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CAPITULO XIII

En la tarde del día siguiente al de los Juegos Florales, la casa de Rosa había estado atestada de visitas Doña María, que tras la insolvencia de su esposo había visto desaparecer una tras otra muchas de aquellas amigas que en los días felices iban a compartir con ella la alegría de la abundancia y el beso de la holgura, se admiró de aquella resurrección, y se preguntó a qué se debía. ¿Era el triunfo de Daniel? ¿Qué era ello? Acaso algo de esto, pero más que todo y esto era lo que ella no podía apreciar era el triunfo de Martín que se reflejaba en aquel hogar, abundosamente. Ojos, muchísimos ojos inquisidores habían visto cuando el vencedor, sordo a todo llamamiento, juvenil y gallardo, sonriente y entusiasta, desafiando con su mirada arrogante la hostilidad de. pupilas conocidas y de rancios prejuicios, había llevado a Rosa su ramo de flores, como un conquistador que orgulloso con su triunfo corre a depositario en la ciudad donde alentaron sus dioses penates y en donde entreteje el destino su caricia de gloria.

-¡Pero cómo! se dijeron todos. ¡Esto es abismante! y para no dudar, muchos de esos seres co­rrieron al siguiente día a presenciar con sus propios ojos y a tocar con sus propias manos, como el Apóstol desconfiado, la realidad de aquel trofeo en la propia casa de la vencedora. La estupefacción era general. La menor duda no podía caber. En una urna que para Rosa era divina, el hermoso ramo enseñaba su pompa de oro y de fuego, de plata y de zafiros, bajo la caricia de un lazo en que el corazón de la Patria, reflejándose armonioso, cantaba los colores de su manto al empuje de un borbotón de luz.

Las felicitaciones llovían, y sin que Rosa se pudiera sustraer a aquel entusiasmo, sonreía dulcemente, orgullosa con su triunfo; pero don Rufino, que la víspera nada había sabido de todo aquello, y que sólo vagos rumores tenía del triunfo de Daniel, se puso al corriente del asunto, y trató de pensar qué se debía hacer a eso.

-El caso es bastante delicado -se dijo- y, además, bastante serio. Si Martín no fuera el hijo de aquel hombre perverso, yo sería el primero que amparara con mi aquiescencia esos amoríos; pero estando al corriente de todo ese fondo de miserias, mi deber de padre honrado me obliga a ponerme en su contra, para desbaratarlos ¿De qué manera? El corazón de lo humano, cuando ama, es duro como la roca, y sus ojos, ciegos. Si trato de separar esto de un golpe ¿no puede que el efecto sea contraproducente? Mi hija, por su obediencia y sumisión, es un ángel ¿pero no puede que ante un ataque mío, el idilio, si desaparece, deje su alma enferma para siempre? |¿Y esto no sería una gran crueldad por parte mía? ¿Tengo yo derecho a ello? El caso es para hacer vacilar. Sin embargo, yo debo oponerme resueltamente a una amistad que considerada moralmente, es un baldón para Rosa y para todos nosotros; pero ¿cómo?. Esta es la faz seria. Si la amonesto abiertamente echándole en cara su falta de consideración para con sus padres al aceptar como amigo, casi como Prometido porque a eso equivale lo que mis ojos traslucen al hijo de don Miguel, el golpe puede que se pierda, quedando yo a su vista, quizás, rebajado intensamente. Pero un recurso hay, y éste es el que emplearé: le contaré la historia de don Miguel, tal como la he oído de labios de los demás, para que ella misma mida el abismo en donde quiere caer. |Y diciéndose esto, penetró a donde estaba su hija. Echando una mirada profunda sobre el ramo en cuestión, Daniel comprendió la tormenta que agitaba a su padre. Iba éste a comenzar lo que tenía proyectado, cuando llamaron al portón. Eran Magdalena y Teodosia que llenas de coquetería, iban, también, a rememorar los festejos de la víspera. Don Rufino, muy a su pesar, hubo de ocultar sus pensamientos bajo la amabilidad de una sonrisa.

-Conque muy orgullosos ¿he? dijo Teodosia. Pues nosotras también lo estamos: algo nos tocó de todo eso.

