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CAPITULO XI

Tras la salida de |Los Enamorados, doña María se sintió atrozmente indispuesta. Ese diálogo que había escuchado y que parecía una recriminación a su vida, y esa mirada de Miguel que tras el Ahenhamó de marras había visto clavándose en ella, la dejaron extática. Su rostro, que en vez de decrecer en hermosura con sus golpes morales y con sus años, se tornaba más delicado, más tenue, más sutil, con transparencias de rosa pálida, estaba bellísimo; la juventud aun rielaba en sus ojos, y la ornamentación de la época, que ya traía zapatos de fina hechura, magníficos chales, linos blanquísimos, sedas tentadoras con sus correspondientes figurines de Londres y París, la hacían más bella, muchísimo más bella que cuando se columpiaba en el monte o bañaba su cuerpo en la «Quebrada», envuelta en un trapo blanco que más que envoltura era el ropaje de espumas con que Friné se cubría al salir de las ondas en el mar Egeo.

No quería ya ir a ninguna parte. Si lo hizo fue por llevar a sus hijos que como todos los chiquirritines, enloquecerían si no los llevasen a las corridas de toros, a ese legado Supremo de nuestra madre Hispania. De allí volvió angustiadísima. Aquel espectáculo le causó honda desazón. Ella no estaba hecha para las escenas de sangre, para los horrores de la muerte. Bien lo sabía. Cuando leyendo en una historia religiosa tropezaba con el Circo Romano, en donde los púgiles y los atletas se mataban unos a otros, sudorosos y ardientes, complacidos y arrogantes, sembrando la arena con sus flores bermejas, ella sentía horror y maldecía esas diversiones; y cuando sus ojos tropezaban con las vírgenes inocentes, con los ancianos venerables, con las madres sublimes que caían a los rudos zarpazos del león, a las embestidas del tigre, a los colmillazos de la pantera en el inmenso Coliseo, su alma se vestía de pavor, y lloraba maldiciendo a aquellos emperadores monstruosos que para divertir al pueblo, le enseñaban espectáculos de dolores, tragedias inaguantables. No gozó. Al subir a su palco había visto llegar a la Plaza un caballo blanquísimo cabalgado por arrogante jinete que en compañía de otros |chalanes, halaba de las sogas con que uno de los brutos era cogido para entrarlo a la lidia. El toro, de regia carnadura y linda cornamenta, entró, dio un soberbio mugido y rápido cual una exhalación, se lanzó sobre el corcel. Fue una cosa espeluznante. El bruto hundió sus cuernos, hasta la raíz, en el vientre de aquel animal; se desgarré amplísimamente su piel; arrastráronse sus intestinos en el asfixiante polvo, y haciendo una contorsión terrible, cayó en tierra, doblándose tristemente sobre sus manos y tiñendo de fuego su blancura como si una llamarada líquida lo afuetease con crueldad infinita, y clamase piedad; y para rematar este golpe, vio cuando uno de los toreros que lo eran únicamente borrachos del pueblo siendo cogido también por el toro, fue alzado después en muchos brazos, vomitando sangre, mientras la banda de música, desde uno de los balcones, desparramaba sobre la multitud una marcha épica, y mientras «La Pila», vertiendo carcajadas de agua, miraba majestuosa la coruscante, la efervescente marea de lo humano.

Cuando llegó la noche se acosté, y se durmió.  Acaso la asaltaba una pesadilla de brutos al volver en sí, despertada por un rasgueo de guitarras y tiples de violines y bandurrias que en frente de la casa resonaban.

Era media noche. El ruido del día casi se había apagado. Sólo de vez en cuando resonaba uno que otro cohete, mientras los gallos, nostálgicos de sol, lanzaban su gorjeo estridente desde la cima de un hosco gallinero en cruz, golpeando sus alas con ruido brusco.

La música, en aquellas horas, tenía una solemnidad soberana. Era una aria sollozante, con balbuceos de égloga sajona, coloridos de balada, melancolías de cantares danubianos. Doña María, desde lo calmado de su lecho, levantó su busto, apretándose su camisa con ambas manos para ocultar su seno.  Era una beldad pompeyana que despertaba para ahogarse en el Vesubio de una armonía.

