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CAPITULO XIX

En los dos días siguientes toda la atención de Malaquias y Justina se contrajo al asunto de la carta. Ramona, que sospechaba que de allí pudiera surgir algo muy terrible para su ama, pues a todos se les ocultó la forma  en que se iba a hacer, abrió el ojo.

-¿Pero qué demonios significa todo  esto?-se preguntó el miércoles por la mañana. ¿Ayer   No, ayer no: ¡ah lengua esta mía tan .....En fin. Digo que esto no lo permitiré yo. ¿Qué es lo que le han......visto Malaquías y mi. abuela a esa niña para que así traten den pedirle quién sabe qué cosas?  Yo.... francamente, yo no , es decir, yo sé que a ella no se le ha querido hacer ningún mal; eso sí lo puedo jurar yo delante de Dios Santísimo, aun cuando hay ciertas cosas que no me explico, porque, en fin, eso de que....de que....iAve Maria! Yo Juro que no tengo culpa. Yo lo....juro. Pero....¿media libra esterlina por eso....? Y malhaya ¿qué vale media libra para....? Cuatro libras enteras me había podido dar; y más, sabiendo que todo ,eso es para cuidar a Trístán, que está tan enfermo. ¡Pobre mi hermanita! Para cuidarlo a él-si se alivia-, es decir, en la convalecencia, porque de no, eso puede servirme para comprar una saya, un calzado, un pañolón, en fin, para cualquier cosa! Pero....., pero...., pero! Lo que Malaquías y mi abuela piensan hacer, sito divulgo yo. La señorita Rosa ha sido muy buena conmigo., para permitir que la mezclen ellos en sus asuntos. Varias túnicas que yo tengo, me las ha regalado ella; las zapatillas que me  pongo los domingos, ella me las dio, aun cuando ya un poco usadas; y ese puñado de maíz y dé frísoles etc. que en la |Proveeduría le dan a mi madre cada ocho días, a ella sé lo debemos, pues yo recuerdo que ella, suplicando casi con lágrimas en los ojos, logré que quedáramos inscritas para ir a reclamarlo los sábados, a medio día: Es preciso que yo no pase porque se le haga ningún mal a esa niña!

Ese mismo día en la noche quedó terminada la consabida misiva. Salta aquí, claramente, la certitud de que la carta que recibió Rosa la víspera, no venía de Malaquías y Justina. Estos, a pesar de su odio, no podían elevarse a tal nivel de precisión pues no tenían suficiente inteligencia para ello, ni derivaban así provecho alguno. Ellos buscaban dinero únicamente, y el dinero no podía venir de aquel modo. La carta que ellos escribieron, y que casi fue obra absoluta del tronera, iba solicitando una ayuda de la joven, a cambio de unas revelaciones importantísimas que Justina le haría. A ésta le chocó la forma, y quiso que la carta fuera destruida. Ella no quería rebajarse de ese modo. Era una vergüenza que ella no se perdonaría. Se entablé una disputa entre ambos, pero cuando más agriados se encontraban y cuando Ramona esperaba con desazón lo que de allí habría de resultar, Tristán, lanzando un gemido profundo, entregó su alma a Dios. Todo fue entonces llanto en la casa y gritos de amargura. Justina, entregándose a su pena, se olvidó del asunto con Malaquías; pero éste, cuando el día clareaba, salió taimadamente de la casa a realizarlo. Ramona, llena de malicia, se escapé tras él. Como lo dijimos antes, ella ignoraba el verdadero contenido de la esquela, y temblaba ante la reflexión de que éste pudiera ser muy horrible. Se prometió, pues, si así lo era, contárselo todo a la señorita Rosa, si de ello había necesidad.

