CAPITULO XX
-Era media noche cuando la diáfana armonía de una serenata
brotaba en frente de la casa de Rosa. El dulcísimo tañido de las
flautas, el coreo de los violines, el agudo acento de los
clarinetes,, el tronar del violoncelo, la vibración de las
bandurrias y guitarras, todo eso confundido en una deliciosa sonata
de Chopin, rasgaba el aire con la majestuosa tristeza de sus notas
que lloraban bajo la caricia de la luna, a fin de golpear en las
ventanas que escondían un corazón despedazado, un corazón que
sangraba.
La joven se estremeció. Aun podían verse junto a su lecho, al
pálido resplandor que una bujía eléctrica despedía tras la seda de
un velador, el libro místico en que el germano Kempis enseña a
despreciar las vanalidades de este mundo, el encanto de un lirio
que a su lado destrenzaba la rubicundez de sus rubíes en abierta
sinfonía de esplendores, un rosario de cuenta de nácar con una
diminuta cruz de oro, y más cerca aún, pero de manera que su título
se nos ocultaba completamente, otro libro de corte fino y raro en
el cual, quizá, alguna historia novelesca del Padre Coloma, o de
alguna
|«Graciela», se escondía recatadamente.
La cadencia que los instrumentos desprendían se regaba en su
alma con toda la dulzura imaginable en semejante caso. Adivinó que
era para ella, y la bebió con todo su amor. Era la nota punzante,
triste y amarga que dice adiós a un idilio y que se solaza con su
propia desesperación para ir a apagar se lejos, en el pentagrama de
una agonía lenta.
Echando sobre la blancura de su túnica un abrigo, pero con los
pies descalzos, salió de su lecho y entreabrió con toda cautela uno
de los postigos de la ventana que su cuarto tenía.
Sonoridades de luna caían en los tejados de las casas; un aire
más bien frío soplaba afuera, arrastrando en sus alas el tenue
aroma de rosales lejanos; algunas pálidas estrellas, en el cielo,
titilaban blandamente, mientras un pedazo de la Cordillera, hacia
el Este, enseñaba su mole informe, como un nubarrón inmenso.
Miró a sus plantas: fulgían como trozos de cristal los
instrumentos musicales heridos por la luna y por los bombillos
eléctricos; muchas cabezas tendían hacia su ventana sus miradas
escudriñadoras; Martín parecía quemarla con sus ojos.
Se sintió débil. La vida, con su ropaje más risueño, le hablaba
a gritos en aquel instante. ¿Por qué haber dado muerte a sus amores
con una palabra ligera? ¿Por qué no haber reflexionado un momento
más? ¿No hubiera sido mejor que ella, entrando en aquella casa que
para muchos era odiosa, hubiera, por medio de Martín, sustraído con
qué aliviar tantas necesidades como se veían en muchos
desgraciados, cuyas carnes enseñaban su desnudez y su laxitud por
todas partes? ¿No hubiera sido mejor que así llevara a muchas
familias que acaso maldecían su propia existencia, un pedazo de pan
para sus bocas y un consuelo para sus desesperanzas? ¿No veía ella
a diario niños en los cuales el frío y el hambre les arrancaban una
sonrisa que era una lágrima, y a quienes un óbolo cualquiera
hubiera llenado de alegría, volviéndoles el calor y la vida a sus
cuerpos exangües? Ante estas consideraciones, su arrobo espiritual
estaba a punto de darle el triunfo a Martín. ¡Sería tan dulce sacar
de donde la avaricia era ama, un puñado de monedas para dárselas a
tantos necesitados como se veían!
El rumor de las notas, interrumpido a veces, aparecía más
vibrante, más señorial a cada momento. Dijérase que la sinfonía,
comprendiendo su misión, intensificaba sus arias para desgarrar,
con su poder, el corazón de aquella alma que a fuerza de ser buena
casi terminaba por parecer ridícula.
Cuando la melodía concluyó, un suspiro hondísimo, que le fue
imposible contener, salió del pecho de la joven. Martín lo escuchó.
El postigo de la ventana, entonces, volvió a cerrarse blandamente,
mientras Rosa, bebiendo una lágrima, se retiraba a su lecho. Luego,
impulsada por algo superior a sus fuerzas, bajando con toda rapidez
y volviendo a subirse, tomó del cajón de una mesa una caja diminuta
relicario que pudiéramos llamar sagrado, y lo abrió. Sentada
negligentemente en su lecho, velando con su blanquísima túnica
parte de su cuerpo, casi llena de júbilo sacó con sus dedos índice
y pulgar un anillo en que fulgía la chispa de un diamante, una
diminuta cruz de oro recamada de rubíes y un retrato en miniatura
que le mostraba a Martín en todo el esplendor de su juventud.
