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CAPITULO XXI

Sin un solo centavo en el bolsillo y sin de qué echar mano para conseguir dinero alguno, quedó Malaquías en su juego de cartas en el «Cementerio Viejo».

-¡Váyanse al mismo demonio! les dijo a sus compañeros cuando tras el último albur, les exigió, sin resultado favorable, que le prestaran con qué buscar desquite.

Bajó entonces, hecho una hidra contra su existencia, a la Calle Real. Un agente de la Policía que lo conocía bien, le sonrió, al pasar a su lado, con una sonrisa que parecía decirle: ¡Cuídate de mí, bribón!

-¡Vé a reírle a tu madre! murmuró entre dientes el despechado hijo de la vagancia; y continuó su paso.

Muy callado -lo contrario de lo que sucedía cuando tenía dinero entró a un billar. Un montón de seres pobremente vestidos, cuyo haber monetario no parecía sumar cosa que valiera la pena, se encontraba alli. Malaquías se sentó a su lado, en donde lanzó un hondo bostezo.

Una partida de |palonegno tenía lugar.

Al escuchar los gritos sobre apuestas, nuestro mozalbete volvió a la completa realidad de su vida, y llegándose a uno de sus amigos, le dijo:

-Préstame diez centavos.

-¿Diez qué.....? le contestó el otro. No he ido a comer porque no tengo con qué pagar ni el desayuno! Tú siquiera, donde la vieja Justina, tienes lo que necesitas.

Malaquías sonrió: en ese instante recordaba que allí, en ese hogar miserable, había una prenda valiosa que mucho le podía servir. ¿Acaso era tan poco perspicaz para que no hubiera visto cuando la |santa le entregó su anillo a Ramona? Eso para bobos. Pero    ¿cómo quitárselo? Muy fácil: amenazándola. ¿Amenazándola con qué   ? Con cualquier cosa. Algo de mucho valor había de haber entre |la santa y su dilecta, cuando la primera llegaba a regalarle a la segunda sus propias joyas, como si no valieran nada. ¡Ah si él descubriera ese lío, y el otro!.  Porque la carta sola -pensaba- no era la de todo eso. Sin entretener su imaginación en otro asunto, se dirigió a casa de Ramona. La desventurada muchacha, con ese montón de gratos ensueños que todos acariciamos en el albor de la juventud, lo recibió alborozadamente.

-Te estabas demorando a comer -le dijo ésta con un gesto que más que regaño era un cariño.

-Si vieras que es que he estado dando muchas vueltas

-¿Vueltas para qué? preguntó la, muchacha.

-¿Para qué? ¿Pues no lo adivinas? Para conseguir con qué casarnos.

Ramona abrió tamaños ojos.

-Embustero -le contestó, cogiendo un plato y llenándolo de comida.

-Mi purísima verdad.

-¿Y cuánto tienes qué conseguir?

-Por ahora únicamente ochocientos pesos; míseros ochocientos pesos papel moneda, para        mandar a hacer las argollas.

-¿Y cuánto tienes ya? dijo, entregándole el plato de comida.

-Apenas la mitad.

Ramona meditó un momento. ¡Argollas! ¡Matrimonio! ¡Ah qué palabras más dulces!

-¿De veras?  ¿Tú sí estás haciendo eso? le preguntó nuevamente la muchacha.

-Por mi palabra de honor.

La comida, con cierto desgarbo, era apurada por Malaquías a grandísimos bocados.

-¿Y cuándo crees que nos podremos casar?

-Dentro de tres meses.

-¡Ay! me parece tanto tiempo-contestó Ramona, sentándose a su lado.

-Si tú pudieras disponer de alguna cosa, lo haríamos antes.

-¿Como de qué.....?  

-De algo que sirviera -para poder comprar lo que se necesita.

-Pues mira, donde don Rufino me deben un mes de trabajo; y, además, agregó, sintiendo que el corazón le latía fuertemente.

-¿Además qué? preguntó ansiosamente Malaquías.