-Una serenata se dijo.-¿Y para quién será? El corazón le palpitaba fuertemente.

El rasgueo de los instrumentos cesó un instante; luego resoné más pausadamente, y una voz armoniosa, acaso sin el pentagrama a su lado pero con naturales y bellísimos acentos, empapé el éter con su melodía. Era la llama de incienso que se eleva en el altar a un dios, el aroma que sube del pebetero buscando una divinidad, el alma que pide una limosna de amor, una migaja de misericordia.

La luna, suspensa en el espacio como una pompa de luz, formaba en las paredes burbujeantes anagramas.

Doña María, levantándose sin despertar a sus hijos, entreabrió blandamente la ventana de su balcón. Un rayo de luna, delgado como un tenuísimo hilo de seda, se filtró por entre su cuello, perdiéndose en una floración de oro. U. soplo de brisa le trajo un sopetón de aromas.

Miró bien. La gente, a pesar de lo que era de esperarse, no se aglomeraba en inmensidad. Era poca. Los borrachos debían dormir en sus casas o en las cantinas; los otros trasnochadores se hallaban al pie de los montedados, de las cachimonas o de las ruletas.

El canto cesé. Volvieron a rasguearse los tiples. Volvió a cantarse más. Volvió....a entonarse una marcha. Al albor de la luna sus ojos distinguieron una silueta que, apartándose de las otras, arrojaba con sigilo supremo un ramo de flores al balcón.  No se pudo engañar. Se lo decían sus ojos, su corazón se lo decía: aquella silueta era....la de Miguel.

Un algo sobrenatural subió por todo su cuerpo. Si antes, cuando él iba a su casa, un cosquilleamiento de ternuras se agolpaba en su boca para lanzárselas en regio alborozo, ahora le parecía que no era eso solo lo que sentía, sino algo más, algo que saliendo de sus entrañas subía a su corazón, volaba a sus labios, gritaba en su mente y estallaba, al fin, en algarabías de locura con ansias de envolver al ser dulce, al ser anhelado. La ventana, entreabriéndose un poquillo más, dejó ir tras él un suspiro hondo, muy hondo, que doña María le. lanzaba, mientras la luz, cayendo en lluvia de seda desde el ancho firmamento, envolvía su cuerpo todo en una bacanal de gloria, en una sinfonía de zafiros.

¿Conque Miguel era el de la serenata?

Al pensar en esto, doña María no pudo volver  a dormirse. ¿Y qué era de él, tras tanto, tiempo sin verlo? ¿Se había casado? ¿Estaba soltero? Más tarde lo supo. El no se había casado. El día fatal en que don Agapito había interrumpido con su presencia el deleite de sus almas, haciéndole huir de­saforadamente, paró en una altura donde, guarecido por la espesura de los árboles, dominaba con sus ojos todas las colinas de la región, sin ser visto. Desde allí, con el corazón palpitante, vio cuando el padre de María, tras haber perdido su rastro, la echó por delante y entró con ella a la casa. Era la puerta de su felicidad que se cerraba de manera brusca. ¿Qué hacer? Varios días rondé por aquellos lugares viendo si se presentaba la ocasión de  una nueva entrevista con su amada, pues aun le alentaba la esperanza de que pudiese ser suya, de que sus corazones se fundiesen en uno solo. Empeño inútil. El lavadero, donde ella alegraba con la melodía de sus cantares sencillos pero dulces, y donde las aguas reflejaban sus curvas bajo el argento de sus ondas, no había vuelto a sentir las pisadas de aquella virgen ni el eco de aquella voz. Tampoco los columpios la volvieron a ver sonreír en los aires ni los copudos |dulumocos ni los |huesitos la agasajaron en sus ramas. El vacío de la doncella  era absoluto; mas él, en uno de esos días caros a su alma, algo extraño notó en esos contornos. El sol, en un gladio esplendente, enviaba sus chispazos de luz con aplastante intensidad; las aves, hastiadas de insectos, diluían sus gargantas en el cristal de sus notas; las hojas, cayendo de los  árboles, formaban una diana de hervores entre los troncos fornidos; un vendaval de perfumes subía por las quiebras, y una égloga formidable, en alas de los vientos, iba por todas las graderías del Ruiz, como un tributo debido a su majestad, a su majestad de señor. Era la naturaleza que cantaba su canción inmutable, su canción de eternidades. Miguel, acechando siempre una aparición de María, oyó un canto dulcísimo que brotaba dominando todos los demás, casi a sus plantas. El corazón le latió fuertemente. Casi contuvo la respiración. Miró hacia abajo. El agua de la «Quebrada», besada por la luz, se rebullía en su carrera como una serpiente de plata sembrada de fulgores. Las campánulas besaban sus orillas.