-¿Orgullosísimos -murmuró Magdalena ¿verdad, tiíto? Rosa fue la reina de las Carreras, y Teodosia y Daniel de los Juegos ¿eh?

-Yo le iba a decir a Rosa que fuera  con su victoria a otra parte  -respondió con aire inquieto don Rufino.

--Pues eso no se debe hacer-repuso señorialmente Magdalena. Muy merecido tiene Rosa su trofeo ¿verdad, Teodosia?

-Sí, eso no se debe hacer, tiíto -afirmó ésta. Ella y Magdalena lo llamaban así, sin otra razón . que el ligero entronque de sus familias con motivo de su matrimonio con doña María.

-Es probable -respondió don Rufino pasivamente, comprendiendo que estaba principiando por un punto que no estaba indicado en su programa, a tiempo en que entraba su esposa.

Rosa había palidecido un poco.

-Tía-dijo Magdalena.

-Tía -repitió Teodosia. Hemos venido a felicitarlos y a que nos feliciten. A mí, es la verdad, sí me gusta mucho un triunfo de esos, dígase lo que se quiera.

Rosa ha miró con ojos agradecidos. Doña María sonrió dulcemente

-A mí también-dijo Magdalena. Anoche, en la |Corte de Amor, estuve dichosa!

|-Y a usted, Teodosia ¿cómo le fue en su reinado? repuso doña María.

-Espléndidamente. Yo creía estar en un sueño. ¡Qué percha!

-Si U. la hubiera visto -exclamó Magdalena. ¡Estaba bellísima!

Don Rufino, comprendiendo que allí nada bueno hacía, pidió permiso, y se retiró.

-¿Verdad, Daniel? repuso Teodosia. - ¿Muy requetebella?

-iRequetebelhísima! dijo éste suspirando. ¡Qué noche tan dulce!

-iQué noche! asintió Teodosia.

Doña María, maquinalmente, se puso a conversar aparte con Magdalena, sobre el asunto de Rosa.

-No debe usted ser boba, tiíta. Si Rosa está enamorada de Martín y él la quiere, déjelos que se casen. Enhorabuena. Es verdad que ya sucedió lo que todas sabemos ¿pero impidiendo esos amores se arregla, acaso, el asunto? No por cierto, tiíta. Quizás se empeore. Hay qué tener entendido que si Martín la quiere, él tiene suficiente dinero para hacerla feliz, viviendo independiente de su familia. Nadie puede decir que Rosa no sea una muchacha insuperable. No es fea, y eso de que estén ustedes pobres, no es un delito. Déjelos casar.

-Yo-contestaba la buena señora -no me opondré; pero....¿Rufino?

-Hay qué hacerlo entrar en razón. No faltaba mas sino que por una cosa que ya lo mejor es olvidarla, se le fuera a perder a Rosa tan buen partido. ¡Si usted hubiera visto la alegría con que Martín le entregó su ramo!

Teodosia, en tanto, le hablaba así a su amiga, en presencia de Daniel:

-Pues....yo no sé qué aconsejarte. Si no fuera por lo sucedido entre ustedes yo aprobaría con todas mis fuerzas esa unión; pero así, francamente, he de ser sincera contigo: ¡yo no me casaría con  Martín!

-Lo mismo digo yo-repuso Daniel.

Estaban, al terminar estas palabras, en los barandales de la ventana donde Rosa, el día anterior, aguardaba ansiosamente a sus amigas. Una oleada de aire fresco acariciaba su rostro y un destello de luz roja se diluía sobre su cuerpo. Teodosia la miró, y vio que lloraba.

-Si, hija-le susurró fraternalmente, tratando de acentuar aquel dolor -no debes hacerle caso a Martín.

Rosa no contestó. Teodosia continuó así:

-¿Qué se diría de ti en la sociedad? ¿Qué supondría todo el mundo? Que eras hija desgraciada que en nada tiene el honor de su familia, que besabas la mano de quien ha lanzado infamias contra tu padre, que carecías de pudor.

Rosa continuaba su lloro mudo. Daniel sonreía.

