CAPITULO X
¡Oh los momentos de aquellas almas que vieron naufragar todas
sus ilusiones, desvanecerse todos sus ensueños, deshacerse todas
sus esperanzas! Es triste el sol. de sus días, nostálgica la
cadencia de sus horas. Se coordinan los hechos, se pesan, se
analizan, se suman, se vuelven a descomponer, se reordenan, y
siempre arrojan el mismo resultado, el mismo total desconcertante.
Se busca la conformación, se estruja la conciencia, se alborotan
todas las fibras del espíritu, se trata de sofocar el recuerdo
mordiente, y cuando se imagina que ya está plasmado el cordial que
se busca, salta la nota rebelde en la turgencia de una lágrima, en
la armonía de un suspiro, en el
|¡ay! que desgarrando el
corazón sube a los labios en una floración que pudiéramos apellidar
de sangre. Son efímeras las mimosidades, amargos los consuelos,
frías como nieve las más ardientes caricias. Tal le sucedía a
Maruja. Su esposo la adoraba, todos los bienes que su condición
social requería los tenía a su lado, de todo podía disponer, menos
de su corazón. Sus ojos miraban con tristeza el verde deslumbrador
de la montaña en que las semillas y los perfumes reventaban en una
sinfonía de eternidad, escuchaban sus oídos con amargura el trinar
de la «Quebrada» al romper sus linfas en el basalto de su lecho,
sonreía con rubor al sentir el mimo agasajante de su compañero que
por todos los medios posibles se esforzaba por mantenerla contenta
como cuando estallaba la sonora carcajada de su alegría en casa de
don Agapito. Y era que de ese cuadro espléndido que sus pupilas
tenían a su frente, había desaparecido una sola cosa, una,
insignificante quizá, baladí, fútil si se quiere, pero la cual
valía para ella más que todos los encantos, que todas las grandezas
de la tierra: el afecto de Miguel. Veía surgir su imagen, la
contemplaba como si fuese la visión sobrenatural de un ser
perteneciente a planos superiores, trataba de cogerla con sus
manos, le sonreía y se esfumaba. Anhelaba que aleteara cerca de
su lecho, que rondara en peregrinación misteriosa los contornos de
su hogar, que viviera palpitante en sus labios y fuera, en sus
pupilas, una floración de luz. Empeño peregnino: era una floración
de llanto. Un día se fue, desde la mañana hasta la tarde, a casa de
doña Mónica. El hogar amado que pocos días ha había sido el sitial
de todas sus alegrías, le pareció entonces el cementerio de todas
sus esperanzas. El roble en donde acostumbraba columpiarse, ya no
sostenía de sus ramas las gavillas de rapazas, parlanchinas y
alegres, que en otros días alborotaban con su júbilo la
magnificencia de la selva; el patio, en donde ella acostumbraba
hacer correr a Luis formándole
|espantajos amorosos,
parecióle triste. Bajó al lugar en donde tuvo su última entrevista
con Miguel. Allí el césped formaba blanda alfombra esmaltada de
flores y rociada de perfumes; susurraban las brisas, con una
blandura apenas imaginada, llenando de besos los frondales; las
aves, enseñando la sutilísima joyería de sus alas, engarzaban en el
aire el impalpable manantial de sus sonidos; las aguas rompían en
encrespadas blancuras al deslizarse murmuradoras por el pedregoso
cauce de su lecho. Se sentó en una piedra. Miró la montaña. Buscó
con sus ojos a Miguel. Creyó sentir una caricia. Le pareció que
alguien la arropaba con todo el embeleso de su amor. Pero al querer
estrechar con sus brazos aquel miraje dulce que centelleaba en su
alma como sol canicular, se contrajo involuntariamente su cuerpo,
ya que en vez de una alegría, su regocijo, hecho un desengaño,
alumbraba con una lágrima la muerte de aquella soñación estupenda.
Miguel, para ella, era imposible que existiese. Y así, de esta
manera, continuó por mucho tiempo deslizándose su vida de
casada.
Sin embargo, en el transcurso de los años, algunos
chiquirritines vinieron a servir de puente en aquel santuario de
abismos. Los hijos, como la luz, alegran la vida, y como las
flores, la siembran de esencias. Cuando se escucha el lloro de un
hijo que nace, parece que reventara la urna en que se esconde la
suprema felicidad, para envolver las almas de sus padres en una
elación de esplendores. Ese lloro es una caricia que ninguna madre
verdaderamente humana cambiaría por tesoro alguno en la tierra. Los
reyes mismos, con su poder y su grandeza, no han podido superar el
placer que siente la última verdulera cuando ve que un hijo,
diminuto y frágil como un pétalo de rosa, se agita en el rincón de
su lecho lanzando gritos para poder llenar de aire sus pulmones y
para decirle a ella que está vivo cual una perpetuación minúscula
de su alma.
