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CAPITULO XXVI

Más se demoré Malaquías en trasponer e! umbral de la cárcel, que Ramona en saberlo. Como ella dejaba siempre el trabajo en casa de don Rufino a las cinco de la tarde, la noticia la supo en su propio domicilio, a tiempo en que unas cuantas lágrimas salían de sus ojos. Se la dio su misma madre Refugio que llena de satisfacción, relamía ya el gozo que su denuncia le producía.

-¿Conque lo cogieron? exclamó, deteniendo el llanto y regando sus labios con la alegría de una sonrisa. ¿A que voy a verlo?

-Imposible que seas tan sin vergüenza -le contestó Refugio.

-¿Es que usted cree que es por cariño? No sea boba.  Es para estregarle en su propia cara la canallada que ha cometido con mi madre Justina. ¡Allá verá cómo lo voy a poner! y sin decir más, fue saliendo de la casa, hechos sus ojos una llama; palpitante el corazón, reidores los labios. Cruzó una calle, atravesó otra, desembocó en otra más, se plantó en frente del desconcertante edificio.

-¿Es cierto que acaban de entrar con Malaquías Sandoval? le pregunté a uno de los guardias.

-Sí, encanto.

-¿Y, no lo dejan ver?

-No, mi tesoro. Las visitas son los sábados....y los domingos.

-¿Y es que todo ese tiempo lo piensan tener aquí?

-Yo no sé, beldad.

-Y entonces ¿qué hago yo ahora? ¡Tanta necesidad que tenia de hablar con él!

-¿Para decirle qué   ....?

-Muchas cosas.

-El está privado de comunicación, embeleso!

-¿En un calabozo?

-Me parece que si.

-¿De suerte que nada puedo hacer?

-Nada, mi prenda.

-¿Y mañana puedo volver?

-¡Cuando gustes, cielo!

Haciendo un mohín, de desencanto, Ramona se alejó. ¿Qué pensaría el canalla, de ella? Al día siguiente lo sabría. Pero¿y el trabajo?

-iQué cuentos de trabajo! se dijo. Que se meta mañana, también, la señorita a la cocina. ¡Ahora no estoy para cuestión de trabajos!

-¿Qué te dijo ese ladrón, bribón, asesino? le preguntó Justina al verla regresar.

-No pude hablar con él: pero déjemelo, que yo lo cojo. Mañana, cuando vuelva, me las va a pa­gar todas. ¡Déjemelo!

-¡Sí, lo desuellas vivo! replicó la vieja, apretando furiosamente sus desangradas mandíbulas.

-¡Allá verá usted cómo lo voy a poner! No voy al trabajo. Allá verá. Usted ¿no cierto que me presta cincuenta pesos  

-¿Cincuenta qué....? Yo de dónde.

-De lo que le dio don Martín.

-¡Ah bribona! ¿Ahí me le estabas echando travesías a esa miseria? Primero dispongo de mi vida que de ese dinero. ¿Con qué quieres, pues, que compre una mecha de saya para quitarme esta que tengo encima? No me vuelvas a hablar por ese lado.

-Yo se los pago al fin del mes.

-Te digo que no me hables por allí.

Ramona, tras algunas vueltas en su hogar, resolvió ponerse a escribir. Aun cuando su letra no era una maravilla, sí era lo suficientemente legible para estamparla en una carta. Principié su labor. Tras el asiento de la fecha, pensó:

-¿Cómo debo poner.....? ¿Estimado? no; ¿pícaro? tampoco; ¿mi querido.... ? Es mejor que ponga redondamente: «Malaquías  Yo....» ¿Yo qué....? No, es mejor así: «Has de saber que le dije a la señorita Rosa» No, ni riesgo. Es mejor que no tenga ni malicia de que le he dicho nada. ¡Tras de que esta boca mía tan lengüilarga! ¿En qué faldas me voy a meter cuando él sepa todos mis asuntos? No, yo no debo escribir: que me escriba él, si le da la gana. Y tirando pluma, tinta y papel en cualquier parte, se dispuso a pasar la noche de la mejor manera posible.

El cielo reverberaba de estrellas. La Vía Láctea, en una nube imprecisa, formaba en el infinito un cinturón de diamantes.

Ramona quiso dormirse, pero no lo logró. Malaquías, Rosa, su matrimonió, la tremenda revelación que había hecho, la mantenían despierta. Al fin, cuando un gallo, pasada la media noche, lanzaba melancólicamente su canto, un asomo de sueño recorrió su imaginación. ¿Se dormiría? Casi, si un quejido de Justina la hubiera dejado.