-Yo-prosiguió Teodosia -no digo en público nada. Pero a ti, a ti site digo la verdad de lo que siento: no debes acoger a Martín.

Lo más granado de la ciudad cruzaba ante sus ojos, como sucede siempre en las tardes de verano, en regio desfile hacia la «Avenida Cervantes». El sol, golpeando las sierras lejanas, ponía en sus dorsos un vivo reguero de rubíes, mientras el cielo, azul como una ilusión, enmarcaba la tierra en una cintilación de tranquilidad sublime.

-¡Adiós! decían una tras otra varias voces, en desfile sucesivo. De pronto apareció Martín. Rosa y Teodosia se pusieron lívidas, pero ambas lo miraron intensamente.

El, al cruzar, las saludó afablemente, con |una gallarda inclinación de cabeza. Daniel, con poca urbanidad, le volteó la espalda haciendo como que no lo había visto.

Teodosia no pudo hablar. Aquel hombre la obsesionaba. ¿Por qué no era ella la mujer amada de Martín? ¿Por qué no era ella Rosa? Sin poderse con tener echó una mirada en uno de los espejos que en las paredes lucían. Era imposible engañarse. Un rostro de perfil dedicadísimo, con unos ojos intensamente negros y grandes, unas mejillas aterciopeladas y con transparencias de rosa, una boca fina, de reír acariciante, un busto esbelto y una cabellera undosa, negra como carbón, cayendo turgentemente sobre sus hombros, fue lo que ella vio.

-¡No soy fea! ¡no puedo ser fea! se dijo; entonces ¿por qué Martín no se fija en |mí? ¿Me lleva Rosa mucha ventaja? Vamos a ver. Yo casi soy mas bonita que Magdalena; y Rosa y Magdalena  ¡Caramba! Rosa no es tan bonita que se diga. Es pálida. Se parece a la Verónica, mientras que Magdalena es una misma Inmaculada. Y yo ¿a quién me parezco? ¡Veamos! Dímelo, espejo querido. ¡Ah! ya caigo. Yo soy otra Pecadora...galilea. Pero ella.... ¿sí tendría esta negra mata de cabellos que yo tengo? Quién sabe, agregó sonriendo picaruelamente; y volviéndose a Daniel, preguntó:

-¿Quieres acompañarnos a ha «Avenida»?

-Por supuesto....¡reina!

-Déjate de bobadas. ¿Vamos, Magdalena?.

      -Vamos.     

     -¿Y tú, Rosa?

Esta se negó rotundamente. Aun vibraba en su espíritu el gesto adusto de su padre, y no quería que nada viniese a acrecentarlo en esa hora.

Tras familiares agasajos, Teodosia y Magdalena se alejaron de allí, en dirección a la «Avenida», acompañadas de Daniel.

-¿Sabes, Magdalena, que anoche, en mi |reinado, tuve un novio pispísimo?

-¿De veras?

-Pregúntalo a Daniel: Es una barbaridad de novio. ¿Verdad, Daniel?

-Sí, es la pura verdad. Un novio lujosisimo, descomunal...!

-¿Y rico? preguntó Magdalena.

-Riquísimo-dijo Daniel.

El no es muy rico -repuso Teodosia- pero si tiene modo de ir pasando la vida. Primeramente es buen mozo, cortés y galante como ninguno; segundo: tiene un padre a quien todo el mundo obedece; y tercero: una espada para defenderse de todos los endriagos habidos y por haber que puedan encontrarse en este mundo.

-¡ah! ¿el Capitán Cobos? exclamó angustiadamente Magdalena. Sí, yo lo vi con un malacaroso que diz que es muy buen poeta, y con Martín. Esa si es una lástima. ¿Con qué te va a dar de comer?

Daniel se interpuso:

-Un militar es un partido glorioso-dijo, aun cuando tragando saliva.

-¡Gloriosísimo! dijo Teodosia riendo. Yo, después de las Carreras, es cuando me he puesto a pensar bien el asunto. ¿Quién viste como un militar? Nadie. ¿Quién tiene la cortesía de un militar?

Nadie. ¿Quién es más hombre que un militar? Nadie.

