CAPITULO I
Quizá no vengan yase atrevió a decir Rosa,
acompañando sus palabras de un levísimo gesto de impaciencia que
revelaba el deseo, por demás inocente, de asistir aquel día a uno
de los juegos cívicos con que se celebran en nuestras poblaciones
las glorias de la Patria.
¿Pero no quedaron en venir? preguntó doña Maria, una
matrona de aspecto sencillo y venerable, de unos cuarenta y cinco a
cuarenta y ocho años de edad, rostro dulce, de cutis todavía suave
y ojos negros, la cual, sentada cerca a la joven en un asiento
sencillo, zurda embelesada unas medras de su hijo Daniel, medias
que el uso agasajaba irónico.
Si, madre, me lo prometieron.
Entonces, vendráncontestó la matrona como quien
tiene plena seguridad en lo que se le ha ofrecido.
Rosa, ligeramente, emocionada, jugando maquinalmente con sus
guantes de piel blanca que apretaba entre una de sus manos, se
levantó de donde estaba, salió de ese cuarto y pasando al que hacia
de sala de recibo, echó una mirada en la tentadora luna de un
espejo aovado, con enmarcadura color de oro, que pendía en una de
las paredes. Estaba su rostro un poco pálido, pero sus ojos, de un
blando color negro, brillaban de manera complacida, jugueteando
entre sus labios un cabrilleo de púrpura. Aun cuando no tenía la
locura de su propia contemplación, hubo de confesarse que no estaba
fea. Sus cabellos, que también tenían un color negrísimo, se
recogían en su cabeza con elegancia indiscutible, bajo un sombrero
de paja verde adornado con cintas oscuras, el cual le daba un tono
majestuoso que hasta ella misma hubo de notar. En su pecho, que
estaba vestido con una chaqueta de seda color esmeralda, una flor
roja enseñaba el capricho de sus hojas sangrientas, abanicando con
su esplendor la gloria de aquellos diez y ocho años que bajo sus
virginales carnes palpitaban. Su falda, casi del mismo color que la
chaqueta, aun cuando de una tela de viso menos brillante, se
deslizaba con todo recato sobre una cadera escultural, sin
ostentaciones de voluptuosidad pecaminosa, para morir suavemente
cerca al tendón de aquiles en donde la media de tejido casi
impalpable daba paso a la elegante bota de glasé que el artesano
manizaleño había fabricado con delicado gusto artístico
Es raro que no vengan, madreexclamó nuevamente la
joven, volviendo a asomarse a la misma ventana a que antes se había
asomado.
Es rarocontestó doña María, mientras trataba de
enhebrar, sin ayuda de espejuelos, la aguja con que continuaba
dando puntadas a las medias de Daniel.
Rosa espació sus miradas por la calle, con indagadora ansiedad.
Una muchedumbre casi compacta desfilaba rumorosamente por allí:
grupos de artesanos, alegres y decidores, trajeados generalmente
con saco y pantalón de paño, ostentando algunos en el bolsillo del
pecho los asomos de un pañuelo a vivos colores que alguna elegancia
daban a su vestir; labriegos arropados en la tradicional aunque
poco estética ruana con que todos nuestros antepasados hicieron
frente a los sinsabores de la lluvia y el frío, mientras cubrían
con ella corazones honrados y brazos nervudos, sordos a todas las
inclemencias; muchachas del pueblo con trajes de colores
abigarrados y mejillas embadurnadas con polvos de arroz y
coloreadas de carmín, haciendo gala de sus conversaciones audaces y
de sus sarcásticas risas; chicuelos bulliciosos, generalmente no
mal presentados, discutiendo con pasión los méritos de los caballos
que habrían de tomar parte en la cercana justa; terciadores
azuzando con sus lazos los rocines que de manera deslucida cruzaban
con algún rústico provinciano a cuestas; señoritas de. porte
aristocrático, vestidas a la europea y derramando por todo el
camino la gracia sin par de sus ojos oscuros y el encanto
primaveral de sus años azules; viejas gruñas que en plena calle
pellizcaban el molledo de algún chiquirritín porque su paso no era
lo suficientemente atrevido para abrirse brecha osada por entre los
grupos de las apiñadas aceras;
|filipichines del comercio que
alborotaban a las muchachas con sus sonoras carcajadas y su vestir
elegante; jacas de hermoso galope que cruzaban llevando en su lomo
la figura sonriente de algún comerciante alemán o de algún súbdito
de su majestad Victor Manuel de Italia; uno que otro carricoche
arrastrado por caballos de porte altivo, en cuyo fondo alguna buena
matrona apretujaba, como gallina celosa de. sus polluelos, a sus
nietos y a sus hijos; bicicletas que con el ruido de sus timbres
asustaban desmesuradamente el paso torvo de viejos caducos que
,avanzaban apoyando sus cuerpos en báculos de brillante pulimento;
|y de vez en cuando, un automóvil que con su piafar ponía en
fuga, hacia las orillas de la calle, a toda la multitud, temerosa
de ser embestida por el bullicioso vehículo en su tonante carrera.