Arropándose en su pañolón salió, después, a ver el cielo. La luna, majestuosamente, flotaba en el espacio. Bañadas de luz las montañas, erguían, como desafiando al firmamento, sus moles colosales en donde, acaso, generaciones pretéritas duermen su sueño de siglos, olvidadas de la humanidad. La aurora, con su soplo de púrpura, llenaba de rubores el opalado cortinaje del' oriente.

-Por fin va a amanecer -se dijo la sirvienta:

Luego, encendiendo carbón en una hornilla de barro, se puso a hacer su desayuno.

-¿Quiere usted, abuelita   ? le dijo a la pobre vieja..

-Echa a ver -le contestó ésta. Estoy, sin pasar nada en toda la noche, que reviento de hambre.

Una taza de mal chocolate, sin parva alguna, le fue ofrecida.

Ramona, cantando, se puso a emperejilarse con mucho mimo. Después de peinar sus cabellos, los anudé en la cabeza con una rojísima cinta, untó sus mejillas con polvo de arroz, se colocó en el pecho un encendido clavel de una mata que ella cuidaba asiduamente, y viéndose como pudo en un mal espejo que en un baúl tenía, sonrió. Se hallaba bella. ¡Bella! es decir, el sueño ideal de todas las mujeres.

-¿Acaso soy tan fea? se dijo. Si Malaquías me ve así, mejor dicho, si yo veo a Malaquías así, o, en fin, si ambos nos vemos así ¿qué resultará? Hablemos con franqueza. ¿Las heridas de, mi abuela son muy graves? No valen un comino. La sangre que arrojó fue casi toda de las narices. ¿Quién no ha arrojado sangre de las narices? Yo la he arrojado infinidad de veces, sobre todo cuando tengo qué estar todo el día al pie del fogón ¿y qué me ha pasado? Nada; lo que quiere decir que eso no vale la pena.

¿Los dientes? Malhaya los dientes: eran dos retazos que apenas para caídos estaban buenos. ¿Entonces   ? Pues que todo ee asunto no vale siquiera que se piense en él. Además ¿no le dio el hijo de don Miguel quinientos pesos para curarse esa majadería? Yo, por quinientos pesos, soy capaz de dejarme cortar la cabeza! ¡Mi palabra de honor!

Después de todas estas consideraciones se sentó en el baúl del cual había sacado el espejo, y fumándose la colilla de un |tabaco, prosiguió diciéndose:

-¿Pero si va y efectivamente está enamorado dé la otra?  Entonces sí es de matarlo. Yo paso por lodo, menos por esa. Que haga lo que le dé la gana, pero que me respete. ¿No estábamos ya para casarnos? ¿No ha sucedido   lo que no ha debido suceder? Lo mato, es decir, si él no me mata a mí, porque, francamente, me puede matar de muchos modas. ¡Ah bribón!

El sol, tras todas estas, había aparecido en el horizonte. Escasos cuchicheos de aves, vocerío de los muchachos, resonar de las chocolateras, de todo se oía en la vecindad.

-¿Y efectivamente es que no vas a trabajar hoy? le preguntó su madre Refugio.

-¿No le digo que no? ¡Este día lo tengo destinado para comerme aquel canalla!

-Cuidado, pues. Ya sabes todo lo que hay qué decirle: que es un bandido que no ha respetado a ¡ni madre, después de ella haberlo querido tanto; que es un ruin que no te respeta a ti para irse con una cualquiera a pasar el día; que es un infame que no respeta la vejez para atacarla a garrote y a puñal....!

-A puñal no: ¡a puros puños!

-¿Puños? ¿Crees tú que fueron puros puños?

¡Fijate cómo le quedaron a mi madre los dientes!

-¡Bueno! Yo le pienso decir horrores.

-Y sobre todo -interrumpió Justina, que por la emoción casi no podía hablar, le vas a decir, oye bien, le vas a decir   

-Déjeme, madre -exclamó Refugio- que y también tengo otro encargo para hacerle.

-Aguárdate acabo yo -replicó la abuela. ¡Lo mío es lo más importante!

-¡Lo mío primero!

-¿No me vas a dejar hablar? ¿No te digo que aun acabe yo, hablas tú?

-¡Pero si es que es una cosa importantísima!

¡Déjeme, madre!        

-¡Silencio, malcriada, que no debes interrumpirme!

-Diga usted, abuela -exclamó Ramona- que después habla mi madre. A usted le toca primero.

-Pues bien -contestó entonces la aludida- le vas a decir, pero eso sí, cuidado se te olvida: le vas a decir que del casorio contigo no queda ni rastro. ¡Que busque otra más infeliz para ese asunto!

-Eso es -interrumpió Refugio- y que aquí no vuelva a aparecer, porque no lo comemos vivo!

-Está bien -contestó Ramona; y echando una última ojeada a su espejo, salió resuelta a engullirse vivo a Malaquías,a comérselo enterito!

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