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CAPITULO XIV

Acababa de morir el crepúsculo. En los altos picachos andinos la luna, desde un cielo azul, ponía suaves toques de ópalo, mientras en el firmamento las estrellas iban enseñando la floración de su luz, en una apacibilidad arrulladora.

Don Rufino, en uño de los corredores de su casa, parecía contemplar, abstraídamente, la magnificencia del Ruiz que sobre el nebuloso cortinaje de ha montaña, extendía la blancura de su manto, lleno de majestad, cuando ha luz de una bujía reflejada a su espalda, le hizo volver sus ojos. Su hija Rosa, en un menester doméstico, cruzaba por allí.

Reflexioné. No podía desprenderse del deseo de hacerle saber a ella quién era don Miguel ¿pero cómo realizarlo sin malignidad, sin que ella pudiera decir que era la venganza de su alma herida la que estallaba en palabras duras contra el padre de un ser amado?

No. No lo diría. Acaso se juzgara que al descorrer a su hija cosas que ella no conocía, su alma, empapándose de lodo, descendía al mismo nivel en donde se encontraba eh ser a quien despreciaba moralmente. Mas ¿sería posible, en realidad, que don Miguel hubiese descendido tanto, como se decía, para el logro de sus riquezas? ¿En el campo de lo bueno y de lo malo, salvas raras excepciones, no somos todos simples mediocridades, sin que podamos, debido a nuestra grandeza de voluntad, remontarnos hasta las nubes, o descender, por el camino opuesto, hasta el abismo? Pero entonces ¿de dónde la memoria de tantas almas sublimes en los altares de lo humano, y de tantas almas cínicas, abominables, en los fastos del crimen? ¿Por qué don Miguel, en cuya contra había varias pruebas, no hubiera podido rodar, en su ansia de riquezas y en su avaricia, hasta donde las gentes lo indicaban? Y aquí, su cerebro, en reverberaciones violentas, trató de mostrarle al vivó aquel cuadro que en su génesis tenía para él la diafanidad de todo lo noble y lo sencillo, y en sus últimos brochazos la aberración de lo monstruoso. Primero aparecía el trabajador humilde que en la montaña, a su lado, hacía crujir, heridos de muerte, los robles añosos y las encinas gigantes; después el rival a quien por un momento osó temer en sus amores con ha hija de don Agapito, la muchacha que desde los columpios suspendidos en los árboles coposos, lanzaba su grito estridente, prolongado, a la majestad de las sierras, cual una palpitación de alegría; y luego el peón despedido que sin proferir un acento de queja escuchado por él, salió de su casa trasmontando silencioso la colina en donde con una palabra justa hubiera podido detenerlo, consolando con un arrepentimiento generoso la aspereza de su suerte. Era éste el borde radioso, la gota de luz sobre la tersura de un paisaje blando; pero ¿después....?

Aquí se contrajo involuntariamente. No quería creer 10 que tantas veces, en las postrimerias de su felicidad, había escuchado, y no obstante sus esfuerzos, esa narración pesada venía a su mente a confirmarle, uno por uno, todos los actos que ella detallaba.

Cuando Miguel abandonó las abras de «La Enea» en compañía de Justina, se dirigió, como lo dijimos en otra parte, con paso fijo hacia has crestas de la nevera «Santa Isabel», acariciando sus ensueños de llegar a ser hombre rico, cavando en sus entrañas. Desgraciadamente el frío, lo abrupto de sus terrenos y la relativa esterilidad que allí encontró, despedazaron sus anhelos, y entonces, hostigado por la necesidad, hubo de ir más allá de donde se había prometido, entrando de ese modo en el Departamento del Tolima, al lado de su compañera. Allí la desilusión, respecto a su propia vida, fue aún más acentuada. El trabajo, escaso por una parte, y por otra poco lucrativo, estaba a punto de echar a pique todas sus aspiraciones, rompiendo primeramente con Justina, a quien ya consideraba como una carga muy pesada, cuando uno de esos amigos que uno encuentra en todas partes, viéndolo tan desesperado, le habló, enigmáticamente, de un negocio que podía convenirles a ambos si se realizaba debidamente, dejándoles tentadoras utilidades.

-¿Y cuál es ese negocio? preguntó Miguel.

Hubo alguna vacilación en descubrirlo, pero al fin, usando palabras un poco superficiales, se le puso al corriente de todo. Se trataba |únicamente de falsificar moneda y de hacerla circular en aquellas regiones.

El asunto he pareció tentador. ¿Hacer moneda? ¿Pues qué cosa más cómoda podía ambicionar para volverse rico?

-¿Y es muy difícil ese oficio?