-Si no digo que no -repuso Magdalena- pero.... ¿se come gloria?

-La gloria -dijo Daniel- constituye el pedestal más fuerte de los hombres y de las naciones.

-Puede que así sea, pero hay otra cosa más valiosa, la cual constituye el fuerte de todo el mundo, y es eh dinero.

-Eso sí no -dijo Daniel.

-Eso sí -respondió Magdalena. Aun cuando no queramos convenir con ello, eh dinero trastorna el mundo. ¿Qué no puede el dinero? Todo lo puede. Hace nobles a las personas viles, felices a los infelices, alegres a los aburridos, gordos a los flacos, aliviados a los enfermos. Cuando no hay luz, él la procura; cuando hay hambre, él la calma; cuando hay frío, él lo hace retirar; cuando no hay un amigo, él los congrega a nuestro alrededor, por carretadas.

Teodosia sonrió sin atreverse a replicar cosa alguna.

-El dinero -dijo Daniel- es un accidente que a cualquiera puede acariciar en el momento menos pensado. Hay millones de tontos ricos.

-Con dinero-replicó Magdalena-todos parecemos sabios.

-¿Pero es que mi Capitán, ese loncho de Capitán que anoche no me dejó despabilar cerca a Martín, me habrá de dejar morir de hambre el día en que afortunada o desafortunadamente nos unamos? Al decir que su profesión es una carrera gloriosísima, quiero indicar que es noble, que puede acarrear dinero, que puede llevar a muy elevadas alturas. ¿Un capitán no puede ser mañana general,  un general ministro de guerra, un ministro de guerra Presidente de la República? Y entonces ¿la mujer de un capitán no vendrá, de ese modo, a ser una generala, una ministra, una presidenta?

-No bobees asi-dijo Magdalena. Aquí los generales valen tanto como cáscaras de huevo. ¿Quién no es aquí general? Gentes que ayer morían de espanto en una trifulca de gamines con armas de madera, se bautizan ellos mismos generales, se visten como generales, escupen como generales y nadie les dice nada. ¿Para qué sirve un generalato así? Hasta uno que nunca ha conocido un |rifle bravo, según decía el en plena calle, se hace llamar general, mientras cruza con su ruana al hombro, su pantalón de dril y su canasta al brazo ofreciendo |confites y mirando con risa mefistofélica a quienes le hacen unas reverencias que ¡que válgame Dios! Además, yo no he oído nombrar |generalas ni |ministras a nadie, y yo creo que eso es de otros países.

Daniel sonrió Teodosia repuso:

-Eso eran los generales de ahora días. Los de ahora son de verdad.  

-Tan de verdad son que yo he visto algunos que maldicen la carrera de las armas por desgraciada, como los maestros su magisterio.

Al decir esto habían desembocado en el Parque de Caldas. Eh balanceo de sus follajes y el esplendor de sus eras, atraían dulcemente. Algunos ruiseñores, engolosinados de libertad desgranaban su gargantada de notas entre un enjambre de perfumes.

-A mí me encanta este Parque -dijo Daniel.

Es más bello que los otros que hay en la ciudad.  | 1

-¡Entremos! propuso Teodosia al ver que Martín estaba allí sentado en uno de los escaños que hay cerca a la estatua del sabio Caldas.

-Yo no entro -dijo Daniel.

-No seas tan bobillo-repuso Teodosia. Camina. ¿Acaso vamos a conversar con Martín?

La luz de la tarde bañaba con oro los torreones de la Iglesia de la Inmaculada. La brisa sacudía rumorosamente los árboles.

Entraron. Martín siguió sus siluetas con la vista, y luego, como ocasionalmente, les salió a su encuentro.

-Estaba usted bellísima anoche -dijo a Teodosia, tras los saludos de costumbre. ¡Estaba envidiable!

-¡No se burle así de una! contestó ella; y mientras Magdalena y Daniel continuaban dando vueltas y más vueltas en el Parque, casi a su lado Teodosia proseguía: ¿Y qué hay de Rosa?

-No sé, señorita. ¿La disgustaría mi ofrenda de ayer?

