CAPITULO 3.º
EL CUARTO DE ROSINA.
Si para la descripcion del cuarto de Rosina, es decir, de una
belleza encantadora, hiciera uso de la feliz fantasía del poeta;
acumularia bajo su techo, alfombras de Persia, mesas de mármol,
tocadores de diamante, adornos de azabache i alabastro, láminas de
Rafael, colgaduras de tisú, i por decirlo todo de una vez,
presentaria una sala con toda la ostentacion del lujo oriental;
pero he ofrecido ser veráz i por lo mismo debo hacer la descripcion
real i verdadera.
Era una pieza de mediana capacidad con dos ventanas al lado de
la calle: en cada lado habia un sofá i algunos taburetes con
asientos de esterilla: hácia los costados se hallaban colocadas dos
mesas, frente a frente, con sus tocadores i correspondientes
floreros, i en medio de las ventanas un estante pequeño, sobre una
mesa de caoba. Encima de esta había una guitarra española i piezas
de música vocal e instrumental, entre ellas, «La hija del
proscrito,» «La despedida del soldado» i «La niña descolorida». En
el estante había varias obras; entre ellas, la Biblia, la Defensa
del cristianismo por Fraisinous, Los viajes de Lamartine a Oriente,
El Judío errante de Eujenio Sue, las obras de Chateaubriand, las de
Dumas i algunas otras del siglo.
De lo espuesto se deduce que Rosina ademas de poseer ideas
sublimes, pues que la aficion a la lectura le dictaba la eleccion
de las obras espresadas, poseía las virtudes propias de su sexo; el
órden i el aseo. I esto no solamente en su cuarto, pues toda la
casa, manejada por ella, presentaba el verdadero símil de un buén
gobierno. Era por lo mismo envidiada por sus contemporáneas i un
objeto elojiado para los hombres. Era visitada por varios jóvenes,
quizá pretendientes, pero ella no recibía sus visitas sino estando
yo presente; conducta debida a la instruccion adquirida en la
lectura, pues yo nada habia querido indicarle a este respecto.
Todas las mañanas al dejar el lecho, era su primera ocupacion
arrodíllarse ante una imájen de la Vírjen i dirijirle una oracion
sencilla; de allí pasaba al lavatorio, en seguida se adornaba
sencillamente pero con gracia i despues iba a dar órdenes para el
servicio doméstico: esa práctica la habia adquirido de una tía mía,
quien ademas de esto le dejó como dote de su pertenencia, una
cantidad de pesos, de los cuales me habia hecho cargo.
Rosina de edad de 17 a 18 años, era el tipo de una belleza
singular: su cuerpo era un modelo de perfeccion; sobre él
descansaba el blanco cuello que sostenia una cabeza, superior,
quizá, a la de la mas hermosa circasiana; los ojos negros, grandes,
rasgados i espresivos, ostentaban animacion, espiritualidad,
intelijencia: las cejas pobladas i el cabello hecho lizos i ámbos
negros como el ébano, haciendo resaltar sus mejillas de rosa, daban
la última i mas sublime pincelada a su belleza.
Necesitaba esta descripcion para continuar.
Al dia siguiente de la visita del mendigo, estuve inquieto
esperando, de un instante a otro su llegada; deseaba saber si habia
visto a los embozados, i lo que les hubiera oido: pero fué vana mi
esperanza, lo mismo que la de Rosina, quien habia preparado para él
un vestido, con el fin de que dejara sus harapos solamente para
disfraz nocturno. A cada golpe que daban en la puerta me decía
Rosina: «Me parece que tocan en mi corazon; cada vez que oigo
golpear, me figuro que es Ricardo el que toca; ¡pobre mendigo! qué
le habrá sucedido! »
Eran las seis de la noche i Ricardo no había parecido.
La noche anterior salí a las once i media i pase dos veces por
el altozano de la Catedral, con el objeto de saber si los embozados
habian concurrido, pero no los hallé, ni ví al mendigo por allí;
debía pues, repetir la pesquiza. En efecto, estaba yo en el cuarto
de Rosina esperando ue fueran las diez, i aun creía que Ricardo
pudiera todavía llegar, esperaba las diez, digo, para dirijirme al
punto que me tenía preocupado, al altozano, cuando al dar las nueve
el reloj, abrieron de repente una de las ventanas i arrojaron
adentro una carta. Me paré en el momento, me asomé a ver quién era
el conductor i nadie pareció: la calle estaba sola: tomé la carta i
leí el siguiente sobreescrito: a la bella i virtuosa Rosina.» Vaya,
dije, duendes tenemos. Rosina se había asustado al golpe de la
ventana i estaba inmóvil en su asiento: me acerqué a ella
diciéndole: no hai por qué asustarse, recibe ese credencial, i le
dí el billete. Ella recibió, i al ver el sobreescrito me dijo: «No
es a mí a quien corresponde romper el sello,» i me lo devolvió.
¡Eres un ánjel! la repliqué, abriendo el billete. ¿Adivinas de
quién es? le pregunté. Quizá del mendigo me respondió Rosina con la
naturalidad de la inocencia. El contenido del billete era el
siguiente:
«Rosina
«No es tu belleza sino tu virtud la que adoro. Te amo i conozco que
tú me amas. Las miradas de amor han sido siempre el idioma de la
elocuencia. He penetrado tu espíritu al travez del velo de tu
modestia. Me uniré a ti para siempre, pero espera……Si
las circunstaucias no me son ahora favorables, lo serán despues: la
patria me exije el sacrificio de aplazar el dia de mi ventura. El
aspecto político cambiará bien pronto i
entonces……habiendo cumplido la primera i mas sagrada
obligacion del ciudadano, me habré hecho mas digno de ti. ¡Espera,
ánjel mio! Espera a tu amante.
«El disfrazado. »
- ¡Un amante!
-Sin duda, mi protector, pero desconocido para mí.
-Es bien estraño Vamos, Rosina, mas franqueza, eres dueña de tí
misma.
-Nunca, mi protector! Jamás ocullaré a U. cosa alguna que tenga
relacion conmigo: i ménos aquellas que pudieran influir en mi
suerte. No conozco ese disfrazado.
- ¡Un profeta político!
-No lo querria yo para esposo, porque U. sabe que el refran
dice, que los profetas mueren a palos.
Me quedé pensando cual de los que me visitaban podria ser el
aspirante. Todos podian ser pretendientes, por que en verdad,
Rosina era bella, jóven i bien educada, ademas, contaba con dote,
circunstancia preponderante en época de progreso i civilizacion;
pero yo no podía atinar con el disfrazado. Rosina me hablaba con
toda la sinceridad de la inocencia, yo la conocia demasiado: ella
no me ocultaba ni el menor incidente de su vida. Esperemos dije,
luego saidrémos de la duda. Por mui cauto que sea el disfrazado, yo
lo descubriré bien pronto.
Estando en esto dió el reloj las diez i dije a Rosina; piensa
quien pede ser tu disfrazado en tanto que yo voi a ver si encuentro
a los embozados en el altozano, o al mendigo en los portales, i
salí en el momento.