-No -le contestó el otro. Yo tengo ya los elementos necesarios, pero me hace falta un compañero que me ayude, y por eso me he fijado en ti. El asunto es demasiado fácil. En un punto retirado, en donde nadie haya entrado nunca, situaremos nuestro trabajo; después, cuando tengamos fabricada harta moneda, yo saldré a expenderla en el sur de este Departamento, tú me aguardarás aquí, cuidándome todos mis utensilios, yo te traeré lo que te corresponda, y ahí nos tienen a ti |y a mí ricos mientras un fraile se persigna; pero, por lo que pueda suceder, es necesario que tú y yo, al salir de este lugar a dar desarrollo a nuestra empresa, adoptemos otros nombres, cosa que fue hecha sin que Justina lo notara.

Como verdaderos druidas entraron en el silencio de ha selva, llevando en sus morrales todo cuanto hablan menester para su obra, y allí, al arrullo de frondales, de pájaros y aromas, con un tesón digno de mejor causa, principiaron su  trabajo. No fueron los primeros brotes muy satisfactorios, pero a fuerza de constancia, vencieron sus dificultades, y así, las primeras monedas que creyeron dignas de darse a la circulación impunemente, salieron de sus manos un día en que el sol, en un cielo muy azul, reverberaba intensamente.

Con ánimo de  ampliar esa producción, el compañero de Miguel salió en dos ocasiones a algunos pueblos vecinos a comerciar con su producto, trayendo, efectivamente, muchas cosas que pusieron al codicioso montañés loco de alegría. El camino de su felicidad estaba abierto, y ya no le quedaba más que transitar por él, según lo pensaba.

Cuando un crecido número de monedas salió de aquel laboratorio, se acordó con toda perfección el plan que debía ponerse en juego para su proyectada correría por el sur del Tolima. No habría de durar ella más de dos meses, y entonces sí, adiós miseria! Hasta la pobre Justina, que con una niña que el cielo le había dado era ya un estorbo para Miguel, habría de sentir, sin comprender los medios, pues ésta sí era una consigna invulnerable, la generosidad de aquel hallazgo.

Era una mañana llena de luz, de orquestaciones de pájaros y explosiones de aromas el instante en que nuestro protagonista partió, pero igual a esa mañana transcurrieron muchas otras, sin que su regreso se efectuara, cosa que alarmó a Miguel.

Un día, desesperado de tanto aguardar y mordido por sus necesidades, partió por el mismo camino por donde el regreso de su compañero debía efectuarse, con el fin de llegar hasta Girárdot a ver si alguna noticia tenía de él. Esta caminada, sin duda por no haberse realizado con la mimosidad que el caso requería, le fue completamente inútil. Desesperado, quiso ver si él solo era capaz de proseguir ha suspendida falsificación, pero cuando creyó que saldría triunfante, una patrulla de hombres armados con fusiles le echó mano en nombre de la autoridad; y sin que Justina siquiera tuviera noticia de ello, fue llevado a Ambalema, en cuya cárcel encontró a su protector y en donde antes lo hubiera hallado si su viaje de averiguación hubiera sido más minucioso. Las palabras sobraban para darse cuenta del fin de aquella empresa; pero el otro, que no era un corto en posibles, le dijo que estuviera listo que pronto saldrían de allí. A pesar de esto, un día en que por algunas palabras que ambos lanzaron contra algunos de sus guardias los sumieron en un calabozo a punta de cintarazos, no le pareció a Miguel tan fácil la adquisición de su libertad. Sin embargo, cuando más abatidos parecían hallarse, sintieron, a altas horas de la noche, que la puerta del calabozo se abría suavemente, y que se les decía que huyeran con toda precipitud. ¿Quién hacia aquello? Saberlo es muy difícil, y solo debe anotarse que era un guardia amigo del compañero de Miguel.

Cuando estuvieron en pleno campo, hablaron sobre el partido que se debía seguir. Eh asunto de la falsificación era muy peligroso continuarlo porque las monedas no correspondían a las esperanzas fincadas, ya que las autoridades has habían cogido fácilmente y ya que ellos eran reos prófugos que habrían de cuidarse mucho para no caer en manos de los alguaciles, debiendo, por esta causa, pensar en otra cosa.

Miguel, vencido como estaba, se puso en manos de su amigo; y aquí principia lo trágico.

Tornaron, como pudieron, a la casa donde Justina había quedado, pero ésta, harta de desengaños y de esperas, y creyendo a pie juntillas que Miguel la había abandonado cobarde y miserablemente, había cogido en sus brazos a su hija, y por el mismo camino por donde con un dolor a cuestas huyó buscando un poco de tranquilidad, regresé, con el alma cargada de amarguras, a la misma tierra que ha vio nacer, abandonando el punto en que su compañero la había dejado.