-Lo ignoro, Martín.  Esa niña es tan poco comunicativa. Pero usted ¿sí la quiere de veras?

La pregunta era demasiado directa, y Martín supo atenuar la afirmación que se buscaba, diciendo:

-¿Quién no la quiere?

Teodosia lo miró enseñándole con una sonrisa toda la gracia virginal de sus estupendas facciones. Era la reina de la noche anterior que bajo el rumor de las frondas despetalaba el fuego de sus tentaciones a un ser deseado.

-Y don Miguel ¿qué dirá cuando lo sepa?

El aire burbujeaba entre los ramajes. Una bandada de chiquillos, jugando corozos, reía cerca a la verja, deliciosamente. Teodosia volvió a mirar bien a Martín, como quien está dispuesto a dar un golpe certero, y con voz que era melosa hasta el arrullo, le dijo pausadamente:

-Martín, hay quién lo quiera más que Rosa.

-¿Quién? preguntó él irreflexivamente.

-Alguien que U. conoce.

El Capitán Cobos, apareciendo por una de las puertas, se les juntó en aquel instante. Era alto de cuerpo, fornido, de rostro blanco, cuidadosamente afeitado, ojos claros, cabellos casi rubios, y vestía casco negro, chaqueta azul, pantalón gris, altas polainas de charol con su correspondiente esplín, y larga espada ah cinto embutida en brillante guarnición.

-Señorita Teodosia. Señor Peñasco.

      -¡Capitán, cuánto gusto!

      -¡Cuánto gusto, Capitán!       

-Desde ayer estaba loco por saludar a usted, señorita. La maravilla de anoche. ¡Oh! mis felicita­ciones.

-Muy agradecida, Capitán; pero pasando a otra cosa ¿usted por qué no tomó parte en las Carreras?

-Me dio miedo, señorita. ¡Habla caballos tan buenos!

-A un militar no debe darle miedo nunca repuso Teodosia.

-Cuando hay enemigos  del fuste del señor Peñasco, es ineludible. ¡Qué carrera más hermosa!

-iHermosísima! contestó Teodosia. Yo tem­blaba temiendo que Martín fuera a perder, pero cuando vi que había ganado, casi reviento de júbilo.

-Muchas gracias -dijo Martín.

-Y a usted, señorita -repuso el Capitán ¿cómo le fue anoche? Divinamente, por supuesto.

-Si, Capitán. A mí me dio mucho miedo ah principio, pero después, viéndome rodeada de tantas amigas y aplaudida por amigos tan distinguidos,. creí hallarme en la gloria.

-En la gloria estábamos nosotros viéndola a usted -arguyó el Capitán.

-Admirándola a usted-añadió Martín.

-No se burlen de mí. ¡Es fuera de burlas!

-No son burlas, señorita -dijo el Capitán. Pero sentémonos si gustan, ya que sus compañeros se han sentado.

Efectivamente, Daniel y Magdalena, que hablaban burlonamente con la llegada del Capitán, se habían sentado cerca a una hermosa mata de guadúa que el viento acariciaba leve. Allí, en corro animador, todos charlaron.

La concurrencia en el Parque era grandísima. La flor y nata de la sociedad cruzaba por allí.

-¿No saben ustedes que las niñas manizaleñas me tienen ya un sobrenombre? dijo el Capitán.

-¿Verdad? preguntaron sus amigos, haciéndose de las nuevas.

-Sí, me llaman el Mirón.

-¿Mirón? dijo Teodosia riendo. Pues será que así lo es.   

-No, señorita, ¡ada de eso; para |mirones otros. Hace ocho días estaba yo aquí con algunos amigos, cuando se me ocurrió preguntar quién era un señor que muy arrogantemente cruzaba por este lado, y si vieran ustedes lo que se me contestó:

-¿Este que parece un pollo rozagante y a quien sólo he falta arrastrar el ala....? Pues es nada menos que Aquilino Villegas, un alto exponente de nuestra rica intelectualidad, el que pudo, como Darío y Valencia, levantar muy en alto el pendón del Arte en América, si no hubiera cambiado su pluma de oro por el ariete de la política; y así, desbordados, continuaron asentando alfilerazos a todo el que asomaba: -Ese de caminadito de brisa sobre las olas es Juan Bautista Jaramillo Meza, el de «Bronce Latino»; ese otro que avanza delicadamente como un lirio entre espinas, es Alfonsito Robledo; aquél, grande como un Goliat y dulce como un caramelo, es Rivas el terrible; ese que va a su lado de mostachos como púas a quien pudiéramos llamar el hermano fiera, es eh compasivo Jorge S. Robledo, bardo  periodista; y seguían, que era un gusto, aporreando figuras. ¡A esos si se les puede llamar |mirones!