Ramona vaciló un momento. Tenía en su mente algo más de lo que en la suya tenia el pilluelo: el anillo y la media libra, de cuerpo presente. ¡El anulo y la media libra!¿Pero le entregarla la joya sin ponérsela siquiera una sola vez, y la media libra, así enterita .....? ¿Y si sucedía que el mozalbete ese no se casaba con ella .....? No, esto último no era posible. ¿Cómo podía despreciar ese amor tan grande que ella le tenía, y todas esas atenciones que en su casa fe prodigaban? ¡Ni siendo el hombre más malo que pudiera encontrarse!

-¿Tú sí me quieres de veras? le preguntó Ramona, sorbiéndoselo con sus ojos.

-¿Pero tu lo dudas? ¿No ves que la única mujer que yo tengo eres tú?

Cualquiera otra que hubiera escuchado esta frase terrible se hubiera espantado, pero Ramona, por el contrario, sacando con mucho disimulo de su seno en donde los tenía escondidos la media libra y el anillo, se los entregó a Malaquías, acompañándolos de una sonrisa.

-Toma -le dijo- con esto todo queda arreglado.

El triunfo del tronera era absoluto. Ni siquiera la amenaza que entre ceja y ceja tenía guardada, hubo de poner en acción para lograr lo que se había propuesto. Al ver esas prendas en sus manos, casi salta de gozo.

-Nos hemos salvado-murmuró. Ya sabes que le dices a la |señorita que ella y su hermano nos han de servir de padrinos!

Ramona se sonrojó. No podía creer en toda aquella felicidad. Le parecía un sueño.

-¿Y se lo digo mañana mismo?

-Por supuesto: mañana muy de mañana -contestó él, saboreando una carcajada interior.

En esto pensaba ser muy cumplida la muchacha. Cuando al siguiente día llegó a casa de don Rufino, ya tenía en sus labios todas las palabras que a Rosa hubiera de decir. Sin embargo, viendo la tristeza que el rostro de la joven revelaba, no se atrevió a exponerle cosa alguna sobre ese asunto.

-¿Conque está muy enfermo don Rufino   ¿Y qué será, pues?

-No lo sabemos. El médico debe venir ahora, y él sabrá decírnoslo.

Efectivamente, a poco entró el Galeno. No le pareció grave el caso, y aseguró que con la medicación que le prescribía, a la vuelta de pocas horas se encontraría mejor.

Teodosia y Magdalena también llegaron a poco. ¿Cómo supieron tan presto que don Rufino estaba enfermo? Era diligencia de Daniel: antes de ir por el facultativo, informó de ello a sus |primas.

-¿Qué dijo el médico? preguntaron.

-Que no es cosa grave -contestó Rosa.

-¡Gracias a Dios!

-Las jóvenes miraron intensamente a la hija de don Rufino.

-¿Por qué tienes esa cara? le preguntó Teodosia. Parece que hubieras llorado.

Rosa la miró tristemente.

-Tú si eres la más boba añadió su amiga: Apuesto a que te tiene fuera de sitio la serenata de anoche.

-¿Quién te ha hablado tan temprano de serenata?

-No seas boba. Mi papá, desde por aquí cerca, la escuchó. Nos dijo a mi madre y a mí que había sido una belleza, pero que Martínse despedía!

Se despedía    ! Era la palabra. Martín, con su serenata, le habla desgarrado el corazón. ¿Por qué, habla ido a atormentarla de ese modo?

-¡Ah muchacha boba! le dijo Magdalena. Yo, siendo tú, buscaba su reconciliación ahora mismo.

-Yo no- exclamó Teodosia. Esa tristeza se borra con el tiempo, y se libra una de muchas tonte­rías.

Daniel, con una botella en una mano, entró en aquel momento.

-Es el remedio para papá -le dijo a Teodosia.

-¿Peso es verdad, como lo dice Rosa, que el médico no encontró grave a mi tío?

-Sí: dijo que pronto se aliviaría.

-Me alegro, novio!

Era el mismo epíteto que él le había escuchado en la víspera, y que en su corazón se arrollaba dulcísimamente.

No pudiendo hacer otra cosa, le sonrió a la joven, entrándose a llevar a su padre la poción prescrita.

Tras saludar a don Rufino y a doña María, y de hacerle al primero muchas recomendaciones para que se aliviara pronto, las jóvenes se juntaron a Rosa en el corredor con ánimo de retirarse a sus casas. Magdalena, ya en la escala, le dijo pausadamenté, mientras Teodosia le hacía un guiño a Daniel:

-Piensa bien ese asunto con Martín, que aun es tiempo.