Un día supo, por el mismo Rufino, que en la ciudad se hacían
grandes preparativos para unas
|Fiestas, es decir, para unos
regocijos públicos que habrían de celebrarse con motivo de la
inauguración de
|«La Pila» -un bello surtidor de acero que
adornaba la Plaza de Bolívar y que fue arrancado ingenuamente de
aquel lugar, por manos buscadoras de belleza, sin pensar en que
cuando el Ruiz, Como el Vesubio, llegase a cubrir con sus lavas
esta ciudad, sería aquel el único monumento que viviendo bajo los
estragos, pudiera decir a los geólogos que aquí vivió un pueblo que
no fue completamente una horda de salvajes.
-¿Me llevas? le dijo.
-Yo no puedo dejar esto solo, durante tantos días, pero sí te
llevo donde las
|Panaderas para que las veas de allí.
Rufino cumplió su palabra. Por ahí a los dos meses-era si mal no
recordamos, el año 1888- montó a su esposa y a sus dos hijos-cuando
eso sólo había dos, después su número llegó a cuatro- en piafantes
rocines, hizo él lo mismo y ¡sus! al pueblo. Ya, hay qué
confesarlo, algún barniz atrayente iban tomando ellos, como lo
tomaba el Municipio en lo material, como lo tomaban en lo moral
todos sus habitantes. Además, sus intereses casi se habían
cuadruplicado.
Rufino sólo los acompañó la víspera y un propio día de Fiestas;
después, urgido por sus menesteres en el campo, se marchó, dejando
el cuidado de sus hijos y su esposa alas Panaderas, una familia
buena por la cual circulaba pura sangre azul, es decir, española, y
que venida a menos con el trajín de las guerras civiles, sobre todo
la del 85 que vio a uno de sus miembros-el padre-tendido muerto en
una charca de sangre en la acción de Santabárbara, y a otro-un
hijo--con una pierna mutilada por un golpe de fusil en la refriega
de Honda, había fundado una casa de huéspedes para no reventar de
miseria, acompañada de una panadería que daba magníficos panes y
bizcochos y que les habla creado el apelativo con que todos las
conocían.
No andaba la casa muy amplia para tanto huésped como allí se
albergó en aquella época, pero hay qué confesar que tampoco era
para que sus paredes se vinieran al suelo con el apretujón, como a
simple vista parecía.
-Usted, doña Maria, va a estar muy contenta -ledijo una de
ellas. Ya que ha podido desembarazarse de sus quehaceres,
diviértase, que la vida en el campo no debe ser muy amañadora.
Usted no tiene más que pedir lo que necesite, levantarse a la hora
que quiera, salir para donde guste. Además, mi hermano Abacuc-un
mozo de veinte años de edad-tiene en la Plaza un palco por su
cuenta, a donde sólo entran puras señoras y caballeros, para que
desde allí vea las danzas, las corridas de toros, las cucañas, el
asalto del correo, los fuegos artificiales.
-¡Muchas gracias! dijo doña Maruja, prometiéndose no perder ni
los registros, pues eran tales los aprestos que se hacían que nadie
dudaba de que aquello fuese a ser una gloria. Así sucedió. La
víspera-un domingo-el gentío más estruendoroso había acudido de
todas las poblaciones caucanas, antioqueñas y tolimenses, en busca
de placer, en busca de dinero, en busca de cualquier cosa. Los
caucanos con su hablar relampagueante, sonoro y bullicioso, de
corte señorial, hecho como para la risa y el epigrama, para la
estrofa y la alocución, cruzaban en veloces corceles, bellamente
enjaezados, con su rostro sonriente y su porte elegante; los
tolimenses, reposados en el hablar, de mirar profundo y de esquivo
pensamiento, formaban corros en las esquinas y entre reíres
deliciosos cortejaban a algunas
|maiceritas que caramba si
estaban buenas para alzar con ellas y enseñarles los panoramas que
hay detrás del Ruiz, cubiertos de oro y de miel como la tierra de
Canaán; los antioqueños todos, como si estuviesen en su casa, se
saludaban afablemente con todo el mundo, ofreciéndole visita a
cuanto bulto veían, mientras enseñaban en sus costados el enorme
guarniel de nutría, portador de la santabárbara-navaja de
afeitar-,del eslabón y la piedra de sacar candela, del par de dados
para el juego, del espejo para mirarse, de la aguja capotera para
coser el sombrero cuando la santabárbara relampaguease sobre sus
alas, de la
|perica para recortarse las uñas, y del material
de guerra, es decir, de los
|pesos juertes y de las
|chochas con que habrían de hacer frente al hambre, comprar
el regalo para la esposa cuando regresasen a su poblado, y el hacha
y el azadón que necesitaban para el labrantío y con los cuales
habrían de reírse del porvenir, derribando montes, diciendo cañazos
y ensartando refranes como buenos nietos de nuestro señor don
Quijote y nuestro señor Sancho Panza, deidad ésta que todos
llevamos dentro.