Sus ojos miraron mejor.        

-¡Ah! Es Justina la maestrase dijo, y quiso correr hacia ella para pedirle noticias de María, pero en el momento recordé que se engañaba miserablemente, que ella nada sabia, que nada podía saber. Sin embargo ¿por qué no cruzar con ella unas palabras, con ella que era otra desventurada mordida por el destino? Fue a descender, pero antes, por el contrario, se detuvo. Aguardé un momento. Justina, creyéndose sola bajo el destello abrumador de un cielo completamente azul y una naturaleza que se teñía de oro y esmeralda por todas partes, cubriendo su cuerpo con. un abrigo de púrpura, quité las ropas que vestía y entré a la «Quebrada».

Las ondas, en cendales de perlas, envolvían aquel conjunto de gracias, con un orgullo inocultable. El Paganismo, en su ansia de belleza, la hubiera aprisionado, gustoso, para ofrecérsela al mármol.

Miguel estaba hipnotizado. Era la canción de belleza que se imponía a su alma y que en su corazón le silababa el olvido de todo lo creado. Cuando vio que las vestiduras de costumbre volvieron a cubrirla y que la pecaminosidad de los ojos hubo desaparecido, descendió cerca a ella.

-¡Eh, Miguelito! le dijo Justina. ¿Usted por aquí?

      -Ya ve, señorita.      

-Y yo que lo hacía tan lejos.

-¿Por qué?

-Pues por tantas cosas; y como fingiendo torcer la conversación, añadió: ¿Qué hay de Maria? ¿No diz que se casaba usted con ella?

-Ojalá, señorita.

-Pero usted si la quería.

       -Yo sí, pero ella no me puede ver.

-Tan embustero; como si yo no supiese todo.

      -¿Cómo así?

-Todo se sabe.

-Diga a ver.

-¿Usted cree que yo no vi cuando don Agapito bajó al lavadero?

Miguel se sonrojé, no porque lo hubieran visto con María en su deliquio amoroso, sino porque lo habían visto huyendo de otro hombre.

-¿Y usted cómo lo vio? repuso, comprendiendo que estaba cogido y que no había posible esca­patoria.

-Yo estaba ese día muy triste -contesté ella- porque mis hermanos se habían ido para el Cauca.

Aquí Miguel no pudo menos de sotireir involuntariamente.

-¿Conque sus hermanos se fueron para el Cauca? dijo, para no reventar al ver la disculpa que ella daba de su tristeza.

-Se fueron a ver si por allá pueden establecerse con algún provecho respondió la joven, y añadió:  como le decía, yo estaba muy triste por esa causa, y como hace días dejé la escuela, salí por aquí, con ánimo de distraerme, cuando lo alcancé a ver a us­ted. Yo soy muy maliciosa, y en el momento la calé.

-Tendrá experiencia-se dijo nuestro protagonista.

-Sí-continuó ella en el momento la calé, y me propuse acecharlo. Ese no es un pecado. Yo vi cuando usted bajó, cuando fue a besar a María, cuando lo atacó don Agapito.

Miguel hubiera querido que a Justina se la tragara la tierra, pues tras el ataque de don Agapito venia lo terrible, es decir, la fuga vergonzosa. Pero como si ella adivinase todo aquello, añadió:

-Ellos no son nada. La familia de don Agapito no vale un ardite. ¡Despreciarlo a usted por Rufino! ¿Habráse visto? y sus labios bermejos sonreían irónicamente, enseñando la impecable hilera de sus dientes blanquísimos.

