INDICE





Introduccion

Reseña histórica

Capítulo 1 - El mendigo

Capítulo 2 - Una visita en palacio

Capítulo 3 - El cuarto de Rosina

Capítulo 4 - Los portales

Capítulo 5 - Una beata

Capítulo 6 - Una amenaza

Capítulo 7 - La prediccion cumplida

Capítulo 8 - Meditacion

Capítulo 9 - Una sorpresa

Capítulo 10 - La casa de los ejercicios

Capítulo 11 - Nuevo apostolado, la iniciada en el templo

Capítulo 12 - La choza de la muerte

Capítulo 13 - El espiritu de asociacion

Capítulo 14 - Un sueño

Capítulo 15 - Las dos cartas

Capítulo 16 - Los dos embozados

Capítulo 17 - Descubrimiento

Capítulo 18 - El sabio magnetizador

Capítulo 19 - La cartera

Capítulo 20 - El 10 de marzo

Capítulo 21 - Causa célebre - Russi ante el Jurado

Capítulo 22 - Preliminares de rebelion

Capítulo 23 - Rosina o Clodomira

Capítulo 24 - El refinamiento de la crueldad

Capítulo 25 - La revolucion

Capítulo 26 - Ricardo el sepulturero o el loco sentimental
CAPITULO 3.º

 

EL CUARTO DE ROSINA.

 

Si para la descripcion del cuarto de Rosina, es decir, de una belleza encantadora, hiciera uso de la feliz fantasía del poeta; acumularia bajo su techo, alfombras de Persia, mesas de mármol, tocadores de diamante, adornos de azabache i alabastro, láminas de Rafael, colgaduras de tisú, i por decirlo todo de una vez, presentaria una sala con toda la ostentacion del lujo oriental; pero he ofrecido ser veráz i por lo mismo debo hacer la descripcion real i verdadera.

Era una pieza de mediana capacidad con dos ventanas al lado de la calle: en cada lado habia un sofá i algunos taburetes con asientos de esterilla: hácia los costados se hallaban colocadas dos mesas, frente a frente, con sus tocadores i correspondientes floreros, i en medio de las ventanas un estante pequeño, sobre una mesa de caoba. Encima de esta había una guitarra española i piezas de música vocal e instrumental, entre ellas, «La hija del proscrito,» «La despedida del soldado» i «La niña descolorida». En el estante había varias obras; entre ellas, la Biblia, la Defensa del cristianismo por Fraisinous, Los viajes de Lamartine a Oriente, El Judío errante de Eujenio Sue, las obras de Chateaubriand, las de Dumas i algunas otras del siglo.

De lo espuesto se deduce que Rosina ademas de poseer ideas sublimes, pues que la aficion a la lectura le dictaba la eleccion de las obras espresadas, poseía las virtudes propias de su sexo; el órden i el aseo. I esto no solamente en su cuarto, pues toda la casa, manejada por ella, presentaba el verdadero símil de un buén gobierno. Era por lo mismo envidiada por sus contemporáneas i un objeto elojiado para los hombres. Era visitada por varios jóvenes, quizá pretendientes, pero ella no recibía sus visitas sino estando yo presente; conducta debida a la instruccion adquirida en la lectura, pues yo nada habia querido indicarle a este respecto.

Todas las mañanas al dejar el lecho, era su primera ocupacion arrodíllarse ante una imájen de la Vírjen i dirijirle una oracion sencilla; de allí pasaba al lavatorio, en seguida se adornaba sencillamente pero con gracia i despues iba a dar órdenes para el servicio doméstico: esa práctica la habia adquirido de una tía mía, quien ademas de esto le dejó como dote de su pertenencia, una cantidad de pesos, de los cuales me habia hecho cargo.

Rosina de edad de 17 a 18 años, era el tipo de una belleza singular: su cuerpo era un modelo de perfeccion; sobre él descansaba el blanco cuello que sostenia una cabeza, superior, quizá, a la de la mas hermosa circasiana; los ojos negros, grandes, rasgados i espresivos, ostentaban animacion, espiritualidad, intelijencia: las cejas pobladas i el cabello hecho lizos i ámbos negros como el ébano, haciendo resaltar sus mejillas de rosa, daban la última i mas sublime pincelada a su belleza.