-¡Qué lenguas, Dios mío! dijo Teodosia. Merecen que se las arranquen.

-Sí-afirmó Magdalena. A mí no me gustan esos epítetos, sobre todo cuando se trata de literatos y de....periodistas. En casa de ahorcado....

-Sí -añadió Teodosia, mirando a Daniel. Para milos literatos y demás |yerbas son divinos, puramente divinos! y sonreía.

-Sobre todo -objetó el Capitán- cuando aún no se les ha tomado cuenta de sus pecados mortales.

-¿Y es que los literatos tienen pecados?

-¡Ah! ¡claro! En literatura, como en todo, se cometen dos clases de pecados: veniales y mortales. El venial es el que sólo lleva al Purgatorio, a veces por muchos miles de años; y eh mortal, eh que lleva al fuego eterno.

-Díganos un ejemplo de pecado mortal -exclamó Martín.

-Por ejemplo, el que cometió en la semana pasada el señor....

-Diga quién, Capitán -clamaron casi todos a un tiempo.

La lengua he bailaba a él por decir, no uno, sino mil cuando pensando que otro día, acaso, ese podía ser un filón inagotable de charla personal, añadió:

-Pues el que cometí yo publicando unos versos que a mí mismo me hacen subir el rubor a has mejillas, palpitar el corazón y reventar de vergüenza cuando los recuerdo.

-¿Y es que U. también es poeta? preguntó malignamente Teodosia.

-Yo sí, señorita, aquí donde me ve.

-¡Qué horror! dijo ella.

-¿Por qué, señorita? preguntó el Capitán, tratando de sonreír.

-Porque me parece que su condenación es infalible. Ninguna penitencia le alcanza. ¿Verdad, Daniel?

-No -contestó éste por el contrario, debe hacer vibrar esa lira. ¡Esa enormidad de lira!

-¿Y si se condena? volvió a decir irónicamente Teodosia.

Las risas no dejaron. proseguir ese asunto. El sol había agonizado ya. El reflejo de las luces eléctricas, filtrándose por los follajes, hilvanaba poemas de signos bajo las caricias de las flores. El rumor del |Angelus, desliéndose entre las vaguedades del crepúsculo, decía su cavatina de esperanzas entre aleteos arcanos, a las almas católicas.

-Vámonos -dijo Magdalena; y acodándose con Martín, encabezaron su última correría a través de las embalsamadas calles del Parque, para efectivamente salir de allí.

       -Dígame, Martín, francamente ¿U. si quiere a Rosa? le pregunté ella.

-Señorita, voy a hablar a usted con toda verdad -le contestó él. ¡La quiero con toda el alma!

-¿Y se casarla U. con ella?

Me casaría.

-¿Y ella qué le dice?

-Hace muchos meses -excepción hecha ayer no nos cruzamos palabra. Nos ha sido imposible.

-¿Quiere U. que les haga un cuartito? Pues pásese por casa pasado mañana: le  prometo que allí encontrará a Rosa.

Ah decir esto estaban ya en la puerta del Parque. El Capitán, muy cortesmente, se despidió de sus amigos. Después Magdalena y Martín, y Teodosia y Daniel, emprendían el regreso a sus casas bajo la caricia de una sedería lunar, mientras el gallardo hijo de Marte enviaba a distancia y en honor de Teodosia, miradas que sólo eran recibidas por la cariñosa luz de los bombillos eléctricos.

 

1 Cuando eso si; Hoy el de «Bolívar, lo ha rivalizado.   N.    del A.

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