CAPITULO 5.º
UNA BEATA
Hai en Bogotá cierta especie de vestigios encarnados, tipos
vivientes, del fanatismo relijioso, quienes por antítesis llevan
los vestidos i el nombre de beatas. Mujeres que hacen consistir la
virtud, encargar escapularios al pecho, reliquias en la faldriquera
i camándulas en la mano: i que juzgan que los verdaderos actos de
piedad, son: vivir la mitad del dia en los templos: no en oracion,
sino repitiendo dos mil veces unas mismas palabras, miéntras el
pensamiento vaga en asuntos profanos; confesarse hasta de las
culpas ajenas i pervertir a las jóvenes sencillas e inocentes, mas
por torpeza que por mala fé.
Una de estas mujeres visitaba a Rosina llevándola cintos o
reliquias de Santos, pues sabía que habia de sacar en compensacion
del regalo alguna moneda; por supuesto que para velas para alumbrar
al Santo, segun ella decía. Yo no temía que mi pupila corriera
peligro con las doctrinas de la beata, porque a mas de ser bien
despreocupada conocía perfectamente los verdaderos principios de la
moral cristiana. Sin embargo, yo estaba siempre alerta, i solía
algunas ocasiones oír sus conversaciones, sin ser visto.
Un dia entré a mi casa a tiempo que la beata estaba allí
hablando con Rosina; seguramente no me sintieron entrar i
continuaron su diálogo. Yo recosté un asiento a la pared del
corredor i me acomodé con precaucion para no ser sentido a fin de
oirlo todo. En efecto, escuché lo siguiente.
BEATA -Si los destierran, vendrán todas las plagas de Ejipto
sobre nosotros: pestes, guerras, terremotos!
ROSINA. -No crea U. eso señora; yo sé que el Rei de España,
cuando era señor i dueño de éste Vireinato, espidió un decreto
espulsándolos; ellos salieron de aquí i nada de eso sucedió.
BEATA. - ¡Jesús! niña, por eso quizá castigó el cielo a los
españoles, perdiendo aquí sus tesoros i aun sus dominios en la
América. Tambien fueron, espulsados.
ROSINA. - Eso les sucedió, es verdad, pero no a consecuencia de
haber espulsado a los Jesuitas. Una política inconsulta, tal vez
tiránica: el indeferentismo de los Reyes de España a las justas
quejas que los americanos elevaban a la Corte contra sus opresores
i la despótica conducta de los enviados a gobernar las colonias,
fueron las causas de su pérdida i persecucion.
BEATA.- ¡Quién sabe! en estos tiempos son muchos los impíos que
persiguen la religión; tal vez por eso han cojido tema contra los
benditos padres, ¿por qué es que los han de desterrar? Mucho temo
que a U. la haya imbuido en es ideas algun pisaverde….
ROSINA.- ¿A mí? ¿Qué dice U?
BEATA. -No se altere, yo sé como lo digo. Uno de los padres me
ha confiado un secreto i U. está complicada en la cuestion.
ROSINA.-¿Yo?
BEATA.-Precisamente; como estamos solas voi a ponerla al
corriente. U. ha tratado mal a los PP. Jesuitas, sin que ellos le
hayan dado motivo……
ROSINA. -¡Vaya! qué graciosa está U
BEATA.-No niña, oiga U. i despues me replicará. El mismo Padre
me ha dado un documento que lo comprueba; documento que él pensaba
entregar a U. en persona, pero para no avergonzarla i sabiendo que
yo tenia amistad i confianza con U., me lo entregó con dicha
recomendacion. Vea U. si los Jesuitas son buenos.
ROSINA. -U. i el Padre de quien me habla, sufren una
equivocacion. ¡Documento! alguna intriguilla….
BEATA. - ¿Conoce U. esta letra?
Dijo esto la beata sacando del seno una carta que presentó a
Rosina; esta al ver su contenido, dió un grito i cayó desmayada. Yo
entré en el acto i tomé a mi pupila en los brazos, asegurando ántes
la carta. Tenga U. entendido, dije a la beata, que no debe volver a
pisar mi casa: U. ha pagado mal la buena acojida, abusando de la
amistad. Ella tomó su sombrero i haciéndose cruces, salió asustada
diciendo: queden UU. con Dios.» Vaya U. con los diablos, le
repliqué, i me dejó en apuros.
