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CAPITULO XXVIII

En tanto que todas estas cosas sucedían, el matrimonio de Magdalena se acercaba. Los veinte días anunciados por ella en su propia casa, principiaban a mermarse visiblemente. Una tarde en que Daniel pasaba por allí, ella, desde una de las ventanas de su balcón, le dijo:

-Si no vas muy ocupado, entra, que tengo qué decirte una cosa.

-¿Quieres aguardarme una media hora? Te prometo que entonces estaré aquí.

-¿A dónde vas, pues?

-A la vuelta te lo digo.

-Bueno, pues entonces, te aguardo.

Daniel se alejó. Aun cuando no lo quiso decir, lo cierto era que, un poco emperejilado, iba a casa de Teodosia. Era una simple curiosidad, pero iba. Verdad es que ella, durante los últimos días, poco se había dejado ver en casa de don Rufino, pero esto no era motivo para no visitarla, sabiéndose, como se sabia, que el buen viejo estaba' casi repuesto de su mal. Por lo demás, Rosa, cuya tristeza y retraimiento eran para infundir desconsuelo en el pecho más optimista, tampoco había vuelto a visitar ni a Magdalena ni a Teodosla, razón para que no se tomara en serio el alejamiento casi leve de la última.

-Yo -se decía Daniel por el camino- casi quiero a Teodosia; mejor dicho, y sin casi, y sin nada, yo la quiero ardientemente, enloquecedoramente. ¿En dónde una mujer más bella, más espiritual, más arrobadora? ¿En dónde unos ojos como los suyos, una risa como la suya, un cuerpo como el suyo? Francamente, yo soy muy valiente cuando he logrado ocultar en mi corazón este amor que me devora, sin revelárselo a nadie. ¿Que mentirnos los poetas? Pobre hermanita mía, cómo te he engañado. No mentimos, no sabemos mentir, no podemos mentir nunca. Si alguna vez dejamos escapar una nota discordante, es para tratar de engañarnos a nosotros mismos y no reventar de amargura, en  un momento trágico. Yo amo a Teodosia más que tú a tu tal Martín y que Magdalena a su dulce buey de oro. Yo la amé ayer, la amo hoy y la seguiré amando toda mi vida; sí, aun cuando ella no me ame a mí. ¡Amor! ¡Oh qué palabra más dulce! Cuando las aves se levantan en la mañana, no modulan otra cosa que esa canción; cuando la flor abre sus pétalos a los besos de la aurora, dice lo mismo que yo digo cuando miro a Teodosia; cuando la semilla estalla en el seno de la tierra, no hace más que repetir en sus entrañas lo mismo que repitió en la espiga o en el fruto:  ¡amor! Yo vi ayer dos pajarillos que jugaban en el jardín de casa. Estaban hartos de comida, y entonces, olvidadas de todo, echaron a jugar. Era un alborozo de plumas sobre un tendido de lirios y perfumes. Se besaban con sus picos; corría uno de ellos, el otro le salía al paso; agachaban recíprocamente sus cabezas, y se hablaban, y para que nada faltara allí, cantaban. Sus notas eran reverberaciones eléctricas en el jardín. Hasta las mismas piedras parecían hablar, viendo aquello. Yo me ensimismé. Suponía que únicamente mi alma era digna de contemplar aquel cuadro, cuando levanto los ojos y veo que Rosa, mirándolo, llora en el corredor. Debió conmoverla como a mí; quizá más, porque ella ¡bah! ella se halla en una luna que yo no sé propiamente de qué pueda ser. ¡Oh! cómo me conmovió todo eso. Era el amor de cuatro almas el que allí vibraba unísonamente. Las avecillas, olvidadas de todo, pensaban, si mucho, en sus nidos; Rosa pensaba en Martín; yo pensaba en Teodosia. Me parecía que ésta brotaba de cada una de sus flores, que me saludaba en cada chispa de sol que allí caía, que me acariciaba en cada trajín de alas que escuchaba. ¡Teodosia! ¿Pero qué imán es el que tiene esta alma para mi? La escucho, y casi no puedo hablar; la miro, y me anonado; la busco; y al hallarla, no sé qué decirle. Y ella ¿sí habrá traslucido algo de todo esto? ¡Demás! ¿Sólo por |charla me llamó novio en el "Cementerio Viejo"? ¿Sólo por broma me llamó así en dii propia casa? No, eso sí lo juro yo. Pero.... ¿y qué me gano, sin un misero centavo en el bolsillo? ¿Qué logro yo aun cuando la adore y ella me adore a mí? Su padre tiene mucho dinero, pero eso es peor para ambos: si llegara a pedirla, no me la darían. Más vale que fuera pobre como yo. ¡Qué países conoceríamos entonces! En alas de nuestra imaginación visitaríamos a Golconda,.la de las perlas azules; a Estambul, la del las moras enloquecedoras; a Grecia, la patria del viejo dios Homero; a Hispania, la llorada por el dulcísimo Rioja; a Italia, la maravillosa, en donde el Dante, Petrarca y Virgilio pulsaron sus enormes liras; a Tebas, la de las cien puertas; a Menfis, la señora del Nilo; y a ti, oh dulce Francia, en donde el regio Víctor Hugo. el sublime Lamartine y el delicioso Musset vaciaron sobre el mundo toda la inimitable gama de sus melodías portentosas. Pero no, esto no lo lograremos jamás. Yo no tengo otra cosa para regar á sus pies que el oro de mis versos, y ese oro.......no es de este mundo. Sin embargo, vamos a ver esa divinidad.

