CAPITULO XVIII
En la noche de aquel día Rosa no pudo cobrar sueño. Todo lo
trágico del paso dado con Martín llegaba a su alma gritándole que
había hecho mal, que el amor es sagrado, que los espíritus que
comulgan en sus altares se purifican en él como el oro en el
crisol, como los corazones en la penitencia. ¿Por qué no había
usado palabras más dulces?. ¿Por qué no había dicho la frase
arrulladora a través de cuya vestidura surge el celaje de una
esperanza sonriente? ¿Por qué, torpe, había arrancado el único
ensueño de felicidad a su vida? Como le decía Magdalena ¿ellos qué
culpa tenían en los asuntos de sus padres? ¿Todos sus dares y
tomares no se habían desarrollado sin que ellos pusieran una chispa
en esa hoguera de resentimientos? ¿No le decía Martín que él
procuraría remediar todo aquello? Y además....uno se amaban? ¿No
era la voz de Martín blanda a su alma como la música más dulce, su
porte gallardo como el de un ser a quien se mira aureolado por la
belleza y la gloria, sus ojos abrasadores como las llamaradas, del
sol? ¿Cuando sonreía él, no sonreía su alma? ¿Cuando sus miradas
llegaban, no amanecía en su corazón? ¿Cuando él pasaba, no se
llenaba de perfumes el ambiente y hasta los mismos pájaros
cantaban? ¿No era la imagen que la acariciaba en sus sueños, que la
saludaba al despertar, que le vertía raudales de dulzura en sus
instantes de pena? ¡Qué encantos no había soñado ella para cuando
fuera suya! Le seria tan
|picara, le tendría tantas caricias,
le guardaría tantos arrullos. Cómo jugarla con sus cabellos,
introduciendo en sus castañas sedas su mano diminuta, mientras con
sus pupilas le diría: ¡te amo! Cómo lo molestaría cogiéndole
asustada sus mostachos y haciéndole aspavientos al tocarlos como si
fuesen áspides; cómo le arreglaría su lecho adornándolo con un
ángel de alas azules para guardar el agua bendita que su confesor
le habría de dar a fin de que los malos pensamientos no rondaran su
mente; cómo le pondría flores en su baño para hacerle gritar al ver
tantos pétalos en sus aguas; cómo le haría guisar sus comidas para
que humeantes y aromosa las apurase con avidez; cómo gozaría ella
al verse, por ejemplo, andando de su brazo por la «Avenida
Cervantes» o por el «Parque de Caldas» en una noche de retreta,
bajo una algarabía lunar, y cómo reventaría de gusto cuando un
niño, coloradote y robusto, llorase en su cuna y ella, comiéndoselo
a besos, le dijera:
|Arrurrú, arrarrá, duérmete, niño, duérmete
ya....! ¡Cómo sería ese placer! Y embargada por estos
pensamientos que su corazón amasaba, con las más puras lágrimas de
sus ojos, la encontró el nuevo día. Arrullos de aves y aromas de
flores se filtraban por las rehendijas de los ventanales cerrados,
envueltos en chaparrones de luz. La vida, ataviada con sus tules de
amor, reventaba en sus puertas en una majestuosa sinfonía tropical.
Se esparcía la aurora. Las sombras morían.
Incorporándose sobre si misma, Rosa agité su blanquísima túnica
de lino adornada con cintas de un rojo pálido, doblé sus rodillas,
cruzó sus manos sobre la turgencia cálida de su pecho, entornó sus
ojos purísimos, y oró. Brotaron sus palabras como un desgranar de
perlas, cayeron como notas de cristal, se perdieron como nubes de
incienso. ¡Perdóname, Dios mío! se le oía decir. ¡Perdóname!
Luego calzó con todo recato la alta media de seda en la pierna
ebúrnea, apretándola en el muslo con verde liga de brillante
hebilla, ciñó su corpiño, anudó otras prendas, abotonó su blusa,
vistióse su saya y salió, echándose una última bendición sobre su
rostro divino.
Por un instinto de inocente curiosidad, abrió una ventana de la
sala, y echó una mirada a la calle. El día, en un arroyo de vida,
jugueteaba sobre las cosas, formando evanescencias de juventud. El
cielo, de un azul purísimo, abría su ancho palio a la caricia del
sol, posándose eh las sierras lejanas como los cristales amplísimos
de un lago.
-lEl día está bello! dijo Rosa; pero al ir a cerrar su ventana,
una cosa pareció que lo oscurecía.
No quiso creer. Se restregó bien los ojos, y miró nuevamente.