Los muchachos, en bandadas enormes, corrían tras Arnoldo-un
mulato bien conocido en la ciudad-que vestido de diablo o de vieja,
con una vejiga de res amarrada a un látigo, principiaba a divertir
y a divertirse antes que todos, dando zurriagazos y haciendo
contoneos mujeriles, mientras las cáscaras de naranjas y de bananos
llovían sobre sus espaldas como una tempestad. También Mabira,
Demetrio Valencia y Mañeco, tres pizcos de fama nacional, distraían
acuciosos y sonrientes parte de la concurrencia: el primero echando
sus cartas sobre el
|orito y engulléndose de un tirón todo el
dinero que en forma de apuestas caía sobre su ruana; el segundo,
contando sus salerosas aventuras a lo Pedro Rimales; y el tercero,
dando saltos mortales, haciendo el arco y golpeándose, de pie, el
occipital con uno de sus talones, mientras enseñaba, gozoso, sus
dientes blanquísimos sobre su rostro de ébano y preparaba sus
músculos para posibles porrazos de los brutos en las corridas de
toros, pues era, también, un gratuito Mazzantini.
-¡Vivan las fiestas! ¡Viva la Pila! se gritaba.
El sol caía. El occidente, regándose de ríos de oro y de
cintilaciones de fuego, abría a la tarde sus púrpuras con
religiosidades olímpicas. Al oriente, las moles andinas se vestían
de rosa. Algunos hombres, con fantásticos palos al hombro, cruzaban
en dirección a la Plaza.
-¿Qué es eso? preguntó doña María.
-Los aparatos para los Fuegos Artificiales
-dijo una de las Panaderas. Van a estar bellísimos. Supóngase
que van a imitar el Salto del Tequendama. Va a tener qué
verlos.
Y doña Maruja, acompañada de su esposo, vio aquella noche cómo
cintilaban en el espacio los cohetes de múltiples colores, cómo los
buscapiés alborotaban los trajes de las muchachas, cómo hervían los
hombres de dicha.
Al día siguiente, también acompañada de Rufino, vio toros, vio
sainetes, vio globos, en fin, vio muchas cosas; ¡bah! pero siempre
su esposo, a su lado, era como una verruga, como algo que le
impedía gozar, gozar ardientemente. Al otro, quedó sola. Era lo que
ella quería, tras tantos años de sentirlo a su lado. Entonces todo
le pareció más bello, más resplandeciente. Las Panaderas le decían
que iba a estar feliz, sobre todo el ultimo día que era en el cual
se iban a exhibir las grandes cosas.
-¿Quiere usted ver las danzas? pues hoy vendrán todas aquí; y
sin que hubiesen terminado, un rasgueo de tiples y chirimías, de
bandolas y guitarras, resonó en el zaguán, en marcha dulce.
Los hijos de doña María, a pesar de estar al lado de su madre,
casi se caen de susto. Era la danza de los diablos que entraba con
los cuerpos desnudos y horribles, con enormes serpientes de fuego
pintadas en sus torsos y sus piernas, con los cuernos retorcidos y
la cola cogida en una de sus manos, y enseñando unos dientes
blanquísimos tras una enorme bocaza de cerdo.
-¡Qué horror! exclamó doña María.
En presencia de una gran multitud que la seguía y lloros de
algunos chiquirritines que aun en brazos de sus madres no pudieron
perder el terror producido por aquella visión dantesca, la danza
bailó haciendo grotescas contorsiones, pero ritmadas y artísticas,
como si en los Infiernos, cual en los cuarteles, lo principal fuese
la armonía, la disciplina. Luego comió dulces, bebió vino, fumó
cigarrillos, y se fue. Tras ella entró la de las garzas. Sus largos
cuellos ondeaban armoniosamente y la blancura de sus alas
ensimismaba de manera dulce, cual si fuesen blandos copos de nieve
que el aire acariciase. Era su andar reposado, y de un purpúreo
marfil el coral de sus picos.
La gente, al ver su baile, aplaudía estrepitosa.