Yo llamaba a Rosina sobresaltado i con un afan indecible, pero
inútilmente, pues para ella no existía el mundo en aquel momento.
Sus miembros sueltos como la seda, no daban la menor señal de
vitalidad. De su fisonomía habian desaparecido los colores de rosa:
lo párpados velaban sus ojos, i los labios lívidos i entreabiertos,
completaban el aspecto aterrador de la muerte.
Una de las Sirvientas me pasó un frasco de agua de colonia, con
la cual la frotaba aplicándole tambien una esencia que Rosina
acostumbraba llevar al pecho. Entre tanto habian ido a buscar un
médico. Despues de algunos minutos conseguí que entreabiera los
párpados, fijó en mí sus bellos ojos i me sentí doblemente herido
por la ternura i languídéz de su mirada. El que haya visto a una
persona amada, a una mujer querida en situacion semejante, será el
solo que pueda comprender la soberanía del sentimiento.
La pasamos a la cama i cuando llegó el médico, ya se hallaba
restab1ecida aunque su semblante era pálido i sus miradas
lánguidas; poco despues se durmió. El médico debia ejercer su
profesion, pues para eso habia sido llamado i en efecto, recetó
silencio i para cuando despertara, que le diera conversacion. El se
despidió, encargando que en caso de otra novedad, le avisaran
inmediatamente para volver; que se debia tener mucho cuidado,
porque ese accidente podia dejenerar en perlesía. Le di las
gracias, le acompañé hasta el porton i volví a mi cuarto por la
curiosidad de ver el contenido de la carta, oríjen del desmayo, i
era la siguiente:
SEÑOR N. N.
«Mi predilecto amigo, como la carta que U. me dirijió, estaba
abierta, no pude resistir a la tentacion de leerla; mi protector ha
estado en la calle i para darle a U. una prueba del valor que doi a
la fina amistad que me profesa, me he resuelto a contestar
inmediatamente como U. me exije, sinembargo que debia esperar que
dictara la contestacion el que hace para mí los oficios de
padre.
«U. me permitirá la franqueza de exijirle que me diga, por que
se empeña U. en la espulsion de los Jesuitas. Es verdad que la
carta firmada por Don Julio Arboleda en 5 de mayo de 1848 i
dirijida a los editores de La Epoca demuestra evidentemente que los
PP. de la Compañia son peligrosos en la República, i que sus
tendencias a dominar el mundo los ciega hasta el punto de no omitir
medio alguno, por criminal que sea este, a fin de obtener el objeto
que se proponen; pero yo querría que U. no tomara parte en esto. I
¿sabe U. por qué? por la sencilla razon de que temo no sea U. luego
una de las víctimas de la venganza.
«Yo no firrnaré la representacion que algunas señoras van a
dirijir al Presidente pidiendo que no decrete la espulsion; la
exijencia de U. será pues atendida, i sin ella tampoco habría
firmado, porque me parece hasta cierto punto ridícula la injerencia
de las mujeres en la política. Tal vez me halle equivocada, pero al
es mi conviccion.
«No olvide U. que «no hai enemigo pequeño.»
Soi su afectísima servidora i amiga.-Rosina»
Estaba yo leyendo esta carta cuando llegó un amigo i me dijo;
que ya era la hora en que habiamos convenido en ir a una reunion de
patriotas, cabalmente a tratar sobre el mismo asunto, la espulsion
de los Jesuitas. No era de estimarse la coincidencia, porque en
esos dias no se hablaba en la capital de otra cosa, esa era la
cuestion dominante. Me escusé, el accidente de Rosina, me tenia
inquieto. Todo el día estuve a la cabecera de su cama refiriéndole
algunas anécdotas para distraerla, sir darme por entendido de la
carta. No hubo necesidad de que volviera el médico, la reposicion
fué completa.