Ramona, con mucha malicia, asomaba a medias su cabeza en una de las
esquinas contiguas a la casa.
-¿Será posible....? se dijo; y movida por un negro
presentimiento, bajó al portón.
Como la antevíspera, una nueva carta enseñaba allí su cuerpo
inmundo.
Sintió asco y la apartó con sus pies, mientras torcía la llave a
la cerradura.
Aterrorizada, pero pudiendo más en ella un sentimiento
inteligente, la recogió luego con marcado escrúpulo, y sin abrirla
ni dar cuenta de ella a nadie, subió a la cocina, inflamó un
fósforo y lo encendió. Hacía la misiva sus últimas contorsiones,
cuando Rosa miró hacia atrás. Quiso lanzar un grito, pero se
contuvo. Ramona estaba allí.
Toda la tristeza de su alma agitó su corazón cuando creyó que
aquella pobre muchacha tenía parte en esas tretas. En vez de sentir
odio, sintió piedad.
-¿Conque eres tu, Ramona....? prorrumpió con acento que era una
acusación. ¿Y por qué lloras....?
-Señorita: ¡mi hermano ha muerto!
-¿Qué dices?
-Ya lo oye usted. Murió anoche, víctima de su herida.
-¿Y lo enterraron ya?
-No, señorita.
-Vete, Ramona, ya iré a hacerte una visita.
-¡Ah! pero quería decir a usted otra cosa. ¿Está usted sola?
-Completamente.
-¿Ha recogido usted una carta en el portón?
-Y la he quemado.
-¿Sin leerla?
-Si, sin leerla.
Una brizna de alegría pasó por el rostro de la sirvienta.
-¿Y por qué lo preguntas? ¿Sabes tú, acaso, quién la envía?
agregó, mirando a Ramona compasivamente.
-Sí, señorita; y a las lágrimas que venía vertiendo, agregó otra
más fulgurante.
-¿Y me lo dirás a mí?.
-¡Jamás!
-¿Por qué?
-Porque no puedo.
Hubo un corto silencio. En Rosa, a pesar de su inocencia y
sencillez, una revolución de ideas quería levantarse. ¿Por qué esa
humilde sirvienta a quien la muerte acababa de arrebatarle un
hermano, le hacía esa confesión, afirmándose en sostener oculto el
nombre que ella ambicionaba? ¿Qué era ese lío? ¿Acaso no sabían
esos seres incógnitos que la venían persiguiendo, que ella había
roto la víspera con Martín, y que todo lo que sobre el particular
se hiciera ya, pecaría por inútil? ¿Sería la carta que acababa de
volver cenizas, una felicitación,...?
-¿Y por qué no quieres hablar, Ramona?
-Porque no puedo, señorita. ¡Hay cosas que no se deben revelar
jamás! Y al terminar esto, se alejó.
No supo Rosa a qué atenerse. Sin embargo, al concluir el
desayuno, conté a sus padres lo sucedido al hermano de Ramona, y
pidiéndoles permiso, salió a hacerle a esta la visita
prometida.
El cuadro que se ofreció a sus ojos fue desgarrador. En una casa
cuyas paredes eran huecos cubiertos con papeles y trapos, en cuyos
techos el hollín y las telarañas entretejían su sartal de miserias,
con un piso en que el agua casi manaba, pues la negra tierra nada
tenía encima, estaba levantado el catafalco de aquel infeliz, en
una pobre mesa cubierta con una sábana, adornado con cuatro velas
de sebo y unas cuantas flores blancas, enseñando su rostro pálido,
inmensamente pálido, y mostrando bajo un pañuelo anudado a la
cabeza en forma de gorro, asomos de la ancha herida, de la enorme
herida que al caer había recibido en las Carreras.
Unas cuantas mujeres, ancianas casi todas y con los pies
desnudos, estaban a su alrededor, compungidamente, ostentando sus
vestiduras andrajosas a cuyo través se dejaban ver las carnes
ajadas por los años y las fatigas, los pechos escurridos por el
hambre.
En otro cuarto, en el cual no quiso Rosa entrar, se escuchaba un
cuchicheo fastidioso que le disgusté intensamente. Era algo que
profanaba el obligado recogimiento que en una sala mortuoria debe
reinar siempre, y que tenía el asomo de una provocación. De pronto
sintió que alguien la agarraba con sus manos, y volviéndose con
ligereza, vio a Justina que con sus ojos secos, llameantes por la
fiebre, la miraba llena de curiosidad.