Desde alguna distancja vio cuando Malaquías introdujo la carta bajo el portón de la casa de don Rufino. Ramona se resguardé y esperé a que la familia se levantara. Ya hemos visto lo demás. Rosa, que temió una infamia como la de la antevíspera, la destruyó sin ver su contenido, cosa que Ramona celebró. Mas la espina de una duda quedó clavada en el corazón de la joven, con justísima razón. ¿Cómo dejar de suponer que por conducto de aquellas manos habla venido la hiel que a ella le habla tocado saborear? Sin embargo, no fue todo eso capaz de hacerla retroceder en lo que se propuso: visitar la casa de su sirvienta. También hemos visto cómo fue recibida allí. Los cuchicheos que escuchaba eran de Malaquías y Justina que aun se disputaban su presa. La pobre vieja, obstinada en su pueril orgullo, se empeñaba en Salir a hacerle una barrabasada a la |santa, como solía apellidarla, conteniéndola el mozo al presumir que aquella fuese una yeta que se pudiera explotar en otras ocasiones.

-¿Conque una libra de chocolate, otra de vejas y miserables cincuenta centavos fue lo único que trajo? Exclama arrogantemente Justina cuando Rosa se hubo alejado. Así son todos estos ricos avarientos.

-¿Pero no ve, abuelita-objeté Ramona-que ellos también están muy pobres?

-Déjate de ser boba, que es que tú no los conoces bien!

La muchacha, que sólo había entregado ¡o que le convenía, y que ocultaba el anillo de Rosa en su seno, contestó:

-¡La señorita es inmensamente buena! Pero.... ¿qué vamos a hacer de ataúd?

El anillo, junto con otra cosa que ella sentía golpearle deliciosamente parecían decirle en su seno, con voz profunda:

-Véndenos, cámbianos; pero ella, acariciándolos con su espíritu, les contestaba:

Ni que yo estuviera loca, hijitos. Para arrancaros de mis manos, ni Malaquías con todas sus ar­timañas, fuera capaz.

Luego, mirando a Tristán en su mudez sombría, se desaté en profundo llanto.

-Un recurso se me ocurre-exclamó de pronto Malaquías. Yo voy a conseguir el ataúd.

Salió precipitadamente para donde el señor Alcalde.

-El muchacho que se hirió en las Carreras-le dijo-murió anoche, y su familia no tiene con qué enterrarlo. Ya ve usted que es una víctima del |20 de julio, casi un mártir de la Patria, un desventurado que se ira así desnudito a la otra vida si usted no les presta a esas pobres gentes su auxilio.

El señor Alcalde se conmovió, y con una boleta entregada a Malaquías arregló el asunto: ataúd y enterrada gratuitos.

Hecho una gloria llevó la fausta nueva a la desesperanzada familia, y arreglando todo cuanto Tristán había menester, se le llevó a la última morada.      

Al día siguiente Ramona, muy tempranos llamé a la casa de Rosa. Iba a continuar allí sus diarios quehaceres, a pesar de las ridículas protestas de Justina. Iba a trabajar. Rosa, al verla, sintió un escalofrío.

-El bajo pueblo es muy ignorante-se dijo. ¿Cómo puede una moza de éstas tener valor para volver aquí tras toda lo acaecido?

Cuando la sirvienta recibía las llaves de la cocina, un ruiseñor, quizás el mismo de los días anteriores, desataba su sonata de cristal posado en las ramas de un durazno, a tiempo en que las rosas, los lirios y las azucenas, ostentando su belleza, daban al aire la melodía de su perfume. El día, abanicando las sierras, regaba luz por sus costados, en una explosión de vida.

Cuando el sol hubo traspasado bastante el cenit, la curiosidad, más poderosa que todo en el sexo femenino, hizo que Rosa interrogara nuevamente a Ramona. Era verdad que ya todo entre ella y Martín había concluido, pero había instantes en que oprimiéndose el corazón con sus manos, quería estallar en un dolor hondo, ante el cual ningún consuelo hubiera de ser posible. Su amor por Martín no había muerto. Se cernía sobre su alma como un soplo de gloria, y la anegaba con su poder.

