CAPITULO XVI
Al día siguiente, cuando las abras andinas principiaban a
cubrirse de luz, y gorjeos de aves y bullicios de labranza se
escuchaban en sus campos vecinos, Rosa estaba ya en pie. A pesar
del esfuerzo que había hecho para ocultar su dolor, una especie de
ensimismamiento se apoderaba de su cerebro, tratando de sofocarlo
con su tristeza. ¿Quién había enviado aquella carta? ¿Era un bien
lo que se trataba de hacerle, o era únicamente un mal? ¿Sería
verdad todo ese fondo de miserias, o habría abultamientos,
exageraciones desmedidas? Pero entonces ¿por qué a esto la
confirmación de su padre....?
El Ruiz, cubierto de rayos de sol, enviaba reverberaciones
lujosas desde un fondo de cielo y de montaña completamente azul,
mientras el rumor del Chinchiná, acrecido por las brisas, escalaba
las laderas manizalitas para traerle, por el sur, su arrullo
legendario a la ciudad mansa y trabajadora en donde la vida, al
través de pocos años, principiaba a intensificarse
desmesuradamente.
En la calle, el rechinar de un carro cargado de botellas se
mezclaba, extravagante, a los gritos no Siempre inocentes de los
encerradores de vacas que en las mañanas atruenan la "Carrera de la
Esponsión", en tropel obligado.
Rosa, para distraer en algo su pena, principié, con más ahínco
que nunca, sus quehaceres domésticos, mientras a la vez, casi
maquinalmente, sus labios, a media voz, entonaban una canción
popular que parecía desahogar el sufrimiento de aquella alma
enferma.
Daniel, que aguardaba su desayuno para irse al trabajo, salió,
al escuchar el canto de su hermana, resuelto a charlar con ella,
dándole una broma.
-¿Sabes que quiero casarme? le dijo.
-¿Tú? contestó Rosa; y con quién....? ¿Es bonita la
muchacha?
-Lindísima.
-¿Te quiere?
-Locamente.
-¿Y cómo se llama?
-Adivínalo. .
-¿Lucía?
-No.
-¿María?
-Tampoco.
-¿Isabel?
-Menos.
-¿Es rica?
-Riquísima.
-¿Joven?
-Tendrá quince años.
-¿De buena familia?
-Purísima sangre azul.
-¿Pero dices que tendrá sólo quince años....?
-Sí, a lo sumo.
-¡Entonces no es Teodosia!
-¿Por qué lo dices?
-Porque Teodosia tiene por lo menos veinte.
Por el rostro de Daniel- pasó una sombra. ¿Le gustaba en verdad
Teodosia? No sabríamos decirlo todavía; pero Rosa, al nombrarla,
tocó, sin saberlo, una fibra que dormía oculta en el alma de su
hermano.
-¿A ti te parece muy bonita Teodosia? preguntó cándidamente
Daniel.
-A mí sí. Me parece aún más bonita que Magdalena.
-Entre Magdalena y Teodosia ¿a cuál, si fueras hombre,
preferirías tú para casarte?
-Por bonita, a Teodosia; por buena, a cualquiera de ellas.
Rosa, que en tanto conversaba no había descuidado su oficio,
sirvió el desayuno de su hermano, diciéndole:
-¿Te lo llevo al comedor?
-No, préstalo: yo lo tomo aquí; y añadió: Y que yo, en verdad,
quisiera a Teodosia ¿Sí crees que ella se casara conmigo?
-¿Pues no dices que te quiere mucho?
-¿Ella? Tan boba: si todo es pura charla. Pero dime y esto no es
más que pura suposición ¿sí crees que si yo me enamorara de mi
prima, ella se casara con este humilde servidor tuyo?
-No seas necio ¿cómo lo iba a creer?
-¿Por qué? ¿te parezco muy feo?
-¿Y lo preguntas....?
¿Más feo que Martin?
-¡Martín es muy buen mozo!
Daniel se rió, y no queriendo seguir por este lado, volvió a lo
principal:
-¿Por qué dices que Teodosia no se casaría conmigo?
-Por muchas cosas.
-¿Qué tengo yo, pues?
-Nada ¿qué vas a tener?
-Y siendo así ¿por qué no se casaría conmigo?
-Tan bobo: pues por eso mismo, porque nada tienes.
-¡Ah! ¿por eso....? Pues bien, en la primera ocasión que la
encuentre, le propongo -dijo, dando fin a su desayuno y encendiendo
un cigarrillo para irse.
-Y te noneará, fijamente.
-¿A todo un glorioso intelectual, probado en la más alta lid que
los siglos hayan visto? añadió riendo.
-Ya ves: a un ser tan glorioso.
Cuando Daniel se alejaba, el sol, abriendo por encima de la
Cordillera su abanico de rayos, saturaba de oro el cuarto de Rosa,
a donde ésta había entrado para darle una mirada coqueta al ramo de
Martín. Un ruiseñor, levantando tribuna en una trepadora daba
libremente al aire la alegría de su canto, mientras dos gorriones,
llenos de gozo, cuchicheaban en un alero de la casa.
A Rosa su corazón le hablaba, pero por encima del corazón, la
historia nefanda de don Miguel se cernía lúgubremente.
Con un beso encima dejó el ramo donde mismo se encontraba, y con
diligencia un poco exagerada, creyendo ya la hora muy tarde, llevé
el desayuno de sus padres al comedor. ¡Cuánta falta hacía
Ramona!
Un gesto de ironía pasó por su alma tersa al pensar en la charla
de Daniel. ¿Acaso, en verdad, su hermano, en medio de su timidez,
tenía oculta en su corazón una gota de
|amor, por Teodosia?
¡Pobrecillo! ¿Y de dónde los bienes para alimentar ese afecto, para
deslumbrarla con su pompa, para agasajarla con su lujo? ¿De
dónde....? Efectivamente, eso no era más que una broma en la cual
no se debía pensar, y desechándola, volvió con su pensamiento a la
carta sobre don Miguel. ¿Quién la había enviado?
Un repiqueteo de campanas cruzaba los aires; la algarabía de
unos muchachos de escuela, llamados a clase por el acero de una
|campanilla, resonaba a lo lejos.
En ese instante un chiquillo, hermano de Magdalena, se presentó
a su lado, y con mucha gracia, lleno de rubores el rostro y la boca
de sonrisas, le dijo que su hermana la aguardaba -a ella sola- ese
día, a la una de la tarde, para darle una sorpresa grandísima.
Cuando el chicuelo terminé su mensaje, el mismo ruiseñor de antes,
posado en un hermoso helecho, desgranaba otra sonata palpitante
bajo la caricia de una llamarada solar.