CAPITULO XVII
Rosa, atenta por una parte con su prima Magdalena, y por otra
esperanzada en que quizás ésta tuviera alguna luz para arrojar en
el enigma de su carta, informó a su madre de la visita que pensaba
hacer, a lo cual doña María accedió gustosa.
Hacía poco rato que el sol, siempre centelleante, había cruzado
el meridiano, cuando ella, sencillamente ataviada, pero bella como
nunca, salió de su casa en dirección a la de su tío José.
No dejé de notar al cruzar por las calles, y sobre todo al
descender hacía el sur por uno de los costados del «Parque de
Bolívar», que muchas miradas la contemplaban con marcada atención,
y de escuchar que alguien exclamase:
-¡Bonita, lo es!
Un soplo de viento quiso recoger su falda al pasar frente al
Palacio de la Gobernación, lo que no produjo otra cosa que llenar
su rostro de carmín, bajo la mirada aspavientera y pilla de un
lustrabotas, que gritaba:
-¡Ave María! ¡Jesús nos ampare!
A poco llegaba a casa de Magdalena. Esta, llena de encantos y
sonrisas, salió a recibirla con el cariño que siempre le
prodigaba.
-Temí que no te dejaran venir.
-¿Por qué?
-No sé por qué, pero a pesar de todo, te aguardaba. Debes haber
estado muy contenta: todos hablan de tu felicidad, y yo, más que
los otros.
-Sí, he estado contenta; sin embargo, luego te contaré algo que
me tiene muy triste. Por ahora, dime ¿qué hay de tío José, y de mi
tía, y de los niños?
-¡Ah! Magníficamente. Todos están bien. Quítate el sombrero.
Camina siéntate. Son muchas las cosas que tenemos qué hablar.
Al -decir esto, estaban ya acomodadas en sendas sillas en una de
las ventanas que en aquella casa daban a la calle.
-¿Y qué es lo que tú me tienes, qué contar a mí? preguntó
Magdalena.
-Muchas cosas -dijo Rosa, con el corazón palpitante.
-¿De Martín....? preguntó ansiosamente su prima.
-Sí, se relacionan con él.
-¿Acaso mi tío....?
-No....Es algo más grave; y tratando de atenuar los puntos más
salientes, la informé de la llegada de la carta, de su contenido,
de la afirmación de su padre, de su propia tristeza.
-¿Pero quién puede haber hecho eso?
-¿Qué podemos saber nosotras?
-¿Y sí será cierto todo ese lío? ¡Quién sabe....! No hay qué
creer todo lo que dicen.
-Mi papá lo afirma.
-¿Pero cómo hace mi tío para saberlo? Tiene qué remitirse al
dicho de los demás. El no puede testificarlo por haberlo visto con
sus. ojos, y es casi lo seguro que lo mismo les sucede a quienes
tal cosa afirmen.
-Yo no sé, pero el contenido de esa carta me causa horror.
Un buey, de una partida que cruzaba cargada con bultos de café,
principié a corcovear estrepitosamente, haciendo un reguero
desconsolador de granos.
-¡Demonios, condenados, hijos de los mismos infiernos!
prorrumpían los arrieros atajando toda la partida que quería
alborotarse y descargando a diestra y siniestra golpes rotundos con
sus machetes descomunales.
Gritaban los muchachos que por allí había, silbaban los sastres,
se carcajeaban las
|dentroderas, se asomaban las señoras a
las ventanas de sus casas, mientras bañados de sudor y anegados en
ira, los arrieros vomitaban más horrores por sus bocas de dientes
afilados, de dientes blanquísimos. También los bueyes, haciendo
coro a aquellas vociferaciones audaces, esmaltaban el piso con la
humedad de sus excrementos.
-¡Pobrecito animal! dijo Rosa, al ver que la bestia rebelde
había sido domada, cogida de la ternilla, de los cuernos, de la
cola, golpeada y cinchada como un bruto de acero.
-Es uno dé los bueyes de nuestro tío Cándido, que marchan para
Honda. Cuando tengamos Cable y Ferrocarril, cesarán esas lidias y.
esos tormentos. Pero volviendo a nuestro asunto ¿por qué dices que
te causa horror la carta de que me hablas? ¿Será que así te dará
miedo casarte con Martín....? Mira: no seas boba; la vida hay qué
mirarla del mejor modo posible. Ya me ves a mí: me voy a casar con
un viejo; eso lo dicen todos y yo también lo sé; pero vamos ¿no
vale ese viejo, así
|bofudito y
|burguesito, teniendo
como tiene con qué vivir descansadamente, mucho más qué otros que
no traen al hogar sino deudas y miseria?
