CAPITULO XXIV
Ni Refugio ni Ramona se dieron cuenta precisa de lo que
significaba la llegada de Justina, en aquella forma; pero cuando
Martín, saliendo tras el Capitán, después de entregarle a la vieja
en sus propias manos una moneda de cinco dólares para que comprara
sus medicamentos y acaso más que todo, porque la sirvienta de la
casa de Rosa lo vierase alejaron de aquel lugar, la angustia más
intensa se apoderé de sus corazones. La narración que sobre su
aventura le hizo la aporreada mujer, las dejó de una sola pieza.
Por nada en el mundo hubiera creído la desesperanzada sirvienta
aquella relación, si los terribles resultados que en su abuela veía
no se lo dijeran a grito herido. Una lágrima, que despedazaba sus
párpados al brotar, principió a correr silenciosamente por sus
mejillas, como una verdadera gota de fuego.
-¿Qué va a ser de mi matrimonio? se dijo. ¿Qué de mi anillo?
¿Qué de algo aún más grave?
Una mirada que posó sobre Refugio, pareció hablarle de todos sus
desengaños en aquella hora. Ni los sucios vocablos que Justina
lanzaba, ni el llanto de su madre, ni las quejas terribles que
contra Malaquías desgranaban los vecinos que a ver lo sucedido
aparecían, eran capaces de sacarla de la amarga abstracción en que
se encontraba. ¡Adiós dulces ilusiones, caros ensueños, arrobos
delectadores! ¡Adiós, todo! Al fin, tras un sordo crujido de su
alma, se preguntó:
-¿Y esta vieja maldita por qué fue a meterse en lo que a ella no
le importaba? ¿Qué cuentas que Malaquías anduviera con una y mil
mujeres, no siendo ella la que lo tiene qué soportar? ¡Ah si yo lo
encontrara ahora! Claramente le haría ver que nuestro asunto es
asunto propio en el cual nadie tiene por qué mezclarse, y que por
ese mismo motivo nuestro matrimonio no se debe ,deshacer. No
faltaba más sino que por una vieja entrometida, que en todo debiera
estar pensando menos en cosas de este mundo, fuera a desbaratarse
lo que yo con tanto gozo he acariciado. ¿Pero a donde iría a parar
él? Ese no vuelve por aquí; mas yo, si averiguo en dónde se
encuentra, me voy tras él, aunque me lleve el diablo: ¡aun cuando
me lleven cuatrocientos mil diablos!
Ya no era propiamente la angustia lo que se pintaba en su
rostro, era la ira lo que sombreaba sus mejillas. Si se la hubiera
pinchado con un alfiler, hubiera brotado veneno.
-¡Ah infeliz de mí! ¡ah desventurada, una y mil veces maldita!
¿Para qué viniste a este mundo? se decía interiormente, reventando
de coraje. Y ahora ¿qué le voy a decir a la señorita Rosa? ¡Tan
arrastrada yo, tan supremamente majadera que me apresuro a contarle
lo que por mucho tiempo hubiera debido callar, hasta saber si
efectivamente lo que aquel bribón me decía era verdad! ¿Bribón? Sí,
bribón, una y mil veces abominable! ¡Perdido, sucio, ruin, villano!
¿De dónde fue a sacar ese monstruo de todos los demonios, a esa
desvergonzada con quien tan libremente venia, para que nos
sucediera lo que nos ha sucedido? ¿En dónde estaba ese infierno que
yo no lo vi para haberle arrancado las entrañas con mis propias
manos, y así habérmelas comido? No. Mi pobre abuela tuvo toda la
razón. Debió habérselos engullido, debió hacerlos pedazos, presa
por presa. Y no pudiéndose contener, se le acercó a Justina.
-¿Sabe usted quién era esa infeliz? ¿Sabe qué se hizo ese
canalla?