Miguel, lisonjeado en su orgullo, principió a reconciliarse con Justina.

-Cuando vinieron por aquí -continuó ella- eran unos pordioseros; y venido a ver las ínfulas que se quieren dar ante usted, llevándoles como les lleva una ventaja enorme.

Miguel ni siquiera reparé en que ella, menos que nadie, debía saber quién era él. Sin embargo, su orgullo subía; mas ella, plena de malignidad, agregó:

Y usted ¿a dónde fue a parar ese día?

Era el maldito nudo gordiano que siempre tenía él al cuello.

-Por ahí -respondió, por no decir una barbaridad.

-¿Quiere dulces? dijo ella, y le extendió una mantecada, una panela de coco y una blanca rebanada de queso, de un cestito que tenía bajo una piedra.

Miguel aceptó, pero deseoso dé ponerse a raya con su interlocutora, le dijo:

-¿Y qué hay de Cándido?

-¿De ese perro? ¡Virgen, no me pregunte por eso!

-¡Ah! ¿pues no diz que se casaban?

-Dios me libre. Ese es un vagabundo y un enamorado de primera. Es verdad que tuvimos algunas miradas, pero nada más. Por otra parte, hace muchos días que ni siquiera lo veo. Casi diz que lo matan.

-Casisito-repuso Miguel.

-Si; pero ya diz que está completamente ali­viado, y diz que se casa.

-¿Sí? ¿Y con quién?

-Con una fea de por |ai.

Hubo un corto silencio. No sabían qué decirse. Al fin Justina exclamó:

-¿Pero qué hacía usted allí?

-¿Yo? La veía a usted.

-¿A mí? Imposible.

-¡Me pareció tan bonita!

-¿Pero me vio, positivamente me vio? y con las mejillas cubiertas de carmín, hacía como que se aterraba.

Los frondales susurraban melodiosamente. Un rumor de alas cruzaba por encima de sus cabezas.

-Me voy -dijo Miguel- pero me voy para muy lejos, para donde nadie vuelva a saber de mí.

-Lléveme -exclamó ingenuamente Justina.

-Camine -repuso Miguel.

-Si me lleva? ¿Verdad?

Miguel recordé sus formas esculturales, sus gracias todas, y contestó:

Justina desprendió de sus ojos una lágrima, y entonces, sin poderse contener, le contó todo, todo lo sucedido a su alma. La tragedia con Cándido, el abandono de sus hermanos que no la podían ver y que en realidad se habían ido para el Cauca, el odio de su madre que la había despedido de la casa, su errar vagabundo de posada en posada, sin saber qué hacer, pues Cándido, infame, ni siquiera el saludo le habla vuelto a dar, y así todo.

-¿Y sí se va conmigo? preguntó anhelante Miguel, en quien el resplandor de la narración de Carlos en la casa de don Agapito, surgió intempestivamente diciéndole que acaso, si seguía el camino de Santa Isabel aquel lugar donde la esplendorosa mujer de Belalcázar habla sido sepultada con sus joyas podía enriquecerse, cavando en la gruta pomposa, en el santuario hermosísimo, acompañado de Justina.

-Para donde me lleve-dijo ella, de manera resuelta.

  -iCamine! repuso él, y así juntitos, juntitos se alejaron, quizás para siempre, de aquellos lugares en donde tantas dichas habían tenido, en donde tantas amarguras cosecharon. ¡Adiós! dijeron a todo aquello; y cuando en la tarde, desde una abra lejana, sus ojos se posaron una vez más sobre aquel panorama espléndido, Miguel sintió sangrar el corazón, en tanto que Justina, sin poderse contener, lanzaba un sollozo, un sollozo profundo. Juntos estuvieron hasta que, propiamente, la revolución del 85 los separé. ¿Qué sucedió durante aquel periodo? Más adelante diremos al lector lo que sobre el particular sabemos. Lo que sí le diremos desde ahora, es que cuando la guerra hubo terminado, tenía en sus alforjas todo un capital. Entonces, con esto, se estableció en un pueblo distante, y se entrego al agio. El dinero sobre hipoteca, los préstamos sobre alhajas, el interés del cinco, del veinte, del ciento por ciento si era posible, fueron su potestad. De pronto oyó decir que había fiestas en Manizales, y entonces, alzando con todo cuanto tenia, se vino otra vez a esta tierra. Desde el domingo había estado en casa de las Panaderas como huésped, pero no había querido darse a conocer, por temor de Rufino. Después, había visto cuando se había marchado, y entonces fue cuando pensó....en saludar a doña María. Por eso su aparición cuando el diálogo de |Los Enamorados.