Y así, con todo este traperío en la. cabeza, se embocó, derecho, a casa de Teodosia. Iba resuelto a una semi-manifestación. Nada se perdía. ¿Cuántos pobres no se han casado con mujeres ricas? ¿Por qué, pues, no ensayar? Pero......pero. ¿Era que sus ojos se cegaban? ¿Era verdad lo que sus pupilas veían? ¿Era que lo estaban alucinando des­de regiones misteriosas? No. Imposible.

Se restregó bien sus párpados, abrió sus ojos, los volvió a otra parte, los dirigió nuevamente hacia la casa de Teodosia. Veinte metros no lo separaban de ese lugar, y sin, embargo, su |prima, embelesada con Martín, ni siquiera había reparado en' su humilde personalidad. Sintió un dolor profundo, y volviendo sobre sus pasos, se alejó de allí, No le quedaba más que ir a la casa de Magdalena a fin de ver para qué era que ésta lo necesitaba.

-¿Eh? ¿Pero por qué vienes de ese modo? le preguntó ella, al verlo entrar con cierto viso en su rostro que le daba un aire de ensimismamiento.

-¿Así como tan bravo.....? contestó él.

-Sí, como si te hubiera espantado el |coco.

-No, eso sí no. Mira que estoy riendo, y que parezco un Fierabrás!

Magdalena lo contempló bien. Efectivamente, reía. Era, la risa de la desilusión, de la desesperanza lo que sus labios vertían.

-Pues firmemente creí que alguien te había hecho detener la respiración, y que venías huyendo.

-¿Yo? ¿Huir yo? No lo creas. Yo tengo un corazón tamaño como una torre, y no sé aún lo que es miedo!

-Me alegro -dijo Magdalena hecha una alegría. Así son todos los de nuestra raza.

-Bien dices. Pero volviendo a otra cosa ¿para qué me llamabas tú?

-Para que me le lleves esta tarjeta a Rosa respondió la joven, entregándole una cubierta de papel finísimo.

-¿A Rosa? ¿Y para qué?

-Para que ella a su vez te la entregue a ti.

-Yo quiero abrirla.

-No seas curioso.

-Sí me la dejas abrir, te cuento, ya, un |cuento.

-Si me prometes que no es tan simple como el que nos contaste en el "Cementerio Viejo", sí. es dulcísimo. ¡Sabe a punta miel!

-Tiene como cuarenta. desenlaces.

-Abrela, pues.

Daniel, con mucha ceremonia y sintiendo que aún le palpitaba su corazón con lo que sus ojos habían visto, abrió el sobre que encerraba la misiva.

-¿Conque padrinos Rosa y yo de tu matrimonio? exclamó, volviendo a darse cuenta de que estaba en este mundo.

-¿Te parece malo?

-¡Qué malo! Si no estuvieras tan próxima a casarte, te asentaba un abrazo.

-Yo no soy Teodosia.

-Pues por lo mismo.

-A ver el cuento.

-Espera primero a que te dé las gracias.

-El cuento, te digo.

-¡Ah! Bueno, que se cumpla el compromiso. Escucha, pues.

-Soy toda oídos.

-¿Recuerdas tú una vez que subimos á la propia |«Falda de la Elvira» con mi tío José?

-¡Ah! la dicha. Cómo se veían, desde allá, esta población, los ríos Cauca y Chinchiná, y Neira y Villa María.  Le daban a una como deseos de volar.