-¿Qué hacer a esto? Una pronta resolución debía tomarse. ¿Regresaría asimismo Miguel al lugar en donde acaricié un instante de dicha positiva, para mostrar a sus amigos el fatal resultado de su excursión y para presenciar, abatido y humillado, la felicidad de María y de Rufino que en esos momentos debía ser inigualable?

-¡Nunca! se dijo varias veces. Primero morir.

Ese mismo día, ocasionalmente, supieron que la antevíspera había estallado una revolución en toda la República, o sea aquél en que debido a la sorpresa del momento sirvió en Ambalema para que el guardia de marras los pusiera en libertad.

-Nos hemos salvado -le dijo su compañero. Yo fui guerrillero en la revolución del 76. Ahora también lo seré, y ya verás tú como es de deliciosa esa vida. Y Miguel, arrastrado por aquella voluntad que debía ser avasallante, entró en la guerra del 85, sin pensar en  ideales ni en doctrinas de ninguna clase, sino por ver cómo se salvaba personalmente. Aquí surge un paréntesis obligado ¿Qué fue de aquella campaña? ¿Cuáles sus primeros pasos? ¿Quiénes sus camaradas? Imposible, en mucha parte, ha sido saberlo. La campaña de guerrillas cuando tiene por móvil un acto proditorio, es sombría, se refugia en la oscuridad y no conserva memorias. Nosotros, a pesar de las pesquisas que hemos hecho, sólo hemos logrado sacar en claro que un día, en el Tolima y a altas horas de la noche, a tiempo en que la lluvia caía y el viento mujía entre los matorrales, un sujeto fue detenido por una cuadrilla de hombres armados que incidentalmente se encontraban en una casa abandonada, en medio del campo. Entre Miguel y su compañero, que eran sus Jefes, se cruzó una mirada inteligente.

-¿Quién eres? le preguntaron.

-Un pobre padre de familia que va en busca de un médico para su esposa, la cual se muere de un dolor intestinal violento.

Otra mirada se cruzó entre ellos.

-Eres un espía -dijo el compañero de Miguel-y ahora mismo nos vas a contar el objeto de tu misión. Te conocemos bien Hábla.

El hombre calló.

-iCuélguenlo a ver si no habla....! dijo el cabecilla.

Maniatado fuertemente, el hombre fue colgado de un pie en una de las vigas de la casa.

-Hábla -le dijeron. ¿No te mostrabas tan verboso cuando nos dabas |planazos en Ambalema?

El hombre abrió desmesuradamente sus ojos.

-¿Yo? dijo, en un hondísimo gesto de dolor. No conozco siquiera a Ambalema. Jamás he estado

allí.

-Préndanle capachos -agregó entonces el cabecilla; y amontonando unos cuantos bajo la cabeza del hombre, de unos de maíz que en aquella casa había, principió una escena macabra, por decir lo menos. Algunos guerrilleros cogían el cuerpo de la víctima, y en vaivén acompasado, lo lanzaban por encima de las llamas, asfixiándolo, matándolo.

Los gritos de aquel ser eran desgarradores; pero allí no había piedad para nadie, y cuando se vio que una palabra comprometedora no salía de aquellos labios y que por el contrario se afirmaba en que era un pobre inocente que iba en busca de un facultativo para su esposa enferma, el cabecilla, con crueldad horrible, le abrió de un machetazo el cráneo, en medio del aplauso general.

¿Era en verdad la consumación sombría de una venganza aquel acto que hubiera puesto pavor en el corazón más insensible, o era simplemente la prosecución de otros que comúnmente se sucedían, por sola depravación moral? Muchas dudas se nos vienen al respecto, y todos sabemos de cuántas maneras se trata de disfrazar la verdad cuando con ella se puede comprometer la vida; y sin embargo, casi podemos asegurar que si con aquella escena trágica se trataba de vengar el castigo sufrido en Ambalema, aquellos hombres se habían engañado, pues ese infeliz no era guarda ni espía, sino un cuñado de don Rufino, el buen padre de Rosa.

¿Sabia este último ese incidente? Hasta allí no habla llegado la acusación social; mas acaso, en vista de tantas cosas sucedidas ¿no había asociado esa idea a varias otras? Difícil sería saberlo. Lo que nosotros sí sabemos y él también sabia, es que el esposo de una de sus hermanas había muerto trágicamente en aquella revolución que tantas víctimas costó al País, que su hermana también murió al día siguiente a consecuencia del cólico que ocasionó la partida de su marido, y que un niño que ese matrimonio tenía sucumbió poco después, en brazos de algunos allegados suyos, por causa de una afección bronquial que le arrebató su existencia en el trascurso de pocos días.