La contestación de la vieja no la podemos transcribir aquí. En
esos bajos fondos sociales hay palabras que son verdaderos
detritus, verdaderas emanaciones pestilenciales que uña vez
paladeadas dejan el alma enferma para toda la vida. Se siente, al
escucharlas, como si las válvulas de los albañales públicos se
abrieran de repente, y sin tiempo para su defensa, envolvieran los
organismos en aquella podre inimaginable que roe, como una lepra,
la eucarística vestidura del espíritu. Sólo diremos, pues, que al
terminar sus frases y para dar más trágico colorido a sus
afirmaciones, abriendo su boca, le enseñó sus enejas peladas, sin
un asomo de diente en sus alvéolos: ¡el puñetazo de Malaquías los
había hecho rodar por la carretera, como el último despojo de una
existencia maldita!
-¡Ahora si me llevó el diablo, el purísimo diablo! se dijo la
muchacha; y resuelta a aguardar como pudiera el nuevo día, se tiró
por allí en cualquier parte, sin siquiera desnpdarse de su ropa
exterior. Cuando la alborada clareó, viendo que más se trataba de
una tragedia moral que de un accidente material gravísimo, Ramona
se dirigió a su trabajo en casa de don Rufino. Es verdad que la ira
y la angustia que espiritualmente la mordían, no son para pintadas;
pero no teniendo otra cosa qué hacer, iba a donde siquiera tenía su
alimentación segura.
-¿Cómo amaneció don Rufino hoy? le preguntó a Rosa.
-Parece mejor-le contesté la joven. Esa especie de borrachera y
esos zumbidos que decía sentir, han desaparecido. Estamos
esperanzadas en que esto, como lo aseguró el médico, a nada
ascenderá.
Ramona dio principio a sus quehaceres. Tenia firme propósito de
no volver a hablar a Rosa de su matrimonio, pero esa ansia de
expansión, ese anhelo de piedad que experimentamos cuando un dolor
nos hiere, aun cuando conozcamos que riada bueno nos haya de venir,
hicieron desatar su boca, cuando menos lo esperaba. Fue un poco
antes de la hora de almuerzo. Al compás de una sartén que chirriaba
alegremente con los chicharrones y rebanadas de plátano y patatas
que en su seno se freían, la sirvienta prorrumpió:
-¿No sabe que anoche casi matan a mi abuela Justina?
-¡Imposible! ¿Y qué fue lo que le pasó?
Ramona hizo una contracción amarga en su rostro.
-Malaquías, mi novio., ¿Conoce usted a Malaquías?
-Alguna vez me lo enseñaste.
-¡Pues bien, el bribón ese casi la mata anoche!
-El ¿tu novio? preguntó Rosa, completamente
desconcertada.
-Ya ve usted; y tras la correspondiente relación de todo lo
sucedido, añadió: Pero lo que yo más siento es que él se haya ido,
sin saber en dónde pueda volver a encontrarlo!
-¡Pero ustedes sí están bien de malas! ¿En una sola semana tanta
cosa
-Ya ve usted, señorita. ¿Y sabe quiénes fueron los que a casa se
aparecieron con ella?
-No, qué voy a saber yo.
-Pues nada menos que el señor don Martín Peñasco, junto con un
militar.
-¿...Martín?
-Sí, Señorita. Como ellos fueron los únicos que vieron la pelea
recogieron a mi abuela del suelo, y apoyada en sus brazos, la
llevaron hasta casa.
-¿Martín y un militar ? Casi no lo creo. Si yo los hubiera
visto, reviento de placer.
-¿Cómo así?.
-Los hubiera envidiado.
-¿Por qué?
-Porque esas acciones son las que a mí me llenan de
felicidad.
-Sí, yo sé que usted es muy buena.
-No, no soy buena, pero si quisiera serlo.
-¿Sabe usted otra cosa? decía la sirvienta sin interrumpir su
oficio.
-¿Qué cosa?
-¿Que don Martín le regaló a ella quinientos pesos papel?