-Pero don Ricardo es de familia muy honrada.
-Si, es verdad, y esa es una ventaja ¿pero qué se le quita a
Martín con ser hijo de don Miguel, siendo Martín un buen muchacho
como lo es? Nada. Además, que si don Miguel ha sido malo, podemos
apostar a que él no es el único que hay así. Los malos están por
montones. En la guerra pasada fueron muchos los que se
enriquecieron, sabe Dios cómo. No quiero decir que haya sido
arrancando a tirones los zarcillos de las orejas de las mujeres,
cortando manos para robar sus anillos y matando por puro espíritu
de mal, como dicen en tu carta, pero se enriquecieron, según he
oído afirmar, y eso nadie lo mira como un delito. Eso de la viuda
sí es feo, pero nadie sabe a fondo las circunstancias o motivos que
hubiera para ello. Puede que lo más sea exageración. Respecto a la
conducta con Justina....yo no sé qué decirte. Acaso se avergüence
él de esa vida, y quiera borrar hasta su memoria. Tú sabes que a un
hombre de la posición suya no le convendrían semejantes
relaciones...., semejantes cosas tan detestables.
-Si, pero una limosna, un óbolo cualquiera no le mancharía y sí
contribuiría a hacer menos infortunada la suerte de esa infeliz.
Bien que Justina, ya sin remedio, esté en el fango; bien que su
hija Refugio, la madre de Ramona, sea una mujer cualquiera; pero
malo que por esto esa gente casi muera de hambre, sin que don
Miguel, en un acto de caridad, le tienda un alivio cualquiera, no
menoscabando en nada sus intereses.
-Mira, en eso todos tienen su pecado. Cuando a ustedes les
remataron sus bienes, se suscité aquí una conversación sobre don
Miguel, y aun cuando poco cogí de ella, sí oí decir, ya ves, que
Refugio, la que tú nombras, es hija de mi tío Cándido....
Los bueyes uno a uno, principiaron a desfilaren dirección a
Honda cuando el animal rebelde fue nuevamente cargado con las diez
arrobas que en sus lomos debía conducir por el áspero y guijarroso
camino. Una densa polvareda, agitada por el viento, inundé el
aire.
-Nos asfixiamos, dijo Magdalena; y llevando sus pañuelos a la
boca, guardaron un breve silencio.
-Escucha -dijo ésta a poco, mirando a la vez cómo cruzaba por
una solera, a una altura considerable, un armador de casas que casi
al frente hacía gala natural de su equilibrio, Martín me ha dicho
que si tú accedieras, él se casaría contigo!
Una llamarada de rubor subió a las mejillas de Rosa, pero luego,
quizás al empuje de un recuerdo súbito, volvió a palidecer.
-¡Dios mío! grité Magdalena de pronto. Rosa, sin saber de qué se
trataba, la asió fuertemente con sus manos, en un espasmo de
miedo.
-¿Qué tienes? dijo ésta.
-Supónte que creí que aquel hombre que cruzaba por aquella viga
-y señalaba hacia la casa en construcción- se había zafado,
matándose, cuando era simplemente....que se bajaba.
-Gracias a Dios que no fue más-contesté Rosa.
Mientras ambas jóvenes paseaban sus miradas por aquel caserón
que pronto habría de quedar concluido, la imaginación de Rosa,
insensiblemente, iba muy lejos de donde ésta se hallaba, pues
recorría la historia de
|don Miguel, tratando de figurarse
al vivo aquellas escenas salvajes en que para enriquecerse, tuvo
qué asolar hogares, arrancar llanto y derramar sangre.
¿Era verdad todo eso?
Por más que quisiera suponerse lo contrario, su conciencia,
llena de pudor, le decía que si.
Con cuánto gusto hubiera visto que una esponja amorosa, pasando
sobre esa vida su bálsamo de caridad, hubiera lavado todo ese
cuadro
|sombrío que ahogaba sus conmiseraciones y deshojaba
sus esperanzas. ¿Por qué Martín no era hijo más bien de un
pordiosero para amarlo ardientemente como lo amaba, y no sentir
tristeza ante ese amor?
