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CAPITULO II

Un resonar intenso de risas y de gritos, un correr incesante de bestias y personas, un barullo infernal en que nadie lograba hacerse entender, era lo que se escuchaba en la «Avenida», hipódromo obligado y circunstancial de nuestros pujantes humos de progreso. El sol, como si lo punzara el denso manto de polvo que formaban las pisadas y el viento, arrojaba sus fustazos de luz en una bacanal de calor insoportable, desde un cielo completamente azul. Allá lejos, hacia el sureste, el Ruiz, en su sueño de siglos, parecía dominar, como cíclope gigante, la colosal muralla de granito que las montañas forman hacia el oriente, mientras arrebujándose en mantos de un glauco intenso, las colinas enseñaban su talladura vulcana, bañadas de oro.

Martin, que desde que había visto a Rosa aspiraba a hallarse a su lado, en donde el aire debía ser más suave, el sol más dulce y las brisas más blandas, tras haberse sucedido dos carreras se apeó de su caballo y dejándolo al cuidado de un gamín, se aposté en frente de «La Barranca»-lugar situado cerca del cuartel y del Instituto Universitario- con las miradas ávidas, como quien espera ver surgir lo que se ha buscado con ansia y que el corazón adivina cerca.

-Hagámosle subir dijo Teodosia, haciendo guiños entusiastas.

-No exclamó tímidamente Rosa, mirando con ojos pudorosos a su hermano Daniel.

-Sí, hagámosle subir repuso Magdalena. Daniel no se va a enojar por tan. poca cosa. ¿Verdad, primito?

-¡Y aun cuando se enoje! dijo Teodosia, riendo. Si el enojo es mucho lo domamos con unos cuantos arañazos. ¿No es cierto, Danielito del alma? y lo arropé con la llamarada de sus ojos.

-Por mi parte pueden hacerlo subir a la hora que ustedes quieran contestó Daniel, no sin que se transparentara un poco el desagrado que esto le producía.

-No sean necias, niñas de Dios exclamó doña Josefa, mirando esquivamente a su compañero con los ojillos brillantes de su rostro gordiflote.

-lEs que no hay qué hacer con estas muchachas! replicó a su vez doña Adelina, enseñando su dentadura cargada de chispas de oro.

Pero mientras tanto Teodosia, con gracia infantil, había movido sus guantes en el aire, y Martín subía.

-¡Ahí viene el zorro! dijo.

Rosa, como la cervatilla a quien el cazador aprisiona en sus lazos, se estremeció violentamente.

-¡Ah! dijo Martín tras haber saludado con gallarda apostura a todas sus amigas. ¡Este es el pues­to más rico!

-Por eso lo hemos llamado a usted repuso Teodosia.

-Tanto honor , dijo Martín.

-Y además, para que charlemos, para que apostemos y para que nos diga cuántas |Carreras de Honor va a haber.

-Eso es-exclamé Magdalena.

-¡Ah! por supuesto - contestó Martín. Haremos grandes apuestas, veremos los caballos y seguiremos sus lidias que van a estar muy disputadas. Sólo en |Carreras de Honor van a contarse seis.

-¿Verdad, seis? dijo Teodosia, envolviéndole con una sonrisa incendiadora.

-Sí, señorita, seis.

-Son muchas-exclamé con aire de fatiga doña Josefa, cuyo rostro coloradote sudaba a mares, y cuyos ojos buscaban en la multitud la figura de don Ricardo Arroyave, el prometido de su hija Magdalena.

