CAPITULO XXV
¡Cállate, pluma, cállate! No reveles el hondísimo secreto que
ocasionalmente acabas de sorprender. No lo digas. No lo divulgues.
También tú has sido víctima, alguna vez, de esas tretas
sombrías que las almas forjan en la obscuridad, y puedes, por lo
tanto, sobreponerte a toda tentación para continuar serena tu
camino. ¿A qué remover un fondo que no haya de dar, como las
pantanosas márgenes del Nilo, una blanquísima flor de loto que
brille, bajo la púrpura del cielo, como un sitial de
resplandores?
Era la tarde de aquel día en que Ramona había hablado. Caía el
sol. Suaves repiqueteos de luz golpeaban las montañas cuando el
Capitán Cobos, inesperadamente, se encontró con Martín cerca a la
casa de Teodosia.
-¡Ah el malhadado consejo! pensó en el instante nuestro héroe.
¿Qué hago yo ahora? ¡Resignarme a morir! que dijera al ver perdida
una batalla campal. ¡Teodosia! ¡Teodosia! tú que calientas con tus
rayos este frío corazón y eras la llamada a engalanar con tu
hermosura las trencillas que llevo en mis vestidos ¿de quién irás a
ser? ¿Mía, o de Martín? ¡Ah caramba con lo sucedido! Bien dicen que
eso de consejos es para los viejos. ¡Pero qué caray! agregó también
para sí, abrazando efusivamente a su amigo.
-Así me encantan los hombres -añadió abiertamente. No hay qué
dejar para mañana lo que se puede hacer hoy. ¡Bravo, don
Martín!
-Por supuesto -contestó éste, no dejándosela correr. Estoy
principiando a poner en práctica el venturoso consejo.
-¿Y qué resultado va dando?
-Mire usted.
Teodosia, siempre con algún recato, pero con un clavel en la
boca, le sonreía tras la colgadura de una ventana, en su casa.
-Esto está riquísimo-dijo el Capitán. ¡Maravilloso!
-Capitán ¿cómo le parece a usted Teodosia?
-¡Espléndida!
-¿He tenido, pues, buen ojo para nuestro asunto?
-¡Ojo, purísimo ojo de lince!
-Y cuando lo sepa Rosa ¿qué hará?
-¿Cuando ella lo sepa? ¡Ah caramba! ¿Sabe qué va a suceder? Que
ni usted ni yo vamos a poder aparecer por allá ni pintados -dijo,
soltando una sonora carcajada.
-¡Capitán!
-¡Ah! ¡pero supóngase! Yo pienso irme ya, antes de que a ella se
le antoje hacerle una visita a esta niña, y nos encuentre aquí.
-Capitán ¿y su consejo.......pues?
-¿Mi consejo? Nos va a salir por un ojo.
Martín sonrió. Teodosia, con cierta timidez, no se atrevía a
salir completamente a la ventana.
--¿Por un ojo?
-Sí, completamente. Yo, cuando daba el consejo, no pensé que
usted picaría por aquí. ¡Ha sido una cosa fenomenal! Si hubiera
sido en un campo de batalla, me habrían fusilado
inmediatamente.
-¿Por qué?
-Por mal estratega.
-Capitán ¿quiere que tiremos a la suerte a ver si nos vamos, o
nos quedamos?
-Tiremos, a ver.
-Quiere decir que si pierdo, yo no vuelvo aquí, y si gano
-Sigue viniendo hasta que la señorita Rosa lo sepa.
-¿Sabe usted una cosa, Capitán?
-Vamos a ver.
-¿Que hace varios días no tengo apetito alguno?
-¡Ah! eso no tiene ni para qué decírmelo a mi. Cuando yo me vine
de Bogotá no hacia más que beber cerveza en el camino, y recitarle
versos a mi dolor. ¡Era una gana de volverme, estupenda! Pero ganas
de comer, ni pintadas.
-¿Y eso a qué se deberá, Capitán?