-¡Ah! dijo, es
|la santa; y soltando una carcajada, se
alejó dando a su cuerpo un contoneo pueril.
-Está loca-le murmuré Ramona.
Fuera esto último verdad o mentira, lo cierto es que conmovió
profundamente el alma de Rosa. Allí la miseria jugaba del modo más
lamentable con la vida humana; y antes le pareció poco, la ironía
que Justina le lanzaba. Era su rival en la gradería de las
sociedades, y por mucho que la amase, algún golpe le daría cuando
la ocasión viniese. ¡Ah! ¿por qué don Miguel no ponía una gota de
miel en aquella amargura?
-Mira, Ramona ¿no han comprado el ataúd? exclamó Rosa.
-No, señorita.
-¿Por qué?
-Porque no tenemos dinero.
-Está bien: nada importa. Recíbeme esto; y sacando de debajo de
su abrigo una libra de chocolate, otra de velas y una moneda de
cincuenta centavos, se las entregó. Luego, zafando un anillo de su
dedo, casi la única alhaja que ya ella tenía y que era regalo de su
hermano Daniel, se lo alargó, diciéndole:
-Vende esto, y compra el ataúd.
Ramona, embargada por la emoción, no pudo modular una sola
palabra de agradecimiento.
Rosa le posó su mano en el hombro, le encargó resignación, y
partió. Al salir de aquella morada infeliz, escuché que alguien
decía:
-Devuélvele eso a esa miserable. ¿Cree la muy taimada que le
quedamos muy agradecidos? ¡Que no vuelva nunca aquí!
¿Quién lo decía? Casi fuera imposible creerlo, y sin embargo, la
verdad de los hechos lo dice rotundamente: Justina. ¿Por qué? Es
una cosa que sucede con más frecuencia de lo que se cree. Las almas
que descienden al arroyo y que no tienen fuerzas para salir de ese
abismo, le cobran un odio intenso a todo lo que alguna vez se codeé
con ellas y que no las acompañé, por uno u otro camino, en su
desgracia. Son pozos cubiertos de veneno que sólo aguardan la
ocasión para tragar su presa, y que viven anegadós en su
desesperación, viendo la ajena felicidad. Uno de esos seres
desgraciados era Justina. Ella no podía olvidar que doña Maria
habla sido su compañera de infancia, y que por lo mismo sus hijos
debían valer tanto como los suyos. ¿Qué más tenían los otros?
Vanidad, orgullo, fatuidad. Ella los conocía bien. Sin embargo, a
pesar de tanto. odio, su nieta Ramona había tenido qué ir a
trabajar allí. Esto era lo imperdonable. ¿Por qué no había escogido
otra casa? Porque en ninguna la necesitaban. Esa era la gran
verdad. Pero una nieta suya trabajándole a la vieja María, sí era
un delito. Por nada en el mundo se perdonaría ese pecado, ella que
cuando "La Enea" era todavía el lugar en donde la selva sentaba con
orgullo su planta milenaria, inculcaba a sus habitantes la luz de
la instrucción, de manera amorosa. ¡Cuántos de esos que a diario
paseaban su orgullo y ostentación, desdeñando el rozarse con las
clases menesterosas, le debían a ella la primera luz que sus
espíritus habían bebido! Y venir ahora, al cabo de los tiempos, a
ver su descendencia sirviendo, como el más misero mortal, a quien
con ella vivió en igualdad de circunstancias y en igualdad de
consideraciones. Era cierto que ella había dado su mal paso ¿pero
quién tenía la culpa de esto? Un tronera de la familia de Maria.
Acaso si Cándido no la engaña con la sarta de sus embustes,
tejiendo en su corazón la miel de todas las esperanzas y de todas
las blanduras, hubiera descendido al fangal en donde se hallaba
sumida? ¿No fue él quien a fuerza de frases blandas narcotizó su
imaginación, para beber con ansia loca su pureza en una noche en
que el cielo, entristecido, apenas dejaba ver una que otra estrella
en su inmensidad sombría? Era necesario cobrar venganza a todas
esas infamias. ¿De qué manera? Era esto lo que hacía bastante
tiempo la preocupaba, sin hallarle solución. Incapaz de doblegarse
ante los mismos que habían visto la apoteosis de su juventud y su
belleza, sólo alguna vez, cuando don Miguel regresó del Cauça,
acudió en su busca, a implorarle un favor. Creyó, ingenuamente, que
aquel hombre con quien tantos días compartió alborozada, y a quien
supo infundirle un átomo de gozo en este mísero mundo, le tendería
misericordiosamente su mano al verla en el estado dé miseria en que
se hallaba, y que reviviendo memorias para ellos carísimas, le
diría, como otras veces: «No te inquietes, Justina; aquí estoy yo».