Para que todos nuestros lectores puedan formarse una idea, siquiera mediana, de lo que son estos deportes entre nosotros, es bueno que se tenga en cuenta lo siguiente. Manizales es una ciudad así la llamamos que cuenta únicamente unos setenta años de vida. Sus fundadores, que jamás soñaron con que pudiera tener el auge que hoy tiene, no escogieron su localidad para una población numerosa, y prefirieron para su empresa la colina a la planicie,  hallando como razón irrecusable que era el cruce obligado de tres Departamentos limítrofes Antioquía, Tolima y Cauca y que así su existencia, por lo menos en cuanto a lo comercial, no seria del todo efímera. No se equivocaron en esta apreciación aquellos sencillos visionarios. El empuje de sus brazos musculosos, recio como ninguno, no temió acometer aquella obra que parecía de cóndores. porque a la vez que se asentaba en el abismo, lindaba con la altura. Hirió a la encina con su hacha, domé al granito con su pica, desafié al rigor de las heladas con su'pecho, lanzó su reto victorioso a las profundidades, obligó a los peñones a que alimentaran en su seno el trigal de rubia mies y el maizal de erguido talle, y plantando su tienda en medio, lanzó el himno de la vida sobre las crestas abruptas donde sólo golpeaban los vientos y en donde en las noches y en los días, no se escuchaba otro grito que el rebramar del silencio o el rebramar sordo de las tempestades que herían vanamente, puesto que no había corazón humano que lo pesara, el seno de la selva, gigante y centenaria, cuya pompa virginal era un reto a los sofocares de la luz y a los embates de la civilización. La bestia salvaje hubo de recluirse, vencida, a su cubil, y el bosque todo hubo de doblegarse como un ser agónico ante aquel merodeador de glorias y de comodidades que por todas partes le abatía. Pero a pesar de ese esfuerzo luctuoso, la ciudad quedó asentada sobre crestas enormes.  Hacia el occidente, hacia el norte y hacia el sur, sus laderas crispan los nervios. Sólo hacia el oriente, en donde la Cordillera Central de los Andes levanta sus almenas macizas y en donde el Ruiz parece que como Argos vigilara con un ojo y con el otro durmiera, el terreno no es, en algunos kilómetros, tan profundamente quebrado. Es por allí por donde la «Avenida Cervantes», como una serpiente de color blanquecino, extiende mansamente su cuerpo, y por donde la ciudad, al través de los años, habrá de extender sus alas de manera invencible. Es el único punto públíco que puede servir fácilmente para la expansión de un paseo, y el único lugar en donde unas carreras de caballos pueden realizarse. Esa la razón para que sea el punto selecto de los manizaleños y el único que haya de aguantar sobre sus hombros el peso de millares de personas cuando ebrias de licor, saturadas de alegría, llenas de ambición o nostálgicas de belleza, vayan a buscar la delicia de una hora que habrá de susurrar acariciante en el resto de sus días, con añoranzas cálidas.

Las |Carreras de Honor a que alude Martín son aquéllas en que no se hace ostentación principal de las apuestas de dinero, sino en que se buscan premios consistentes en medallas de oro o de plata y ramos de flores, y en que los |jockeys, en vez de ser muchachos escogidos entre la multitud, son los propios dueños de las bestias, los cuales, sobre todo, van en busca de una sonrisa de la amada y anhelan sentir sobre sus cuerpos victoriosos el chorro de luz de unos ojos ardientes.

El viento agitaba rumorosamente las blancas lonas con que en «La Barranca» un utilitarista forma toldos para preservar un tanto a las personas de las lluvias y el sol en aquellos días, a diez centavos el puesto.

-Y usted, Martín ¿no va a tomar parte en ellas? le preguntó Magdalena.

Tengo deseos, señorita contestó él, apretando en sus manos un finísimo par de guantes negros, de suave olor.

Rosa, sin poder contenerse, le miró de manera blanda.

Martín se le acercó sonriente. Sus ojos, de un azul claro, se posaron con dulzura en las virginales mejillas de la joven, que se cubría de granas.

-¿Conque efectivamente  piensa tomar parte en las Carreras? dijo ella, por decir algo.

-Sí, señorita repuso él muy complacido

-Si yo fuera hombre interpuso Magdalena no perdería una sola.

-íCaramba! exclamó Teodosia.

-Mi purísima verdad contestó Magdalena. Es por lo que más ambiciono ser hombre.

-No tiene usted mal gusto dijo Martín. Las Carreras gustan mucho.

-A mí objetó Teodosia - lo que más me llama la atención es viajar. Si tuviera dinero, mucho dine­ro, le daría la vuelta al mundo infinidad de veces. ¡Qué dicha viajar!

-Entonces, querida, lo que debes ambicionar es muchísimo dinero-dijo Magdalena.

-Sí, pero para viajar.

-Y a usted, señorita Rosa ¿qué es lo que más le gusta? preguntó Martín.

-¿A mi....? dijo ella, en quien el recuerdo de su pobreza daba en'aquel momento su lúgubre cam­panada. ¿A mí....? Apenas puedo saberlo -y terminó envolviendo sus palabras en una pálida sonrisa.

