INDICE





Introduccion

Reseña histórica

Capítulo 1 - El mendigo

Capítulo 2 - Una visita en palacio

Capítulo 3 - El cuarto de Rosina

Capítulo 4 - Los portales

Capítulo 5 - Una beata

Capítulo 6 - Una amenaza

Capítulo 7 - La prediccion cumplida

Capítulo 8 - Meditacion

Capítulo 9 - Una sorpresa

Capítulo 10 - La casa de los ejercicios

Capítulo 11 - Nuevo apostolado, la iniciada en el templo

Capítulo 12 - La choza de la muerte

Capítulo 13 - El espiritu de asociacion

Capítulo 14 - Un sueño

Capítulo 15 - Las dos cartas

Capítulo 16 - Los dos embozados

Capítulo 17 - Descubrimiento

Capítulo 18 - El sabio magnetizador

Capítulo 19 - La cartera

Capítulo 20 - El 10 de marzo

Capítulo 21 - Causa célebre - Russi ante el Jurado

Capítulo 22 - Preliminares de rebelion

Capítulo 23 - Rosina o Clodomira

Capítulo 24 - El refinamiento de la crueldad

Capítulo 25 - La revolucion

Capítulo 26 - Ricardo el sepulturero o el loco sentimental
CAPITULO 6.º

 

UNA AMENAZA.

 

Cuatro dias despues del accidente de Rosina, estando yo en la calle, entregaron a esta la carta que sigue:

Señorita Rosina:

«Los sentimientos de virtud que U. posee, me dan derecho de exijir un servicio importante, i no dudo que U. se preste a ejercer una obra de piedad que demanda la relijion. Conviene que el protector de U. no tenga conocimiento de la plausible accion que U. debe ejecutar, hasta que se haya conseguido el objeto: así le sorprenderá U. agradablemente. Es una empresa esclusivamente de mujeres i deseamos que no se imponga de ella hombre alguno, hasta despues de obtener el triunfo a que aspiramos.

«Mañana a las once del dia la espero a U. sola en la puerta de la iglesia de S. Cárlos en donde sabrá U. quien soi i se impondrá del pormenor de la empresa. Verdaderamente es U. una de las personas que deben tomar mas interes.

«¿Recuerda U. que hace nueve meses se interesaba por la suerte de U. i de su protector, un mendigo? ¿No se acuerda U. de Ricardo? Pues bien, ese pobre sufre desde entónces una persecusion horrible, i sin que U. ni su protector lo sepan, sinembargo que son la causa de sus padecimientos. Mañana tendrá U. pleno conocimiento de todo. Debe U. ir en traje de visita porque debemos ir al palacio de gobierno. El protector de U. estará fuera de su casa a la hora que le indico, así no tendrá U. obstáculo para concurrir a la cita.

«Inmediatamente que acabe U. de leer esta carta, redúzcala a cenizas, i a nadie comunique U. ni la menor parte de ella, pues si lo contrario hiciere, será U. perdida para siempre.

«Soi de U. su mejor amiga.»

El primer paso que dió Rosina, luego que llegué, fué para entregarme la carta, diciéndome- Me amenazan cruelmente, pero por no ocultar cosa alguna a U., sufriré todo con resignacion; reciba U. el pliego que contiene mi sentencia: cumplo con mi deber i quedo satisfecha. »

Esta carta me dió conocimiento de que habia una trama infernal, probablemente, pero tan impenetrable para mí como temible. ¿En qué se fundarian para creer que yo impediria a Rosina el ejercicio de un acto de virtud? ¡Una empresa esclusivamente de mujeres! ¡Buenas són para esclusivistas! decia yo leyendo segunda vez la carta. Me confundia la parte que hacia relacion a Ricardo, al mendigo que una sola vez habia llegado a mi casa; decir que Rosina i yo éramos la causa de que sufriera desde entónces, era para mí una cosa estrañísima; así como misterioso era el modo de saber del mendigo despues de nueve meses. Por otro lado, ¿cómo sabian que no estaria el dia siguiente en mi casa, a la hora en que citaban a Rosina? Yo me preparé para rechazar el golpe. Pensé primero decir a Rosina que concurriera a la cita, dejando en reserva nuestra conferencia sobre el asunto, i seguirla a distancia conveniente a fin, de conocer la persona que la habia escrito, pero juzgué luego que los directores del complot, podian impedirme de alguna manera ese plan i talvez a tiempo que Rosina estuviera ya en la calle, en cuyo caso esponia yo a mi pupila, sabe Dios a qué aventura. Determiné evitar el peligro dando un paso que me parecia seguro i fué el siguiente.

A las doce i media de la noche, víspera de la cita, salí con Rosina, i por calles inusitadas nos dirijimos a casa de una señora anciana, a quien yo debia finas muestras de amistad: la hora, el vestido i la oscuridad nos protejian contra las miradas de nuestros gratuitos enemigos o su espionaje. Despues de haber caminado tres cuadras, al cruzar una calle, vimos parados, hablando paso, dos hombres, uno embozado en su capa, i el otro con ruana; no habriamos adelantado ocho pasos del sitio en que se hallaban, cuando oímos que dijo uno de ellos, «El es» i nos siguieron como con el objeto de reconocernos. Yo me paré preparando mis pistolas: ellos oyeron seguramente el golpe que estas dieron al montarlas i retrocedieron en el momento. Seguimos apurando el paso i dando mil rodeos hasta que llegamos a la casa deseada. Allí dejé a Rosina bien recomendada, con las prevenciones de reserva necesarias i volví a mi casa.

Al dia siguiente hice creer a las sirvientas, que Rosina estaba enferma i en su cuarto, a donde prohibí la entrada e hice preparar una tizana i otras cosas para confirmar esa creencia.

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