero al llegar a su casa, algo más
terrible aún los hiere con crueldad inaudita. Ya hemos dicho y casi
resulta inoficioso repetirlo aquí que don Rufino, buen hombre cuya
honradez era proverbial, y que nunca había pensado ni ligeramente
en conseguir dinero por medios torcidos, había caído en las garras
de su antiguo peón Miguel, cuyo desenlace conocemos. Este golpe,
por más que él hubiese hecho esfuerzos inauditos para no desmayar,
no pudo necesario es decirlo resbalar sobre su alma sin hacerle
daño, por más acerada que ella fuese. El era un hombre que siempre
había tenido de sobra el pan diario, que jamás había sentido en sus
carnes las mordeduras de la necesidad y que siempre había arrancado
con su brazo, jugoso néctar al ubérrimo pecho de la madre Natura; y
al verse sin un pedazo de tierra que pudiera llamar suyo, en donde
tantos había tenido; al mirar qué era principalmente la caridad de
su familia quien atendía a la subvención de sus necesidades más
absolutas, sintió tristeza infinita, tristeza arrasadora. Si él
hubiera estado joven, aquéllo -claro- no hubiera valido la pena,
pues hubiera vuelto a agitar, triunfalmente, su brazo demoledor en
la montaña, hubiera arrancado al suelo fecundo su mies rubia,
hubiera vuelto a vencer; pero ¿cómo ya, a esas horas? Un día,
quizás atraído por la dulce añoranza de lo amado, se asomó, como lo
vimos antes, a "La Enea", a ver como estaba lo que en otro tiempo
había sido suyo. Casas numerosas, y algunas hasta elegantes,
sonreían por una y otra parte; los labrantíos desparramaban al sol
todo su verde palio de esmeraldas; bramaban las vacadas corriendo
juguetonas por los abundosos pastales; las gavillas de muchachos
reían armoniosamente, llevando entre juegos la abundosa comida para
la tropa de peones en los ricos trabajaderos; los maizales erguían
sus penachos de oro, abanicados rumorosamente por blandos soplos de
viento; las aves, aun cuando ya no en aquellas bandadas infinitas
que 'habían arrullado su juventud, volaban placenteramente; los
labriegos cantaban gozosos en las abras cargadas de sol; y la
«Quebrada Manizales» aún enseñaba restos de sus aguas opulentas,
bajo frondales de
|plumillas y flores de mayo, y bajo besos
de auras con olor a panales, a leche recién ordeñada, a frutas
maduras.
Una evocación gloriosa de todo su vivir en esa tierra querida,
estrujé su mente cuando se vio en presencia de lo que él dominó con
su señorío y con su brazo nervudo, y entonces, pensando en que aun
podía resucitar algo de su pasado esplendor, en que el amor de su
esposo y de sus hija alentarían aquel peché que los años querían
enfriar, se hizo a sí mismo la promesa de surgir nuevamente a la
vida, poniendo en juego el resto de sus ya pocos vigores. ¿Cómo no
habría de encontrar almas que cuando él les dijese: Quiero
trabajar, tengo una esposa y una hija entrañables por quienes voy a
levantar mi pendón de combate, se negaran a prestarle ayuda, ayuda
a él que eras un representante de la raza por su vivir honrado y
por su luchar tesonero? ¿Cómo habría de encontrar bocas que le
dijeran: No, señor, usted ya es un vencido, ya debe arrinconarse
como tiesto viejo y dejar de molestar? ¡No! -se dijo a sí mismo.
Esto no sucederá. Una última mirada qué eché sobre todo aquello, lo
enajenó positivamente. Vio abierto el camino de su salvación.
Triunfaría.
Con cuánto anhelo regresaba a su casa. Le parecía que sacando un
poquito más de fuerzas, todo se realizarla. Qué placer entonces. Su
hija, cuyo mayor ensueño era, ya no tendría qué sentir sobre sí la
ruda caricia de la necesidad, ni tendría qué sufrir, impotente, el
rudo asalto que el hijo del capitalista le diera con sus asuntos
amorosos. Aún Daniel, cuyas pocas capacidades para el bregar diario
eran demasiado manifiestas, sentiría nuevamente que teniéndolo a su
lado, podría entregarse. sin temor alguno, a sus deliquios
espirituales, a esas fustas en las cuales parecía gozar tanto y en
las que había triunfado tan gallardamente, según lo había oído
decir a varias personas. Desgraciadamente, al llegar al lado dejos
suyos comprendió que el esfuerzo que había hecho se traducía en un
peso horrible en su cerebro, y en una especie de vértigo que':por
un instante nubló su inteligencia, cegó sus ojos y produjo sordos
palpitares en su corazón. Sintió, además, un escalofrío
violento.
-¿Iré a enfermar? se dijo. No; esto no será nada; y se metió
debajo de sus cobertores.
Doña María le propiné una bebida cualquiera, -cuyo benéfico
resultado sentía ya, cuando escuchó la serenata de Martín. Se
levantó, acechó a Rosa, vio su emoción, sintió crecérsele la
cabeza, estuvo a punto de gritar; y de aquí la presencia del médico
en esa casa al siguiente día. Así siguió, en un término impreciso,
hasta el día de la boda de Magdalena. Ni él ni su esposa pudieron
asistir a ella, pero nada revelaba un accidente desgraciado, cuando
de pronto el buen viejo creyó mirar, con su imaginación, a su hija
que en alegre parloteo con Martín, giraba en un baile desbocado,
lanzando sonoras carcajadas, alegre, radiosa de júbilo; y
|
tan al vivo se representó esto que sus ojos se dilataron,
las cosas se agitaron a su alrededor, la sangre le hirvió a
borbotones, y dando un grito profundo, rodó por el suelo, haciendo
también rodar sobre sí la silla en que estaba sentado. Rosa y
Daniel, al llegar, escucharon ese grito desde el portón, y al subir
a la sala vieron a doña Maria que llorando estrepitosamente, lo
llamaba con hondos llamares, lo besaba, lo arropaba con su boca, lo
quemaba con su corazón; queriendo volverlo a la vida.
Lo había matado una apoplejía cerebral.