CAPITULO XXIII
No puede, en verdad, darse un desengaño más terrible que el de
Justina sobre el hijo de Luisa Sandoval. Ese andrajo de mujer
cargado de años y de necesidades, ese residuo humano que desde su
juventud sintió en su alma la acerva hiel del sufrimiento, creyó,
por un instante, que Malaquías la iba a llenar de gozo, casándose
con su nieta. Bebió ese amor en sus miradas, lo percibió en su
boca, lo sintió reflejado en cada una de sus acciones; y por eso
cuando el tronera se domicilié en su hogar como en casa propia,
ella, la que en tiempos mejores sintió en las abras andinas el
dulce parloteo de los escolares prestándole veneración, creyó que
era el momento en que por fin, elevándose un poco sobre aquel
pantano social en que estaba recluida, iba a ver con sus propias
flácidas pupilas la redención de los suyos, al menos por aquel
camino en que ella no pudo penetrar y que era -se decía- el único
timbre de honor que la vieja María podía lucir contra ella. Ya se
sentía, a pesar de su vejez, arrullando con sus mimos aquella
bandada de chiquirritines que ese matrimonio le habría de dar, para
estregárselos en su frente a quienes quisieran ser más que todos
ellos, diciéndoles:
-iCuidado, pillines, que no son hijos de una mujer
cualquiera!
Ya los veía corriendo delante de su casa, ya los sentía reír en
sus rodillas, ya apuraba la calidez de sus besos en sus bocas
rosadas, mientras Malaquíás, sentado por allí en cualquier parte,
les labraba una peonza o les regaba en su camino un montón de
corozos, enseñándoles sus dientes blanquísimos bajo el labio reidor
cubierto de tupido vello. ¡Qué importaba que no trabajara! Con tal
de que eso sucediera, ella sacaría fuerzas de su propia senectud
para ayudar a llevar la carga que su nieta, gozosa, pensaba echarse
encima. Cómo se puso de orgullosa cuando Ramona, tras la entrega de
la media libra y del acariciado anillo, les dijo a ella y a Refugio
que ya todo estaba determinado para el casorio: las argollas y los
tres meses de plazo; pero cuánta fue su desilusión cuando al
siguiente día, al llevar esa espléndida noticia a una de sus
amigas, ésta, mirando a la pobre mujer en sus propios ojos, le
dijo:
-¡No seas boba, que ya estás muy vieja! Ese perdido no se casa
con tu nieta. En este instante lo acabo de ver pasar con una zamba
toda llena de colorete, en dirección a la «Avenida». ¡Déjate de
estar -creyendo en los huevos del gallo!
-¿Por tu palabra de honor?
-¡Por mi palabra de honor!
No fue una simple vociferación, fue un verdadero rugido lo que
la infeliz vieja lanzó al escuchar aquellas frases. Todo el
castillo de sus ensueños desapareció a sus ojos, y el amor que por
el tronera hervía en su alma, principié a convertirse en una ola de
rencor. Casi, a fuerza de rumiar esa aseveración desgraciada, le
pareció un imposible la conducta achacada a Malaquías. Para
convencerse, bastaba una sola decisión: irse ella, también, para la
«Avenida». Era la mejor manera de salir de dudas. Sin decir una
palabra a nadie, tomó el meditado camino. Cuando más, si algún
curioso la notaba, le podría decir que iba a visitar a su pobre
nieto, el mártir del 20 de Julio, allí en la morada de la muerte,
es decir, en el Camposanto. Afortunadamente, o quizás
desgraciadamente, con nadie encontró que la embarazara en su
jornada. Cuando llegó en frente del Cementerio, el sol había
traspasado ya el cenit. Pareciéndole pecado no entrar un instante,
corrió a la tumba de Tristán, le rezó una breve oración, y volvió a
salir a toda prisa.
El sol, cayendo casi de lleno en sus carnes, la fatigaba
intensamente, lo que no fue obstáculo para que llegara hasta "La
Paz", en donde se sentó un larguísimo rato. Las gentes, creyendo
que fuese una pordiosera, apenas alzaban a mirarla.