Afuera, en la calle, resonaban los cohetes y la música, en
confusión avasalladora. Los gritos de la muchedumbre eran inmensos.
Un elefante descomunal, hecho de madera, cruzaba por allí. Doña
Maria, asomándose a una ventana, lo vio pasar llena de asombro.
Después, entró la danza de toreros con sus chulas. El gorro
lujoso, la chaqueta sembrada de oro y lentejuelas, el rojo pantalón
anudado a la rodilla por vistosa hebilla de plata, la rosada media
sobre la pierna maciza, el blanco zapato de raso y la
resplandeciente capa de seda sobre el hombro arrogante, en los
membrudos y bellos mozos; y la saya a vivos colores, el sombrero
ladeado sobre la abundosa cabellera, el andar tentador en zapatitos
leves como espuma, la cadera amplia, el seno relleno y la risa
picante, envolviendo a las hembras junto con su regio mantón de
Manila ¡olé, morena! piecillos más lindos, ojillos más pispos,
boquilla más dulce ¡olé, por tu gracia! y con sus bailes, al
compás de los crótalos y las bandolas, de los tiples y las
chirimías, el aplauso sonoro, estridente, prolongado, brotaba de
todas las almas al ver sus meneos, al ver sus sandungas.
Luego, al salir ésta, pues las danzas iban una tras otra
visitando las casas que eran más llamativas, entró la de las
gallinazas, agitando sus alas negras, sus alas enormes. Tras un
baile acompañado de rítmicos graznidos, y tras la consiguiente
hartada de dulces y de vino, vinieron otras, otras muchas. Doña
María casi estaba mareada, mareada de dicha viendo tantas cosas. Al
fin, cuando ya se preparaba a salir con sus niños para la Plaza, en
donde los bailes de las danzas continuarían y en donde una corrida
de toros bravísimos, mejores que los del primer día, habría de
tener lugar, entró la Pareja de
|Los Enamorados, como se les
llamaba.
Eran dos seres únicamente: hombre y mujer, Vestidos a la
morisma, con el oro engarzado en todos sus cuerpos, y con una
belleza suprema en el rostro. El doncel llevaba vistoso alfanje al
cinto, con nacarada empuñadura cuajada de diamantes; y la mujer,
hermosos brazaletes y ajorcas en las manos y en los píes, que le
daban un realce ondulante, capaz de dar envidia a cualquiera
positiva beldad de los encantados países de Oriente, de los de
|«Las Mil y una Noches.»
-Aseguran que esto es lo más bello-le dijo a doña María una
Panadera.
Los espectadores fueron abriendo un amplio círculo en la sala, y
los protagonistas dieron principio a su trabajo.
-Blanca, Blanca-dijo el moro, paseándose majestuosamente sobre
un tapiz de vistosos colores-mi herida, abierta con tus labios, es
mortal. Cuántas veces quise sembrar de alfombras tu camino, cubrir
de flores tu sendero, llenar tus aposentos de luz.
-No me culpes-respondió ella llorando. Alá lo ha querido. ¡Yo
soy hija de Alá!
-¿Por qué-repuso él-cuando la aurora nacía, no caíste como un
rayo de sol, resquebrajándote entre las grietas de tu castillo?
¿Por qué, sabiendo que yo velaba, no mandaste hasta mí un mensajero
para correr a tu lado y librarte dé las garras de ese venal? Mira,
esta mano que está acostumbrada a regar flores y a ser blanda como
la seda, te habría podido salvar, arrancando sangre.
-Lo sé, pero mi libertad hubiera costado tu vida ¡oh dulce
Abenhamó, oh sol de mis días!
-íNada importaba! ¿Qué vale mi vida cuando pienso en tu afecto?
Yo, bañado en lágrimas el rostro, he rondado los alrededores de tu
morada, tratando de ver si en las almenas de tu torre fulgía la luz
convenida, la ambicionada luz. ¿Por qué no la encendiste, oh sol de
mis ensueños?
-Óyeme, dulce Abenhamó, óyeme. Durante varios días mi padre me
tuvo encerrada en uno de los aposentos del castillo, sin
permitirme, siquiera, que mirase la luz del sol ni me caloreasen
sus rayos. La palidez roía mis carnes, las lágrimas desollaban mis
mejillas. Yo, que pensaba sólo en ti, daba voces llamándote, como
si pudieras oírme, voces enormes que a mí misma me aterraban.
-¡Falso, mujer ingrata! No me llamabas.
-Sí, tenía ansia de que estuvieras a mi lado, para sufrir
gozosa; pero mi padre, que escuchaba mis gritos, vino una noche, y
me dijo: Blanca, tú arrastras la maldición para nuestra familia.