¡Desventurada! Su desengaño fue completo. Sin una palabra
compasiva, sin un gesto amoroso, sin una mirada en la cual
reviviera el afecto de un idilio ido, la despidió con una moneda
miserable que produjo en sus manos la escisión de una quemadura. Si
algún cariño tenía por ese hombre, murió en aquel instante. Lo
odié, pero lo odié con toda la fuerza de que su alma era capaz. Son
muy pocos los corazones que cuando reciben una injuria, saben
sonreír ante ella y perdonarla llenos de grandeza; son muy pocos, y
sólo en ciertas esferas sociales pueden encontrarse. En los limosos
estanques de la vida, no existen. Para existir, tienen qué salir de
allí. Pensó en la venganza. La venganza es la fruta más dulce que
acarician los espíritus perversos y los .seres que odian. El peso
que esta carga produce, lo sienten compensado con la satisfacción
de un mal, hecho en pago de un bien que no se hizo. Es música que
produce alegría, a pesar de tener la monocorde armonía de una
sonata de grillos. ¿Pero cómo vengarse? La cuestión no era tan
sencilla como a la simple vista se presentaba. Vengándose de don
Miguel no quedaba satisfecha sino de manera muy mediana. Había
necesidad de arrastrar a don Cándido y a cuantos más se pudiera. Es
verdad que éste no había sido tan miserable como aquél, pues una
que otra ocasión había puesto en sus manos algún auxilio que de
algo le servía, pero había necesidad de castigarlo fuertemente,
para que pagara el mal que él le había propinado cuando su pecho,
lleno de candores, ignoraba lo que era la vida y la infamia de lo
humano.
Los años transcurrían sin que la ocasión de sus ansias se
presentara. Si en sus manos hubiera estado, les habría arrancado
sus riquezas de manera súbita; les habría envenenado lenta,
lentísimamente, a fin de que sus padecimientos se hicieran
intensísimos; en fin, les hubiera ahorcado, a ser posible, con
entera satisfacción. Pero esa oportunidad no se presentaba. Un día,
al cabo de mucho tiempo, supo lo que todo el mundo sabía, es decir,
la bancarrota de don Rufino.
-Ya cayó uno-se dijo-¡ah si cayeran los otros!
Mucho le averiguó a Ramona sobre los sufrimientos y amarguras de
aquel hogar, pero al informarse de que don Cándido y don José
subvenían a sus necesidades, exclamó:
-Sí, esa es la suerte de los ricos; nunca, aun cuando se los
lleve el Diablo, les falta nada! ¡Las angustias son únicamente para
nosotras!
Fue entonces cuando principié Malaquías su cortejamiento a la
avispada sirvienta. Para conocer siquiera a medias este tipo, es
necesario que empleemos dos plumadas. Hijo de una mujer cualquiera
en cuya casa no tenía más oficio que servir de incomodidad a todos
sus vecinos, arrojando piedras a sus gallinas, a sus perros y a sus
tejados, resolvió un día, cuando sólo contaba diez años de edad,
irse para donde la suerte lo decidiera, dejando así en amplia
libertad a su madre para sus andadas, la cual exclamó únicamente al
saber la escapada de ese tormento: -¡Antes se habías demorado
mucho!
Así llegó, tras unos cuantos días de camino y al lado de unos
arrieros, a la ciudad de Cali, en donde una familia acomodada,
después de recibirlo como sirviente, y
|
enamorada de su
viveza, resolvió ponerlo en una escuela pública, con la mira de que
siquiera aprendiera a leer y a escribir.
Dos años estuvo allí el travieso muchacho, al fin de los cuales
su maestro, cansado de escuchar quejas de su discípulo y harto de
ver las querellas que a diario formaba con sus educandos, resolvió
despedirlo, a pesar de que su inteligencia era despejada y de que
los conocimientos adquiridos eran muy halagadores. Su letra-a decir
del mismo maestro-era de lo más perfecto que se podía esperar.
Esta despedida causó hondo disgusto en la casa de Malaquías,
razón por la cual se llevó, como corrigenda, una buena tanda de
azotes que se le propiné a todo gusto; pero el muchacho, que poco
gustaba de esos cumplimientos, cambió inmediatamente de amo, yendo
a parar al lado del dueño de un billar, en cuyo domicilio cobré
hondo afecto a la holganza.