Todo esto era lo que Rosa veía cruzar ante sus plantas, al
escudriñar con su vista la posible llegada de sus amigas familiares
Magdalena y Teodosia, que habían quedado en reclamarla a su paso
para llevarla a las
|Carreras Hípicas de aquel día.
No era ella una muchacha que se desviviera por los deportes
públicos, ni siquiera por los privados. Hija de padres cuyo haber
apenas alcanzaba entonces para llevar una vida que bien pudiéramos
llamar de apuros, si algunos miembros de su familia no la ayudaran
en mucho, y educada al calor de la Religión de Cristo cuyo aroma
envolvía su alma en delicias infinitas, sus años se deslizaban sin
ostentación, aunque acaso en el fondo de su alma aleteara alguna
ambición inocente y golpeara algún ensueño dulce cuya floración no
estuviera dentro de los lindes de su hogar paterno. Sin embargo,
aquel día le era imposible ocultar el deseo que la envolvía de
asistir al tan embelesante deporte hípico.
El aire, calentado por un sol intenso y cargado con el polvo que
los transeúntes levantaban, era casi asfixiante. Por tal motivo
Rosa, entrándose, volvió a la sala en donde ocupó tina silla, sin
apartar de sus manos los guantes con que aun continuaba jugando.
Con sus ojos, de una bondad toda dulzura, se puso a contemplar,
como al acaso, el mueblaje de aquel recinto. En realidad
pensó somos pobres; y sus pupilas, lentamente, fueron
mirando, bien todo aquel pasado esplendor, todo aquel resto vago de
lo que antes habla sido un santuario de comodidades. Las puertas no
tenían regias colgaduras, ni eran sus asientos otros que los
sencillos taburetes de color negro y esterillado amarillo que en
casi todas nuestras casas se encuentran; dos hermosas mesas de
cedro en que lánguidamente hacían el despilfarro de sus luces unos
floreros de cristal azul, recargados de lirios y claveles, lucían
en otra parte; dos espejos ovalados, de luna fina, que se miraban
uno a otro, de frente, desde sus respectivas paredes festoneadas
con papel de colgadura a vivos colores, y aprisionados en ellas por
cintas demasiado rojas; algunas cromolitografías enmarcadas en
cuadros de caña ligera, sin mucho mérito artístico, pero que tenían
la propiedad de hacer resaltar los colores subidos sobre la
obligada modestia de aquel asilo santo; un reloj de caja de madera
marcando con su péndulo gruñón la carrera del tiempo en aquel
lugar, y por encima de un trípode de bambú, una mata de
|josefina derramando el riente fulgor de innumerables flores,
era lo que allí se encerraba. Rosa veía todo aquello, pensando, aun
cuando sin marcada tristeza, en los días opulentos en que las
colgaduras de damasco, el ébano, el marfil, los delicados tapices y
los grandísimos espejos adornaban su hogar, cuando de pronto,
levantándose, fijó sus ojos, con sobrada insistencia, en uno de los
cromos que venía revistando. Era un cuadro compuesto de muchachas
alegres, jugando bulliciosas bajo los árboles de una avenida. El
sol, por entre los apiñados follajes, les enviaba rutilantes
flechazos de luz que las frondas descomponían en intrincadas
canciones de jeroglíficos. Un perro, diminuto como un ratón,
amenazaba coger con su boca la falda de una de ellas, y detrás de
unos arbustos que el color del paisaje abultaba de manera burda,
unos muchachos, maliciosos y traviesos, se asomaban a ver, a
hurtadillas, el apuro de la joven, riendo desapiadadamente. ¿Acaso
sentía ella venir a su alma la dicha de otros años cuando la niñez
enredaba en sus ojos purísimos la melodía de la inocencia, evocada
por aquella estampa de reflejos chillones, bajo la luz de un sol
que golpeaba las cosas con su beso y de una naturaleza que hacia
crepitar con su savia la frondosidad de los ramajes? Algo, en
realidad, había de todo aquello. Era la imagen de un suave día de
infancia. Acompañada precisamente de Magdalena y Teodosialas
amigas a quienes en aquel instante aguardabafuera de otras
chiquillas vecinas suyas, iba en paseo, bajo la luminaria de un sol
, hecho plomo, por la «Avenida Cervantes», punto apellidado
entonces «Carretero»
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y que cuenta entre sus acontecimientos históricos el
de haber servido para que en el año 1.860 el General Mosquera
celebrara allí aquel convenio llamado «Esponsión», cuya
trascendencia alcanzó a todos los destinos de la República. Detrás,
pero siempre haciendo parte de la misma comitiva, iban unos cuantos
jovencitos, entre ellos uno de nombre Martin, simpático y bello,
hijo de don Miguel Peñascohombre de cuantiosa fortuna en la
ciudada tiempo en que un falderillo, hostigado por el crecido
número de paseantes, salía de una huerta y se abocaba a ella con
ánimo de hacer presa en su falda. Sus compañeras reían y gritaban
estrepitosamente, sin que a ninguna se le ocurriera otra cosa que
huir, con mimos bien marcados de diversión. Los muchachos también
reían, escondiéndose tras de algunos eucaliptus que por allí ¡había
plantados y que aún hoy, arrogantes y festivos, enseñan al
transeúnte la majestad de sus copas y la exuberancia de sus troncos
robustos. Rosa, virginalmente bella, estaba a punto de parecer
ridícula ante las acometidas del faldero, cuando Martín,
desagradado con la burla, se destacó del grupo de sus amigos, dio
un ligero puntapié al podenco y libró así de una posible mordida a
la temerosa muchacha.
