INDICE





Introduccion

Reseña histórica

Capítulo 1 - El mendigo

Capítulo 2 - Una visita en palacio

Capítulo 3 - El cuarto de Rosina

Capítulo 4 - Los portales

Capítulo 5 - Una beata

Capítulo 6 - Una amenaza

Capítulo 7 - La prediccion cumplida

Capítulo 8 - Meditacion

Capítulo 9 - Una sorpresa

Capítulo 10 - La casa de los ejercicios

Capítulo 11 - Nuevo apostolado, la iniciada en el templo

Capítulo 12 - La choza de la muerte

Capítulo 13 - El espiritu de asociacion

Capítulo 14 - Un sueño

Capítulo 15 - Las dos cartas

Capítulo 16 - Los dos embozados

Capítulo 17 - Descubrimiento

Capítulo 18 - El sabio magnetizador

Capítulo 19 - La cartera

Capítulo 20 - El 10 de marzo

Capítulo 21 - Causa célebre - Russi ante el Jurado

Capítulo 22 - Preliminares de rebelion

Capítulo 23 - Rosina o Clodomira

Capítulo 24 - El refinamiento de la crueldad

Capítulo 25 - La revolucion

Capítulo 26 - Ricardo el sepulturero o el loco sentimental
CAPITULO 5.º

 

UNA BEATA

 

Hai en Bogotá cierta especie de vestigios encarnados, tipos vivientes, del fanatismo relijioso, quienes por antítesis llevan los vestidos i el nombre de beatas. Mujeres que hacen consistir la virtud, encargar escapularios al pecho, reliquias en la faldriquera i camándulas en la mano: i que juzgan que los verdaderos actos de piedad, son: vivir la mitad del dia en los templos: no en oracion, sino repitiendo dos mil veces unas mismas palabras, miéntras el pensamiento vaga en asuntos profanos; confesarse hasta de las culpas ajenas i pervertir a las jóvenes sencillas e inocentes, mas por torpeza que por mala fé.

Una de estas mujeres visitaba a Rosina llevándola cintos o reliquias de Santos, pues sabía que habia de sacar en compensacion del regalo alguna moneda; por supuesto que para velas para alumbrar al Santo, segun ella decía. Yo no temía que mi pupila corriera peligro con las doctrinas de la beata, porque a mas de ser bien despreocupada conocía perfectamente los verdaderos principios de la moral cristiana. Sin embargo, yo estaba siempre alerta, i solía algunas ocasiones oír sus conversaciones, sin ser visto.

Un dia entré a mi casa a tiempo que la beata estaba allí hablando con Rosina; seguramente no me sintieron entrar i continuaron su diálogo. Yo recosté un asiento a la pared del corredor i me acomodé con precaucion para no ser sentido a fin de oirlo todo. En efecto, escuché lo siguiente.

BEATA -Si los destierran, vendrán todas las plagas de Ejipto sobre nosotros: pestes, guerras, terremotos!

ROSINA. -No crea U. eso señora; yo sé que el Rei de España, cuando era señor i dueño de éste Vireinato, espidió un decreto espulsándolos; ellos salieron de aquí i nada de eso sucedió.

BEATA.  - ¡Jesús! niña, por eso quizá castigó el cielo a los españoles, perdiendo aquí sus tesoros i aun sus dominios en la América. Tambien fueron, espulsados.

ROSINA. - Eso les sucedió, es verdad, pero no a consecuencia de haber espulsado a los Jesuitas. Una política inconsulta, tal vez tiránica: el indeferentismo de los Reyes de España a las justas quejas que los americanos elevaban a la Corte contra sus opresores i la despótica conducta de los enviados a gobernar las colonias, fueron las causas de su pérdida i persecucion.

BEATA.- ¡Quién sabe! en estos tiempos son muchos los impíos que persiguen la religión; tal vez por eso han cojido tema contra los benditos padres, ¿por qué es que los han de desterrar? Mucho temo que a U. la haya imbuido en es ideas algun pisaverde….

ROSINA.- ¿A mí? ¿Qué dice U?

BEATA. -No se altere, yo sé como lo digo. Uno de los padres me ha confiado un secreto i U. está complicada en la cuestion.

ROSINA.-¿Yo?

BEATA.-Precisamente; como estamos solas voi a ponerla al corriente. U. ha tratado mal a los PP. Jesuitas, sin que ellos le hayan dado motivo……

ROSINA. -¡Vaya! qué graciosa está U

BEATA.-No niña, oiga U. i despues me replicará. El mismo Padre me ha dado un documento que lo comprueba; documento que él pensaba entregar a U. en persona, pero para no avergonzarla i sabiendo que yo tenia amistad i confianza con U., me lo entregó con dicha recomendacion. Vea U. si los Jesuitas son buenos.

