CAPITULO 7.º
LA PREDICCION CUMPLIDA.
El dia 18 de mayo del año de 1850, para cumplir con uno de los
deberes de ciudadano granadino, tuve que concurrir a uno de los
cuarteles de la Capital a tomar las armas; porque en ese dia
espidió el Poder Ejecutivo el decreto de espulsion de los jesuitas
i en consecuencia se temía que el partido conservador se rebelara
contra el gobierno, tomando como pretesto la defensa de la
relijion. Se habia hecho creer a una gran parte del pueblo, que la
espulsion de los jesuitas era un ataque al cristianismo, i la
ajitacion en la Capital de la República era extraordinaria. Las
tropas veteranas i la milicia cívica, estaban sobre las armas, así
como una gran parte de los jóvenes i la mayoría de los miembros del
Congreso. La situación política era bien semejante a la de Francia
en 1792, cuando los ciudadanos armados decían: "Nous ne partirons
pas que les ennemis de Vinterieur ne soient terrassés." Se elevaron
al Presidente de la República varios memoriales, por los adictos a
los jesuitas pidiendo la revocatoria del decreto, i del 48 citado
al 23 del mismo mes, no cesaron las comisiones del partido jesuita
conservador, cerca, del P. E. con el mismo objeto. I fué tal el
empeño en obtener dicha revocatoria, que formaron una compañía de
niñas vestidas a imitacion de las vestales de la antigua Roma, i la
condujeron al palacio, cerca de la hija del encargado de la
Presidencia para que le suplicara que sirviera de intercesora en
favor de los Padres de la Compañía de Jesus.
|
(a)
. El Presidente permaneció como
una roca; firme i resuelto hizo cumplir su decreto i el 23 de mayo
del mismo año al silencio de la noche salieron los Padres en
direccion a la costa del Atlántico, habiendo ántes decretado el
Gobierno, el gasto de mil pesos que erogó el tesoro nacional para
los costos del viaje hasta alguna de las Antillas o hasta Europa a
voluntad de los espulsados.
En ese tiempo se hallaba en sesiones el Congreso, segun se dijo
antes i la Cámara de Representantes espidió la nota siguiente:
«La Cámara de Representantes se ha impuesto con calma del
contenido del decreto que ordena el regreso de los Padres de la
Compañía de Jesus al punto de donde fueron traidos con abierta
infraccion de las leyes de la República.
«La Cámara felicita al P. E. por haber tenido bastante firmeza,
patriotismo i enerjía para cumplir con un deber penoso i delicado;
i aplaude i apoya con decidido i leal interes una medida de vital
importancia para la conservacion del órden; de las libertades i de
la independencia nacional.
«La Cámara ordena se rejistre en el acta de este día el nombre
del ciudadano Presidente Jeneral José Hilario López, i de sus
dignos Secretarios Dr. Manuel Murillo, Victoriano de Diego Paredes
i Coronel Tomas Herrera, por haber merecido bien de la patria.
Era pues un deber sagrado prestar mi continjente como dije
ántes, tomando las armas para que se conservara el órden; i
permanecí en el cuartel hasta el 24 de mayo, en cuyo dia a las ocho
de la mañana llegó a buscarme una mujér llorando i diciéndome que
Rosina había desaparecido la noche anterior, de la casa en que yo
la había dejado. Al oír esto salí en el momento i me dirijí allá,
tocando ántes en mi casa en donde pensé que podría estar; llegué
fatigado i encontré a la Señora llorando. Me refirió que a las diez
de la noche se había retirado Rosina a dormir en el cuarto que le
había destinado, que todos los de la casa se habian acostado a la
misma hora i que ninguno sintió ruido alguno: que a las seis de la
mañana que se levantó, advirtió que estaba abierto el cuarto donde
se hallaba Rosina i estrañó que se hubiera levantado tan temprano,
puesto que su costumbre era la de levantarse a las ocho; que en el
momento fué a ver si era que estaba enferma i halló el cuarto solo;
que rejistró toda la casa i no la encontró, estando todavía cerrado
con llave el porton de la calle i que en el jardin había huellas
estampadas de calzado de hombre i alguna plantas i flores holladas.
Yo mismo ví esto i noté unas tejas rotas en la pared del lado de la
calle; quedé pasmado i dije: se cumple la prediccion hecha en la
carta: ¿estamos en la antigua Venecia? Salí de allí, busqué,
inquirí, averigüé, pero todas mis dilijencias fueron inútiles, no
obtuve ni la menor noticia del paradero de Rosina. Entónces no dudé
mas de lo que el mendigo me había dicho; su veracidad quedaba
comprobada por la desgracia. Mi situacion era funesta; no tenía yo
ni un dato para hacer recaer mis sospechas contra persona
determinada.