¡Bravo! gritaron todos; y cuando Martín fue a retirarse
vio que los negros ojos de su compañera le enviaban una mirada
dulcísima, hecha de reconocimiento y amor, que tesoneramente habría
de perseguirlo al través de su existencia. Sin embargo, en el
transcurso de los años se levantó entre ellos una barrera de
erguidas púas que les privaba del blando rocío de su sincera
amistad, pero que no era óbice para que siempre que Rosa
contemplara aquella estampa, sintiese dentro de su pecho un
estremecimiento especial, evocador de dulzuras no igualadas,
de añoranzas benditas.
¿Pero cuándo es que U. se va? le preguntó, plantándose en
la puerta, una muchacha denombre Ramona, criada de la casa,
de unos catorce años de edad, no fea, mirando bien aquella blusa
verde que era su pecado mortal. Si yo fuera usted ya estaba
encaramada en plena
|«Barranca»!
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-Aguardo a Daniel....; dijo Rosa.
Eso sí, porque hoy, francamente, no se deben perder ni los
registros!
En ese instante un efusivo borbotón de notas agitó con su ruido
la cálida saturación del aire. En la calle los miembros de la banda
militar, entre vivas estentóreos de la multitud, entonaban una
marcha jocunda, bajo el hiriente resplandor de sus brillantes
cascos de acero, fabricados a la moda germana. Era el momento en
que casi todo Manizales, alegre y señorial, olvidándose de sus
quehaceres cuotidianos, iba en sordo tropel hacia la «Avenida» a
presenciar afanoso las carreras de caballos que con intermitencias
casi siempre anuales, tienen lugar allí. Rosa iba a asomarse
nuevamente a la ventana, cuando sintió pasos estrepitosos en la
escala de su habitación.
¿Estás lista? le dijo casi en su rostro su hermano Daniel,
que era quien tan ruidosamente entraba.
Sí, contestó ella.
Pues camina, que te esperan.
¿Vinieron las muchachas?
Sí, te aguardan en el portón, junto con doña Josefa y doña
Adelina.
En marcha, pues dijo Rosa; y tras dar un sonoro beso a
doña Maria que le pagaba su afecto con una tierna bendición
cristiana, derramada con mano acariciadora, salió en compañía de
Daniel.
Si apuesta, señorita le gritó Ramona lléveme en parte.
Por supuestole contestó ella.
Grande fue su sorpresa cuando sus ojos contemplaron en su
augusta majestad a Magdalena y Teodosia que lujosamente ataviadas,
la esperaban para partir. Iban deslumbradoras. La seda y las joyas
de gran valor regaban en sus personas resplandores diáfanos, y sus
ojos derretían con sus miradas la voluntad de cuantos las veían.
Dos o tres chicuelos hermanos suyos que también las acompañaban,
iban que reventaban de júbilo.
¡Espléndidas! gritó Ramona, asomada a una ventana mientras
con su cabeza saludaba a un tipo de risa mefistofélica y rostro
moreno, apellidado Malaquías Sandoval, quien desde la calle le
preguntaba con una seña si ella no iría al entusiasta juego hípico
a donde todo el mundo iba.
Un auto cruzaba en aquel momento con la familia de don Miguel,
seguido de Martín que, a caballo, pasaba apuesto y arrogante,
saludando de modo muy cortés a Rosa y a sus compañeras.
¡Sí que vamos bien tonantes! susurré sonriendo
Magdalena.
iDivinos! dijo a su vez Teodosia.
Sólo Rosa y Daniel nada arguyeron; y así, toda la comitiva se
puso inmediatamente en marcha, mientras el ruido de la banda
convidaba a la alegría bajo la eclosión sagrada de los estandartes
patrios que en todas las casas agitaban, ornamentales y dulces, la
sonrisa virginal de sus sedas, en una expansión gloriosa, añoradora
de victorias y martirios, y mientras Ramona, mirando a doña Maria,
pensaba, con el corazón deshecho, cómo le sacaría el permiso para
también ella asistir a las Carreras en donde habría de estar tan
gozosa al lado de su Malaquías, al lado de su novio!
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En nuestra narración, y para evitar al lector posibles
confusiones, seguiremos llamando «Avenidas a este punto, hasta
donde nos sea posible. N del A
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