Siendo muy poco su trabajo allí, se juntaba con los arrapiezos
de la vecindad, y trocando los corozos y las peonzas por monedas,
jugaban dinero. Hasta alguna vez, para santificar aquellas
oblaciones, hacían uso, tras las tapias cubiertas de chircas y
yerbamoras, de un bien trago de aguardiente que les hacía reír y
hablar con todo descaro. Un día, para susto de sus compañeros, se
vio a Malaquías con un cuchillo bajo la
|pretina del calzón,
ostentándolo a ratos con toda desvergüenza.
-¿Saben que tengo novia? Les dijo; y por la tarde, cuando los
quehaceres domésticos dejan en las casas un instante de tregua, los
llevó a ver su encanto en el mismo barrio en donde ellos cometían
diariamente sus pillerías.
-Ya tengo una carta escrita para enviarle-les dijo; y como todos
mostrasen deseos de conocerla, él se las enseñé.
La estupefacción fue casi general. La letra era delicada-hasta
donde es posible en esa edad-y las frases escogidas bastante
|bonitas para dejar loca a la muchacha.
-Este si que es caliente-se dijeron los otros, muertos de
envidia. Era el ídolo netamente consagrado, puesto que además de
jugar, de fumar cigarrillos, de beber uno que otro trago de
aguardiente y de tener cuchillo, tenía también novia. Novia es
decir, lo que en esa edad puede llamarse así: una chiquilla de unos
doce años, que lo miraba con ojos fulgurantes y que moría de placer
al contemplar el rostro Heno de viveza y gracia de aquel
pilluelo.
En los días siguientes sus camaradas gustaron, a sus expensas,
de todas las golosinas que en las confiterías se encontraban, para
que le acompañaran en su faena amorosa; pero como todo tiene su fin
en este mundo, su amo, que hacía algún tiempo venía notando que su
dinero se mermaba ostensiblemente sin explicarse la causa, le echó
mano a Malaquías en el instante mismo en que éste, forzando el
cajón de una mesa, sacaba de él algunos dineros para sus cotidianas
expansiones.
El cuchillo de marras lució en alto en manos del gamín, pero su
patrón, que no era un pintado en la pared, esquivé el golpe, le
fingió una acometida a la izquierda, lo aguardó a la derecha con un
sordo puntapié, y lo derribó; y asiéndolo entonces de la cerviz,
con mano que apretaba como una enorme tenaza de acero, lo entregó a
la Policía para que ésta hiciera lo que a ella correspondía.
No fue muy embarazada la labor de esta última. El pilluelo, que
juzgaba-a pesar de su avispamiento-que confesando todo lo sucedido
se le pondría en libertad inmediatamente, narré con absoluta
sinceridad cuanto había hecho en los tres años que en aquella casa
había estado, y la manera como había disipado todo lo sustraído.
Era un confeso de robo, y no hubo más que aplicarle la ley y
enviarlo a presidio por unos cuantos años.
El cambio era demasiado brusco pero no para abatirlo. Notando su
viveza, algunos de aquellos rezagos sociales que en aquel antro se
encontraban, se hicieron sus amigos, con lo cual se aumentó su
caudal de depravación, pues ellos le enseñaron el modo de abrir
cerraduras sin necesidad de romperlas; la manera de jugar a los
dados y de ganar siempre; el modo de
|entongar hombres y
mujeres, y otra infinidad de maldades cuya pormenorización no cabe
aquí.
Un día sus íntimos le propusieron fugarse, cosa que él manifesté
aceptar de buena gana. El plan era muy sencillo. En el cuarto en
donde dormían y que tenía en sus paredes un revestimiento de
madera, habían logrado desprender una o dos de sus tablas, y por
allí, con las manos, sacaban puñados de tierra que ocultaban en sus
ropas interiores hasta el instante en que iban a hacer sus
abluciones al
|wa
|t
|er-closet, en donde los
derramaban.
Como ya el hueco era suficientemente ancho para dar paso a una
persona, después de la ronda de media noche se deslizarían uno a
uno por allí, saliendo a un solar vecino y tomando luego cada cuál
para donde lo tuviere a bien. Era la cosa demasiado fácil porque
las tablas se levantaban cuando había la oportunidad ¿le sacar
tierra, volviendo luego a ajustarse debidamente y sin que nadie
sospechara su levantamiento. Los guardias quedarían perfectamente
burlados.