-¡Cuánto lo celebro! exclamó Rosa reventando de gozo. Es una
acción demasiado bella.
-¿Pero sabe usted otra cosa?
-A ver.
-¿Que Malaquías me jugó una muy pesada?
-Ya lo creo.
-No es la aporreada de mi abuela.
-Ni la de mi matrimonio.
-¿Entonces qué? preguntó ya un poco impaciente Rosa.
-Voy a contarle a usted, pero en mucho secreto para que nadie lo
sepa: ese bribón fue el que le escribió la carta que encontró-
usted en el portón.
-¿Malaquías, el que llamas novio tú?
-Sí, señorita.
Rosa hizo un gesto de profunda sorpresa.
-¿Lo sabes tú, de positivo?
-Sí, señorita; por eso yo, ese día, me vine detrás para
decírselo a usted, pero como vi que usted había quemado dicha
carta, me callé.
-Y la primera ¿también la escribió él?
-¿Cómo la primera? ¿También le habían escrito otra ya? dijo,
como muy llena de sorpresa.
-Sí, otra, completamente llena de infamias contra el padre de
Martín.
-¿Otra carta como la que recogió en el portón?
-Si, otra igual.
Ramona aparentó quedarse de una pieza. Sólo la volvió en sí el
chirrido desmesurado que la sartén despedía.
-Pues mi purísima verdad que de esa nada sé. Puedo asegurar que
ellos , mejor dicho Malaquías, no le ha escrito sino uña.
-¿Y por qué dices ellos....?
-Es que una sé equivoca muy fácil.
Para Rosa era claro que de aquel sartal de bribones era de donde
habían salido las susodichas cartas, sin lugar a ninguna duda.
-¿Y son -se dijo- esa casta de gentes pérfidas las que así
destruyen mi felicidad? ¿Y es a ellas a quienes habré de dar
crédito en todo lo que dicen? ¡Ah! pero ¿y la afirmación de mi
padre
Rosa fue a retirarse.
-Tengo qué decirle otra cosa todavía -murmuré Ramona.
-Díla, pues, que tengo mucho qué hacer.
-¿Y no se enoja conmigo?
Rosa vaciló. Precisamente en aquel instante estaba pensando cómo
hacía para retirar de su casa a aquel ser desventurado que por sus
obras, era ya un verdadero peligro; mas se repuso, y contestó:
-Yo no me enojo con nadie.
-¿Y tampoco me echa de aquí?
-Tampoco.
-¿Ni le dice a don Daniel ni a don Rufino?
-Menos.
La sirvienta, echando en una fuente lóceada lo que en la sartén
freía, guardó un momento de silencio. Rosa, tentada por la
curiosidad, esperé.
-Es que me da miedo decirlo -exclamó al fin la sirvienta.
-¿Por qué?
-Porque es una cosa que no quisiera revelarla.
Rosa la miró de pies a cabeza. Un estremecimiento de temor y
amargura se pintaba en su rostro purísimo, y una contracción
terrible apretaba su corazón. Llena de miedo, fue a retirarse.
-Voy a decírselo ya -prorrumpió Ramona. Acérquese, que no oiga
nadie, que nadie lo sepa
Rosa se acercó.
La sirvienta le vacié entonces el secreto que ocultaba.
-¿No se lo dirá a nadie, señorita? agregó tras esto.
-A nadie.
-¿Ni aún a don Rufino?
-Ni siquiera a él.
-¿Ni se enojará conmigo ni con ....?
-iCon nadie, absolutamente con nadie!
Rosa, intensamente pálida y con la frente cubierta de sudor, se
alejó de la cocina. Cuando a poco, saliendo de su cuarto, se sentó
en el comedor a almorzar al lado de doña Maria y de Daniel, las
lágrimas, en sus ojos, se caldeaban intensamente para que no
salieran al exterior divulgan do su amargura en aquella hora plena
de desengaños, plena de tragedias!