¿Qué le has visto a ese perro de Abenhamó para que así te hayas
enamorado de él? ¿Acaso no hay entre nuestros hombres uno que le
supere en valentía, que sea más gallardo, que corra mejor un corcel
y esgrima más certera una lanza? Mira, allí está don Rodrigo,
valiente como ninguno, hermoso cual un dios, rico cómo un rey,
espléndido como un profeta. ¿Por qué no te casas con él? ¿No está
ansioso de recibir tu mano, de que le hagas feliz?-Querido padre-le
contesté yo-mi corazón late por otro; yo no soy dueña de él; es de
Abenhamó. Entonces, irritado, empuñó con sus brazos robustos mis
débiles manos, y arrastrándome como si fuese una corza herida que
con su sangre manchase el pavimento, me llevó al embaldosado dé la
capilla, cerca al altar, con indignación soberana.
-¡Cobarde!
-No lo culpes, Abenhamó. El hacia eso porque me adoraba. En
tanto, la noche había caído sobre la tierra. El castillo era una
masa informe que levantaba su silueta espectral, como una de esas
pirámides que tus antepasados elevaron en el Desierto para aterrar
a las edades. El silencio crujía.
-¿Y qué hizo?
-Escucha. Un débil cirio brillaba en aquella oscuridad. Las
imágenes de los santos, en sus nichos de mármol y de oro, parecían
tener miedo de mirarnos, y se escondían tras la sombra. Las grandes
arcadas, cuya imponencia tiene remedos de infinito y que envuelven
las almas en muda arrobación, causaban espanto.
-iPobrecilla!
-Sí, pobrecilla; y para colmo, sobre el altar en que el cirio
con su pálida luz apenas formaba borrosos chispeos en el paño de
los sitiales y en el artesonado, una calavera que aun me espanta,
enseñaba sus dientes pelados, sus cuencas vacías cerca a un Cristo
desgarrado, que chorreaba angustia. Yo tenía un miedo atroz.
-¿Y por qué no me llamabas?
-¡Ah! ¿por qué no me oías? Yo te llamaba con voces ardientes,
con voces que quemaban, a pesar de que sabia que nadie habría de
venir en mi ayuda, y cuando soñaba, loca, verte aparecer,, las
puertas de la capilla crujieron, y don Rodrigo, acompañado de un
sacerdote, avanzó envuelto en espesísima capa, hasta donde nosotros
estábamos.
-¿Y qué hizo?
-Yo me aterré. En el momento adiviné la intención de mi padre y
caí en una silla sin sentido. Cuando volví en mí, don Rodrigo
estrechaba una de mis manos entre las suyas, mientras el
sacerdote, espolvoreándonos agua bendita, santificaba nuestra
unión, obligado por mi padre.
-¿Y luégo?
-No me culpes. Don Rodrigo me llevó a uno de sus aposentos, y,
como buen caballero, peiné mi frente con sus caricias, bebió con su
boca las lágrimas que yo derramaba, pero cuando quería hacerme
suya, es decir, algunos días después de nuestra boda maldita, el
odio me cegó, la sangre se me subió a la cabeza y sin que él
tuviera tiempo para defenderse, saqué la daga que llevaba en su
cintura, y se la hundí en el corazón, entera, toda entera, toda,
hasta la empuñadura, saltando de gozo. Le vi muerto a mis pies, y
entonces, temblé. Vi que era asesina, asesina de mi esposo, y quise
huir. Saqué de una de mis cajas este traje de mora con que pensaba
ser tuya, y así disfrazada de oriental, huí. ¿A dónde iba? No lo
sabia. Te buscaba con los ojos en medio de la noche, porque sólo en
ti pensaba; tenía miedo de que me prendieran antes de ser tuya;
tenía horror de que mis fuerzas, desfallecidas, se extinguiesen
antes de coronar mi jornada. Pero al fin, al fin...., con las
plantas sangrantes, con el corazón herido, he llegado a tu lado a
que me des amparo, o a que me mates!
Abenhamó, entonces, la miró fijamente, y lanzándose sobre ella
como un león, le dijo:
-¡Sí, te mataré ya, te mataré con mis besos, te mataré con mis
caricias!
Los espectadores prorrumpieron en burras prolongados. Sólo doña
María, como si le hubiesen asestado una puñalada, estaba
intensamente lívida. Cuando los del sainete fueron a salir, ella se
fijó bien en Abenhamó, y por detrás de esa figura, vio a Miguel que
la miraba sombriamente ¡desgarradoramente!