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CAPITULO XXII

En la tarde de ese mismo día, Martín y el Capitán Cobos avanzaban, como buenos amigos, por  la «Avenida Cervantes». El verano, que como sucede frecuentemente en Manizales, se acentuaba cada día más, revestía de un amarillo intenso los pastales de las mangas y llenaba de polvo la carretera, al menor soplo de viento.

-No me explico -decía el Capitán-  la conducta de la. señorita Rosa. Acaso todo sea obra de su timidez. A mí me parece ella un ser encantador, pero la hallo en extremo recatada, en extremo modesta. Ojalá su casa no me produjera tantísimo recogimiento, para que viera cómo arreglaba yo ese asunto.

La Llegaban en ese instante cerca a «La Palma». majestad de los Andes revestía todo se esplendor. Azules en sus cimas, bañados de oro en sus costados, con suavísimos toques de esmeraldas a sus plantas, sus murales parecían construidos para defender la omnipotencia de un dios, lleno de gloria y de poder. Llegaban brisas embalsamadas con el aroma de las salvias floridas; y tras el rumor que subía del Chinchiná, aparecía la vecina población de Maria como un nidado de palomas que recogiéndose bajo las alas de la montaña, se propusiera esperar dulcemente la noche para su sueño tranquilo.

Saboreando sendos habanos, nuestros paseantes continuaron su avance por la "Avenida". Una vieja, de rostro ajado por los años, y con visibles muestras de amargura en sus ojos, cruzó cerca a ellos, vestida con negros andrajos de ropa que le daban un aspecto repugnante. Era Justina. ¿Venía acaso del Cementerio, de visitar la tumba de su nieto? Al ver a Martín le hizo una mueca despreciativa.

Nuestros protagonistas continuaban, en tanto, departiendo así:

  -Es la joven más rara -decía Martín, tras haber dado al aire una bocanada de humo. Es excepcional.

    -¿Y por qué no la tantea, poniéndole otra novia? Es cuestión de estrategia. Napoleón decía que el mejor modo de vencer a las mujeres es fingiendo retiradas.

-No me disgusta la medida-dijo Martín.

-lEs una medida especial! Si ella lo quiere, revienta de celos el día en que sepa que usted está loco por otra, y si no lo quiere, puede que ese otro amor, disipe el primero.  La vida tiene uno qué aprender a llevarla para no reventar. Cuando yo me encontraba en Bogotá estaba perdido por una china ¡caramba con la china! pero de tal manera perdido que yo suponía me iba a echar por tierra mis ensueños de gloria. No comía cuando ella no estaba contenta, no dormía cuando en el día no me habla mirado, me desesperaba como un loco en el cuartel cuando suponía que ella no estuviera en la ciudad, en fin que era mi dulcísimo tormento. Supóngase, pues, como irla a ser de terrible mi  partida; pero previendo todo eso, busqué en otro barrio otra chica encantadora, bailé con ella, fuimos juntos a Chapinero, ¿y sabe qué resultó? que cuando me iba a venir, a pesar de ser más bella la primera, mis suspiros iban dirigidos a la segunda    ! ¡Pero qué suspiros!

-El Capitán, recordando estos amores, reía alegremente. Martín, ahogando sus propios recuerdos, también trataba de sonreír.

-Conque, fíjese -continuó el narrador. Es el mejor medio dé borrar una imagen dulce.

-Pues yo voy a ensayar -contestó Martín ¿pero qué muchacha busco?

-¡Ah caramba!-se dijo a sí mismo el Capitán.  Como no vaya y le venga en ganas la señorita Teo­dosia, y me salga a mí el consejo por un ojo.

En ese momento Malaquías, que muy a menudo se mantenía en las afueras de la ciudad, hacia servir dos copas de aguardiente en una tiendecilla que había cerca al Cementerio. Lo acompañaba una muchacha de unos diez y ocho años, lleno el rostro de colorete.

-Mira le dijo a esta ese que va con ése militar, es hermano mío.

-¿Tu palabra?

-Por ésta; y haciendo con sus dedos un signo muy en boga entre los truhanes, agregó: ¡Mi purísima verdad!