-¿Quién escribió la carta? le preguntó.

Ramona guardó silencio. Sin embargo, luego dijo:

-¡Para qué quiere saberlo, señorita? Hay cosas que es mejor ignorarlas. Usted debe desentenderse de todo eso.

No insistió. Haciendo un mohín de resignación, se entró a su cuarto. Caía la luz a torrentes por una de sus ventanas. Una |Dolorosa, con su dulcísimo rostro lleno de tristeza, pendía ornamentalmente de una de las paredes. Un rayo de sol la besaba en aquel instante. Oró, y le enseñé su alma. Es tan dulce orar cuando la vida, sañuda, nos dispara sus dardos de manera infatigable.

-Lo amo -le  dijo- pero si tú me das valor en mi pena, yo reservaré todo ese amor para ti. No dejes que en mi pecho entre la desesperación. Yo no quiero ver a mis padres afligidos por mi causa. Enséñame a sufrir resignada. Enséñame a olvidarme de él.

Y al terminar esto, sus | pupilas, blandamente, fueron espolvoreando sus mejillas con gotas ardientes que al llegar a su boca le dieron su verdadera comunión de acíbar.

Daniel entraba en aquel momento. Parecía, con su pulcro traje negro, su corbata blanca, su flor roja en el pecho y su lustroso calzado, que aun estuviera esperando otros Juegos Florales.

-iRosa, Rosillita! exclamó sonoramente..Sírveme la comida si ya está, que me voy.

Rosa apareció entonces.

-¡Qué tienes, que parece que hayas llorado? le preguntó su hermano.

La joven, llevándose el índice a sus labios, le impuso silencio.

-Ven, hablemos íntimamente prosiguió Daniel. ¿Qué te pasa? -¿Te han |profanado ..... tu ramo? ¿Por qué estás triste?

¡Ah! el pobre hermano no estaba al tanto de lo sucedido a Rosa. Ni siquiera de las cartas que ella había recibido, tenía noticia.

-No, nada de eso ha pasado.

---Entonces ¿por qué has llorado? Créeme, hermanita, puedo apostar cuanto tenga a que verdaderamente estás enamorada de Martín. Ese es tu tormento.

Rosa fue a contestar, pero un nudo que tenía en la garganta, se lo impidió. Para disimularlo, llamó a Ramona, pidiéndole que sirviera la comida

Daniel continuo:   

-Yo creo que debes dar al olvido ese asunto. Eres joven, no eres mal parecida, nuestra familia, si pobre, es honrada, y por lo mismo no te faltará algún buen partido, tarde que temprano, para hacerte feliz.

Rosa trató de enseñarle su corazón. Sin embargo, dio un rodeo espiritual, y dijo:

-¿Es verdad que don Miguel es muy malo?

-Eso aseguran.

-¿Que se enriqueció a costa de infamias?

-Eso afirman.

  -¿Y que es un avaro empedernido?

-Nadie dice otra cosa.

-Entonces  

-Entonces ¿qué? pregunté ansiosamente Daniel.        

No recibió contestación.

El sol, cargado de rayos, declinaba visiblemente. Un gallo, con voz ronca, lanzaba su canto desabrido en un huerto de la vecindad. Una libélula, juguetona, cruzó por en medio de los jóvenes enseñándoles las amatistas y rubíes de sus alas.

Ramona anuncié que la mesa estaba servida.

-Vamos al comedor -dijo Daniel.

-Pero papá no ha venido -respondió la joven.

-¿Y en dónde está él?

-Se fue diz que a dar un paseo por "La Enea".

-El comerá después. Llama a mamá.

Doña María, que ponía fin a una labor de mano, apareció.

Mientras entraban al comedor, el Ruiz, de una majestad insuperable, les enseñaba sus gemas aterciopeladas en una reverberación de luz.