Teodosia, locuaz y esplendorosa como siempre, entró en ese
instante. Hubo un resonar de abrazos, de frases almibaradas, de
risas dulces entre ese trío encantador; y luego, cuando la intrusa
se hubo informado de todo, dijo así:
-Pues yo-para hablar con toda franqueza, si fuera Rosa no
proseguiría esos amoríos. Y no es porque Martín sea un partido
despreciable, ni porque su padre haya sido lo que se dice en la
carta, pues todo eso puede ser mentira: es simplemente, como ya lo
he dicho en otras ocasiones, porque a los enemigos de nuestros
padres no se les deben perdonar las que les hacen. ¿No fue don
Miguel quien los arruiné a ustedes? ¿No es él quien tiene la culpa
de que mi tío Rufino se haya envejecido en ocho días? -Volvemos a
decir que respecto al
|tiazgo que a porrillo empleaban estas
jóvenes, no tenía, en veces, causa fundamental, como puede
colegirse fácilmente por el contexto de la obra.
-Pues por esa misma razón-arguyó Magdalena se deben continuar:
para que su amor borre lo pasado, para que sean un puente entre dos
abismos, para que el hijo restituya así lo que se llevó el padre.
¿Más criminal no seria que esta niña viendo que podría hacer menos
amargas las horas de quienes le dieron el ser, se quedara con ellos
sufriendo hondas necesidades por una causa en que ni ella ni Martín
han tenido culpa?
-¿Y si don Miguel no quiere? objeté Teodosia, la cual, pisando
en falso como pisaba y anhelando de manera velada para sí a Martín,
no se atrevía a exponer razones que quizás pudieran perderla ante
él ser ambicionado.
-¿Y qué cuentas que no quiera? repuso Magdalena. Entre nosotras
la mujer es libre para casarse cuando cumpla doce años de edad, y
el hombre catorce. Todas podernos casarnos cuando nos dé la
gana.
-No digas eso replicó Teodosia riendo. Si nos pudiéramos casar
cuando nos diera la gana, ¡ay, hija! no habría una soltera ni para
remedio.
-Pues quiero decir, cuando al novio y a la novia les dé la
gana.
-Eso es otra cosa, querida; pero ¿quién arrimé al portón? ¿Don
Ricardo?
-Qué don Ricardo -contesté Magdalena él no viene sino de noche,
cuando se desprende de su almacén. ¡Es el Capitán Cobos quien
,llega!
-¡EI Capitán Cobos! dijo Teodosia
-Yo me voy -interpuso Rosa.
-¡Buenas tardes! dijo el Capitán en tanto; y avanzando con una
elegancia quintesenciada, estreché una por una las manos de
aquellas beldades.
-¿Y qué cuenta usted? preguntó Magdalena cuando el Capitán hubo
tomado asiento.
-Pues no, -señorita, nada que valga. He tenido ahora un rato
desocupado, y he querido darme el honor de visitar su casa.
-Muchas gracias.
-Yo también -interrumpió Teodosia, quise darme ese placer. ¡Es
tan simpática esta primita mía!
-Y no es mentira -contestó Magdalena. Pregúntenlo a mamá
Josefa.
-Y ella ¿qué es que no sale? interrogó Teodosia.
-Está ocupadísima - previniéndome cosas y embelecos....!
|-Y la señorita Rosa -prosiguió el hijo de Marte -¿qué nos
cuenta?
-No, Capitán, yo sí que no puedo contar nada.
-La vi el Veinte en las Carreras, y vi su trofeo. ¡Mis
felicitaciones!
-Gracias, Capitán.
-En donde sí no la vi fue en los Juegos Florales.
-No fui, Capitán, me fue imposible.
-No quiso ir a yerme a mí de reina- repuso Teodosia. ¿Verdad que
hizo mal?
-Muy mal -dijo el Capitán, sonriendo. Dejó de ver una cosa
bellísima. Yo no me imaginaba que aquí hubiera tanta mujer hermosa.
Todas son lindísimas!
-¿Si, Capitán? ¿Sí somos pasaderitas? preguntó Teodosia
amablemente.
-¡Pasaderotas!
-No nos trisque, Capitán -objeté Magdalena hecha una guinda.
Yo no creo en las alabanzas de los hombres -repuso Rosa.
-Hay qué creer en ellas cuando son ciertas, señorita. Desde las
Carreras principié mí admiración. ¡Qué rostros, Dios mío! Era de
chuparse uno los dedos.
-No, Capitán, sin burlas-dijo Teodosia, haciendo un gesto
almibarado.