-Pues a mí-repuso Martín para salir del embarazo también me llama la atención viajar.

Teodosia sonrió. Ella sabia de la amistad que entre Rosa y Martín había existido, pero sabía también, como todo el mundo, que entre sus familias se había levantado una barrera casi infranqueable. ¿No era don Miguel Peñasco, padre de Martín, el que había sumido en la pobreza a don Rufino Monsalve, padre de Rosa? Sin embargo ¿continuarían ella y él amándose? Porque, aun cuando alguno quisiera negarlo, era verdad que se habían amado, niños aún, de una manera honda. ¿No hacía precisamente cuatro años, aquel día en que dando fuego a sus corazones, en la misma casa de Teodosia se prometían amor eterno bajo las embriagueces de una música acariciante con que su padre Cándido celebraba, de manera íntima, el día de la Patria? ¿Allí, bajo las guirnaldas de flores y el chisporroteo de las luces, no habla escuchado ella cuando Rosa, interrogada por Martin sobre su amor, le había contestado, con el rostro centelleante de felicidad:

-¿Para qué lo pregunta? ¿No sabe que hay cosas que no se deben preguntar?

-¿Por qué? dijo él.

-¿Por qué....?

La mirada que ella le lanzó hablaba más que todas sus palabras.

Pero esto hacía tiempos, era cuestión de niños, cosas que todos decimos a cada instante, y por eso, al escuchar que Martín estaba de acuerdo con ella respecto a su mayor placer, le pareció a Teodosia que había ganado un escalón en aquel afecto que ella buscaba hacía muchos días, con empeño vano. Y era que, viéndolo bien, Martín no era un partido que se pudiese tirar al embaldosado de la calle, sin causar mucho estrépito. Su padre, aun cuando motejado de avaro y de malos tratos, tenía muchos dólares en sus arcas, y el dólar, en el mundo, es símbolo de mucha felicidad.

Rosa miró a Teodosía. Esa mirada, a pesar de su inocencia, era como una protesta muda que se desprende de una alma candorosa a quien su propia ternura arranca sangre. Martín, para ella, era en sus anhelos casi un mito, pero un mito a quien se adora a pesar de lo vago, de lo sutil que a la vista se presenta. Si las cosas fueran como la lógica vulgar las desea, ella debería sentir repugnancia ante la persecución de su amistad. ¿No sufrían ellos, es decir, su propio padre, su propia madre, su propio hermano y ella misma los dardos reprochables de la familia de Martín? ¿Su padre no sentía una vejez prematura a causa de los golpes dados por don Miguel? ¿No había visto su hermano Diego, estudiante de Medicina, cortada su carrera en el instante mismo en que las más luctuosas esperanzas empapaban sus estudios, para ir a expirar, pobre y desvalido, en tierras extrañas en donde acaso no hubo una mano caritativa que pusiera en su agonía la misericordia de una gota de agua o la indulgencia de un agasajo noble? ¿No habla sucumbido también, en el mismo Bogotá, su hermano Dionisio, víctima de la fiebre tifoidea cuando por su padre no tener modo de enviarle recurso alguno, hubo de abandonar sus estudios de Jurisprudencia para salir a vagar por las calles, en donde la enfermedad que le llevó al sepulcro le embistió arteramente? ¿Su hermano Daniel - allí a su lado - no hubo de decir adiós, también por su causa, a sus ensueños de gloria para inclinarse bajo el peso del trabajo y ayudar así a que la suerte de sus padres y su hermana fuera menos triste de lo que en realidad lo era? ¿No mediaba, en síntesis, casi una barrera de malquerencia y de llanto que formaba para sus seres un abismo cuyas sonoridades eran trágicas? Todo eso era cierto, pero por encima de ese montón de imposibles, su alma, candorosa y bella, transparente como un rayo de luz, amaba a Martín. En las noches, cuando la luna pone riego de oro en los árboles, y el éter cintila con los-hervores de sus mundos, cuando el perfume de los rosales se diluye en una cadencia de ensueño y cuando las hojas qué caen tienen la sonoridad de un enigma, ella, recluida en los barandales de su casa, interrogaba al infinito haciéndose cuenta de su pecado de amor, y el infinito, bañándola de luz y entretejiendo tintilaciones de estrellas, llenaba su alma con claridades desconocidas, pero también con misterios inabordables.