Durante la comida, Daniel le dijo a Rosa:

-Teodosia y Magdalena, con quienes me vi hoy, me invitaron para que las acompañe al "Cementerio Viejo", a ver la puesta del sol, esta tarde, y me dijeron que te llevara. ¿Irás?

Doña María, mirando a su hija, cuyo fondo de tristeza no se le escapaba, exclamó:

-Sí, hija, irás. Ahora nada tienes qué hacer. Es bueno que te distraigas un poco.

      -Está bien, señora, iré.

Y cuando la comida-que a pesar de su aroma no era de lo más regio que se  pudiera encontrar- hubo terminado, Rosa, poniéndose su sombrero y su abrigo, y calzando sus pies con sus mejores zapatos; salió al lado de Daniel, tras haber dado a su madre un sonoro beso en la frente. Se dirigieron a casa de Teodosia, lugar en donde habían quedado de reunirse.

La joven, tratando de dar animación a su espíritu, le dijo a su hermano:

-Verdad ¿también tú estás enamorado? ¿Te gusta positivamente Teodosia? Cuéntamelo.

-No seas inocente. Los hombres de hoy no nos enamoramos de nadie. ¿Acaso crees que es verdad lo que te dije el otro día? No lo pienses. Y no es porque Teodosia me parezca fea, ni vieja, ni presumida, ni nada, pues hallo que es todo lo contrarío. Sería un partido riquísimo. Pero por una parte ¿qué papel representaría yo, casándome? y por otra ¿cuál seria mi suerte, gin corazón y sin dineros?

-Sin duleros, yo no sé; pero sin corazón   Entonces ¿por qué en los versos que publicas aseguras que tienes un corazón inmenso que revienta de amor, que sangra amor y que morirá de amor si no hay quién lo alivie? Tal vez sea Teodosia ese remedio que buscas.

-No creas en las majaderías que uno escribe. Son muy pocos los poetas sinceros que hay. Casi todos dicen lo contrario de lo que sienten. Es cuestión de consonantes, y nada más. Es verdad que si hay algunos que exprimen en ellos toda su vida, como José Asunción Silva, pero esos son muy pocos, y a veces, muy desgraciados. Los demás reventamos de gordos cuando aseguramos que ya el hilo de nuestra vida, debilitado por los pesares, va aromperse. No hay gente más embustera que los poetas en sus relaciones espirituales.

-¿Y dices que así son todos?

-Casi sin excepción. Juan de Dios Uribe aseguraba que no había cosa que más le fastidiara que esos nuestros versificadores llorones que no encuentran un amor en su vida., cuando en nuestra tierra todo el que lo desea se casa a la hora que quiere. Sobran muchachas, buenas y bonitas! Ya ves si tendrán razón para sus lloriqueos.

--Ese no es argumento decisivo. Una puede estar enamorada de un hombre, sin que por él reciba un millón de otros, mejores y mas bonitos.

-Una locura, y nada más.

     -¿De suerte que Teodosia no cerraría heridas, de esas que me dices no tienes tú?

-Oye, es mejor que no nombremos a mi primita. A mi me gusta como amiga, me encanta charlar con ella, verle sus ojos que casi chispean, sus mejillas que parecen puro raso, sus dientes tan blancos y sus encías tan rosadas, sus manos de venas tan azules; pero de ahí a estar enamorado hay un abismo. Esos son negocios para el Capitán Cobos, o para Martín.

Comprendiendo que había tocado imprudentemente una tecla muy sensible, añadió:

-Mira, allá se ven Magdalena y Teodosia aguardándonos. Pero ¿quién es ese tipo que las acompaña? ¡Ah! es nuestro tío Cándido. Es raro que no esté en el Club prodigando sus chistes.

-De veras. ¡Pero es tan bueno, y tan rico!

-En cuanto a eso...... |? ¡Bah! qué fuera de nosotros sin él.

