CAPITULO XXVII
No le fue a la sirvienta tan fácil, en las primeras horas, su
entrevista con el ser de sus ensueños.
-No, mi tesoro -le dijo uno de los guardias. Hasta que no le
sea'recibida su
|indagatoria, no se le puede dejar conversar
con nadie.
-¿Y
|
eso a qué horas es?
-Dentro de un instante.
Efectivamente, a poco, en dirección a la oficina que conocía del
asunto, salieron dos guardias con Malaquías, sin dejarlo conversar
palabra. Estaba su rostro muy pálido; y a las claras se le conocía
que la noche que había pasado era horrorosa. Aún parecía sentírsele
encima el fatigante olor que su calabozo despedía, y aún
reverberaban en sus ojos las llamaradas de ira que contra su
|mamaci
|t
|a Justina debió despedir su cuerpo
irritado.
La mirada que le lanzó a su encanto, fue atroz. Ramona fue a
decirle quién sabe qué cosa, pero abriendo únicamente su boca y
cerrándola después, se fue tras Malaquías, resuelta quién sabe a
que.
Dos horas duró el interrogatorio, en el cual negó él todo lo
sucedido. El Capitán Cobos y Martín tampoco sabían nada sobre su
persona, pues ellos únicamente habían visto una sombra que huía,
sin saber quién fuese; y como la mujer con quien el tronera anduvo
en la antevíspera juré infinidad de veces que él era completamente
inocente, la Justicia no tuvo qué hacer otra cosa que ponerlo en
libertad, al ver que no había más en su contra que el dicho de
Justina.
Ramona, al verlo salir completamente libre, se le abocó en un
arranque desesperado, y en plena calle, a la vista de todo mundo,
le asenté un abrazo descomunal.
-No sabes lo que he sufrido -le dijo ella. Desde ayer estaba
loca por verte. Yo nada he creído de lo que me han dicho; yo sé que
todo es mentira. Pero dime ¿tú sí me has pensado?
Malaquías sonrió.
-¡Puf! le contestó él. Anoche no dormí pensando en qué estarías
haciendo. Pero dime tú ¿están muy calientes en tu casa con esa
|infamia que me han levantado
-¡Ah! ¡De eso no hables! Si vuelves- allá te asan vivo.
-Y entonces ¿qué hacemos? A mí me soltaron viendo que soy
inocente. Puedo irme para donde me dé la gana.
-¿Y sin mí? dijo la muchacha, lanzando un suspiro.
-Sin ti no. Una vez que pienso en viaje, es para que nos vamos
juntos.
-¿Y cuándo?
-Ahora mismo.
-¿Y para dónde.....?
-Camina, que por allí lo pensamos. Quitémonos de la vista de
estos policías ladrones, que tanto me chocan.
Y retirándose de allí, siguieron hablando.
-Te había traído esta cajetilla de cigarrillos y estos dulces
-dijo Ramona, entregándole un envoltorio.
-¿Y con qué los compraste?
-Me los fiaron esta mañana, porque mi madre Justina no me quiso
prestar cincuenta pesos.
-¿Y ella de dónde?
-Don Martín le regaló antenoche quinientos pesos.
-¿Quinientos pesos? exclamó Malaquías con los ojos
centelleantes. ¿Y qué los hizo?
-Los tiene guardados bajo la almohada.
-Muy bueno. ¿Pero sabes una cosa?
-¿Qué cosa?
-¿Que yo me tengo qué ir solo?
-¿Por qué? replicó la sirvienta con el corazón lleno de
angustia.
-Porque no tengo un solo centavo.
-¿Y la media libra y el anillo?
-Me los robaron esos ladrones de los alguaciles. ¡No conozco
malditos más infames!
-¿Tu purísima verdad?
-Mi purísima verdad -contestó el bribón, como quitándose un gran
peso de encima. Me echaron mano abusivamente, fui a correr, me caí,
me cayeron ellos encima y ¡talán! cuando me levanté y me introduje
las manos en el bolsillo, ya todo se lo habían llevado.¡No conozco
unos malditos más pícaros!
-¿Y por qué no pones la queja?
-¿Queja? No seas inocente. Si salgo con una de esas, hasta al
presidio me envían por calumniador. ¡Tú no sabes cómo son esos
bribones!
-Entonces ¿qué vamos a hacer?
-Es lo que yo ignoro, o por mejor decir, que tú te quedas.
-¿Y te atreverías a irte sin mí?
-¿Y qué vamos a hacer sin un solo centavo?
Ramona abrió la boca.
-¿Y se necesita mucho dinero.....?
-Unos mil pesos.... papel.
-Mejor era que nos quedáramos aquí, y nos casáramos.
-¿Para que me coman en tu casa? No seas boba. En el Valle nos
casamos. ¡La fiesta que allá hacemos es como para un rey!
- ¿Pero cómo conseguimos la plata?
-¿Qué sé yo?
Ramona abrió la boca.
-¿Tu purísima verdad que si te casas conmigo?
-Por ésta; y volvió a hacer con su mano el signo a que en otra
parte hemos aludido a qué horas nos vamos?
-Mañana, al amanecer.
-¿En dónde nos encontrarnos?
-En la esquina de tu casa.
-¿Tu palabra de honor?
-Mi palabra de honor.
-¿Tendremos con ochocientos pesos?
-Tal vez sí.
-A las siete, cerca de casa, volvemos a hablar, y mañana,
a las tres, nos largamos
Dándose una última mirada llena de fuego, se separaron aquellas
almas. ¿A dónde fue Malaquías? A cualquier parte. Ramona, por el
contrario, se fue derechito a casa de don Rufino.