Viendo que no hallaba asomos de su Malaquías, emprendió su
regreso tras haber comprado en un ventorrillo, algún miserable
alimento con cinco centavos que en sus bolsillos escondía.
-¿Y si me ha engañado aquella, bribona? se dijo. Sería capaz de
matarla.
Revolviendo pensamientos semejantes pasó cerca al Capitán y
Martín; pero luego, en un último esfuerzo de su obstinación, se
detuvo cerca a «La Palma», resuelta a esperar allí hasta las ocho
de la noche. Era imposible que ya a esa hora el bribón no estuviera
de regreso, si acaso su paseo era de verdad. Lo dispuesto estaba
perfectamente calculado. Malaquías, que en un arrobo de expansión
había subido con su encoloretada beldad hasta el «Alto del Perro»,
regresaba ya con unas cuantas
|copas en la cabeza que le
mostraban chiquirrito el mundo, riéndose de la candidez de Ramona,
de Refugio y de Justina, cuando ésta, olfateando su presa en la
oscuridad, se abocó hecha una hiena contra él. La acometida fue
rudamente bestial. La misma compañera de Malaquías, que creyó
llegado su postrer momento, tomó las de Villadiego, sin saberse a
dónde fuera a parar. Pero aquél que no pudo escapar de la misma
manera sintió cómo se clavaban en sus carnes las uñas y los pocos
dientes que aquel espantajo tenía; y recordando entonces que
maldita la gracia que le haría morir en tales manos, desembarazó
las suyas le dio un rodillazo en el abdomen y un golpe seco en la
nariz, lanzándola por tierra como un guiñapo miserable que no
merecía conmiseración alguna. Al ver esto, sintió miedo, y huyó.
¿Qué le importaba ya la desventurada vieja? ¿Qué la sirvienta
desgraciada? Es verdad que él, ni siquiera por ociosidad, había
pensado en casarse positivamente con semejante infeliz; pero allí,
en esa casa, tenía lecho y alimentación, y ésta sí era una cosa que
había venido cuidando con consagración decidida. Pero ahora, que se
llevara todo eso un trueno. Lo esencial era que la Policía no le
echara mano, y después, que sucediera lo que sucediere. Pero Martín
y el Capitán hablan visto aquello. ¿Qué hacer? En ambos se despertó
un hondo sentimiento de caridad. La carretera estaba sola. Ningún
ser, fuera de Justina que continuaba escupiendo sangre, y cuyo
cuerpo desfallecido no podía tenerse en pie se veía en aquel
momento.
-Coja, Capitán-dijo Martín.
-Por supuesto -respondió el Capitán: y colocando debajo de los
exangües brazos de la vieja uno de los suyos, aquellos hijos de la
aristocracia y el comercio, de las armas y el capital, comenzaron a
andar con aquel fosco residuo de la vida, en dirección a su casa,
lanzándole, en veces, dulces palabras de consuelo.
Sonreían en el cielo las estrellas. Brisas rumorosas, cargadas
con aromas de salvia, subían por las laderas de la «Avenida»,
desflecando sus besos recogidos en el Chinchiná y en el Olivares,
en una cadencia de linos; agitaban los eucaliptus, como
abanicamiento de palmas, sus copas enhiestas en la diafanidad de la
atmósfera, al paso de aquellos seres; y desde el fondo de la
Naturaleza, un rumor misterioso, comprendido sólo por el pensador,
parecía desgajar su himno triunfal sobre aquel grupo anónimo que en
medio de la oscuridad, cumplía el gran mandamiento de Jesús: el
amor a nuestro prójimo, el amor a los desventurados.
Cuando llegaron al desharrapado hogar, Ramona, viendo aquello,
se quedó estática, sin- saber si llorar, o bendecir, mientras las
estrellas, desde el cielo, continuaban descargando sobre ese cuadro
su sonrisa de plata, como una fulguración de victoria!