En ese instante don Cándido, quien con algo más de cincuenta años encima, se conservaba fornido y | arrogante, volviéndose a los jóvenes los invitaba a entrar a su casa; con mucha simpatía;. pero Magdalena y Teodosia, ya en la calle, se les juntaron, emprendiendo así su |ascensión al «Cementerio Viejo>. Es éste, como lo anoté ya don Agapito en su narración de la montaña, uno de los puntos en que la vista puede solazarse a todas sus anchas, en una tarde de verano. A lo lejos, más acá de donde el sol semeja morir, en medio de llanos y sierras que mezclan sus ropajes verdes y azulosos en profusión desconcertante, enseña el Cauca, en serpenteamiento cristalino, el caudal de sus aguas; más allá la Cordillera Occidental de los Andes, en arrogancia inaudita, destaca sus contrafuertes y eminencias, como pasmosas moles que retan impasibles el empuje de los tiempos, mientras hacia el noroeste y el suroeste, el reguero de quintas y de serranías, de cabañas y hondonadas, de ángulos y curvas en cuyos vértices y líneas campea toda la pasmosa sutileza del éter tropical, deja espaciar la pupila por horizontes inusitados, en donde quizá la Patria, en su inmensidad, siente ya sobre todo al noroeste-que toca a ¡os lindes de lo ajeno, o de lo que siendo suyo le fue arrebatado vilmente por un asaltador de pueblos, atrevido y descomunal, en una hora negra. Pero en donde surge toda la avasallante exceltitud del paisaje, es propiamente hacia occidente. El sol, en su agonía, coloca sobre las nubes la más atrevida concepción de panoramas que pueda imaginarse. Salta la luz en millones de perlas, rompe en Niagaras de oro, estalla en cráteres de fuego con sus penachos de humo y sus torrentes de lava, brinca en espléndidos chorros de sangre, palpita en minaretes de ópalo y carmín, se riega en desbordamientos de plata, forma procesiones inconmensurables de ángeles y demonios, levanta ciudades ante las cuales la reina del Mar de Mármara y del Mar Negro se sentiría acobardadísima, teje mariposas, crea ejércitos, arrasa ciudadelas, empuja navíos sobre aguas azules que se extienden hasta el infinito, desboca corceles que arrastran carrozas de todos los matices imaginables, se ven Frinees y Lais bañando sus carnes sonrosadas bajo la caricia de una aurora reververente, surge el Coliseo con sus millares de espectadores y con sus atletas y sus púgiles, se ven ruinas herculanas, crucifixiones que enloquecen y tempestades que aturden; y cuando ya todo parece morir, cuando ya el sol se ha perdido entre gasas de púrpura y centellas de amatistas, nuestros ojos, ávidamente, creen percibir, por encima de todo aquel conjunto de grandezas, el oriflama de la Patria que una vez más, en su trinidad de colores, envuelve el alma de sus hijos en una apoteosis de gloria. A ver todo esto era que caminaban nuestros protagonistas.

Nada fuera del aspecto poco consolador de algunos chiquirritines que con sus túnicas llenas de desgarraduras y sus caras de mugre, jugaban libremente en las últimas calles de la ciudad, de unas cuantas mulas que con barriles vados regresaban de ésta al Zacatín, y de la charla que en una manga formaban Malaquías y varios ganapanes en un juego de cartas en que, sacándole el cuerpo a los alguaciles, todo lo comprometían distrajo en el camino la atención de nuestros paseantes. Cuando llegaron al mural del «Cementerio», la cosa sí cambió desmesuradamente.

-¡Es un espectáculo soberbio! dijo Daniel.

-¡Imponente! interpuso Rosa.

-¡Enloquecedor! dijo Magdalena.