Un hurra formidable que parecía conmover las montañas, la sacó de su abstracción. Era que una pareja de caballos, rápida como un huracán, acababa de desprenderse de la línea de partida, montada por dos chicuelos que llevaban sobre sí la esperanza de muchas apuestas. Uno de los caballos era blanco, el otro negro y al correr apareados, parecían los símbolos de la esperanza y del odio, de la victoria y de la muerte empeñados en soberbia liza. Corrían soberanos, piafantes, con una rapidez que embriagaba. De «La Barranca», de los lados de la vía, de las casas, un vocerío formidable se elevaba en su honor, con vibraciones crujientes. Tras ellos, dorada por el sol, una polvareda inmensa se levantaba, como si fuera un ciclón que por allí corriese derribando cerros o revolviendo collados. De pronto un grito estridente, doloroso en sumo grado, se dejó oír, y millares de almas, en ímpetu indescriptible, se abocaron hacia la mitad de la vía, en donde el chicuelo del caballo blanco yacía tendido, con una grande herida en la frente que, al despedir su borbotón de sangre, semejaba una flor roja riéndose a carcajadas de los destinos humanos.

Rosa vio allí cerca, casi bajo sus propias plantas, aquel cuerpo exánime que en pleno alborozo y en plena juventud, quedaba como un guiñapo, desfigurado y horrible, ante el traspiés involuntario de un animal que ya parecía sentir sobre sí el reír de la victoria. Todo su organismo se estremeció y su rostro se tornó lívido, con una lividez sacramental de cera.

-¡Se mató! gritó Martín.

-¡Se mató! gritaban todos.

-lAy, señorita! prorrumpió intempestivamente Ramona cerca a ella, llenando su pecho de sollozos. ¡Es mi hermano Tristán!

-¿Cómo? replicó Rosa.

-lMi hermano! repuso aquélla, mientras corría desalada al grupo trágico, lamentando como una condenada que doña María, tras la partida de Rosa, la hubiera dejado venir a esas malditas Carreras por complacer a Malaquías y por ver lo que no era de verse.

-Ya tiene diversión en su casa la pobre Ramona - dijo Teodosia, en quien la suerte del |jockey herido no parecía despertar mucha conmiseración.

-¡Yo no sé para qué dejan venir esos chinos a montar,bestias! repuso Magdálena.

-Para divertirnos-dijo Martín, sonriendo.

-Es verdad - exclamó involuntariamente Daniel. En tanto Malaquías, lleno el rostro de satisfacción porque en aquella vez podía ser útil a la familia de Ramona recogía, tras abrirse paso por entre el gentío a fuerza de empellones y haciendo vulgar ostentación de algunas copas que ya tenía en la cabeza, el cuerpo ensangrentado de Tristán para conducirlo a su casa, ayudado de otros amigos, en una camilla que alguno facilitó acuciosamente. La sirvienta, agradecida, mezclaba a sus lágrimas toda la sonrisa de su reconocimiento.

Pero las Carreras, por aquel ligero accidente, no habían de interrumpirse. ¿Qué importaba al alma colectiva una gota de sangre en su reír soberano? Nada. Ese accidente, es lo natural, no debla importar, verdaderamente, sino a la madre de aquel desventurado, cuyo regreso, en ese estado, debía conmoverla hasta lo indecible. Las Carreras siguieron, pues, siempre entusiastas, siempre emocionantes como todo aquello en que el azar, sobre sus ruedas, lleva los representativos del oro, alma de las comodidades humanas y sostén irrecusable de los pueblos.

Al fin se les llegó su hora a las de honor.

-Yo quiero apostar con todas ustedes -dijo Martín- a que gano.

-Yo ya aposté con Daniel-repuso Teodosia-a que U. será el vencedor.  Así que no puedo apostar en contra.

-Yo-dijo Magdalena-aposté de antemano con mamá a que usted ganaría. Conque manéjese bien, porque si pierdo, ya sabe....

-Y usted, señorita Rosa ¿a quién aposté?

-No he apostado aún, pero el corazón me dice que apueste a usted.

-¿Eh? ¡caramba! dijo Teodosia.