Pasó mucho tiempo desde la fecha del rapto de Rosina, sin
obtener noticia alguna acerca de ella. Muchas vezes pasé por el
altozano de la Catedral a distintas horas de la noche, disfrazado,
para no ser conocido: yo esperaba descubrir a los dos embozados o
hallar al mendigo. Tambien habia buscado a la beata Doña Lorenza,
la que habia dado a Rosina la carta que le causó el desmayo, pero a
ninguno encontré. Sin embargo, estaba tan preocupado, tan
impresionado por lo pasado, que especialmente por la noche, cada
hombre me parecía uno de esos embozados misteriosos i malvados: no
habia funcion pública, sagrada o profana, a la que no fuera el
primero, con el objeto de hallar algun dato sobre los autores del
rapto de Rosina, acercándome, disimuladamente, a todos los que
notaba que hablaban con interés. No habia fonda a donde no entrara,
villar a que no asistiera, corrillo qué no espiara, ni mercado que
no recorriera, vagando siempre en persecucion de indicios, dominado
por la idea de la desgracia de Rosina. Una noche entré a una
especie de meson que habia a la vuelta de la calle de "Florian" i
noté entre los concurrentes un hombre retirado ácia un rincon,
sentado delante de una mesa, escribiendo con lápiz en una cartera:
por instantes se quedaba pensativo, i luego volvía a aplicar el
lapiz. Despues de un cuarto de hora llamó al mozo de servicio i le
pidió una copa de brandi; al presentársela le dijo: -"Si viene
Camilo, dile que le espero donde Doña Lorenza." Tomó el brandi i se
fué. Yo habia vestido esa noche el traje de campesino; creo que ese
hombre no se fijó en mí. En el momento sospeché que esa Doña
Lorenza, podía ser la misma beata, i él quizá uno de los conjurados
contra mi, tal vez de los raptores: me fuí siguiéndole la pista:
caminó cuatro cuadras de la esquina de Santo Domingo arriba, calle
de los "Plateros" i cruzó a la derecha; yo iba a distancia de media
cuadra i cuando llegué a la esquina en que cruzó ya no lo ví. Sin
embargo, cruzé tambien, recorrí la cuadra i todo estaba en
silencio; no pude saber a donde habia entrado, ni la direccion que
tomara. Volví por la calle de la "Candelaria" i al llegar a la
Iglesia de Santa Jertrúdis, ví en un porton a una mujer parada me
acerqué hablándole; ella me contestó i la reconocí en la voz; la
noche estaba oscura: era.... ¡que encuentro tan casual! era la
beata Doña Lorenza. La providencia me proteje, le dije, vive U.
aquí?
- No, señor, he venido a esta hora por una urjente
necesidad.
-¿Podría darme U. la direccion de su casa?
-No tengo inconveniente, i aun deseaba hablar con U. pero....la
delicadeza.... el amor propio ofendido, i alguna otra razon, me han
impedido volver a la casa de U. Sin embargo si U. quiere tener la
bondad de visitarme, busque U. en la calle de "Curazao" un porton
sobre el cual hai un "Jesus" pintado.
-A qué horas hallaré a U.?
-Antes de las ocho de la mañana i despues de las doce. Es
conveniente a U. que hablemos despacio i ya que la casualidad nos
ha hecho concurrir en esta vez al mismo punto Estraño es para mí su
vestido ¿por que así?
-He acabado de llegar del campo, dejé mi caballo en los
arrabales i voi para mi casa.
- ¿Obtuvo U. noticia alguna?
- Noticia, ¿acerca de quien?
- Pues.... como estamos en época de novedades…. es mui
natural esta pregunta, o mas bien, es comun: quise decir a U. con
mi pregunta. que si U. dejó algo de nuevo por donde estuvo.
-A la verdad que nada nuevo he dejado i mas bien lo hallo
aquí.
-¿Aquí? ¿qué cosa?
-El traje que U. tiene, pues en verdad que no es el que usa
siempre, i no la hubiera conocido al no haber hablado.
-Ha sido un capricho de mujer i…..la oscuridad......
-Ciertamente, oculta el disfraz.
-Igual, con igual.
A ese tiempo salió un clérigo diciendo: "dispense U. señora me
he demorado sin culpa, sigamos." Ella se despidió de mi i él no me
hizo caso: yo atribuí su desprecio al vestido que yo tenía; tanto
así influye el traje en el trato social. Los dejé adelantar i seguí
en pos, con el objeto de saber a donde iban; al efecto llegaron a
la calle de las "Aguilas" i entraron a una casa cuyo dueño no me
era conocido. Permanecí algun tiempo en la esquina de la calle i
últimamente tomé la direccion de la mía.
|
(a)
|
Estos ofrecieron renunciar sus votos de comunidad en cambio de
la revocatoria del decreto de espulsion.
|