-Qué vamos a saber nosotros. Los médicos, que todo lo quieren
explicar, dicen que es cuestión de bacilos, cuestión del
pneumogástrico, cuestión de cualquier cosa; pero yo lo que digo, en
un asunto así y pidiendo excusas muy sinceras a usted, es que es
cuestión de despecho.
-Sí, Capitán, cuestión del bacilo amor.
-¡Claro! ¡Qué otra cosa va a ser! Teodosia, viendo la jovialidad
que entre Martín y el Capitán parecía existir, se aventuraba, línea
a línea, a dejar ver un poco más su cuerpo. Era su traje de un azul
pálido, sobre el cual lo negro de sus cabellos y la diáfana tersura
de sus mejillas se destacaban triunfalmente. Un collar de
brillantes que su pecho lucía, la convertía en una fulguración.
-¿Echamos ya la suerte? preguntó el Capitán.
-Si, cuanto antes -dijo Martín.
El resplandor de una esterlina brilló en sus manos.
-Pida usted, Capitán, y encomiéndeme a Dios.
-Por supuesto; y aún a las once mil vírgenes.
-¿Con cara, o con sello .....?
-Permítame, señor, Peñasco. Las esterlinas tienen un no sé qué,
que embarazan la mente. Es mejor con una moneda de plata.
-Con lo que usted quiera, Capitán.
La moneda de plata apareció.
-Está bien; pero hay qué poner otras condiciones.
-Todas las que usted guste.
-La primera es que si usted gana, yo podré acompañarlo de vez en
cuando.
-O viceversa -añadió Martín.
-La segunda es que si usted llega a enamorarse, no me echará la
culpa a mí.
-Pierda cuidado, Capitán.
-Y la tercera es que si se casa, y estoy yo
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aquí, me
convidará a la fiesta.
-O viceversa -iba a decir Martín, cuando reflexionando, exclamó:
¿Pero es que usted piensa que yo podré casarme con otra que no sea
Rosa? Si todo esto lo estamos haciendo para conquistar ese
amor!
-¡Clarísimo! pero es para e! caso de que suceda lo que yo
digo.
-Además, que no sabemos lo que piense la señorita
Teodosia.
-Pues imaginemos que nos acoja a usted o a mí.
-Capitán ¿no sabe que su consejo me está poniendo a pensar?
-¿Por qué.....?
-Por una cosa muy sencilla. ¿Qué cara hiciera yo que con todo lo
que he querido a Rosa, fuera y enamorándome de Teodosia, me casara
con esta?
-¿Qué cara? Después de estar enamorado, la haría espléndida!
-No me charle, Capitán. Era una cosa que yo no me perdonaba
nunca.
-¿No echamos, pues, la suerte?
-¡Echémosla!
-Tire usted.
-Pida, pues.
-Con cara.
-¿Con cara qué?
-¿No sabe que me da miedo? Pero en fin, tire....
-Pida, Capitán.
-¡Con cara, gano!
La moneda, arrojada por Martín, fulguré en el aire, cayó a
tierra, echó a rodar un instante, y luego, perezosamente, se quedó
como dormida con el escudo de Colombia de frente al firmamento.
-Perdió, Capitán. ¡Lo invito para la boda!
Cuando nuestros protagonistas se agachaban a recoger la moneda,
sonriendo amablemente, y cuando Teodosia, llena de curiosidad,
alargaba su cuello de nieve tratando de interpretar lo que aquello
significase, la gente que en la calle había echó a correr en
dirección determinada.
-¿Qué es esto? dijo el Capitán.
-Ya lo sabremos -contestó Martín.
Efectivamente, a pocos instantes, con el rostro cubierto de lodo
y de ira, brillantes los ojos y las ropas desgarradas, cruzó cerca
a ellos un mozo más bien bajo y delgado, en medio de dos agentes de
la Policía;
Al ver a Martín, casi lo escupe. Era Malaquías que tras el
correspondiente denuncio de Refugio, venía a responder por los
dientes de Justina, la abuela de Ramona, a tiempo en que el sol,
lanzando una última llamarada, desaparecía entre las galas del
Poniente.