¿Quién, fuera de ella, conocía estas prendas? Lo ignoramos; pero
lo que sí podemos asegurar es que ni Magdalena ni Teodosia las
habían visto nunca. Esta niña tímida y candorosa, sincera y sin
embargo enigmática, no había tenido el valor -o por mejor la
debilidad de enseñárselas alguna vez.
¿Cómo llegaron a sus manos? Si no fuera porque todo en este
mundo tiene su parte vulnerable, hasta nosotros lo ignoraríamos.
Pero, a fuer de hitoriadores, hemos logrado con empeño, y no
obstante lo poco simpático que ello pueda aparecer, descubrirlo de
manera muy sencilla. Era un día en que ella, tras aquella fiesta
que Teodosia reseñaba con su imaginación en las Carreras del 20 de
Julio, le manifestó a Martín que al día siguiente cumplía años.
¿Cuántos? La joven lo dijo con todo candor.
Martín sonrió.
-¿Por qué se ríe usted? le preguntó ingenuamente la joven, con
el rostro completamente encendido.
-Porque ha dicho la verdad.
-¿Y es que criando una dice la verdad, hay derecho a reír?
-No, Rosa; pero lo hace usted con tanta sinceridad, palpita de
tal modo la verdad en su boca, que no he podido contenerme al ver
que ni siquiera, como mujer, sabe usted quitarse años.
-¡Ah! las mujeres, en efecto, sí somos
|embusterias cuando
de eso se trata. Pero ni Teodosia, ni Magdalena, ni yo, hemos
aprendido a disfrazar nuestra edad. La vejez nos va a coger con su
número preciso en los labios.
-¿Aun cuando pasando de treinta se encontrasen todavía
solteras?
-¿Es que cree que yo pienso pasar de treinta así? ¡tan
inocente!
-¿Y qué seguridades tiene para ello?
-Las que me da una esperanza que y acaricio -dijo mirándolo con
fijeza.
-¿De qué color es esa esperanza?
-Es de un color muy feito, pero muy querido: ¡del color de
usted!
Martín, viendo aquella espléndida confesión de amor, se fue a su
casa lleno de felicidad; y al día siguiente, cuando juzgó la hora
propicia, envió a Rosa el presente qué hemos visto, con esta
dedicatoria:
|En su cumpleaños.
La joven, personalmente y sin que nadie lo notase en su hogar,
recibió de manos de un mensajero cualquiera, el presente que se le
hacía, y más por modestia que por otra cosa, lo ocultó a sus amigas
y a sus propios padres. Lo acarició a solas, lo bebió con sus ojos.
Fue entonces cuando más esperanzada que nunca, creyó que su dicha
sería eterna. Su alma, inocente capullo de espíritu, ignoraba aún
lo que era dolor y no hacía más que sonreír enajenada ante lo
pomposo de su propia felicidad. Por desgracia, don Miguel, con su
conducta, echó todo aquello por tierra. ¿Cómo continuar
correspondiéndole a Martín cuando la barrera que en su amistad se
interponía era demasiado alta para salvarla? Desde entonces le
huyó. Cuando en los domingos -según su costumbre ella iba a misa
mayor, tenía la seguridad de verlo en una de las puertas de la
Catedral aguardando su paso; pero fuera de un saludo muy leve que
se permitía darle, otra cosa no le llevó un rayo de alegría, un
botón de esperanza para su alma ardiente. Sus ojos, posados en su
devocionario o en el Ministro de Dios, no iban a quemar las pupilas
de aquél que sólo fijo en ella, buceaba, como en otros días, la
singular pureza de su hermosura para llenar su espíritu. Pero tras
todo eso, allí quedaban restos vivientes de aquel pasado dichoso,
pregonando lo que pudo ser una felicidad completa y que en ese
instante no era más que un foco de amargura.
Cogiendo nuevamente el retrato de Martín que sobre su túnica
color de nieve había colocado, lo besó en ímpetu loco, y cuando el
eco de otro suspiro golpeó en su cuarto, sus oídos, atemorizados,
Oyeron algo como un rumor de pasos que se levantaba casi a su lado
y que iba a perderse en la alcoba de su padre con una cadencia
amarga.
Se acobardó y sintió vergüenza de sí misma; y antes de que un
nuevo torrente de lágrimas llenara sus ojos, apagó el bombillo
eléctrico, y ahogando sus sollozos bajo las frazadas, sólo supo que
sus manos apretaban contra su corazón la imagen de aquél que había
venido a decirle terminantemente adiós cuando la naturaleza toda se
dormía bajo la mirada de la luna, bajo la evanescencia de los
cielos!