Necesitaba esta descripcion para continuar.

Al dia siguiente de la visita del mendigo, estuve inquieto esperando, de un instante a otro su llegada; deseaba saber si habia visto a los embozados, i lo que les hubiera oido: pero fué vana mi esperanza, lo mismo que la de Rosina, quien habia preparado para él un vestido, con el fin de que dejara sus harapos solamente para disfraz nocturno. A cada golpe que daban en la puerta me decía Rosina: «Me parece que tocan en mi corazon; cada vez que oigo golpear, me figuro que es Ricardo el que toca; ¡pobre mendigo! qué le habrá sucedido! »

Eran las seis de la noche i Ricardo no había parecido.

La noche anterior salí a las once i media i pase dos veces por el altozano de la Catedral, con el objeto de saber si los embozados habian concurrido, pero no los hallé, ni ví al mendigo por allí; debía pues, repetir la pesquiza. En efecto, estaba yo en el cuarto de Rosina esperando ue fueran las diez, i aun creía que Ricardo pudiera todavía llegar, esperaba las diez, digo, para dirijirme al punto que me tenía preocupado, al altozano, cuando al dar las nueve el reloj, abrieron de repente una de las ventanas i arrojaron adentro una carta. Me paré en el momento, me asomé a ver quién era el conductor i nadie pareció: la calle estaba sola: tomé la carta i leí el siguiente sobreescrito: a la bella i virtuosa Rosina.» Vaya, dije, duendes tenemos. Rosina se había asustado al golpe de la ventana i estaba inmóvil en su asiento: me acerqué a ella diciéndole: no hai por qué asustarse, recibe ese credencial, i le dí el billete. Ella recibió, i al ver el sobreescrito me dijo: «No es a mí a quien corresponde romper el sello,» i me lo devolvió. ¡Eres un ánjel! la repliqué, abriendo el billete. ¿Adivinas de quién es? le pregunté. Quizá del mendigo me respondió Rosina con la naturalidad de la inocencia. El contenido del billete era el siguiente:

«Rosina
«No es tu belleza sino tu virtud la que adoro. Te amo i conozco que tú me amas. Las miradas de amor han sido siempre el idioma de la elocuencia. He penetrado tu espíritu al travez del velo de tu modestia. Me uniré a ti para siempre, pero espera……Si las circunstaucias no me son ahora favorables, lo serán despues: la patria me exije el sacrificio de aplazar el dia de mi ventura. El aspecto político cambiará bien pronto i entonces……habiendo cumplido la primera i mas sagrada obligacion del ciudadano, me habré hecho mas digno de ti. ¡Espera, ánjel mio! Espera a tu amante.
«El disfrazado. »

- ¡Un amante!

-Sin duda, mi protector, pero desconocido para mí.

-Es bien estraño Vamos, Rosina, mas franqueza, eres dueña de tí misma.

-Nunca, mi protector! Jamás ocullaré a U. cosa alguna que tenga relacion conmigo: i ménos aquellas que pudieran influir en mi suerte. No conozco ese disfrazado.

- ¡Un profeta político!

-No lo querria yo para esposo, porque U. sabe que el refran dice, que los profetas mueren a palos.

Me quedé pensando cual de los que me visitaban podria ser el aspirante. Todos podian ser pretendientes, por que en verdad, Rosina era bella, jóven i bien educada, ademas, contaba con dote, circunstancia preponderante en época de progreso i civilizacion; pero yo no podía atinar con el disfrazado. Rosina me hablaba con toda la sinceridad de la inocencia, yo la conocia demasiado: ella no me ocultaba ni el menor incidente de su vida. Esperemos dije, luego saidrémos de la duda. Por mui cauto que sea el disfrazado, yo lo descubriré bien pronto.

Estando en esto dió el reloj las diez i dije a Rosina; piensa quien pede ser tu disfrazado en tanto que yo voi a ver si encuentro a los embozados en el altozano, o al mendigo en los portales, i salí en el momento.

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