-Sí, Rosa; tienes buen gusto-objetó Magdalena.

¡Malísimo! dijo Martín - pero teniendo tan simpáticos votos a mi favor, es imposible que |pierda.

-Sí, es imposible-dijo sonoramente Teodosia; y volviéndose a Daniel, añadió: ¡Vas a perder, primito!.

-Es posible-contestó éste, haciendo un gesto demasiado sutil.

Martín, despidiéndose cortésmente, bajó de «La Barranca». El perfume de Rosa, aquel perfume que todos los amantes hallan en la amada y que es más dulce que el de la flor en el rosal, le seguía rumorosamente. ¡Ah! esto era lo trágico. Por encima de los encontrados intereses de su familia, un sentimiento ideal golpeaba en su corazón. ¿Por qué no ser Rosa suya? ¿El mismo poder que había abatido aquel hogar no tenía la capacidad suficiente para levantarlo? ¿No es el oro escala que burla todas las alturas y puente que salva todos los abismos? ¿No era Rosa la que ganaba en aquella brega? El, en su calidad de ciudadano y de hombre trabajador, a pocos conterráneos les iba en zaga. Por otra parte, su parecido personal no era desagradable, y antes bien habrían de confesarse que su porte era atrayente y que la juventud le embalsamaba con su cabrilleo de vigores. ¿Por qué, pues, pensar en que no habría de salir victorioso, leyendo como leía en los ojos de esa virgen tímida, que su alma no era extraña a aquel afecto que otras veces había incendiado sus. corazones, y que sus espíritus, como las ondas de un lago, parecían, al repelerse, enlazarse uno en el otro? Lo grave de aquel asunto era que sus padres veían con ojos sombríos a toda. la familia de Rosa, y que cuando se llegara el instante de comunicarles aquel propósito la negativa más rotunda habría de envolver su proposición. De sus labios, estaba seguro, habrían de brotar palabras de befa, cuando no de sórdido reproche para su amada. Eran sus enemigos jurados, y parece que en vez de allanarse a un paso semejante, el mural de su enemistad debía crecer a cada momento, cuando se impusieran de sus intenciones.

Teodosia, cuando se hubo marchado Martín, dijo intencionalmente para que Rosa la oyera:

-Yo creí que Martín no subiría.

-¿Por qué? repuso también intencionalmente Magdalena. ¿Qué culpa tenemos nosotras de lo que

hagan nuestros padres?       

Teodosia y Rosa se estremecieron:

-Es verdad-dijo la primera; y queriendo borrar la impresión que aquella frase había producido, agregó, dirigiéndose a Daniel:

-¿No te has fijado, pritnito, en la insistencia con que el Capitán Cobos atisba para acá?

-Sí, parece que le gustan tus miradas; y es que, en realidad, he de decirte que estás linda!

-¿Eh? repuso ella, carcajeándose sonoramente; y volviéndose a Magdalena, añadió: ¿Qué dices de este primo?

-¿Te está galanteando? preguntó burlonamente la aludida.

-Casi.

-No-interpuso Rosa-es que el Capitán Cobos mira para acá, y Daniel dice que es a Teodosia,

-Y así es-afirmó Daniel.

-¡Ay qué miedo! dijo aquélla. ¿No saben cómo lo llaman?

      -No-contestó Rosa.   
       
      -Pues....el |Capitán Mirón!

Todas parecieron reír dulcemente.

 -¡Qué nombre! exclamó doña Josefa.

-¡Ah! ¿pero no sabe usted por qué? dijo Teodosia. Supóngase lo chirriado. Está una en una ven­tana, y en vez de pasar de largo como todo el mundo, va deteniendo el paso, sonríe, se cuadra y ¡cata­plún! piensa una mismamente que se le va a introducir por los ojos.

-Pues eso nada tiene de malo -interrumpió Magdalena- ojalá así fueran todos los hombres, que quizás menos solteras resultarían.

-Pues eso....si cumplieran. Los hombres |coquetos deben ser los más malos pagadores. Sobre todo, los |capitancitos....

-Yo creo que tú estás loca por el Capitán-dijo Daniel.

-No te entrometas tú-contestó festivamente Teodosia-porque cuento el cuento....

-¿Qué cuento? preguntó Rosa, llena de ingenuidad.