El pillín, que ansiaba su libertad y que habla oído decir allí
mismo que al preso que denunciara una fuga se le haría una rebaja
considerable en su pena, guardando todo disimulo dio cuenta al
Alcalde de lo que intentaban sus compañeros, con lo cual ellos
aumentaron su permanencia en aquel lugar, mientras Malaquías, lleno
de contento, salía a respirar, completamente libre, el aire de las
ciudades y los campos, tejiendo en su imaginación el plan para
llevar una vida regalada sin necesidad de mucho trabajo, pues la
pala y la pica del presidio habían escocido acerbamente la piel de
sus manos para que pudiera sentir ansias de repetir esa labor, no
estando ya bajo las garras de la ley.
Fue así como a golpes encontrados de la suerte vino a dar
nuevamente a Manizales. ¿Qué habla sido de su madre? Una pneumonía
le había puesto fin en el Hospital, tras unos pocos días de
sufrimiento. Estaba completamente solo en la vida, pues no
recordaba que su madre le hubiera dicho, de manera directa, que
tuviera deudo alguno. Sin embargo, le parecía que ella, en alguna
ocasión, señalándole un
|caballero que cruzaba por la Plaza
de Bolívar, le había dicho con alguna muestra de certeza:
-Mira, ese que va allí es tu padre.
Esto hacía bastantes años, pero él, a su regreso a esta ciudad,
buscó a ese individuo, y lo hallé: era don Miguel.
Vaciló por un momento. El asunto era bastante delicado y no
había qué avocarlo imprudentemente. Se miró a un espejo, y aun
cuando creyó hallarse algún parecido con dicho señor, se encontró
muy moreno, cosa que lo disgusté hondamente.
-iNada!----exclamó de pronto-el color puede que sea culpa de mi
madre, que no era muy blanca. En el cuerpo y en lo demás él y yo
somos una misma cosa.
No faltaba más que la presentación. ¿De qué manera hacerla? ¡Ah!
era la cosa más trivial del mundo. El mismo se presentaría, y él
mismo arreglaría ese negocio.
Vistiendo una chaqueta de lienzo blanco, pantalón negro,
sombrero de fieltro ladeado al lado derecho, con vistosa corbata
roja y lustroso calzado de glasé, se dirigió al almacén del
avaro.
-¿Me reconoce usted? le preguntó tras algunas breves palabras
de cumplimiento.
-No tengo ese honor-le dijo sonriendo - don Miguel. -Pues ha de
saber que yo soy hijo suyo, y vengo como tal a ponerme a sus
órdenes.
-¿Hijo mío tú? Pobrecillo. Estás perdiendo el juicio muy
temprano. Vete a coger oficio.
-Hijo suyo, sí, señor-respondió Malaquías, visiblemente
contrariado.
-Pues se ve claramente que perdiste el juicio muy temprano, y
que te hace falta coger destino; y con un gesto irritado, lo
despidió de allí.
-Efectivamente-dijo al salir, hecho un costal de desilusiones-me
he pifiado. Este bribón no me reconoce como sangre de su sangre.
¿Mas sí seré yo hito suyo? Mi madre decía que yo nací a poco tiempo
de unas Fiestas que aquí hubo en el año 1888, si mi memoria no me
engaña, de suerte que tengo unos veintidós a veinticuatro años de
edad, si eso es cierto ¿pero esto qué me prueba? Que en realidad yo
no sé quién es mi padre. ¿Y quién lo sabrá en este mundo, ya que el
marrullero viejo ese no me reconoce como nada?
Es lo cierto que nosotros, ni aun su misma madre Luisa-que así
se titulaba la infortunada- podemos decidir este punto. Pertenecía
Malaquías a esa turba anónima que brota del arroyo, y en quien
todos los lazos paternos se hallan de tal manera confundidos, que
llegan a desaparecer completamente. Podría firmar por ese lado con
una Z o con una R, sin que con ello cometiera falta alguna. Mas si
don Miguel no lo reconoció como hijo, éste silo reconoció a él como
el individuo en quien debía descargar sus odios por el mal
acogimiento que le había dispensado. Se informó de su vida toda,
hasta donde le fue posible, y al saber la manera como apretaba sus
dineros, exclamó:
-Por ese lado si no tiene riesgo de que sea mi padre: ¡a mí el
dinero me arde entre las manos! Pero no por esto lo perdoné.