-Señorita Rosa -le dijo, casi sin saludarla y a pesar de la
hondísima tristeza que su rostro revelaba, como mi madre Justina
está tan enferma, yo no puedo venir hoy, ni mañana, mejor dicho,
quién sabe hasta cuándo; y por ese motivo, usted comprende, he
venido, con mucha pena, a arreglar cuentas.
-A arreglar cuentas? dijo Rosa. ¿Y cuánto se te debe?
-Por junto, tres pesos oro.
-Espérame, hablo con mamá -dijo la joven con voz amarga.
Rosa se entró, volviendo a salir en el instante, acompañada de
doña Maria.
-¿Y por qué te vas, Ramona? le preguntó aquélla.
-Cuando mi madre, se alivie, vuelvo.
-¿De suerte que no tiene remedio tu retirada?
-Por hoy no, señora.
-Pues mira, aun cuando me cogiste sin dinero, Rosa me ha
prestado el que ella tenía, para tu pago. Así es que quedamos en
paz, y muy agradecidas.
-De nada, señora. Adiós pues.
-Adiós, Ramona.
-Adiós, señorita. Saludes a don Rufino.
-Adiós, Ramona. Que vuelvas pronto -le contesté Rosa sin poder
contener una lágrima..
Ya en la calle, se dijo:
-Yo sí que soy bien bruta: vean cómo no pregunté qué tal
amaneció su padre. ¡Eh! ¡qué me importa a mí ese maldito viejo!
Siguió avanzando.
-Ya tengo trescientos pesos, pero ¿los otros quinientos? Esto sí
que va a estar grave. ¿Y si no se duerme
¿Qué pensamientos llevaba la bribona en la cabeza, que así se le
escapaba esta frase?
Si no fuera porque nosotros estamos algo enterados de todo lo
que hasta aquí ha sucedido, quizá no lo adivináramos; pero
hallándonos en autos, como vulgarmente se dice, el asunto es
demasiado fácil: iba pensando en sustraerle el dinero a su abuela.
¿Y qué plan pensaba poner en ejecución? Uno muy sencillo. De unas
gotas que habían enviado para que Tristán durmiera, le darla unas
veinte a la vieja con el mismo fin, a altas horas de la noche, su
abuela se dormiría, olla se acercaría entonces mimosamente a su
lecho, apagaría la vela
Así lo hizo. Cuando Malaquías a las siete la buscó cerca a la
casa, le dijo:
-¿Qué ha sucedido hoy?
-Están calentísimas contigo. Yo les dije que te había dicho la
mar de iniquidades, y que por eso no volvías.
-¿Y de veras, muy calientes?
-Horrorosas. Dicen que por eso estaban en no poner el denuncio,
porque las autoridades son unas alcahuetas, que sólo sirven para
que el diablo se las alce. Pero eso si, que si te cogen, te
muelen!
-¿Pero sí nos madrugamos?
-Sí, a las tres en punto. Aquí mismo nos encontramos. Ya casi
todo lo tengo listo.
-¿Y el dinero también?
-El dinero también.
-A las tres estoy aquí.
Lentísimas transcurrieron las horas para estos desventurados;
pero como al fin habrían de llegar, les siguieron su paso muy
asiduamente.
A las doce en punto Ramona, halagando con mimos falsos a la
vieja, le dio las gotas que pensaba, la dejó dormir, apagó la vela,
se acercó con maña a su cama, metió las manos debajo de la
almohada, sustrajo los quinientos pesos, y, encomendándose a Dios,
principié a salir cuando calculé que podría ser la hora convenida,
con paso de gato y con un lío en la mano, de esa casa donde tantos
ensueños, amarguras y esperanzas había tenido.
Era la noche silenciosa. La luna, enteramente blanca pero con su
disco recortado, brillaba en un azul purísimo, recamado a trecho de
blandísimas estrellas. No cantaba un ave, no se escuchaba un soplo
de brisa, no se percibía en las calles una sola sombra humana.
Salió. Sus ojos se tendieron, inquisidores y profundos, por
donde el dilecto. debía esperarla. Un punto ligero, algo, así como
un asterisco impreciso, etéreo, brillaba sobre la blancura de una
pared. Ramona no se equivocó: era
|
la cabeza de Malaquías que
asomaba ligeramente.
Apuré el paso, llegó a la esquina, cruzó. Malaquías la recibió
con los brazos abiertos.
-¿Nos vamos?
-Nos vamos.
-¿Trajiste el dinero?
-Tómalo.
Ramona le extendió los ochocientos pesos.
-¡Vámonos, pues! le dijo su amado.
-¿Pero sin despedirnos siquiera de mi madre Refugio?
-¿De quién, so demonios? grité tras ellos una voz, a tiempo en
que una mano, la mano de la propia madre de Ramona, caía cual una
garra de acero sobre el cuerpo de Malaquías.
Este, viendo el cariz que su negocio tomaba, acudió al mismo
sistema defensivo que había empleado con Justina, le asentó a
Refugio un golpe sordo en el pecho, la echó por tierra, y sin
detenerse a nada, partió a toda estampía por una calle extramura,
sintiendo así, regocijado, cómo resonaban, al correr, los
ochocientos pesos que en sus bolsillos llevaba, mientras el cielo y
la luna, indiferentes a todo, continuaban regando sobre el mundo su
caricia de luz, como un diluvio de plata convertido en una líquida
epifanía de amor.