-Pues bien, en un punto así, o mejor dicho, semejante a ese, vivía un pastor. Cuando la mañana alumbraba, él, en la amplia cima, bañándose de rayos de sol y respirando con sus pulmones el vaho de los huracanes, miraba hacia la llanura  

-Carambá: pero qué lenguaje .....! 

-Si me interrumpes, no. te lo cuento.

-No, note interrumpo; por el contrario, me voy a sentar para escucharte mejor; pero quiero que tú también te sientes.

-Yo ando de prisa: me tengo qué ir.

-Déjate de bobadas. Siéntate y cuéntame el cuento, que me está gustando; y  arrimándole también a él un taburete, ambos se sentaron cerca a los balaústres de una ventana.

-Miraba hacia la llanura -continuó Daniel. Estaba enamorado.

-Como tú.

-No interrumpas.

-Bueno, no te interrumpo. Prosigue.

-Estaba enamorado de una pastora, una pastora con mejillas de rosa, cabellos de oro, ojos de fuego  

-¡Caramba!

-Sí, una pastora bellísima, por más que tú te rías. Y desde allá, desde la altura, la miraba él en la llanura como si fuese él aroma que embalsamase el llano y  la montaña, que animase las aves y las frondas  

-¡Pero caramba, hablas de una diosa!

-Sí: de una diosa de quien estaba locamente perdido el pastor. De frente, a los huracanes que subían, él lanzaba el palpitar cálido de su corazón, queriendo con él como derretir en fuego de amor todas las cosas, todos los peñones.....  

-¡Pero qué pastorcito .....! 

-Aun cuando no lo creas, era un pastor de verdad: había fuego de cráteres en su pecho. Y la pastora, llena de gracia, miraba de vez en cuando hacia aquel punto que siempre enseñaba una silueta de hombre en sus picachos, y también, de vez en cuando, le lanzaba la llamarada de una sonrisa. Y el bueno del pastor, custodiando sus rebaños, soñaba con hacer suya a la pastora, y llevarla a una casa en donde los más blancos vellones, las más suaves lanas le sirvieran de nicho.

-Como quien dice, un nicho de sedas.

-Eso es, un nicho blandísimo; pero sucedió que un día, embelesado con el aroma que subía del llano, con los trinos que las aves lanzaban en los follajes y con el susurrante palpitar de sus praderas, resolvió bajar a conquistar el amor de la pastora. Cantaba alegre el sol. El cielo azul parecía un himno de gloria en el firmamento. Las fuentes despeñaban sus perlas por entre regueros de esmeraldas.

-¡Virgen, qué pompa!

-Sí, no te rías, era un día magnifico. Todo se saturaba de grandeza como para el advenimiento de un triunfo. Bajó el pastor, apoyándose en su cayado. Llevando a sus labios un caramillo con que a veces distraía sus horas, le arrancó la más dulce melodía que oídos de hombre hayan escuchado; Aun las mismas flores se estremecieron. Pero cuando el pastor fue a llegarse al lado de la pastora  

-Hábla.

-En ese momento, una tristeza infinita se apoderó de su alma, y una hebra de llanto saturó su rostro: la pastora era   de otro pastor.

-¡Ah pastora cruel! ¿Y qué hizo entonces el pastor?

-Adivínalo.

-¿Mató a la pastora?

-No.

-¿Al rival?

      -Tampoco.    

-No. Por ahí sí no hoy ni riesgo. ¡Qué cuento de suicidios!

-Pues entonces, no adivino.

-¿Así tan pocos conocimientos tienes de la vida?

      -Ya ves.

-Haz un esfuerzo ponte en su lugar.

-Pues si fuera yo, buscaba otra pastora.

-¿Queriendo harto a la primera?

-Me iría a recorrer el mundo.

-¿Llorando a mares? No: tú no eres capaz de dar en el blanco. Es otra cosa aún más horrible que todo eso.

-¿Más horrible que suicidarse?

-¡Puf! la mar de veces.

-Te digo que no soy capaz de adivinar. Di qué sucedió.

-¡Ah! pues que el pastor, tras esto, se murió de pena, y que yo era ese pastor.....  

-¡Magnífico desenlace! ¿Y la pastora?

-La pastora! Ahora que dices pastora ¿sabes una cosa?

-¿Qué cosa?

-Que Teodosia y Martín  

-Qué...... ?

-Están de pastores.

-¿De qué? preguntó su prima llena de impaciencia.

-De |pastores, o de novios.

-¡Imposible!

-Si, y ahora conocerás por qué reía el payaso ; y sin aguardar una palabra más, salió como quien ha visto que las estrellas de su cielo se apagaron para siempre, llenando de desolación el firmamento!

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