-¡Pero si no son burlas,! Yo estaba -en la galería del cuartel,
viendo tanta divinidad, cuando me fijo para «La Barranca» ....!
-¿Y qué vió? preguntó Teodosia.
-Supóngase, señorita. Las miro a ustedes y quedo anonadado.
-No, Capitán -interpuso Magdalena- ya le dije que va sin
chanzas.
-Sí, Capitán -dijo Rosa- sin chanzas.
-Sí, sin chanzas -agregó Teodosia.
-Bueno. Digo que las vi a ustedes, y lo primero que se me
ocurrió fue pensar en las
|divinidades angélicas.
-¡Santo Dios! exclamaron casi a una las tres jóvenes.
-¡Verdad, mi purísima verdad!
-Cuidado cómo aprobamos el sobrenombre que usted dijo le tenían
-interpuso Teodosia.
-No, la verdad. Estaban y están bellísimas.
-No sea empalagoso, Capitán -murmuré Magdalena sonriendo.
-¿Y cuál le pareció más bonita? preguntó malignamente
Teodosia.
-Pues vea -dijo el Capitán sin inmutarsevi a la señorita Rosa, y
me pareció divina; a la señorita Magdalena, y divina; y a usted,
divina. Lo que dije antes: puras divinidades!
Las muchachas sonrieron, pero Teodosia objeté:
-No se escurra, Capitán ¿cuál de nosotras le pareció
positivamente más bonita?
Aquí la cosa ya fue más seria, y el Capitán, para dar tregua a
su pensamiento, les ofreció un cigarrillo.
-No fumamos -fue la respuesta que recibió unánimemente.
-¡Ah! es una cualidad envidiable esa de no fumar: la memoria se
mantiene fresca....
-Sí-dijo Teodosia -y por memorista, insisto ¿cuál le pareció más
bonita?
-Voy a decirlo, pero con esta condición, que lo digo al oído de
cada una, y bajo el compromiso de guardar secreto.
-iPicarito! prorrumpió Teodosia ¡para decirnos a todas una cosa
igual!
-¿Y cómo hago para decir lo contrario, si todas me parecieron lo
más bonitas?
Magdalena, que había tomado intencionalmente entre sus manos un
álbum engalanado con vistas bogotanas, dijo, pasándoselo al
Capitán:
-Nos va a decir con toda verdad qué tan bonitos son todos estos
puntos.
Nuestro hombre, que parecía hubiera estado aguardando a que le
hablaran por ese lado, se dejó venir en un chorro fastuoso de
palabras, pintando todas aquellas maravillas. La casa de los
Virreyes, la Plaza de los Mártires, los Cerros de Guadalupe y de
Monserrate, el Teatro Colón, el Capitolio, los paseos a Chapinero,
todo, reflejado a viva voz, engrandecido por el entusiasmo,
desfilaba ante la imaginación de las tres jóvenes como un
cinematógrafo que todo lo refleja, que nada deja oculto.
-Ustedes deben ir algún día. Allí serán reinas, como lo fue
antier la señorita Teodosia en la velada, reinas, entre tantísima
belleza.
En ese instante Rosa se desfiguré.
-Me voy -exclamó- es tardísimo y en casa me aguardan.
-¿Que te vas? objeté Magdalena mirando hacia la calle. Ya sé por
qué te han entrado deseos de irte: ¡no te irás!
Martín aparecía por allí.
-¿Y por eso se va, señorita? dijo maliciosamente el Capitán. ¡El
señor Peñasco me ha hablado de usted en los tonos más
entusiastas!
-Si es que'ésta es boba -murmuré Magdalena, sonriendo
deliciosamente. ¡Pero no la dejaremos ir!
-¡Ni por pienso! arguyó el Capitán.
- Ya, desde la ventana, Teodosia, cortésmente, había autorizado
a Martín para que entrara, y entró. A pesar de que iba preparado y
de que era un hombre de sociedad, le costó gran trabajo ocultar su
turbación. La mujer divina, la mujer ideal, la mujer amada que
enloqueció al Dante, que cegó a Paris y a quien Romeo cortejó,
estaba allí. ¡Allí la que envidian las cañas por su dulzura, la que
los soles arrullan en sus ojos, la que acarician las flores cuando
Cha cruza a su lado y las brisas besan cuando sonríe! ¡Allí !a
amada, la dilecta! Por un momento, en una radiación de lucidez, ya
que el amor es ciego, le pareció al sentarse estar haciendo el
papel de don Quijote cuando Sancho le indicó la labradora de
marras, pero luego comprendió que el caso era muy distinto, que él
estaba ante la realidad, que su Dulcinea no era la Aldonza
pastoreadora de puercos saltadora de bardas, sino la Ofelia dulce,
la Susana pudorosa que oculta sus palabras porque teme que el aire
las empañe y cubre de rubor sus mejillas porque se cree más
pequeña, más baja que las demás mujeres.