Cuando las jóvenes se hubieron ido, Rosa, en medio de sus menesteres domésticos, volvió a reconsiderar el estado de su vida.

-Mi papá -se dijo- está enfermo, y aun cuando el médico asegura que no es nada ¿cómo no he de presumir yo que el asunto, sobre todo para mí, es bastante serio? ¿No fueron sus pasos los que yo escuché anoche, como un rumor siniestro cuando contemplaba las prendas que conservo de Martín? ¿No me revela esto claramente que mi padre, pobre y querido ser a quien debo lo que soy, espiaba en mí  el efecto de la serenata que anoche me trajeron? ¿Que su mal no es grave? ¿Y si el médico se hubiera engañado o nos hubiera ocultado a nosotros la verdad, cuál seria la situación mía? Demos por caso que mi padre -Dios no lo quiera nunca- muriere de un momento a otro ¿qué fuera de mi madre y de mi? ¿Sería Daniel tan consagrado que siempre lo tuviéramos como apoyo, y mis tíos tan buenos que siempre nos dispensaran su favor? ¿Y si ellos también murieren ?

- Una mariposa, de alas amplísimas, azul a la simple vista pero cambiando de color a cada reflejo de luz, recorrió, bajo la mirada de Rosa, todo el jardín, haciendo victorioso desafío a sus flores.

La divagación de la joven continuo:

-Puedo asegurar ya, que Daniel -quiere a Teodosia, y entonces, siendo yo esposa de Martín ¿no sería un auxiliar muy poderoso para colmar las ambiciones de mi hermano? ¿No se ve, claramente, que su timidez en este caso es debida a su falta de bienes, y que el día en que contara con un apoyo formal, las cosas cambiarían? ¿No es Teodosia una muchacha muy buena, bonita y agraciada hasta lo indecible? ¿Qué mejor partido para Daniel?

Ramona, que reventaba por decir a la joven lo propuesto por Malaquías, acechaba para ello un momento oportuno; y al verla -que entraba a la cocina en busca de un poco- de agua azucarada para don Rufino, y que su rostro no le parecía tan angustiado como cuando en las primeras horas lo vio, le, dijo:

-Señorita, tengo qué decirle una cosa.

-¿A mí? ¿Y cuándo?

-Cuando haya llevado el agua a su papá.

-¿Importante?

-Algo.

Rosa, que supuso se tratara del asunto de las cartas, no se dio tardanza en su regreso. Aun cuando entre ellas no existiese más que ésa pasajera amistad que la servidumbre despierta en las personas de alguna posición, estaba dispuesta a escuchar todo lo que la sirvienta le dijera, en aras de su amor y de su curiosidad.

-Es una cosa que le va a chocar mucho -le dijo la última, quitando el quemado a una arepa con un rayo de hoja de lata. Es una cosa que a mí misma me da pena decirla.

-Habla con confianza.    

-Es que también me de pena del señorito Daniel.

-Haz como si no existiera.

-¿Pero es que usted no se imagina qué puede ser? agregó la rapaza dando a su rostro un marcado sentimiento de malicia. | | |

-¿Será el asunto de las cartas? contestó Rosa, en quien la ansiedad no podía reprimir aquella pregunta.

-Si no es eso. ¡Es algo más importante!

-Si, señorita.

-Hábla, pues.

-Es que me voy a casar.

-Sí, señorita.

-¿Y con quién?

-Con Malaquías.

-Pues te felicito.

-Pero  es que él y yo queremos que usted y el señorito Daniel nos sirvan de padrinos ....!

-Por supuestonb-repuso Rosa vertiendo una lágrima de caridad. ¿Y cuándo será la boda?

-Dentro de tres meses.

- ¡Dentro de tres meses! ¿Que pasó por el alma de la joven? ¿Fue un sentimiento be amor, de odio o de envidia lo que cruzó por su espíritu, arrancándole otra fulguración de tristeza a sus ojos? Su alma era demasiado límpida para suponer lo último; pero cuando ella vio con qué embeleso esa pobre sirvienta hablaba de su matrimonio, sintió que el alma de Martín, besándola, acariciándola, se cernía sobre su vida como la llamarada de un sol canicular!

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