Así iban sus asuntos cuando clavé sus ojos en Ramona. Le pareció
bonita de cara, aun cuando noté que sus dientes se conservaban mal;
el busto no era muy escuálido que se dijera; .la pierna, si no muy
gruesa, tampoco era muy delgada; los cabellos tenían un negro
sedoso, aun cuando poco abundantes; los ojos eran inquietos y
festivos, ye! color del rostro no muy blanco. Para Malaquías,
cuando la trató, resulté ella que ni soñada, a pesar de su no muy
elevada estatura:
-Yo he ido a toros-le dijo ella-y allí te vi una ocasión. A mí
me encantan los toros , y los toreros. Mira que cuando sale la
cuadrilla al redondel, al son de la música, me dan deseos de coger
una capa, y vestida a la última, aguardar al toro, hacerle lances,
banderillarlo y matarlo, reventado de júbilo. Yo era capaz de
hacerme torera. El otro día, en una casa en donde trabajaba,
ordeñábamos una vaca. La víspera había visto
|a Morenito en
el Circo clavando unas banderillas de fuego ¡qué par de
banderillas, Dios mío! y como a mí me entrasen deseos de hacer cosa
parecida, cogí con mucho disimulo el molinillo del chocolate, salí
al solar, me le cuadré a la vaca, la acometí y ¡sus! le embutí todo
el molinillo por un ojo.
-¡Espléndido! dijo Malaquías.
-¡Formidable! digo yo. Si ha sido una espada, allí la dejo del
primer guarapazo.
-¡Claro! se ve que eres muy valiente -exclamó su interlocutor.
¡Así me gustan a mí las hembras!
-También he ido a maromas: me ha llevado mi hermano Tristán.
¡Eso sí que es delicioso! Una, vestida con esos trajes tan
perchudos y con esa cara tan linda, colgándose de los trapecios,
bailando en la cuerda, dando saltos mortales y saltando en la barra
¡no me digas! esa debe ser la mayor felicidad que hay en este
inundo. Si río fuera porque mi madre Justina no me ha dejado, yo
tuviera ya un trapecio aquí en casa.
-iQué dicha verte entonces a ti!
-¿Si? ¿Pero no ves que esa viejita es tan reyesera?
-¡Qué lástima!
-Pero lo que más me gusta de todo es el cine. Cuando
|«Fantomas», yo reventaba de gozo. Ese es mucho trozo de
hombre. Mira que hacer las que hacia, salir tras él la autoridad,
rodear su casa, ir a prenderlo y resultar conque él estaba ya
lejos! Eso sí es lo que a mi me produce gozo. ¡Esos hombres son los
que me encantan!
-¿De manera que yo no te gusto nada...? preguntaba sonriendo
Malaquías.
-¡Ah bobo! pues tú eres el alma de todo. Yo quiero decir que
esos hombres en el cine son admirables!
Y así, de ese modo, se acentué su noviazgo. Si a él le gustaba
Ramona, a ésta le encantaba el pilluelo. Cuando él le contaba
alguna de sus aventuras, la dejaba con la boca abierta.. Lo único
que en él parecía disgustarle, era el nombre. ¡Caramba con el
nombre!
-¿Pero por qué lo pondrían así? se preguntaba. Mejor era que lo
hubieran puesto Gestas, ya que de ese modo se le pudiera decir,
siquiera,
|Gesticas; pero Malaquías! Si se le dice
|Quias, suena muy mal;
|Quiitas, un desastre;
|Malaquiítas ! El diablo con tal cosa. No queda más
recurso que llamarlo Malaquías a secas, aun cuando sea como quebrar
corozós con los dientes. ¡Qué se va a hacer!
- Si a Ramona le cayó en gracia el tunante, a Justina casi la
enloquece. Pues cómo no había de recordar ella a
|Quillas, el
hijo de Luisa Sandoval! Si casi vivían en una misma casa cuando
nació el pillín y se enfermé Micaela! Pero de lo que si estaba
segura-afirmaba ella--era de que Malaquías no era hijo de don
Miguel. ¡No, ni por asomo!
