CAPITULO XV
Al día siguiente, Rosa, henchido siempre su corazón de
dulzura, bajó, después de que ya la aurora hubo despuntado, a
abrir, como cosa natural que a menudo hacía, el portón de su casa,
cuando vio introducida bajo el umbral una carta que iba dirigida a
ella.
Su sorpresa fue grandísima. ¿Una carta? Para las personas que
tienen amplísimas relaciones comerciales o sociales, la llegada de
una carta es la cosa más trivial del mundo, pero para ella, que
casi ningunas sostenía, ese arribo era a pasmarla. ¿De quién podía
ser? En el instante una suposición feliz cruzó por su mente. ¿De
quién otro sino de Martín? ¿Mas por qué había sido conducida de ese
modo?
Quiso abrirla inmediatamente, pero se contuvo. Creyó, con
naturalidad muy plausible, que lo mejor era entregarla a sus padres
para que fueran ellos quienes primero se impusieran de su
contenido, ya que una joven recatada debe poner siempre en manos de
esos seres cuanto así le llegue, a fin de que ellos dispongan lo
más acertado en el particular; pero una sensación de miedo y de
ansiedad, de temor y alegría, cortaba ese anhelo, sin saber el
partido por el cual hubiera de decidirse. Al fin triunfé su recato,
y la llevó a sus padres. ¿Qué otra cosa podía encontrarse allí sino
la manifestación de una alma que vivía en su mente, agasajada por
su espíritu, para que hubiera algún recelo en la conducta que
adoptaba?
Sus padres, visiblemente emocionados, vieron aquel presente
enigmático, y sin atreverse a cogerlo con sus dedos, autorizaron a
Rosa para que lo abriese y se los leyera.
Con ansia, con ardor febril, pero a la vez pálida y temblorosa,
abrió, la joven el sobre de la misteriosa misiva; y sin poderse
contener, desdoblé ávidamente el papel que encerraba, y buscó su
firma. Su corazón latió fuertemente y sus ojos se acobardaron. Allí
no había más firma que una rúbrica, es decir, una raya que nada
decía o por mejor hablar, una raya que lo explicaba todo, tras unos
momentos de espera. ¿Quién no ha tenido entre sus manos un anónimo,
y quién no ha sentido que cuando la sangre parecía congelarse en su
presencia, estallaba en violentos borbotones ante los signos
sombríos que tratan de morder una honra, de ahogar una felicidad o
de destruir un ensueño? ¿Quién no ha visto esos pedazos de papel en
que las letras se levantan como áspides, y en que se escucha el
rumor de las tragedias como cuando la Naturaleza, irritada, estruja
el fuego de sus entrañas, conmoviendo el mundo?
Rosa fue cobarde. Por un extraño presentimiento no quiso romper
en voz alta su lectura, sino que pidiendo permiso a sus padres para
leerla primero para sí y a continuación leérsela a ellos, principié
a saborear la hiel que aquello encerraba. Era una relación
sintética, pero horrible, de la vida de don Miguel. En
kaleidoscopio criminal, la historia de aquella alma enferma
desfilaba por allí.
La joven, turbada, angustiada hasta lo indecible, tendió el
papel a sus padres, y salió precipitadamente de su cuarto. Le
parecía que hasta sus mismas manos estaban manchadas con el veneno
que de aquella hoja caía, con la hiel que destilaba.
«Sangre de su misma sangre ha sido derramada criminalmente por
el mismo que acaso, por U. ignorarlo, puede llegar a ser su padre
político», decía el párrafo en que Rosa había cortado su lectura.
Es ¿Quién era el autor de aquel mensaje cínico?
Es otro de los puntos que no hemos logrado esclarecer. El
anónimo es engendrado en la sombra, y como generalmente, por
plausible que sea su fin, lleva lodo en sus alas, se oculta de la
luz del día, como las raposas en sus madrigueras. Pero, haciendo a
un lado todas estas consideraciones ¿podríamos aceptar en ciertos
casos, tal como el presente, y sin vapularlos, la llegada de esos
mensajes que se arrastran como las víboras y hacen brotar sangre en
donde, según sus propios preámbulos, tratan de producir felicidad?
Esa es cuestión que toca juzgar a los moralistas, y no a nosotros.
El historiador, en muchos casos, no hace más que anotar hechos,
para que otros, pesándolos, examinen su valor y traduzcan su
conveniencia o inconveniencia en el santuario de las almas.
Don Rufino recibió visiblemente conturbado el papel que se le
tendía, y leyó únicamente para sí. Cuando hubo terminado tendió
inconscientemente la carta a su esposa, y reflexioné. Lo que allí
se decía bajo el antifaz del anónimo era lo mismo que él y todo
mundo sabían; sin embargo, una espina se le quedó clavada en el
corazón. ¿Sería posible que con aquel
|sangre de su sangre se
tratase de achacar a don Miguel la muerte de su cuñado.....? Sobre
el particular no habla duda posible. Hasta la misma doña María, que
tan poco perspicaz era en estos asuntos, hubo de pensarlo así.
El dardo iba bien dirigido, pero por
|más que trataba de
descifrarlo, no podía penetrar de qué mano venía. ¿Hay en esto una
intención buena o es un móvil perverso el que lo agita? pensaba,
colocándose automáticamente en el mismo punto en donde la víspera,
bajo el cielo cargado de luna y de estrellas, y de frente al Ruiz,
trataba, en su interior, de hacer a su hija casi las mismas
revelaciones que aquella carta encerraba.
Tuvo valor para meditarlo algunos momentos, sin entregarse, a
pesar de las razones que tenía para ello, a una loca precipitud.
No, no sería tan malo cuando era lo mismo que él trataba de hacer,
fue la conclusión que al fin dedujo, con no poca alegría
interior.
Rosa, que no había podido contenerse, se le llegó en ese
instante. Era como la cervatilla que busca amparo, tras las horas
de peligro, en el amor materno. Sus ojos, más que dos pozos de
dulzura, eran la llama donde arde una súplica y se reconcentra una
esperanza.
Le habló....,le inquirió. Su padre, mirando aquel ser tierno
donde tantas ilusiones debían crecer, sintiendo la suavidad de sus
palabras que se desgranaban como el rosario de una caricia, y
escuchando la voz de su conciencia que le lanzaba un imperativo
categórico en aquel momento de prueba, puso una de sus manos en la
cabeza de la joven, y mirándola con ojos compasivos, ya que iba a
desgarrar un corazón, le dijo, con voz que se esforzaba por hacer
serena:
-¡Sí, hija, todo eso es cierto! y aun cuando acaso afirmó más de
lo que pensaba, sus ojos, tranquilos, se posaron una vez más, desde
su casa, en aquel gigante que allá, sobre el dorso de la
Cordillera, enseña a los siglos y a la vida su penacho de nieves,
su reguero de diamantes.