-¿Qué cuento....? No lo preguntes. El Capitán no sólo tiene fama de mirón, sino de chirriado. No sé quién me contaba que alguna ocasión pasaba el periodista Mariano Zuluaga, aquel de calva cabe­za y cuerpo inmensamente largo como si lo hubieran estirado colgándolo de la quijada, y el Capitán, que no lo conocía, exclamó al verlo:

-¡La eternidad!

-No seas tan mala-repuso Rosa.

-Verdad, primita. Pues bien, ese Capitán que desde allí está mirándote....

-¿A mí? preguntó la aludida, ruborizándose.

--Sí, a ti, mi querida. ¿Qué malo tiene que él se enamore de ti, y tú de él? Serías entonces la |capitana Rosa.

-El cuento-clamó doña Josefa.

-¡Ah si- dijo Teodosia. Sucede....

-No molestes-interrumpió Daniel. Yo soy amigo del Capitán, y...

-¿Qué? Esto no es para ocultarlo. Sucede que este primito mío estaba pronunciando un discurso sobre la creación del mundo-según me refirieron a mí en un liceo que algunos literatos tienen en la ciudad, y a cuya sesión el Capitán fue invitado; y con énfasis excepcional, decía: «Señores, los continentes fueron surgiendo de las aguas, y el espíritu de Dios era llevado sobre....las aguas. Aquí todos rieron, y el Capitán, viendo el torbellino de aguas en que Daniel se había metido, exclamó: «¡Un ahogado más!» y desde entonces la palabra |ahogado  cayó sobre la conciencia de mi primo.

Aquí, para no dejársela correr, hasta el mismo Daniel tuvo qué reír.

El sol, en tanto, lanzaba una brazada de rayos sin conmiseración alguna sobre aquel agitado enjambre. En todos los rostros estaban pintadas las olas de ese calor sofocante que todo lo envolvía. En las mesas de las ventas los tapones de las botellas con cerveza y con cidra, estallaban ruidosamente. Cajonados de naranjas eran devorados con avidez. Los sorbetes y helados hacían las delicias de muchas bocas; y por encima de toda aquella onda cálida y agitada se ola la voz intensa y repetida de los confiteros ofreciendo sus bombones, mientras Teodosia, haciendo guiños y sacudiendo sus guantes, golpeaba los ojos del Capitán con el fulgor de su hermosura.

En ese instante Martín, en un hermoso caballo tordo, de buena conformación, galopar resonante y ataviado con uno de los elegantes galápagos Beltrán que tan merecida fama tienen entre nosotros, cruzaba por allí. Teodosia, al verlo, le batió sonoras palmas, olvidándose por completo del Capitán.

-¡Ola! dijo Magdalena.

-¡Es elegantísimo! repuso Teodosia.

-Y rico -replicó su amiga. Yo, siendo Rosa, no hubiera roto con él.

-¿No hubiera roto qué? contestó ingenuamente la aludida joven.

-íTan desmemoriada! murmuró Teodosia.

Los ojos. de Rosa pestañearon cual si los hubiese herido un reflejo de luz demasiado fuerte.

Daniel, para acallar disimuladamente aquellas frases, compró confites aun vendedor y los ofreció a sus compañeras.

-Tan amable-dijo Teodosia, enseñando sus blanquísimos dientes bajo el esplendor de sus labios.

- ¡Ah! ¿pues no sabes-arguyó malignamente Magdalena que esta noche se va a llevar una meda­lla de oro en los Juegos Florales? Tenemos mucho trozo de hombre en la familia.

-¿Sí? repuso Teodosia. Pues entonces, mis fe­licitaciones!

-Se prohíben - las calumnias-dijo. Daniel con las mejillas encendidas.

-í Vaya que casi no las encuentro! exclamó en ese instante, tras ellas, un señor de apostura más bien vulgar, con sus manos cargadas de anillos y con una gruesa cadena de oro sobre un chaleco de piqué, cuya blancura hacía relucir sobradamente lo negro de su |dorsay. Era su cara coloradota y su abdomen robusto. Sus ojos no se sabia si clasificarlos como negros o como claros; y al reír dejaba ver unos dientes que sin lugar a duda tenían el sello de los dientes artificiales. Su cabeza era más bien redonda, y con el sombrero |coco que llevaba, cubría modestamente su frente espaciosa que la calvicie acariciaba feroz. Era alto de cuerpo y de piernas robustas, y revelaba por encima unos cuarenta años de edadera don Ricardo Arroyave, el pretendiente de Magdalena.

