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CAPITULO XII

Al día siguiente, muy demañana, el caballo de Rufino hizo resonar sus pisadas en casa de las Panaderas. Venia por su familia, y con ella se fue. Doña Maria no tuvo tiempo siquiera para ver -cómo había amanecido el rostro de Miguel tras su negativa de la víspera. Le pareció que acaso todo, entre sus almas, quedaba roto para siempre, y que ya, a pesar de sus torturas morales, debía resignarse a llevar su cruz del mejor modo posible, por mucho que pesase y a despecho de cuanto se opusiese. Sin embargo, aquellas Fiestas no se habían perdido del todo, pues habían creado en su alma el deseo de vivir en la ciudad, cosa que Rufino hizo pocos años después. Miguel, por su parte, también se radicó definitivamente en estos breñales, entregándose a las especulaciones del comercio, con éxito feliz. A la vez se casó con una dama honorable, y así su presente vino a romper con su pasado, de una manera absoluta. Cuando en ocasiones volvía su vista a los escombros de los tiempos idos, era sólo para mirar dos fantasmas que le debían algo, algo como una satisfacción, y que tarde que temprano debían pagársela. Por lo demás, vivía dichoso. Su matrimonio se veía alegrado por varios hijos, entre ellos uno vivísimo y picaruelo, cuya boca y cuyos ojos eran provocativos y al cual no se podía mirar sin que se le agasajase: era Martín, el que ya hecho hombre, hemos visto triunfando en el Hipódromo durante los festejos del Veinte de Julio. El hogar de. Rufino también vio llegar otros dos hijos, entre ellos una niña primorosa, de carácter dulcísimo, que hacía el deleite de sus padres: era Rosa. Estos se habían propuesto ensanchar sus dominios para alcanzar todas las utilidades posibles en el menor tiempo, y para ello Miguel les salió al paso. Sus arcas estaban abiertas a quien quisiera dinero dando buenas seguridades, y aunque a Rufino lo asaltaba el recuerdo de lo que había hecho con él cuando el capitalista era un infeliz, acudió mañosamente en su busca.

Miguel lo recibió afablemente, y viendo quizás que era la mosca que habría de caer en sus redes y que acaso por ese medio lograba un fin que por otro no había logrado aún, le facilitó cuanto dinero necesitaba.

-Somos para ayudarnos unos a otros-le dijo-y más cuando tenemos tantos recuerdos de compañerismo.

Hasta sus familias cruzaron buena amistad, sin nada que presagiara una catástrofe. Esta, sin embargo, llegó. El impasible Cronos, que todo lo derrumba, le había echado encima su lazada de anos, los negocios no resultaban como eran de esperarselas reses morían de la epizootia, los intereses del dinero tomado a préstamo crecían ruidosamente, y, por sobre todo, él, manejando tanto bien entre sus manos, no pudo ser el hombre tinoso, sagaz, de actividad inagotable que lo pusiera a cubierto de las lazadas que en todo negocio se le tienden aquí al capital, y que lo sacara a flote cuando el viento contrario de la fortuna trataba de sofocarlo. Su ruina era irremisible. Acudió entonces a los miembros de su familia para ver cómo lo salvaban. Cándido poco pudo ofrecerle. El también se había casado, tenía varios hijos, entre ellos una niña ya crecida, de nombre Teodosia, que demandaban muchos gastos, y, además, que los negocios para él tampoco diz que marchaban viento en popa. Su cuñado José cuanto pudo facilitarle fueron mil pesos oro, es decir, cien mii pesos papel moneda, que apenas entretuvieron su tranquilidad por unos cuantos días. Por otra parte, dos de sus hijos -estudiantes en Bogotá- pedían todas las semanas dinero para sus gastos, y varios meses iban ya sin pagarle un solo centavo de intereses a don Miguel. Un día éste, con mucha melosidad, le llamó la atención.

-No es por nada-le dijo-pues usted sabe que si necesita más dinero, yo puedo prestarle el que exija.

Viendo que su ruina era inminente, un día él lo cortejó así:

-Don Miguel-a ambos se les había agregado ya el don -tengo qué hablar con U. seriamente.

-Estoy a sus órdenes, don Rufino-contestó don Miguel, suponiendo ya de qué se iba a tratar.

-El dinero que le debo a U. no me creo capaz de recogerlo fácilmente.

-Y ya que van tantos meses corridos sin pagar interés alguno.

-Es lo grave; y por eso he venido a que hagamos alguna transacción.

-Pero cuál, don Rufino, si a mí también me están acosando por unos dineros que debo en el Exterior-dijo don Miguel, desfigurando el rostro.