-iRequetebello! gritó Teodosia, riendo. Aquí es en donde vamos a ver qué tan asombroso es Da­niel. En presencia nuestra le va a tener qué hacer unos versos a este mundo de cosas. Y volviéndose a él, añadió:

-Ven acá. Empínate en este cerro, y haz vibrar tu enorme lira; pero eso si, cuidado con las olas del Mar Rojo  

-Vamos. Yo te ayudo. Principia así: En aquel tiempo el espíritu de Dios era llevado  

-No -dijo Magdalena- no lo molestes por ese lado. No lo ahogues. -Déjalo hablar.

-No, Daniel -interrumpió Rosa- verás que vas a quedar malísimamente.

-¿Yo? No lo pienses. Escucha.

Teodosia. haciendo un gesto cómico, inclinó su cabeza hacia su hombro izquierdo, y dijo:

-Yo soy la que voy a escuchar.

Daniel, entre mohíno y arrogante, exclamó:

-Está bien. ¿Qué oyes?

-¡Un |chapuceo horrible!

-¿Y qué más?

-¡Gritos de misericordia!

Era imposible luchar con aquella alma irónica, y Daniel, para torcer el asunto, exclamó:

-¡Miren qué aeroplano tan majestuoso!

Las miradas buscaron en el firmamento lo que el poeta señalaba.

Rosa, de manera ingenua, contestó:

-No lo veo.

Sus compañeras, viendo su sencillez, no hicieron más que reír.

-Recitanos, Daniel-dijo Teodosia tu canto inmortal.

-Sí -repuso Magdalena- recítalo aquí, en donde todo es grandioso.

-No, Daniel -interpuso Rosa- no lo hagas, que quedarás deslucido.

-No lo creas -exclamó Teodosia- recítalo, que nosotras te enloqueceremos a aplausos.

Pero Daniel, comprendiendo el paso falso que daría, pues una cosa es declamar cuando la música, las miradas centelleantes, los labios llenos de sonrisas y el estrépito de las almas arrojan su dardo enloquecedor, y otra recitar cuando tan sólo dos o tres espíritus que quizá no comprenden nuestro esfuerzo, se hallan a nuestro lado dispuestos, más que al. aplauso, a reír a nuestra costa, les dijo:

-Más bien prefiero contarles un cuento.

-Pues adelante con él -dijo Teodosia.

Rosa y. Magdalena se le acercaron, sentándose todos en la pastosa alfombra que como un borbotón de esmeraldas tapizaba la tierra. El aroma de varios sembrados llegaba allí, rumoroso, acariciante.

-Presten, pues, marcada atención -dijo Daniel.

-La que tú quieras, encantole contestó malignamente su agraciada amiga.

-Eso uso me place -díjo- y tras una mirada sonriente a sus compañeras, continuó: Había en una ciudad antioqueña un muchacho que habiendo hojeado por casualidad las páginas de |«Las Mil y Una Noches», le dio por ser rey. Aun cuando el asunto no era de suyo tan fácil, a fuerza de porfía consiguió que un hojalatero le hiciera una corona de pura lata, cosa que le satisfizo plenamente; de un pañolón de su madre y algunas tiras churriguerescas de trapo, hizo el manto con que su majestad habría de cubrir su sacramental persona; levantó en un apartado rincón del solar de su casa un trono de madera forrado en papeles de vistosos colores; compró a un carpintero un cetro con incrustaciones doradas; tomó en alquiler, a un fierabrás de la última guerra, un chafarote que el orín convidaba a invalidez perpetua; y llamando a varios de sus amigos, los invitó a que le sirvieran de súbditos muy obedientes.

Los muchachos aceptaron gozosos la invitación; y para darle todo el realce necesario, gritaron, arrojando al aire la algarabía de varios cohetes y triquitraques:

-¡Viva el rey!

Nuestro protagonista, viéndose tan generosamente acogido, creó inmediatamente su corte, nombrando ministros suyos a aquellos de sus amigos que mas sobresalían por su hermosura y por su avispamiento; pero cuando iba a dictar las medidas que juzgaba más convenientes para la felicidad de su reino, se detuvo, exclamando:

-No podemos continuar: hace falta una cosa importantísima!