Al fin la revolución cesó y nuestros hombres se dispersaron. Con un abrazo mutuo de despedida, pusieron fin a aquella obra destructora y criminal en que sus almas se habían solazado. Miguel, mientras vio partir a su compañero camino del Ecuador, según sus propias palabras, se dirigió al Cauca. ¿Qué llevaba en sus alforjas? Aquí un inquisidor suspicaz pudiera romper en una acusación profunda, viendo en ese conjunto la huella irrefutable de muchos delitos, pero nosotros, que sólo queremos enseñar lo que allí se veía, sólo diremos que iban mezclados zarcillos y relojes, anillos y brazaletes, pasadores y monedas, en lujoso contubernio de seducción. Era la espuma que había recogido de la caldera revolucionaria, sintiéndose satisfecho. ¿No tenla entre sus manos lo que tanto había perseguido? ¿No le llamarían grande cuando borradas todas sus huellas, se levantara majestuoso, amparado por su dinero, ante la faz de los hombres?

Por consejo que antes de despedirse le había dado su compañero, abrió un monte de piedad. La medida era tinosa, pues de ese modo, con un poco de paciencia, todo aquello que según bocas traviesas era símbolo de iniquidad, podía expenderse sin llamar la atención.

¿Paró allí su vida desastrada? Hay serios motivos para juzgar que no. Fue muy valida la noticia de que allí tenían los rateros un amparo a sus fechorías, pues todo lo que lograban sustraer de la propiedad ajena, era recibido por Miguel bajo señas adaptadas que hacían inútil las pesquisas de la autoridad, dejándoles a los pillos y a su cómplice grandes rendimientos. Sin embargo, sea por miedo a la Policía, o porque aquella vida le cansara, un día, oyendo decir que había |Fiestas en Manizales, puso fin a sus negocios y se encaminé a la Perla del Ruiz, llevando sus bolsillos repletos de dinero y entrando con gozo inaudito a donde, varios años atrás, había entrado como |sangrero, arreando una partida de mulas ajenas.

Se casó, como lo hemos visto, con una dama honorable, pero su nueva vida no pudo borrar el sello que su pasado le había impreso en su parte moral. La avaricia cegó siempre su alma, y su corazón latió fuertemente bajo la presión de sus intereses. Los apretaba con garra de acero, por no decir otra cosa. Muy popular fue, entre todos los que alguna curiosidad encierran, la siguiente anécdota que por lo reciente, no puede ser en nada desvanecida. Hay en esta ciudad una viuda joven, bien parecida, madre de tres hijos, pero en extremo pobre a quien Miguel, o mejor aún, don Miguel, le alquilé una casa. La buena mujer, aguantando hondas necesidades, principié a pagar cumplidamente el valor de las mensualidades que se iban venciendo, a pesar de no ser muy módicas y de tener la habitación más trazas de pesebrera que de morada humana; pero al fin llegó el día en que materialmente le fue imposible conseguir con qué pagar un solo mes, y así lo manifestó a su arrendador. El hombre, en vez de mostrarse mal humorado, se mostró sonriente, y le dijo que no tuviera cuidado por eso, que todo se arreglaría; mas, como en compensación de ello, principié a hacerle visitas a diario. La buena mujer comprendió lo que se pretendía con ella, y un día le dijo claramente, en términos muy corteses, que la excusara de la presencia de tantísimas visitas y de sus requerimientos, que a ella, por ser mujer honrada, no le convenían. Don Miguel se retiró, pero pasados dos días, envió un peón a decirle que le hiciera el favor de desocuparle la casa, que la necesitaba; y como ella le contestara que debía aguardarla hasta que consiguiera a dónde irse, pues que, sobre todo, tenía un niño enfermo que algún cuidado requería, mandó el día siguiente al mismo hombre a que la desentejara, lo que éste hizo a pesar de que el tiempo era lluvioso y de que esos infelices no podrían salir para parte alguna. Cuando la noche llegó, la lluvia se hizo torrencial, el piso se inundé y la pobre madre, encaramando a sus hijos en su lecho, no tuvo otra cosa qué hacer que cubrirlos desesperada, con sus brazos y con sus ves­tiduras, como una gallina a sus polluelos; mas cuando el nuevo día alumbré, bajo la caricia de aquellos brazos el niño menor estaba muerto, con el rictus de la amargura dibujado en su rostro de ángel Y con una lágrima, presionada por el frío, congelada en sus párpados.                             

Era lo más negro de todo esto, abultado por la chismografía popular, lo que golpeaba el cerebro de don Rufino cuando, de pie en el corredor de su casa, miraba destacarse a su frente la cima del Ruiz, cubierta de azahares. No podía convenir en ocultarle a su hija lo que todo el mundo sabía, pero tampoco se atrevía a revelarlo; y así, desesperanzado, entró a su cuarto bajo la caricia de la noche que ponía toques de luna y de sueño en las montañas y en los corazones.

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