-iOla! ¡pero qué horas! repuso su amada al verlo, en tono amigable.

-íAh! me ha costado un trabajo enorme desprenderme de ese malhadado almacén, replicó él entre sonrisa y sonrisa, a la vez que repartía apretones de manos a diestra y siniestra. Supóngase que estaba despachando unas facturas urgentes, y casi no acabo , dijo acentuando mucho estas últimas palabras como para que se dieran cuenta precisa de su egregia labor.

-Pero eso es muy plausible-repuso doña Josefa dulcemente embelesada con los arreos de su futuro yerno, pues ella, cómo su hija, cifraba su ventura en el dólar tonante y sonante, como acostumbraba apellidarlo.

Los chiquirritines de quienes casi habían estado desentendidos hasta entonces, se acercaron en ese momento.   

-Pero habrán estado muy contentas-prosiguió don Ricardo, a la vez que tomaba asiento en, una silla desvencijada que alguno le ofreciera. Con estos amiguitos deben haber estado felices.

Los chiquirritines rieron.

-Muy contentas-dijo doña Adelina.

-Pero extrañándolo mucho a usted-interpuso oportunamente Magdalena.

-Mas al fin ha llegado-dijo Teodosia.

-Y a muy buen tiempo-añadió Rosa sonriendo. Van a principiar las |Carreras de Honor.

-Hay qué verlas, señorita. ¿No, Daniel? agregó, a la vez que disimuladamente entregaba a los chiquillos unos confites, con lo cual volvieron a apartarse, pues ellos únicamente pensaban en los caballos.

-Por supuesto-dijo aquél. Parece que van a estar interesantes.

-Rosa-dijo Teodosia-tiene el alma puesta en ellas.

-¿Rosita? ¡Ah caramba! Tendrá alguna apuesta muy grande.

-Nada menos que el corazón -dijo guiñando los ojos la hiriente amiga.

-No lo crea don Ricardo -replicó Rosa. Es que Teodosia supone cosas que no son así.

-¡Quién sabe, señorita! Y volviéndose a Mag­dalena, añadió: Y usted ¿cuánto tiene apostado?

-¿Yo? ¡Si lo aguardaba a usted para una apuesta bien grande!

-¡Ah caramba! ¿Y si me gana?

      -Pues mejor para mí. 

      -¿Y a quién quiere apostar?      

       -¿Yo? A Martin Peñasco. ¿No sabe que va a correr?

-¿Martín? Ese joven es peligroso. Yo lo quisiera para apostar a él. Es buen jinete y sus caballos son muy buenos.

-iMuy requetebuenos! afirmó Teodosia, obligando así a que Daniel hiciera un gesto despreciativo, ya que él no podía hablar de caballos propios. Su único caballo, por entonces, tenía el nombre de Pegaso y andaba aún por senderos desconocidos.

   -¿Apostamos? dijo Magdalena.

-Apueste, Ricardo-repuso doña Adelina.

-Sí, yo. sí apuesto cien dólares-contestó el comerciante-y escojo.

   -¿Cien dólares? dijo Magdalena. No. Lo que yo llamo apuestas grandes son las que no pasan de un dólar.

-Bueno, pues voy un dólar.

-Yo voy a Martín.

-Yo al que primero corra con él. ¿Está?

-Está.

-Y usted, Rosita ¿a quién va?

    -Yo voy a Martín-dijo ella-pero se entiende... sin apuesta alguna.

    -Pues yo sí voy también un dólar a Martín-interrumpió Teodosia con ánimo de no pagar si se lo ganaban. ¿Apuesta, don Ricardo?

-Por supuesto. Voy ese dólar. Un toque de corneta resonó.

-Es primer toque-dijo Magdalena, y la multitud, en grito estridente como si despertara de una pesadilla, repitió aquella misma frase.

La corneta, con un ligero intervalo, volvió a resonar.

-Segundo toque-exclamó Magdalena, y la multitud, delirante, coreó aquellas palabras.

La corneta volvió a dejarse oír, pasados breves instantes.