-¿Sí? preguntaron sus consejeros.

-Sí, hace falta-respondió su majestad-una muchacha que me sirva a mí de mujer y a todos ustedes de reina. Sin eso no se puede proseguir.

-¿Y qué hacemos a eso? preguntó uno de sus ministros. ¿No sirviera yo para representar esa   feminidad?

-No contestó el rey. ¡Ha de ser una muchacha verdadera, y bien bonita!

-Así como yo -dijo Teodosia.

-Eso es continuó Daniel. Una muchacha que tenga cabellos negros y abundantes, ojos quemadores, mejillas de seda, labios de rosa, cuello de nieve, manos de lirio, pies de azucena.

-La misma yo volvió a decir Teodosia.

-Si, tú en persona -respondió Daniel; y conti­nuó: -¿Cómo -exclamó su majestad- hacemos para conseguirla?

-Muy fácil arguyó uno de sus consejeros. Aquí en casa y señaló la vecindad está sola la dentrodera. Voy a decirle que venga.

-iMagnifico! exclamó el rey.

A poco entró el muchacho con la reina, por un portillo del solar; y aun cuando era todo lo contrario de lo que su majestad pedía, la encaramaron al trono, entre aclamaciones soberbias; pero resulta que de pronto aquel maderamen cruje, chillan los muchachos, grita la dentrodera, se desploma el trono, se le salta un ojo al rey, se carcajean hasta las tapias! El bullicio era espantoso. Unos lloraban, otros reían, otros renegaban, otros se partían por la mitad, hechos una viva llamarada de júbilo. Mas ¡áy! cuando en estas estaban, sienten una como especie de huracán o de terremoto, y antes de que se pudiese acordar ningún partido, la madre del monarca, con unas disciplinas de seis señores rejos que espantaran al más desalmado de los vivos, coge al rey y a la reina, pero de qué modo! Parecía llamando a juicio final.

-¡Tomen -les decía- para que aprendan a ser reyes, para que se tengan firmes en su trono! y mientras redoblaba lo terrible de la zurra, pisoteaba su corona   , hacía añicos su cetro!

-¿Y después? preguntó Teodosia.

-Después    se quedaron saboreando el gusto de ser reyes.

-¿Y ese es tu tal cuento? exclamó ella. ¡Qué cosa tan insuperablemente simple! Bien dice mi padre que para cuentos, los de los montañeros! ¡Esos sí son cuentos de verdad!

A Rosa tampoco le pareció una maravilla aquella narración.

-Es porque ustedes no quieren comprender toda la excelsitud del símbolo-exclamó sonriendo Daniel, aun cuando un poco sonrojado.

-Mejor era -dijo Teodosia- que hubieras recitado tus versos. Así te hubiéramos visto accionando como si fueras a entenderte con un león, y entonces sí, cómo hubiera sido la risa!

-Yo creo -dijo Magdalena- que Teodosia le debe una satisfacción a Daniel, y que se la debe dar ahora mismo. 

-¿Y por qué? interpuso la aludida.

-Porque eres su enemigo mortal.

-¿Yo? Nadie quiere a mi primo como yo lo quiero.

-Pues silo quieres tanto, más precisa es la satisfacción.

-Estoy pronta a obedecer -dijo Teodosia, riendo.

-Dale pues -continuó Magdalena- un abrazo bien hondo.

-¡Ave Maria! exclamó Rosa, asustada.

--Sí, prosiguió Magdalena. Se lo debes de justicia. 

-¿Uno? No. Es muy poquito. Voy á darle por ¡Q menos media docena; y levantándose y haciendo levantar a Daniel, le dijo:

-Prevénte pues, primito; y fingiendo que en realidad lo iba a abrazar, lo agarró de una oreja, murmurando: Toma por descarado.