Y entonces recordaba que Carlos-el de la relación de Belalcázar,
el cual en posición social y en bienes materiales había mejorado
también muchísimo-habla ido varias veces a aquella casa en donde
ella-Justina-lucía sólo su pobreza. Recordaba de manera tan
patética lo risueño que llegó una noche, disfrazado de moró,
caballero en hermoso caballo, donde Luisa. ¡Ah! La pobre vieja no
sabía que era uno de los protagonistas en la pareja de
|«Los
Enamorados». Pero sí cruzó una suposición por su mente: ¿no
sería Malaquías descendiente de aquel moro montañés? ¡Quién
sabe! Sin embargo, ella no se atrevía e decírselo al pilluelo, por
temor de que con dicha suposición nada bueno obtuviese. Carlos, con
un cargo muy distinguido como militar y después de haber probado
ser uno de esos valientes que en nuestras guerras civiles han
realizado hazañas verdaderamente asombrosas, habla muerto, sin que
se le conociese descendencia alguna, en aquella revolución de los
tres años desatada por el General Rafael Uribe Uribe, Jefe y
periodista liberal, en 1899. Pero lo que Justina sí le decía a
Malaquías, era esto:
-Tú revelas a la simple vista ser un hombre honrado y de valía,
al paso que basta ver a ese miserable viejo Miguel para comprender
qué clase de víbora es. Además, yo nunca llegué a verlo a él en tu
casa. Esa es una equivocación que tú has tenido. Sin embargo, ese
desventurado no debió de acogerte de la manera que ¡o hizo, y por
eso es justo guardársela ahí con muchas otras que yo le tengo!
Y se la guardó. Odiar un rico cuando hay motivo para ello, es
una cosa que embelesa a algunos seres de la hampa. Hallan en eso
una felicidad que no es posible suponer en tan bajo asunto.
La noche del día en que Tristán recibió su mortal herida en las
Carreras, Justina, fumando una gruesa colilla de un cigarro que
alguien le había regalado, hizo, en presencia de todos los suyos y
de cuantos se hallaban viendo al enfermo, la relación de toda su
vida y de la de don Miguel.
Saboreando maldad la escuchaban sus circunstantes, acomodados en
una mala banca de madera y en unas dos esteras que Ramona tendió en
el suelo con alguna diligencia.
-Pues nosotras-dijo alguien-si fuéramos usted, no se la
perdonábamos
-Ni yo tampoco-agregó Malaquías-; es necesario cobrárselas
todas!
-Pero cómo-añadió Justina. Por mi purísimo honor que yo le tengo
miedo a ese hombre. Yo no sé por qué, pero a ml me parece que él
tiene verdadero pacto con el diablo. Cuando yo estaba en el Tolima
con él, se me aparecía de pronto con unas monedas de plata tan
nuevecitas, que yo veía firmemente que era el
|Co!millón el
que se las daba en cambio de su alma, que debe heder a diablo
podrido. Yo, ahora, no era capaz de estarme una noche sola a su
ladó, por todo el dinero dé la tierra.
-Yo sé un medio para vengarnos de ese picaro-dijo Malaquías. Le
escribimos una carta en nombre de madre Justina-era éste el
tratamiento que hacía días le daba a la vieja, para estar allí a
todas sus anchas-carta en la cual le amenacemos con contar su vida
a todo el mundo si no nos manda una buena suma de dinero para salir
de apuros en estos días.
-No vayan a pensar en eso-exclamó Justina. Con toda seguridad
que nos manda a la cárcel si tal cosa hacemos. Con ese no hay más
que torcerle el pescuezo cuando haya completa oportunidad: de resto
los embromados somos todos nosotros.
Exprimiendo con sus dientes roídos por la caries el ambil de sus
colillas, otras comadres apoyaban ampliamente a Justina:
-«Con el viejo Miguel es lucha perdida. ¡Barajo con el hombre
tan sagaz!»
-Y su hijo diz que se casa con la hija del viejo Rufino. ¿Qué
sabes tú de eso, Ramona?
-Pues que antes de Tristán caer, estaban muy embelesados el uno
con el otro, en «La Barranca». Parecían dos caramelos milanos
derritiéndose al sol Tristán, mordido por su dolor, lanzó un
hondo gemido.
-Démose agua al niño-dijo Refugio-que es que tiene mucha sed.
¡Pobrecito mi hijo!
-No le muevas mucho la cabeza-arguyó su abuela.
El frío trataba de invadir la habitación, al soplo del viento
que subía del lado de Olivares. El cielo, recamado de estrellas,
sonreía apacible sobre las cosas del mundo.. Una vela, en la casa
de Justina, formaba tenues chisporroteos en frente de un cuadro de
la Virgen, adornado con algunas flores.
La abatida abuela, llamando aparte a Malaquías, le dijo:
-No os a Miguel a quien hay qué escribirle es a la hija del
viejo Rufino, que tiene fama de manilarga. Mañana pensaremos el
modo; y al calor de un pocillo de mal café con que Ramona obsequié
a poco a los circunstantes, siguieron hablando de la vida y de sus
percances, mientras el sol, anunciando un nuevo día, llenó al fin
de fulgores la Cordillera bajo la mirada agonizante de millones de
luceros.