-Es fatal -repuso su confidente-pero los bienes en que está asegurado su dinero, valen mucho más de lo que debo a usted, y claro que viendo mi si­tuación, convendrá conmigo en alguna solución honrosa.  

-Pues si en mis manos estuviera, todo lo haría, pero como antes le dije, yo estoy urgidísimo y nada puedo hacer. El paso más acertado es que se rebusque por otra parte, que yo le ayudaré en cuanto pueda.

Don Rufino se alejó desalentado, y cuando aun soñaba con una solución que no fuera completamente ruinosa, el embargo judicial de todos sus bienes golpeó a sus huertas. Era la |débacle. Nada le quedó, absolutamente nada. Para no morir de hambre, Cándido y José -padre éste de Magdalena- les pasaban semanalmente algunos auxilios en víveres, les pagaban el alquiler de la casa y los sostenían en sus amistades sociales, para que no quedaran completamente aislados como les suele suceder a los insolventes. Para colmo de sus desgracias, uno de sus hijos, estudiante en Jurisprudencia, moriá de fiebre tifoidea en la Capital, mientras el otro, al ver que se le habla suspendido su ración de dinero, se había escapado hacia el Caquetá, en donde la muerte también lo atrapó, tras sus estudios preliminares en Medicina. El tercero había resultado un |literato, es decir, otro desastre en esta tierra del fríjol y el maíz, de la azada y el comercio, al cual no le gustaba otra cosa que hojear libros, asistir de escribiente a una oficina en donde sólo pescaba miserables treinta pesos al mes, y ensimismarse de noche en el borronamiento de cuartillas, lloviera que tronare, para salir al otro día con una sarta de versos o de bobadas que maldita la gracia que tenían, según las gentes. ¡Era el colmo!

Las lágrimas que en aquel hogar brotaron fueron copiosísimas. Si don Rufino hubiese estado joven, aquello quizá hubiese sido rehecho, la alegría hubiese vuelto a sonreír, el hacha, estrepitosa, hubiese vuelto a abrir claros en donde se posasen cabañas coquetas, bordeadas de maizales, olorosas a leche recién ordeñada; pero los años golpeaban en sus hombros y el púgil de otros tiempos tenía abatida ya la trabazón de sus nervios y de sus carnes, para tratar de enfrentársele ventajosamente a la vida.

-Me he vengado -se decía por su parte don Miguel. ¡Por fin!

Sus familias rompieron, como era natural, el simple barniz de amistad que entre ellas existía; pero como aun en medio de los naufragios más absolutos alguna tabla queda flotando sobre las ondas para decir al día siguiente a los pescadores que por allí cruzó en la víspera una nave llena de vida, así, sobre aquel túmulo de tormentos y ruinas, de embestidas y muerte quedó flotando el espíritu de Rosa y Martín que se amaban, que habrían de seguir amándose a pesar de todo. ¿No susurraba en sus oídos, armoniosamente, la frase de la Sulamita que con el corazón arrogante le decía al rey de la Sabiduría: «Mi amor, señor, es fuerte corno la muerte?» Martín aun llegaba a suponer que aquello fuese el puente que hubiese de unir dos abismos. ¿Por qué no? Además él, aun cuando respetuoso de su padre, no había mirado con placer la ruina de don Rufino. Acaso hubiese sido mejor proceder de otra manera. Su padre era rico, muy rico, y por lo mismo, estimulando aquella energía que se agotaba, con nuevas inyecciones de vitalidad, se hubiese salvado.

-Es probable que mi padre haya obrado con precipitud. ¿Por qué no haber esperado? Además ¿no podremos ser nosotros -es decir, todos sus hijos- víctimas de caso semejante por la dureza moral del autor de nuestros días?

Sin embargo, todo les era hostil Teodosia, a pesar de desear para sí aquel partido, le había dicho a Rosa, tras la quiebra de don Rufino:

-Un matrimonio entre ustedes seria criminal ­y la joven, por única respuesta, guardaba silencio para ir a saborear su dolor a solas, en la eternidad de sus noches.

Y esa frase era, cínicamente, el eco de la opinión pública. No podía concebirse cosa más vergonzosa. ¡La hija del padre arruinado casándose con el hijo del avaro, del infame! ¡Y él, el hijo del hombre opulento, entregándole su mano a quien ya, más que otra cosa, era casi una hija de la miseria! ¡Qué horror!

En realidad fuera un horror si las almas se pesasen como las monedas, y si ellas, a pesar de su fardo de necesidades, no valiesen más que los costalados de diamantes con que se ciegan los ojos de los hombres.

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