ROSINA. -U. i el Padre de quien me habla, sufren una equivocacion. ¡Documento! alguna intriguilla….

BEATA. - ¿Conoce U. esta letra?

Dijo esto la beata sacando del seno una carta que presentó a Rosina; esta al ver su contenido, dió un grito i cayó desmayada. Yo entré en el acto i tomé a mi pupila en los brazos, asegurando ántes la carta. Tenga U. entendido, dije a la beata, que no debe volver a pisar mi casa: U. ha pagado mal la buena acojida, abusando de la amistad. Ella tomó su sombrero i haciéndose cruces, salió asustada diciendo: queden UU. con Dios.» Vaya U. con los diablos, le repliqué, i me dejó en apuros.

Yo llamaba a Rosina sobresaltado i con un afan indecible, pero inútilmente, pues para ella no existía el mundo en aquel momento. Sus miembros sueltos como la seda, no daban la menor señal de vitalidad. De su fisonomía habian desaparecido los colores de rosa: lo párpados velaban sus ojos, i los labios lívidos i entreabiertos, completaban el aspecto aterrador de la muerte.

Una de las Sirvientas me pasó un frasco de agua de colonia, con la cual la frotaba aplicándole tambien una esencia que Rosina acostumbraba llevar al pecho. Entre tanto habian ido a buscar un médico. Despues de algunos minutos conseguí que entreabiera los párpados, fijó en mí sus bellos ojos i me sentí doblemente herido por la ternura i languídéz de su mirada. El que haya visto a una persona amada, a una mujer querida en situacion semejante, será el solo que pueda comprender la soberanía del sentimiento.

La pasamos a la cama i cuando llegó el médico, ya se hallaba restab1ecida aunque su semblante era pálido i sus miradas lánguidas; poco despues se durmió. El médico debia ejercer su profesion, pues para eso habia sido llamado i en efecto, recetó silencio i para cuando despertara, que le diera conversacion. El se despidió, encargando que en caso de otra novedad, le avisaran inmediatamente para volver; que se debia tener mucho cuidado, porque ese accidente podia dejenerar en perlesía. Le di las gracias, le acompañé hasta el porton i volví a mi cuarto por la curiosidad de ver el contenido de la carta, oríjen del desmayo, i era la siguiente:

SEÑOR N. N.

«Mi predilecto amigo, como la carta que U. me dirijió, estaba abierta, no pude resistir a la tentacion de leerla; mi protector ha estado en la calle i para darle a U. una prueba del valor que doi a la fina amistad que me profesa, me he resuelto a contestar inmediatamente como U. me exije, sinembargo que debia esperar que dictara la contestacion el que hace para mí los oficios de padre.

«U. me permitirá la franqueza de exijirle que me diga, por que se empeña U. en la espulsion de los Jesuitas. Es verdad que la carta firmada por Don Julio Arboleda en 5 de mayo de 1848 i dirijida a los editores de La Epoca demuestra evidentemente que los PP. de la Compañia son peligrosos en la República, i que sus tendencias a dominar el mundo los ciega hasta el punto de no omitir medio alguno, por criminal que sea este, a fin de obtener el objeto que se proponen; pero yo querría que U. no tomara parte en esto. I ¿sabe U. por qué? por la sencilla razon de que temo no sea U. luego una de las víctimas de la venganza.

«Yo no firrnaré la representacion que algunas señoras van a dirijir al Presidente pidiendo que no decrete la espulsion; la exijencia de U. será pues atendida, i sin ella tampoco habría firmado, porque me parece hasta cierto punto ridícula la injerencia de las mujeres en la política. Tal vez me halle equivocada, pero al es mi conviccion.

«No olvide U. que «no hai enemigo pequeño.»

Soi su afectísima servidora i amiga.-Rosina»

Estaba yo leyendo esta carta cuando llegó un amigo i me dijo; que ya era la hora en que habiamos convenido en ir a una reunion de patriotas, cabalmente a tratar sobre el mismo asunto, la espulsion de los Jesuitas. No era de estimarse la coincidencia, porque en esos dias no se hablaba en la capital de otra cosa, esa era la cuestion dominante. Me escusé, el accidente de Rosina, me tenia inquieto. Todo el día estuve a la cabecera de su cama refiriéndole algunas anécdotas para distraerla, sir darme por entendido de la carta. No hubo necesidad de que volviera el médico, la reposicion fué completa.

anterior | índice | siguiente