-¡Tercer toque! repitió la muchedumbre, y la marejada de hombres que se prensaba en la vía, se abrió, como ante un conjuro mágico, en dos alas que al agitarse formaban movimientos ondulatorios como los de un pólipo colosal. Iban a partir los primeros caballos que en carrera de honor habrían de disputarse un soberbio ramo de flores que manos virginales custodiaban. Las amigas de don Ricardo pudieron distinguir el caballo de Martín que en la línea de partida, se encabritaba furiosamente.

-iVoy al tordo! ¡Voy al bayo! eran los gritos que se escuchaban de un extremo a otro. ¡Mil dólares a quinientos! ¡Cien a cincuenta! ¡Cuatrocientos a trescientos! ¡Apuesto! ¡Pago! ¡Cámbiela! Y en me­dio de toda esta confusión los corazones palpitaban acelerados como si el desquiciamiento de la tierra fuese a sonar en aquel instante. Magdalena reía nerviosamente; Teodosia le gritaba a Martín que tuviera juicio, creyendo a pie juntillas que él pudiera escucharla; Rosa estaba lívida como un cadáver, en tanto que Daniel trataba de sonreír desdeñosamente. Sólo don Ricardo, acaso por los años o porque así era siempre su espíritu, parecía conservar su calma habitual, calma de hombre sin apremios ni necesidades.

Al fin los caballos partieron en correr vertiginoso.

-¡Ganó el bayo! ¡Ganó el tordo! ¡Perdió el tordo! ¡Ganó el bayo! se escuchaba indistintamente. En realidad, era una carrera bien casada. Los caballos corrían asidos uno a otro como si una cadena los atase. Sus alientos se confundían, los látigos de los |jockeys chocaban en el aire, sus cabezas se juntaban y se repelían, sus estribos resonaban al estrellarse uno contra otro; y las bestias piafantes, raudas, atrevidas, veloces como meteoros y conscientes de su misión, salvaban la vía en medio de un traqueteo rudo y levantando nubes de polvo que cegaban a la muchedumbre.

Cuando cruzaron cerca del puesto donde se encontraba Daniel con su comitiva, Martín arrojó hacia aquel lugar su gorro encarnado que fue a caer a las plantas de Rosa la cual, debido a su emoción, ni siquiera pudo recogerlo, honor que con diligencia se llevó Teodosia, alegremente.

Pronto aquello fue un remolino desatado, un vértigo increíble, un ciclón sofocante. Las voces ahogaban y el aire se enrarecía, y apenas, por entre las densas polvaredas que se levantaban, se descubrían a trechos dos puntos que huían como ilusiones, para aparecer más allá siempre inalcanzables...., y siempre imprecisos.

---iGanó el tordo!

       -íGanó el bayo!

En realidad, no se sabía cuál hubiera de ganar. Durante mucho trecho aquellos corceles no se apartaban una línea ni se adelantaban uno a otro una pulgada. La ansiedad se pintaba en todos los rostros y los corazones latían aún, víctimas de aquel desenfreno de rapidez. Al fin, por el extremo oriente de la vía, un grupo de caballos apareció. Allí, entre admiradores decididos, el vencedor se destacaba. Los aires de una marcha triunfal rasgaron el espacio, y a la cabeza del grupo, con una cinta roja, símbolo de su victoria, apareció el caballo de Martín que aun parecía querer volar sobre la «Avenida», con sus cascos ligeros y su cuerpo arrogante.

Al pasar cerca al punto donde Rosa estaba, saludó sonriente. Casi todas las manos le batieron palmas de manera ruidosa, y tras unos ligeros momentos, habiendo recibido ya el ramo que su victoria habla merecido, corrió a «La Barranca», sin parar siquiera mientes en que su  familia le llamaba desde un palco; y entre la perplejidad de Teodosia, los gritos de Magdalena y la admiración de Daniel, aquel mozo gallardo puso su ramo triunfal en manos de Rosa que lo recibió lívida, enajenada y vacilante, sin que se le ocurriera una frase que demostrara su agradecimiento profundo, y sin que pudiera hacer otra cosa que dejar caer, en las corolas de aquellas flores, dos lágrimas brillantes, enormes y divinas que hicieron lanzar duramente a Daniel esta frase que todos escucharon y que - se regó en el corazón de Martín como la ponzoña de un escorpión:

-¡Ah torpe!

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