-¡Bravo! exclamó Magdalena. Daniel debe querer mucho a Teodosia una vez que le perdona tantas como le hace.

-La mujer es débil...... -dijo Daniel.

-¿Débil? arguyó Teodosia. Si hago un esfuerzo más, me quedo con tu oreja. Pero yo te consolaré hora; y ofreciéndole su brazo, se fueron a un punto en donde la mirada no dejaba escapar una sola de las bellezas de aquel Poniente majestuoso.

Magdalena y Rosa los, seguían a pocos pasos..

-¿Pero qué le hiciste a Martín? dijo la primera. Teodosia y yo nos quedamos lelas viendo lo sucedido. ¿Le dijiste que no lo. querías? ¿Lo despediste?

-Yo no sé -te digo francamente- yo no sé lo que hice. Después he querido hacerme creer que todo ello fue mentira, que nada ha pasado, que seguimos amándonos como otras veces, pero entonces, el llanto que brota de mis ojos me traiciona, me grita que todo terminó y que debo resignarme. Y en  verdad ¿qué otra cosa puedo hacer?

Bañadas en aquel momento por un rayo de oro, aquellas jóvenes tenían la radiación de un ensueño. Rosa, con su gorra blanca adornada por una cinta oscura; con sus negrísimos cabellos cayendo negligentemente sobre los temporales para anudarse atrás, en su cabeza, con toda precisión; con sus  ojos tristísimos bañados de luz y su boca plegada en una aljofaración de púrpura; con sus manos de una blancura exquisita, y con su abrigo de un color gris pálido que le sentaba deliciosamente; y Magdalena toda vestida de un blanco crema, con sus cabellos abundosos y sus mejillas encarnadas enseñando la gloria de su esplendor, parecían desafiar, en majestad, el sinfónico borbotón de belleza que el crepúsculo formaba.

-¿Y no habrá medio de arreglar eso? dijo Magdalena, cubriendo con un brazo sus ojos para evitar un soplo de viento que escalando la sierra llegaba rudamente desde los pastales caucanos.

-Ninguno. Después de lo que yo le dije a Martín seria para mi un tormento buscar nuevamente su amistad. Ya, entre nosotros, todo terminó.

-¿Y qué le dijiste, pues?

-¡Que él y yo no podríamos ser felices nunca! El viento que subía de las hondonadas era cada vez más frío. Un mirlo, posado en un chircal, anunciaba, con su gargantada de notas, que el día tocaba a su fin.  Las espirales de humo que de algunas cabañas salían, mostraban que los labriegos retornaban a buscar su frugal comida tras las horas de intenso trabajo. Del centro de la ciudad, el |Angelus, regándose en el aire, traía a los oídos -la rumorosa cavatina de la meditación.

-Oremos-dijo Teodosia a su compañero y con sus labios de fresa entonó su salutación a Maria, bajo las últimas galas del crepúsculo.  Daniel, en, voz baja, la acompañó.

-Somos católicos convencidos -añadió Teodosia cuando su oración hubo terminado.

-Cosa que yo celebro. Es un hermosísimo adorno de la mujer.

-¿De la mujer? Calla: ¡de todo el mundo!

El regreso a sus hogares era ya obligado. Por donde mismo habían subido principió su descenso; pero al salir al camino público, Teodosia, dándose un zafón, estuvo a punto de caer desgarbadamente a tierra, si no hubiera sido por Daniel que echando le mano en el aire, la sostiene con brazo fuerte.

-¡Gracias, novio! dijo socarronamente la joven.

Daniel no supo qué contestar.

Cuando, habiendo dejado en sus respectivos hogares a sus compañeras, Rosa y Daniel llegaron a su casa, don Rufino, de regreso de "La Enea" entraba a su lecho bajo la presión de un escalofrío. El éter, recamándose de luceros, daba paso a la noche bajo la mirada de la luna que en el oriente, cerca al Ruiz, abría a los espacios su pabellón de luz.

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