El Capitán, sin embargo, lo sacó de aquella abstracción.
-Mentábamos al rey de Roma.
|-Y el que asoma..dijo Teodosia.
-¿Y qué decían ustedes de mí? repuso Martín con las mejillas
tenazmente pálidas.
-Decíamos-contestó el Capitán abiertamente-que usted y la
señorita Rosa merecen una felicidad eterna.
Rosa se ruborizó de pies a cabeza. El corazón -le palpitó
terriblemente. Teodosia hizo un leve gesto de desagrado. Martín
sonrió.
-Hablábamos-murmuré Teodosia dando a sus palabras un aire de
desentendimiento -hablábamos de Bogotá y de la velada.
-Eso es-asintió el Capitán -también hablabamos de mi tierra y de
la velada, que estuvo bellísima, y ya le había preguntado a la
señorita Rosa por qué no asistió a ella.
-Y yo -repuso ésta- le dije que por imposibilidad. Hay veces en
que está una tan ocupada....
-Pues si hubiera asistido, habría visto una cosa bien linda
-dijo el Capitán. El decorado del escenario, que fue altamente
artístico; la composición de su hermano Daniel que era como un
torreón oriental cargado de gemas, brillando a pleno sol; y la
señorita Teodosia con su Corte de Amor, que semejaban una
resurrección fastuosa de las glorificaciones helenas.
-Aquí hemos prohibido las burlas -dijo Teodosia jovialmente.
-Todo -murmuré Rosa- dicen que fue una fiesta lindísima.
-Sólo hacía falta una cosa, y fue usted -dijo Martín.
Rosa casi siente un vértigo. Teodosia apretó los dientes.
-Positivo -dijo Magdalena.
-La pura verdad -añadió el Capitán. Fue una lástima. Cómo
hubiera gozado el Sr. Peñasco.
-De manera desbordada! exclamó Martín.
-¡Sin burlas! dijo dulcisimamente Rosa.
-Lo que si me ha chocado de esa fiesta -agregó el Capitán- es la
crítica que en un periódico he visto. Es. injusta. Yo siempre he
estimado que la obra de análisis debe ser hondamente imparcial,
serena, reposada y majestuosa como un vuelo de águila, aunque sea
violenta como un pistoletazo en el corazón.
Rosa miró a Martín, indagando si en su rostro había algo de lo
que suponía Daniel, es decir, si habla huellas de traición. Por el
contrario, su rostro revelaba pensamientos nobles, y dijo:
-Esa crítica la debe haber impulsado una mano que sufre con el
triunfo ajeno y halla gozo en arrojar lodo a lo puro.
Afortunadamente, siempre el águila será águila.
-Eso es -asintió el Capitán.
-¡Bravo! exclamó Teodosia.
-¡Bien por mi primo! prorrumpió Magdalena.
-Gracias por él -modulé Rosa.
-Y bien, Capitán -dijó Teodosia -¿cuántas novias se ha
conseguido lo que hace que usted está aquí?
-Verdad, Capitán-interpuso Martin -cuéntenos.
-Pues vean. Voy a hablárles con toda franqueza. El primer día
que salí me fijé en una china linda ¡caray! y le dije pausadamente,
para que medio me oyera:-iLuz de mis ojos! Ella me miré arrogante,
y contestó: ¿Quién le dijo que yo soy Luz? ¿No ve que soy
Mercedes....? ¡Y me hizo una cara...!
- Aquí todos, viendo lo cómico que aparecía el rostro del
Capitán, rieron abiertamente.
-No se rían -prosiguió el narrador. Al día Siguiente, suponiendo
yo que el nombre de Luz era muy desconocido aquí y común el de
Mercedes, vi otra china encantadora, y le dije, al ver que ella se
fijaba acerbamente en mi pobre figura:
-¡Merced para mí, Mercedes! y ella, abriendo tamaños ojos, me
respondió:
-¡Diz que Mercedes! ¿Pero no sabe este señor que yo soy Dolores,
purísima Dolores? Y arroja una de esas miradas ¡qué mirada,- Dios
mío! De suerte que no he podido conseguir novia.
|-¿Y es que así es como usted consigue las novias,
llamándolas por su nombre? dijo Magdalena.