Algo de todo este lío es decir, cuanto le convenía, y eso muy disfrazado fue lo que sus labios le dijeron el último día de Fiestas, es decir, al siguiente de la serenata.

Doña Maria le conté asimismo sus penas de soltera de casada no le dijo una sola palabra, sus luchas interiores, su dolor cuando vio que él no había vuelto a aparecer por parte alguna.

-Y hoy ¿ha estado muy contenta? dijo él, con cierto aire intencional.

       -Sí, he estado contentísima. Cuando el |asalto del correo me figuré que eso era real. ¡Supóngase que esos árboles tan bien plantados en la Plaza, esas carreras de los ladrones, esos disparos, ese pobre hombre que caja!

-Era emocionante-dijo Miguel.

-Parecía todo verdad. También me gustó mucho la |maestranza, sobre todo sus vestidos tan vistosos, tan elegantes, y sus caballos tan iguales, tan selectamente escogidos.

-¿Y no va esta noche a los Fuegos?

-No sé, Miguel -repuso ella tímidamente.

-Si gusta yo la acompaño.

-Muchas gracias, Miguel.

-¿Y qué hay de sus padres?

-Mis padres murieron. Los cogió la disentería hace cosa de seis años y se los llevó en una semana.

-¡Ah! una desgracia mayúscula la muerte de don Agapito y de doña Mónica.

-Grandísima.

-¿Y sus cuñadas?

-Mis cuñadas se casaron, pero la una murió también, y la otra vive en el Tolima.

       -Qué lástima, ¿Y Cándido?

-Se casó también.

-¿Con Justina? dijo intencionalmente.

-No. De esa niña, que desapareció de la noche a la mañana, no se volvió a saber durante mucho tiempo, lo mismo que de usted. Parecía que hubiese muerto, hasta que hace cerca de dos años la vi aquí con una niña, en una salida que hice. Estaba tan pálida, tan acabada, que apenas la pude conocer.

Miguel no preguntó más. Cuando la noche llegó, él se prometió juntarse con ella en la Plaza, para presenciar los Fuegos. Era el último día, y la muchedumbre, inmensa, pasada de licor, pletórica de gritos, se extendía por la «Calle Real» y por la «Calle del Guayabo, en una agitación desmesurada. Era el desborde de la expansión pagana en toda su apoteosis. Las casas se iluminaban con farolillos de vivos colores, y en medio de los cohetes que se levantaban, de la música que hervía, de la luna que espolvoreaba el aljófar de sus rayos, la ciudad parecía un laberinto apocalíptico de hadas y demonios, de centauros y ninfas, de réprobos y bienaventurados. Ramilletes de vírgenes cruzaban de una a otra parte, racimos de chiquillos, bandadas de viejos graves, oleadas de jóvenes, todos, o casi todos, en dirección a la Plaza de Bolívar, a apañuscarse en los palcos, en las |barreras, en el atrio de la Iglesia, en los corredores de las casas, en las aceras. Entre ellos iba doña María con sus hijos. Miguel, según lo Convenido, se les juntó allí.

Los Fuegos principiaron con sus cohetones, después siguieron los cascabeleos dé luces multicolores, la carreta con un muñeco arrojando pompas de oro por la boca, los niágaras de fuego, los minaretes bizantinos y al fin, entre todo ese bullicio, ese reventar de la pólvora, ese aire asfixiante que todo lo envolvía, otra |pila de llamas, en frente de la de acero, vomitando luces, tejidos de luces, en explosión abrumadora. Era el fin, y la multitud prorrumpió en un hurra infinito.