La tarde iba muriendo. Un reguero de luces suaves, acariciado por las brisas que de todas partes subían, bañaba las copas de los árboles en una transfiguración de oro. Una que otra ave, resto escaso de las que en otro tiempo alborotaban con su número crecido los follajes espesos, lanzaba, desde un lánguido trenzado de hojas, su canto vespertino a los funerales del sol.

-¿Y por qué no consigues harto dinero con él? le preguntó a Malaquías su insigne beldad.

-Porque esos son unos bribones. Pero yo no tengo necesidad de ellos. Igual a ese anillo que vendí hoy, tengo muchísimas docenas. A mí es que no me gusta la ostentación.

El sol se ocultó. El azul de las montañas fue completo. Un reguero de silencio pareció cruzar las serranías. Se vistió el cielo de una suprema diafanidad.

Malaquías, tras una meditada posa en aquellos contornos por miedo de Ramona, continuó, con su compañera, el regreso a la ciudad. Es posible que si hubiera maliciado que por allí había estado Justina, los caros ojos de su Maritornes hubieran conocido, en esa hora, toda la verdad de un trágico desconsuelo.

También el Capitán Cobos y Martín, tras haber llegado a «Versalles», punto en que la ya conocida escena del faldero vino con demasiada limpidez a su memoria, tomaron su correspondiente regreso. No era suficiente la verbosidad del Capitán para robarle por completo, al segundo, toda su atención. Mordido por el plan que su amigo le había bosquejado, revolvía en su mente la manera como pudiera ponerlo en ejecución, hallando una muchacha bien encantadora. ¿Pero quién sería esa muchacha? ¡Teodosia! le gritó su corazón; y entonces, como por arte mágico, aquella frase que ella le había lanzado en el Parque y a la cual presté atención tan escasa, surgió arrulladora en sus oídos. ¿No debía ser ella, es decir, Teodosia, la joven que lo quería más, mucho más que Rosa, la de alma incomprensible? Claro, ella debía ser; pero ¿y el Capitán? Aun cuando éste no daba a sus aspiraciones el viso de una realidad ¿no comprendía Martín que sus ojos miraban con marcado embeleso el rostro de la joven, y que si ésta lo deseara, ese representante del ejército caería a sus plantas, hechizado? Pero    ¿no fue él quien me dio el consejo? se dijo. Y en último caso ¿de qué otra cosa se va a tratar sino de una broma inocente? Yo, aun cuando no dejo de comprender que esa señorita es un esplendor, no la aceptaría, a cambio de Rosa, por nada en la vida. ¿Por qué? Sencillamente porque amo más a la última.

En medio de la sombra que ya caía, pues la luna principiaba a menguar y su aparición en el oriente se retardaría un poco, el Capitán y Martín escucharon, a algunas decenas de metros delante de ellos, un ruido singular que prontose convirtió en una desatada irrupción de gritos mordaces.

-iCanalla, descarado, atrevido! eran las voces que más claramente se oían.

-Es una pelea - dijo el Capitán.

-Si, una pelea - asintió Martín.

Otro grito más fuerte resoné.

Apuraron el paso.

Algo como una hiena se agarraba al cuerpo de un hombre, mordiéndolo, arañándolo, haciéndole pedazos sus vestiduras, forcejando con una fiereza inusitada. Luego se escuchó un acecido, crujieron las carnes, se contuvieron los alientos; y antes de que nuestros paseantes se dieran cuenta precisa de lo que allí sucedía, una sombra, rauda cual una exhalación, cruzó cerca a ellos, perdiéndose en la dilatada vía que la noche acariciaba.

Un cuerpo, en medio de ¡a carretera, trató entonces de incorporarse sobre sí mismo; y a la vaga claridad de los astros que en el firmamento titilaban, vomitó, más que dijo, estas palabras, acompañadas de una bocanada de sangre:

-iAsesino, canalla, ladrón!

Era la vieja Justina que aun saboreaba su odio, su desengaño, sus desesperanzas todas contra el pillín de Malaquias!

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