-No, señorita-respondió el Capitánes que hay veces en que una
emoción del alma desata palabras que pintan esa misma emoción.
-Capitán -interpuso Teodosia-consigase una novia bien bonita, y
cásese.
-¿Para qué, señorita? dijo asustado aquel hijo de la guerra.
-Para que nos invite a la fiesta.
-Derecho que le corresponde a usted, señorita.
-iTan chirriado! arguyó Teodosia.
-iAve María, Capitán! dijo Magdalena.
Rosa y Martín lo miraron fijamente.
-De veras, Capitán -continué Teodosia- consigase una novia y
cásese para que nos invite a la fiesta. Ya ve cómo Magdalena se va
a casar tan pronto.
-¡Ah, sí! De veras ¿cuándo es esa boda?
-Pues dentro de veinte días -repuso Magdalena. Ya todo está
listo. Hoy mismo me trajeron mi ajuar, y espero el feliz
momento.
-¡Te lo trajeron ya? interpuso Teodosia.
Muéstramelo.
-Pues yo la felicito altamente -dijo el Capitán y oyendo que
en ha Catedral sonaban unas horas, se despidió de la compañía,
alegando tardanza y salió.
Magdalena y Teodosia se entraron a curiosear el traje blanco,
señorial, cargado de azahares, simbolizador de virginidad,
presagiador de ventura. Martín y Rosa quedaron solos. Se vieron
frente a frente. Sus miradas se cruzaron, sus almas querían hablar;
pero como sucede casi siempre cuando una emoción profunda embarga
el corazón, principiaron por decirse frases triviales, frases
fofas, frases como esas que emplean los amantes a rodo y que para
ellos son de un valor infinito.
-¿Y qué le dijeron de mi ramo en su casa?
Rosa tuvo intenciones de mentir, contestando que a todos les
había parecido encantador, pero no fue capaz, y sólo dijo:
-Lindísimo le pareció a mi madre Maria.
-¿Y a su papá?
Rosa no contestó sino con una mirada tristísima que decía todo
el dolor de su alma. Martín lo comprendió, y repuso
abiertamente:
-Rosa: Nuestras almas tienen un pasado que las une aun cuando
haya muchas cosas que quieran apartarlas llenándolas de tristeza.
Usted no sabe cómo he sufrido yo pensando en lo ocurrido en
nuestras familias, pensando en los sinsabores que ustedes hayan
tenido qué soportar; pero bien sabe usted que en ello no he tomado
parte alguna. Mi padre Miguel dio un paso comercial con don Rufino
sin intención dañada y por un apremio que sobre nuestra casa cayó
inesperadamente ¿pero no habrá ¡nodo de remediarlo?
Aquí Martín guardé un breve silencio, como esperando una
respuesta que palpitaba en los labios de Rosa, y que podía
traducirse así:-No, Martín, no hay remedio alguno; pero ella,
comprendiendo todo el trágico valor de aquellas palabras, callaba
obstinadamente.
-Si usted quisiera-prosiguió él-se remediaría. El silencio fue
soberano. Parecía que se estuviese sondeando en los dominios de la
muerte. Sus corazones, cargados de desilusión y a la vez de
esperanzas, de miedo y alegrías, de ansiedad y angustias, latían
con golpes sordos que levantaban el pecho y que se escuchaban a
distancia. Martín prosiguió al fin:
-¿Sí lo querría usted?
-Yo sí-contestó Rosa ahogando un suspiro ¡pero es imposible!
-Yo la haré a usted mi esposa.
-¡Sí, pero no seríamos felices! ¡No podríamos ser felices
jamás!
Martín, pausadamente, silenciosamente, se fue escurriendo de la
sala, como si fuese un ladrón que huyese temiendo ser aprehendido.
Rosa, lela., aturdida, con el rostro congestionado por la ansiedad
le siguió ávida con los ojos, anhelando gritarle:
¡Martín mío, dulce Martín, vuelve, vuelve, que sí seré tuya,
vuelve a recibirme en tus brazos, vuelve por mí! pero en ese
instante entraron Teodosía y Magdalena, y sólo pudieron ver un
rostro que se empapaba de lágrimas bajo la cedería de las
colgaduras, bajo el pomposo fulgor de los jarrones de Venecia.