Doña María se creía feliz, inmensamente feliz. Al ver todo aquello y hallarse como más libre, sintió odio hacia el campo, odio hacia su monótono vivir. Una copa de vino que Miguel le había llevado, tejía en su imaginación la telaraña de la quimera, diciéndole poemas paradisíacos En sus manos, sin que ella hiciera repulsa, sentía las de Miguel que se apoyaban ardientes, quemándole el alma. Casi, casi estaba perdida. Miguel lo comprendió así, y con otra copa en la cabeza, condujo a la casa, mimoso y amable, a esa mujer que había sido en otro tiempo su dios y a quien todavía miraba con ojos ávidos, con pupilas profundas. En la casa el gentío era abrumador. Nadie se distinguía. Así, pues, que les fue fácil continuar hablando, sin que nadie se diese cuenta de ello, en su cuarto donde los niños, cansados con la pólvora, se durmieron apresuradamente.

Miguel volvió a sentir cerca de sí aquel cuerpo cálido que otra vez estuvo a punto de ser suyo, y en ansia suprema fue a buscar sus labios, sus caricias.

Doña María vio el abismo a donde iba a arrastrarla, y con gesto señorial, con voz de sultana, le dijo:

-Infiel a mi marido ¡jamás! y recogiéndose sobre sí misma, salió en busca de luz, en busca de aire, en busca de honor.

Miguel, al ver esto, se alejó de la casa en busca de distracción para su fracaso amoroso, no sin que antes maldijera -muchas veces la conducta de quien así había venido a jugar con su vida, a burlarse de sus ilusiones. Sus pasos, casi inconscientemente, se dirigieron a uno de los barrios de la ciudad en donde se comercia con el amor y en donde se venden las almas en almoneda pública. Allí la bulla de las Fiestas continuaba en todo su auge. Se bailaba, se gritaba, se bebía. Temeroso de tanta |rochela, penetró a donde la algarabía casi no llegaba. Lo recibió una muchacha apellidada Luisa Sandoval, de bonitas facciones, con poco más de quince años encima, y cuyos cabellos, despeinados, le daban una apariencia de hada recluida en mísero Caramanchel. Pagó sus caricias, pero cuando fue a salir, oyó una tos cavernosa que surgía como en una de las paredes del cuarto, acompañada de un gemido.

-¿Quién se queja allí? preguntó.

-Es una pobre mujer que se está muriendo.

-¿Cómo se llama?

-Micaela. Pero es sumamente pobre. Tan pobre que yo, muchas veces, comparto con ella y la niña de quien la acompaña, el dinero que gano.

Miguel, tentado por la curiosidad, se acercó a un pequeño agujero que en la pared se encontraba, y miró hacia dentro. Aquello no era mujer. Era un andrajo de mujer. Un residuo de mujer. Unos ojos grandísimos se pegaban a un rostro huesudo, forrado como en pergamino, rostro que a su vez, con un busto que una túnica desgarrada envolvía, incorporándose angustiosamente en un rincón y sobre un miserable lecho formado en la pura tierra, le daban la apariencia de algo fantástico, de algo entrevisto únicamente por Poe, el borracho sublime. Cerca a ella una niña, de ocho a diez años de edad, enseñaba, gimiendo de hambre, sus ojos saltones, sus ojos que clamaban un mendrugo de alimento. Al lado de esta vio otra mujer, andrajosa, descarnada, ajada por la vida, molida por los dolores. Creyó conocerla.

-¿Y esa otra cómo se llama? le preguntó a su incidental compañera.

-Se llama Justina Romero.

-¡Ah si! exclamó Miguel; y despidiéndose con toda premura, se alejó de aquel lugar en donde debió dejar algo más que la huella de sus pasos: siquiera una limosna para su compañera de otros días. Al cruzar por una calle vio un hombre que a caballo aún, embriagado y bullicioso, mandaba servir licor para todo el mundo en la puerta de una cantina, gritándoles vivas a las Fiestas, a las Fiestas que ya agonizaban: era Cándido, el Tenorio montañés.

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